Capítulo 9

—Tú lo instigaste a decir eso, ¿no es verdad, Sasuke?

Él no se molestó en contestar esa pregunta absurda. En efecto, Sakura era nombre de varón, y Sasuke tenía cosas mucho más importantes de que ocuparse que estar detenido en el umbral, discutiendo ese tema con ella.

Dejándola enfurruñada, Sasuke y Óbito bajaron los tres escalones que llevaban al salón grande. A decir verdad, tuvo que darle un buen empujón a Óbito para hacerlo caminar.

Llena de curiosidad, Sakura miró en derredor. A su derecha, se erguía un muro de piedra, alto como una iglesia. Al tacto, las piedras eran frías y suaves como gemas pulidas, sin una mancha o una mota de polvo que empañara el color castaño dorado. Una escalera de madera ascendía hasta el segundo nivel, donde formaba ángulo con un balcón que se extendía por todo un lateral del edificio. Sakura contó tres puertas en el piso superior y supuso que serían los dormitorios de Sasuke y de los familiares.

Desde luego la construcción no brindaba demasiada intimidad. El área era tan abierta que cualquiera que estuviese en el salón o en la entrada podía ver al que entrara o saliera de las habitaciones de arriba.

El salón principal estaba hecho como para gigantes. Tenía una apariencia desolada, aunque impecable. Justo enfrente de Sakura había un sólido hogar de piedra. El ambiente de la inmensa habitación estaba caldeado por un buen fuego rugiente.

El salón era el más inmenso que ella hubiera visto. Claro que solo conocía el de su padre, y supuso que en realidad era insignificante: el salón de su padre se habría perdido en esa vastedad. El cuarto era amplio como un prado y estaba dividido por un largo pasillo central de juncos que terminaba en el hogar. A la izquierda, abarcando solo una pequeña zona del salón, había una mesa con unos veinte taburetes. A la derecha, había otra mesa de idénticas dimensiones. Pocos metros detrás de esa segunda mesa, había una mampara alta de madera. Sakura imaginó que la división encerraba la despensa.

Sasuke y Óbito estaban sentados a la mesa, junto a la mampara. Como ninguno de los dos guerreros le prestaba atención, Sakura rodeó la mampara, miró tras ella y la asombró ver allí una cama sobre una plataforma alta. Varios ganchos estaban fijos en el muro, detrás de la cama, y por el tamaño de las prendas Sakura adivinó que ahí debía de dormir Sasuke. Rogó estar equivocada.

Un soldado pasó junto a la joven y depositó la bolsa de viaje de Sakura sobre la plataforma: Sakura comprendió que había supuesto correctamente. El soldado le dirigió una mirada asustada, refunfuñó en respuesta al agradecimiento de Sakura por haberle llevado el equipaje, y luego le hizo una seña de que se apartara cuando otro hombre corpulento trajo una bañera circular de madera que colocó en el rincón más alejado, tras la mampara.

Sakura se daría el baño más silencioso de su vida, y eso era todo. Sintió que se ruborizaba de solo pensar en la falta de intimidad. Claro que la mampara ocultaría su desnudez, pero cualquiera que entrase en el salón oiría el ruido y no tendría dudas sobre lo que estaba haciendo.

Sakura regresó junto a su marido, decidida a descubrir dónde estaba la cocina para poder pedir la cena. Se colocó al lado de Sasuke y esperó largo rato, pero el hombre no le prestó atención. Óbito estaba dándole un informe y Sasuke solo lo escuchaba a él. Sakura se sentó sobre el banco junto a Sasuke, apoyó las manos sobre el regazo y esperó, paciente, a que su marido terminara.

Sería grosero interrumpir, y Sakura sabía que tampoco debía quejarse. A fin de cuentas, era la esposa de un señor importante, y si era necesario que se quedara sentada esperando a obtener la atención de Sasuke hasta el alba, pues lo haría.

Pronto, sintió demasiado sueño para pensar en comer. Iba a levantarse de la mesa cuando dos mujeres entraron deprisa en el salón.

Los vestidos de ambas lucían los colores de los Uchiha, y por sus apariencias Sakura supo que eran criadas. Las dos tenían cabello rubio oscuro, ojos azules y sonrisas sinceras, hasta que la vieron.

En ese instante, las sonrisas se desvanecieron. La más alta, de hecho, dirigió a Sakura una expresión hostil.

Sakura les devolvió la misma mirada, pues estaba demasiado fatigada para tolerar semejante tontería. Mañana —pensó—, tendré tiempo de intentar conquistar la amistad de las mujeres. Por ahora, les pagaré con la misma moneda.

Un soldado, de rasgos muy parecidos a los de las dos mujeres, entró luego en el salón. Se paró detrás de ellas, les apoyó las manos sobre los hombros y miró con fijeza a Sakura. Tenía los ojos casi tan negro como el semblante que dirigía a Sakura.

Ella pensó que ese sujeto ya había decidido odiarla y supuso que sería porque era inglesa. Allí, era una extraña. Al clan de Sasuke le llevaría tiempo aceptarla. Solo Dios sabía que a la muchacha también le costaría habituarse a ellos.

Sasuke no advirtió la intrusión hasta que Sakura le dio un golpecito con el pie. La miró airado por interrumpirlo, y vio al trío que aguardaba cerca de la entrada. De inmediato, esbozó una amplia sonrisa y las dos mujeres la respondieron. La más alta de las dos corrió hacia él.

—¡Venid con nosotros! —exclamó Sasuke—. Omoi —agregó, al ver que el soldado ceñudo se acercaba a él—. Después de la cena, escucharé tu informe. ¿Has traído a Izumi?

—Sí —respondió Omoi en voz entrecortada.

—¿Dónde está?

—Quería quedarse en la cabaña, aguardando noticias de Itachi.

Sasuke asintió. Al ver que Omoi dirigía la mirada a su esposa, se acordó de ella.

—Esta es mi esposa —afirmó en tono indiferente. Y añadió—: Se llama Sakura. —luego se volvió hacia su esposa—: Este es Omoi. Y esta es Ino —señaló con la cabeza a la mujer que estaba junto al guerrero ceñudo—. Omoi y Ino son hermanos, y primos hermanos de Helena.

Sakura había supuesto que eran hermanos pues tenían el mismo entrecejo fruncido. Pero estaba muy concentrada en la explicación de Sasuke para preocuparse por la grosería de los hermanos. ¿Dónde estaba Helena? ¿Y quién era esa Izumi que Omoi acababa de mencionar?

Sasuke interrumpió las cavilaciones de Sakura haciendo un gesto hacia la última integrante del trío:

—Y por último, pero no menos importante, esta es mi Samui —anunció, con un tono cargado de afecto—. Acércate, niña —le dijo—. Debes conocer a tu nueva señora.

Cuando Samui cruzó deprisa el salón, Sakura comprendió que en realidad era una mujer. Samui parecía ser solo un par de años menor que la misma Sakura, pero el rostro adorable tenía una expresión aniñada. Además, irradiaba un aire de inocencia.

Samui hizo una extraña reverencia a Sakura y sonrió con dulzura. Dijo con la voz de una niña pequeña:

—¿Tengo que quererla, Sasuke?

—Sí —respondió Sasuke.

—¿Por qué?

—Porque eso me complacerá.

—Entonces, la querré —repuso Samui—. Aunque sea inglesa. —La sonrisa se ensanchó, y agregó—: Te he echado de menos, milord.

Sin darle a Sasuke tiempo de responder, Samui corrió hacia el otro extremo de la mesa y se sentó entre Omoi y Ino.

Sakura continuó largo rato observando a Samui, hasta que comprendió qué le sucedía. Era una de esas personas especiales que son infantiles toda la vida. El corazón de Sakura se conmovió por Samui, y también por Sasuke, que le había manifestó tanta bondad.

—¿También Samui es hermana de Omoi? —preguntó Sakura.

—No, es la hermana de Helena.

—¿Quién es Helena?

—Era mi esposa.

Sasuke se volvió otra vez hacia Óbito antes de que Sakura pudiera hacerle otra pregunta. Atrajo la atención de la joven un grupo de criadas que entró con prisa en el salón. Al instante, el estómago de Sakura comenzó a gruñir a la vista de las fuentes con comida que traían las vigorosas mujeres.

Cubrieron la mesa bandejas hechas de pan duro, ahuecado. Frente a Sakura depositaron una gran fuente con cordero. Sakura trató de contener las arcadas, pero la vista y el olor de la carne le revolvieron el estómago. Sakura detestaba el cordero desde una ocasión en que, siendo niña, se había descompuesto después de comer una porción de carne en mal estado.

Rebanadas de queso, unas amarillas, otras anaranjadas con vetas rojas, gruesas tartas rebosantes de moras purpúreas y panes redondos morenos y moteados se agregaron al menú. La cena se completaba con jarras de cerveza y botellones de agua.

Sasuke ignoró la conmoción que habían provocado las criadas en el salón. Cuando entró un grupo de soldados, saludó a cada hombre con un movimiento de cabeza y volvió a interrogar a Óbito.

Comenzaba a impacientarse con su segundo jefe. Pese a que Óbito respondía con respuestas escuetas y eficientes a todas las preguntas del señor, no le concedía toda su atención pues seguía contemplando a Sakura, que estaba al otro lado de la mesa.

Ante la ofensa involuntaria, la voz de Sasuke adquirió un tono áspero. Sakura miró a su esposo.

—¿Las novedades te disgustan? —preguntó, cuando logró que le prestara atención.

—Itachi ha desaparecido.

—¿Itachi?

—Uno de mis soldados —le explicó Sasuke—. Tiene un rango similar al de Óbito, aunque desarrolla tareas diferentes.

—¿También es tu amigo?

Sasuke partió en dos un trozo de pan y le ofreció la mitad a Sakura, al tiempo que le respondía:

—Sí, también es un buen amigo.

—¿Quién es Izumi? —preguntó Sakura—. He oído que le preguntaste a Omoi si...

—Es la esposa de Itachi.

—¡Ah, pobre mujer! —dijo con simpatía—. Debe de estar muy afligida. ¿No es posible que Itachi simplemente se haya retrasado?

Sasuke movió la cabeza. No entendía por qué Sakura se preocupaba tanto, ya que no conocía al hombre. Pero la simpatía de Sakura lo complacía.

—No se ha retrasado —afirmó—. Esposa, una demora sería un insulto hacia mí. No, algo le ha sucedido.

—Debe de estar muerto, pues si no, seguro que estaría aquí —intervino Óbito, encogiéndose de hombros.

—Sí —concordó Sasuke.

Los otros soldados escuchaban la conversación sin perder detalle, advirtió Sakura. Y también que todos ellos debían de conocer el inglés tan bien como Sasuke. Todos estuvieron de acuerdo con el comentario de Óbito.

—No puedes saber si está muerto .—dijo Sakura. Esa actitud fría le pareció bárbara—. Es cruel hablar de ese modo acerca de un amigo.

—¿Por qué? —preguntó Óbito.

Sakura no hizo caso de la pregunta y, en cambio, formuló otra:

—¿Por qué no están buscándolo?

—En estos momentos, hay soldados en las colinas buscándolo —respondió Sasuke.

—Es probable que por la mañana encuentren su cuerpo —vaticinó Óbito.

—Óbito, no creo que seas tan indiferente como pareces, ¿no es cierto? — preguntó Sakura—. Tienes que creer que tu amigo está vivo.

—¿Tengo que creerlo?

—Todos deberían creerlo —afirmó Sakura, recorriendo con la mirada a todos los que estaban sentados a la mesa—. Siempre hay que tener esperanzas.

Sasuke disimuló la sonrisa. No hacía una hora que su esposa estaba en el hogar y ya daba órdenes.

—Serían falsas esperanzas —repuso—. Y no es necesario que te muestres tan ofuscada, esposa.

Sasuke hizo participar a los soldados en la conversación. Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo dando su propia opinión acerca de lo que podría haberle sucedido a Itachi. Si bien no se ponían de acuerdo con respecto al modo en que Itachi había sido asesinado, todos concordaban en una con clusión: el hombre estaba muerto.

Durante el resto de la comida, mientras cada uno daba su propia suposición, Sakura guardó silencio. Pronto se hizo evidente que el desaparecido era importante para todos los presentes y, aun así, no abrigaban esperanzas.

Ni Ino ni Samui hicieron ningún comentario y mantuvieron la vista fija en la comida.

Sasuke tocó el brazo de Sakura y cuando ella lo miró, le ofreció un trozo de cordero.

—No, gracias.

—Cómetelo.

—No.

Incrédulo, Sasuke alzó una ceja. Tenía la audacia de discutirle ante sus propios hombres. Era inconcebible.

Sakura vio que parecía atónito y llegó a la conclusión de que no le agradaba que lo contradijeran.

—No quiero cordero, pero de todos modos te lo agradezco.

—Lo comerás —ordenó Sasuke—. Estás débil, y necesitas ponerte fuerte.

—Ya soy bastante fuerte —murmuró Sakura—. Sasuke, no puedo tolerar el cordero. No lo retengo en el estómago. Hasta el olor me enferma, Pero el resto de la comida es muy buena. No podría pasar un bocado más.

—Entonces, ve a bañarte —le indicó su esposo, y frunció el entrecejo al ver otra vez reflejada la fatiga en los ojos de Sakura—. Pronto se pondrá oscuro, y con la oscuridad hará un frío que te calará hasta los huesos si no estás en la cama.

—¿Tanibién a ti se te instalará el frío en los huesos? —preguntó la muchacha,

—No —respondió Sasuke, sonriendo—. Los escoceses estamos hechos de una madera más fuerte,

Sakura rió y ese sonido musical atrajo la atención de todos.

—Me replicas con mis propias palabras —señaló.

Sasuke no respondió.

—Sasuke, ¿dónde dormiré?

—Conmigo —respondió, en un tono que no dejaba lugar a discusiones.

—Pero, ¿dónde? —insistió Sakura—. Sasuke, ¿dormiremos aquí, detrás de la mampara, o en uno de los dormitorios de arriba?

Se volvió para señalar el balcón y de pronto se quedó helada. ¡Dios era testigo de que no podía creer lo que veía! Sus ojos se abrieron asombrados.

Sakura, de cara a la entrada, vio que había armas por todos lados. Llenaban las paredes desde el techo hasta el suelo, a ambos lados de la entrada, Pero no era el hecho de que su esposo tuviese un arsenal completo lo que la dejaba atónita... ¡sino la espada que colgaba en el centro de la pared más alejada!

Era una espada magnífica, hercúlea, que tenía incrustadas en la empuñadura piedras preciosas rojas y verdes, que parecían gruesas uvas. Contempló la espada varios minutos antes de examinar las otras armas y luego las contó. En total, había cinco espadas que pendían entre mazas, garrotes, lanzas y otras armas que no conocía.

Volvió a contar para estar segura: sí, eran cinco espadas.

Y todas pertenecían a Sasuke. ¡Oh, cómo debió reír cuando Sakura le ofreció gastar sus chelines trabajosamente ahorrados para hacerle fabricar una! Y si bien Sakura había hecho el papel de tonta, la conducta de Sasuke había sido peor, pues le permitió hacerlo.

Estaba tan avergonzada por su propia ingenuidad que no pudo mirar a su marido. Siguió contemplando la pared y dijo:

—Óbito, todas esas armas pertenecen a mi esposo, ¿no es así?

—Así es —respondió Óbito, mirando a Sasuke para evaluar la reacción de su amigo ante el cambio en el comportamiento de su esposa. Sasuke advirtió que la voz de Sakura temblaba y que se ruborizaba. Le pareció en gran medida extraño, pues la joven se había mostrado muy dócil, casi tímida durante la cena. ¡Casi no había pronunciado una palabra!

Sasuke observaba a su esposa pero, cuando por fin Sakura se volvió hacia él, en el semblante del guerrero se instaló una amplia sonrisa.

Sakura puso los brazos en jarras y tuvo la audacia de mirar a su esposo con semblante ceñudo. La transformación de la mujer asombró a Óbito. La había considerado tímida, pero cambió de opinión al ver esos ojos furiosos, de un tono esmeralda intenso. Lady Uchiha ya no parecía tímida sino lista para la pelea.

Era con Sasuke con quien estaba dispuesta a pelear. ¿Acaso no conocía el temperamento feroz de Sasuke? Óbito llegó a la conclusión de que, sin duda, no lo conocía, pues de lo contrario no lo habría desafiado con semejante atrevimiento.

—Óbito, en Inglaterra, lo que pertenece al esposo también es propiedad de la esposa. ¿Aquí sucede lo mismo?

Lo preguntó sin apartar la mirada de su esposo.

—Es lo mismo —respondió Óbito—. ¿Por qué lo pregunta, milady? ¿Hay algo en especial que le interese?

—Sí.

—¿Qué cosa? —preguntó Óbito.

—La espada.

—¿Una espada, milady? —preguntó Óbito.

—No, Óbito. No una espada —aclaró Sakura—. La espada. La que está allá, en el centro de la pared. Quiero esa espada.

Una exclamación colectiva se elevó en el salón, y la boca de Óbito se abrió. Fijó la mirada sobre la mesa, sabiendo que todos habían oído la conversación y parecían tan perplejos como el mismo Óbito.

—Pero esa es la espada del señor —tartamudeó Óbito—. Sin duda...

La risa de Sasuke cortó la explicación.

—Una esposa no podría ni siquiera alzar esa espada —dijo—. No, una simple mujer no tendría la fuerza suficiente; más aún, una mujer incapaz de comer cordero.

Sakura dejó pasar el reto durante un prolongado momento.

—¿Hay dagas que una esposa pueda levantar con su fuerza insignificante? — preguntó al fin, dirigiendo a su esposo una dulcísima sonrisa.

—Por supuesto.

—En ese caso, quizá...

—Sakura, sería muy fácil arrebatar un puñal de esas manos tan pequeñas.

Ella hizo un gesto de asentimiento. A Sasuke lo decepcionó ganar con tanta facilidad ese juego de desafíos. Sakura hizo una inclinación y se encaminó hacia la mampara. Sasuke contempló el suave meneo de sus caderas hasta que advirtió que los hombres también lo observaban. Se aclaró la voz para llamarles la atención y les manifestó su disgusto.

Sakura estaba ya casi fuera de la vista cuando exclamó por encima del hombro:

—A menos que estuvieras durmiendo, Sasuke. En esa circunstancia, mis manos pequeñas tendrían fuerza suficiente, ¿no lo crees? Te deseo felices sueños.

La risa de Sasuke la siguió tras la mampara.

—¿Acaso he entendido mal? —preguntó Óbito—. ¿O tu esposa acaba de amenazar con matarte?

—No has entendido mal.

—¿Y aun así te ríes?

—Deja de fruncir el entrecejo —dijo Sasuke—. No corro peligro. Mi esposa no me haría el menor daño, pues no está en su carácter.

—¿No? Es inglesa, Sasuke.

—Lo comprenderás cuando la conozcas mejor.

—Es muy bella —dijo Óbito, sonriendo—. No pude menos que notarlo.

—Pude ver que lo notabas.

—Sí... bueno, pasará un tiempo hasta que me acostumbre —admitió Óbito, incómodo al saber que el señor lo había sorprendido mirando a su esposa— . Los hombres darían su vida por salvarla, Sasuke, pero, para ser honesto, no sé si alguna vez le jurarán lealtad. Por ser inglesa, claro.

—Había olvidado ese hecho —respondió Sasuke—. Cada vez que abre la boca, su acento me lo recuerda. Quizá, con el tiempo, Sakura logre conquistar la confianza de los hombres. Yo no lo exigiré.

—Yo la creía tímida, pero ahora no estoy seguro.

—Sakura es tan tímida como yo —dijo Sasuke—. No abriga demasiados temores. Le gusta decir lo que piensa: ese es otro de sus numerosos defectos. Pero es demasiado tierna para su propio bien, Óbito.

—Entiendo.

—¿Por qué demonios sonríes? —preguntó Sasuke.

—Por nada, milord.

—Escúchame —prosiguió Sasuke—. Quiero que cuides a Sakura cada vez que yo me ausente. No debes perderla de vista, Óbito.

—¿Esperas problemas?

—No —repuso Sasuke—. Limítate a cumplir lo que te ordeno sin hacerme preguntas.

—Desde luego.

—Quiero que la adaptación de Sakura sea lo más fluida posible. No es muy fuerte.

—Ya lo has dicho —señaló Óbito, sin pensarlo.

Sasuke compuso una expresión colérica para demostrarle que el comentario no le agradaba.

—Hasta la vista de la sangre la desasosiega.

—Igual que la vista del cordero asado.

Los dos hombres rieron. Pero la risa no duró. En cuanto Sasuke contempló los rostros de los que estaban sentados a la mesa dejó de reír. Todos los soldados miraban atentos hacia la mampara. Era posible que no confiaran en la esposa del señor, pero sin lugar a dudas se sentían cautivados por ella.

Sakura no tenía idea de la conmoción que había provocado. Esperó pacientemente a que las criadas llenaran la bañera con agua muy caliente bajo la supervisión de una mujer de cabellos grises y hablar suave, llamada Koharu, hasta que terminaron.

Koharu iba a salir cuando Sakura le preguntó dónde estaba la cocina.

—En los quintos infiernos —murmuró Koharu—. ¡Oh, Dios, no quería decir eso, señora!

Sakura contuvo la risa pues la pobre mujer parecía mortificada, y no quería incomodarla más aún.

—No se lo diré a nadie —le prometió—. ¿Lo que quería decir es que la cocina está en una construcción separada?

Koharu asintió con tanto vigor que el moño de pelo que llevaba en la coronilla se balanceó.

—Algunos inviernos, el tiempo es tan malo que tenemos que abrirnos paso hasta allá con la nieve por las rodillas. Hace un frío terrible, muchacha.

—¿Mañana me mostrará dónde está?

—¿Para qué quiere verla?

—Como ahora soy el ama, tal vez haga ciertos cambios —explicó Sakura—. Creo que la cocina tendría que ser trasladada más cerca del edificio principal, ¿no?

—¿Habla en serio, señora? —le preguntó Koharu, evidentemente entusiasmada. Con expresión grave, murmuró—: Con todo, yo te aconsejaría no mencionar los cambios, al menos ante Ino. Se considera a sí misma el ama. Y es bastante mandona.

Sakura sonrió.

—Eso también tendrá que cambiar, ¿no es cierto?

La sonrisa radiante de la anciana le demostró que había ganado una aliada para toda la vida.

—Será mejor que se bañe antes de que se enfríe el agua —le aconsejó Koharu antes de marcharse.

Mientras se desvestía, Sakura pensó en los comentarios de Koharu. Se metió en la bañera sin hacer ruido. No quería molestar, pues Sasuke y sus hombres estaban al otro lado, pero para cuando se lavó el cabello y se dio una buena friega estaba tan cansada que ya no le importaba sí la oían o no. Se puso un camisón limpió, ató las cintas rosadas desde el cuello hasta la cintura y se metió en la inmensa cama.

Le llevó casi media hora más desenredar el cabello y secarlo un poco. La espada de Sasuke no se apartaba de su mente. Fue humillante el modo en que la dejó sermonearlo acerca de necesario que era para un caballero tener una buena espada. Pero no pudo evitar una sonrisa: no lograba permanecer enfadada con Sasuke. Hasta soltó una carcajada suave al recordar que le había sugerido que Asuma podía entrenarlo. Era probable que Sasuke pensara que tenía el cerebro de una oveja. Sin duda, pensaría que era tan ignorante como un ratón de campo.

El último pensamiento de Sakura antes de dormirse fue revelador: deseaba que Sasuke viniera a la cama. ¡Que el Cielo la amparase; estaba enamorándose de ese escocés bárbaro!

.

.

.

Veo cómo Sasuke sigue mirando hacia la mampara. La perra inglesa ya lo ha seducido. ¿Acaso su amor por Helena fue tan superficial que pudo reemplazarla con tanta facilidad?

No aprendió la lección. Quizá ya le ha entregado el corazón a la desposada. De ese modo, la muerte de la mujer será más dolorosa.

Estoy impaciente por matarla.