DESCARGO DE RESPONSABILIDAD DE LISALU: No soy propietaria de Dragon ball z ni de ningún personaje del mismo. No recibo ningún dinero por escribir esta pieza de ficción.

Tetralogía del dragón rojo

II. Temporada de la luna

Capítulo tres

Luz del día

—¿Bra-chan? Despierta, cariño.

Bra abrió los ojos y se estiró como un gato. ¿Se había quedado dormida? El rostro de su madre la miraba ansiosamente. Recordó.

Su nuevo invento fue un fracaso. Bra no recordaba haberse sentido de tan mal humor. Acababa de llegar a la amarga conclusión de que había ido por el camino teórico equivocado desde inicio y el dispositivo en el cual trabajó todas las horas del día durante las últimas dos semanas era un ancla de barco. Cuando se sentó completamente estresada en el área del desastre en que se convirtió su habitación, sobre una pila de manuales técnicos, libros de matemática cuántica y la última moda de París, la mayor parte todavía en sus paquetes, quedó rodeada de tazas de café sucias y platos de comida que su madre había metido por la puerta.

Si los dragones eternos fueran simplemente seres interdimensionales superpoderosos, había razonado hace doce días, tendría que haber una forma de imitar sus habilidades psíquicas consustanciales. Obviamente, podían manipular el espacio, la materia y el tiempo con tanta facilidad como ella podía modelar arcilla en un torno de alfarero. Tomó un sorbo de café frío y su mano se congeló en el aire cuando de pronto se le ocurrió algo: ¡tenía que haber un factor añadido de causalidad!

Aceptar que la causalidad en sí misma podría ser un componente físico del universo y que los dragones estaban fuera de él, ya que se encontraban fuera de la materia, del espacio y del tiempo... ¡Sí! ¡Si! ¡Si! Ese sería el factor de "probabilidad" faltante en la ecuación y, con el tiempo suficiente, pensó emocionada, podría idear un algoritmo para descubrir ese aspecto faltante de la causalidad y posiblemente construir un juego de esferas del dragón sin…

No lo hagas.

¿Estaba escuchando cosas? Se pasó una mano por la frente al sentir calor. Además de todo, ¡se estaba enfermando!

¿No, qué? —preguntó al aire. De improviso reconoció la voz, aunque no era una que conocía bien—. ¿Dende-sama?

Si te equivocas, aunque sea un minuto en una parte infinitesimal de la ecuación, podrías deformar el tejido de la realidad.

Ah.

Hay eruditos en Nuevo Namekusei que podrían enseñarte lo que quieres saber...

¿Nuevo Namekusei? —La idea sonaba intrigante.

Un fuerte golpe la sacó del contacto mental. Fue seguido por un gemido ahogado.

¿Eh? Goten.

El gran tonto sonaba como si estuviera llorando, pensó sin simpatía. Probablemente por la pérdida de Paris-chan, cuando él fue quien rompió con ella. Siempre lo hacía si las cosas empezaban a ponerse serias.

Ella lo había adorado de niña, pensó distraídamente. Comenzó a arrancar las placas de metal, los circuitos y los discos duros de la carcasa de su motor del dragón, los rompió como si fueran papel y lanzó los pedazos en todas direcciones. Él parecía tan grande, amable y fuerte, y siempre le prestaba atención, algo que su hermano nunca hacía. ¿Cómo diablos llegó a convertirse en esta especie de inconstante e inútil… pusilánime? Tenía casi diez años más que ella, de dieciocho, pero ahora él parecía más joven: no trabajaba, no entrenaba, no sabía lo que hacía, probablemente un montón de nada. O tal vez era una jueza demasiado dura. El concepto como mujer de lo que debería ser un hombre en cuanto a fuerza y a determinación, constancia y seriedad mental se basaba en la percepción que tenía de su propio padre. ¿Quién había escrito eso? Quizás una de las Bronte. No había muchos hombres en el universo que pudieran estar a la altura de papá.

Otro sollozo fuerte, este más alto, y Bra puso los ojos en blanco. Estaba enojada e inquieta y sus padres, que se comportaron como una pareja de adolescentes traviesos toda la tarde, no habían mejorado su estado de ánimo. Si alguno de ellos sospechara de todo el alcance de sus habilidades telepáticas, tan fuertes últimamente que a menudo le resultaba difícil ignorar los pensamientos y sentimientos de su familia, probablemente se mudarían. Descruzó sus largas piernas y salió pisando fuerte por el pasillo hasta donde Goten yacía arrastrándose sobre su vientre en la parte superior de las escaleras. Ella lo empujo con un pie, irritada.

Goten-kun —espetó—. Oye.

Algo no parecía estar bien, se dio cuenta de repente. Estaba herido de alguna manera, aunque no tenía ninguna marca. Los hilos rotos de sus pensamientos, siempre tan despreocupados y rápidos, eran afilados como la punta de un cuchillo: fuertes, directos y completamente diferentes a él. Incluso su ki se sentía diferente. Si hubiera captado sus patrones de energía a la distancia, no lo habría reconocido como la misma persona. El suelo se tambaleó debajo de ella y se sentó para no caerse. ¡Se iba a enfermar! Él estaba acurrucado en un ovillo fetal. Tocó su rostro y la luz que había corrido a lo largo de los bordes de sus pensamientos un momento antes se profundizó en un contacto total y vio...

Un rostro blanco, sonriente y lascivo, una mano decolorada cerrándole la garganta lo sostenía en lo alto mientras la otra bajaba la uña negra de una garra por un lado de su cara para rasgarle la piel y arrancarle el ojo que estaba debajo.

«Te dirigirás a mí como Gran Frízer, niño».

Bra se apartó con un grito, lágrimas se formaron en sus ojos. ¡¿Qué le había pasado?! Él se sentó sin previo aviso y sus brazos la agarraron como un hombre que se ahoga. Ella lo abrazó, todavía estaba conmocionada por lo que había visto en su mente.

¿Goten? ¡Goten-kun, dime qué te pasó!

Yo... Bra-chan... ¡oh, Bra-chan!

Está bien —dijo ella gentilmente—. No tienes que hablar... está bien...

Él olía a jabón perfumado, sudor frío, dolor... y algo más que Bra no podía determinar. Ella apartó otra oleada de mareo y de repente lo sintió poner la mano en su nuca para enredarla en su cabello.

Dioses, hueles bien... —La voz de Goten era baja y áspera, como debería ser en un hombre, tan diferente a su viejo tenor juvenil. Eso hizo que la boca de su estómago diera un vuelco y las manos que tenía sobre su piel provocaron un destello de calor que quemó todo el camino hacia abajo entre sus piernas. Goten trató de tomar una respiración profunda y estable, pero sus ojos se incendiaron cuando la inhaló. Él gruñó un ruido sordo en su pecho, Bra se quedó mirando esos ojos enrojecidos... y se perdió.

Ella elevó su ki como una llamarada azul y le rasgó el collarín de la camisa, la rompió por la mitad y le hundió los dientes en el hombro, en la base del cuello. La sangre en su boca era caliente, dulce y salada. Las manos de Goten comenzaron a arrancar las costuras de la ropa que Bra usaba mientras ella lo sentía retorcerse contra su cuerpo de placer. Él rompió el mordisco, la empujo al piso con brusquedad y se terminó de quitar la ropa antes de arrodillarse.

No empieces algo que no puedas terminar, pequeña —susurró salvajemente y la agarró.

Ella lo deseaba. ¡Oh, Kamisama, cuanto deseaba esto! Pero por razones que nunca sería capaz de comprender, le asestó un golpe que lo envió contra la pared detrás de él.

¡Ven a buscarme si eres lo suficientemente hombre! —lo desafió jubilosa. Goten aulló de rabia, se lanzó tras ella y la persecución estaba en marcha. Bra atravesó el techo justo antes de sentir el roce de las yemas de sus dedos cuando él falló por poco en agarrar su pie. Ella soltó una risa burlona y le lanzó ráfagas que destrozaron como si fueran papel la infraestructura de la casa: paredes, techos, pisos y la desafortunada sala de gravedad. Se estaba quemando viva con la necesidad de ser atrapada, pero maldita sea si lo dejaba reclamar el premio, si él ahorraba siquiera un gramo de energía en la persecución.

¿Qué diablos nos pasa? Una última pizca de pensamiento coherente, duda y miedo pasaron por su cabeza, y huyó como un fantasma cuando Goten la agarró del codo. Ella giró en un torbellino de puños, pies y uñas lacadas en rosa bebé para hacerlo retroceder, luego cruzó el techo adentrándose en la noche y se disparó a través de las nubes blancas algodón merengue hacia el rostro sin filtro de Tugol, que quemó el último rastro de razón mientras lo miraba hipnóticamente fascinada. Una mano fuerte se enredó en su largo cabello azul y fue empujada con brusquedad hacia atrás contra el musculoso cuerpo inclinado de Goten. Ella golpeó y se retorció entre sus brazos mientras él la abrazaba con fuerza.

Te atrapé —susurró Goten con dureza y le hundió sus dientes afilados en el hombro haciéndola aullar de furia y de placer. Él le separó los muslos, tomó una lenta y profunda respiración para llenarse los pulmones con su aroma y se empujó dentro de ella desde atrás, conduciéndose profundamente a ese lugar donde nadie había ido antes.

Bra se vino al instante gritando y comenzó a moverse con Goten dando vueltas en un arco giratorio, loca por la necesidad de más de él, de todo él. Ella arrojó su mente como una lanza clavándola en la de Goten y los pensamientos de los dos nadaron juntos, entretejiéndose en una unión hasta que fue imposible saber dónde comenzaba su cuerpo y su alma y dónde terminaba la de él. Goten estaba profundamente dentro de ella y ella estaba llena de él, incluso mientras lo llenaba de sí misma. Cuánto tiempo estuvieron haciéndolo una y otra y otra vez, nunca lo recordaría. Bra no tenía conciencia de nada en absoluto, excepto de la sensación, el olor y el tacto del cuerpo de Goten hasta que la luna comenzó a descender en el cielo, llamando al amanecer. Cayeron atravesando la cúpula destrozada de la sala de gravedad de su padre y luego una última vez, cara a cara ahora y con suavidad, trabajaron uno contra el otro antes de hundirse en una agotada maraña de brazos y piernas. Justo antes de que el sueño los reclamara, Goten la besó por primera vez, cálido y dulce, y Bra sintió que algo tocaba su conciencia y su corazón. Había una nueva línea de pensamientos y sentimientos extendiéndose entre ellos ahora, flexible, pero irrompible y permanente.

Eres mía, Bra-chan —susurró él y ella sonrió—. Mía para siempre.

Durmieron.

Las frías baldosas del piso de la sala de gravedad estaban cortando su trasero. Bulma le entregó en silencio una larga bata esponjosa y ella se la puso sin mirar a su madre a los ojos. Probablemente no existían palabras para describir los problemas que tenía ahora. Goten se había ido. Su mente lo buscó desesperada, encontró el vínculo, corrió por el circuito invisible extendiendo la mano y recibió una caricia fuerte y suave antes de retroceder. De pronto, sus ojos comenzaron a humedecerse como los de una bebé estúpida, en una especie de sobrecarga emocional, y la expresión de su madre se volvió aún más angustiada.

—Mamá, ¿estás enojada conmigo? —Se las arregló para preguntar.

—¡No! ¡Dioses no, bebé! —Bulma la abrazó con cuidado, los moretones y las marcas de mordeduras que cubrían el cuerpo desnudo de Bra aún se reproducían ante sus ojos conmocionándola y enojándola—. Bra-chan, ¿él… él no…?

—No, mamá —Bra negó con la cabeza enfáticamente—, no me lastimó. Bueno... en realidad lo hizo, pero yo...

—¿Lo disfrute? —terminó Bulma. Bra asintió con la cabeza, el rostro le ardía. Su madre suspiró profundamente—. Bueno, en todo caso diste tanto como recibiste. Parece que Goten también está herido. Tu papá dijo que eso es normal, pero aun así es un shock verlo.

—¿Papá? —preguntó Bra en voz baja.

—Está hablando con Goten ahora mismo.

—¡Oh, no! ¡Mamá, lo matará! —Bra se puso de pie a toda prisa.

—No, no lo hará —dijo su madre con firmeza—. Le hice darme su palabra.

Bra se relajó lentamente. Papá nunca rompía su palabra una vez dada.

—¿Papá te dijo que era natural? Mamá, ¿qué nos pasó?

Bulma tomó su mano para ponerse de pie.

—Vamos a limpiarte y te lo contaré todo.


Vegeta arrastró por el cuello a Goten hasta la cima de la torre de la Corporación Cápsula y lo sentó allí con una escasa gentileza. Goten lo miró receloso, Vegeta lo estudió durante un largo minuto que le heló la sangre antes de lanzarle un pantalón gi de color claro a la cara. Goten se lo puso agradecido, aún estaba seguro de que su vida dependía de lo que dijera e hiciera en los siguientes minutos. Su boca se tensó y miró al hombre mayor sin expresión alguna. No era, en un sentido muy literal, el mismo muchacho insensible y protegido que había sido ayer. No moriría fácilmente, si Vegeta tuviera la intención de matarlo.

—Tú —dijo Vegeta-san con frialdad—, te has desposado por encima de tu posición, por encima de tu sangre y por encima de tu inteligencia seriamente limitada... —Hizo una pausa—. ¡Y por el resto de tu vida, muchacho! ¡Si le fallas de alguna manera, forma o modo, te destrozaré en tantos pedazos que ni siquiera Shen Lon podrá rearmarte!

Goten le devolvió la mirada sin pestañear. Luego, lentamente, cayó en una rodilla y habló en voz baja y formal.

—Mi vida es suya para que haga lo que quiera con ella, otoussama. —Vegeta lo miró fijamente, estaba sorprendido por el sonido de su lengua materna.

—¿Dónde diablos aprendiste saiyago, mocoso?

—De Surita, el cronista real de Tsirusei. Hablaba más de mil idiomas y nos enseñó a Trunks y a mí saiyago porque le divertía, supongo.

—¿Tú también? —Los rasgos oscuros e inmóviles no cambiaron, pero los ojos del hombre mayor parecieron suavizarse un poco.

El corazón de Goten se hundió.

—¿"También"? ¿Le hizo lo mismo a Trunks? —Su suegro parecía desolado—. ¿Cómo está?

—Bastante mal. —Fue la escueta respuesta—. ¿Y tú?

—Viviré —dijo Goten casi en el mismo tono—. Es como... si ahora fuera los dos Gotens. La suma de mis dos vidas, pero ella lo mejora todo… Bra, quiero decir.

Sintió que ella tocaba su mente por un instante y el corazón le dio un vuelco en el pecho. En los ojos negros y fríos de su padre, pensó que veía una especie de comprensión y se dio cuenta de que ahora entendía a este hombre mejor de lo que hubiera sido capaz antes de hoy.

—Viviré y moriré por ella, oujisama —declaró en el idioma saiyayín—. Lo juro. —Vegeta-san tocó su cabeza ligeramente en una aceptación formal de su juramento y su lealtad a Bra.

—Levántate, muchacho —dijo Vegeta después de un momento—. Ve y busca a Trunks si quieres. —Su boca se curvó apenas—. Luego ve a ver a tu pareja.


Gurasia estaba sentado acurrucado en un ovillo, meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Padre, padre, padre… se había ido. Estaba solo para siempre y ese sentimiento de cariño y aceptación, de amor completo e incondicional, nunca volvería. El namekuseiyín tenía razón sobre la naturaleza tsiruyín en general, no amaban, excepto en la temporada del embarazo y en la inmediata después del parto. Pero de lo que el diablo no se dio cuenta fue de que él, Gurasia, nunca nació. La línea de tiempo de su concepción había sido revocada, Frízer nunca dio a luz y había ido al tormento eterno todavía llevando alojado en su mente para siempre, el amor de un padre por su hijo. Y Gurasia...

No era natural, lo sabía, no debería existir, pero lo hacía, no debería amar, pero así era, contra todo lo que se consideraba decente entre los de su raza. En sus primeros años, sus cuidadores, el orden más alto de su propio sacerdocio, se habían alejado de él con disgusto al menor signo de afecto y había aprendido muy pronto a ocultar todos esos sentimientos. Que se condenen, él era su señor y su dios, él era y sería la ley en sí misma, así que le daría a su amado padre la satisfacción de la victoria, aunque le costara la vida. Se secó las lágrimas enojado y repasó cada paso de la campaña que su padre había preparado. La perra de cabello azul debería recuperar sus recuerdos del tiempo que no fue si era posible, aunque eso no sería obligatorio. Su padre tenía reservado un destino mejor para ella.

Había hecho todas las jugadas previamente estudiadas, pronunció todas las palabras memorizadas que su padre le dio. Pero quedaba una última pieza para colocar en el tablero, cambiar a alguien más allá del reconocimiento con un toque y poner las cosas en movimiento con una mentira muy plausible. Luego, solo quedaba sentarse a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Él rio estridentemente, esta noche debería ser un espectáculo bastante ruidoso.


Gokú entró en los restos del naufragio que una vez había sido la Corporación Cápsula y tomó una cautelosa respiración profunda. El aroma de Bra de la noche anterior estaba en todas partes, pero no envió un escalofrío, un deseo culpable a través de su cuerpo como había temido. Un olor almizclado, una mezcla de macho y hembra entrelazados como las raíces enmarañadas de un árbol joven gemelo, cada vez más fuerte por minutos, flotaba espeso en el aire. Fue como Vegeta había dicho. Bra estaba desposada ahora, ligada a su hijo y él a ella para siempre, y el nuevo aroma negaba todo el deseo de otros hombres saiyayíns por ella. Bra y Goten. Sonrió ante el pensamiento a su pesar. Bulma abrió la puerta de la habitación de Bra para dejar que Milk se asomara donde los dos yacían como niños exhaustos en la cama. Goten se retorció en sueños y gimió débilmente presa de una especie de pesadilla. El brazo de Bra lo rodeó con suavidad y él se quedó en silencio, adormecido de nuevo. Su sonrisa se desvaneció. Sabía que Milk y Bulma aún no entendían del todo lo que les había sucedido a ellos, lo diferentes que serían ahora. Él sí… y podía sentir algo negro y asesino levantándose en su interior ante el pensamiento.

En la sala de estar, Krilin y Dieciocho estaban trabajando apurados en los dispositivos que Bulma había abandonado por un momento para mostrar a los chicos. La fría voz de la androide reprendió a su esposo suavemente por tocar de forma inadecuada un componente una segunda vez. Vegeta y Gohan estaban cerca, sombríos y tensos.

—Me llevé a Pan y a Videl... hace una hora —les dijo Gohan—. Podemos irnos con Bulma-san y Kassan tan pronto como los reflectores estén terminados … ¡Toussan, tu cola!

—Pensé que conservarla podría ser una mala idea esta noche —respondió—. La salida de la luna es a las seis y cuarenta y uno de la tarde, se pondrá a las tres y cincuenta y siete de la madrugada. Es mucho tiempo para jugar con todas sus vidas. La primera prueba del reflector será una prueba de campo… ¿Qué? —Todos lo estaban mirando inquietos de nuevo por la inseguridad que generaba el cambio—. ¿Cuánto tiempo les tomará terminar? —preguntó señalando con la cabeza los reflectores parcialmente ensamblados.

—Es mediodía ahora —contestó Bulma—. Tres horas más, tal vez cuatro para terminarlos todos.

—Tienes dos —dijo Vegeta de un modo rotundo—, después te vas terminados o no. —Ella lo miró peligrosamente, pero no discutió.

—Dieciocho y yo podemos seguir trabajando en ellos. Y Bra debe poder leer tus diseños lo suficientemente bien como para seguir trabajando cuando se despierte —opinó Krilin.

Dieciocho negó con su hermosa cabeza.

—Debemos acompañar a Gohan y a los demás. Si el reflector que usará falla o se daña por cualquier motivo, necesitará nuestra ayuda.

—Yo puedo seguir trabajando en ellos —dijo una voz tranquila. Trunks lucía como si acabara de tomarse un mes de vacaciones en el infierno, pero sus ojos ardían alertas y lúcidos—. Te he estado observando trabajar toda la mañana, Kassan. Funcionarán o no lo harán, en cuyo caso Bra y Goten quemarán la otra mitad de la casa mientras yo arranco la cima de una montaña en algún lugar.

—Los dos primeros están listos —les informó Bulma al mismo tiempo que le entregaba los pequeños dispositivos en forma de collar a los dos saiyayíns. Ellos se los pusieron en el cuello como gargantillas y estos se cerraron con un clic perturbador—. No intenten quitárselos hasta mañana. Los he diseñado para darles un shock lo suficientemente doloroso como para dejarlos inconsciente durante unos minutos si lo intentan.

—Levanten la mano todos los que piensen que nos vemos estúpidos con esto —bromeó Gokú. Krilin levantó la mano con una sonrisa y la dejó caer rápido ante la mirada oscura de Vegeta.

Pasaron dos horas, luego una tercera en medio de las airadas protestas de Vegeta mientras Bulma y su equipo improvisado elaboraban tres dispositivos más.

—¿Quién recibe estos? —preguntó ella.

—Pan definitivamente —declaró Gohan tomando uno.

—Y tú —le dijo Vegeta—. Debes estar lúcido esta noche. No tenemos ninguna forma de saber qué hará la luna con los saiyayíns mestizos… qué tan fuerte será su atracción sobre tu sangre. Puede variar de persona a persona, aunque en todos los mestizos, la naturaleza saiyayín es la más fuerte.

—Yo debería tener uno también —sostuvo Trunks algo indeciso. Miró a su hermana y a su amigo más cercano sentados uno al lado del otro, sin tocarse, pero inextricablemente unidos al mismo tiempo—. Bra ya no lo necesita. Ella y Goten no harán nada esta noche que no hicieran ayer. Dudo que hagan mucho más. —Bra enrojeció y le dirigió una mirada siniestra a su hermano.

»Yo... estaba al borde de la locura en esa otra línea de tiempo en la que Goten y yo recordamos haber vivido. Tal vez más allá del punto límite, lo que significa que no soy el tipo más estable ahora. —Se encontró con los ojos de Gohan de un modo firme—. Faltan más de tres horas para que salga la luna y ya, en todo lo que puedo pensar es en Pan. Puedo olerla en toda tu ropa desde aquí. Si no me pongo uno de los reflectores, iré a buscarla esta noche. No podré detenerme.

Gokú sintió más que vio la ola humeante de ira irracional que envolvió a su hijo mayor. Gohan le dio en silencio el último reflector a Trunks.

—Si te veo esta noche, Trunks-kun —lo amenazó en voz baja—, no me andaré con rodeos. —Hubo un largo momento de tensión. Krilin dejó caer por los nervios dos alicates y todos saltaron como si hubiera disparado un arma.

—Lo siento —dijo tímidamente. Su esposa, sonriendo con su fría no sonrisa, le quitó los alicates.

—Ya es hora de que te vayas —le pidió Vegeta a Bulma con seriedad. Ella miró su reloj preocupada, eran casi las cuatro en punto—. Tú y yo también, Kakaroto.

Kakaroto. Tu nombre es Kakaroto...

—Tienes razón —Hizo una pausa para tratar de pensar en una forma diplomática de expresar su siguiente sugerencia. No había ninguna, decidió—. Hay otra cosa que debes hacer primero, Vegeta.

El otro saiyayín entrecerró los ojos con sospecha.

—¿Qué?

—Serás menos peligroso sin tu cola.

—Los reflectores funcionarán —espetó Vegeta.

—No sé qué tan bien —comentó Bulma indecisa—. Ninguno de nosotros sabe qué tan fuerte será la atracción de la luna. Eres el único que ha visto algo remotamente parecido y eras poco más que un bebé. No sabemos qué esperar. Podría ser una buena idea…

—Nadie me quitará la cola, mujer —dijo rotundamente.

—¡Vegeta, estás siendo un bebé grande! Puedo hacer que te vuelva a crecer una mañana con el rayo blut.

—¡No!

—Vegeta, ¿tu cola significa más para ti que la seguridad de tu familia? —le preguntó Gokú exasperado. Se arrepintió al instante cuando el otro saiyayín se tensó por la furia.

—¡No te atrevas a decirme cuál es la mejor manera de proteger mi hogar, imbécil de clase baja!

De repente, Gokú estaba nariz con nariz con él. Había atravesado la habitación sin pensarlo.

—No me gusta que me llamen así —dijo con una engañosa dulzura—. No creo que nunca lo haya hecho.

—Quítate de mi vista, Kakaroto —Vegeta apenas podía hablar—, o no esperaré hasta esta noche para dejarte inconsciente.

—¿Desde cuándo —gruñó Gokú suavemente—, has podido hacer eso?

Un dolor como la punta de un cuchillo afilado salió por un instante del reflector, le penetró el cerebro y él se dobló. A su lado, Vegeta cayó de rodillas, también jadeaba. Bulma quitó su dedo de un pequeño dispositivo del tamaño del control remoto de un televisor y suspiró aliviada.

—Eso es toda la testosterona que puedo manejar por el momento —dijo con firmeza—. Al menos sé que el control a prueba de fallas funciona si alguno de ustedes viene a visitarnos esta noche.

Vegeta volvió su mirada homicida de Gokú a su esposa y su rostro se suavizó poco a poco, la razón se apoderó del orgullo.

—Me quitaré la cola —aceptó finalmente. La besó rápido y salió de la habitación.

—Supongo que la pérdida de la cola es algo privado —comentó Dieciocho con un tono de voz despreocupado.


Tendría que aprender, pensó sombríamente mientras subía la escalera principal para ir a la habitación que compartía con Bulma, a tratar a Kakaroto —este nuevo hombre que de hecho era Kakaroto—, con respeto. La sola idea provocó una explosión de rabia casi incontrolable mezclada con vergüenza. Lástima que hubiera pensado solo en sí mismo al inicio, como lo había hecho tantas veces en su vida, al anteponer su orgullo a la vida de sus seres queridos. Rabia porque Kakaroto lo había dicho tan abiertamente y luego le arrojó su mayor fuerza en el rostro de como un puñado de barro.

Se quitó la ropa, la arrojó al incinerador y se duchó rápido. No había tiempo para tales cosas, pero su camisa apestaba a la niña de Gohan desde donde lo tocó la noche anterior. Se estremeció de horror por lo fuerte que reaccionó a su pequeña mano en el pecho. Había necesitado cada gramo del control que no tenía para...

Si captaba su aroma esta noche, pensó de un modo sombrío, la cazaría.

Estaba vestido y limpio ante el espejo, con las manos furiosamente apretadas y cerró los ojos, dispuesto a calmarse. No más arrebatos, no más poses ni beligerancia. Se cortaría la cola y las dos piernas si pensara que eso mantendría a salvo a su mujer y a sus hijos. Además, sonrió de repente, estaría golpeando a Kakaroto hasta hacerlo sangrar pronto esta noche. Habría una oportunidad de sobra para hacer que el otro saiyayín se arrepintiera de sus palabras.

Apuntó una ráfaga a su cola y cayó hacia adelante con un medio grito cuando la agonía lo golpeó. Vio al niño detrás de él, vio el pálido rostro de tsiruyín cuyos labios rojos le sonrieron de un modo malicioso y tuvo menos de un segundo para sentir una admiración a regañadientes de que el niño hubiera cronometrado su ataque tan perfectamente, en un momento en el que sería vulnerable. El niño pateó el muñón cauterizado donde acababa de estar su cola con una fuerza salvaje y Vegeta se desmayó. Después de lo que parecieron solo unos segundos, el tsiruyín dejó caer su cuerpo medio paralizado en la orilla rocosa de un río de montaña.

—¡No hay nada que puedas hacerme recordar, pequeño bastardo! —Vegeta sonrió a través del dolor. El agua helada del río alrededor de sus manos empezó a hervir cuando comenzó a subir su poder. Una vez que se levantara, tardaría mucho en matar a este pequeño monstruo.

—Lo sé —dijo la voz aguda del niño mientras tocaba la sien del príncipe saiyayín—. Olvida.

Vegeta hizo una mueca de dolor y cayó de rodillas apoyando las manos en el suelo. ¡Su cola…! ¡Un astuto y cobarde pedazo de mierda le había cortado la cola!

—¿Qué es lo último que recuerdas, saiyayín no ouji?

Miró sin comprender al tsiruyín.

—Estábamos a punto de aterrizar en el planeta. ¿Dónde está Nappa? ¿Y quién diablos eres tú? —Trató de pararse y cayó.

—Nappa murió hace mucho tiempo. Yo soy Gurasia, el hijo y heredero de nuestro amable Gran Frízer.

—Frízer no tiene mocosos —escupió Vegeta antes de respirar profundamente para tratar de controlar el dolor.

—Lo tiene ahora. Han pasado más de treinta años desde que aterrizaste por primera vez en Chikyuu. Mi señor padre habría enviado a rescatarte antes, pero te olvidaste de informar a dónde ibas, así que no sabíamos dónde buscar.

—¿Treinta... treinta años? —Vegeta se quedó mirando su reflejo en el agua con un creciente horror. Las líneas de sus rasgos habían cambiado sutilmente, se habían ensanchado, dándole el aspecto de un hombre que ha llegado a la plenitud de su fuerza, muy diferente al rostro anguloso y juvenil que conocía como el suyo. Su cuerpo era más voluminoso, más musculoso y fuerte. Muy, muy fuerte. ¡¿Y qué diablos le había pasado a su cabello?!

—Cuando chocaste en este planeta —le explicó el niño—, fuiste inmovilizado y hecho prisionero. Has estado cautivo en este planeta la mitad de tu vida, Vegeta. —Hizo una pausa y miró el rostro del saiyayín mientras dejaba que sus palabras se hundieran—. Chikyuu está dirigido por príncipes comerciantes. Kakaroto, el hermano de tu camarada Raditz, sirve a la más poderosa de esas casas. Te traicionó y te convirtió en esclavo. La mujer chikyuuyín que te ha retenido durante todos estos años ha utilizado una tecnología que altera la mente para controlarte. Eras un fiel sirviente de su casa. —El niño se encogió de hombros—. Me imagino que te trataron bastante bien, ella dio a luz dos hijos tuyos.

—¿Hijos? —preguntó Vegeta con una voz mortalmente suave.

—Oh, sí. Has sido su puta por tres décadas. —El niño se burló—. Pero llegaste a esa ocupación con experiencia laboral previa, ¿no es así? —Vegeta siseó de furia y se abalanzó sobre el tsiruyín, sin embargo, el niño salió disparado fuera de su alcance—. He borrado la memoria de todo tu largo exilio, no creo que te importe.

—No —susurró Vegeta temblando de rabia y asco—. ¡Fui el juguete de una mujer!

—Deberíamos irnos ahora —añadió el niño—, pero el príncipe de Tsirusei no está exento de compasión. Puedes quedarte esta noche para saldar tus deudas, si lo deseas.

—Lo deseo —dijo Vegeta mientras se ponía de pie temblando.

—La mujer, Bulma Briefs, está escondida, teme por su vida ahora que eres libre. Le he quitado el dispositivo de control mental, pero todavía llevas el collar que te impedirá usar el poder de la luna. —Los dedos de Vegeta sujetaron el collar que rodeaba su cuello y sintieron que una ola de dolor salía disparada del odioso dispositivo. El niño tsiruyín sonrió antes de arrancarle el collar, lo que envió picos de agonía en respuesta a su cerebro. Lentamente, el dolor se alivió y quedó libre—. Es muy probable que Kakaroto esté donde está la mujer para protegerla de ti, sin duda.

Vegeta mostró los dientes.

—Los encontraré.


—No está en ninguna parte de la casa, Kassan —dijo Trunks preocupado.

Habían esperado media hora a que Vegeta regresara antes de registrar la totalidad de la Corporación Cápsula.

—Algo está mal —les aseguró Bulma innecesariamente.

—No importa —respondió Gokú, su tono de voz era bajo y tenso—. Todos tienen que irse ¡ahora! —Faltaba una hora para que saliera la luna. Podía sentir que algo tomaba forma en su interior, algo violento y aterrador—. Iré a buscarlo.

—Iré contigo —dijo Trunks que miraba hacia el norte, donde su hermana y Goten acababan de desaparecer en el horizonte. Su madre les había sugerido con mucho tacto que no repitieran las actividades de la noche anterior en la Corporación Cápsula. Podrían despertarse a la mañana siguiente y encontrar toda la capital del oeste incendiada—. De cualquier manera, ninguno de nosotros debería estar cerca de las áreas pobladas esta noche.

Gokú gruñó algo que expresaba su acuerdo. Se volvió hacia Milk. Ella parecía miserable y asustada y él se preguntó con una sensación enfermiza si le tenía miedo. Trató de sonreír para tranquilizarla.

—Terminará en diez horas. —Se despidió de Milk con un beso, algo que nunca había pensado en hacer antes, saboreando lo dulces que eran sus labios, lo bien que se sentía presionada contra él. Era suave y frágil, y todavía olía a las manzanas con canela que cocinaba para el desayuno. Era tan fácil tomarla sin resistencia, aplastarla, romperla y cortarla... Él la empujó hacia atrás—. ¡Vamos! —Su voz temblaba. Miró a su alrededor a los rostros pálidos y asustados de las personas que amaba—. Cuiden de ella —le dijo a su hijo, a Krilin y a Dieciocho—. Cuiden de todos ellos. —Se fue mientras aún sentía que podía hacerlo y Trunks lo siguió en silencio.


El extravagante pabellón de caza pertenecía a un viejo amigo de Gohan de la Universidad. Videl se sentó en la amplia hamaca que miraba hacia las frescas montañas verdes del norte de China, con la cabeza de su hija adormecida en su regazo. El calor sofocante que había bañado la capital del oeste con una débil y deprimente humedad estaba ausente aquí.

—Papá está en camino —suspiró Pan.

—¿Está cerca? —Videl acarició con suavidad la frente de la muchacha. Su fiebre subía.

—Estarán aquí en unos minutos. Papá y Bassan y Krilin-san y Dieciocho-san. —Pan se movió ligeramente—. Maron no está con ellos. Qué bueno, ella ya no me cae bien.

—¿No?, ¿por qué no?

—Es rencorosa y le gusta Trunks.

Videl sonrió.

—¿Cuánto tiempo has estado enamorado de Trunks, cariño?

—¡Lo dices como si fuera un capricho! —dijo su hija lastimeramente—. No soy una bebé. ¡Todo el mundo me trata como una y lo odio! Pasé un año entero fuera de casa, peleando y viajando por toda la galaxia, y casi otro corriendo, escondiéndome y peleando cuando todos ustedes estaban poseídos por Baby ¡y nadie se acuerda de eso! —La voz de Pan, llorosa y débil, se había vuelto enojada y estridente antes de reducirse a una baja vibración en su pecho que Videl, se dio cuenta con un leve horror, era un suave gruñido.

¡Gohan, date prisa! ¡Te necesito!

—¡Todos están tratando de mantenerme alejada de él, no quieren que crezca! —añadió Pan acusadoramente y se sentó—. ¡Pero está bien que Bra tenga a Goten! ¡Eso no es justo!

Videl le devolvió la mirada a la muchacha con firmeza mientras trataba de pensar en algo, cualquier cosa que la mantuviera calmada. ¡Oh Kamisama, si ella intenta irse, no soy lo suficientemente fuerte para detenerla!

—La diferencia entre los quince y los dieciocho es más grande de lo que imaginas, Pan —contestó finalmente—. Nadie dice que no puedas... casarte con Trunks algún día. Solo queremos verte terminar la secundaria primero.

Pan parpadeó rápidamente, sus ojos de improviso se llenaron de lágrimas miserables.

—Eso es lo que Vegeta-san dijo.

—¿Así?

—Sí. Anoche después de que Trunks se escapó, me dijo que Trunks seguiría esperándome hasta que creciera.

Videl se sorprendió. Era difícil pensar en que ese hombre frío y severo hiciera algo tan amable como consolar a una adolescente enamorada. Siempre le había tenido un poco de miedo.

—Eso suena como un buen consejo de una fuente interna, cariño.

—Luego me le insinué.

Videl tragó saliva.

—¿A Vegeta-san?

Pan sollozó.

—Me empujó hacia atrás y me dijo que no era mi culpa. Pero, ¡oh mamá! ¡Todo esto es tan vergonzoso! ¡Nunca podré volver a mirar a Vegeta-san ni a Bulma-san!

—Él... Pan-chan, él fue criado como saiyayín y esto le pasaba a todas las mujeres saiyayíns. Probablemente no piensa más en eso de lo que tu papá hace cuando me pongo irritable y anhelo chocolate una vez al mes. —Besó la cara caliente de Pan—. Todo estará bien, cariño, lo prometo.

Gohan y los demás aparecieron volando en el brillante cielo de la tarde y aterrizaron suavemente en el césped descuidado. Videl exhaló un profundo suspiro de alivio que fue interrumpido por la expresión del rostro de su esposo.

—Vegeta-san está desaparecido —dijo con gravedad.


Gokú buscó en el área inmediata algún rastro de la firma de energía de Vegeta.

—Nada —admitió enojado—. ¡Maldita sea, será mejor que esté metido en problemas! Si simplemente se ha ido enfadado...

—Tal vez le ha pasado lo que nos pasó a Goten y a mí —dijo Trunks preocupado mientras se esforzaba por mantenerse a la par con la mayor velocidad del hombre más alto—. Y a ti también, de hecho. Si ese niño... lo ha alterado de alguna manera, su ki puede haber cambiado. —Trunks frunció aún más el ceño—. ¿Qué pudo haberle hecho a tousaan, Gokú-san?

—¿Qué quieres decir?

—Goten y yo vivimos años en la línea de tiempo que recordamos ahora. Toussan solo tiene tres o cuatro días de recuerdos de ese momento. ¿Lo que sucedió durante todo ese lío... lo destrozaría? Lo recuerdas todo, ¿no?

—Sí. —Gokú se detuvo en el aire y Trunks se detuvo a su lado—. Pensemos en esto, ¿qué? —Miró con curiosidad la sonrisa mal disimulada del joven—. Ah, dije "pensemos en esto" ja ja.

—Lo siento, Gokú-san.

—Hay muchas cosas de esa época que lo lastimarían, pero nada que lo cambie. Hasta donde yo sé, Vegeta recuerda cada detalle de todas las cosas malas que le han pasado... —El destello de una terrible percepción apareció en el borde de sus pensamientos—. Hay un patrón distinto en todo lo que este niño nos ha hecho hasta ahora a cada uno de nosotros. Parece que está tratando de arreglar un conjunto de circunstancias para que nos enfrentemos entre nosotros…

—¿Qué podrá ser? —preguntó Trunks con miedo al leer la expresión de su rostro.

—¡Kamisama, espero estar equivocado! —susurró Gokú. Odiaba más el "regalo" que el niño tsiruyín le dio cada momento que pasaba—. Agárrate a mí —le pidió a Trunks mientras cerraba los ojos para concentrarse. Intentó recordar las sutilezas exactas del ki y los patrones del pensamiento de un hombre que ya no existía. Se aferró a algo casi al instante y maldijo en voz baja lamentando la pérdida de un amigo. Desaparecieron del manto de smog que colgaba sobre los suburbios para aparecer en el aire fresco y helado de una montaña a medio continente de distancia.

Frente a ellos, en el borde de la cima de una meseta rocosa estaba Vegeta con los ojos enrojecidos como los fuegos del Infierno. Su cola se había ido, también su collar reflector. Él estaba de pie con los brazos en alto y abiertos de par en par, mirando hacia arriba con una alegría embelesada y asesina. Habían saltado una hora hacia el este con shunkan idou, el cielo lucía notablemente más oscuro y había salido la luna.


—¿Tou… toussan? —dijo el más joven de sus dos enemigos. Gruñó ante la palabra y la visión de un rostro tan parecido al suyo. Este era uno de los bastardos mestizos que había engendrado con la mujer chikyuuyín.

—No recuerda haber sido tu padre, Trunks —le aseguró el otro, el que se parecía demasiado a Raditz para ser alguien más que su hermano.

—Kakaroto... —ronroneó—. Te mataré a ti ya toda tu casa por traicionarme.

—¿Traicionarte? —El otro saiyayín trató de rozar sus pensamientos y le asestó al bastardo de clase baja un brutal golpe mental que lo hizo estremecerse—. Gurasia se llevó todos sus recuerdos desde que llegó por primera vez a Chikyuu —dijo Kakaroto y el mestizo palideció.

—Ha salido la luna. —Vegeta tomó una respiración profunda—. No hay mejor momento para que los saiyayíns se maten entre sí, Kakaroto. ¿No lo sientes arder en tu sangre? —Ambos lo miraron como idiotas y de repente vio los collares que llevaban—. Ah, la mujer chikyuuyín también los ha esclavizado. Puedo quitárselos si lo desean. Podemos matarla juntos antes de pelear.

—¡No! —gritó el muchacho. Vegeta podía sentir la furia de la luna construyéndose dentro de sus enemigos, presionando los límites de los collares que ambos usaban.

—¡Toussan, intenta recordar! Intenta…

Vegeta se lanzó al frente para golpear a la abominación de cabello claro que se había visto obligado a engendrar hundiéndolo en la piedra negra del pico aplanado de la montaña. El lamentable debilucho ni siquiera se defendió. Kakaroto estuvo sobre él en un instante ¡y fue bueno! Dioses, era bueno luchar con esta locura que rabiaba en su sangre y que expulsaba la vergüenza y la humillación de haber sido atado y controlado durante treinta largos años. Agradeció en silencio al mocoso tsiruyín por borrar sus recuerdos, aunque todavía quedaban algunos destellos de ellos. Se habría vuelto loco, pensó, viviendo con los recuerdos de su tiempo aquí. Vio que Kakaroto también comenzaba a sonreír con los dientes al descubierto luego de probar su propia sangre por los golpes que le dio.

El clase baja era fuerte, más fuerte que Frízer, más fuerte que Cold-sama, más fuerte de lo que jamás había concebido que pudiera llegar a ser un ser mortal. ¡Y Vegeta era su igual! Pasaron por las etapas del super saiyayín y gritó de alegría por la primera felicidad real que recordaba haber sentido desde su infancia. ¡Otoussama! ¿puedes verme desde los Salones de la Guerra Eterna? ¡Tenías razón, padre! ¡Tenías razón! ¡Soy el legendario, el super saiyayín! Él y el otro, corrigió con un toque de avariciosa envidia. ¡Pronto estarás muerto, Kakaroto!

La luna se siguió elevando mientras luchaban. Sin previo aviso, ambos saiyayíns gritaron con fuerza y cayeron al suelo. En algún lugar cercano, Vegeta también podía escuchar al muchacho jadear de dolor. Una tenaza se había cerrado alrededor de su columna, desde la base del tallo cerebral hasta la herida donde estuvo su cola, y comenzó a tirar, a desgarrar los nervios, los huesos y los músculos, reorganizando a la fuerza su cuerpo. Se levantó jadeando, siseando y gruñendo a través de sus colmillos afilados mientras el dolor remitía. Su cola había vuelto a crecer. Todas las colas habían vuelto a crecer, incluso la del mestizo. Se recuperó primero, probablemente porque ambos todavía usaban sus collares de esclavo. Se tambaleó hacia el cuerpo aún retorciéndose de Kakaroto. Los guerreros de clase baja siempre estaban a merced de sus colas. Agarró la del hombre más alto y la giró en un ángulo particular, un truco sucio que había aprendido casi tan pronto como pudo caminar. Los ojos de Kakaroto se pusieron en blanco y cayó inconsciente. ¡Maldita sea, el hombre era poderoso!

No mataría a este oponente hasta que ambos volvieran a estar en el mismo terreno. Solo entonces podría probarse a sí mismo que era el más fuerte, pero primero, la mujer. Sus ojos contemplaron el rostro inmóvil del muchacho mestizo y volvió a gruñir al ver cuán fuerte era el parecido. Puso un pie en la cabeza indefensa del bastardo, preparado para aplastar la vida de esta prueba viviente de su vergüenza, de esta contaminación de la sangre de los reyes con… se detuvo.

Maldición.

No había más mujeres saiyayíns, ¿qué demonios asumió que eventualmente haría cuando llegara el momento de engendrar a un heredero, excepto engendrar un mestizo? Sabía que Radditz tenía cuatro o cinco mestizos esparcidos aquí y allá en diferentes planetas. Se había ocupado de saber que todos eran hombres. Los nacimientos de los saiyayíns tendían a ser abrumadoramente masculinos, casi veinte a uno. Retiró el pie. La sangre saiyayín era preciosa, demasiado preciosa para derramarla sin razón.

El mocoso era fuerte, muy fuerte, a pesar de que estaba fuera de forma. Eso podría arreglarse. Se dio cuenta del collar que controlaba la mente alrededor del cuello del muchacho y se lo arrancó con un silbido de furia. ¡Ningún hijo de la casa real de Vegetasei sería embridado! El muchacho abrió los ojos y Vegeta vio como la luna los llenaba, quemando el odioso azul claro para llenarlo con el más verdadero sentido de quién y qué era él, con libertad probablemente por primera vez en su vida.

—Cuando puedas pararte —le dijo—, sígueme. Nos vengaremos de la perra que nos ha mantenido esclavizados a los dos.

Se disparó hacia el cielo. Solo disponía de una hora más o menos antes de que la locura se apoderada de él por completo. Agudizó su concentración y revisó el entorno al azar mientras se preguntaba con una punzada de inquietud dónde había adquirido tal habilidad: explorar sin un rastreador. ¡Allí! A lo lejos, pero claro y definido, sintió una colección de niveles de poder extremadamente altos, todos agrupados. Los sirvientes de la mujer, sin duda, reunidos para protegerla de él. Se disparó hacia la fuente de las firmas de ki, gruñendo como un animal rabioso.

—Lista o no, perra, ¡allá voy!