Capítulo 10

Costa de Inglaterra. Marzo de 1835.

Sakura miraba la ribera desde la cubierta del barco que la devolvía a su ciudad natal y a la cordura. Llevaba un año y medio de infierno. Aún le temblaba todo el cuerpo al recordar la habitación que había sido su cárcel. Le costaba creer que la pesadilla había llegado a su fin, que ya no volvería a escuchar los pasos acercándose a su puerta, y que los recuerdos, que atormentaban sus noches, habían muerto en aquella mansión cerca de París.

Aún intuía sobre ella los ojos de aquellos que la habían despojado de su libertad, de sus esperanzas y de su vida. Percibió unas lágrimas que rodaban por sus mejillas, y se asombró de que pudiera todavía sentir: porque para sobrevivir, había tenido que enterrar su corazón, había tenido que hacerse de piedra.

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Londres. Unos días después.

Sasuke miraba con ojos inquisidores a su mejor amigo, mientras descruzaba sus largas piernas, se acercaba más a él y dejaba la copa de coñac a medio camino de la boca.

—¿Cómo has dicho?

—Que la señorita Haruno ha vuelto a Londres.

Sasuke apretó, ligeramente, la copa entre sus manos. Se repitió que lo que ella hiciera le daba igual, y que su vuelta a la ciudad no lo afectaba para nada; pero eso no era cierto, y él lo sabía. La última vez que la había visto, había querido matarla.

—Creí que te interesaría saber que está en Londres; más que nada, por la forma desafortunada en la que acabó vuestra relación.

Naruto sabía, a grandes rasgos, lo que había pasado entre ellos dos.

Sakura había utilizado a Sasuke para conseguir sus propósitos, lo que la convertía en una ambiciosa, sin corazón y sin escrúpulos.

—¿Qué relación, Naruto? —preguntó Sasuke y lo sacó de sus pensamientos—. Para tener una relación es necesario tener corazón, algo de lo que ella carece por completo. En el pecho tiene un bloque de hielo, y te aseguro que lleva el teatro en la sangre. Sería capaz de dar lecciones al mismísimo Shakespeare.

Naruto miró a su amigo. Parecía impasible frente a la noticia de la vuelta de Sakura a Londres; aunque, después de conocerlo durante tantos años, sabía, a ciencia cierta, que esa indiferencia no era tan absoluta como quería hacer ver.

—De todas formas, Sasuke, no creo que vayas a encontrártela. Según Percival Young, su abogado y socio en la firma que lleva los asuntos de mi familia, la señorita Haruno va a estar en Londres sólo el tiempo necesario para arreglar los documentos de su herencia, para luego marcharse a Escocia.

—¿Y cómo es que el dechado de virtudes de ese abogado ha contado alegremente los planes de su cliente?

—Porque mi abogado le comunicó mi interés por la propiedad de Bath que colinda con la casa que pertenece a la familia de mi madre, y que es parte de la herencia de Sakura. Sabes que mi abuelo siempre quiso hacerse de esa casa, y a mí me gustaría regalársela. Nunca me he llevado demasiado bien con él, y creo que esto limaría asperezas. Al parecer, la señorita Haruno está de acuerdo con la venta, así que sólo queda fijar un precio. Al principio, cuando mi abogado me lo comunicó, pensé que habría que tratar con su marido, pero al parecer sigue soltera.

Sasuke sintió el eco de las últimas palabras de Naruto en su cabeza, a la vez que la copa tembló entre sus manos. Había estado seguro, hasta ese momento, de que Sakura era una mujer casada. Esa era su intención, y así se lo había dicho la última vez que se habían visto; sin embargo, si se había casado o no, eso no era ya asunto suyo. Él la había alejado de su vida y nada quería saber de ella; sólo esperaba, por su propio bien, que no se cruzase en su camino.

—Ten cuidado, amigo mío —le advirtió Sasuke—. Porque si vas a hacer negocios con ella, debes saber que lo harás con el mismísimo diablo. Cuídate bien de que, en el contrato, no te exija además tu alma.

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Sakura se despertó de pronto. El corazón le latía de forma desenfrenada, y tenía el camisón pegado al cuerpo empapado de sudor.

Otra noche más en la que apenas había podido dormir unas horas antes de que las pesadillas se adueñaran de sus sueños y la apartaran de las manos de Morfeo. La luz de la mañana empezaba a filtrarse por los cristales de su habitación y marcaba el momento de levantarse para encarar un nuevo día.

Eligió un vestido de color azul marino de formas sencillas. Esa mañana, entre otras cosas, quería subir al desván para separar aquellas pertenencias que quería llevarse con ella a Escocia.

Hacía mucho que no subía allí, tanto que apenas se acordaba de cómo era. Su madre, que había sido práctica en extremo, siempre la había reprendido al respecto y le decía que aquellas tareas no eran propias de una dama y que, dado que lo que se almacenaba allí no eran más que trastos inservibles, debía mandar a un criado que se encargara de tirarlos, sin excepciones de ningún tipo.

Sin embargo, ella nunca se había decidido a hacerlo; era una sentimental y siempre se había sentido unida a esos trastos. Cada uno de ellos era como la pieza de un rompecabezas que representaba un momento de su vida, y le hacía recordar lo que la memoria había olvidado. De esa forma, una cuna, una muñeca con cara de porcelana, un poni de madera, un vestido o un traje de niño la hacían revivir pasajes de su vida.

—Milady —le dijo Matsuri mientras introducía su cabeza por el vano de la puerta.

—Sí, Matsuri. Entra —le contestó, a la vez que salía de sus ensoñaciones.

—Tiene una visita. La he hecho pasar a la salita del té.

—¿Una visita?

—Sí, es la señorita Sabaku.

Sakura retuvo, por un momento, la respiración cuando escuchó de los labios de su doncella el nombre de su amiga. Había sabido, desde un principio, que era demasiado pretencioso esperar que nadie se enterara de su presencia en Londres antes de partir a Trossachs: región de montes, arroyos, bosques y lagos, sede del clan Hatake.

Había sido una ingenua al imaginar que arreglaría sus asuntos y que desaparecería de allí, sin que alguno de sus antiguos conocidos quisiera saber de ella.

No era que no quisiera ver a Temari; sabía Dios que era la mejor amiga que había tenido nunca, por no decir la única, pero era demasiado duro para ella, era demasiado pronto para enfrentarse a una persona que la conocía tan bien.

Temari siempre había estado a su lado con esa sonrisa traviesa y esa vena atrevida que tanto admiraba, y por eso mismo estaba aterrada, porque Temari la conocía demasiado bien y vería en sus ojos todo aquello que deseaba fervientemente olvidar.

—Está bien, Matsuri, ahora mismo bajo. Dile a Shizune que, por favor, prepare un poco de té.

—De acuerdo, milady.

Sakura respiró hondo y, con la mayor calma, bajó a ver a su antigua amiga.

Temari Sabaku estaba sentada en el pequeño sillón torneado, de color beige, situado en el centro de la estancia. Mientras esperaba, tuvo tiempo de observar todo a su alrededor, y pudo comprobar que nada había cambiado desde que había estado allí por última vez, hacía ya más de un año.

La decoración seguía siendo la misma, acogedora y señorial. Una gran alfombra cubría casi todo el piso. El mueble que ocupaba la pared central de la habitación era una verdadera reliquia; parte de la herencia que le había dejado a Sakura su abuela Chiyo. Sin embargo, si se detenía un momento a contemplar todo aquello, a pesar de estar igual que siempre, la sensación no era la misma.

Antes de que Sakura se fuera a París, las dos habían estado allí mismo, riéndose como dos colegialas. Se acordaba como si hubiera sucedido apenas hacía unos días.

Temari había ido a contarle a Sakura cómo madame Cháteau, una condesa francesa muy estirada y ya entrada en años, había aterrizado, estrepitosamente, sobre su trasero en la tienda de la modista. Si cerraba los ojos, todavía podía ver a Sakura esforzándose por no reírse. Sin embargo, luego, cuando le describió, con todo lujo de detalles, cómo la pobre mujer se había despatarrado, sin ninguna elegancia, al ceder la silla debido a su abundante peso, Sakura había reído a carcajadas por largo rato.

Parecía mentira que esa misma amiga hubiera desaparecido de un día para otro, sin siquiera despedirse, con sólo una carta fría e impersonal como respuesta a las muchas demandas de Temari por contactarse con ella.

Por aquel entonces, muchas veces había estado tentada de ir, en persona, a París, en busca de una respuesta; pero todos la desanimaban y le decían que veía fantasmas donde no los había y que, simplemente, las personas cambiaban.

Temari, sin embargo, se negaba a pensar así de su amiga. Sobre todo cuando su primo hablaba despectivamente de ella, fruto del desprecio que Sakura le había hecho a su amigo. Nada sabía de lo que había pasado entre ellos. Pero desde la marcha de Sakura, su primo Naruto y Uchiha se habían convertido en sus mayores detractores. Nunca hablaban del tema, pero sus reacciones eran suficientes como para pensar que su amiga había declarado una guerra mundial, o había sido la culpable del hambre en el mundo.

De todas maneras, no podía negar que estaba dolida por la forma en que había procedido durante ese último año y medio. Muchas veces se preguntaba si su amistad no había significado nada para ella, o si había significado tan poco como para no molestarse, siquiera, en contestar a las numerosas cartas que le había enviado durante su ausencia.

Por esa razón, cuando se enteró de su vuelta, se dispuso a verla. Tenía que enfrentarse con ella; necesitaba respuestas, quería la verdad.

—¿Temari?

Con paso titubeante, Sakura se dirigió hacia su amiga, que ya se levantaba del sillón para acercarse a ella.

Seguía igual que la recordaba, pensó Temari en un primer momento, sin embargo, cuanto más la miraba, más se daba cuenta de lo equivocada que había sido su primera impresión. Su amiga estaba mucho más delgada, y los surcos violáceos debajo de sus ojos delataban un cansancio desmedido.

Le tomó las manos entre las suyas y le dio un beso en la mejilla. Entonces, Sakura se arrojó a sus brazos y la abrazó calurosamente, como si de verdad no hubiese pasado el tiempo y ambas se hubiesen visto sólo unas horas antes. Temari sintió que sus recelos iniciales desaparecían poco a poco.

A pesar de lo que hubiese pasado entre ellas, esa era su amiga, y era claro que no estaba bien. Sakura había perdido a todos sus seres queridos en sólo unos meses, y eso representaba algo muy difícil de superar. Por eso mismo, había estado más enojada con ella, porque no entendía cómo, en esos momentos tan delicados, no había querido su consuelo o su ayuda.

—Temari, estás preciosa —le dijo Sakura y retrocedió unos pasos para observar con detenimiento a su amiga—. Siéntate, por favor; le he dicho a Matsuri que nos traiga un poco de té.

—Ha pasado mucho tiempo —le contestó Temari mientras volvía a sentarse en el sillón beige de brocado verde y Sakura ocupaba el asiento de enfrente.

—Sí, así es; un año y medio para ser exactos —dijo Sakura con una tranquilidad que hizo que Temari perdiera parte de su compostura.

—Y, ¡por amor de Dios!, ¿por qué sólo me mandaste una carta en todo ese tiempo? ¿Por qué? ¿Sabes? Yo te mande un sinfín de cartas y no obtuve respuesta. Créeme cuando te digo que estuve tentada, más de una vez, de ir a París y zarandearte.

Sakura sonrió con nostalgia. La había echado tanto de menos. Esa era la Temari que conocía, impetuosa hasta el fin. No había tardado ni dos minutos en ir directamente al grano; y eso era, exactamente, lo que había temido. Sin embargo, si tenía que ser sincera con ella misma, debía reconocer que, a pesar de temer ese momento, una parte de ella lo deseaba. Cada día desde su vuelta, había ansiado contarle todo lo que le había pasado durante su estancia en París. Necesitaba que su amiga, con su alegría innata y sus respuestas para todo, aliviara su angustia.

De pronto, se sintió como un espectador en una función de teatro. Escuchaba las palabras que salían de su boca como si tuvieran voluntad propia; palabras que ni siquiera un ciclón hubiese podido acallar. Sólo sabía que necesitaba contar más y más, y que, a cada paso, su necesidad crecía, al igual que el nudo que tenía en el pecho y que pesaba demasiado. Cuando acabó de contarle todo lo sucedido, se encontró sollozando sin control, mientras su amiga la abrazaba y la consolaba.

Se sentía estúpida por derrumbarse de esa manera; pero había ocultado sus sentimientos y silenciado sus inquietudes demasiado. Durante el tiempo que pasó encerrada en la casa de Lavillée, se había autoconvencido de que, si lo enterraba todo profundamente, el dolor sería soportable, y eso la ayudaría a sobrevivir, aunque no fuera de la mejor manera. Pero en ese momento, entendía que todo ese autodominio había sido ficticio y que, desde su vuelta a tierra inglesa, sus sentimientos la sacudían y la envolvían sin ningún pudor. Y ante eso, no sabía si alegrarse por ser capaz de volver a sentir, o enfurecerse por no poder contenerse.

—Por favor, Sakura, lo siento. No debí hablarte así, pero es que he estado muy preocupada —le dijo Temari, desolada por lo que acababa de escuchar. Nunca en su vida habría imaginado todo por lo que había tenido que pasar su amiga.

—No, Temari, no tienes que disculparte; soy yo quien debe pedir perdón por cómo me he comportado, pero es que...

—¿Qué, Sakura?

—No tuve otra opción.

Temari se quedó aún más desconcertada al escuchar esas palabras.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que me obligaron, me amenazaron —respondió Sakura, ya resuelta a contarle hasta los últimos detalles a su amiga. Le había dicho todo lo que había pasado en París, pero no la razón de su ida, el por qué de su proceder.

—¿Quién? ¿Quién te obligó?

—El Marqués y su sobrino Mizuki.

—Pero ¿por qué? ¿Qué razón tenían para hacer eso?

Sakura la miró con la furia contenida que corría por sus venas. Era tan mezquina la razón, y tan graves las consecuencias que el sólo recuerdo hacía que todo su cuerpo ardiera de rabia.

—Por dinero, Temari. El que mi padre me dejó. ¿Te acuerdas del baile que dio la señora Shijimi en honor de mi madre y del Marqués después de su boda?

—Sí, claro —contestó Temari, totalmente perpleja.

—Pues bien; después de volver a casa, sobre la medianoche y cansada de dar vueltas en mi cama sin poder dormir, decidí levantarme para buscar un libro en la biblioteca. Pensaba que, después de leer un poco, podría conciliar el sueño. Cuando me acerqué a la puerta, escuché varias voces procedentes del interior. Eran el Marqués y su sobrino que hablaban sin tapujos de los planes que tenían para nosotras. Te aseguro, Temari, que cuando escuché lo que tenían pensado hacer, sin escrúpulo alguno, no pude creerlo. Lo tenían todo calculado desde hacía tiempo. —Sakura inspiró hondo, en un intento por calmar la sensación que le había provocado recordar aquello—. Cuando me recobré lo suficiente como para irme, me sorprendieron —continuó, con la mirada fija en Temari—. A partir de entonces, mi vida cambió. Me amenazaron y me advirtieron que mi madre podría sufrir un trágico accidente en plena luna de miel. También me dijeron que, con el soborno adecuado, sería muy fácil que un chico como Shii acabara en Bedlam.

—¡Dios mío, Sakura! —le dijo Temari, mientras la tomaba de las manos y la animaba a continuar.

—Tuve que irme con ellos a París. No hubo otra opción. Tuve que simular ir con ellos para conocer el hogar del Marqués. Después de un tiempo prudencial, debí escribir una carta a determinadas personas, amigas de la familia, en la que relaté que había decidido permanecer más tiempo en Francia. Más tarde comuniqué a mis amigos mi compromiso con Mizuki y mi deseo de permanecer allí hasta la boda. Esas cartas fueron redactadas por el Marqués, al igual que la primera que recibiste tú. Sabían lo que mi padre me había dejado en herencia, y que no lo obtendría hasta cumplir los veinticinco, a no ser que me casara; en cuyo caso, podría acceder al dinero y a las propiedades no ligadas al título en mi vigésimo primer cumpleaños. Eso era lo que querían. Al parecer, no les era suficiente el dinero de mi madre.

—¿Y tu madre? ¿No se dio cuenta?

—Estaba drogada, bajo los efectos del láudano. Casi no se enteraba de nada; y a mí, apenas me dejaban hablar con ella, y menos a solas. Yo estaba encerrada todo el día entre las cuatro paredes de mi habitación. Ni siquiera me permitían estar con ella; hasta que finalmente, un día, desapareció.

—¿Cómo es eso posible? —preguntó Temari, cautelosa y con temor a la respuesta.

—El ama de llaves de los Lavillée, luego de pagar una enorme suma, accedió a darme un poco de información. Mi madre murió en un hospital en Lille; no sé cuál, no sé por qué motivos. Más tarde, supimos que Shii había muerto en Bedlam, el manicomio al que finalmente lo habían confinado.

—Tranquilízate, Sakura —intentó calmarla Temari, mientras ella misma hacía enormes esfuerzos por serenarse. Ni por un momento podía siquiera imaginar el horror que había tenido que vivir su amiga y, en el fondo de su corazón, sentía deseos de matar a alguien por todo el daño que le habían causado.

—Cuando por fin me vi libre de ellos, regresé a Londres lo más rápido que pude.

—Sí, me enteré del naufragio. Salió en todos los diarios. Y, ahora, que sé todo lo que me has contado, sólo puedo decir que lo que les ocurrió fue demasiado poco para esos malnacidos. Yo les hubiera azotado sus partes blandas.

—¿Sus partes blandas? —preguntó Sakura y reprimió una sonrisa por la vena sanguinaria que estaba mostrando Temari.

—Sí, me has escuchado bien. Un día leí un libro de anatomía masculina, y debes confiar en mi palabra.

Sakura ya no pudo reprimir una carcajada, que provocó que su amiga alzara una ceja. Poco después, se reía con ella, contenta de ver que su atrevimiento había servido para poner una sonrisa en la cara de Sakura.

—Dios mío, Temari, eres única —seguía riendo.

—Bueno, eso dicen todos, en especial mi madre, a la que provoco más de un dolor de cabeza.

Una vez recuperadas las dos, y con la sonrisa aún en sus labios, Temari quiso saber los planes de Sakura, después de haber dejado todo aquello atrás y haber vuelto a Inglaterra.

—Me han dicho que te vas a Escocia. —Fue una afirmación un tanto vacilante.

—Sí, así es —le dijo Sakura con seriedad.

Temari hizo una mueca en señal de desagrado por lo que le acababa de decir.

—Pero ¿por qué? Ahora que todo ha acabado, debes quedarte aquí, con quienes te quieren.

Sakura suspiró ante la vehemencia de su amiga. Sabía que Temari hablaba de todo corazón, pero ella necesitaba irse de allí, poner distancia con sus recuerdos.

—Temari, agradezco mucho que me digas eso; pero, de verdad, necesito marcharme. No es que aquí no esté bien, es que es demasiado pronto. Todas las habitaciones, todos los rincones, toda la ciudad está cargada de recuerdos. Necesito alejarme por un tiempo. Lo comprendes, ¿verdad?

—Sí, lo entiendo; aunque sigo pensando que deberías quedarte y no encerrarte en un viejo castillo escocés. De todas maneras, ¿cuándo tenías pensado marcharte?

—Cuando arregle todos los asuntos legales del testamento. Seguramente, me llevarán un par de semanas, o algo más.

—Pues entonces, no hay más que hablar. No podré evitar que abandones Londres, pero de ninguna manera vas a quedarte estas dos semanas escondida en tu casa; así que prepárate para incendiar la ciudad.

—Temari, ¡se supone que acabo de dejar el luto!

—Has estado de luto todo este tiempo. Es más, me atrevo a decir que el viaje a Francia, todo, ha sido un negro luto del que debes salir. Es hora de que te repongas, y nadie ha dicho que no puedas ir de oscuro, ¿verdad? —le dijo Temari mientras en su cara se formaba una expresión que Sakura conocía y que no presagiaba nada bueno—. Y ¿sabes qué vamos a hacer primero? Vamos ir a lo de Madame Lorraine. Ha de hacerte nuevos vestidos.

Temari levantó una mano para detener lo que iban a ser, sin dudas, las protestas de Sakura. Saku rememoró su último año y medio en tierras francesas. Nada de lo que había ocurrido allí había sido bueno, todo le había dejado profundas heridas, marcas que todavía laceraban su alma y su cuerpo. Cicatrices que le habían quedado en su espalda y que la avergonzaban al extremo de no querer contemplarlas ni siquiera ella misma en un espejo.

—No me pongas más excusas. Mañana pasaré a recogerte temprano, ¡y que tiemble madame Lorraine!

—Temari, ahora comprendo lo del dolor de cabeza de tu madre; siempre has sido implacable.

—No seas tonta, Sakura. Cuanto antes, mejor, porque tu primera aparición será dentro de tres días, en mi casa. Damos una fiesta por la presentación en sociedad de mi hermana Hotaru; será perfecto.

—Creo que es demasiado pronto. Lo estás haciendo a propósito.

Temari le guiñó un ojo mientras se levantaba lentamente de su asiento.

—Por supuesto, querida. No esperarías menos de mí, ¿verdad?