Naruto Y Hinata en:

Vudú


PASO NUEVE


«¿EL HOMBRE DE TUS SUEÑOS NO TE DIRIGE LA PALABRA? ¿QUIERES MANTENER UNA CONVERSACIÓN DE MÁS DE TRES SEGUNDOS CON ÉL? ¡CLAVA UN ALFILER ENTRE SUS LABIOS!»

{...}

Los nudillos de Hinata resbalaron por el ébano que la separaba de Mister Airbus.

Toc, toc, toc.

Inspiró hondo. La puerta se abrió.

Si tan solo no fuera así de guapo...

La silueta musculosa y bronceada de su vecino emergió a contraluz. Seguía sin separarse de la maltrecha camisa de franela y los vaqueros desabrochados. Ahora que se fijaba bien, ni siquiera había un botón en la cinturilla. Tenía el pelo revuelto, y Hinata se mordió el labio inferior.

Con la suerte que arrastraba, no sería raro que lo hubiese pillado durmiendo.

—¿Y ahora qué quieres? —dijo él con tono hosco, pero a ella no se le escapó el brillo encendido de su mirada ni la dejadez seductora con la que se apoyó sobre la jamba. Solo le faltaba pasarse el dedo por la boca al más puro estilo chico Martini.

—Tenemos que hablar. —Hinata se autoinvitó a entrar en la guarida del ogro. Tal y como sospechaba, no era más que una leonera de soltero, desordenada y maloliente—. Hay algo muy importante que debes saber.

Tal vez de verdad quería hablar con ella, o tal vez estaba tan cansado y soñoliento que no fue lo bastante rápido como para impedirle el paso. Fuera como fuese, Mister Airbus suspiró mientras cerraba la puerta tras ellos. Pero, al contrario de lo que Hinata pensaba, no suspiró por una necesidad imperante de mostrar su exasperación, sino más bien por otro tipo de necesidades que quedaron claras en cuanto aplastó su boca con la suya en un beso lento y pasional que hizo que se le erizara el vello de todo el cuerpo.

Sofocada, Hinata deseó que durara para siempre. Solo tarde se dio cuenta de lo peligroso que era en su caso desear determinadas cosas.

—Oye —comenzó—, sé que en los últimos días has estado sintiendo cosas bastante... raras respecto a mí. —El temblor en su voz delataba sus nervios, pero hizo lo posible por disimularlo—. Y créeme, aunque no te va a gustar, hay una explicación perfectamente lógica para ello.

El bomboncito se dejó caer sobre el sofá. Parecía agotado, como si luchar contra sus instintos más primarios fuera la misión más difícil a la que se había enfrentado en su vida. Tras él se balanceaba la jaula de un canario, que brincaba entre los barrotes asustado por la visita. Vaya, otro punto a favor del Mister. Resulta que tenían más cosas en común de las que pensaba.

—Lo que tú digas, muñeca. Solo una pregunta, ¿vas a dejar que te meta mano después de que me la expongas o no?

Hinata tuvo que parar de un manotazo sus dedos, que ya se acercaban por encima de la mesa camilla.

—Oye, sé que resulta difícil de creer, pero nada de lo que sientes es real, es sólo un efecto de...

No lo vio venir. Cuando se quiso dar cuenta, Mister Airbus estaba detrás de ella con una mano en su hombro, la otra tratando de colarse bajo su camiseta y su respiración cosquilleándole en la nuca.

—¿Que no es real? ¿Estás diciendo que el bulto que tengo en los pantalones no es real? ¿Quieres que te demuestre lo real que es?

—¡Maldito pulpo, sácame las manos de encima! —Si no hubiera estado tan desesperada por seguir sintiendo las manos masculinas sobre su cuerpo y no hubiera parecido tan encantada de derretirse entre sus brazos, tal vez su exclamación hubiese surtido algún efecto.

Pero lo único que consiguió fue que el vecinito sexy se incendiara más. Y ella también. Por todos los demonios, ¡era de las que pasaba desapercibida, no de las que se veía obligada a salir de casa armada con un matamoscas y gas pimienta!

Se puso en pie. No debía olvidar ni por un segundo que no era ella la que provocaba semejante erección —le dirigió una mirada rápida y vaya si era real—, sino la magia negra. Lo soltó de golpe.

—Realicé un hechizo vudú para conquistar a un hombre y, por razones que no vienen al caso, acabó actuando sobre ti. Si estás excitado, enamorado, obnubilado, o todo a la vez, lo único que puedo hacer es pedirte perdón y prometerte que se te pasará pronto y que no volverá a ocurrir.

Cric, cric. Cric, cric.

—¿Que qué? ¿Cómo que un...? ¿Que actuó cómo?

Hinata no sabía qué era más difícil de soportar, si el volumen de su voz o la decepción en su mirada. Por un instante, deseó poder volver atrás en el tiempo.

¡Un momento! ¿Y Gaara? ¿Qué hacía pensando sandeces una vez más?

—Toda la culpa es mía. Entiendo que estés molesto, pero espero que puedas entenderlo.

Mister Airbus se desenvolvía por la estancia como una fiera en celo. Se mesaba los cabellos rubios y pateaba todo objeto no identificado que encontraba a su paso.

—Esto es increíble. No solo tengo la mala suerte de caer al lado de una loca que me despierta sin cesar, sino que encima resulta que la loca es una bruja que anda por ahí lanzando hechizos como si fueran collares del Mardi Gras.

Hinata abrió la boca, ofendida.

—Oye, no hace falta que me insultes. He creído que lo más correcto era pedirte perdón y así lo he hecho. —Comenzó a deambular en torno al sofá, huyendo de su cercana amenaza. En el trayecto tropezó con algo y se detuvo para ver qué era. Una tarrina vacía de helado de almendra—. ¿Te gusta el helado de almendra? —preguntó como una estúpida, con la boca abierta y los ojos de par en par.

Mister Airbus se palmeó los muslos.

—¿Y eso qué importa ahora?

Hinata cabeceó.

—No, nada, es solo que...

—Lárgate de aquí. —La voz masculina sonó fría y letal—. Y procura no cruzarte en el camino de Naruto Uzumaki a partir de ahora, muchacha. No quiero tener nada que ver contigo.

—¿Naruto Uzumaki? ¿Ese es tu nombre? —Ella pestañeó.

—Sí, ese es mi nombre —refunfuñó Mister Airbus, alias Naruto, de camino a la puerta. Una salida que parecía más que dispuesto a enseñarle.

Naruto. Sonaba bien. No era exótico ni glamuroso, como Gaara, pero tenía fuerza. Un nombre muy acorde con su masculinidad y su actitud rotunda. Habría sido un perfecto nombre para todos aquellos jovenzuelos rebeldes que habían formado parte de sus fantasías en la adolescencia, y que estaban a años luz del cuero y la sofisticación siniestra de los góticos de Decatur Street.

Humillada, caminó hasta el umbral con la cabeza gacha. Acababa de echar a perder cualquier oportunidad que alguna vez pudiera haber existido entre ellos. Entre la provinciana Hinata y el hombre que tenía un canario en casa, comía helado de almendra y tenía un cuerpo de infarto con el que surcar los cielos.

—Solo una cosa más. —Oyó que él preguntaba a sus espaldas. Se dio la vuelta y lo encontró con el ceño fruncido y una expresión inescrutable en la mirada—. ¿Por qué él? ¿Qué tiene ese tipo que mereciera su propio vudú y yo no?

Ahora ya sabía lo que el azul de sus ojos se empeñaba en ocultar. Frustración. Y no había forma humana de que Hinata se sintiera más avergonzada y culpable.

—Bueno, yo... Las cartas de la Sra. Terumi dijeron que el hombre que me estaba destinado vestiría botas militares y yo pensé que... pensé que... —hizo un esfuerzo para tragarse las lágrimas.

Naruto se mantuvo firme en su postura, con los pulgares enganchados a la cinturilla de los vaqueros y los hombros encogidos. Después de un rato, bufó y se encaminó hacia el armario de los abrigos. En cuanto tocó la manilla, decenas de pares de NewRocks, Doc Marten's y Magnum cayeron como un castillo de naipes y se esparcieron por todo el salón.

Las ganas de llorar de Hinata se acentuaron.

—Esto es lo que estabas buscando, ¿no? —dijo él, y el reproche doliente de su voz se le atascó a la altura del pecho—. Pues aquí lo tienes.

—Pero yo no podía saberlo...

—Es imposible que pueda llevarlas en el trabajo, y en los últimos tiempos no salgo mucho. Sobre todo desde que me veo obligado a arañar minutos de sueño como un jodido mendigo.

Hinata parpadeó, cada vez más cerca del pasillo que la alejaría de esa pesadilla repleta de botas negras, helado de almendra y la voz de Elvis cantando Suspicious minds dentro de su cabeza.

Maldita sea. Serás El Rey, pero cállate.

—Lo siento —consiguió articular. Seguro que no servía de mucho, pero era lo único que podía decir. Aún estaba conmocionada por el descubrimiento tras el ropero.

Naruto arrimó la puerta hasta que su hermoso rostro solo fue visible a través de una rendija.

—Tal vez deberías dejar de creer en pendejadas y empezar a guiarte por tu instinto.

Luego, sin más, cerró.

SIGUIENTE, PASO DIEZ