Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es MrsK81, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is MrsK81, I'm just translating her amazing words.
Thank you MrsK81 for giving me the chance to share your story in another language!
Capítulo 22
—Estoy enamorado de ti —susurró.
Jadeé… ¿o no? De hecho, pensándolo bien no tengo idea de que hice o dije… todo lo que podía recordar en ese momento estando parada en la puerta de mi habitación era que Edward había dicho que estaba enamorado de mí.
—Di algo —susurró con ansiedad.
—Yo… tú… oh… —inflé las mejillas—. Entonces… tú… yo… oh.
—¿Debería asumir que tu incoherencia es una buena señal? —preguntó tentativamente.
Asentí y luego negué, antes de asentir de nuevo, lo que lo hizo reír. Me estaba mordiendo el labio con mucha fuerza porque estaba al borde de las lágrimas. Seguía increíblemente enojada con él, pero esas palabras hacían que me resultara muy difícil seguir enojada y quería que supiera que decir eso no excusaba nada… excepto que, en el fondo, sí lo excusaba. De verdad que sí.
—Bella —comenzó a decir, avanzando hacia mí con los brazos abiertos, pero lo detuve.
—Decir eso… no es un pase para perdonarte todo, Edward —dije con voz temblorosa.
—Lo sé —aceptó y avanzó otro paso hacia mí—. No esperaba que lo fuera. Sólo quería que supieras lo que sentía.
—Pues ahora lo sé. —Respiré profundamente a través de la nariz.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó nervioso.
—No sé… estoy enojada, pero… —Se veía tan vulnerable que no sabía cómo manejarlo, pero pedirle que se fuera después de haberme desnudado su alma se sentía mal—. Mira, todavía no he comido, y tan sólo con verte puedo asumir que la única cosa que ha pasado por tus labios es alcohol.
—Y creo que también un poco de hielo —bromeó débilmente y no pude evitar reírme.
—Entra, nos pediré algo de comer. —Me hice a un lado para que pudiera pasar—. ¿Algo en especial?
—Pizza —dijo, sentándose en mi cama—. Pizza margarita.
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—Debería volver para empacar mis cosas —me dijo Edward y asentí con reticencia.
Se le había bajado considerablemente la borrachera gracias a la gran cantidad de pizza y un poco de café; a pesar de que el código de café de la Sra. Goff tenían el café negro en la más baja estima, fue una muy buena elección en esta ocasión.
—¿Necesitas ayuda? —me ofrecí, pero negó—. ¿Phil ya sabe lo de tu teléfono?
—Sí, lo llamé desde el teléfono de Emmett. También llamé a la compañía de celulares y pedí que me enviaran uno de reemplazo. Se entregará aquí en el hotel a primera hora mañana.
—Esperemos que Phil no asuma que tú y Emmett se están acostando porque usaste su teléfono —me burlé y sonó más brusco de lo que pretendía—. Lo siento.
—Me lo merecía. —Se rio y añadió—: Y no, no creo que Phil sospeche de ninguna relación interna como resultado de la llamada.
—Volamos a las 11:40am —le recordé—. Ya programé la llamada para despertar a Emmett.
—No creo que necesite una alarma para un vuelo a las 11:40am.
—Lo sé. La programé para las 3:45am, luego cada cinco minutos hasta las 4:15am. Expliqué que el Sr. McCarty tiene un trastorno del sueño y necesita varias llamadas para poder despertar adecuadamente.
Edward se rio entre dientes.
—No puedo esperar para ver su reacción.
—Supongo que todo el hotel lo escuchará después de la cuarta o quinta llamada —me reí y justo así la incomodidad que sentía se desvaneció—. Tenía que vengarme por llegar tarde el lunes.
—Lo que dije fue verdad —me dijo, acostándose en la cama a mi lado.
—Igual yo. —Sonreí y cerró los ojos—. ¿Ahora qué?
—Sé que no debería pedirte esto, especialmente después de la forma en que he actuado desde que llegamos aquí, pero ¿puedes darme un poco de tiempo por favor? En una situación normal, me sentiría como el hombre más orgulloso del planeta al tenerte en mi vida, pero en el trabajo siento que tengo que demostrar algo. No quiero que la gente me juzgue… o a ti por nosotros. —Rodeó una de mis manos con las dos suyas y se la llevó al pecho.
—No espero nada más que respeto de tu parte, Edward. No tengo necesidad urgente por contarles a todos sobre nosotros, pero tampoco te dejaré tratarme como mierda frente a la gente. —Crucé la pequeña distancia entre nuestros cuerpos y junté la punta de mi nariz con la suya—. En el trabajo trátame como tratarías a Emily o Seth. Si cometo un error, dímelo y no te disculpes por ello, pero si hago algo bien también dímelo.
—Bien —susurró, sus ojos comenzaron a cerrarse y podía notar que estaba luchando para mantenerse despierto—. Debería irme antes de quedarme dormido aquí.
—Puedo ayudarte a empacar en la mañana. Quédate —dije y asintió una vez antes de cerrar de nuevo los ojos.
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Gemí cuando sonó mi alarma y abrí de mala gana los ojos, busqué a ciegas a mi alrededor intentando apagarla. Me costó unos segundos, pero comencé a entender que no era mi alarma, era una llamada entrante. Luché por concentrarme en la hora y gemí más cuando vi que apenas eran las cinco y media.
—¿Mm? —respondí adormilada.
—Bien jugado —me dijo Emmett e inmediatamente asumí que esta era una llamada de venganza.
—Si lo hubieras dejado por la paz estaríamos a mano ahora —le dije y se rio—, pero llamarme a las cinco de la mañana sólo significa que necesito vengarme de ti otra vez, Emmett.
—Oye, no te llamé para vengarme. ¿Asumo que Edward sigue contigo?
Miré sobre mi hombro y vi a Edward todavía dormido.
—Síp, apareció borracho en mi puerta anoche.
—Intenté detenerlo, supuse que necesitabas algo de tiempo para calmarte; me contó lo que pasó, pero insistía en verte. —Mientras Emmett hablaba, yo mantuve la mirada en Edward. Cada vez que pensaba en lo que me había dicho, mi estómago daba volteretas y sentía la urgencia de sonreír como idiota.
—Ya lo hablamos, no te preocupes —dije—. Querías hablar con Edward, ¿cierto? Déjame despertarlo.
Sacudí gentilmente el hombro de Edward y sus ojos se abrieron de golpe.
—¿Nos quedamos dormidos? —preguntó, sentándose como si la cama estuviera quemándose.
—No, no, todavía es temprano. —Meneé la cabeza y le ofrecí el teléfono—. Emmett necesita hablar contigo.
—¿En este momento? —preguntó y me encogí de hombros, metiéndome debajo de las cobijas en cuanto tomó el teléfono que le ofrecía—. ¿Qué pasa, Em?
Lo escuché hablar, lo que sea que Emmett le estuviera diciendo lo estaba recibiendo de buena forma porque en cuanto colgó me miró con una enorme sonrisa en el rostro.
—Esa es una sonrisa muy grande para una hora tan horrible de la mañana —le dije.
—¿Y si te dijera que podemos quedarnos otro par de días aquí? —preguntó, apenas podía contener su emoción.
—¿Cómo?
—Emmett recibió una llamada de Laurent Marchand anoche, parece que es en serio lo de escribir su historia como ficción. —Se acostó junto a mí y me besó la mejilla.
—Bien por él. —Pensé que me daría más detalles, pero no dijo nada—. ¿Y?
—Y quiere que nosotros lo publiquemos.
—Genial, pero todavía no entiendo por qué eso significa que podemos quedarnos. —Bostecé y Edward se rio.
—Emmett llamó a Phil y le contó que, aunque perdimos el contrato que queríamos originalmente, teníamos la oportunidad de asegurar otro. Puede que le haya exagerado un poco las cosas a Phil respecto a tener que discutir unos cuantos términos con Lauren antes de que él acepte firmar con nosotros. —Esperó a que yo reaccionara con entusiasmo, pero todavía estaba batallando para entenderlo.
—¿Así que los tres tenemos que quedarnos y fingir que estamos negociando? —me tallé los ojos y añadí con sarcasmo—: Suena divertido.
—Ya que esta es ahora una obra de ficción pura no hay ramificaciones legales con las que Emmett tenga que trabajar. ¿Así que…?
—¿Así qué…?
—No hay necesidad de que él se quede en la ciudad con nosotros y estará en el vuelo de las 11:40am de regreso a Seattle. Estaremos sólo tú y yo el día de hoy y probablemente mañana.
—¿En serio? —Ahora entendía su entusiasmo y de repente encontré la hora de las cinco de la mañana mucho menos ofensiva.
—Te prometo que ya no habrá más comportamiento patán de mi parte. —Me besó tiernamente los labios y justo cuando pensé que iba a intentar algo más, rodó sobre su espalda—. ¿Qué te gustaría hacer?
—Puede que haya algo que quiera que hagamos —dije casualmente.
—¿Por qué tengo la sensación de que no te refieres a un paseo en tranvía? —preguntó y sonreí—. ¿Me darás una pista o terminaré vendado de nuevo?
—Eso sería revelar demasiado —dije y cerré los ojos—. Por ahora hay que dormir un poco más.
—Esa parece ser una gran idea —murmuró.
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—De ninguna forma —dijo, negando con la cabeza una y otra vez—. No lo haré.
—Dos por favor. —Ignoré sus protestas, y ordené dos pares del equipo necesario para Edward y para mí.
—¿Quiere contratar el casco y protectores? —le preguntó el cajero a Edward, que murmuró algo muy parecido a jódete por lo bajo.
—No, gracias, esto está bien —le dije.
—No nos hacemos responsables por lesiones —me recordó y me reí—. Recomendamos el equipo de protección para principiantes y personas con problemas de equilibrio.
—De verdad estoy segura que él estará bien en cuanto se acostumbre. —Arrastré a mi compañero poco dispuesto hacia una banca y lo empujé para sentarlo—. Siéntate y ponte esto. Vamos a hacer esto y estoy segura que nos divertiremos.
—No me parece divertido caerme y hacer el ridículo en público —gruñó.
—No tienes permitido quejarte —le recordé y estiré las manos para tomar sus zapatos, los cuales llevé hacia la cabina antes de volver con Edward.
No era precisamente una profesional cuando se trataba de andar en patines, pero sería una mentirosa si dijera que la idea de ver a Edward en algo en lo que no era tan bueno no era el principal atractivo para traerlo aquí. Por mucho que adorara al Edward asertivo y compuesto que conocía, el lado más vulnerable de él que había visto en algunas ocasiones me daba esperanza de que podríamos hacer que esto funcionara. Tal vez si lo animaba a sacar a relucir ese lado más seguido, tendríamos una mejor oportunidad de entendernos.
—Ves, lo haces bien —le aseguré, y la mirada que recibí en respuesta casi me hace caerme de la risa.
—Parezco un niño —siseó, extendiendo los brazos a sus costados mientras avanzaba lentamente. Tenía las piernas separadas a la altura de los hombros y su cuerpo tan tenso como una tabla de surfear mientras intentaba mantener el equilibrio.
—Podría ser peor —le dije con amabilidad.
—¿Cómo? —siseó.
—Podrías estar usando patines para hielo justo ahora —bromeé—. Siempre es peor caerte en el hielo.
Extendí mis manos, las cuales tomo rápidamente, y luego comenzamos a patinar lentamente alrededor del Golden Gate Park. No llegamos muy lejos ni muy rápido, Edward estaba más concentrado en mantenerse en pie.
La gente pasaba a toda prisa junto a nosotros, incluyendo a una mujer y una niña que se rieron cuando nos vieron a Edward y a mí apenas avanzando a lo largo del camino.
—¿Te estás divirtiendo? —pregunté y me fulminó con la mirada—. Vamos, no seas un bebé y admite que te la estás pasando bien.
—Un niño que apenas se ve lo suficientemente mayor para caminar me superó, Bella. Esta es probablemente la experiencia más humillante de mi vida.
—Entonces vayamos un poco más rápido —dije, luego lo jalé detrás de mí mientras aceleraba el paso.
No estábamos rompiendo el récord mundial de velocidad, pero definitivamente fue una mejora. Sin embargo, a Edward no le gustó para nada el paso más rápido y lo escuché gritarme para que me detuviera, así que me giré para asegurarme de que estuviera bien.
—¿Estás bien?
—No tan rápido —se quejó.
—Relájate, estarás bien —le quité importancia y cuando volteé hacia enfrente me tropecé y tiré a Edward al piso de golpe.
—Me equivoqué —gimió mientras estábamos tirados ambos, desparramados en el sendero—. Esta es la experiencia más humillante de mi vida.
Lo miré y ambos nos soltamos riendo. Tardamos unos minutos en componernos lo suficiente para ponernos de pie y casi nos caímos dos veces más al intentar parar a Edward.
—¿Podemos regresar ya? —me rogó y asentí—. Gracias.
—No me agradezcas a mí, agradece al depósito de seguridad de diez dólares para asegurarse de que regresamos antes de que termine la hora. Si no volvemos ya, con el ritmo que llevas no llegaremos a tiempo. —Me reí y durante un minuto creí que se quitaría los patines y me los aventaría.
Regresamos – apenas a tiempo – y Edward suspiró aliviado cuando se volvió a poner sus zapatos.
—Sé que fui un patán y merezco ser castigado, pero ¿ya terminaste? —preguntó cuando salimos del parque tomados de la mano.
—Ni de cerca, Sr. Cullen. —Me emocionada todavía más mi plan para la tarde.
—¿Y puedo preguntar cuándo va a terminar este castigo? —preguntó.
—Si te comportas, te daré libertad condicional a media noche. Si vuelves a actuar como patán, eso causará que tu sentencia se extienda por al menos una semana más. —Me golpeteé la barbilla con el dedo y sacudí la cabeza dramáticamente—. Sólo imagina el tipo de cosas que se me podrían ocurrir en toda una semana.
Edward sólo se rio y eso me hizo reír porque sabía que él detestaría el plan de esta tarde mucho más que patinar en el parque.
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—Creí que dijiste que no tendríamos que ver a Laurent. —Gruñí después de que Edward colgara la llamada de último minuto que recibió justo después de llegar a la habitación del hotel – mi habitación de hotel, donde parecíamos estar pasando la mayor parte de nuestro tiempo—. Se suponía que sólo seríamos tú y yo durante los siguientes días.
—Así será. Quería tener algo con que regresar a Seattle, Bella. Me dará un resumen completo de la trama para presentárselo a Phil y un acuerdo provisional de que lo publicaremos cuando finalice el manuscrito. —Me besó la cabeza—. Es sólo un trago, un intercambio de papeles y estaremos solos de nuevo.
—De acuerdo —sonreí—. ¿Dónde nos reuniremos con él?
—Le dije que tú lo llamarías ya que no estoy al tanto de tus planes para esta tarde. —Me lanzó una mirada de mal humor y me reí.
—Yo organizaré algo. —Apoyé la cabeza en su pecho—. Necesitas regresar a tu habitación para cambiarte.
—No es necesario —dijo con pena y se acercó al armario—. Pedí que trajeran mi equipaje aquí. Quería estar donde estuvieras tú y parece que me resulta difícil evitar comportamiento de patán en la suite.
—Entonces, ¿asumiste que estabas invitado a pasar la noche aquí? —pregunté y negó con la cabeza.
—Dormiré en el sofá… no espero nada.
—Hemos logrado tener dos noches sin sexo, Edward —dije e hizo una mueca—. Creo que tu atractivo podría estar empezando a desvanecerse.
Sin decir ni una palabra, se acercó a mí, agachando la cabeza como si fuera a besarme, pero en lugar de eso, sus labios apenas tocaron los míos antes de rozar mi mejilla, bajar por mi cuello y avanzar sobre mi clavícula. Sus manos vagaron lánguidamente por mi espalda y se metieron debajo de mi blusa.
Mis ojos se cerraron y mi corazón martilleó en mi pecho, dejándome prácticamente incoherente, luego él se detuvo sin más. Abrí los ojos y lo encontré mirándome con una sonrisita presumida en la cara.
—A mí no me parece que se esté desvaneciendo —susurró, me guiñó y luego se metió al baño.
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Llamé a Laurent para agendar una reunión como me había pedido Edward, y le resultó muy divertido cuando le dije dónde pasaríamos la tarde. Edward estuvo de mal humor todo el tiempo que tardé en alistarme, o al menos fingió estar de mal humor – quería saber a dónde íbamos y por qué a Laurent parecía resultarle gracioso. Mantuve la boca cerrada, elegí mejor reírme de él, lo cual no apreció para nada.
—Vamos, Bella —se quejó a través de la puerta del baño—. Llevas años ahí. ¿Ya nos vamos o qué?
—Casi termino —le dije, ajustándome el vestido una última vez—. Sólo quiero asegurarme de verme bien. —Había elegido un vestido de encaje y organdí en color turquesa; en realidad le pertenecía a Carmen, pero misteriosamente había llegado a mi armario poco después de que ella lo compró.
Había elegido un look ligeramente más exuberante, pestañas falsas, sombras brillantes e incluso un poco de brillo corporal. Probablemente no encajaba con una cena en el Oriental, pero encajaría perfectamente con nuestra segunda parada de la noche.
—Estoy lista —grité y abrí la puerta.
—Al fin —suspiró y frunció momentáneamente el ceño cuando me vio—. Vaya.
—¿Vaya? —repetí—. ¿Un buen vaya o un mal vaya?
—No existe semejante cosa como un mal vaya cuando tú eres parte de la ecuación, Bella —susurró, presionando sus labios sobre mi mandíbula—. Estaba pensando que tal vez deberíamos saltarnos la cena.
—No-oh —le dije—. Tengo hambre, vámonos.
—¿Cuándo descubriré dónde nos vamos a reunir con Laurent? —gruñó, abriendo la puerta de la habitación.
—Unos diez segundos antes de entrar… tal vez ni siquiera entonces. Depende de qué tan atento estés cuando lleguemos. —Me reí cuando frunció el ceño—. Aw, ¿alguien está de mal humor?
—¿Por qué tengo la impresión de que debería sentirme aterrado? —preguntó y me reí todavía más—. Algo me dice que esto será diez veces peor que el patinaje.
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Miré la cara de Edward con mucha atención cuando el taxi se detuvo en la banqueta afuera del club. Él miró la entrada, luego a mí, luego de nuevo la entrada con una mirada de confusión en la cara. La sencilla marquesina negra no delataba mucho, pero creí que tal vez las seis banderas de colores sobre la marquesina podrían hacerlo.
—¿Es aquí donde nos reuniremos con Laurent? —preguntó Edward—. No entiendo qué es tan gracioso.
Bien, tal vez ni siquiera las banderas.
—Ven, ya vamos tarde. —Lo jalé detrás de mí hacia las puertas y el portero sonrió.
—¿Qué me estoy perdiendo sobre… qué carajos? —Edward, que me había estado siguiendo, se paró de golpe—. Bella, ¿qué demonios?
Seguí su mirada hacia los dos hombres sobre la barra bailando y usando nada más que unos calzoncillos muy apretados. Había manos de espectadores apreciativos subiendo y bajando por sus piernas, y gritos y silbidos emanaban de la multitud que ya empezaba a amontonarse.
—Este es Sol de Medianoche, Edward. Carmen me dijo que era uno de los bares más fabulosos en San Francisco. —Sonreí inocentemente y me lanzó una mirada letal—. ¿Qué sucede?
Miró a los bailarines y luego a las manos vagando más arriba de sus piernas – manos masculinas.
—Este es un bar gay —susurró y me encogí de hombros.
—Un buen bar es un buen bar, Edward. Vayamos por algo de tomar. —Intenté jalarlo, pero estaba bien pegado a su lugar.
—¿En serio? —preguntó y asentí.
Para ser justos, él sobresalía mucho, pero no estaba mintiendo cuando dije que se suponía que este lugar te garantizaba una buena noche. Carmen lo amaba y desde un punto de vista muy egoísta, no tenía que preocuparme por mujeres calenturientas mirando a Edward toda la noche.
—Tengo una regla —me siseó al oído—, no puedes apartarte de mi lado en toda la noche. ¿Estamos claros?
—¿Y si necesito ir al baño? —protesté.
—Aguántate o llévame contigo. Es en serio, Bella, no te apartes de mi lado.
Acepté entre un ataque de risa y luego lo llevé a la barra. Mientras esperábamos que nos atendieran comprendí que mi perspectiva egoísta había fallado mucho. Puede que no hubiera mujeres calenturientas interesadas en el hombre parado a mi lado, pero había todo un bar lleno de hombres que no correrían al Sr. Cullen de la cama.
—Buenas tardes, querido, ¿qué te puedo ofrecer? —le preguntó el camarero a Edward.
—Um… una cerveza… —tartamudeó Edward y me reí descaradamente a su lado—. Y mi novia quiere un Cosmo.
Fue imposible pasar por alto la pronunciación deliberada de la palabra novia y el camarero se inclinó sobre la barra con una sonrisita traviesa para decir:
—Dulzura, créeme, no necesitas decirme que es tu novia. Todos aquí pueden notar que eres más recto que una polla en luna de miel, bien podrías tener me gusta el coño tatuado en la frente.
Puede que estuviera oscuro en el bar, pero podía ver las mejillas de Edward brillando a causa de la vergüenza. Asintió, se aclaró la garganta y pidió un trago del alcohol más fuerte que tuvieran detrás de la barra.
—Hora feliz, dos por uno —nos informó el camarero y puso dos vasos en la barra.
Estiré la mano para tomar uno, pero Edward se bebió ambos en un segundo.
—Si quieres que pase una tarde aquí voy a necesitar muchos más de esos.
Besé su mejilla.
—Vayamos a hablar primero con Laurent, luego puedes beber todo lo que quieras.
Laurent ya estaba aquí, sentado en la esquina más alejada del lugar lejos de los hombres desnudos, lo cual pareció tranquilizar a Edward. Al acercarnos, Laurent se paró para saludarnos.
—Tengo que admitir que no esperaba verte en un lugar como este. —Se rio.
—No eres el único —le dijo Edward—. ¿Emmett te envió el contrato provisional?
—Directo a los negocios, ya veo —dijo Laurent y Edward solo asintió—. Sí, y te envié por correo una copia firmada junto con el resumen.
—Necesitarás trabajar muy de cerca con alguien de mi equipo, tenemos que mantenernos alerta para que no pueda conectarse la historia a ti o a la familia Charles. Cuando regrese a Seattle te asignaré a alguien y organizaré una reunión. —Edward había cambiado rápidamente al modo profesional y era exactamente como si estuviera en la oficina y no, de hecho, en un bar gay de San Francisco.
—Espero con ansias ese momento. —Laurent se recargó en el respaldo de la silla y me miró—. Debes tenerlo enredado en ese pequeño dedo para traerlo a un lugar como este.
—No exactamente —comencé a decir.
—Más de lo que ella sabe —añadió Edward y apoyó su mano sobre la mía en la mesa—. ¿Nos acompañarás por el resto de la tarde?
—No, los dejaré en paz. —Laurent se terminó su bebida y luego se puso de pie—. ¿Puedo ofrecerles un consejo?
—¿Consejo? —cuestionó Edward.
—No pueden esconder una relación para siempre. En algún momento, tendrán que decidir que es más importante… tu carrera o ella. —Me miró y añadió—: O él. Créanme cuando les digo que es mejor decidir lo más pronto posible porque dolerá muchísimo para la persona que se quede de lado.
Edward asintió una vez, apretando la mano que sostenía la mía.
—Creo que nuestra situación es diferente a la tuya, pero aprecio la preocupación.
—Dolor es dolor, no tienes que ser gobernador para romper el corazón de alguien.
Nos deseó una buena noche a ambos y luego se fue.
—Eso fue incómodo —dije después de unos minutos en silencio.
—La suya era una relación imposible desde el principio —me dijo—. No nos parecemos en nada a ellos. Absolutamente nada.
—Lo sé. —Sonreí, pero no sabía si él intentaba convencerme a mí o a sí mismo.
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Después de unas cuantas cervezas Edward se relajó considerablemente y para cuando yo ya estaba lista para irnos, él se la estaba pasando muy bien. Nos habíamos movido de la mesa para sentarnos en la barra y él y el camarero – Raoul – se llevaron como amigos de preparatoria reunidos después de veinte años. Miré divertida cómo intercambiaban chistes malos y si la mano de Edward no hubiera estado subiendo cada vez más y más por mi muslo, incluso pude haberme sentido un poco celosa.
—Pues, Raoul, fue genial conocerte —Edward dejó la propina en la barra y le dio un apretón de manos—, pero es hora de irnos.
—Creí que yo estaba a cargo —le recordé—. Este sigue siendo tu castigo.
—Bella, son las 12:01am. Mi castigo ya terminó. —Me guiñó y rodeó mi cintura con su brazo cuando salimos del bar.
—Mm, supongo que tienes razón. No puedo recordar ningún momento de mal comportamiento. —Me acurruqué en su costado mientras esperábamos el taxi—. Me la pasé muy bien contigo esta noche. Desearía que pudiera ser así siempre.
—¿Te refieres a visitar bares gay y patinar en el parque? —preguntó y me reí—. Encontraremos la forma de hacerlo funcionar, Bella. Prometo que lo haremos. Debería advertirte que justo ahora podrían suceder varios momentos de mal comportamiento antes de que termine la noche.
Sin haber taxis a la vista, Edward me empujó contra la pared del club y me besó apasionadamente. Le seguí la corriente por tal vez unos treinta segundos y cuando sus labios bajaron por mi cuello, lo aparté.
—Por muy maravilloso que eso suene —dije sin aliento—. Tus momentos de mal comportamiento estarán limitados a toqueteos sobre la ropa y besos.
—¿Nada de piel sobre piel? —murmuró, cerrando de nuevo la distancia entre nosotros y besándome una vez más—. ¿Estás segura?
—Ajá —murmuré, intentando no dejar que sus manos errantes me distrajeran.
—Bien —dijo abruptamente y se apartó.
—¿Bien? —repetí y tomó mi mano cuando un taxi se detuvo afuera del club—. ¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Bien?
—Sí, si todo ese asunto de no tener sexo te hace feliz, entonces lo haré; aunque de forma infeliz. —Me guiñó y me sostuvo abierta la puerta para que me subiera al carro—. No lo pienses mucho, Bella. Siempre te quiero tener desnuda en mi cama o cualquier otro lugar donde sea físicamente posible, pero no estoy contigo sólo por el sexo. Veo esa parte como un beneficio extra, uno que admitiré es probable que se repita constantemente cuando estás cerca de mí. —Se rio entre dientes; no pude evitar reírme con él.
—Maldito seas —dije, no estaba convencida de poder aguantar otros días aquí sin renunciar a mi prohibición de sexo—. Maldito seas tú y tus perfectas y encantadoras palabras, Edward.
Edward…
Dios, espero que Emmett nunca se entere de Sol de Medianoche… ni del patinaje… nunca me dejaría olvidarlo. Me puedo imaginar el chismorreo en el trabajo… carajo.
De momento parece que Edward ya aprendió su lección, al menos sirvió para que le confesara su amor. El siguiente capítulo seguimos en San Francisco y también el siguiente capítulo es el último en donde se quedó la otra traducción de esta historia, no saben las ganas que tengo de llegar al capítulo 24 que es totalmente nuevo para las que estuvieron leyendo la traducción de esta historia allá por el 2017.
Mil gracias por sus alertas, comentarios y favoritos; no olviden decirme qué les pareció el capítulo ;)
