**Peeta's POV**

Cuando me despierto por la mañana descubro que sigo teniendo a Katniss bien sujeta. Mi abrazo protector denota miedo, como si hubiera temido que durante la noche alguien me la hubiera podido arrebatar de mi lado. Me duelen los ojos y no me creo la mala suerte que tengo. Ya pasé por esto durante los primeros juegos y creí que estaba preparado, pero ahora que sé que ella me quiere a mí es mucho peor.

Empiezo a acariciarle la espalda con aire distraído. Ojalá pudiera pasarme los tres días que me faltan así, solo con ella. Suena el despertador y maldigo no haberlo desactivado. Katniss se despierta, lo sé porque empieza a moverse dentro de mis brazos.

- No tenemos por qué ir. Hay tributos que no han ido al entrenamiento y no les han amonestado –digo serio–. Y me da igual lo que Haymitch grite. Total, tampoco hay nada que podamos aprender a estas alturas –Katniss me mira sorprendida.

- ¿De verdad estarías dispuesto a hacer eso? –le respondo sin vacilar.

- Eso y lo que fuera falta para conseguir más tiempo contigo –veo la ilusión en su mirada. Me quiere, lo veo en sus ojos y por primera vez desde que lo sé siento una chispa de felicidad. Pero esa ilusión se le borra del rostro.

- No, debemos ir. Tengo que conseguirte aliados –veo la resolución en su expresión. Sigue empeñada en que sea yo quien sobreviva y para ello es capaz de sacrificar un día los dos solos para ganar algún punto a nuestro favor en la arena–. Puedes quedarte descansado si quieres, yo me encargo de todo –y se levanta.

- Estás muy equivocada si crees que te dejaré sola con ellos –me levanto de golpe. Al fin y al cabo son los asesinos que irán detrás de Katniss, tengo que aprender lo máximo que pueda sobre ellos. Dios, qué estúpido soy, ¡no puedo desconcentrarme de esta manera! Tengo un objetivo y más me vale ceñirme a él cuanto antes.

Katniss se acerca al armario y saca su ropa de entrenamiento, es en ese momento cuando me doy cuenta de que sigo llevando la misma ropa que ayer (exceptuando mi camiseta) y que ésta no es mi habitación.

- Te veo en el desayuno –le digo y le doy un beso. Nunca nos hemos besado por la mañana, que es cuando sentíamos el arrepentimiento, pero ahora es distinto, ya no tengo miedo de mis sentimientos, ahora estamos juntos en esto.

- Vale –y me dedica una leve sonrisa. Me quiere. Siento un torrente de energía por todo mi cuerpo y le doy otro beso antes de irme.

**Katniss POV**

Bueno, lo hecho, hecho está. Ya no se puede deshacer. Mentiría si no dijera que me he quitado un gran peso de encima. Por fin podemos ser sinceros el uno con el otro, por fin sabemos lo que hay, la barrera ha desaparecido, toda la carne está en el asador. Ahora solo falta seguir adelante y no torturarme pensando en la de cosas que hubiéramos podido hacer si tan solo se lo hubiera confesado antes… Pero me obligo a pensar que es mejor de esta manera, que si hubiéramos tenido esta relación en el Distrito, jamás hubiéramos subido al tren porque estoy convencida que habríamos terminado por huir y eso nos habría matado a todos porque nuestras familias no están acostumbradas a vivir en el bosque. Me quedan tres días de vida (dos para el entrenamiento y uno de preparación con los mentores y la entrevista con Ceasar). Lo bueno es que me siento libre, espiritualmente hablando claro, que es más de lo que hubiera podido esperar. Confesarle mis sentimientos a Peeta hace que me sienta bastante más ligera.

En el desayuno Peeta se sienta en su sitio de siempre, no hacerlo despertaría sospechas, pero por el modo en que me mira sé que me tiene muy presente. Me avergüenzo y bajo la mirada al plato.

- Maldita sea ¿Qué te ha pasado? –pregunta Haymitch mirando a Peeta– Parece como si te hubiera atropellado un camión –y hace una mueca de desagrado, luego me mira a mí–. Y la otra está igual o peor. Santo cielo, ¿qué diablos os ha pasado? –que nos hemos pasado la noche llorando, eso ha pasado.

- El Capitolio nos pone enfermos –responde Peeta simplemente.

- Pues que no se os note. Recordad que no os pueden ver débiles –dice serio y trato de olvidar nuestra lacrimógena noche para centrarme en lo que nos ocupar: matar a nuestros compañeros tributos.

- ¿Qué aliados nos recomendarías? –pregunto dando un trago a mi zumo.

- Finnick y Johanna…

- ¿Qué? –dejo el vaso con un golpe. Haymitch pone los ojos en blanco.

- ¿Quieres que te ayude o no?

- Johanna está loca, no dejaría ni que me regara las plantas. Además me odia y no la soporto –digo enfadada.

- ¿Y qué te parece Finnick? He visto que se ha acercado a ti –dice Peeta. Me echo a reír.

- No me gusta un pelo, se burla de mí constantemente.

- ¿Pero crees que en la arena podría…? –insiste Peeta.

- También me tira los tejos, trata de seducirme cada vez que hablamos –le digo a posta para ver su reacción.

- Descartado entonces –su reacción no me decepciona y me hace sonreír. Finnick debería caerle incluso peor de lo que a mí me cae.

- ¿Hace falta que os recuerde lo que os estáis jugando? –dice Haymitch exasperado– Me da jodidamente igual que te caigan bien o mal. Miénteles, utilízalos, hazlo como quieras pero necesitáis aliados. No volveré solo a casa por vuestra testarudez –eso me golpea fuertemente.

- No puedo matar a alguien a quién conozco. No puedo intimar con ellos –digo preocupada. "Mira a Peeta o a Rue, no puedo matar a alguien de quién me he encariñado".

- Pues deberás hacerlo por la cuenta que te trae –suspiro.

Lo sé, no hace falta que me lo repita, es solo que… no puedo hacerlo, por más que me lo digan. Obviamente mataré a quién sea que se acerque a nosotros en la arena, mataría a cualquiera que atacara a Peeta, pero por eso mismo no puedo intimar con alguien que será víctima de mis flechas. Siento que algo me toca la pierna y levanto la mirada. Peeta me sonríe cariñosamente y entiendo que ha sido él. Está tratando de animarme. Le devuelvo el golpecito con mi pierna y con una ligera sonrisa. Peeta estará conmigo suceda lo que suceda y eso me anima.

Durante el entrenamiento Finnick vuelve a cercarse a mí, supongo que con la excusa de que no me separo de Maggs, su mentora. Estamos en la mesa preparando anzuelos cuando busco a Peeta con la mirada, lo veo en el área de cuchillos y cuando me mira le señalo con la barbilla a Finnick a mi lado. Peeta se ríe y hace unas señas que indican que no lo va a perder de vista.

- ¿Está celoso tu prometido?

- ¿Primera vez que no le caes bien a alguien? –digo con el mismo tono irónico.

- Quizás no debería llamarle prometido, la boda se ha suspendido, ¿no?

- No sé por qué te preocupas, no planeábamos invitarte de todos modos –Finnick se ríe.

- ¿Por qué estás siempre a la defensiva?

- ¿Por qué me buscas siempre las cosquillas?

- Respondiendo así solo me das la razón –coge el anzuelo que estaba haciendo y lo inspecciona–. Deberías aprovechar y aprender de Maggs, esto es un espanto –me lo devuelve y yo lo miro unos momentos antes de decidir que tiene razón, pero obviamente no se lo voy a decir–. Tu novio no deja de mirarnos, ¿si te besara me daría un puñetazo?

- No deberías preocuparte por él. Antes de que él viniera yo ya te habría clavado una flecha en el ojo –él se hace el asustado. Cuando se va le doy un último vistazo al anzuelo antes de tirarlo a la basura.

Llevo todo el día temiendo y esperando lo mismo; que llegue la noche. Por un lado porque cada vez me caen mejor algunos de los tributos (lo que no es bueno de ninguna de las maneras) y por otra porque no me saco de la cabeza a Peeta y a esas preciadas e irrecuperables horas que voy a pasar junto a él. En la cena hablo poco aunque esta vez sí escucho lo que dicen; Cinna y Portia comentan que ya tienen los vestidos para la entrevista listos.

- Tengo ganas de ver qué has hecho, últimamente solo te he visto hacer vestidos de novia –digo un poco fastidiada. Odio la boda y lo que representa: un espectáculo y la pérdida de privacidad total ante Panem.

- Entonces no te esperes gran cosa…

- ¿Qué quieres decir?

- Snow quiere que llevéis los trajes para la boda –doy un golpe con el tenedor encima de la mesa.

- No.

- Lo siento –se excusa él. Miro a Peeta. ¿Así que el muy malnacido quiere recordarme que jamás voy a poder estar con él?

- Se me acaba de ocurrir una idea.

- No –dice Haymitch pero yo no le hago caso y sigo hablando.

- Hazme hueco en el vestido para esconder el arco y las flechas. Voy a travesarle el corazón –todo el mundo se detiene. Incluso los avox me miran. Por unas milésimas de segundo me alegro de que no puedan hablar para que no puedan contar lo que acabo de decir en voz alta–. Lo digo en broma –digo para suavizar la situación pero miro a Cinna y espero que sepa que lo he dicho enserio.

- Snow no estará en este evento, ya lo sabes.

- ¿Y dónde vive? ¿Tú sabrías llegar?

- ¡Katniss! –me riñe Effie horrorizada.

- Tan cerca y tan lejos… –añade Peeta, lo que me hace reír pero Effie se gira hacia él enfadada.

- ¡Peeta! ¡Dejad de bromear! ¡No se puede bromear con esto!

- Adoramos al presidente, no le deseamos ningún mal, ¿verdad Katniss? –dice Peeta con el tono más sarcástico que le he oído utilizar nunca.

- Exactamente. Lo que me duele realmente de morir en la arena es no poder ser bendecida por su presencia nunca más –a Haymitch se le escapa una risita.

- Katniss, basta –dice Effie seria.

- Sí Katniss, no te pases –disimula Haymitch.

No volví a decir nada más durante el resto de la cena. Mi cabeza había empezado a imaginarse a Snow encerrado en la arena, asustado, herido y suplicando la ayuda de los patrocinadores. Yo estaría del otro lado por supuesto, con un fajo de billetes bien grande en mi mano, pagando para que una lluvia de fuego le cayera encima de su cara de serpiente. Estaba deleitándome con su imagen chamuscada cuando oí un par de "buenas noches" y sillas moviéndose. Peeta se ha levantado, miro mi plato, doy las últimas cucharadas que le quedaban a mi postre y me voy con él.

El momento ha llegado, vamos a estar solos por fin y eso me emociona y preocupa de igual modo. Peeta abre la puerta de mi habitación y yo entro con él. Vamos a pasar estas 3 noches juntos y nadie puede hacer nada para impedirlo.

- ¿Crees que van a amonestarnos por lo que hemos dicho? –digo preocupada.

- Estábamos bromeando.

- Ya claro y el Capitolio siempre le han parecido bien las bromas –pienso un poco ¿Qué podrían hacernos como castigo?

- El año pasado les lanzaste una flecha de verdad y solamente te aumentaron la puntuación. No te preocupes, entramos a la arena en tres días, no van a hacernos nada –asiento, quizás tenga razón–. Voy un momento a mi habitación, ahora vuelvo.

- ¡No! –le cojo por el brazo y le detengo.

- No voy a tardar.

- No salgas, si lo haces podrían cerrar las puertas. Por favor no vayas.

- ¿Seguro?

- Sí, utiliza el baño de aquí y buscaré ropa que pueda quedarte bien –digo yendo hacia el armario.

- No hace falta, así estoy bien –no lleva el pijama pero sí una especie de chándal holgado. Supongo que es cómodo–. De acuerdo me quedo aquí, voy al baño –asiento aliviada. No podría soportar que nos separaran ahora.

Me tumbo en la cama y espero con los ojos abiertos. Ayer casi perdí el control con él. Mi cuerpo actuó solo y ahora me avergüenzo… o lo que es peor, me avergüenzo de que albergue una pequeña esperanza de continuar donde lo dejamos ayer… Peeta vuelve, apaga las luces y se sube a mi lado. Rápidamente me busca y me acuna en sus brazos. Me besa el pelo y cierro los ojos.

- Lo único bueno de todo esto… es poder tenerte así –le susurra a mi oído.

Su aliento me provoca unos escalofríos placenteros. Ahora que he aceptado mis sentimientos por él ya no tengo miedo, he dado un paso hacia adelante y no pienso retrocederlo. Por primera vez sé qué es lo que quiero y planeo dejarme llevar y no preocuparme de nada más. Empiezo a besarle el cuello.

Siento que Peeta se estremece y que me coge un poco más fuerte. Son unos besos cariñosos, se los doy porque me apetece mimarlo, pero entonces él sube mi barbilla y me besa como si llevara años sin hacerlo. Me cojo a su cuello y él nos da la vuelta, se sube encima de mí y sentirle otra vez aprisionándome hace que me excite. Ahora es él quién me besa el cuello pero no con pequeños besos como había hecho yo, sino que me besa, lame y muerde con pasión. Cierro los ojos y se me escapa un gemido. Rápidamente me tapo la boca. ¿Qué ha sido eso? Peeta me aparta la mano con una sonrisa socarrona.

- Quiero oírte –me susurra y siento algo húmedo entre mis muslos. Estoy perdida.

Le beso para evitar que siga con mi cuello y consiga volverme loca del todo, pero entonces mete sus manos por debajo de mi camiseta y cuando le siento recorrer mi espalda vuelvo a suspirar. Ya me da igual que lo escuche; no puedo reprimirlo. Me muevo para conseguir más roces con sus manos y meto las mías también debajo de la suya, buscando recorrerle con mis dedos. Entonces Peeta se separa para quitarse la camiseta, lo que hace que una ola de calor me inunde y luego juega con la mía pero sin quitármela. Me impaciento así que me la quito yo directamente. Él sonríe triunfante pero no le dejo tener esa sonrisa por mucho más tiempo porque vuelvo a besarle. Sentirle así hace que me vuelva loca. La temperatura me ha aumentado de golpe y me sobran todas las prendas. Nos recorremos con las manos pero yo siento que no es suficiente así que nos doy la vuelta y me siento encima de su regazo. Estamos jadeando y nos miramos atentamente durante unos segundos. A continuación me dispongo a quitarme el sujetador. Él me detiene.

- ¿Estás segura? –dice nervioso. Le he confesado mi amor, vamos a morir dentro de unos días… sí, estoy segura. Así es como quiero pasar el tiempo que me queda.

- ¿No quieres? –él rápidamente se sienta y me besa.

- Claro que quiero, solo quiero asegurarme de que estés cómoda… –vuelve a besarme y nuestras lenguas se funden en un beso húmedo. Mi entrepierna cada vez está más y más húmeda también.

- Te dije que te quería –digo entre jadeos como si eso ya lo justificara todo. En mi mente esto no es un gran paso, lo fue reconocer mis sentimientos por él. Esto es solo dale forma a lo que siento. Compartir intimidad con él dejó de preocuparme durante la Gira.

- Entonces adelante… –se separa de mí y me mira con ojos expectantes.

La verdad es que ha sido fácil decirlo pero ahora que me mira así me da un poco de vergüenza… acerco mis manos a la espalda para desabrocharlo y veo como Peeta traga ante eso. Lo desabrocho y lo deslizo lentamente por mis brazos hasta quitármelo y tirarlo al suelo. Peeta hace una mueca y abre la boca. Estoy preguntándome si no habrá sufrido un colapso nervioso cuando me besa.

- Eres hermosa.

- ¿De verdad? –no tengo los pechos especialmente grandes ni tampoco considero que tenga una gran figura. Pero por el modo en el que él me mira me siento alagada e incluso bella.

- No lo dudes nunca –nos volvemos a besar y siento sus manos en mi cintura. Aún no se atreve a tocarme.

Entonces, cuando casi había olvidado que estaba desnuda de cintura para arriba (sus labios me habían distraído bastante), siento su mano derecha en uno de mis pechos. Eso me arranca un pequeño gruñido y me aferro a sus hombros. Nadie nunca me había tocado, esto es demasiado nuevo para mí. Peeta me acaricia despacio y yo pierdo la capacidad de seguir respondiendo a su beso. Nos da la vuelta y se inclina sobre mí. Cuando me besa los pechos la quemazón en mi entrepierna se hace prácticamente insoportable. Nos tocamos, acariciamos y nos recorremos el cuerpo con impaciencia. Oírle susurrar mi nombre hace que jadee.

Para cuando se posiciona entre mis piernas no tengo dudas, me aferro a sus hombros y cierro los ojos, lista para recibirlo. Trato de hacer el mínimo ruido posible porque no me queda muy claro si alguien podría oírnos, aunque con cada embestida me cuesta más mantenerme silenciosa y al final solo me queda esperar que las paredes de la habitación sean lo suficientemente gruesas, porque no me reprimo.

Cuando terminamos estamos sudados y exhaustos, nos cuesta recuperar el aliento pero Peeta susurra que me quiere y yo me enredo a su cuerpo a la vez que le digo que yo también le quiero a él. Me sujeta por la cintura y me da un beso en la frente mientras mi cabeza sube y baja con su pecho que busca recuperar el aliento. Aquí, desnuda junto a él, siento que no hay ningún otro sitio en el que quisiera estar y eso es decir mucho, ya que estamos en el Capitolio. Solo Peeta podría conseguir que el Edificio de Entrenamiento resultara tan interesante. Cuando se lo digo él se ríe.

- Siento tener que decirte esto pero te has enamorado –yo me rio también.

- ¿Qué me ha delatado? ¿La frase cursi? –digo con ironía. Creía que ya lo había dejado claro entregándome de este modo.

- Ser cursi es uno de los síntomas, pero sobretodo es lo que has dicho. ¿Sabes? El Distrito más pobre y peligroso de todo Panem era mi sitio favorito en el mundo porque era donde tú estabas –sonrío sobre su pecho. Se pone a jugar con mi pelo–. Tú haces que los sitios sean bellos.

- ¿Incluso la arena? –él da un largo suspiro.

- Daría lo que fuera para que no estuvieras ahí, pero sí. Si estamos juntos sí –me aferro un poco más fuerte a él.

Trato de aferrarme a este sentimiento de calma y felicidad, pero no puedo evitar ser consciente de lo que nos espera. En un principio creí que quería vivir todo esto con Peeta para no desperdiciar los pocos días que me quedaban de vida y para que mi existencia no me resultara tan lastimosa, de modo que tendría un buen recuerdo al que aferrarme cuando llegara la hora… pero estaba equivocada, ahora que sé qué se siente al amar y ser amada, me resulta insoportable recordar que estoy condenada a perder esto para siempre.

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**Nota autora: Bueno, ¿qué tal?