Disclaimer: ©Shingeki no Kyojin/進撃の巨人, sus personajes y trama son propiedad de su autor, Hajime Isayama. Yo tan solo realizo este FanFic por diversión, sin ánimos de lucro.

Advertencia: Omegaverse| Uso descarado delOoC| ErenxLevi | Ereri| Omega Levi | Eren alfa |De desconocidos a enemigos a amantes| Basado en Orgullo&Prejuicio de Jane Austen.

A mis dulces amores valeskithalejandra, GobletMoonStone123, GatitadeLuna, ChibiGoreItaly, Nejiko Ka, Kai Ackerman, Roco Ackerman Pillco y Mari, que comentaron el capítulo anterior. Muchas gracias bebés.

Lamento el retraso, pero estuve muy cansada y este capítulo me costó un par de neuronas terminarlo. Aun así, espero este capítulo les guste también. Como siempre, con todo el amor del mundo, a ustedes y a todos los que la leen.

Nos leemos abajito.

Por favor lean las notas finales.


De orgullo, prejuicio y amor

.X.


La señora Hoover y los criados que le ayudaron a llevar sus maletas a la casa, parecieron desconcertados de verlo allí, Levi hizo un gesto vago con la mano derecha y murmuró "asunto de negocios. Urgente", y subió a trote las escaleras a su cuarto, dejándolos con cualquier palabra en la boca

No esperaba ningún agrado por las cartas que llevaba en sus manos, pero sentía gran curiosidad por su contenido y las palabras anteriores de su autor, por lo que solo se quitó el velo y los zapatos antes de disponerse a leer. El vestido ondeó detrás de cada paso a la cama en su cuarto mientras abría la primera y empezaba la lectura. Se decidió por la que incluso el sobre estaba escrito, letra apretada y hecha bajo presión. Por la que se había disculpado el señor Jeager.

Estaba fechada a las tres de la mañana del día de su último encuentro en Hunsford y decía lo siguiente:

«No se alarme, joven, al recibir esta carta, ni crea que voy a repetir en ella mis sentimientos o a renovar las proposiciones que tanto lo molestaron anoche. Escribo sin ninguna intención de afligirlo ni de humillarme yo insistiendo en unos deseos que, para la felicidad de ambos, no pueden olvidarse tan fácilmente; el esfuerzo de redactar y de leer esta carta podía haber sido evitado si mi modo de ser no me obligase a escribirla y a que usted la lea. Por lo tanto, perdóneme que tome la libertad de solicitar su atención; aunque ya sé que habrá de concedérmela de mala gana, se lo pido en justicia.

Ayer me acusó usted de dos ofensas de naturaleza muy diversa y de muy distinta magnitud. La primera el haber separado al señor Kirschtein de su hermana, sin consideración a los sentimientos de ambos; y el otro que, a pesar de determinados derechos y haciendo caso omiso del honor y de la humanidad, arruiné la prosperidad inmediata y destruí el futuro del señor Smith. Haber abandonado despiadada e intencionadamente al compañero de mi juventud, al favorito de mi padre y al mejor amigo de mi hermano, a un joven que casi tenía más porvenir que el de nuestra rectoría y que había sido educado para su ejercicio, sería una depravación que no podría compararse con la separación de dos jóvenes cuyo afecto había sido fruto de tan sólo unas pocas semanas. Pero espero que retire usted la severa censura que tan abiertamente me dirigió anoche, cuando haya leído la siguiente relación de mis actos con respecto a estas dos circunstancias y sus motivos. Si en la explicación que no puedo menos que dar, me veo obligado a expresar sentimientos que lo ofendan, sólo puedo decir que lo lamento. Hay que someterse a la necesidad y cualquier disculpa sería absurda.

No hacía mucho que estaba en Hertfordshire cuando observé, como todo el mundo, que el señor Kirschtein distinguía a su hermana mayor mucho más que a ninguna omega o beta de los demás de la localidad; pero hasta la noche del baile de Netherfield no vi que su cariño fuese formal. Varias veces le había visto antes enamorado. En aquel baile, después de tener el honor de bailar con usted, supe por primera vez, por una casual información de sir Zoe, que las atenciones de Kirschtein para con su hermana habían hecho concebir esperanzas de matrimonio; me habló de ello como de una cosa resuelta de la que sólo había que fijar la fecha. Desde aquel momento observé cuidadosamente la conducta de mi amigo y pude notar que su inclinación hacia la señorita Ackerman era mayor que todas las que había sentido antes. También estudié a su hermana. Su aspecto y sus maneras eran francas, alegres y atractivas como siempre, pero no revelaban ninguna estimación particular. Mis observaciones durante aquella velada me dejaron convencido de que, a pesar del placer con que recibía las atenciones de mi amigo, no le correspondía con los mismos sentimientos. Si usted no se ha equivocado con respecto a esto, será que yo estaba en un error. Como sea que usted conoce mejor a su hermana, debe de ser más probable lo último; y si es así, si movido por aquel error lo he hecho sufrir, su resentimiento no es inmotivado. Pero no vacilo en afirmar que el aspecto y el aire de su hermana podían haber dado al más sutil observador la seguridad de que, a pesar de su carácter afectuoso, su corazón no parecía haber sido afectado. Es cierto que yo deseaba creer en su indiferencia, pero le advierto que normalmente mis estudios y mis conclusiones no se dejan influir por mis esperanzas o temores. No la creía indiferente porque me convenía creerlo, lo creía con absoluta imparcialidad. Mis objeciones a esa boda no eran exactamente las que anoche reconocí que sólo podían ser superadas por la fuerza de la pasión, como en mi propio caso; la desproporción de categoría no sería tan grave en lo que atañe a mi amigo como en lo que a mí se refiere; pero había otros obstáculos que, a pesar de existir tanto en el caso de mi amigo como en el mío, habría tratado de olvidar puesto que no me afectaban directamente. Debo decir cuáles eran, aunque lo haré brevemente. La posición de la familia de su madre, aunque cuestionable, no era nada comparado con la absoluta inconveniencia mostrada tan a menudo, casi constantemente, por dicha señora, por su hermana menor y, en ocasiones, incluso por su padre. Perdóneme, me duele ofenderla; pero en medio de lo que le conciernen los defectos de sus familiares más próximos y de su disgusto por la mención que hago de los mismos, consuélese pensando que el hecho de que tanto usted como su hermana se comporten de tal manera que no se les pueda hacer de ningún modo los mismos reproches, las eleva aún más en la estimación que merecen. Solo diré que con lo que pasó aquella noche se confirmaron todas mis sospechas y aumentaron los motivos que ya antes hubieran podido impulsarme a preservar a mi amigo de lo que consideraba como una unión desafortunada. Kirschtein se marchó a Londres al día siguiente, como usted recordará, con el propósito de regresar muy pronto.

Falta ahora explicar mi intervención en el asunto. El disgusto de sus hermanas se había exasperado también y pronto descubrimos que coincidíamos en nuestras aspiraciones. Vimos que no había tiempo que perder si queríamos separar a Kirschtein de su hermana, y decidimos irnos con él a Londres. Nos trasladamos allí y al punto me dediqué a hacerle comprender a mi amigo los peligros de su elección. Se los enumeré y se los describí con empeño. Pero, aunque ello podía haber conseguido que su determinación vacilase o se aplazara, no creo que hubiese impedido al fin y al cabo la boda, a no ser por el convencimiento que logré inculcarle de la indiferencia de su hermana. Hasta entonces Kirschtein había creído que ella correspondía a su afecto con sincero aunque no igual interés. Pero Kirschtein posee una gran modestia natural y, además, cree de buena fe que mi sagacidad es mayor que la suya. Con todo, no fue fácil convencerle de que se había engañado. Una vez convencido, el hacerle tomar la decisión de no volver a Hertfordshire fue cuestión de un instante. No veo en todo esto nada vituperable contra mí. Una sola cosa en todo lo que hice me parece reprochable: el haber accedido a tomar las medidas procedentes para que Kirschtein ignorase la presencia de su hermana en la ciudad. Yo sabía que estaba en Londres y la señorita Kirschtein lo sabía también; pero mi amigo no se ha enterado todavía. Tal vez si se hubiesen encontrado, no habría pasado nada; pero no me parecía que su afecto se hubiese extinguido lo suficiente para que pudiese volver a verla sin ningún peligro. Puede que esta ocultación sea indigna de mí, pero creí mi deber hacerlo. Sobre este asunto no tengo más que decir ni más disculpa que ofrecer. Si he herido los sentimientos de su hermana, ha sido involuntariamente, y aunque mis móviles puedan parecerle insuficientes, yo no los encuentro tan condenables.

Con respecto a la otra acusación más importante de haber perjudicado al señor Smith, sólo la puedo combatir explicándole detalladamente la relación de ese señor con mi familia. Ignoro de qué me habrá acusado en concreto, pero hay más de un testigo fidedigno que pueda corroborarle a usted la veracidad de cuanto voy a contarle.

El señor Smith es hijo de un hombre respetabilísimo que tuvo a su cargo durante muchos años la administración de todos los dominios de Pemberley, y cuya excelente conducta inclinó a mi padre a favorecerle, como era natural; el cariño de mi progenitor se manifestó, por lo tanto, generosamente en Erwin Smith, que era su ahijado. Costeó su educación en un colegio y luego en Cambridge, pues su padre, constantemente empobrecido por las extravagancias de su mujer, no habría podido darle la educación de un caballero. Mi padre no sólo gustaba de la compañía del muchacho, que era siempre muy zalamero, sino que formó de él el más alto juicio, un poco impulsado por Zeke, y creyó que la Iglesia podría ser su profesión, por lo que procuró proporcionarle los medios para ello. Yo, en cambio, hace muchos años que empecé a tener de Smith una idea muy diferente. La propensión a vicios y la falta de principios que cuidaba de ocultar a su mejor amigo, mi hermano, no pudieron escapar a la observación de un muchacho unos años menos a su edad que tenía ocasión de sorprenderle en momentos de descuido que Zeke ni el señor Jeager veían. Ahora tendré que apenarla de nuevo hasta un grado que solo usted puede calcular, pero cualesquiera que sean los sentimientos que el señor Smith haya despertado en usted, esta sospecha no me impedirá desenmascararle, sino, al contrario, será para mí un aliciente más.

Mi excelente padre murió hace cinco años, y su afecto por el señor Smith siguió tan constante hasta el fin, que en su testamento me recomendó que le apoyase del mejor modo que su profesión lo consintiera; si se ordenaba sacerdote, mi padre deseaba que se le otorgase un beneficio capaz de sustentar a una familia, a la primera vacante. También le legaba mil libras. El padre de Smith no sobrevivió mucho al mío. Y solo un par de meses después de su muerte, el joven Smith le escribió a mi hermano informándole que por fin había resuelto no ordenarse, y que, a cambio del beneficio que no había de disfrutar, esperaba que le diese alguna ventaja pecuniaria más inmediata. Añadía que pensaba seguir la carrera de Derecho, y que había que hacerse cargo pues los intereses de mil libras no podían bastarle para ello. Le escribió a mi hermano tales peticiones, las cuales me las hizo saber y pidió por él. No quise crear un conflicto entre mi hermano y yo, además deseaba creer sincero al señor Smith, realmente deseaba que lo fuese, después de todo mi hermano lo consideraba tan grandemente; de modo que accedí a su proposición. Sabía que el señor Smith no estaba capacitado para ser clérigo; así que arreglé el asunto. El renunció a toda pretensión de ayuda en lo referente a la profesión sacerdotal, aunque pudiese verse en el caso de tener que adoptarla, y aceptó tres mil libras. Todo parecía zanjado entre nosotros. Yo tenía muy mal concepto de él para invitarlo a Pemberley o admitir su compañía en la capital. Creo que vivió casi siempre en Londres, pero sus estudios de Derecho no fueron más que un pretexto y como no había nada que le sujetase, se entregó libremente al ocio y a la disipación. Estuve tres años sin saber casi nada de él, no así mi hermano que recibía correo de él seguidamente e incluso lo fue visitar en varias ocasiones. Debí haber obligado a mi hermano a cortar ese vínculo y revelar el espíritu del señor Smith. Pero ya era tarde cuando lo hice. Había seducido a mi hermano, y lo había mancillado. Zeke lo había aceptado porque realmente creía en sus palabras y promesas de amor. No sabía que todo había sido porque señor Smith tenía la creencia de que él era el heredero de mi padre, por ser su primogénito, y teniéndolo a él pondría sus manos sobre el legado de los Jeager. Hice que se enfrentarán con esta verdad, y el señor Smith hizo lo que yo suponía que haría, desapareció y rompió todo tipo de relación entre Zeke y él. Lo dejó destrozado, y un cisma entre nosotros. Fueron tres terribles años para nuestra familia. Hasta hace muy poco, cuando la misma maldad del señor Smith nos volvió a unir. Al recibir desagradables noticias de él.

Aunque supongo que debía esperarme un golpe de su parte, ya que el resentimiento de Smith fue proporcional a lo calamitoso de las circunstancias, y sin duda habló de mí ante la gente con la misma violencia con que me injurió directamente; no esperé que fuera tan vil.

Tengo que referirle a usted otra de las cosas, ahora, que yo mismo querría olvidar y que ninguna otra circunstancia más que la presente podría haberme inducido a desvelar a ningún otro ser humano. No dudo que guardará usted estos secretos. El de mis dos hermanos. Verá, mi hermana, que tiene dieciséis años menos que yo, quedó bajo la custodia de mi hermano mayor y la mía al morir nuestro padre. Hace aproximadamente un año salió del colegio y se instaló en Londres. El verano pasado fue con su institutriz a Ramsgate, adonde fue también el señor Smith expresamente, con toda seguridad, pues luego supimos que la señora Hill y él habían estado en contacto. Nos habíamos engañado, por desgracia, sobre el modo de ser de la institutriz. Con la complicidad y ayuda de ésta, Smith se dedicó a seducir a Isabel, cuyos recuerdos de su infancia sobre ese hombre y lo afectuoso de su corazón que se impresionó fuertemente con sus atenciones; creyendo estar enamorada consintió en fugarse. Era solo una niña. No tenía entonces más que trece años, lo cual le sirve de excusa. Después de haber confesado su imprudencia, tengo la satisfacción de añadir que supimos de aquel proyecto por ella misma. Zeke y yo fuimos a Ramsgate y los sorprendimos un día o dos antes de la planeada fuga, y entonces Isabel, después de escuchar a nuestro hermano mayor sobre su experiencia con el señor Smith, e incapaz de afligirnos y de ofendernos, creo que un poco más a mí, a quien casi quiere como a un padre, nos lo contó todo. Puede usted imaginar cómo nos sentimos y cómo actuamos. Por consideración al honor y a los sentimientos de nuestra hermanita, no dimo un escándalo público, pero tomamos medidas físicas contra el señor Smith, quien posterior a esto se marchó inmediatamente. La señora Hill, como es natural, fue despedida en el acto. El principal objetivo del señor Smith era, indudablemente, la fortuna de mi hermana, que asciende a treinta mil libras, pero no puedo dejar de sospechar que su deseo de vengarse de mí y de mi hermano entraba también en su propósito.

Ésta es, joven, la fiel narración de lo ocurrido entre él y yo; y si no la rechaza usted como absolutamente falsa, espero que en adelante me retire la acusación de haberme portado cruelmente con el señor Smith. No sé de qué modo ni con qué falsedad lo habrá embaucado; pero no hay que extrañarse de que lo haya conseguido, pues ignoraba usted todas estas cuestiones. Le era imposible averiguarlas y no se sentía inclinada a sospecharlas. Puede que se pregunte por qué no se lo conté todo anoche, pero entonces no era dueño de mí mismo y no sabía qué podía o debía revelarle. Sobre la verdad de todo lo que le he narrado puedo apelar al testimonio de mi hermano, sin embargo, me temo que lo avergonzaría y reabriría una herida demasiado dolorosa. Más es mi único testigo y confidente. Por lo que le pido que lo haga tan solo si el odio que le inspiro invalidase mis aseveraciones; y para que ello sea posible, intentaré encontrar la oportunidad de hacer llegar a sus manos esta carta, en la misma mañana de hoy. Sólo me que añadir: Que Dios la bendiga.»*

Había algo que Levi tenía que reconocerle al señor Jeager, y esa era su constancia y manera de dejarlo descolocado. Porque así era como se sintió al terminar de leer aquella primera misiva. No pudo definir los sentimientos que lo embargaron en ese momento. Lo más cercano era una mezcla de prejuicio e ira añeja, incredulidad y desazón.

Jeager había sido tan incisivo en la cuestión relacionada a su amigo y Mikasa, sin mostrar arrepentimiento aunque pidiendo disculpas por si acaso, pero al llegar a la parte de Smith, no podía sentirse más que devastado, pues lo que sucedido con Marie no hacía sino que respaldar tales aseveraciones.

—Mi madre tenía razón—murmuró para sí mismo con un sollozo atorado en la garganta —. Todo es mi culpa. Mía y de nadie más —se dijo, recordando el primer encuentro que había tenido con Smith, su conversación y el desarrollo de su relación. Sus buenos modales y tratos ocultaron las cosas que estaban allí desde el primer instante. La indignidad del alfa y su impropiedad. Pues qué clase de hombre honorable y con la más mínima delicadeza en ser se expondría tan íntima a un extraño, y más para hundir la reputación de otro sin el menor escrúpulo. Porque si bien solo a él le contó su supuesta desgracia en las primeras semanas de su llegada, tras se marcharan los habitantes de Netherfield Park, Smith hizo correr tal historia de boca en boca.

Y él que lo había estimado solo porque era el primero que incentivar su ego. Había caído en la trampa de las pretensiones de su supuesta perspicacia y buen juicio.

—Estúpido de mí —se pateó internamente —. De qué modo tan despreciado he obrado —murmuró, sintiéndose lleno de vergüenza por haber sido parcial, absurdo, ciego y lleno de prejuicios durante tanto tiempo.

No quería leer la segunda carta, pero al cabo de un minuto de pasearse, se dijo que tenía, que se lo debía a Jeager después de su trato hacia él. El hombre que lo amaba y que había herido por su ignorancia insensata. Se sentó en la cama y con las manos un poco temblorosas la abrió. Era solo un pliego, y un poco menos de la mitad estaba escrito. Era muy diferente a la primera, los trazos más sueltos y legibles de una manera elegante. Esta debía ser la letra usual del señor Jeager, pensó.

«Joven Ackerman,

Para el momento de lectura de esta carta, ya le habré dicho de las condiciones de nuestro matrimonio. Las reitero en esta carta: No espero de usted nada más allá que el respeto al estado en que nos vemos involucrados, por el tiempo que dure. Entenderé su resentimiento y ganas de ventilarlo, pero le ruego no lo haga más que conmigo el día de la separación. La cual le haré saber con anticipación. Aunque en el fondo espero que llegado el momento, el tiempo nos haya ayudado a ambos a disipar nuestros sentires. Su odio y mi amor. No desearía que en el futuro al encontrarnos por circunstancias fortuitas se mantengan y sea un trago amargo o una herida abierta a sobreponer, sino como un aprendizaje. Una parte en el crecimiento de la vida.

Sé que es probable que mis razones para llegar a este punto le parezcan aborrecibles y egoístas, pero debe saber que son movidos únicamente por mi deseo de su tranquilidad y la necesidad saberme hechor de ello. Le parecerá esto incongruente, pero es lo que siento.

El amor nos vuelve irracionales, tontos y ciegos. Nos reducimos a la persona acreedora de nuestro afecto. Disculpe, siento si mis palabras puedan interpretarse ofensivas a su sentir.

Así que me detendré. No quiero afectarle más.

Le deseo felicidad y salud.»

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y cayó sobre el papel, manchando la firma y difuminando la tinta.

—Al menos entre todo mi daño, hice un bien al rechazar sus sentimientos ¿no es así, señor Jeager? —hipó y se cubrió la cara con las manos, dejando que el llanto brotara. Todo lo escrito por Jeager era doloroso, pero sus palabras suaves y gentiles le causaban más tormento. Pues lo que dijo de sus padres y Marie eran justos, que incluso él y Mikasa se abochornaban por su comportamiento. De Mikasa aunque le causaba también ira, no podía quitarle el crédito, que como cualquier otro habría visto, los sentimientos de su hermana, aunque fervientes, habían sido poco exteriorizados; y la constante complacencia en su aire y maneras se podrían interpretar como insensibles.

Su dulce Mikasa, que gran tristeza para ella al haberse quedado privada de una posición tan deseable en todos los sentidos, tan llena de ventajas y tan prometedora en dichas, por la timidez y la insensatez y falta de decoro de su propia familia.

Era este quizás el golpe más fuerte a su consciencia por sus actos cometidos. Porque en su caso, su desdicha la había labrado solo.

La tarde ya había caído cuando los ruidos en la planta baja lo alertaron del regreso de su familia. Para entonces ya se había cambiado y leído las cartas de Jeager un par de veces cada una. Quería encontrar un equilibrio en sus sentimientos y poder excusarse un poco así mismo, pero estaba encerrado en una espiral. Cuando Mikasa entró a la habitación seguida de su madre, Levi escondió con rapidez las cartas dentro de su camisa, junto al separador que había puesto allí desde su cambio.

—Levi —corrió Mikasa a su hermano, intentando decirle algo pero su madre en dos grandes zancadas la alcanzó y la aparto de su camino, yéndose sobre Levi, a quien agarró de los brazos y lo empezó a sacudir.

—¡Estás aquí, Levi! ¡¿Es entonces, cierto?! ¡¿Por eso te quedarás aquí en vez de irte con él?!—gritoneó la señora Ackerman.

—¿De qué estás hablando? —preguntó desconcertado Levi —. No entiendo —sus ojos fueron a su hermana que le veía con el rostro descompuesto.

—Lo escuché de Lady Zoe, cuando lo estaba cuchicheando con la señora Zacharius. Esas perras desgraciadas —gruñó entre dientes su madre —. Dijo que su hija le había escrito que esta boda estaba vista, que solo sorprendió el hecho de que fuera tan rápida, pero que se entendía. Que le hablaba de lo bonito que le parecía que su predicción se cumpliera. Solo que Lady Zoe no lo cree así, para ella, y lo dijo muy segura, es que lo que suceda es que estés preñado de ese hombre. Producto de una aventura que tuvisteis con él en Rosings. Que él está haciendo esto para cubrir el desliz, porque un señor como él jamás se metería en semejante atolladero por alguien como tú sino fuera por algo así.

—¿Qué? —Levi no podía caber en la sorpresa.

—¿Cómo que qué? ¿Es o no cierto? Si lo es ¿cómo es que nos estás haciendo esto con nosotros? Hundiéndonos más en la burla de todo el mundo. Nunca he tenido muchas esperanzas contigo, me has decepcionado en cada oportunidad que has tenido ¿pero esto? Comportarte como una ramera arribista.

—Madre —jadeo Mikasa, sintiendo como perdía el color igual que su hermano frente a ella. La situación estaba tan tensa que presentía que terminaría muy mal.

En ese momento entró el señor Ackerman pero Levi no prestó atención a su presencia, tomando una bocanada de aire le respondió a su madre con voz serena a la vez que se sacaba sus manos de encima.

—Suficiente madre. Ha sido suficiente. No tengo que responder a ninguna de tus acusaciones. Primero porque no son ciertas, y segundo porque ahora soy un hombre casado y ya no tienes ningún derecho o reclamo sobre mí ni mi actuar. Así que no te voy a permitir que continúes repitiendo palabras para humillarme a mí y a mi marido que, no ha sido más que generoso y honorable. Al que agradezco que haya atendido mis palabras de disponer nuestro matrimonio a través de mi tío y no venir aquí y soportar tus palabras o tus arranques sin sentido. Y te pido por favor te retires ya de mi habitación antes que yo lo haga por ti.

—Mocoso malagradecido. A parte de que desprecias mi preocupación me tratas como si no fuera tu madre. Si es cierta tu versión ¿Por qué Jeager no está aquí, eh? Ningún recién casado hace eso.

—¿No estabas tú diciendo que dichosa de ti por tener un hijo casado con un hombre importante? Ahí lo tienes, los hombres tan importantes tienen que atender sus cosas para tener el dinero que los hace tal. Me explicó que tenía que atender un negocio urgente, y yo accedí a que lo hiciera porque también quería despedirme de ustedes de una mejor manera, madre sin corazón —y haciéndole un gesto con la mano ofreciéndole la puerta la despidió pero al ver que ella se quedaba de pie con el rostro rojo de la furia y las manos empuñadas, volvió a hablar —. Padre, por favor sácala de aquí. Hoy es un día para mi felicidad y no quiero seguirlo arruinando.

El señor Ackerman le lanzó una mirada de disculpa y tomando el brazo de su mujer se retiró junto con ella.

No fue hasta que se quedó solo con Mikasa que liberó el aire que estaba reteniendo en sus pulmones, tabaleándose un poco retrocedió hasta encontrar una silla y sentarse. Mikasa le siguió y sentándose a sus pies le tomó de las manos.

—¿Por qué no le dijiste la verdad?

—Porque ella lo odiaría más de lo que ya lo hace.

—¿Algo así como lo mismo que tú?

—Yo no lo odio. Creí hacerlo pero...

—¿Pero qué?

Levi resopló un poco, pensó por un momento darles las cartas y que las leyese, pero retrocedió al recordar la parte que la incluía. No, se dijo, sufriré yo pero no ella. Por lo que se puso a contarle la mayor parte del contenido, lo de Zeke en sí principalmente, de su tiempo en Rosings, aunque omitió lo de la primera declaración del señor Jeager, y le dijo lo que este le había dicho unas horas atrás. Mikasa escuchó todo sin interrumpirle con la expresión cada vez más incrédula.

—Por Dios, ¿y nuestra hermana estará casada con ese mounstro? Deberíamos impedirlo.

—Sabes que sería peor, ya está desprestigiada, si vuelve a casa sin casarse, tú...

—Lo sé —le interrumpió Mikasa, apretando más su mano —. Pero al menos deberíamos decírselo a ella, enviarle una carta. Que sepa con qué clase de hombre se está uniendo.

—Y nos tildará de mentirosos. Ya sabes cómo es ella, cuando está encaprichada no hay fuerza en la tierra que la saque de allí. Solo recuerda la nota que le dejo a la señora Zacharius. Es una necia y tonta.

—Oh Levi, esto es tan difícil.

—Lo sé —le dijo Levi dándole una sonrisa comprensiva, y después se quedaron en silencio durante varios minutos, hasta que Mikasa volvió a hablar.

—¿Y qué harás cuando se note que el señor Jeager no volverá? ¿O cuando te divorcies de él?

—No lo sé. Yo...

—Hermanito —dijo Mikasa levantándose de donde estaba y acunando el rostro de su hermano con sus manos al ver como unas lágrimas resbalaban por sus mejillas sin que él se diera cuenta —. No llores, por favor, mi corazón se rompe al ver tus lágrimas —le arrulló mientras limpiaba las lágrimas con dulzura.

—Es que no puedo dejar de pensar que me he buscado todo esto.

—No eres culpable de nada, Levi. Ni de lo de Marie ni de lo del señor Jeager. Y no permitiré que lo pienses un minuto más.

—Mikasa —sollozó él, poniendo sus manos sobre los de ella.

—Que no pese nada en tu corazón, hermanito. Piensa esto, con Marie el tío ya ha arreglado todo, y con el tiempo aprenderá la lección, o quien sabe, tal vez sea lo que ambos necesitaban y sean muy dichosos. Y en cuanto al señor Jeager, el pesar se te pasará, pues no hay desamor que sufrir —terminó ella, pero que su hermano empezará a llorar a lagrima viva no se lo esperó —.Levi, Levi ¿Qué te pasa? ¿Qué dije? ¿Qué pasa, hermanito? —pero su hermano no respondió siguió llorando. Ella le vio sin entender, repasando en su cabeza lo que había dicho —. Cielos benditos —dijo cuando creyó encontrar el motivo —. "De sentir esa pasión pura y elevada del amor, detestarías y le desearías los peores males a la persona que fuera dueña de él" eso fue lo que me dijiste al preguntarte si estabas enamorado de Smith. Le tenías consideración y lo tratabas bien, pero no al señor Jeager, le tenías una tirria tan terca y no te lo sacabas de la boca sino era para insultarlo. Que tonta de mí al no ver.

—¿Qué? —hipó Levi viendo entre rendijas de sus pestañas húmedas con los ojos enrojecidos.

—Estás enamorado del señor Jeager. Por eso estás tan afectado por el curso de todo esto.

—¡No! —Soltó en un gritillo, liberándose de su hermana y yéndose a refugiar al rincón cerca de la ventana —. No, no es así.

—Basta, Levi —le cortó su hermana con voz firme —. No te mientas más a ti mismo, solo estás lastimando.

—Es que no lo hago. Solo no sé lo que siento. Estoy tan confundido.

—Lo sé, te entiendo. Es lo que yo sentí con el señor Kirschtein —dijo a la vez iba a su hermano y lo estrechaba entre sus brazos —. Podemos escribirle sabes, él seguro volverá y lo de ustedes se resolverá.

—No puedo. No después de todo lo que le dije —y él estaba pensando del día en Hunsford cuando dijo eso, y sus palabras que repetían un odio visceral y venenoso.

—Si le explicas lo entenderá.

—Lo va a malentender. No puedo, no puedo —lloró con más fuerza y su hermana lo abrazó, arrullándolo con caricias en la espalda.

—Hermanito ¿por qué eres tan terco? —pero su hermano ya no respondió, y ella no insistió, conocía muy bien a su hermano y sabía que solo si aceptaba por él mismos sus sentimientos y sus faltas las podía enfrentar. De otra manera simplemente se escondía en su caparazón de indiferencia dejando pasar las cosas.

Afuera un relámpago surcó el cielo y después de su trueno un torrencial aguacero comenzó a caer. La humedad de la tierra se filtró por la ventana. En los brazos de Mikasa, Levi solo pudo pensar en Jeager y su olor a tormenta y madre selva. En su interior su omega sollozó tanto como él, anhelando al alfa.


...

Notas finales:

*Parte extraída casi textual del libro.

Sé que en la novela se da entender que Elizabeth si tuvo a Wickham como un pretendiente, y que el amor a Darcy le nació gradualmente y no como con el otro. Pero yo no puedo hacer eso con mi OTP, además amo mucho los clichés. Aquí se cumplió uno.

Bueno, las cartas están sobre la mesa. ¿Qué me dicen? ¿Les gusta como va el asunto? ¿O lo he decepcionado?

Nos leemos en el próximo capítulo:

De sin sabores y esperas.