* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.
Hola a todas las personas que están leyendo este spin off de "Las notas de mi corazón", les agradezco mucho por estar leyendo esta historia n.n Tal como en la historia de donde se deriva este fanfic tenemos algunas canciones que les recomiendo busquen y escuchen en YouTube para un mejor ambiente de lectura y puedan entender mucho mejor los sucesos narrados en cuestión. En este capítulo la canción que encuentran en YouTube es la siguiente:
[1] 23 Hello Sleepwalkers sub español
Capítulo 9
Manos cálidas
Me gustaría poder decir que después de mudarme con la familia Hisashi a un nuevo complejo de departamentos, todas mis heridas, tanto físicas como emocionales sanaron mágicamente, pero no, esto por desgracia no fue así. Aún tenía un largo camino por recorrer para que esto fuera posible.
La última vez que vi a mi madre... es decir, a Emiko, fue en los juicios a los que tuve que asistir para atestiguar en su contra. Fue realmente un proceso complicado y tortuoso, estoy seguro que de no haber sido por los ánimos y la compañía de Saburota y su madre, nunca me hubiera atrevido a hacerlo.
Fue doloroso revivir todos esos espantosos recuerdos al tener que decírselos al juez, tener que enfrentar nuevamente las miradas llenas de odio, rencor y rabia de la mujer que me trajo al mundo, porque... realmente ella solo era eso. Solo fue el medio para comenzar a existir, porque sin duda mi madre nunca lo había sido.
Tras un proceso complicado que duró poco más de un mes, Emiko fue condenada a treinta años en prisión. Saburota no dejaba de decir que se merecía cadena perpetua, pero sus crímenes no se consideraban de tal índole a los ojos de la ley.
Por el contrario, el hombre al cual me hubiera dado un tremendo gusto saber que se pudriría en prisión logró huir, salió prófugo. No sabemos cómo fue que Emiko se las arregló para darle aviso, ella le dijo a Ichiro todo lo que había pasado y que lo más probable era que irían por él.
Ese hijo de puta era ya un experto en huir de la ley, siendo un yakuza no se podía esperar menos de él. Tras el encarcelamiento de Emiko fue como si la tierra se lo hubiera tragado, Ichiro jamás volvió a ser visto por el vecindario, tal vez ni siquiera por Japón.
Confieso que a veces me da un poco de miedo el imaginar que ese malnacido pueda volver a aparecer frente a mí para lastimarme de nuevo, pero son pensamientos que trato de hacer un lado pues sé que no son buenos para mí, ahora lo sé.
También siento rabia al imaginar que pueda hacer el mismo daño que me hizo a mí a otras personas indefensas. Secretamente (algo que nunca me atreveré a decirle a nadie), de vez en cuando levanto una plegaria al cielo para que algún día, Ichiro reciba el castigo que se merece.
— Shiranui-kun... ¿quieres decirme porque te estás lastimando? ¿por qué estás cortando tus brazos?
Me preguntó la Dra. Ayane con su voz siempre tan suave y amable. En un auto reflejo, tomé las mangas largas de mi camisa y las jalé hacia abajo en un vano intento por ocultar mis heridas. Aunque para entonces ya era tarde ¿qué caso tenía hacerlo si ya lo sabía?
— ¿Cómo es que sabes de eso? —Le pregunté con una voz baja y apagada.
— Eso no es importante ahora. —Continuó quitándose sus lentes y limpiándolos con cuidado con un pequeño trozo de tela—. Lo importante ahora es saber cómo te sientes... ¿quieres que hablemos de eso?
Apreté los labios, volteé mi rostro y me crucé de brazos. Mi vista recorrió tímidamente la habitación en donde estábamos. Era el estudio de la psicóloga Ayane Ishikawa. Tenía ya casi dos meses desde que había comenzado a ir a terapia con ella para que me ayudara a sobrellevar la situación tan complicada por la que había pasado.
La trabajadora social tenía un programa de ayuda a víctimas de violación. A pesar de que encarcelaron a mi madre, y ese asunto se podía dar por terminado, ella personalmente siempre decidía no cerrar esos casos hasta asegurarse que las víctimas tuvieran estabilidad y paz mental. Había que admitir que era una mujer muy comprometida con su trabajo, sin duda amaba su vocación.
Ese programa gratuito de ayuda incluía las terapias, sesiones que se extendían hasta que la psicóloga consideraba que su paciente había sido capaz de dejar todas sus traumas y dolor atrás, cuando ella consideraba que, dentro de todo, se podría llevar una vida lo más normal posible.
Sabía que debía responder, esto era por mi propio bien, aun así, por más que lo intentaba el nudo en mi garganta no se iba, eso me impedía formar siquiera una palabra coherente y que esta saliera de mis labios.
Por otro lado ¿Quién sabía que me cortaba? Tal vez fui descuidado y la Sra. Haruhi o Saburota me vieron hacerlo alguna vez ¿o acaso habían encontrado el cutter que tenía escondido en mi habitación?
Alguno de los dos debió decirle a la doctora, no había duda de eso ¿o acaso fui imprudente y en alguna ocasión ella vio las heridas en mis brazos? Esas y muchas preguntas más revoloteaban por mi cabeza hasta que la Dra. Ayane volvió a hablarme:
— O tal vez ¿quieres que sigamos hablando de tu vida diaria? Recuerda que aquí no hay respuestas equivocadas... Dime ¿Cómo te sientes ahora que ya eres estudiante de preparatoria? Me dijiste la sesión pasada que habías comenzado tus clases en la preparatoria Kaga ¿verdad?
— Creo que me lo merezco...—Respondí la primera pregunta, con una voz áspera y baja—Cortarme me hace sentir vivo, y me hace sentir que estoy pagando lo que merezco. Creo que yo merezco este dolor.
La doctora no me contestó de inmediato. El sonido de las manecillas del reloj que estaba colgado en una de las paredes fue el único sonido que mis oídos pudieron percibir por unos cuantos minutos. Aun incomodo por este pesado silencio, observé por el rabillo del ojo como la doctora me dedicaba una mirada comprensiva y compasiva.
— ¿Por qué crees que te mereces un castigo?
— T-tal vez, yo...—Callé por algunos segundos incapaz de continuar. Hice aplomo y proseguí con voz quebrada, aunque no quise, mis ojos humedecieron—Tal vez yo incité a Ichiro para que lo hiciera. Yo... yo nunca debí aceptar sus regalos... ¿Y si lo hice sin darme cuenta? ¿Y si lo hice solo para hacer sufrir a Emiko?
Cada sesión era emocionalmente agotadora, era como sentir que una nueva barrera aparecía frente a mí, aun así, con cada nueva sesión terminada poco a poco se iban agrietando. Algún día esas barreras terminarían por romperse por completo y sería libre, eran palabras que la Dra. Ayane nunca dejaba de decirme a forma de darme ánimos.
— Shiranui-kun, me habías dicho que te gustaba la música ¿verdad?
Me preguntó la doctora mientras me colgaba la mochila al hombro pues la sesión ya había terminado. Un tanto extrañado de este comentario volteé a verla, le hice una leve afirmación con la cabeza. Ella me mostró una aún más dulce sonrisa al continuar:
— Es muy recomendable que continúes con aquellas actividades que te apasionan... ¿sigues tocando el bajo?
— No...—Confesé bajando la vista con pesar—Tengo guardado el bajo que él me regaló, no quiero volver a verlo. Pero tampoco quiero tirarlo, después de todo el bajo no tiene la culpa.
La Dra. Ayane se mostró un tanto sorprendida tras escucharme, cuando me respondió su semblante se relajó, me dedicó una tierna mirada:
— Si, tienes razón. No te preocupes, recuérdalo, es ir dando pequeños pasos sin dejar de avanzar. Seguramente algún día sabrás que uso darle a ese bajo. También me contaste que querías intentar escribir canciones ¿lo has hecho?
— No... Creo que si lo intento, solo sería capaz de escribir cosas horribles y sin sentido. —Intenté hablar con un tono duro, pero más bien fue con uno de derrota.
— Nunca lo sabrás si no lo intentas.
Me alentó la doctora sin dejar de sonreír. Antes de poder opinar lo contrario, ella me dio la espalda para acercarse a un librero que estaba en su estudio. Pareció buscar un libro, tras encontrarlo se acercó de nuevo y me lo tendió.
— ¿Recuerdas que lo hablamos hace unas sesiones? Te hará bien darte pequeñas tareas para mantener tu mente ocupada. Esta es tu primera tarea, leer este libro.
Tomé el libro y lo observé con interés: Hojas de hierba de Walt Withman.
— Este es un libro de poemas, que asco.
Dije con desinterés, entrecerrando mis ojos y haciendo una mueca de desagrado. La doctora rio en voz baja ante mi reacción para empujar más el libro contra mi pecho, me respondió con cierto aire misterioso:
— Solo intenta leerlo. Tal vez te termine gustando y quien sabe, probablemente y hasta pueda darte algo de inspiración para que comiences a escribir tus propias canciones.
— ¡Shiranui, por favor, deja ya de hacer eso!
Me gritó Saburota con una voz inundada en frustración y desesperación. Antes de poder reaccionar ya me había quitado el cutter de la mano y lo había lanzado por los aires. El filoso objeto se estrelló en una de las paredes de mi pequeña habitación, manchándola un poco con mi sangre.
Nuestras miradas se enfrentaron en un pesado e incómodo silencio. Saburota respiraba con cierta agitación tras la acción realizada, por mi parte me mordí los labios suprimiendo mis lágrimas y mi dolor. Finalmente, mi amigo dejó escapar un pesado suspiro mientras agitaba la cabeza de lado a lado.
Lo vi salir de la habitación y dirigirse al baño, no fui capaz de moverme de mi lugar a causa de la vergüenza que me ocasionó que me descubriera autolesionándome. Segundos después para mi sorpresa, volvió a entrar en mi habitación cargando un pequeño botiquín de primeros auxilios en sus manos.
Abrí mi boca, pero ningún sonido logró salir de mi garganta. Aun en silencio Saburota tomó mi brazo con fuerza de manera que no pudiera zafarme de su agarre. Mojó un pequeño algodón con alcohol y comenzó a aplicarlo en la cortada que acababa de hacerme. Me fue imposible no dejar escapar una exclamación de dolor, Saburota simplemente frunció sus cejas y me dedicó una mirada de reproche.
— No tenías por qué entrar en mi habitación sin avisarme. —Le dije con rudeza, mientras él comenzaba a vendar mi brazo.
— Y qué bueno que lo hice, así pude evitar que siguieras haciendo esta tontería. —Respondió indignado.
— ¡No tienes ningún derecho a invadir mi privacidad!
— ¡Pues a partir de ahora lo haré para evitar que te sigas haciendo daño!
De nueva cuenta nos observamos con recelo. Yo fui el primero en romper el contacto visual, desvié mi rostro soltando un bufido de descontento. Saburota continuó con una voz baja y plana:
— La Dra. Ayane dijo que nos mantuviéramos al margen de esto, pero yo ya no puedo más, es desesperante.
— ¿Ah sí? —Lo interrumpí sin poder evitar que mi voz sonara herida—Bueno, pues perdóname por ser tan desesperante, Sabuidiota.
— ¡No me refiero a ti! —Alzó su voz, le temblaba con frustración—¡Es desesperante no poder ayudarte a superar tu dolor! Me siento como un idiota y un inútil que no es capaz de ayudar a su mejor amigo ahora que más lo necesita.
Un escalofrío recorrió mi espalda tras escuchar sus palabras tan adoloridas. No fui capaz de responder nada, Saburota dejó sus desesperados orbes color miel clavados en mi conmocionado rostro, mi corazón latió a toda prisa al saberme observado por él de esa manera.
Después bajó la vista con gesto pensativo, mientras que yo no era capaz de dejar de mirarlo. Así fue hasta que finalmente volvió a hablar, cambiando a una actitud llena de seguridad y alegría:
—¡Ya lo sé!
Se acercó a mí, me sentí perder el aliento cuando tomó con sumo cuidado mi mano derecha y entrelazó sus dedos con los míos.
— P-pero... ¿Qué mierda estás haciendo? —Pregunté sintiendo mis orejas calientes.
— Si tienes tus manos ocupadas en otra cosa, entonces no podrás volver a hacerte daño. —Me explicó mostrando una de esas radiantes sonrisas suyas que aceleraban mi pulso—. A partir de este día, tomaré tu mano para evitar que lo hagas. Shiranui, por favor, toma mi mano cada vez que sientas deseos de lastimarte. Oh, tu mano tiembla y suda justo ahora ¿por qué?
— Es por qué haces esas cosas tan raras de repente. Deja de ser tan extraño, idiota.
Soltó una fuerte carcajada apenas escuchó lo que le dije. Carcajadas altas y hermosas que se colaban hasta lo más profundo de mi corazón; lo que hacía que, sin darme cuenta, poco a poco fueran sanando mis heridas sangrantes.
Más que miles de acordes, más que todas las notas que yo pueda llegar a escribir o tocar a lo largo de toda mi vida, no hay sonido que me guste escuchar más que las estruendosas carcajadas de Saburota.
— Ni yo ni otro ninguno puede recorrer este camino en tu lugar. Tú, sólo tú, debes recorrerlo, no es largo, está a tu alcance. Quizá, sin percatarte, te hayas en él desde que naciste; quizá está en todas partes, en el mar y en la tierra.
Declamé ese poema en voz alta, mientras sentía el calor de la mano de Saburota invadir cada rincón de mi cuerpo ¿Cómo era posible experimentar tales hermosas sensaciones solo por tener nuestras manos sujetas?
Un simple tacto de su piel contra la mía, en un acto tan común como un apretón de manos tranquilizaba mi corazón, y remendaba con cada segundo que pasaba las profundas heridas en mi alma.
Desde ese día que Saburota me descubrió autolesionándome cumplió su promesa, él siempre sostenía mi mano con fuerza para evitar que siguiera haciéndome daño.
Al notar su preocupación hacia mi condición, decidí que me esforzaría al máximo en mis terapias para intentar recuperar mi vida. Fue por esta razón que comencé a cumplir las tareas de la Dra. Ayane al pie de la letra.
Continué con la lectura de poemas y novelas que ella me prestaba. De vez en cuando, cuando me volvía a sentir triste, me acercaba a Saburota y le pedía que me acompañara a leer. Aceptaba de inmediato, y cuando menos me daba cuenta, tomaba mi mano. A veces leía en silencio mientras él hacía otra cosa, en otras ocasiones le leía en voz alta.
Todo esto ocasionó que mi gusto hacia la literatura y los poemas creciera, al punto en que de un momento a otro comencé a comprar libros para mí, incrementando de esa manera mi léxico y mis habilidades para los versos.
Con todo ese esfuerzo, cuando estábamos a la mitad del ciclo escolar de primer año de preparatoria, fui dado de alta de mis terapias cuando por fin los deseos por seguirme lastimando me abandonaron.
Por supuesto las sesiones con la Dra. Ayane me ayudaron mucho, sin embargo, estoy seguro que de no haber sido por Saburota, nada de eso hubiera sido posible.
El tomarnos de la mano se había convertido en algo tan natural para nosotros, que a pesar de mi alta lo seguimos haciendo.
Hoy en día, a nuestros diecinueve años, a veces todavía lo hacemos cuando estamos a solas ¿Qué significa que nos tomemos de la mano? Somos amigos desde que somos unos niños ¿pero es normal para dos amigos el hacer eso?
Son preguntas que en más de una ocasión he querido hacerle a Saburota, sin embargo, mi cobardía no me lo permite. Pienso que, si lo hago, él dejará de tomar mi mano. No quiero que lo haga, quiero que Saburota siga haciéndolo. No estoy dispuesto a abandonar la calidez que su mano me brinda.
Con mis ánimos renovados, y habiendo recuperado mis deseos por continuar mi vida de la mejor manera posible, decidí enfocarme en cumplir mi sueño... Es decir, el sueño que Saburota y yo teníamos: hacer nuestra propia música y compartirla con todas las personas posibles.
Volvimos a visitar nuestra tienda de música favorita "Si Bemol" para continuar mejorando nuestras habilidades musicales. Aproveché para tomar ese bajo que tan malos recuerdos me traía y vendérselo al Sr. Yamaguchi.
Ya que prácticamente estaba nuevo logré venderlo a un muy buen precio, con el dinero que obtuve decidí comprarme uno nuevo. Esa vez opté por comprar un hermoso bajo de la marca Yamaha de un color rojo metálico, un diseño muy sencillo pero que me enamoró a primera vista.
Es el bajo que a fecha de hoy sigo tocando con toda la pasión del mundo, un eterno recordatorio de que no importa que tan difícil pueda ser a veces, debo continuar luchando por vivir y cumplir mi sueño.
Después de un tiempo de regresar a nuestras acostumbradas visitas, conocimos a Iori y Yusuke, dos excelentes músicos universitarios con los cuales congeniamos de inmediato.
Iori era un asombroso bajista, mientras que Yusuke tenía unas buenas habilidades con la guitarra. Tras varias semanas de halagarnos mutuamente, finalmente tomamos la decisión de intentar tocar juntos en una sala de ensayos para ver que tal sonábamos.
Tal vez fue el destino, o puede que incluso la vida decidió premiarme con un poco de alegría y buena suerte tras haber superado esa difícil prueba, pero la tercera vez que decidimos ir a una sala de ensayo a tocar por diversión y amor a la música lo conocimos a él: Hyogo Nakamura.
Recuerdo muy bien que ese día estábamos tocando Paranoid de Black Sabbath. Permaneció un buen rato observándonos desde fuera de la sala. Ya que estaba concentrado en tocar el bajo y cantar, solo pude mirarlo de reojo de cuando en cuando. Me pareció extraño notar que parecía analizar lo que escuchaba con sumo interés, sus ojos estaban abiertos de par en par con expectación.
Apenas terminó la canción él ya había entrado con pasos apresurados a la sala en donde estábamos. Lo observamos con cierta extrañeza. Cuando apenas estaba abriendo la boca para preguntarle que quería, él me ganó la palabra, dirigiéndose a nosotros con una voz alta y entusiasmada:
— ¡Su sonido en verdad es asombroso! ¡Deben tocar en mi rock bar!
Después de esas singulares palabras no nos quedó otro remedio que salir de la sala de ensayos, y dirigirnos a un restaurante cercano para poder hablar mejor con él.
Hyogo comenzó a contarnos que él era un amante del buen rock, y que apenas el año pasado había abierto su propio bar con temática de rock en donde dejaba presentarse a diversas bandas que amaran tocar, y buscaran hacer que su sonido fuera reconocido en la escena independiente de Japón.
Eso en verdad nos dejó asombrados a Saburota y a mí. Éramos unos inexpertos muchachos de dieciséis años en ese entonces, los cuales apenas comenzaban a adentrarse en el mundo de las bandas de rock independientes.
Que Hyogo, siendo tan solo un muchacho de diecinueve años, ya contara con su propio negocio y que este fuera ni más ni menos que un rock bar en donde se presentaban bandas en vivo los fines de semana, nos resultó admirable y abrumador.
Hyogo nos continuó relatando que su bar apenas comenzaba a ser reconocido en esa escena competitiva del mundo del rock independiente japonés, pero ya que él quería ayudar a las bandas amateurs a ganarse un nombre, se encontraba recorriendo diferentes salas de ensayo en la búsqueda de bandas cuyo sonido fuera increíble y prometedor. Nos sonrojamos cuando nos dijo que nosotros teníamos el talento de sobra para atraer a un gran público con nuestro sonido.
—La cuestión aquí es—comenzó a explicar Iori, rascando su nuca con cierta timidez—, que nosotros no somos una banda como tal.
— Así es—agregó Yusuke con una pequeña sonrisa—, tenemos apenas unas semanas juntándonos a tocar en salas de ensayo solo por diversión. La prueba más clara de eso es que, como puedes ver, solo tocamos covers.
—Bueno, tal vez esta es una señal del destino ¿no lo creen? —Opinó Hyogo con una socarrona sonrisa de oreja a oreja.
—¿A qué te refieres con eso? —Pregunté impaciente, observándolo con una inmensa atención.
— Que ustedes deben formar una banda, y presentarse a tocar en mi bar "Loud House" un día de estos.
El risueño joven se levantó de su asiento, dejó una tarjeta de presentación en la mesa frente a nosotros junto con el dinero para pagar la cuenta del restaurante. Acto seguido, tras mostrarnos una última y segura sonrisa, se dio la vuelta y comenzó a avanzar mientras nos decía:
—Lo siento, debo irme ya pues aún tengo muchas cosas que hacer. Mi número de contacto está en esa tarjeta, piénselo bien, y si se deciden a formar su banda y tocar en mi negocio, solo denme una llamada. Estaré más que gustoso a dejar que su debut sea en "Loud House".
Por supuesto hubiéramos sido unos idiotas si desaprovechábamos esa gran oportunidad. No se debe ser un genio para suponer lo que pasó después de eso ¿cierto? Final Line nació justo un día después de ese afortunado encuentro con Hyogo Nakamura.
—Todos a la vez con todo, me gustaría lanzarlo lejos y ser como la noche. En el tren, lo oí agitar, ese sonido nostálgico...
Comencé a cantar en voz baja y tocar las notas en el bajo, tomé la partitura y escribí rápidamente las notas y las palabras en ella, haciendo rayones en las palabras que había decidido desechar.
—Hey Shirachibi, aquí estás...
Apenas escuché la alegre voz de Saburota y sus pasos entrando en mi habitación mi corazón dio un vuelco. Su mano encontró mi cabeza y comenzó a acariciarla revolviendo mis cabellos, mi pulso se aceleró apenas capté este tacto.
—Otra vez con lo mismo. —Me quejé en voz baja, mientras levantaba la vista y le dedicaba una mirada de reproche—. Desde hace unas semanas para acá me empezaste a decir así ¿quieres dejar de hacerlo?
—No es mi culpa que hayas dejado de crecer y te quedaras con esa corta estatura. —Se explicó con una sonrisa burlona, sin dejar de acariciar mi cabeza.
—¿No se supone que el ser humano deja de crecer hasta los veinte años? —Reflexioné con rudeza mientras alejaba su mano de mi cabeza dándole un codazo—Eso quiere decir que aún me quedan cuatro años para crecer más. Tal vez y hasta logre ser más alto que tú.
—Sigue soñando. —Continuó mostrándome una mueca burlona, decidió sentarse enfrente de mí—. Pero ¿Qué más da tu baja estatura si tienes esas habilidades tan sorprendentes para cantar y tocar el bajo? Tu falta de altura se ve compensada con tus habilidades musicales.
—Y tu falta de tacto se ve compensada con tu don de palabra, Señor "me las arreglo para convencer a las personas de que nos dejen presentarnos en eventos de música al aire libre".
Ambos reímos ante esa acostumbrada rutina de molestarnos e insultarnos por diversión. Me vi obligado a bajar el rostro para que Saburota no se percatara de la dulce sonrisa que se formaba por si sola en mis labios, era imposible no sonreír de esa manera siempre que estaba a solas con él.
Luchaba por seguir ocultándole esa faceta tan dulce y débil de mí, cuando me percaté de que este tomaba la partitura que estaba en la mesa y la observaba con un enorme interés. Rápidamente se la arrebaté de la mano y la oculté entre mis ropas.
—¿Quién te dijo que podías ver eso, Sabuidiota? —Lo regañé sintiendo mis mejillas sonrojar.
—Shira, no me digas que... ¿estás intentando componer una canción? —Me preguntó abriendo sus ojos con asombro.
—¿Y qué si lo estoy intentando?
—¡Que eso sería asombroso! Tus habilidades musicales son increíbles, ya me imagino lo que saldría si intentas escribir tus propias canciones. Déjame verla, por favor.
—No quiero, apuesto a que solo te burlarías de ella.
—No lo haré, te juro que no lo haría.
—No quiero.
—Vamos, por favor.
—Ya dije que no.
—¿En serio no estas dispuesto a enseñársela ni siquiera a tu mejor amigo? Me conoces bien, y sabes que nunca me atrevería a burlarme de algo que es tan importante para ti.
Esas dulces palabras me obligaron a encararlo. Al hacerlo, me encontré con la sorprendente imagen de Saburota mostrándome una cálida sonrisa, dedicándome unos ojos suplicantes.
Mi corazón comenzó con su loco palpitar apenas lo vi de esa manera, mientras que un extraño, pero agradable cosquilleo se paseaba por mi estómago. En serio que aún no me puedo explicar cómo los síntomas del enamoramiento pueden ser tan incomodos, pero agradables de experimentar a la vez.
Tras escuchar su dulce petición no pude seguirme negando. Me daban unos terribles nervios y vergüenza mostrarle la primera canción que me atrevía a componer, sin embargo, por otro lado, sabía que lo que mi preciado amigo decía era verdad. Él nunca se atrevería a lastimarme de esa manera.
Mi corazón latía tan aprisa a causa de los nervios que ya hasta el pecho me dolía, apreté mis labios disimuladamente esperando ansioso su opinión. Mi querido amigo observaba cada parte de la partitura en sus manos absorto en su análisis. De vez en cuando movía su pie en el piso de arriba hacia abajo, probablemente hacía ese movimiento imaginando como sería tocarla en la batería.
—¿Qué te llevó a querer escribir una canción? —Preguntó finalmente tras unos segundos que me parecieron eternos.
—Bueno, a Final Line le está yendo muy bien en las presentaciones en vivo. Nuestro sonido en verdad les gusta a las personas y eso me parece increíble, pero a final de cuentas, no dejan de ser solo covers lo que tocamos.
«¿Realmente está bien conformarnos solo con eso? ¿con la música compuesta por alguien más? Ya que hemos visto que tenemos la habilidad suficiente como para comenzar a tener fanáticos, pensé que podríamos dar el siguiente paso e intentar componer canciones.
Comencé a pensar en todo lo que he experimentado y vivido hasta ahora, y cuando menos me di cuenta, las palabras y notas comenzaron a surgir en mi mente, terminando por plasmarse en esa partitura. Solo toqué y escribí sin parar, resultó tan natural para mí hacerlo que decidí simplemente obedecer a mis instintos y hacerlo».
—Shiranui, eres tan asombroso. Esa determinación y seguridad tuya son una de las cosas que más admiro y me gustan de ti.
Todo mi rostro se sonrojó apenas escuché esas palabras y debido a la forma tan tierna en que Saburota me miraba. Él siempre lo hace, él siempre me mira de esa manera tan dulce y profunda, una mirada que, a la fecha, nunca he visto mostrarle a nadie. Aún no logro armarme de valor y preguntarle el qué significa que me observe de esa manera.
—¡Es una canción asombrosa! —Opinó ensanchando la sonrisa de orgullo en su rostro—Su tonada es calmada, pero su letra es en verdad profunda y reflexiva. Pero... por lo que veo aún no la terminas ¿verdad?
—No, me falta la última estrofa. Pero de un momento a otro me quedé un tanto bloqueado y no supe que más agregarle.
—Ya veo... Entonces, creo que mejor te dejaré a solas para que termines de escribir esta increíble canción.
—N-no...
—¿Eh?
—¿Puedes quedarte conmigo? —Le pedí, incapaz de mirarlo a los ojos, mis mejillas se pusieron calientes—Creo que tener algo de compañía me vendrá bien para obtener la inspiración necesaria y terminar de componerla.
—¿En serio necesitas mi ayuda? —Preguntó con un tono burlón, el cual ya lo sabía, usaba para molestarme a propósito.
—¡No pienso repetirlo! —Respondí tratando de ocultar la vergüenza con un tono rudo—¡Deja de hacerte el sordo, idiota cabello de ramen!
Saburota dejó escapar una fuerte carcajada ante mis reclamaciones. Suavizando el rostro, se acomodó mejor en su asiento para después agregar con una voz cálida y amable:
—Shira Shira, no tienes ni siquiera porque pedírmelo. Para mí será un gusto quedarme a tu lado y ayudarte.
Por un instante le mostré una pequeña y dulce sonrisa, dándole a entender lo mucho que significaba para mí que accediera a ayudarme en algo tan importante.
Las cuerdas de mi bajo volvieron a ser rasgadas y el lápiz de grafito continuó escribiendo sin parar en la partitura. De nueva cuenta fue como si entrara en un curioso trance y todo salió de mi mente con la misma naturalidad que un río fluye tempestivamente por una montaña.
Casi una hora después de terminar con la composición, mi mano era sujetada fuertemente de nuevo por la mano de mi preciado amigo de la infancia. Nuestras manos se aferraron la una a la otra sin darse cuenta mientras cantaba la canción en voz baja para Saburota, demostrándole de esa manera el resultado final de la primera canción que compuse en mi vida.
La calidez de su mano se extendió a lo largo de todo mi brazo lleno de cicatrices hasta llegar como una poderosa corriente eléctrica a mi corazón. Esta sensación aumentó a un enorme éxtasis de profundo amor; cuando Saburota me dijo con sus ojos inundados en lágrimas, las cuales no pudieron evitar escapar de sus ojos:
—Es una canción extraordinaria. Debemos hacerlo, Final Line debe tocarla en su siguiente presentación en vivo en Loud House. Shiranui, no sabes lo feliz que me hace el que sigas a mi lado y poder compartir este momento contigo.
Sentía que el aire que llegaba a mis pulmones no era suficiente, daba profundas bocanadas de aire, aun así, mi respiración era agitada y entrecortada, estaba mortalmente nervioso.
—Shirachibi, ¿estás bien? Luces muy pálido.
Me preguntó Iori visiblemente preocupado. Claro, después de haber escuchado a Saburota decirme así más de una vez, ahora a Iori y a Yusuke les había dado por llamarme también con ese apodo. A pesar de que era molesto que me dijeran de esa forma, estaba tan consternado que incluso ignoré esto.
Le di un gran sorbo al vaso de agua frente a mí para posteriormente levantarme de mi asiento. Finalmente les hablé a mis compañeros de banda con un tono inseguro, el cual no fui capaz de ocultar:
—No sé qué demonios cruzó por mi cabeza para creer que podría hacer algo así... ¿Saben qué? Mejor olvídense de esa tonta canción, volvamos a los covers... ¿quieren tocar algo de Pantera esta noche?
—Pero ¿qué piensas, Shiranui? —Continuó Yusuke, contemplándome con desaprobación—Toda la gente que nos vino a ver tocar esta noche lo hizo porque sabe que estamos por interpretar nuestra primera canción original compuesta por nuestro talentoso vocalista. Ya no podemos echarnos para atrás.
—Es una canción estúpida, no es lo suficientemente buena. —Alegué, dedicándole una mirada enfadada a la partitura que sostenía Iori con sus manos—. Si la tocamos, los fanáticos que tenemos se van a decepcionar de nosotros... ¡no podemos defraudarlos de esa forma! Mejor vayamos a la segura y...
—No hay marcha atrás. —Escuché una fuerte voz, al tiempo que me daban una sonora palmada en la espalda. Como siempre, Saburota hacía de las suyas para inyectarme ánimos y confianza—. Tu canción es todo menos lo que dices. Sabes lo sinceros y exigentes que somos, sobre todo lo digo por mí. —Me mostró una enorme sonrisa, cruzándose de brazos en una actitud que desbordaba seguridad—. Si realmente fuera una canción mediocre como aseguras, por supuesto que, aunque nos hubieran pagado no habríamos querido tocarla para empezar.
Mis tres compañeros de banda rieron al mismo tiempo tras la broma hecha por el baterista ¿será acaso algún poder mágico con el que nació mi preciado amigo de la infancia? Con solo unas sencillas palabras y esa tonta broma me bastó para que mi inseguridad poco a poco quedara atrás.
La verdad era que yo también lo sabía, que era una buena canción que, aunque tal vez suene pretencioso si lo aseguro, no tenía nada que envidarle a canciones interpretadas por otras bandas indies que ya tuvieran más experiencia que nosotros. Aun así, siempre estaba el factor del fracaso como un posible resultado.
Sumado a esto, también estaba la cuestión que era una canción sumamente íntima y personal. La había compuesto con todos los sucesos tan trágicos por los que había pasado muy presentes en mi cabeza, justamente pensando en un último desahogo y poder dejar todo eso atrás de una vez por todas ¿En verdad sería capaz de desnudar mi alma y sentimientos de esa forma ante los espectadores? ¿Estaba dispuesto a mostrarme tan vulnerable cuando yo mismo construí todos esos muros a mi alrededor?
Saburota me sacó de mis pensamientos cuando se acercó con pasos seguros, deteniéndose justo a unos centímetros de mí. Levanté la mirada la cual la tenía clavada en el piso, este me tendía la partitura, al tiempo que me dedicaba una cariñosa sonrisa.
—Vamos, no le des más vueltas. Es hora de salir y tocar la primera canción que has compuesto. Por esto naciste y renaciste ¿no es así? Deslúmbralos a todos con ese gran talento innato que tienes para la música.
Cuando amas tanto la música como nosotros, cuando esta se convierte en algo tan importante en tu vida, el tocar en vivo con el tiempo se va convirtiendo en una especie de adicción.
Cuando canto ante todos, o simplemente toco el bajo, cuando soy capaz de transmitirles mis pensamientos más profundos convertidos en notas a todas las personas que disfrutan la música tanto como yo, todo mi dolor y tristeza quedan atrás.
[1] Ese día, el día en que tocamos "23" por primera vez en Loud House, fue cuando por primera vez pude asegurar sinceramente que me sentía increíblemente afortunado de estar vivo, en verdad estaba feliz de poder seguir en el mundo, justo viviendo ese momento.
Ya no florece, se marchita
No hay ninguna canción que no termine
Una persona riendo de mala gana
Recuerdo aquellos días
Fue como si el pasado y el presente se fundieran en uno solo conforme los instrumentos continuaban y yo me esforzaba porque mi voz no desafinara. Encandilado por las luces del escenario, todo el público nos veía con sumo interés y expectación, todos esos rostros oscuros poco a poco iban despareciendo para darle paso a las imágenes grotescas y terribles de todo lo que me había pasado desde mi niñez.
Nuestra ciudad de luces está todavía borrosa
Nuestros corazones se esconden del mundo
Aun así, miro a mi sueño
Pronto volveré a entender
A pesar de lo terrible que pudiera parecer esto, conforme la canción continuaba, y mi voz iba aumentando en intensidad y fuerza, sentía como mi corazón poco a poco era lavado. Era como si un gran maremoto impulsado por las estrofas de esa canción fuera arrastrando consigo todos esos malos sucesos y llevándoselos con él, cada vez se percibían más lejanos y distantes.
Mientras el viento frío azota las mejillas de algunos,
Con el orificio vacío en mi pecho,
El humo del cigarrillo se disuelve
Todavía estoy en esos días
Los gritos y las palabras hirientes de Emiko, la falta de una familia normal, la ausencia del amor maternal tan necesario, el engaño de Ichiro, ese contacto venenoso de su piel, mis gritos de auxilio que nunca obtuvieron respuesta, mi cuerpo violentado. Eran tristes recuerdos que se iban marchando.
Después de ser capaz de soltarlo, de por fin dejarlo ir, ahora solo quedaba la reacción del público. Las personas frente a mí en verdad estaban reaccionando a la canción que escuchaban.
Sus rostros expectantes del principio se habían transformado a unos risueños y alegres, estaban moviéndose en su lugar, movían sus cabezas, manos o pies, unos cuantos hasta se atrevían a saltar.
Luego vino el corto solo de guitarra, unas notas que Yusuke me ayudó a darle ciertos arreglos cuando le enseñé la partitura por primera vez. Al ser una parte en la que solo intervenían los instrumentos, pude ver a mis compañeros. Yusuke interpretó el solo con cierto nerviosismo, errando algunas notas, aun así, en sus ojos se mostraba dicha, estaba disfrutando de tocar la canción.
Iori estaba en el mismo estado, él era mejor músico que Yusuke, por lo cual pudo seguirle el ritmo a la guitarra con su bajo sin ningún problema, incluso a veces hasta sobresalía. Sonreía de oreja a oreja mientras se atrevía a improvisar un poco.
Y luego Saburota, él en verdad adoraba tocar la batería. Siempre la tocaba de una manera espectacular, pero esa noche en verdad se lució. No erró ninguna nota, se esforzó al máximo por seguir marcando el ritmo de la canción como debía ser.
Su mirada concentrada solo fue capaz de suavizarse cuando se percató de que lo miraba. Me observó lleno de dicha y orgullo, fanfarroneando un poco al lanzar las baquetas en el aire y atraparlas hábilmente para continuar tocando.
Que Saburota, mi preciado amigo de la infancia y la persona más importante en el mundo para mí estuviera a mi lado en ese momento tan importante me hizo sentir en verdad afortunado. No hubiera cambiado el compartirlo con él como mi baterista por nada en el mundo.
Todos a la vez con todo
Me gustaría lanzarlo lejos y ser como la noche
En el tren lo oí agitar
Ese sonido nostálgico
Oía mi propia voz alzarse con unos tonos que ni yo mismo era consciente que era capaz de alcanzar. Abrumado por ese asombroso e inolvidable momento, parecía reaccionar a todo lo que ocurría por medio de mis instintos.
Gritarle al público con cariño y algo de locura, saltar junto con ellos, invitarlos a participar y cantar junto con nosotros. Nunca deja de abrumarme que hacer todo esto en el escenario sea algo tan natural para mí, como si en ese momento pudiera mostrarme como realmente era. Sin embargo, en ese entonces, en las primeras presentaciones de Final Line apenas lo estaba descubriendo.
Cuando la canción terminó y el público nos ovacionó entre poderosos gritos de apoyo y gusto, me sorprendí a mí mismo al percibir como unas tímidas lágrimas de felicidad escapaban de mis ojos.
Ese día lo supe, que sin duda ese era el lugar y momento donde yo debía estar. Quería seguirlo experimentando ya que me quedó más que claro a partir de ese momento. La música era una de las cosas que más feliz me hacía, me había salvado, me hacía querer seguir viviendo.
