Los personajes le pertenecen a Meyer.
Capítulo 12.
Alexander.
Las dos mujeres la observan. Cora tiene la boca abierta y Emily está a punto de hiperventilar.
Ha soltado la bomba de que se casará con Edward Cullen, que renunciará y que se irá a vivir a Londres con él.
—¡Por Dios!
—¿Y eso cuando pasó, Isabella? —Emily le pregunta tratando de ir hacia el punto donde su amiga Bella se hizo amante de un hombre que aparentemente odiaba.
—No me hagas contar toda la historia.
Emily se para sofocada—pues querida, todo esto está muy raro.
—Ella no nos debe explicaciones, Emily—Dice Cora, quien está a punto de llorar. Bella en menos de un año se había convertido en su mejor amiga, en casi su héroe, ella quien a punto de palabras y presencia la alentó a mejorar, ir a terapia y tratar de mejorar su vida.
Isabella se las debe. Son sus amigas y si algo aprendió de tener una amistad es que ser íntimo y personal es parte de la ecuación. Toma las manos de las dos. Están en la cafetería donde siempre van a desayunar, cuando desean escapar de la comida sofisticada del hotel. Un lugar donde no eran las empleadas sino tres chicas jóvenes hablando de todo y nada.
—Fue algo que se dio, amigas.
¿Cómo contarles una historia que aparentemente se veía tan vulgar? Respira, sabe que con la señora Mitchell no podrá huir.
—¿No lo odiabas?
Cora tiene sus mejillas sonrosadas y sonríe con timidez; Emily un poco más cínica y desconfiada la observa de arriba abajo, intentando escudriñar qué parte de todo aquello no sonaba bien.
—Ya no.
—Pero no lo amas—categoriza Emily con voz fuerte, mientras una ambulancia pasa con la sirena prendida.
—No soy una adolescente, Emily, en esta época de mi vida decir que amas a alguien es un acto suicida.
La mujer de rasgos oscuros sorbe un poco de café— esta es la época para enamorarse, casarse joven es una tontería, y decir que estás enamorada a los dieciocho una completa estupidez, es ahora cuando uno se enamora.
—Es un buen hombre, Emily.
—No lo conoces para decir eso.
—Es un arrogante, y la mitad del tiempo te mira como si fueras una cucaracha, cuando habla, porque la mitad del tiempo se la pasa en silencio—Dice Cora con voz sutil.
—Es un buen hombre—Bella repite—no se le da hablar con la gente, creo que es porque no es capaz de mantener una conversación sencilla con los demás, tiene tantas cosas en su cabeza, libros, música, es una enciclopedia eso es todo, creo que se siente incómodo.
—¿Incomodo o nos ve como poca cosa?
Bella baja la mirada, no sabe cómo contestar esa pregunta, Edward es un hombre arrogante y vanidoso con su saber, no tiene porque hacer sentir a la gente cómoda, pocos están a su nivel. Es la verdad, y él lo sabe.
—Es mi amigo.
Ambas la miran sin concesiones—¿Eso basta?
Oh, chicas, piensa Isabella, estar enamorado de alguien es genial, casarse amando mil veces mejor, pero extrañamente, ella quien se casó enamorada o creyendo estarlo, entendió que a veces amar no es garantía de amistad, amor y complicidad, la última es producto de una amistad que se basa en las pequeñas cosas, secretos y mínimos ritos. Con Edward podía contar con eso, ya habían dado el primer paso, hablaron de sus madres; ella amaba los hot dog y la mostaza, él los odiaba, él le encantaba la limpieza, ella era buena para eso. Ella desde el principio entendió sus pausas de escritura y él supo como la falda de raso significaba para ella algo más que una prenda. Edward entendió sus melancolías, Bella intuía que él era mucho más que un hombre arrogante.
—Para mí sí.
La contestación rotunda y un tanto arrogante se tradujo en: las amo chicas, pero esta es mi vida y mi decisión, lo toman o lo dejan.
Cora y Emily lo entendieron, la última levantó una de sus cejas e hizo un gesto malicioso.
—¿Al menos el sexo es bueno?
Bella sabe que sus amigas solo quieren lo mejor para ella, solo la protegen. Por lo tanto, la pregunta de Emily está llena de la malicia y el doble sentido que las tres manejan.
—¡Niñas! ¡Soy Virgen! Lo juro por mi exmarido.
—Yo me casé con el padre de mi hijo por sexo, ese chico si sabía cómo moverlo ¡Señor! ¿es bueno el sexo, Bella? Porque el tipo es fabuloso, pero en mi experiencia siempre chicos guapos tienen el pito chico.
Isabella toma el vaso de su malteada con picardía y un dejo de falsa timidez, dice, mientras sorbe—Este no es el caso, Emily, para nada.
Las tres se silencian, para estallar en una risa contagiosa.
—¡Bueno, bueno! ¡Aleluya, hermana, aleluya!
Bella suspira, vuelve a tomar las manos de sus amigas—las amo ¿sabían? Mi única amiga fue mi madre, ahora las tengo a las dos.
—No nos abandones, Bella.
Cora con ojos de cachorro le salen unas lagrimitas. Es una mujer quien aparentemente tiene un dejo de ridiculez histérica, pero quien la conoce entiende que es un ser frágil y tierno.
—No, jamás.
Emily sonríe, aprieta la mano con fuerza que Bella aún sostiene. Teme que su amiga se pierda, no vuelva o que peor que sufra. No dice nada, sabe que hombres como Edward Cullen son capaces de destruir a una mujer tan solo porque ellos no pueden bajarse de sus tronos, la indiferencia y el desamor es la peor de las armas, destruyen en el silencio.
—Siempre estaremos aquí.
—Lo sé.
La señora Mitchell arreglaba su cabello sutilmente. Sus dedos largos y finos se pasaban por la frente tratando de acomodar los pequeños cabellos que no habían sido domesticados por el peine o por las cremas de peinar. Para ella eso era imperdonable, no estar perfecta, no ser perfecta. Nadie sabia que se levantaba muy temprano para limpiar sus uñas del esmalte que había usado el día anterior. Siempre usaba uno diferente. Para los lunes, miércoles y viernes colores pastel, martes, jueves y fines de semana colores rojos, marrones o borgoñas, al igual que sus labios. Todo era una armonía, la justa medida para una vida representada en el equilibrio y la disciplina. Pocos sabían que las uñas de sus pies estaban decoradas de colores extravagantes y dibujos, y sus muchos amantes mantenían con ella el secreto de sus tatuajes de flores, mariposas y anagramas. Edward la observaba detenidamente, era una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida, y los años habían fijado en ella una belleza que iba más allá de una piel lozana o el derecho que da la juventud de hacer a todas las mujeres hermosas. Seguramente algún día escribiría sobre una mujer así.
—¿Por qué ríe, señor Cullen?
Los ojos verdes la observan directamente, eso le gustaba de ella, verla directamente, ella no se sentía intimidada.
—Es usted una hermosa mujer ¿se lo han dicho, señora Michell?
—Muchos hombres, señor Cullen.
Fascinante.
—Seguro que sí.
Tomaba té que ella misma le preparó.
—No vino a coquetearme, señor Cullen.
—Usted no me haría el honor de permitirlo.
—No, es demasiado peligroso.
Edward toma su bebida de forma femenina. Levanta su dedo meñique con la seguridad de que ese gesto tan poco masculino lo haga ver como el hombre que es. Está vestido de negro completamente, cosa que lo hace ver fascinante mientras que su hermoso cabello cobre está aún húmedo y su rostro tiene una leve sombra azul, que denota que no hace mucho se rasuró.
—¿Yo? Un pobre hombre inglés.
—No es un pobre hombre, el peligro en usted señor Cullen radica en que sabe quien es, sabe lo que quiere, y sus armas siempre las tiene escondidas.
—Vaya, mi abuela dice lo mismo.
Una sombra de tristeza se refleja levemente en su mirada, pero él conscientemente sabe cómo ocultar cada una de sus emociones.
Se levanta de la silla, y va hacia la tetera, sirve un poco más de té, toma otra de las tasas y de forma ritual sirve y le ofrece a la dama que está en frente.
—¿Hace cuánto me conoce?
La mujer sonríe de lado, mientras bebe con parsimonia la bebida servida.
—¿Lo conozco?
Él responde con otra sonrisa misteriosa.
—Touche.
—Hace siete años que nos hace el honor—Lo dice sin un asomo de ironía—no ha sido un huésped fácil, eso sí.
—Lo sé, no soy un hombre fácil.
La dama ladea un poco su cabeza, aun no entiende por qué ese hombre pidió hablar con ella, sabe que si fuera por una queja sus formas no serían tan suaves ni tan amables.
—¿Tiene algún problema, señor Cullen? ¿una queja?
Edward vuelve a sentarse frente a ella, deja la tasa de té sobre el escritorio y cruza las piernas dejando que su brazo derecho descanse sobre una de sus rodillas.
—Amo este hotel, siempre han sido tan tolerantes con mis "peculiaridades" señora Mitchell, la atención, el personal, usted, el señor Volturi, son maravillosos, creo que nunca he dado las gracias por soportarme, y no me diga que es por miedo a una demanda, conozco la diferencia entre el miedo y la ética.
—Gracias.
El hombre pone su mano izquierda sobre su mejilla, es un gesto tan hermoso en él, las mujeres deben morirse al ver que él tiene ese tipo de gestos que están más allá de sus coreografías de hombre calculador y racional.
—Trato de responder con ética casi todas mis acciones, casi…—deja las palabras en el aire, dándole a la atmósfera un halo de misterio—me gusta proteger a la gente que me importa, y trato de asumir mis responsabilidades cuando soy yo quien ocasiona problemas.
La señora Mitchell mueve su cabeza de un lado a otro, no entiende cosa que no le gusta—vaya al grano, Edward.
—Voy a casarme.
—Felicitaciones.
—Con Isabella Swan.
El rostro de la mujer cambia, abre la boca levemente, deja la tasa de té cerca de donde la dejó Cullen, se para y alisa la chaqueta de su uniforme.
—No entiendo.
—Lo entiende perfectamente.
La mujer camina de un lado a otro, se pasa las manos por su rostro, medita y respira agitadamente.
—¿Cuándo pasó?
—No es de su incumbencia. Pasó, me voy a casar con esa mujer, ella deseaba venir aquí, darle a usted una explicación. Hablar con el señor Volturi. Yo me niego a eso. Ella es mi responsabilidad, lo que pasó entre Bella y yo también lo es, y lo que nos llevó a tomar esta decisión solo nos importa a ella y a mí. Entiendo las reglas que existen, el riesgo de una relación entre el personal de servicio y un cliente. Seremos discretos, el matrimonio acallará rumores si es que hay, no habrá problemas.
—¿Entiende las implicaciones?
—Esto no se va a filtrar a la prensa, señora Mitchell.
—¡Me importa un pito la prensa! —ella voltea intempestivamente—hablamos de una persona, Edward ¡una persona!, no sé qué pasó entre ambos, me importa Isabella, pero no me voy a inmiscuir. Vienes aquí, y dices que te casas con una de las empleadas, sabiendo que eso no es ético y me hablas de ética. Yo sé de donde vienes Edward—deja de ser formal y pomposa—conozco a gente como tú y sé quien es Bella ¿vas a exponerla de esa manera?
—No subestime a Isabella.
—Oh no, no la subestimo, pero la gente como tú es capaz de acabar con el carácter de las personas, destrozarlas. Lo viví en carne propia. Yo sé, Edward. Mis padres eran iguales a ti, yo bebí de esa crueldad, así que no me digas que no subestime a Bella, conozco el poder de tu raza.
—Yo la voy a proteger.
—No está enamorado de ella.
Por primera vez en los minutos de conversación Edward muestra algo más que una indiferencia prefabricada, su mente se mueve a mil millones por segundos. No tiene que dar explicaciones, es dueño de su vida, de su destino; casarse con Bella es libertad, autonomía, y ella sabe que su matrimonio es una garantía para lo que desea. La señora Mitchell no lo entendería, sólo él e Isabella.
—La respeto.
Lo dice asumiendo que quizás a su primera esposa no.
Eso lo carcome por dentro.
La jefe de personal regula su respiración, se sienta con tranquilidad fingida y observa al hombre alto e imponente que está frente a ella.
—Usted la hará infeliz.
—Eso no lo sabe.
—Como hombre inteligente que usted es, sabe a lo que se atiene. Sé que Isabella es fascinante en su aparente simplicidad, lo sabe, si va a casarse con ella le diré, usted es destructivo, su intelecto es aterrador y su ego y vanidad mucho más, Bella es muy inteligente y ella cree que no, tal vez pueda salvarse, si la hace feliz destruirá mis prejuicios, sino la hace feliz ella sobrevivirá, usted no. Está condenado a ser un hombre aterrador y destructivo.
Ambos se quedan en silencio y beben de la tasa de té. Son dos minutos eternos, la señora Mitchell va hasta la ventana de nuevo—No crea que no entiendo lo que implica quedarse en este lugar, hace unos días vi a Isabella impaciente, callada, y apática. Ella tiene mucho ímpetu y fuerza, quedarse como la mánager de este lugar es bueno, pero no para alguien con el temple de esa chica, ahora entiendo muchas cosas, muchas—observa sus zapatos con detenimiento—el conocerlo la hizo consciente de que deseaba algo más, no un marido, sino espacio y horizonte, educación y protección, es una mujer solitaria y serlo Edward es muy duro, mucho más cuando tu corazón desea otras cosas.
Edward se hace frente a ella, toma sus manos y las observa—tiene usted unas hermosas manos, son las manos de una artista ¿pianista, quizás?
—Violín, diez años de estudio.
—¿Qué pasó?
—Mis padres decían que era vulgar.
Ambos se miran, los ojos verdes del escritor la auscultan—la veo…
—¿Me ve?
Él cierra los ojos.
—Esperas un tren en una ciudad muy fría. Tienes veintiocho años y te has soltado el cabello ese día. De tu cuello cuelga una hermosa bufanda roja y cubres tus manos con guantes negros, y esperas a un hombre que viene de la guerra. Lo has esperado por mucho tiempo y guardas en tu armario las muchas cartas que él ha escrito—Edward se acerca—¿lo oyes? Es el tren, y se acerca y sabes que eres feliz porque finalmente lo tendrás contigo, y quemarás esas terribles cartas donde te ha escrito los días en el campo de batalla, has caminado entre trincheras y batallones, conoces el olor a pólvora, a sudor, has visto la sangre de los hombres que mueren al lado de tu amante, has llorado junto a él y has limpiado sus heridas.
La señora Mitchell lo observa conmovida.
—Y tocas el violín porque él te dijo una noche después de hacer el amor que tu música lo salva y lo consuela. Lees las cartas y te prometes que cada día tocaras para que tu hombre olvide el dolor, el sonido de las bombas y las metrallas, para que él olvide como suena el horror a la medianoche.
Pequeñas lágrimas salen de los ojos azules de la mujer, se ve, allí esperando a su amante guerrero.
—Es así como ves a la gran máquina, y tu corazón palpita tan fuerte que te duele, te duele tanto que quieres llorar en aquella estación frente a todos, porque no estás acostumbrada a ser feliz, y ahora sabes que ser feliz duele, duele y que es insoportable la felicidad porque te enfrenta al miedo de que sea fugaz, y tu cabeza está llena de preguntas. ¿Y si ya no me ama? ¿y sí la guerra lo ha cambiado? ¿y si ya no soy suficiente? Y quieres correr porque te llenas de miedo al creer que esa felicidad solo es una ilusión. Tienes frío, y tu bufanda no te es suficiente y la humedad a arruinado tu bonito peinado, te miras al espejo y te pintas los labios de un rojo bermellón y te limpias las lágrimas. El tren se detiene, y te detienes frente a éste, y cierras los ojos porque siempre has perdido, esa mujer siempre ha perdido, y el destino le dice que no tiene derecho a ser feliz, a ser amada, no tiene. Da un paso hacia atrás porque está dispuesta a huir, prefiere vivir de la ilusión y del sueño del amante en la guerra que a dejar que el destino la escupa de nuevo. Los hombres empiezan a bajar y escucha los gritos de madres, esposas e hijos, no mira, no quiere. Voltea de espaldas al tren—Edward limpia las lágrimas de la señora Mitchell—y camina derrotada por la acera de la estación. Los hombres hablan, las mujeres ríen, los niños juegan y ella solamente aprieta su bufanda roja. Irá a su pequeña habitación y trabajará como una mujer anónima, y pondrá sus discos de música y leerá las cartas de su amante y al final de la noche se hundirá con él en las centellas y en las ráfagas de metralla al alba.
La mujer aprieta su mano, la ha llevado a esa tarde donde una mujer espera a un soldado.
—¡Dios! Es usted cruel.
—De pronto, entre el ruido, las risas, el llanto, la maldita máquina que no ha dejado de cesar como un rumiante; escucha un llamado, un llamado ronco que viene de una parte lejana, que viene desde el campo de batalla…escuchas tú nombre.
La señora Mitchell está llorando como una niña.
—Tracy, él llama a Tracy.
—Exacto, quien toca el violín y no es una mujer vulgar, es digna de hermosas historias de amor, una que algún día escribiré—besa su mejilla con cariño—siempre vendré a este hotel, Tracy.
Se aleja de ella—habla con Aro, te pido que no preguntes a Bella nada, es entre ella y yo, solamente.
La mujer lo ve caminar imponente, vestido de negro, en ella aún resuena la historia, el tren y el violín y el sonido de su nombre.
—Edward ¿es una historia de amor?
Él voltea y sonríe.
—¿Al menos ella merece una historia?
Edward abre la puerta, no contestará, no dirá que Isabella es la dueña de las páginas de su nueva novela, y tampoco dirá que es otra mujer la dueña de sus sueños.
Tania y él, no, no es una historia de amor, es una historia de derrota.
—Hola—ella lo saluda mordiendo sus labios.
—Kate—él le contesta mirándola directamente.
De la nada Edward la arrastra hacia su pecho, y besa su melena negra—hueles a cloro.
—Pues no esperes que huela a perfume caro, caballero—ella lo golpea levemente en el pecho.
—Te compraré un Opera Prima.
Bella levanta su rostro y pregunta.
—Es tú perfume, Kate, querida.
—Siempre tan arrogante.
—Pues te acostumbras a lo bueno conmigo.
Ambos se miran, están incomodos, sobre todo ella. Cuando era el amigo de follar era fácil, ahora que parece que van hacia otra parte, Bella siente que no sabe como comportarse. Parpadea, debe recuperar aquella parte juguetona con él, porque si no Edward la arrastrará hacia aguas que ella desconoce.
—Pues ya estoy acostumbrada a lo bueno contigo.
Él sabe a lo que se refiere.
—Es un placer.
Bella agarra la pretina de su pantalón y lo junta a su cintura, el sexo es su terreno seguro, ella manda allí, y él responde con igual fiereza. Se levanta en puntillas e intenta darle un beso, bueno, va a ser su esposo, al menos en ese proceso de un matrimonio sin amor puede divertirse ¿qué? No la pueden juzgar, Edward Cullen es un pastel y ella piensa deleitarse hasta la cereza.
¡Y que cereza!
Pero él niega el beso, y solo la mira con detenimiento. Esa mirada profunda que a veces es insoportable y que hace que Isabella sienta que todo en ese momento es una locura, y que ella no podrá con todo lo que presiente se le viene encima. Intempestivamente se aleja de él y se recuesta a la puerta.
—¿No quieres follar?
Ella dice la palabra con fuerza.
—¿Es lo que tú y yo hacemos?
Bella se silencia, la hace ver estúpida y sucia.
—No hacemos el amor, eso es seguro.
No, él hace el amor con estatuas rubias.
—Es una sucia palabra.
Ella sonríe, no es letrada, pero no es tonta.
—¿No son todas las palabras importantes? Señor escritor.
Edward suelta la carcajada y se acerca con gracia y coquetería vanidosa.
—¿Algún día voy a ganarte, Kate?
Ella rezonga como una gatita a punto de decir miau.
—Pues espero que en eso al menos te lleve la delantera, cabrón.
Él se agacha un poco y muerde su cuello—pues me gusta que ganes.
Acaricia levemente su cuello, da pequeños besos y asciende hacia su oreja y la muerde.
—Lo único que sé Isabella es que contigo disfruto mucho estar desnudo, y verte desnuda también.
Ella respira entrecortada—bueno, alguien diría que esto es amor.
Inmediatamente Edward se aleja y coloca su rostro de piedra.
—Pero no lo es—Bella se defiende con una sonrisa ladeada. Hace años cuando estaba en su primer matrimonio y alguien hacia una alusión ofensiva o un gesto hosco ante ella, inmediatamente bajaba la cabeza y la hundía en el alcohol, ahora que va a jugar un juego sabiendo como son las cartas, Bella no permitirá que nadie la lastime.
—¿Necesitas más tiempo?
—No, ya la decisión está tomada.
Edward extiende su mano, la manga de su camisa negra está remangada hasta el codo y el hermoso Rolex de miles de dólares se ve en su muñeca como el único accesorio de un hombre que no necesita nada más para verse brillante.
—Quítate ese uniforme.
Isabella aún no se mueve, levanta la ceja y un leve rubor inunda su mejilla. Lo odia, odia esos rastros de una timidez que nunca fue un impedimento para ir contra el mundo y estrellarse con él.
—Tienes que seducirme.
—Pensé que ya lo había hecho—Sonríe, sin embargo, sus ojos son oscuros y ardientes— ven, ya no tienes trabajo Bella.
La mujer parpadea.
—Hace una hora hablé con Tracy.
Bella abre los ojos ¡No! ¡no! ¡no!
—Te dije que no lo hicieras, es mi responsabilidad—rechaza la mano extendida y camina alrededor del hombre, mordiéndose la uña de su dedo pulgar—mi responsabilidad, Edward.
—No—su voz es contundente—voy a protegerte Bella, es parte de la historia de ser la señora Cullen, mi responsabilidad, mi protección.
Algo en Isabella se detiene. No entiende bien lo que acaba de escuchar. Nunca fue protegida por nadie, ni siquiera por su madre, quien tendía a tener un temperamento de doncella en apuros y quien su educación le dijo que las mujeres estaban para ser aquellas princesas a punto de desmayos y gorjeos, esperando un príncipe azul, sin tomar responsabilidades y dejando que los demás la asumieran, por ende, su madre se perdió en la realidad y nunca fue capaz de salir de Forks. Bella evita esa herida, porque ésta le trae la amargura de una traición. Nunca mamá Renée la protegió, nunca supo cómo y por muchos años la dejó sola ante el mundo, solo al final asumió su responsabilidad y pidió perdón. Jamás pensó que un hombre haría eso por ella.
—Yo…
—No—levanta la mano en orden perentoria—fui yo el que te pidió que te casaras conmigo, si esto hubiese sido un revolcón y nos hubieran descubierto la historia sería diferente, pero ahora que ya no lo es, soy el que asume todo.
—Pero yo soy parte de esto.
—Por supuesto, la más importante, Bella.
Él no quiso hacer un halago, Edward es seco y directo, pero el poner el pecho al asunto e ir directo a las cosas, sin miedo, sabiendo a lo que se enfrentaba le da a Bella una sensación de alivio. Pedirle a ella que se casaran era algo serio y enfrentarse con la señora Mitchell y con el mismo Aro era el primer paso.
—Es que no me parece correcto, esa gente me dio su apoyo, confianza y de pronto esto, Edward, simplemente no está bien.
Ve a su futuro esposo caminar hacia el pequeño escritorio improvisado en su habitación, éste se quita la corbata y desabotona el primer botón de su camisa—me sorprendes Isabella.
—¿Porqué? Una mujer como yo teniendo ética de vida ¿es inusual?
—En general Isabella, soy un escéptico, y siempre dudo de todos, no importan si son hombres o mujeres, pobres, ricos, estudiados o no.
—A veces la gente sorprende.
—Si, y no me sorprendo tan a menudo, Kate—le guiña un ojo y la llama hacia él, ella camina despacio mientras Edward la observa divertido. De improviso toma su mano y la sienta sobre sus piernas, Bella se resiste un poco y es entonces cuando unos labios la sorprenden con un beso tempestuoso—Eres una fierecilla.
—Idiota.
Sin embargo, el corazón de Isabella parece estallar.
—A diferencia de la obra, yo no deseo domesticarte.
Ella no entiende un carajo, pero no le importa. Muerde sus labios y la niña pequeña que en ella habita quiere otro de esos besitos, y con el resto de la ropa lejos del cuerpo de ese hombre. Sino fuera tan hermoso no andaría todo el tiempo pensando en lo maravilloso y diestro que es en la cama ¡Dios! Isabella cree que irá al infierno por vivir pensando en eso todo el día.
—Si deseas hablar con Tracy y Aro es tu decisión, pero no puedes culparme por desear protegerte.
—No estoy acostumbrada, eso es todo.
Ella lo observa. Su pelo es una mata de cabello cobrizo el cual no está ordenado, Bella lo arregla un poco e intenta ponerlo en su lugar.
Ambos están caminando un nuevo terreno, ya no son los amantes casuales, son otra cosa. Están en ese punto en que saben que son amigos, pero no se sienten íntimos, están prometidos, pero no están enamorados, y se van a casar y no saben hacia donde van.
Isabella toma el primer paso y agarra aquel cabello, y lo hala hacia atrás. No ama a ese hombre, pero al menos saben que en lo sexual son un match y no quiere perder eso. Nunca había tenido alguien como él, Jacob era bueno en la cama, pero la convirtió a ella en la "esposa" es decir en la ilusión de la dama madre de unos hijos, en la señora que se debía respetar. Odió eso, sobre todo porque su esposo sabía que ella era una mujer joven y que no solo necesitaba el sexo por salud, sino como la expresión de amor y ternura. Nunca lo tuvo.
Besa al hombre en la boca, es un beso que comienza salvaje y en el intermedio es mucho más. Edward le corresponde, él no piensa y no es racional. No quiere serlo, por primera vez en muchos años no dejará de gozar de la libertad que esa mujer indomable le puede dar. Ella se sienta a horcadas de él, se sube su falda y toma la mano del hombre y mientras lo besa la lleva hasta su sexo. Edward entiende, y aúna al beso violento, sus dedos que tocan juegan y presionan. Ella es poderosa, pero es más poderosa dándole a él la sumisión de su cuerpo. ¿Porqué durante años se había perdido de algo como esto? ¿acaso el adolescente que un día fue era su vergüenza? ¿Por qué no le dio a Johanna al menos eso?
Isabella lo muerde, entierra sus dedos en los hombros de aquel hombre y disfruta el orgasmo fulgurante que él le proporciona. Se retira de sus labios, tira su cuerpo hacia atrás abriendo la boca para que el oxígeno llegue hasta sus pulmones. Edward la observa, es una mujer hermosa, y parece que ella no tiene ni idea de lo bella que puede ser. Suelta su cabello y es una melena poderosa en sí misma, la toma de la cintura y la atrae de nuevo a su pecho.
—Necesito que siempre digas lo que quieres, Isabella.
Ella suelta la carcajada.
—¿No lo he dicho siempre?
—¿Conmigo?
—Si, creo que lo viste desde el primer momento ¡Revolución!
Edward no entiende el chiste, frunce el entrecejo y le pregunta a ella con la mirada.
—Eres un aristócrata pomposo a quien deseé cortarle la cabeza.
—Robespierre es tu héroe, entonces.
Un suspiro profundo sale de la garganta de la mujer—siempre me siento como una ignorante contigo, no tengo ni mierda idea de lo que hablas.
—Dios Isabella ¿qué hacías en la escuela? Y no te ofendas.
Isabella calla, era vergonzoso decirle que su paso por la escuela fue un sinfín de fracasos, y que mientras los demás intentaban estudiar ella estaba demasiado ocupada en joderse la vida.
—Creer que estudiar era una pérdida de tiempo, burlarme de mis maestros y andar de arriba abajo con mis amigos que pensaban lo mismo. No sabes cómo me arrepiento Edward, quisiera decirle a esa chica de mi pasado que leer, saber de historia, libros o matemáticas era más importante que cualquier cosa.
Él no pregunta más, vuelve a besarla. Ve en los ojos de Isabella un anhelo y no quiere ir más allá de eso, algo en él se resiente a esa parte de la vida de esa mujer. No quiere pensar en el futuro, no desea que su pesimismo lo lleve a la aceptación de que ese matrimonio está condenado a fallar.
—¿Tú esposo?
Los hombres de Isabella se tensan—Es un idiota.
—¿Vas a contarme?
—¿Me contaras de tu esposa?
Es una buena jugada, de esa forma ella le dice que, si él no quiere hablar de Jhoanna, ella no hablará de Jacob.
—Jhoanna era una buena chica.
Lo dice secamente. Bella lee en esas palabras el mutismo que él desea mantener sobre su esposa muerta. La pregunta que carcomía a Isabella también es contestada ¿la amaba? No, no la amaba ¿y entonces la mujer de la foto? Es otra, otra… ¿Cómo se llama? Pero no tiene derecho a preguntar.
—¿Y tú hijo?
Algo en Edward repele la pregunta. Ella lo entiende y se aleja de su regazo, baja su falda de mucama, siente que en ese momento es una mujer vulgar que no debe meterse en lo que no le importa. Presiente que su flamante prometido tiene esos gestos duros donde sin más ni más aleja a las personas haciéndolas sentir insignificantes y estúpidas.
—Voy a hablar con la señora Mitchell.
Isabella camina con prontitud hacia la puerta. No mira para atrás, no quiere ¿puede ser tan tonta? Ese hombre con su actitud le ha dicho que no quiere compartir nada. Se siente decepcionada, pero entiende que no tiene derecho.
Edward baja la cabeza, ella debe compartir con su hijo, si es que sus suegros se lo permiten. Aunque existan terrenos vedados entre ellos dos, Alexander no puede ser un oscuro secreto, no sería justo para ella y para su chico.
—Bella.
No sabe por qué, pero cuando la nombra el temperamento peleonero de Isabella sale a flote. Voltea y sus ojos oscuros echan chispas.
—¡Solo pregunté por tu hijo!
—Lo sé.
—¡Ahg!
—Eso no es una palabra.
—¿No? Pero es el sonido de mi rabia.
—Ah una onomatopeya.
—¡Me importa una mierda! —no tenía idea de la jodida palabra—solo quería saber de tu hijo, ¿Cómo se supone que voy a tener una relación con un niño del que no sé nada? Te lo digo querido, no tengo madera para ser la madrastra malvada.
Edward sonríe.
—Lo sé—no se acerca a ella, su rostro toma un cariz doloroso—Alexander es especial Isabella.
—¿Cuántos años tiene?
—Nueve. Es muy inteligente, está leyendo Alicia en el país de las maravillas y está dibujando los personajes.
—Es igual a su padre.
Edward gime, le duele que ella diga eso.
—¿Qué pasa?
No puede alargar más lo inevitable. No sabe si le teme a Isabella y a su reacción o a la sorpresa que le dará a su chico.
Toma el celular y llama.
Alguien le contesta al otro lado. La conversación es violenta desde el inicio. Bella observa aquello, el acento británico se hace más fuerte y el tono de la voz de quien se supone será su futuro esposo es áspera y agresiva
—Dile que se conecte, si me niegas esto será otro motivo para llevarlos a juicio, tú decides si quieres que esto llegué a tribunales y a la prensa. Estoy grabando la conversación.
Isabella parpadea, si fuera una mujer astuta huiría, pero es tierna y nada cínica.
—En cinco minutos por zoom, él sabe cómo, no pretendas creer que Alexander no sabe, porque sé que sí.
Cuelga con rabia y tira el celular a la mesa, suspirando duramente, buscando la paciencia que Isabella sabe que no tiene.
Bella está en silencio mientras lo ve conectarse. Su corazón palpita rápidamente ¿Cómo va a tratar con un niño? ¿y si ella no le cae bien? Se arregla su uniforme y acomoda su cabello.
Edward mira la pantalla. Ella frente a él observa su gesto adusto, sin embargo, presiente la emoción que lo suspende.
Al segundo lo ve sonreír como jamás lo había visto.
—Hola Alexander—sus manos se mueven a la par que el saludo—¿cómo estás mi amor?
Bella solloza sin poder evitarlo, sabe lo que esos gestos significan. El pequeño es sordo mudo. Y eso le rompe el corazón. Un hombre de palabras sonoras, mágicas y perfectas y allí está con un pequeño que no las escucha.
—Me alegro Alex ¿yo? Estoy bien querido—los signos vuelan en aquellas hermosas manos—ya hice la entrevista, si, voy a volver pronto…un día te traeré a América—el rostro del hombre se suaviza, se ve muy joven y dulce y su adusto gesto de siempre cambia hasta hacerlo casi irreconocible—yo sé que te lo he prometido, pero debes estudiar—lo ve concentrado en la pantalla—no digas eso, el estudio no es aburrido, lo que pasa es que eres demasiado inteligente y necesitas cosas nuevas ¿cómo vas con tu libro? No, espera—Edward levanta su mirada hacia Isabella quien limpia sus lágrimas—va a mostrarme sus dibujos.
Los dos se quedan en silencio—nació sin audición, es irreversible.
—Lo siento.
—Hola—el niño está de nuevo frente a la pantalla—Vaya Alexander que hermosos—se acerca—el sombrerero es tal como me lo imaginé, y el conejo está demasiado gordo Alexander—suelta una carcajada—creo que toma demasiado té y galletas, mira y la reina de corazones tiene la cabeza grande tal como la describe el libro—de nuevo un silencio—iré muy pronto hijo ¿quieres que te de un paseo en la moto? ¿sí? Fue divertido la última vez, casi matamos de susto a la abuela Esme—el rostro feliz del padre se ensombrece—aún no Alexander, lo sé, yo soy tu padre querido, eso no me lo pueden quitar, seremos tú y yo—Isabella es testigo de como Edward se coloca uno de sus puños cerca de sus labios, carraspea con fuerza, lo ve abstenerse de una emoción profunda—yo te amo más—de nuevo el silencio—quiero que conozcas a alguien.
Isabella quiere decir que no. Un impulso de negar con la cabeza el conocer al niño la sobrecoge, pero no puede negarse al ver como Edward le ruega con la mirada. Ella aspira profundamente y da un paso delante de la pantalla, retiene el aliento al ver el niño más hermoso que jamás había visto, un esplendoroso chico de cabello rubio rojizo, ojos azules y pecas maliciosas que le da un aspecto de niño de hermosos dibujos animados.
Alexander la observa profundamente. De primera impresión tiene aquel gesto hosco del padre, pero al segundo una sonrisa ilumina aquel rostro. Dice algo con las manos, Bella se asusta y voltea aterrada hacia Edward.
—Dice que hola.
Ella no sabe qué hacer. Levanta su mano derecha y hace un saludo que el niño entiende, algo dice y Edward lo traduce—dice que tienes un hermoso cabello.
—Gracias. Él también.
Isabella mira al niño directamente a la pantalla, quien también es franco al observarla. Algo dice por medio de las señales.
—Pregunta que si eres buena amiga mía. Lo es Alexander—el padre contesta—ella fue la de la idea de regalarte el libro, hijo.
La mujer interroga a Edward con un gesto.
—Un regalo especial que solo esa persona entendería.
Bella se lleva una mano a su pecho; en sus celos por una mujer etérea creyó que aquel regalo era para esa mujer ¡que tonta!
El niño habla rápido—dice que te agradece, es el mejor regalo del mundo, le encanta dibujar y que los libros le den motivos para hacerlo eso lo emociona, dice que quiere mostrarte todos sus dibujos.
Ella sonríe—me encantaría verlos Alexander, no soy buena para dibujar, pero me encantan los colores—Edward traduce—de niña mi papá me compraba colores para que yo rayara, pero dibujar no, mi papá sí que era bueno, un artista.
La aprehensión del principio se esfumó e Isabella se vio allí frente al niño hablando de ese ser lejano que se perdía entre la niebla—habría sido un gran dibujante si se lo hubiera propuesto, le encantaba pintar lobos, caballos y el océano.
El rostro de Bella se torna ausente ¿hacia cuanto no recordaba como Charlie Swan se sentaba en la pequeña mesa de la cocina y dibujaba cosas para su pequeña niña? Bella parpadea y ve al padre que ya no está.
Edward lector de gestos, entiende que una turbulencia repleta de melancolía cruza por aquellos ojos marrones.
—Él dice que también ama a los caballos y los perros. Quiere un cachorro y sus abuelos no se lo han permitido, dicen que le hará daño.
Bella regresa y hace un gesto de asombro—Todo niño debe tener un perro, dile eso, por favor.
El chico aplaude ante la afirmación y fusila a Isabella con preguntas.
¿Conoces Inglaterra? ¿Cuál es tu caricatura preferida? A él le gustan Clarence y Gravity Fall, ¿sabes de futbol? Cuando grande será futbolista y corredor de autos y escritor como su papá y pintor. Isabella trata de seguir el ritmo, pero mucho de lo que el niño habla es chino para ella, pero algo que reconoce es que es buena para caerle bien a la gente y el niño es tranquilo y dulce, su condición no es ningún impedimento y es risueño y divertido, y ¡diablos! Ella también lo es, en menos de cinco minutos conversan y el padre parece a veces hasta sobrar allí.
—Me gustan los hot dogs con mostaza.
—Por favor no me hagas decirle eso. Adora la mostaza y las salchichas.
Bella levanta las cejas y ataca desde el chat.
Tu padre dice que te encantan los hot dogs con mostaza ¡los amo! Tendremos que hacerle rehabilitación.
Alexander relampaguea y contesta:
¿No es genial que nos guste los hot dogs? Odio el brócoli y las verduras.
Como todo niño, piensa ella.
¡Puaff! Yo las odiaba, pero son muy buenas para todo, claro no tan buenas como las salchichas.
¿Verdad que sí?
Absolutamente.
En ese momento los dos hicieron clic, para Alexander fue amor a primera vista, para Isabella Swan el motivo final por el que debía casarse con ese hombre. El niño necesitaba una madre, y ella en un retorcijón de sus entrañas entendió que aquel era el hijo que necesitaba.
Hola lectoras después de tantos meses estoy aquí. Vivimos tiempos difíciles, lo sabemos. Retomar la escritura como placer es una de mis metas este año, eso de escribir por el amor a hacerlo es algo maravilloso, y el FF bendito sea. Ojalá continúen aquí, lo siento si me demoré, en verdad. Gracias por la espera, intentaré actualizar más seguido. Mi cabeza son tres novelas en este momento y la investigación para una nueva que estoy escribiendo a mano, pero el FF es mi manera de ejercitarme en muchas cosas. Un feliz año nuevo a todas, 10 años aquí y me encanta.
