¡Sostente!


Naruto, Hinata y los chicos


—No te das una idea de lo mal que me siento. Lo siento mucho.

Mi madre luce como si estuviera a punto de llorar, y no llora mucho.

Hinata frota su hombro.

—Está bien. Estas cosas pasan, sobre todo a mis sobrinas y sobrinos. Chõchõ se quebró la clavícula cuando tenía dos años, Mitsuki se quebró la pierna el año pasado y mi cuñada siempre se encontraba sobre ellos. No es tu culpa, Kushina.

—Supe tan pronto como lo oí gritar, que algo no estaba bien.

Siguen hablando en la habitación de espera de la sala de emergencias, mientras me agacho delante de Log, quien se encuentra sentado en una silla de plástico de color naranja, sosteniendo su brazo derecho sobre el pecho. El dolor ha coloreado su rostro. Sus ojos se encuentran llenos de agonía y respira lentamente, como si cada movimiento doliera.

—¿Cómo estás, chico?

—Duele.

—Sí, lo sé. —Deslizo los nudillos contra su rodilla, no queriendo lastimarlo, entonces miro a la enfermera y le digo que se dé prisa, que creo que podría estar en shock. Ella se da cuenta que estoy lleno de mierda, pero me hace sentir mejor intentarlo.

La historia cuenta que los niños estaban jugando en el patio, bajo la atenta mirada de Minato, mientras mi madre hacía el desayuno. Chõchõ apostó a Log que no podía subir a la parte superior del árbol de roble. Lo cual, por supuesto, Log podía, y lo hizo. El conseguir bajar, planteó más de un desafío. Y aquí estamos.

—¿Por qué no regresas a casa, mamá? —le digo, frotando su hombro—.Minato probablemente ha enloquecido con los otros cinco.

—Está bien. —Asiente, acariciando la cabeza de Log—. Te veré pronto, cariño.

—No te preocupes, Kushina, voy a estar bien —dice Log amablemente, lo que demuestra que mi madre sin duda se ha ganado al chico.

—¿Log Hyûga? —Una enfermera con una silla de ruedas anuncia, lista para llevarnos a la sala de emergencias.

—Gracias a Dios —murmuro.

Más tarde, Log se encuentra apoyado en una mesa de examen, mientras que un doble de George Clooney le explica a Hinata que el brazo de su sobrino se quebró.

—Él se fracturó el cúbito. Es una quebradura limpia, y no vamos a necesitar una cirugía para fijar el hueso, eso es algo positivo.

—Bien. —Hinata asiente, mirando nerviosamente a Log.

El médico gesticula hacia la puerta.

—Así que, si pudiera salir, le pondré el hueso en su lugar y le colocaremos a Log su escayola.

—¿Salir? —pregunta Hinata, frunciendo el ceño.

—Sí, es el protocolo del hospital. Las reducciones cerradas pueden ser dolorosas, lo que es molesto para los padres y tutores, así que tendrán que esperar fuera de la habitación durante el procedimiento.

—Prefiero quedarme con mi sobrino.

—Me temo que eso no es posible —responde George.

Apartando todo su nerviosismo, Hinata se mantiene sólida como una roca, segura. Es correcta y educada, pero no hay ninguna manera en que ella tome un no por respuesta.

—Aprecio su posición, Doctor, y espero que aprecie la mía. Me sentaré junto a Log y sostendré su mano mientras fija su hueso. Ni el señor Uzumaki, ni yo haremos un sonido o diremos una palabra. Pero no lo voy a dejar. Si es necesario, me lo llevaré a otro hospital.

El médico piensa en ello, y entonces concuerda.

—Eso no será necesario.

Hinata se sienta en la silla junto a la mesa y agarra la mano izquierda de Log en la suya. Su sonrisa es tan amorosa, tan tierna, que mi pecho duele al mirarla. El médico ajusta la mesa para que Log se acueste sobre su espalda, luego me muestra dónde sostenerlo por los hombros. Le dieron algunos medicamentos para el dolor, pero incluso con ellos, sé por experiencia, que lograr que dos mitades de un hueso quebrado se ajusten no hace cosquillas.

—Respira, Log —dice el médico, como si fuera a ayudar, y mi pecho comienza a doler por una razón completamente diferente. Luego sostiene al chico por la muñeca y cerca del codo y comienza.

—¡Ahh! —grita Log. Su voz es aguda y conmocionada, y me golpea como una patada en el estómago—. ¡Ahh! —grita de nuevo, tratando de apretar los dientes.

Hinata aprieta su agarre, mirándolo fijamente, haciéndole saber que ella está aquí, compartiendo su dolor, incluso si no puede salvarlo de él. Y le susurro, justo contra su oreja, dándole el único consuelo que puedo, deseando como el infierno poder tomar este dolor por él.

—Lo estás haciendo muy bien, chico. Está casi terminado.

—Ahh...

—Casi, Log... ya falta poco...

—¡Este enyesado es jodidamente rudo! —Log admira el yeso con dibujos que ahora cubre su brazo desde el codo hasta la mano. Me río porque se recuperó rápidamente, y, obviamente, su personalidad chispeante está intacta. Hinata le da la reprimenda obligatoria por su lenguaje, pero está sonriendo también.

—Oye, ¿podrías dibujar un tatuaje en mi yeso? ¿Cómo el tuyo? —me pregunta Log, señalando a los tatuajes visibles bajo la manga de mi remera.

—Por supuesto.

Hinata mira a su alrededor.

—¿Me pregunto qué está tomando tanto tiempo con el papeleo? Voy a preguntar... ah, ¡hola, Anko!

Una mujer da unos pasos dentro del área con cortinas donde estamos esperando. Es una mujer robusta, en sus treinta y tantos años, con el pelo bien arreglado de color violeta y una sonrisa brillante, con un traje de color beige y una blusa blanca.

—Hola, Hinata. —Sus ojos caen a Log, en la cama—. Hola, Log, me enteré que tuviste un accidente.

Log se encoge de hombros, su sonrisa anterior sustituida por el ceño fruncido desconfiado.

Anko me mira y me doy cuenta de que detiene la mirada en los tatuajes en los brazos.

—Naruto, esta es Anko Mitarashi —dice Hinata, presentándonos—. Ella es nuestra trabajadora social de la agencia de servicio infantil. Anko, este es Naruto Uzumaki, mi...

Ella busca una palabra.

—El abogado —le suministro, ofreciendo a Anko mi mano—. Estoy en Adams y Shimura.

Anko asiente.

—Así es, usted negoció la liberación de Log a libertad condicional después, del incidente del auto.

Tal vez sólo sea la naturaleza de mi trabajo, pero no soy un gran fan de las agencias del gobierno, o sus empleados. Demasiado poder, demasiada gente, demasiados errores que pueden ser tan fácilmente realizados sin ninguna responsabilidad. Eso es lo que me hace preguntar—: Así que, Anko. ¿te encontrabas en la zona?

—No. —Mira el archivo abierto en su mano—. Cada vez que un niño en nuestro sistema tiene un incidente en la escuela, en un hospital, o con la policía, somos llamados automáticamente.

—Se vuelve a Hinata—. ¿Te importa si te hago mis preguntas ahora?

—Claro, eso está bien.

—Excelente. El médico dijo que Log se cayó de un árbol. ¿Lo viste caer, Hinata?

Y de repente tengo una jodida mala sensación acerca de esto. Hinata no parece compartir mi preocupación.

—No. En realidad, no estaba en casa cuando se cayó del árbol.

Esta es una noticia para Anko.

—¿Dónde estabas?

Los ojos de Hinata se deslizan hacia mí.

—Yo me encontraba... con Naruto.

—¿Tu abogado?

—Era una especie de desayuno de trabajo —explico sin problemas.

—Ya veo. —Escribe algo en el archivo—. Entonces, ¿quién estaba con los niños mientras te encontrabas en la reunión?

—La madre de Naruto —responde Hinata.

Con el lapicero listo, Anko me pregunta—: ¿El nombre de tu madre y su dirección?

—Kushina Uzumaki. —Entonces recito de un tirón su número de teléfono y dirección y le digo a Anko que está bien que se ponga en contacto con ella cada vez que quiera.

Cierra su archivo.

—Eso es todo lo que necesito de ti en este momento, Hinata. ¿Está bien si hablo a solas con Log por unos minutos?

—Él es menor de edad —le digo.

—En casos como este es una norma el hablar con los niños a solas.

—¿Casos como éste? —pregunto, formalizando mi tono—. ¿Qué tipo de caso crees que este es, exactamente?

Anko no es del tipo de retroceder.

—Es un caso donde una herida ha sido sostenida y abuso tiene que ser descartado.

—¿Abuso? —Medio me rio, medio me ahogo—. ¿Crees que ella hizo esto? —Señalo a Hinata.

—No, señor Uzumaki, no lo creo. Sin embargo, si lo hubiera hecho, Log sería mucho menos propenso a divulgar esa información con ustedes dos en la habitación.

Y realmente veo su punto. Simplemente no me gusta.

Miro a Log.

—¿Quieres hablar, chico? Es tu decisión.

Log es inteligente y puedo ver en sus ojos que siente que esto es algo que necesita ser tratado ahora.

—Sí, voy a hablar con ella, Naruto. No es gran cosa.

Le aprieto el hombro.

—Vamos a estar justo afuera.

Guío a Hinata a través de la cortina y en el pasillo, fuera del alcance del oído de Anko.

—¿Qué te pasa? —pregunta una vez que nos detenemos—. ¿Por qué estás discutiendo con Anko?

Agarro su codo.

—No estaba discutiendo. Pero es importante que sepa que conoces tus derechos.

Niega con la cabeza, confusión adhiriéndose a sus rasgos.

—Anko es la mejor persona que he conocido en la agencia de servicio infantil. Es mi trabajadora social. Es su trabajo ayudarme.

—No, Hinata, no lo es. Su trabajo es asegurarse de que eres una tutora estable para los niños.

Por primera vez se da cuenta de la diferencia, la distinción, y su boca se aprieta por la preocupación.

—¿Crees... quiero decir... podría tener problemas por esto? ¿Van a hacerme un problema por el brazo de Log? ¿Por estar contigo esta noche?.

Mis manos se mueven a sus hombros, apretando y frotando la tensión que los endurece.

—No, escúchame, está bien. No hiciste nada malo y no van a hacerte pasar un mal rato. —Me detengo en ese momento, queriendo hacerle entender sin asustarla—. Pero hay que pensar en cómo dices las cosas.

A veces cómo se lee una declaración en un informe no representa las cosas como realmente son. Veo esto a menudo en mis casos. Palabras como amenazas terroristas siendo aplicadas a un niño de seis años de edad por disparar a sus compañeros de clase con la mano en forma de arma y afirmar que están "muertos". O un cargo de "posesión con intención de distribuir" hace ver a algún imbécil como un miembro de un maldito cártel de droga, cuando en realidad son unos malditos flojos que pasaron a tener en sus manos un gran paquete.

Las palabras importan, y a veces el contexto puede hacer toda la diferencia en el mundo.

—Cuando hablas con Anko, no solo tienes que pensar en lo que es verdad, sino en cómo la verdad se verá en blanco y negro. ¿Está bien?.

Asiente y la jalo contra de mí. Le beso el fruncido en la frente, luego susurro—: No te preocupes. Todo está bien.

Aprieta sus brazos a mí alrededor y asiente contra mi pecho.

Nos separamos cuando Anko sale, empujando a Log en una silla de ruedas por mandato de las políticas del hospital.

—Estamos listos. —Sonríe.

Una enfermera se acerca y le da a Hinata las instrucciones del alta y medicamentos para el dolor. Ya en la acera, Log se levanta diciendo que puede caminar hasta el coche.

Anko protege sus ojos del sol deslumbrante de la tarde.

—Voy a pasar por la casa un día de esta semana, ¿de acuerdo, Hinata?

—Eso está bien —responde Hinata—. Estaré allí.

—Fue un placer conocerte, Anko —ofrezco sólo por educación.

—Lo mismo digo, señor Uzumaki.

Log se encuentra entre Hinata y yo y caminamos hasta el coche, con el brazo alrededor de su espalda baja, y mi mano en su hombro, por si acaso se tropieza. Y aunque no miro hacia atrás, siento los ojos de Anko en los tres todo el camino.

Durante las siguientes semanas, Hinata y yo nos asentamos en un arreglo doméstico extraño. Después del trabajo, me paso por la casa para ayudarla con los niños, pasar el rato y hacer lo que sea que se necesite. Entonces, después de que los niños están en la cama, Hinata y yo, pasamos el rato juntos mayormente sin ropa.

El sexo ha sido malditamente intenso. Callado, para no despertar a los aguafiestas que están demasiado ansiosos por interrumpirnos, pero todavía de primera categoría. Es una situación diferente para mí, nueva, pero extrañamente cómoda.

Realmente no me he dejado pensar en ello profundamente. No hay etiquetas o discusiones o cualquier mierda como esa. Dicen que la ignorancia es felicidad y mis noches con Hinata han sido ciertamente eso. Por ahora, eso es lo suficientemente bueno.

Y los niños son un jodido desastre. Como un hongo divertido, a veces adorable, a veces causantes de dolor en el trasero, que han crecido dentro de mí.

Una vez, después del trabajo, Hinata me necesitaba para llevar a Namida a su clase de piano. Y lo hice, pero... no terminó bien:

—Tenemos que añadir un profesor de piano a la lista — le dice Namida a su tía mientras caminamos en la cocina.

El televisor está a todo volumen en la habitación contigua, donde Mitsuki y Log se enfrentan en Mortal Kombat, el vídeo juego, pero por los sonidos del mismo, podrían en realidad estar a punto de matarse a golpes. Ronan se mece tranquilamente en su columpio mientras Hima se ocupa con ollas, sartenes y cucharas de madera esparcidos como minas terrestres por todo el piso. Una olla grande de metal hierve en la estufa, y emite un aroma cálido y carnoso.

Hinata levanta la vista de la tabla de picar, donde se encuentra una zanahoria a medio picar en espera.

—¿Qué quieres decir? Tienes un profesor de piano.

—Ya no es así. —La niña de siete años de edad se encoge de hombros. Hinata vuelve sus ojos sospechosos hacia mí.

Y no tengo culpa en absoluto.

—Ese tipo no debería estar enseñando a niños. Sádico hijo de puta.

Hinata coloca el cuchillo al lado de la zanahoria. Luego toma una respiración profunda, y sé que está tratando de no estresarse.

—Monsieur Jacques La Rue es el mejor profesor de piano en la ciudad. Le tomó meses a Karui el conseguir que aceptara a Namida como su estudiante. ¿Qué pasó?

Meto una rodaja de zanahoria en mi boca.

—¿Qué clase de persona hace que sus estudiantes le llaman Monsieur? Probablemente ni siquiera es francés —me quejo—.Apuesto a que su verdadero nombre es Joey Lawrence del Bronx.

Namida se sube a la silla de la isla en frente de su tía y con impaciencia cuenta la historia.

—ÉL golpeó mis nudillos con la regla porque metí la pata.

—Anexo A —interrumpo—. ¿Qué clase de jodido enfermo podría golpearla?—Señalo la cara alegre y preciosa de Namida—. ¿Log? Es otra historia. ¿Ella? De ninguna manera.

Namida continúa.

—Así que Naruto fue a su coche y regresó con un bate de béisbol.

Monsieur La Rue le preguntó qué estaba haciendo y Naruto le dijo: Usted golpea los nudillos de esa niña otra vez y lo voy a golpear con esto.

Hinata se vuelve hacia mí, con la cabeza inclinada y lo boca abierta.

No admito nada.

—Así que... nos despidió —concluye Namida.

La empujo con mi codo y le ofrezco una zanahoria.

—Nosotros lo despedimos.

La mete en la boca con una sonrisa.

Hinata mira nuestro intercambio y su rostro se suaviza.

—Está bien. Nuevo profesor de piano. Voy a añadirlo a la lista.

En otra ocasión, los niños de más edad tenían citas con el dentista que chocaban con el tiempo de juego de Hima y Ronan en Mami y yo. Como he dicho antes, jodidamente odio a los médicos y los dentistas son sólo médicos para los dientes. Así que opté por tomar los niños pequeños a su clase. Quiero decir, son bebés, ¿qué difícil puede ser?

Los niños estás por todos lados, de todas formas y tamaños, algunos escalando, algunos tropezándose, otros —como Ronan— teniendo su "tiempo boca abajo" en el suelo como si intentaran dominar el rastreo. Y los padres, Jesús, están como terriblemente tensos, las complacientes esposas sonriendo, arrullando un culto religioso armado con cámaras.

La habitación de juegos de Mami y Yo es odiosamente colorida, una alfombra de arcoíris, un tobogán neón, estruendosas cuñas acolchadas, y un tapete que daña mis ojos si lo miro por mucho tiempo. Música extrañamente alegre se vierte desde los altavoces montados con un adolescente vigorosamente feliz en una camiseta fucsia animando el espectáculo.

Y no he empezado con los payasos.

Están pintados sobre las paredes, versiones de marioneta se alinean en las estanterías, y otros rellenos que tienen brazos espeluznantemente amplios llenan las esquinas, y sus bocas enrojecidas y abiertas mostrando sus dientes blancos en la sonrisa más jodidamente espeluznante que nunca he visto. Como si estuviesen esperando a un niño desprevenido que pase por ahí así ellos pueden arrancar sus cabezas.

Cerca de diez minutos en un juego libre, veo a Hima navegar por una pista de obstáculos. A mi lado hay un padre bocazas animando a su hijo como si el niño estuviese a punto de alcanzar la meta en el maldito Super Bowl. Hace un gesto con la cabeza.

—Él es el niño más rápido aquí. Lo tuve terminando la pista en veinticinco segundos.

Bien por ti, amigo.

—¿Cuál es tuyo?

Apunto a Hima, que está escalando el tobogán, su mameluco naranja brillando bajo las luces. Canta mientras se va—: Hola, hola, hola, hola...

—Como los Siete Enanitos marchando con sus piquetas.

—¿Hay algo malo con ella? —pregunta el hijo de puta.

Frunzo el ceño.

—No, no hay nada jodidamente malo con ella. Ella es... centrada.

—Luego, para divertirme un rato, añado—: Y ella podría hacer esa pista en menos de veinticinco segundos.

El idiota se burla.

—Lo dudo.

Pongo mis fríos ojos en él.

—¿Quieres apostar?

Roza su flequillo marrón con una mano arrogante.

—Cincuenta dólares a que mi hijo le gana.

—Estoy dentro.

Estrecho su mano, luego voy a sacar a Hima del tobogán y la preparo mientras la cargo de vuelta a la pista de obstáculos, como Mickey hablándole a Rocky Balboa en su esquina.

—Lo tienes, Hima. No lo dejes distraerte, ves su incertidumbre, mantén tus ojos al frente.

Aprieta mi nariz.

Así que intento usar palabras que entenderá.

—Si haces esto, te diré hola por siempre.

Eso la hace sonreír.

Los alineamos y el padre hace el conteo hacia atrás.

—En sus marcas, listos, ¡fuera!

Y están fuera...

El idiota y yo los animamos, como los jugadores en el hipódromo.

—¡Vamos, bebé, vamos!

—¡Eso es! ¡Sácalo del camino! ¡Haz tu movimiento!

Están cuello a cuello... hasta que el pequeño niño se distrae con un moco gigante colgando de su nariz. Para de trabajar en ello, y la carrera es de Hima.

—¡Sí! ¡Maldita sea! —grito con orgullo. La tomo y la sostengo bien arriba de mi cabeza; se ríe y chilla. Y en alguna parte Freddy Mercury canta "We Are the Champions"

Mientras el papá perdedor me pasa los cincuenta, el adolescente nos descubre.

—¿Qué está pasando? Este es un lugar alegre, ¡no de juegos de azar!

—Correcto. Bueno, nos estábamos yendo de todas maneras.

Tomo a Ronan en un brazo y a Hima en el otro. En nuestro camino a la puerta, le susurro—: Vamos a mantener esto entre nosotros, ¿Bueno? Me mira directamente a la cara y asiente.

—Hola.

Paso mis sábados con Hinata y los niños. Traigo el trabajo conmigo, colándose en pequeños trozos de tiempo cuando me puedo concentrar. La mayoría de los sábados, si no han tenido muchas actividades que hacer, es relajante. Divertido, incluso. Pero algunas veces... bueno... son seis niños. Desde un punto de vista puramente estadístico, las posibilidades de un mal día son bastante malditamente altas.

Una mañana, tan pronto como salí del auto supe que iba a ser un día malo. No fue ningún tipo de sexto sentido quién lo predijo.

Fueron los gritos.

Abro la puerta delantera, y el impresionante sonido de chirrido que sólo un niño realmente cabreado de dos años puede hacer me golpea como una explosión de aire caliente.

Hima se sienta en el piso del vestíbulo al frente del clóset, un desastre de lágrimas y gritos y patadas, rodeada de zapatos, chanclas, y botas. Hinata está en cuclillas frente a ella, sosteniendo una zapatilla de deportes brillante para la inspección de la niña. Otros dos pares de zapatos pequeños están junto a ella en el suelo.

—¿Este? —pregunta, con una mezcla de esperanza y molestia.

Hima golpea la zapatilla de la mano de su tía, sacudiendo la cabeza, golpea sus manos en el piso, y gimotea.

Supongo que ese no era.

Hinata se da cuenta de que estoy aquí. Levanto mis cejas y trato muy condenadamente mucho no sonreír.

—¿Está todo bien?

—No —sisea— No lo está. —Aparta su pelo de la cara, el moño desordenado a punto de caer. Hay manchas en su blusa, de algo que se ve como guisantes, y sus mejillas están enrojecidas.

Fue entonces cuando me di cuenta que no era sólo Hima haciendo un montón de ruido de mierda. Es un coro, una sinfonía de voces jóvenes enojadas viniendo desde la sala de estar. En algún lugar del piso superior¸ la voz de Ronan se une a la multitud. Y no hace ningún sonido jodidamente feliz.

Después de otro rechazo de zapatos, Hinata se levanta y tira la sandalia a través de la habitación.

—¿Cuál, Hima? ¿Qué es lo que quieres?

Hima solamente llora y apunta a absolutamente nada.

Antes de que pueda decir algo, los gemelos llegan golpeándose al vestíbulo, brazos cerrados alrededor del otro. Caen al piso, rodando y gruñendo, los dientes desnudos.

—¡Sabías que la estaba guardando! —grita Log.

—¡Estaba en el gabinete, es juego limpio! —gruñe Mitsuki.

—¡Paren! —grita Hinata—. Ustedes, ¡deténganse! —Es algo chillona ahora, también.

La ignoran completamente.

—¡Eres un idiota! —grita uno.

—¡Eres una polla! —replica el otro, y apuesto que ese fue Log.

—¡Paren! —chilla Hinata, y agarra a uno por los pequeños y sensibles cabellos en la base de su cabeza. Luego lo levanta de un tirón.

Incluso yo jodidamente me encojo.

Log aúlla, ambas manos cubriendo la parte de atrás de su cuello.

—¿Qué demonios? —demanda de su tía—. Voy a tener una jodida calva ahora.

—¡No pelees con tu hermano!

—¡Se comió el último pedazo de galletas de chocolate! —contraataca Log —. Sabía que la estaba guardando y se la comió de todos modos.

Poniéndose de pie ahora también, Mitsuki se burla—: Y estaba tan bueeeeeeenaaaaa.

Log arremete, y me quedo congelado por el shock de ver todo el infierno desatarse.

Me paro ente lo chicos, separándolos con apretones de hierro sobre sus brazos.

—Ya basta.

Luego Namida viene lagrimeando a la vuelta de la esquina, con una Chõchõ muy enojada tras ella.

Por supuesto.

—¡Dámelo!

—¡No, es mío!

—¡No es tuyo, es mío !

—¡No lo es!

Hinata instintivamente extiende los brazos cuando Namida se encoge detrás de ella.

—¿Qué está pasando? —grita a su sobrina mayor.

—¡Tiene mi lápiz! —grita Chõchõ.

—¡Un lápiz! —chilla Hinata—¿Estás bromeando? ¡Estás peleando por un jodido lápiz!

Chõchõ hace un puchero en esa mordaz manera que los adolescentes hacen.

—Bonito lenguaje, Tía Hinata.

Hinata rechina los dientes.

—Dame un descanso, Chõchõ.

—No, se supone que tú seas la adulta ¡Míranos! ¡No es de extrañar que esta sea una casa de locos!

—¿Y eso es mi culpa? ¿Que sean un puñado de egoístas paganos malvados?

Chõchõ la confronta—: ¡Sí! ¡Esto es tú culpa!

Hinata levanta sus manos.

—¡Eso es! ¡Ya tuve suficiente de esto! ¡Todos, vayan a sus habitaciones!

Chillando con indignación, Namida grita—: ¡Pero yo no hice nada!

Hinata se gira bruscamente, encarando a la pequeña castaña.

—¡Dije vayan! ¡Ahora!

Namida se arrastra a sí misma arriba, su pequeña cara fruncida y enojada.

—¡Eres mala! ¡No me gustas!

Hinata agarra a la niña de siete años por el brazo y la mueve hacia las escaleras.

— Bien, ¡puedo no gustarte desde tu habitación!

Namida sube las escaleras con lágrimas, llorando. Chõchõ marcha tras ella, brazos cruzados y hombros tercamente rectos. Log le da un último empujón a su hermano, luego se dirige hacia arriba, también. Cuando Mitsuki se gira para seguirlos, Hinata añade—: Mitsuki, tú ve a la habitación libre. No los quiero cerca uno del otro.

Echa fuego por los ojos.

—¡Esto apesta!

Hinata lo mira de vuelta.

—¡Cuéntame sobre eso!

Después de que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis desaparecieron en el piso superior, una misteriosa tranquilidad se estableció en la casa, como un lugar después de los fuertes vientos de un tornado.

Ronan ya no llora más desde el piso superior, probablemente sucumbiendo a su siesta de media mañana. Hima eligió dos chanclas rosa fuerte desde la pila de zapatos no deseados, deslizándolos en sus pies, luego, sollozando, arrastra los pies fuera del vestíbulo.

Hinata respira duro, me acerco a ella con cuidado.

—¿Estás bien? —pregunto suavemente.

Sus ojos gris malva conectan con los míos por un momento. Y luego se echa a llorar. Y se ve tan malditamente linda, incluso desquiciada con la frustración que me trago una risa. Porque me mataría si sale de mis labios.

Froto su hombro y la guío por el pasillo hasta la cocina.

—Está bien. Shhh, no llores, está bien.

Sacude la cabeza, llorando y moqueando mientras se sienta en un taburete de la isla.

—No está bien. Son malos. Son unos pequeños animales desagradecidos.

Y repentinamente tuve la urgencia de llamar a mi madre, para disculparme. No por nada en específico... sólo por los primeros quince años de mi vida.

Agarro el Southern Comfort del refrigerador y lo vierto en un vaso.

Ella solloza en sus manos.

Vierto un poco más.

—¿Qué pasó? —pregunto.

—¡Nada! —Me mira—. ¡Absolutamente nada! ¡Ellos sólo despertaron así!

Hinata se abofetea las mejillas y toma un gran trago. Aprieto su hombro. Apoya su codo en el mostrador y deja caer la frente en su mano. Su voz mezclada con culpa.

—Oh, Dios. No puedo creer que tiré del cabello de Log. Karui nunca hubiese hecho eso. Ella y Neji no creían en el castigo corporal.

—Eso explica mucho. —Créeme, no soy fan de golpear a los niños. Pero hay veces que una nalgada está muy bien merecida.

—Namida tiene razón ¡Soy mala! —Y llora de nuevo.

Y mi risa ya no puede ser contenida. Sale profunda y totalmente comprensiva.

—Cariño, conozco gente mala. Confía en mí, tú no lo eres.

Se termina su trago.

—No te estoy diciendo cómo criarlos, pero sé de mi propia experiencia que los chicos necesitan disciplina. La quieren, incluso aunque no lo sepan. Deberías escribir una lista de faltas y castigos. Ya sabes, una palabrota y pierdes tu teléfono por un día. Peleas, y tienes que recoger la mierda del perro. Un Código Penal Hyûga.

Sorbe, ojos rojos y nariz mocosa.

—No es una mala idea.

Me acerco, apartando sus piernas para pararme entre ellas. Toco su mandíbula.

—¿Te sientes mejor?

Hinata suspira abatida.

—No.

Inclino su cara hacia mí y la ladeo.

—Entonces déjame ver qué podemos hacer respecto a eso.

Sus labios son cálidos. Se hunde en el beso, abriéndose para mí, tomando mi lengua con un jadeo y gentilmente ofreciendo la suya. Es sólo un beso, no lo llevaré a más. Pero si se siente la mitad de bueno para ella de lo que se siente para mí, ha hecho el trabajo.

Me alejo, sólo un centímetro.

—¿Te sientes mejor ahora?

Y sonríe.

—Casi. Podemos trabajar en eso un poco más.

Me río entre dientes.

—Hagamos eso. —Luego presiono mis labios contra los suyos otra vez.

Algunos días, me pongo increíblemente encendido observando a Hinata. Sólo la manera en que se mueve, en que sonríe, agachándose para recoger los juguetes del suelo. Y si soy suertudo, se presenta la oportunidad para actuar. Pero tenemos que ser sigilosos.

Hubo una tarde cuando Ronan se durmió temprano, Chõchõ leía en su habitación, y Namida y Hima veían a Log y Mitsuki jugar Xbox.

Tomo el brazo de Hinata, arrastrándola hacia las escaleras.

—Chicos, cuiden a sus hermanas —digo.

Y unos pocos segundos después, tengo a Hinata en el baño de la habitación de huéspedes de arriba. Prendo la ducha para cubierta, y el fregadero, luego me presiono contra su espalda, pasando mi nariz por su cuello, inhalando la dulce fragancia de su piel y su deseo por mí. Voltea su cabeza, besándome en un vigoroso duelo de lenguas, agarrándose del fregadero tan fuerte que sus nudillos se vuelven blancos.

—¿Qué estamos haciendo? —jadea.

—Puedo hacerlo rápido —prometo—. Y puedo hacerlo bueno.

Después caigo de rodillas detrás de ella. Levantando su falda, arrastrando bragas blancas de encaje por sus piernas. Y mi boca está en ella, envolviendo su coño, presionándola, lamiéndola como un hombre hambriento. Mi nariz rozando entre las mejillas deliciosas de su culo, maldición, ese culo.

Cuando tenga más tiempo, juro que le daré a esa área en particular toda la gloriosa atención que se merece.

La acaricio con mis manos, probando con mis dedos, poniéndola más caliente, más mojada de lo que ya está. Gime por encima de mí, inclinándose hacia adelante. Tan lista y jodidamente hermosa y ansiosa.

Me paro, desabrochándome los pantalones, y me deslizo en su suavidad húmeda en un empuje suave.

—Cristo —gimo—. Nada se debería sentir tan bien.

Hinata gime en aprobación cuando empiezo a empujar en su contra, la hebilla de mi cinturón tintineando con cada empuje. Se mantiene derecha, sus manos hacia atrás para acariciar cualquier lugar que pueda tocar, y ese ángulo la hace incluso más estrecha.

Extiendo una mano firme sobre su cadera, acuno su cara con la otra, y la volteo para poder besarla, probando esa dulce lengua. Nuestros labios chocan y muerden, nuestros gemidos mezclándose. Bombeo más rápido, moviendo mi mano a su hombro, mi brazo cruzando su pecho, sosteniéndola donde la necesito. La mano de Hinata desaparece abajo, tocándose, frotando rápidos círculos en su clítoris mientras me deslizo dentro y fuera de ella.

Y enloquezco.

—Oh joder...

Se viene con un gemido agudo, sus rodillas se aflojan, pero la sostengo, mis estocadas perdiendo su ritmo, tornándose en unas estocadas de placer mientras llego gloriosamente dentro de ella.

Después, arreglamos la ropa del otro, acariciándonos y besándonos. Las mejillas cremosas de Hinata hermosamente enrojecidas mientras se ríe contra mi boca.

—Mi Dios... realmente me gusta rápido.

Y creo que simplemente podría amarla.

Continuará...