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CAPÍTULO 8

BUENO, la guerra para ganarse el corazón de Sin tendría que esperar. La mañana siguiente estuvo dedicada íntegramente a tratar de conseguir que él abriera la boca.

Candy no sabía qué hacer. Cuando despertó, sus caballos ya estaban ensillados y su esposo y Archie esperaban que ella y Jimmy se reunieran con ellos para reanudar su viaje.

Cuando sonrió a Sin y le dio los buenos días, sólo obtuvo un gruñido. De hecho, durante toda aquella mañana la única respuesta que él dio a cualquier pregunta o comentario de ella fue un gruñido.

A mediodía hicieron un alto para descansar, y para entonces Candy ya ardía en deseos de estrangularlo. A falta de eso, se habría conformado con echarle encima a una jauría de perros salvajes.

Cada vez más enfadada, sirvió lo que iban a comer y luego fue hacia su esposo, que estaba ocupado atendiendo a los caballos.

—He estado pensando que esta noche me prenderé fuego. Supongo que no te molestará que lo haga.

Él volvió a gruñir y luego alzó la mirada hacia ella.

— ¿Qué?

Candy sonrió.

—Ja! Lo sabía. Ya sabía yo que podría hacerte hablar. Y además has dicho una palabra completa con todas sus letras, fíjate. Quién sabe, si continúo insistiendo puede que a finales de semana haya conseguido que pronuncies una frase entera.

Sin intentó hacerle pagar su audacia con una mirada asesina, pero el encanto de aquella mujer era irresistible. Allí de pie ante él, con las mejillas sonrosadas y el pelo recogido en una larga trenza que le caía sobre la espalda, estaba más que adorable.

¿Qué tendría aquella mujer que cada vez que se le acercaba, él quería besar sus carnosos y sensuales labios? Enterrar la cabeza en su cuello e inhalar su dulce aroma

La mera presencia de Candy lo inflamaba y hacía que todo su cuerpo palpitara de necesidad.

—Pensaba que querías llegar a casa a lo más pronto posible—dijo, reparando en la intensidad de su voz.

—Sí, pero podemos hablar mientras tanto. ¿Te has dado cuenta de que a Archie no le ha costado nada preguntarme cómo me siento o si tengo muchas ganas de ver a mi familia?

Sin volvió la mirada hacia Archie, que estaba acompañado por Jimmy mientras añadía una bolsa de grano a la carga de su caballo.

—Me temo que yo no hablo tanto como Archie—. Aunque, pensándolo bien, dudaba que ni un rebaño entero de mujeres hablase tanto como Archie.

—Ya lo he notado. No es algo que trates de ocultar.

Sin cogió su cepillo y empezó a darle una buena friega a su caballo. No conseguía entender por qué Candy había decidido estar allí con él cuando podía estar con su hermano y Archie. Especialmente dado el modo en que él la había tratado aquella mañana.

—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?

Candy se lo pensó unos instantes antes de responder.

—Lo dices como si el que alguien mostrara amabilidad fuese algo muy poco común.

—Lo es. Por si no te diste cuenta en Londres, la mayoría de las personas ni siquiera me sostienen la mirada.

Candy reflexionó un minuto.

—Me parece que es el fuego de tu mirada lo que las asusta.

—Yo no tengo ningún fuego en la mirada.

—Permíteme que discrepe sobre ese punto. Lo tienes, y lo utilizas de un modo realmente feroz.

—Entonces, ¿por qué tú no te sientes intimidada?

—No tengo ni la menor idea. Mi padre siempre decía que yo tenía más coraje que diez hombres juntos.

—Me parece que tu padre tenía razón.

Ella le sonrió y esa sonrisa tuvo un efecto extrañísimo sobre la respiración de Sin, e hizo que sintiera una súbita opresión en la entrepierna.

Candy agitó la mano entre ellos.

—Quiero que te des cuenta de que ahora mismo, en este preciso instante, estamos manteniendo una conversación. No cuesta tanto, ¿verdad? ¿Crees que podríamos seguir así durante lo que queda del día?

Sin llegó a sonreír ante la pregunta.

—No pretendía mostrarme brusco contigo esta mañana. Es sólo que no me gusta hablar mientras viajo.

—Muy bien. En ese caso, te perdonaré. Pero sólo mientras te acuerdes de que en el futuro no debes comportarte como si yo no existiera.

—Lo intentaré.

La tristeza volvió a hacer presa en él mientras la veía alejarse. Candy era una auténtica preciosidad, y no únicamente por su apariencia. La belleza de Candy nacía del alma y poseía un resplandor que él nunca había conocido.

En ese momento, Sin la deseó con todo su ser. Deseó ser un hombre como Archie.

Si él fuese honorable y decente…

Apretó los dientes. No había nada que hacer al respecto. Él era lo que era, y no había manera de cambiar eso.

Suspiró abatido, v volvió a ocuparse de su caballo.

Cuando llegaron a el condado de Cornwell al día siguiente, Candy necesitaba urgentemente una buena noche de descanso. La posada en la que se habían alojado el día anterior era fría y miserable, con un posadero tan hosco y desagradable como su establecimiento.

Había pasado una noche horrible, con los codos y los pies de Jimmy hincándose en ella a cada momento mientras se preguntaba dónde estaría durmiendo su esposo.

Pero esta noche habría espacio de sobra para que Jimmy pudiera disponer de su propia cama y su esposo no podría huir de ella. Sí, Candy lo mantendría a su lado aunque para ello tuviera que atarlo a su cuerpo.

Archie fue poniéndose cada vez más nervioso cuanto más cerca estaban de Cornwell, y en cuanto divisaron el enorme castillo, picó espuelas y galopó colina abajo en dirección al puente levadizo.

—Me parece que está un poco emocionado— le dijo Candy a Sin.

—Sí, él y su hermano siempre han estado muy unidos. En eso se parecen mucho a ti y Jimmy.

Candy volvió la mirada hacia Jimmy, que dormía hecho un ovillo en los brazos de Sin. Cuando estaban a una hora de camino del castillo, Jimmy parecía tan cansado que Sin temió que se cayera del caballo. Sin se detuvo y cogió en brazos al muchacho para que cabalgara con él y así pudiera echar una cabezadita.

Jimmy tenía la cara de un ángel mientras dormía, y a Candy no se le pasó por alto la consideración con que había obrado Sin. Para ser alguien que no quería tener hijos, mostraba una bondadosa preocupación de la que muchos hombres carecían.

Cuando entraron en el patio central, un bien conservado recinto de líneas muy elegantes, Archie ya había desmontado y estaba hablando con un hombre alto, apuesto y de pelo oscuro y una dama castaña que parecía estar a punto de dar a luz en cualquier momento. El hombre llevaba en brazos a un niño pequeño y los contemplaba con afecto fraternal.

Tenía que ser Alistair de Cornwell.

—Sin —lo saludó Alistair con una leve sombra de reserva en su semblante—. Ha pasado mucho tiempo.

Sin detuvo su caballo ante los tres. Algo insidioso y que parecía dolerle mucho cruzó por su frente mientras paseaba la mirada por el hermoso patio, que estaba lleno de sirvientes ocupados en sus labores.

Una expresión acosada ensombreció sus azules ojos y se reflejó en la del hombre que estaba ante Candy.

—Sí, Stear —dijo en voz baja—, ha pasado mucho tiempo. Tienes buen aspecto y se te ve feliz. Me congratulo de ello.

Stear sonrió.

—Lo mismo te digo.

Archie fue hacia Sin para coger a Jimmy y permitir que el jinete pudiera desmontar. Sin, a su vez, ayudó a Candy a bajar de la silla y la llevó con los demás mientras los mozos de cuadra se hacían cargo de sus caballos.

—Mi esposa, Candice —le dijo a Stear.

Stear abrió un poco los ojos, pero enseguida disimuló su sorpresa. Se volvió hacia la dama embarazada y su expresión se dulcificó de inmediato.

—Mi esposa, Patricia.

Archie rió.

—¿No creéis que podríamos mostrarnos un poco menos envarados y formales, caballeros? Estas damas no tienen ni idea de los líos que vosotros dos llegasteis a organizar.

Eso hizo reír a Stear.

—¿Nosotros? Me parece recordar que eras tú quien los organizaba mientras que nosotros nos encargábamos de salvarte el pellejo.

—¡Mentiras! —chilló Archie—. Yo era un inocente al que vosotros, dos demonios enviados por Lucifer, siempre estabais llevando por el mal camino.

—¿Inocente? —le preguntó Sin a Stear—. ¿Te acuerdas de aquella vez que le arrojó una flecha al oso?

Stear soltó un bufido.

—¿Que si me acuerdo? Todavía tengo la cicatriz. ¿Y qué me dices del lobo?

Sin resopló, y luego bajó la voz a un falsete infantil.

—Stear, Sin, mirad, he encontrado un cachorrito.

—Un cachorrito con una madre muy enfadada —comentó Stear.

—Oh, maravilloso —dijo Archie sarcásticamente—. Me pregunto por qué se me habrá ocurrido volver a juntaros. Retiro lo dicho. Ya podéis volver a vuestra seriedad.

Patricia abrazó a Archie y le apretó el brazo.

—Al pobre Archie siempre le toca cargar con la peor parte.

Archie cambió el peso de Jimmy al otro brazo, miró a Candy y por la cara que puso ella supo que estaba recordando su truco de atarlo a la cama.

—No sabes hasta qué punto, Patty.

Candy le sonrió serenamente. Patricia la cogió de la mano.

—Vayamos dentro y le procuraremos una cama y una cena caliente a tu hermano y descanso a ti y a tu esposo.

Patricia de Cornwell tenía un aire de bondadosa franqueza que hizo que Candy enseguida se sintiera en casa. Aunque no la conocía de nada, se sentía muy próxima a ella.

Tan pronto como estuvieron dentro, el pequeño empezó a darle patadas a Stear y exigió que lo pusiera en el suelo.

—Hen, no te alejes mucho.

El niño fue corriendo a la chimenea y cogió un puñado de juguetes, después de lo cual fue hacia Candy para enseñarle cada uno de ellos. Sus labios dejaron escapar una rápida sucesión de gorjeos y exclamaciones infantiles, pero Candy sólo entendió una o dos de las palabras que le dijo.

—Te está diciendo que su abuelo compró el caballo en la feria de Ransock, donde también tuvo ocasión de jugar con un mono.

Candy se echó a reír.

—Ah, ya empiezo a verlo un poco más claro. ¿Qué edad tiene?

—Un año y medio.

—¿Cuándo esperáis al próximo?

—Dentro de un mes, creo.

Candy contempló con un poco de envidia la tripa de Patricia, y se preguntó si ella no habría concebido ya como resultado de su noche de bodas. Tener un niño creciendo en su seno sería maravilloso. Sentir los diminutos movimientos del bebé y saber que era suyo para quererlo…

Se moría de ganas de que llegara aquel día.

Hen tiraba de la manga de Candy para que lo aupara. Ella no dudó en cogerlo, lo sentó en su regazo y dejó que continuara enseñándole sus juguetes.

Sin la vio entretener al pequeño de una manera tan natural como si llevara toda la vida haciéndolo y la pena volvió a hacer presa en él. Respirando profundamente, paseó la mirada por la gran sala mientras pensaba en lo extraño que era estar nuevamente allí después de todos aquellos años.

Había perdido la cuenta de las veces que se vio inmovilizado ante ese mismo hogar mientras Harold lo golpeaba salvajemente por un sinfín de razones imaginadas. En aquellos tiempos, la gran sala era un lugar oscuro y lúgubre.

Ahora estaba pintada y resultaba muy acogedora. Sin apenas la reconoció. Hasta el estrado con la mesa del señor del castillo había sido trasladado a otro emplazamiento.

Aun así, conocía aquel lugar. Sintió agitarse en su interior los recuerdos del pasado que tanto lo obsesionaban. Eran unos recuerdos amargos y llenos de dolor que llevaba toda la vida intentando enterrar. Stear le puso la mano en el hombro.

La primera reacción instintiva de Sin fue quitársela de encima con un encogimiento, pero se obligó a soportar el contacto. Había muchas cosas en Stear que le recordaban a Harold. Tenía el mismo pelo oscuro, las mismas facciones e idéntica estatura. La única diferencia estaba en los ojos. Los de Harold habían sido castaños y crueles, en tanto que Stear había heredado los ojos azules y la mirada bondadosa de su madre.

—Los fantasmas del pasado son difíciles de exorcizar, ¿verdad?

Sin asintió.

—Me asombra que puedas vivir aquí.

—A decir verdad, me limitaba a existir hasta que mi esposa me impuso su presencia.

—¿Te la impuso?

Stear rió.

—No tienes ni idea de lo feroz que puede llegar a ser la tigresa que reside dentro de ese cuerpo angelical.

Sin miró a Candy, quien parecía estar tan calmada y serena como la mismísima Virgen. Sí, las apariencias podían ser muy engañosas.

Stear le ofreció una copa de vino, pero seguía sin poder sostenerle la mirada durante mucho tiempo. Sin sabía por qué. Nunca había olvidado el día en que se vieron por última vez.

El calor de ultramar era asfixiante. Con los catorce todavía no cumplidos, Sin llevaba más de cuatro años como escudero de Harold. El viejo conde había querido ponerse en paz con Dios y, matar a unos cuantos sarracenos, así que reunió a sus caballeros, su hijo y su escudero y partió hacia Jerusalén.

El viaje había sido arduo. Dos caballeros habían muerto en ruta y tres más habían perecido en combate. Luego una enfermedad se llevó al último de los caballeros de Harold justo un día antes de que un bandido lo despojara de todo su dinero.

Al verse sin recursos, Harold acudió a un tratante de esclavos. Éste dijo que quería a Stear a pesar de que era dos años más pequeño. Stear había sido mejor alimentado y tenía muchas menos cicatrices.

—No os llevaréis a mi hijo —había gruñido Harold—. Sólo podéis quedaros con éste.

Luego había mandado de un empujón a un perplejo Sin a las manos del hombre, que le inspeccionaron de la más fría y cruel de las maneras. Harold y el tratante habían regateado sobre lo que valía y al final Sin fue vendido por menos de la mitad de lo que costaba pasar una noche en un buen alojamiento.

Cuando los hombres del tratante de esclavos fueron a por él trayendo sus grilletes, Sin les hizo frente y se resistió con todas sus fuerzas. Y mientras se lo llevaban a rastras y el viejo pagaba a Harold la suma acordada, Sin vio un destello de alivio en el rostro infantil de Stear porque su padre no lo hubiera vendido a él.

Sin se aclaró la garganta mientras expulsaba el recuerdo de su mente.

—No te culpo, ¿sabes?

La culpabilidad estaba grabada en el rostro de Stear.

—Debería haber hecho algo.

—¿El qué?

—Enfrentarme a él. Protestar. No lo sé. —Respiró hondo—. Algo.

—Tenías doce años, Stear. Te morías de hambre y estabas muy asustado. Si hubieras movido aunque sólo fuese un dedo, él te habría dado una paliza o te habría vendido también a ti. No pienses más en ello, de veras. No importa.

Ambos sabían que estaba mintiendo. Con todo lo malo que había sido Harold, era un santo comparado con los sarracenos que habían comprado a Sin.

Estuvieron contemplando a las mujeres Y hablaron de trivialidades. Y pasado un rato, la tensión se relajó y se pusieron a recordar a los muchachos que habían sido en tiempos pasados. Compañeros de conspiración que habían cometido muchas travesuras y causado más de un estropicio.

Con la ayuda de Archie, se unieron a la conversación de las damas y volvieron a contar algunas de sus historias más divertidas.

—Me dicen que nadie puede derrotarte en el combate— dijo Stear, retando con la mirada a Sin mientras éste permanecía apoyado en el hogar.

—Yo he oído decir lo mismo de ti.

Archie gimió.

—Válgame Cristo. Eso no, por favor. Otra vez no.

—¿El qué, Archie?— preguntó Patricia.

Archie sacudió la cabeza. .

—Señoras, preparaos. Estáis a punto de ser testigos de lo más horrendo que puede suceder en la tierra.

Candy frunció el ceño.

—¿Qué es eso tan horrendo?

— Dos campeones enfrentándose.

Candy rió, hasta que Sin volvió a hablar.

—Podría vencerte.

Stear soltó una risotada.

—No. Sólo en tus fantasías. Pero yo, en cambio, podría hacerte llorar igual que una niña.

—¡Ja! Nunca.

—¿No lo crees?

— Sé que no puedes hacerlo.

—Entonces ponte tu armadura y reúnete conmigo fuera.

—¡Stear!— jadeó Patricia—. ¿Acaban de llegar y ya quieres medir tus fuerzas con lord Sin?

—No voy a medir mis fuerzas con él, Patty. Lo que voy a hacer es barrer el suelo con él.

—Eso querrías tú —se burló Sin.

—Sin —dijo Candy mientras él se apartaba del hogar—. ¿No estás demasiado cansado?

—Aunque estuviese medio muerto, podría vencerlo con un brazo atado a la espalda.

Stear sonrió malévolamente.

—Entonces hazlo.

—Lo haré.

Archie gimió todavía más fuerte que antes. Candy alzó la mirada hacia él.

—No lo dirán en serio, ¿verdad?

Patricia respondió por él.

—Tengo el horrible presentimiento de que sí.

Su horrible presentimiento demostró ser correcto cuando unos diez minutos después los dos hombres bajaron vestidos para el combate.

—¿No comeréis antes, al menos? —les gritó Archie.

Ellos sacudieron la cabeza al unísono y fueron hacia la puerta.

Los ecos de sus voces resonaron en la sala mientras bajaban hacia el vestíbulo.

—Ahora atácame y prueba el sabor de tu primera derrota.

—Lo que vas a probar es el sabor de tus propios pies, mi pequeño Stear. No creo que llegues a ver el día en que puedas vencerme.

Stear se detuvo en la puerta y volvió la mirada hacia el hogar.

—Ven, Archie, y verás cómo tu hermano adoptivo se traga sus fanfarronadas.

Los hombres se pusieron los cascos, hicieron entrechocar sus espadas y luego salieron fuera.

—¿Archie? —preguntó Candy—. ¿Debería preocuparme?

Oyeron un grito procedente del exterior.

—Me parece que deberíamos preocuparnos —dijo Patricia mientras se apresuraba a levantarse y corría hacia la puerta.

Archie cogió a Hen y siguieron a Patricia para ver a los hombres fuera en el patio.

—¿Alys? —le preguntó Patricia a una atractiva doncella de oscuros cabellos que parecía tener la misma edad que ella. La mujer estaba de pie con una mano encima del corazón como si acabara de llevarse un gran susto—. ¿Te encuentras bien?

—Sí —dijo Alys—, pero vuestro esposo es peligroso con esa espada, milady.

—No tienes ni idea de lo peligroso que es —murmuró Archie mientras iba hacia los dos hombres. Le dirigió una fugaz sonrisa a la doncella, que se ruborizó de una manera muy favorecedora, y luego se apresuró a irse.

Después de que los dos hombres hubieran cruzado sus espadas por primera vez, enseguida se formó una pequeña multitud de sirvientes y caballeros que acudieron a verlos luchar. Patticia y Candy intercambiaron una mirada entre cansada y llena de frustración, y fueron a tratar de separarlos.

No lo consiguieron.

Las horas fueron transcurriendo mientras Sin y Stear trataban de derribarse el uno al otro.

Pasado un tiempo, Jimmy despertó de su siesta, jugó un rato con Hen y más tarde ambos fueron llevados a la cama y arropados. La cena fue servida y comida, y luego lo que quedaba de ella se fue enfriando mientras esperaban a que los dos combatientes crecieran de una vez y se unieran a ellos.

Hasta la multitud que se había reunido fuera terminó dispersándose y los espectadores se encaminaron hacia sus camas. Finalmente, Patricia tuvo una brillante idea. Ella y Candy prepararon unas fuentes, y luego las llevaron fuera donde sus esposos seguían combatiendo.

Alguien, muy probablemente Stear, había ordenado que encendieran manojos de cañas alrededor de la palestra para que pudieran verse el uno al otro incluso en la oscuridad de la noche.

A pesar de lo lunático de sus acciones, Candy no tenía más remedio que admirarlos. Ambos eran unos luchadores realmente extraordinarios, sobre todo teniendo en cuenta que ya llevaban muchas horas enzarzados.

—Mmmm —dijo Patricia, aspirando el aroma del venado asado con salsa de cerezas—. Candy, tienes que probar un bocado de esto. Es el mejor venado que nuestro cocinero ha preparado jamás.

Los combatientes empezaron a moverse más despacio mientras estiraban el cuello para mirar.

Candy dio un bocado y gimió en un exagerado éxtasis.

—Tienes razón. Está delicioso. Qué maravilla de guiso—. Mirando de soslayo, pudo ver cómo los dos combatientes dejaban de luchar—. Es el mejor venado que he comido en mi vida.

El estómago de Sin gruñó ante la visión del banquete que estaban celebrando las damas. No había comido gran cosa en todo el día. Pero el trono de Satanás se helaría antes de que le cediese aquel combate a Stear.

—Te veo débil —lo provocó Stear—. Me parece que necesitas llenar un poco el estómago para recuperar tus debilitadas fuerzas.

—Mis fuerzas no están ni la mitad de débiles que tu cerebro.

Empezaron a intercambiar mandobles de nuevo.

Candy y Patricia cruzaron miradas de disgusto. ¡Hombres! Miraron a Archie, en cuya fuente apenas quedaba comida.

—¿Qué?— preguntó él inocentemente.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Candy.

Archie se encogió de hombros y terminó de dejar limpia su fuente.

Patricia recogió las fuentes y estuvo reflexionando durante unos minutos.

—Mi doncella Alys me dijo en una ocasión que si enseñas un poco el tobillo un hombre te seguirá a cualquier parte.

Archie resopló.

—Haría falta algo más que un tobillo para que ese par se movieran de donde están, créeme.

Patricia aglojó las lazadas de la parte de arriba de su vestido. Archie se volvió discretamente de espaldas mientras ella se acercaba un poco más a los hombres.

—Sabes, Candy, esta noche hace bastante calor. Quizá debería mojarme un poco la falda hasta que se ponga transparente y me quede bien pegada a la piel.

Sus palabras hicieron tropezar a Stear.

—Vaya, conque eso es lo que hacéis las inglesas cuando tenéis calor —dijo Candy mientras se reunía con ella—. En casa nos limitamos a quitarnos el plaid y vamos por ahí… desnudas.

Sin volvió bruscamente la cabeza hacia ella. Candy acarició el broche de su hombro.

—Basta con abrir un broche para que el plaid se caiga al suelo.

Stear gruñó y se abalanzó sobre Sin, pillándolo desprevenido y obligándolo a retroceder.

Sin rugió y atacó con todas sus fuerzas.

Patricia suspiró mientras los dos hombres proseguían con su batalla.

—Me parece que sólo hemos conseguido empeorar las cosas. Se volvieron hacia Archie, que se había puesto a examinar las otras dos fuentes e iba comiendo de ellas.

—¿Qué? —volvió a preguntar Archie cuando se dio cuenta de que las dos le estaban dedicando toda su atención.

Patricia se puso las manos en las caderas.

—¿Realmente no hay nada que puedas hacer?

Archie dejó caer el trozo de comida que tenía en la mano y se levantó.

—Si hago esto, quiero que me prometáis que sujetaréis a vuestros esposos antes de que me castren.

—Lo haremos —prometieron ellas al unísono.

— Más os vale.

Poniéndose bien la túnica, Archie fue hacia la palestra hasta que estuvo a poca distancia de los dos hombres.

—Oh, Stear —dijo con voz de falsete—, eres un guerrero tan grande y tan fuerte… Vaya, ver cómo te mueves hace que mi corazón lata con más fuerza. Eres un gran héroe.

Sin rió a carcajadas.

Stear se limitó a volver a gruñir. Archie apartó la atención de su hermano.

—Y tú, Sin, eres un caballero tan grande y tan robusto… Vaya, no sé si podré seguir de pie aquí viéndote luchar. Mirarte hace que me entren temblores.

Sin dejó de reír.

Archie se volvió hacia Candy y Patricia.

—Damas, mientras los hombres juegan con sus espadas, ¿qué os parece si vamos dentro y así Patticia podrá enseñarme cómo se moja la falda y Can…?

Stear y Sin cargaron sobre él antes de que pudiera terminar la frase.

Sin lo agarró por el cuello al mismo tiempo que Stear lo sujetaba por la cintura. Juntos lo levantaron del suelo y lo arrojaron dentro de una acequia.

Sin duda le hubiesen hecho algo más que eso si Candy y Patricia no hubieran acudido corriendo a sujetarlos.

Candy le quitó el casco a Sin y se apresuró a besarlo antes de que él pudiera soltarse.

Sentir los frescos labios de su esposa en su boca llena de calor dejó completamente paralizado a Sin.

Estaba agotado, y cubierto de sudor, y sin embargo ella no parecía percatarse de lo mal que olía.

Candy dio un paso atrás y le dirigió una sonrisa.

—Decidme, y sin faltar a la verdad, si no tenéis hambre, mi señor.

Sí, la tenía. La intensidad con que deseaba hacerla suya era realmente aterradora.

Stear lo distrajo haciendo un ruido de disgusto.

—Entraré cuando Sin admita su derrota.

—Entrarás ahora mismo —dijo su esposa—, o esta noche dormirás en el establo.

Sin abrió la boca para burlarse de Stear, pero fue detenido por la mano de Candy sobre sus labios.

—Una palabra y te reunirás con él.

La carcajada de Archie hizo vibrar el aire mientras iba hacia ellos, empapado y goteando agua de la acequia.

—¿Quién hubiese pensado que los dos caballeros más grandes de Inglaterra podrían ser derribados por unas simples doncellas?

Stear y Sin gruñeron y se habrían lanzado sobre Archie si sus esposas no los hubieran cogido del brazo.

—Muchachos —dijo Patricia en un tono muy serio—, ¿me haríais el favor de comportaron y entrar a cenar? Ya os habéis hecho bastante daño el uno al otro y al pobre Archie por una noche.

—Sí-dijo Archie mientras se escurría la camisa. —Además, no sé por qué estáis tan enfadados conmigo. Vosotros os iréis a la cama con estas dos hermosas damas, mientras que yo tendré que hacerle mimos a mi almohada.

Patricia le palmeó el brazo mojado.

—Pobre Archie, siempre tienen que abusar de él. Tendremos que encontrarte una esposa, ¿no te parece, Candy?

—Sí, se la encontraremos.

Candy hubiese podido jurar que vio cómo una expresión de pánico cruzaba por el rostro de Archie.

Entraron a cenar mientras Archie subía a su habitación para secarse.

Después de que los hombres hubieran terminado de cenar, Candy llevó a Sin a su habitación, donde podría ayudarlo a quitarse la armadura.

—Tiene que dolerte todo —dijo en cuanto vio los morados y señales rojizas que cubrían su carne. Por suerte, no había heridas.

—Sólo ha sido un poco de ejercicio amistoso —dijo él desdeñosamente—. Estoy bien.

—¿Amistoso? Bueno, pues entonces rezo para que nunca tenga que verte combatir de verdad.

Lo decía en serio. Aunque lo que acababa de ver la había puesto furiosa, lo cierto era que su esposo había luchado con una inconmensurable habilidad. Candy nunca había visto combatir a dos hombres mejor de lo que lo habían hecho ellos.

—Ven aquí —dijo, apremiándolo a tomar asiento en un taburete para poder darle una friega en los hombros y los brazos.

Sin se sentó. No adivinó sus intenciones hasta que sus suaves y delicadas manos empezaron a amasarle los hombros y el cuello. El placer era tan intenso que lo hizo gemir. Nadie le había hecho algo así antes.

Un torrente de escalofríos recorrió su carne mientras ella le pasaba las manos por los bíceps, apretándoselos conforme avanzaba. Una súbita tensión inflamó la entrepierna de Sin, su miembro se hinchó contra las calzas en un irrefrenable anhelo de poseer a su esposa.

El contacto de las manos de Candy era puro cielo, y más escalofríos se extendieron por su piel cuando sintió su aliento rozándole la carne. Por todos los santos, cómo la deseaba. Quería saborear su suculenta carne, disfrutar de un momento de ensueño entre sus brazos. Candy tragó saliva cuando sintió la dureza de los músculos de Sin bajo sus manos. Había hecho aquello incontables veces para su padre, su tío y su hermano, y sin embargo, con Sin, tocar su piel hacía que se le secara la boca, que le flaquearan las piernas y sintiera un súbito cosquilleo en los pechos. Un deseo abrasador que cortaba como un cuchillo le atravesó las entrañas cuando todo su cuerpo empezó a palpitar por él.

Entonces llamaron a la puerta.

—Adelante.

Una doncella entró trayendo consigo a una brigada de sirvientes con una bañera y cubos de agua humeante.

—Lady Patricia dijo que su señoría necesitaría darse un baño.

Candy sonrió ante aquella muestra de consideración.

En cuanto la bañera estuvo llena, se hizo a un lado para que su esposo pudiera levantarse.

Sin no se movió. Contempló la bañera mientras un torbellino de imágenes se arremolinaba dentro de su mente. Candy empapada y goteante, a horcajadas encima de sus caderas mientras él aliviaba el doloroso anhelo de su virilidad.

Sí, podía imaginar sus pechos relucientes bajo la luz, sus labios sonriéndole mientras él le daba placer.

—¿No te vas a bañar? —preguntó ella.

Cuando él se quitó las calzas Candy cayó en la cuenta de que no lo había visto desnudo durante su noche de bodas. O si lo había hecho, no guardaba ningún recuerdo de ello.

Candy tragó saliva ante la belleza desnuda de su esposo. De su cuerpo, tan flexible y poderoso. Sin era magnífico.

Sin se obligó sentarse dentro de la bañera, pero lo que realmente quería era coger en brazos a su esposa y pasar el resto de la noche haciéndole el amor.

Y eso era lo único que no podía hacer.

No tenía ninguna intención de quedarse en Escocia. Jamás. Y se negaba a correr el riesgo de dejarla encinta. Él nunca sería el padre de ese niño. Nunca obtendría su placer, para luego dejar abandonada a una mujer que tendría que cuidar de un hijo suyo.

Para que odiara y despreciara a su hijo.

Para gran consternación suya, ella le quitó el trapo de las manos y se puso a enjabonarlo. Sin apretó los dientes mientras sentía cómo el miembro se le ponía todavía más duro.

—Eso puedo hacerlo yo solo

—Ya sé que puedes. Pero quiero hacerlo por ti.

Sin nunca entendería su bondad, pero después de todo ella pensaba que estaban casados. Sólo él sabía la verdad de su noche de bodas.

—¿Por qué te muestras tan dispuesta a aceptarme como tu esposo?

Candy dejó a un lado el jabón.

—Mi abuela era irlandesa y tenía un dicho: «Que el Señor me dé suficiente serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar.» Le puso una mano en el hombro mientras empezaba a lavarle la espalda.

—Por la razón que sea, tú y yo hemos sido unidos. Podría resistirme a ti y odiarte, pero al final eso no cambiaría nada. Lo único que conseguiría con eso sería hacer que los dos fuésemos muy desgraciados. Por lo que he visto hasta ahora, eres bueno. Así pues, prefiero hacer las paces por el bien de ambos, y abrigar la esperanza de que tal vez puedas hacer que mi clan comprenda que es inevitable que los ingleses vayan asentándose en Escocia. Y que podamos vivir armoniosamente los unos con los otros.

Sus palabras hicieron que Sin se sintiera desgarrado por un inesperado dolor.

—Así que en realidad yo no te importo nada. —Las palabras salieron de sus labios antes de que él pudiera detenerlas.

Ella dejó de lavarle la espalda y se puso delante de él para poder mirarlo a los ojos.

—Apenas te conozco, Sin. —Su mirada, intensa y penetrante, permaneció clavada en él hasta que de pronto quedó iluminada por una sombra de humor—. Aun así, lo que he ido viendo hasta el momento me gusta. —Reanudó la labor de lavarle la espalda—. Excepto lo de esta noche. Me parece que has dejado que tu orgullo pudiera más que tu sentido común.

Eso lo hizo sonreír. Era cierto, desde luego.

—Y sí que me importas.

Sus palabras lo llenaron de sorpresa, y —sin embargo comprendió su significado.

—Del mismo modo en que te importaría cualquier desconocido.

—Sí y no. Me atrevería a decir que nunca le frotaría la espalda a un hombre al que no conociese.

Eso hizo que él volviera a sonreír.

—Espero que no.

Ella asió un cubo de agua para tratar de quitarle el jabón de la espalda. Sin suspiró cuando el agua caliente resbaló por su carne.

Candy dejó el cubo en el suelo y volvió a sentarse junto a él.

—Quiero llegar a conocerte, Sin. Creo que conocerte sería algo realmente maravilloso.

El apartó la mirada mientras cogía el paño y empezaba a lavarse la pierna.

—A decir verdad, no hay nada en mí que merezca ser conocido.

Ella le tomó la cara entre las manos y le hizo volver la cabeza hasta que sus ojos se encontraron con los de él.

—¿Qué te hicieron, para que te retiraras tan profundamente dentro de ti mismo?

Sin no respondió. No podía hacerlo. Había dedicado toda su vida a tratar de enterrar aquellos recuerdos, sin volver nunca la mirada hacia el pasado por ningún motivo. Él sólo existía. Era todo lo que sabía.

Candy dejó escapar un suspiro lleno de cansancio.

—Has vuelto a dejarme, ¿verdad? Siempre puedo notarlo. Tus ojos se vuelven opacos, fríos.

Se levantó.

—Muy bien, te dejaré en paz. Pero escúchame bien: un día encontraré ese corazón que has enterrado tan lejos del mundo.

—¿Y qué harías con él si lo encontraras?

—Lo mantendría a buen recaudo para que el dolor que lo ha marchitado nunca más pudiera llegar hasta él.

Sus palabras hicieron que aquel mismo corazón empezara a latir con más fuerza.

—Mi señora, ese órgano no sabe nada del amor. No sabe nada de la bondad. Aunque lo encontrarais, os aseguro que no os serviría de nada.

—Puede que sí y puede que no. En cualquier caso, tengo intención de dar con él.

Su coraje nunca dejaba de asombrarlo.

Ella fue hacia la cama y se sacó el vestido pasándoselo por la cabeza. El cuerpo de Sin ardió ante la visión de sus formas desnudas. Para colmo de su desdicha, Candy le regaló una tentadora visión de su trasero mientras se metía en la cama.

Sin tuvo que recurrir a todas sus reservas de voluntad para no reunirse con ella. Para no correr hacia la cama a la que acababa de subir Candy, acostarla boca arriba y disfrutar del banquete que era su cuerpo.

La lengua le ardía con el intenso deseo de saborear sus labios, sus pechos. Hacer que Candy envolviera su cuerpo con el suyo sería como estar en el cielo. Ser su esposo aquella noche sería conocer el Paraíso en la Tierra.

Pero no podía hacerlo. Ahora ella lo aceptaba, pero las cosas cambiarían en cuanto llegaran a su hogar. Sus parientes de las Highlands nunca tolerarían la presencia de un caballero inglés entre ellos.

Ni siquiera el clan de su hermano había sido capaz de hacer tal cosa. Sin había pasado algún tiempo con los MacArdley después de la boda de Victor y Rosmary mientras se le curaban las heridas. Y a pesar de que todos se habían mostrado fríamente cordiales, había visto el modo en que los sirvientes y las gentes del pueblo evitaban encontrarse con él; nadie quería pasar más de un breve instante en su presencia.

Hasta su madrastra, Aileen, se había mostrado muy fríamente cortés con él durante su estancia allí. Ni una sola vez había sido capaz de sostenerle la mirada. Naturalmente, su gélida distancia suponía una inmensa mejora con respecto al desprecio y la repulsión que le demostró durante la juventud de Sin. Aun así, él se había negado a quedarse donde no era bienvenido.

Bastante tenía que aguantar en la corte de Enrique.

Sin volvió la mirada hacia la cama en la que aguardaba su esposa y sintió que un nudo de tensión le oprimía dolorosamente el estómago. Nadie lo había acogido con bondad antes de Candice.

Ella se le entregaría si él se lo pedía.

Y él quería pedírselo. Con un anhelo tan intenso que lo abrasaba por dentro.

«No le hagas esto a ella ni te lo hagas a ti. Vete, Sin.»

Nada bueno podía salir de haber probado el cielo cuando no podía quedarse en él. Sin había aprendido esa lección muy temprano en la vida. Los recuerdos de la felicidad sólo servían para que el dardo se clavara todavía más adentro.

Y a él va le habían clavado suficientes dardos.

Candy contuvo el aliento en una nerviosa expectación mientras oía salir de la bañera a su esposo. Estaba segura de que iría a reunirse con ella.

Mientras los hombres combatían fuera, Patricia le había contado muchas cosas sobre la dura batalla que había librado Stear contra el amor que ella le ofrecía.

Eso le dio nuevos ánimos. Si Patricia había conseguido que su terco esposo la aceptara, quizá también habría una posibilidad para ella y Sin.

Quizá.

Al menos eso pensaba hasta que oyó cómo Sin cruzaba la estancia y salía por la puerta.

Sintiéndose muy dolida, Candy se dio la vuelta para asegurarse de que sus oídos no la habían engañado.

Sí, había oído bien. Su esposo ya no estaba en la habitación. Con los dientes apretados por la frustración, Candy se quedó tendida en la cama y dejó que el dolor del rechazo fuera extendiéndose por todo su cuerpo.

Muy bien, de acuerdo. Si él no quería hacerla suya, que así fuese. No se quedaría tendida en la cama para ser presa del sufrimiento.

Ella había hecho su oferta. Él la había rechazado.

Su esposo no quería tener nada que ver con ella. Perfecto. Dentro de unos días Candy estaría en casa y entonces podría hacer como él y limitarse a fingir que su esposo no existía. Perfecto.

Maravilloso.

Si eso era lo que quería él, ella se lo daría.

Y sin embargo, en el mismo instante en que la ira rugía en su mente una parte minúscula de su ser seguía aspirando a la clase de matrimonio que habían compartido sus padres. La clase de matrimonio que Martha había tenido con el padre de Candy y que Patricia compartía con Stear, llena de amor y respeto.

—No sé qué hacer —jadeó.

Pero en lo más profundo de su ser sí que lo sabía. Tendría que seguir librando su combate por el corazón de Sin.

Esperaba que él no se le resistiera con la misma determinación que había mostrado en su combate con Stear. Si lo hacía, ella no tendría absolutamente ninguna esperanza de vencer.

CONTINUARA