Capítulo 10

—No hay comité de recepción —dijo Sakura, aliviada.

—No —asintió Sasuke, que no parecía tan aliviado como ella.

—¿Te molesta?

Los ojos de Sasuke, fríos como el hielo, se clavaron un momento en su cara.

—Eres mi prometida, no salir a recibirnos es un gesto de desprecio.

Fugaku podía ser tan grosero con él como le diera la gana, le importaba un rábano, pero se aseguraría de que trataba a su prometida con el respeto debido.

—Pero es que no lo soy.

—Él no lo sabe, Sakura.

Lo sabría cinco minutos después de conocerla, pensó ella, llevándose una mano al estómago.

—No tienes por qué ponerte nerviosa.

—Y yo pensando que lo escondía tan bien —replicó Sakura, irónica.

—Venga, ha sido un día muy largo. Te sentirás mejor después de darte una ducha.

A medio camino se encontraron con un hombre que parecía un mayordomo y que se puso a hablar en griego, diciendo algo que sonaba como una disculpa.

Cuando llegaron a la entrada, un atrio de cristal del que salían varios pasillos, Sasuke se volvió hacia ella.

—Spyros te acompañará a tu habitación.

—¿Tú no vienes?

—No, tengo que hablar con Fugaku.

Mientras lo veía perderse por uno de los pasillos, Sakura intentó no sentirse abandonada.

—¿Señorita...?

Ella se volvió hacia el mayordomo, que la animaba a seguirlo por otro pasillo.

Fugaku estaba en su estudio. Levantó la mirada cuando Sasuke entró y luego, inmediatamente, volvió a concentrarse en sus papeles.

Pero Sasuke los apartó de un manotazo.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Estoy estableciendo un par de reglas, Fugaku.

—¿Tú estás estableciendo reglas? —repitió el hombre, desdeñoso.

—La regla número uno, en el futuro no despreciarás a Sakura en modo alguno. La tratarás con el respeto que se merece.

Fugaku se levantó, indignado.

—Te has vuelto muy sensible de repente. ¿Quién es esa Sakura?

—La mujer que lleva mi anillo de prometida, eso es lo único que tienes que saber. ¿Nos entendemos?

—Entras aquí como si ésta fuera tu casa...

—Porque lo es.

—Si Itachi estuviera vivo, nada de esto sería tuyo.

—Itachi no está vivo.

—¡Estabas celoso de él! —lo acusó Fugaku.

—Si hubiera sido otro tipo de persona, quizá lo habría estado —asintió Sasuke—. Pero Itachi no era así.

Era imposible estar celoso de su hermano, sencillamente no inspiraba una emoción negativa en nadie.

A veces, incluso dieciocho meses después de su muerte, Sasuke casi esperaba que apareciese en una habitación con esa sonrisa irresistible...

—Estoy ocupando el sitio de Itachi porque tú me lo pediste, pero me niego a casarme con su prometida. Ni siquiera para llenar el cofre de los Uchiha con la fortuna de los Constantine. Me casaré con la mujer que quiera, no con la que tú elijas para mí.

—Ella ya está medio enamorada de ti...

—Cree que lo está.

Y ése era el problema. Izumi sufrió mucho tras la muerte de Itachi y él estaba allí para consolarla. Le había mostrado cariño en el peor momento de su vida y la pobre chica se creía enamorada de él. Debería habérsele pasado, pero sus respectivos progenitores se encargaban de mantener vivo el fuego.

La pobre era tan vulnerable. ¿No se daban cuenta de lo crueles que estaban siendo con ella? Claro que la crueldad era una marca de fábrica en aquellas dos familias.

Con la mano en el picaporte, Sasuke se volvió.

—No intentes manipularme, Fugaku. No podrás convencerme.

Cuando salió del estudio, Sasuke estuvo a punto de chocar con Sakura.

—¿Qué haces aquí?

—Estaba buscándote.

—Pues ya me has encontrado —Sasuke señaló la puerta—. ¿Has oído algo?

—Me temo que todo. No quería hacerlo, pero la puerta estaba abierta...

No había imaginado que la relación de Sasuke con su padre fuera tan difícil. Curiosamente, si Fugaku no insistiera en que se casara con esa tal Izumi, quizá habrían acabado enamorándose. ¿Cómo sería Izumi? Seguro que guapísima, pensó.

—O sea que has estado escuchando.

—Bueno, no hablabais en voz baja precisamente.

—¿Y por que me has seguido?

—Le pedí a Spyros que me dijera dónde estabas. Es que te quedaste con mi teléfono y quiero llamar a mi hermana.

Sasuke metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó su móvil.

—Toma. ¿Tienes una hermana?

—Pues... sí.

Oh, no, no debería haber mencionado a Hotaru.

—¿Sólo una?

—Sí.

—Venga, pareces agotada —dijo Sasuke entonces—. Deberías tumbarte un rato antes de la cena.

Sakura no podía fingir que la idea no le resultaba apetecible. Después de tanto avión y tanto helicóptero, lo único que quería era echar una cabezadita.

—Ésta es mi suite —dijo Sasuke, abriendo la puerta de una sala elegantísima—. Ésa es tu habitación —indicó, señalando otra puerta—. Y ésa es la mía. ¿Tus padres viven?

—Pues sí —contestó Sakura, perpleja—. ¿Izumi es guapa?

—Sí.

—¿Es inteligente?

—Sí, supongo que sí.

—¿Y por qué no quieres casarte con ella? —Sakura miró alrededor—. ¿Estos cuadros son originales?

—Yo diría que sí —sonrió Sasuke—. Por cierto, tú también eres muy guapa.

Sorprendida, ella se dio la vuelta para mirarlo.

—¿Estás intentando cambiar de tema?

—No, estaba intentado decirte algo bonito. ¿Quién habría pensado que resultaría tan difícil?

—Sí, bueno, gracias. ¿Por qué no te casas con ella?

Sasuke suspiró mientras se dejaba caer en un sillón.

—¿Estamos hablando de Izumo otra vez?

—Bueno, si es tan guapa, vuestros hijos serán preciosos —murmuró Sakura, imaginando unos niños de piel dorada, ojos negros y pelo oscuro. Y niñas con rizos oscuros y boquita de caramelo.

—Creo que me gusta ese cumplido.

—Como que no sabes lo guapo que eres —replicó ella, poniéndose colorada de inmediato. «Concéntrate, Sakura», se dijo a sí misma—. ¿Qué haces? —exclamó cuando Sasuke tiró de su mano para sentarla en el brazo del sillón.

—Estoy mirándote el cuello.

—Pues no lo mires. No me gusta.

«Gustar» no era la palabra adecuada para describir el calor que empezaba a invadir cada célula de su cuerpo.

—¿Quieres saber algo sobre Izumi? Yo te lo contaré. Tiene diecinueve años y estaba locamente enamorada de mi hermano. Necesitaba a alguien que le diese cariño tras la muerte de Itachi y yo estaba ahí. Eso es todo.

—Tu padre dice que te quiere.

—Está encaprichada conmigo, nada más —contestó él, irritado.

—Sí, en fin... —murmuró Sakura, levantándose—. Creo que voy a echarme un ratito, si no te importa.

.
.

La puerta que conectaba ambas habitaciones estaba abierta y Sakura pensó que habría sido la doncella, que acababa de llevar flores a su habitación.

Después de pensárselo un momento, llamó a la puerta con los nudillos. Se sentía un poco incómoda al pensar que Sasuke podría haber entrado en cualquier momento mientras ella estaba dormida.

Aunque no creía que lo hubiera hecho... a menos que le gustasen las mujeres que roncaban.

—Está abierto.

Sakura asomó la cabeza.

—Tengo un ligero problema con eso.

Sasuke estaba frente a una ventana, mirando el mar.

—Hay una llave, si te preocupa tu virtud.

Estaba guapísimo con un esmoquin, tanto que apenas se fijó en el hermoso paisaje al otro lado de la ventana.

—Y no creas que no pienso usarla.

Sólo esperaba que él hiciera lo mismo; de ese modo desaparecería la tentación.

Y no tenía sentido negarse que Sasuke, que estaba mirándola en aquel momento de arriba abajo, era una tentación.

Ser el objeto de la silenciosa observación masculina irritó a Sakura, pero se controló, sabiendo que los ojos echando chispas arruinarían la imagen sexy pero distante que había intentado lograr.

—Una pena.

—Siento que no des tu aprobación —dijo ella, irónica.

—No, no me refería a ti —murmuró Sasuke, señalando el sencillo pero elegante vestido de seda azul cielo que había tardado tanto en elegir—. Estás bien.

Y también había cuidado mucho el maquillaje y el peinado... y se sentía segura hasta que él dijo eso.

—¿Estoy bien?

Ella no quería «estar bien», quería estar preciosa. Aunque, si fuera realista, aceptaría lo de estar bien.

—Es una pena que no hayas elegido algo que muestre un poco más... —Sasuke miró significativamente sus pechos.

—¿Que muestre qué?

—Un poco más de escote. Mi padre habría estado demasiado distraído como para hacer preguntas incómodas.

Sakura tragó saliva.

—¿No se te ocurre pensar que algunos de tus comentarios son inapropiados?

—Sí, pero no tengo tiempo para eso. Estoy intentando ser práctico.

—Práctico —repitió ella, indignada.

—Yo no creo que haya nada incorrecto en usar lo atributos que tienes y no me digas que no lo has hecho nunca.

La cínica preguntó hizo que a Sakura le saliera humo por las orejas.

—No, no lo he hecho —sabía que él respondería con una ironía, pero no pudo evitarlo—. Y en cuanto a animar a alguien llamado Uchiha a que me mire de forma lasciva, olvídate. Estar con alguien que lleve ese apellido durante más de diez minutos es suficiente para que me entren ganas de meterme en una habitación a oscuras.

—No sabía que ésa fuera la reacción —sonrió Sasuke, mirando el reloj—. Desgraciadamente, a mi padre no le gusta que la gente llegue tarde a cenar. De otro modo, lo haría encantado.

—¿Qué harías encantado?

—Meterme en la habitación contigo.

Sakura se puso pálida.

—Me refería a estar sola en mi habitación con una compresa fría en la frente, no contigo...

«Encima de mí, dentro de mí». ¿Cómo sería, se preguntó, sentir el peso de Sasuke sobre su cuerpo? ¿Su sedoso miembro dentro de ella?

Con los ojos medio cerrados, miró su boca y un suspiro escapó de su garganta. Pero intentó dominarse. Su cruda masculinidad y lo que le hacía a ella era aterrador.

Con la cara ardiendo, Sakura se puso una mano en la frente.

—Si quieres distraer a la gente y está bien usar los atributos que te ha otorgado la naturaleza, ¿por qué no te quitas la camisa durante la cena? A ver si te gusta que te traten como a un objeto sexual.

—¿Te gustaría que me quitase la camisa?

Desde luego, a él le gustaba cómo el vestido se pegaba a la curva de sus caderas. Casi podía oír el murmullo de la tela cayendo al suelo...

La imagen aumentó su temperatura varios grados. Y el dolor en su entrepierna era cada vez más difícil de ignorar.

¿Le estaba pidiendo que hiciera un strip-tease?

—Un hombre desnudo es igual a otro —dijo ella, tragando saliva. ¿Por qué se había metido en aquel embrollo?

No podía decirle que se le hacía la boca agua cada que vez imaginaba el cuerpo que debía haber bajo su ropa, fuera una camiseta o un esmoquin.

—Entonces, ¿te aburrirías si me vieras desnudo?

—¡Por favor! —exclamó ella—. Eso no era un reto. Eres un hombre guapísimo y tienes un cuerpazo —admitió, su actitud yendo de la desesperación a la exasperación—. Pero resulta que yo no soy una de esas mujeres a las que les gustan los hombres musculosos. Unos abdominales duros no me dicen nada.

Aunque no podría decir de Sasuke que era uno de ésos. Lo que él tenía era más complejo y peligroso que la simple combinación de un cuerpazo y una sonrisa carismática. Poseía una sexualidad que evocaba una respuesta casi visceral en ella. Era parte de él, como sus huellas dactilares. E igualmente único.

Con una sonrisa peligrosa en los labios y sin dejar de clavar en ella su mirada oscura, Sasuke empezó a quitarse la corbata.

—En ese caso —murmuró—. Si no te molesta...

Sakura observó, con las pupilas dilatadas, cómo empezaba a desabrochar el primer botón de la camisa, revelando una piel morena cubierta de vello oscuro. Incapaz de apartar la mirada, Sakura se pasó la punta de la lengua por los labios y contuvo la respiración mientras un cosquilleo de deseo que no debería sentir estremecía su pelvis.

—En absoluto —dijo con voz ronca—. Aunque, si a tu padre no le gusta que la gente llegue tarde a cenar, éste podría no ser el momento de sacar a la luz tu vena exhibicionista.

—Pero has dicho que eso no te turbaría en absoluto—insistió él, con una inocencia completamente falsa.

Otro botón siguió al primero. Y Sakura, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura, sintió que su frente se cubría de sudor cuando él empezó a quitarse el cinturón.

—No, en... absoluto —respondió, con el que sospechaba era el tono de voz menos convincente del mundo.

—Nunca deberías jugar al póquer, mon ange —rió Sasuke, con la camisa abierta, mostrando un torso ancho y moreno y unos abdominales planos.

Sakura se quedó horrorizada por el abrumador deseo de tocarlo, de poner las manos en esa piel dorada. Era tan fuerte que no podía contenerse. Consiguió no dar un paso adelante, pero fue incapaz de romper el hipnótico lazo con sus ojos negros.

Luego, por fin, consiguió volver la cabeza bruscamente. Y apretó los puños mientras intentaba contener los erráticos latidos de su corazón.

—Prefiero el póquer a los juegos que tú juegas —murmuró, sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas. Lo cual era absurdo porque ella no era una llorona.

—Yo no estoy jugando a nada, Sakura.

Sasuke dio un paso adelante y tomó su cara entre las manos.

Iba a besarla.

La alarmante realización fue seguida casi inmediatamente por otra aún más aterradora: ella quería que lo hiciera.

Habría sido fácil solucionar la situación. Podría haberse reído en su cara, por ejemplo, o apartarse y decirle que se estaba tomando demasiado en serio su papel. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Temblando como si tuviera fiebre, emitió un sonido inarticulado mientras enredaba los dedos en su pelo oscuro.

Y Sasuke buscó su boca como si tuviera hambre de ella, tragándose su trémulo suspiro, enterrando su lengua en una lenta y sensual exploración. Tirando suavemente de su labio inferior, levantó la cabeza unos segundos después.

—Me estaba preguntando cómo sabrías.

La erótica confidencia envió un escalofrío por todo el cuerpo femenino.

—Pensé que tendrías un sabor delicioso, pero... ahora sé que es más que eso.

En ese momento Sakura vio algo por el rabillo del ojo. No estaban solos. Intentó apartarse, pero Sasuke no la dejó.

—Hola, Izumi.

—Perdonad, no sabía...

La chica, que era preciosa como había imaginado, parecía avergonzada. Y si Sakura no hubiera estado lidiando con sus propios sentimientos habría sentido pena por ella.

—Sólo he venido a decir que... tu padre está esperando para cenar.

—Iremos enseguida.

La puerta se cerró y, esta vez, Sasuke dejó que se apartase. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sólo había sido una escenita para Izumi.

Y ella pensando que la encontraba irresistible. No, no. No iba a enamorarse de Sasuke. Aquello sólo era química y ella podía lidiar con la química, se decía a sí misma. ¿Quién mejor que ella? Las vírgenes de veintiséis años eran famosas por saber controlar sus apetitos sexuales. Y ella había llegado tiempo atrás a la conclusión de que los suyos nunca se habían desarrollado. Sí, podía pasar de la química.

—¿Dónde estábamos?