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"Un amor de intercambio"

Por:

Kay CherryBlossom

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12. Hogar, no tan dulce hogar

(Parte II)

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Manhattan, New York, EU

Era un día cualquiera de enero, seco en el ambiente y con un viento fuerte y helado que sacudía de un lado a otro las copas de los árboles de Central Park. Minako y Seiya permanecían sentados en el césped, mirando a los niños correr en los juegos y a la gente pasear a sus perros.

Seiya soltó su tercera exhalación airada. También por tercera vez, Minako le ignoró, y le dio un trago a una botellita de vidrio que tenía escondida en su bolso.

—¿Alguna razón en particular del por qué estoy congelándome el culo, arruinando mis pantalones favoritos y violando la ley en vez de estar haciendo exactamente lo mismo —nada productivo—en algún lugar con calefacción y un bonito sofá mullido?

Minako esta vez se dignó a darle una respuesta.

—Nos hace bien el aire fresco —repuso.

Seiya la miró como si fuera un alien.

—Sí sabes que, química y físicamente es exactamente igual que el aire de adentro, ¿verdad? —criticó.

—Me gusta estar al aire libre.

—Ew… ¿por qué?

Minako chasqueó la lengua con el paladar.

—Hay mucho verde. Y me recuerda a Inglaterra —confesó débilmente, pero sólo para que Seiya dejara de hacer comentarios quejumbrosos. Seiya tomó la botellita de vino del bolso de Minako y le dio un trago para luego hacer una mueca. Era una sidra muy dulzona.

Parecía que iría para largo su estancia ahí y Minako sencillamente se rehusaba a abrir el pico. Tendría que ser él quien la orillara porque se estaba aburriendo como ostra.

—¿No has sabido nada del pueblerino?

Minako le miró filosa.

—No. Y no le llames así.

—¿Y no has pensado en la madura y extraordinaria posibilidad de llamarle tú?

La rubia chocó sus rodillas con nerviosismo.

—Le envié un e-mail.

—¿Y?

—Y nada, no me ha respondido.

Seiya volvió a poner la misma cara, entre burlona e impaciente.

—¿La gente aun se envía e-mails? Wow. Pensé que sólo Amazon lo hacía.

—Muy gracioso. Sí. Es algo anticuado, ¿vale? Déjalo estar.

—Anticuado no, es primitivo —punzó Seiya.

—Que lo dejes estar, carajo.

Él se encogió de hombros.

—¿Qué? Tú lo dijiste.

Minako no hizo más que sacar un largo, sonoro y cansado suspiro. Lo cierto es que habían pasado ya tres semanas desde que se fue de Castleton, y tras intercambiar el primer correo electrónico reglamentario (cómo había sido el viaje, el clima, como estaba Shen y cosas así) Yaten no se había comunicado más con ella. Actualizaba su correo electrónico una y otra vez durante el día y la noche —cosa que no había necesidad, pues su teléfono estaba configurado para avisarle, pero igual lo hacía —y se ofuscaba o se abatía al recibir únicamente spam.

Incluso pensó en la posibilidad de que Yaten le habría condenado al buzón de correo no deseado, pero deshizo rápidamente este pensamiento. Él no era así. Además su número telefónico sí lo tenía, aunque por alguna absurda razón seguía sin atreverse a llamar… quizá era porque si no le había contestado el segundo mail, probablemente tampoco le atendería el móvil, y la simple idea de que ya la hubiera olvidado le causaba un súbito pánico. Así que como la cobarde que era, se limitaba a invocarlo telepáticamente. Sin éxito, obvio.

Era un rollo muy de colegiala. Sus hormonas estaban a mil, tanto las que mostraban abstinencia en su cuerpo como las que expresaban su humor. Era insoportable.

Bueno, ahora que lo pensaba… sí, Yaten le hacía sentirse exactamente así. Una tonta, descarriada y...¿enamorada? colegiala. Sus días de hacer esperar a los chicos por un mísero café ya eran historia. Sólo le importaba el único hombre que no podía tener.

Bueno pero ¿qué otra cosa podía hacer? La pelota no estaba en su cancha, no le tocaba a ella hacerse presente. Es decir, si no se estuviera muriendo por hacer lo contrario, no debería pensar más en el asunto. Además habían prometido escribirse. Era responsabilidad de los dos, no sólo suya. Quizá Yaten tenía razón, al fin y al cabo, eran muy malos cumpliendo promesas. Aquello de "mantenerse en contacto" no había sido más que una vil cortesía de trámite, algo que compensara el hecho de admitir que lo suyo había sido algo pasajero y no volvería a repetirse. Si se hubiera quedado, ¿habría cambiado algo? ¿Su pasión y su compatibilidad habría durado lo suficiente? ¿Se habría acostumbrado a la tranquila vida de Derbyshire? ¿Habría podido hacerla feliz?

El problema era que ella sola no podía contestar a ésas preguntas. Y odiaba el modo en que Yaten le nublaba el juicio y la hacía dudar de sí misma y sus decisiones. Odiaba ahora no saber qué decir o qué hacer. O quizá sí sabía, pero todo quedaba sólo como una platónica posibilidad que imaginaba cuando se iba a dormir.

Seiya interrumpió su cavilación.

—Ya quita esa cara, mujer. Por lo menos el sujeto te pidió que te quedaras con él. No puede ser tan malo.

Minako se viró para mirarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Que te estás ahogando en un vaso con agua, Aino. Alguien te quiere, te quiere de verdad… y tú te das el lujo de torturarte cuando no sabes la suerte que tienes. Si Odango me hubiera dado una pista, un indicio por muy insignificante de que siente algo por mí, no estaría aquí perdiendo el tiempo contigo. Bueno, igual no quiero estar ahora contigo, la verdad. Pero sólo porque es probable que mis zapatos ya tengan popó de perro y no dejo de moquear. Qué afán el tuyo de estar aquí, en serio...

Minako pestañeó y reaccionó con una carcajada.

—¿Odango? ¿Quién demonios es Odango?

—Usagi —respondió Seiya colorado.

—¡Estás de joda!

—Cállate.

Minako seguía doblándose de risa.

—¿Tú le pusiste así?

—Sí. No estamos hablando de mí, ¿vale? Sólo era un ejemplo —Seiya miró a otro lado, como si necesitara escapar.

—Tú sacaste el tema —rezongó Minako, y le tomó a la sidra.

—Bueno, ¿y entonces? ¿el pueblerino?

—¡Que no lo llames así, con un demonio! —gritó Minako iracunda.

—Te he preguntado ya como se llama. Y pues como no practico el magnífico arte de la adivinación, tengo que llamarlo de algún modo, ¿no? Además tú te burlaste de mi apodo.

—Porque es una chorrada, Seiya. De todas las maneras habidas y por haber que podrías llamar a una chica que te gusta, le llamas Odango. Es una ridiculez. No me extraña que se haya ido en cuanto pudo...

En cuanto terminó de pronunciar la frase, se tapó la boca y se dio cuenta de lo que había dicho. De inmediato cambió su expresión.

—Perdón. No he querido decir eso… se me ha escapado…

Seiya evitó su mirada.

—Ajá, se te escapan muchas últimamente, ¿no?

—Yo...

Minako no acabó, porque Seiya levantó una mano para que lo dejase hablar.

—Sí. Con tu equipo de la agencia, y con los demás modelos. Con Haruka. Hasta con la señora Walsh. No me extraña que ahora te la tomes conmigo. Tienes que parar, Minako. Te estás volviendo amargada, pesada y agresiva, y tú no eres así.

Minako se quedó patidifusa. No sabía cómo reaccionar. Seiya se caracterizaba por decirle las cosas sin tapujos, pero aquello fue un knock out fulminante.

Seiya suspiró, y se veía afectado de haber cogido a su amiga desprevenida con aquella recriminación, pero no se cortó.

—Sí, creo que es por eso que no me quieres decir su nombre, Mina. Estás sufriendo, y crees que si evitas hablar de él vas a hacer que mágicamente esa sensación desaparezca, pero es al revés. Estás conteniendo todo y te está cambiando. Estás odiando a todo el mundo en NY porque te odias tú por no haberte quedado allá, porque estás enamorada hasta la médula y extrañas al tipo. Pero ya sabes cuál es la solución.

Minako trató de mantenerse firme ante tremenda brutal honestidad… pero no pudo. Seiya la había desbaratado en pedacitos con cada sílaba, y las lágrimas la traicionaron cubriéndole los ojos. Agachó la cabeza y sus hombros comenzaron a sacudirse con pequeños espasmos.

Seiya abrió los ojos como platos y se inclinó cauteloso.

—Mierda. ¿Estás llorando?

—¡Y qué! —chilló —¡Soy una chica, idiota!

Seiya frunció el ceño como aturdido.

—Eh… sí claro, es que… bueno, tú nunca lloras. Ni siquiera lloraste con la película ésa del perro… y joder, mira que yo estaba gimoteando como crío.

—¡Pues ahora lloro todo el tiempo! —se defendió.

—Sí, sí. Ya veo… —Seiya carraspeó. Le ponía malo ver a las chicas llorar, pero no sabía muy bien qué decirle ahora. Como la gente comenzaba a mirarlo de forma acusatoria como si él tuviese la culpa, Seiya sacó un pañuelo de su cacheta de cuero y lo puso cerca de su vista.

Minako levantó su rostro, todo descompuesto y mojado.

—Es un Hermès … ¿¡cómo se te ocurre!?

—Lo sé, tengo la esperanza de que lo rechaces —jugó.

Minako esbozó una sonrisa diminuta y se enjugó la cara. Tras minutos de reflexión, ella suspiró profundamente. Irónicamente se sentía mucho mejor, como más clarificada y tranquila.

—Sé que tienes razón en todo… sólo no sé por qué no me atrevo. Es algo egoísta, pero no quiero renunciar a lo que me ha costado tanto trabajo conseguir —declaró Minako haciendo un puchero —. Quiero lanzarme de cabeza a la piscina, pero me aterra la posibilidad de que no haya agua…

El sólo hecho de pensar que él la detestara, ya la hubiera olvidado, o peor, que hubiera conocido a alguna inglesa desabrida en el pub de ese pueblo diminuto le daban náuseas.

—Te estás lamiendo las heridas sin dar batalla, Aino —replicó Seiya.

—Pero en serio me gusta mucho la moda —dijo Minako empezando a arrancar algunas cerdas de pasto que estaban a su alcance —. Fue mi sueño desde niña. No sé hacer otra cosa más que modelar. ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Me convertiré en una de esas mujeres aburridas que aguardan por su hombre todo el día en casa, embarazada y sin chanclas?

—¿No es embarazada y descalza?

—¡Pues es lo mismo! ¡No me apetece en absoluto!

Seiya se recargó en las palmas de sus manos y miró el cielo tapándose con una mano. El sol brillaba demasiado.

—No puedes tenerlo todo. Nadie lo tiene todo.

—Ya lo sé. Por eso tengo un lío...

—Me estaba preguntando… si realmente nos gusta lo que hacemos o sólo nos gusta que a los demás les guste —dijo Seiya de pronto, cambiando el rumbo de la conversación.

—¿Cómo? —exclamó Minako.

—Pues lo pintan como lo mejor del mundo, pero ¿realmente lo es? Es decir, nunca tenemos privacidad, se nos juzga hasta por tener un grano y si lo piensas bien, la gente sólo ve el éxito o la popularidad, o bien, sólo el gran resultado de una foto. Modelar es una verdadera joda. Como ésa vez que tuvimos que posar en traje de baño en la montaña. ¡Estábamos a malditos -15°!

—O cuando nos pusieron esos animales asquerosos en el cuerpo para la campaña de Green Peace. ¡Ewwww!

Seiya asintió con seguridad.

—Y aguantamos, vale, es un trabajo. No me quejo. Pero sólo me pregunto si estaríamos dispuestos a hacer esto día a día, toda la vida. Y la verdad, yo no creo que pueda.

Minako se quedó pensativa. Ella jamás había considerado eso, francamente. Le gustaba la ropa, los zapatos y sentirse siempre bonita en el centro de atención. Pero Seiya tenía un punto, y tenía todo el sentido del mundo. ¿Hasta cuándo duraría? Para el estándar, ella ya no era tan jovenzuela. Ese año cumpliría veinticinco. Y todos los días entraban chicas de catorce o quince años a postularse como su competencia. Lo de Covergirl había costado años, sangre y sudor conseguirlo, y dudaba que algo así fuera a pasar cuando ella tuviera treinta. Se preguntaba si eventualmente la despacharían por alguna celebridad adolescente que hacía videos ridículos en YouTube y todas sus posesiones terminarían en una subasta humillante y patética.

Minako sacudió la cabeza. Su naturaleza era exagerarlo todo y no estaba ocurriendo nada de eso. Pero nuevamente… el punto era importante. Además, ¿habría otra persona que se entregara así? ¿vería en ella lo que Yaten veía o sólo sería su objeto de deseo como el de casi todos sus pretendientes? ¿la entenderían igual?

Seiya dijo:

—Sé que va a sonar súper cursi lo que voy a decir pero… alguien una vez me dijo algo como que, a veces al final del día, lo único que importa es que tengas a una persona que te quiera y te abrace en el sofá después de un mal día.

Seiya y Minako se miraron con un insólito sentimentalismo. Luego casi instantáneamente se echaron a reír al unísono. Minako se echó en la hierba boca arriba y se estiró. Definitivamente se sentía mucho mejor. Más esperanzada. No tenía la solución, pero ya tenía energías para ponerse a ello. Lo quería todo. Siempre lo había querido todo, y no se daría por vencida ahora.

—Sí suena súper cursi…—murmuró Minako cambiando su humor —, pero creo que es cierto. Me gustó la anécdota. ¿Quién dices que te lo contó?

Seiya no respondió la pregunta.

—Tal vez puedas intentar llegar a un punto medio. Ya sabes, un equilibrio para que no termines ordeñando vacas con cinco críos a tu alrededor ni tampoco siendo Cruella de Vil versión Kate Moss el resto de tu vida.

Minako se estiró y después se puso de pie de un salto.

—Sí, eso haré. Larguémonos, pues. He recobrado el ánimo y lógicamente, me muero por una hamburguesa doble con papas. ¿Vamos a Jackson's?

Seiya levantó las manos al cielo como si implorara un milagro.

—Aleluya.

Se sacudieron la ropa y empezaron a caminar a la salida del parque. Minako tiró la botella de vino en una papelera.

—Te devolveré el pañuelo. Venga, no fue para tanto.

—Claro que sí. Creo que he perdido la sensibilidad en una nalga. Tú invitas.

—¿Otra vez?

—Mientras tenga que seguir haciéndole de tu loquero personal... pues sí.

Minako le dio un puño en el hombro mientras se alejaban del parque rumbo a la tercera avenida. Era su manera de decirle gracias.

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Castleton, Derbyshire, England

El Red King de calle Oxford estaba relativamente vacío aquél día. El fulgor de las celebraciones ya había apaciguado a las personas y sus billeteras, así que tanto Ami como Rei identificaron a Usagi inmediatamente apenas cruzó la puerta del pub. Era el último sábado del mes, y como tradición, las tres habían quedado allí para tomar una copa. Era la primera vez que se veían desde que Usagi volvió a Inglaterra.

Fue Ami quien levantó la mano para que las ubicara. Tanto ella como Rei intercambiaron miradas perplejas en cuanto la miraron más de cerca.

—¡Madre mía, mírate! —soltó Rei con los ojos como platos y casi tirando su copa de vino tinto —. ¡Estás…! Bueno… no pareces tú.

Usagi se puso roja hasta las orejas.

—Gracias, Rei. Lo tomaré como un halago —sonrió ella sentándose en la silla alta que estaba libre y dejando su bolso en el perchero debajo de la mesa de madera de cerezo.

—Es su modo de decirte que luces preciosa, Usagi-chan —le dijo Ami con una sonrisa dulce y sincera —. ¡Te ves tan alta con esas botas, y más elegante y madura!

Se volvió a ruborizar mientras se sacaba el abrigo. Ese día se había puesto unos pantalones ajustados negros de jean, un bonito cardigan largo en gris claro y unas botas altas de tacón cuadrado con hebillas doradas. Todo era estrenado.

—Gracias. Es algo de la ropa que compré en New York.

—Como dijiste que querías tomar el resto de tus vacaciones en casa de tus padres, pensamos que estarías hecha un harapo —opinó Rei otra vez con su característico estilo punzón. No es que fuera cretina, al menos no siempre. Pero por lo regular siempre que se le iba la lengua era porque estaba preocupada por ella. No las culpaba, prácticamente no habían hablado desde que se fue y sus amigas sabían lo pillada que estaba por Mamoru y el trágico desenlace que habían presenciado.

—Yo también pensé que lo estaría. Que nunca volvería a sonreír. Pero ya ves, aquí estoy vivita y coleando —bromeó Usagi, y su risa fue contagiosa para las demás, que se notaban aliviadas.

Usagi les entregó una bolsa con obsequios que a ellas les encantaron, además de postales y recuerdos de la gran ciudad.

—¿Y qué tal estuvieron sus…?

—Woooa, que nosotras ni qué ocho cuartos. ¡Nos vas a contar tú primero todo lo que pasó, con detalles y todo!—presionó Rei.

Usagi pidió vino rosado, su favorito, y se preparó. Le gustaba que al fin, a pesar de que se había acabado, tenía muchas cosas lindas y emocionantes qué contar. Usagi primero les habló del apartamento de Minako y sus mil maravillas. Luego, de lo bonita que era la ciudad y de la recaudación de juguetes en la que ayudó a contribuir antes de Nochebuena. También de cómo Mamoru fue descaradamente a buscarla y pedirle volver con él. Ami no daba crédito cuando Usagi les contó de cómo lo despachó y el bofetón (no, los dos bofetones) que le puso. Rei en cambio hizo un gesto muy poco femenino de triunfo con la mano. Estaba feliz. Posteriormente gastaron casi media hora en hablar pestes de él, enumerar sus múltiples defectos y felicitarla por su entereza. Al fin llegó a la parte que le encogió el estómago y le agitó el corazón. El cómo conoció a Seiya y lo que vino después. Desde sus primeros encuentros fastidiosos hasta sus paseos, sus detalles y su despedida en el aeropuerto.

Rei insistió en que se lo describiera lo más exactamente específico. Al principio parecía excéptica de que algo así pudiera pasar en unas vacaciones, pero luego, cuando Usagi les habló de cómo era realmente él, su lado cínico y el tierno, ambas quedaron más encandiladas con Seiya que ella.

Usagi les mostró una fotografía que se habían tomado en Times Square. Rei estaba que brincaba de una pata. Ami sólo sonrió y puso un pulgar arriba, dando su aprobación.

—¿Por qué demonios estás aquí? ¡Usagi, serás zopenca!

Usagi soltó una carcajada que parecía más bien un ladrido.

—¿Cómo?

—Rei… —le riñó Ami entornando los ojos. Rei le mostró el teléfono.

—¿Qué? ¡Sólo míralo otra vez y dime si no está loca de remate!

—Bueno, no estoy a favor de las decisiones irracionales y poco meditadas pero...—Ami se encogió de hombros, como si se rindiera —, parece un gran chico.

—¡Ami! —se asombró Usagi, no dando crédito —. ¿Tú también?

Ami se ruborizó y se hizo chiquita en su silla. A pesar de estar comprometida, era muy tímida para los asuntos de romance.

Algo abrumada, Usagi comenzó a explicarse:

—Chicas, no podía quedarme… pero suponiendo que lo hubiera hecho, ¿se imaginan lo que dirían mis padres si sencillamente no vuelvo de mi supuesto intercambio? Y aunque no me encante el trabajo, he de hacer las cosas bien. Y tengo a Luna… ¿se supone que sólo la abandone?

Ambas chicas negaron con la cabeza dramáticamente. Rei fue la que tomó la palabra:

—No, claro que no. Perdona, es que se me ha volado la cabeza al mirar a ése chico… bueno, es obvio que tus padres se iban a trepar de las paredes, al principio, pero creo que eventualmente lo entenderían y se alegrarían por ti.

—Pero ¿y ustedes? ¡Son mis mejores amigas! —protestó Usagi.

Rei y Ami intercambiaron una mirada breve, muy breve pero significativa.

—Y siempre lo seremos —le dijo Ami con una sonrisa gentil, muy de ella —. Una amistad no es sólo cotillear en el trabajo o venir al pub. Es aceptar que también nuestras circunstancias pueden variar sin que eso cambie lo que sentimos una por la otra. Yo me habría alegrado mucho por ti.

Automáticamente miró a Rei sin creérsela.

—Yo también —le aseguró Rei, que mordisqueaba insistentemente una aceituna.

Usagi levantó una ceja al cielo.

—Pero tú dijiste que los hombres americanos…

—Usagi tonta, hablo de chicos que sólo quieren tontear o aprovecharse de ti una noche. ¡Este a leguas se nota que le interesabas muchísimo! Y después de lo de Mamoru, que jamás me agradó por cierto, por supuesto que querría que fueses feliz. Fuera americano, brasileiro o chino.

Usagi se recargó en el respaldo de la silla, con la respiración algo agitada y la cabeza a cien por hora. No se esperaba algo así. Tenía ganas de reír de alegría y llorar a la vez, y no sabía por qué.

Fue Ami la que percibió su inquietud, quien decidió cambiar el tema:

—¿Irás a trabajar el lunes? —preguntó sacándola de su trance.

—Sí. No. Es decir… iré, pero no me quedaré mucho, creo yo.

—¿Qué quieres decir? —quiso saber Rei, pero Usagi les prometió que se los diría hasta que ya todo estuviese hecho.

Tenía miedo que cualquier cosa pudiera hacerla cambiar de opinión.

Aquél lunes gris, como lo denominó el cielo, pintaba exactamente para que también fuese así en lo moral. Usagi se mentalizó muchas veces en lo que tenía que hacer, e incluso dudó un par de veces, pero no se echó para atrás. Para su mala suerte se topó con Mamoru cerca de la mesita del café, pero él fingió que ella era una planta decorativa. Usagi puso los ojos en blanco y no dejó que aquello la afectara. Imprimió los documentos que necesitaba, limpió sus cajones, tiró sus envoltorios de chocolates acumulados de meses y antes de que diera la hora del almuerzo, se dirigió al departamento de recursos humanos, en el último piso del edificio. En el ascensor a cada piso que subía, su corazón se aceleraba más.

La encontró como siempre atareada. Hablaba por teléfono con alguien acaloradamente, y Usagi esperó en el marco de la puerta.

—No, no… dije orquídeas. Sí, orquídeas. No, no sé de dónde saca que una orquídea es parecida a un tulipán. Por favor. Es urgente. Sí. ¡No hay tiempo! ¡Gracias! Adiós.

Colgó con un poco más de agresividad de lo que Usagi hubiera querido. La rubia tomó mucho aire, golpeó con los nudillos en la madera y habló, porque Setsuna no parecía notarla.

—Señorita Meioh.

Setsuna la miró con tensión. Usagi sintió como le hormigueaba el cuero cabelludo y ya le empezaban a sudar las manos. ¿Sospecharía acaso algo? No, eso era imposible. Seguro habría encontrado la forma de despedirla o mínimo le hubiera mirado con odio cuando se la encontró en el elevador esta mañana.

—Tsukino. Has vuelto de tu descanso, por lo que veo.

Usagi hizo un esfuerzo por sonreír, aunque se sintió culpable enseguida con algo tan insignficante.

—Sí…

—¿Qué sucede? —la apuró, pero ya se había colocado unas gafas rectangulares y enfocado la mirada en el monitor de su Mac.

—Tengo que hablar con usted.

—Ahora mismo estoy muy…

—Es urgente y muy importante.

La joven mujer giró en su silla y levantó un poco las cejas. Los ojos azules de Usagi recorrieron por instinto la oficina de Setsuna. Ahí en una repisa estaba una fotografía de suya con Mamoru en algún sitio bonito, y sintió mucha pena. ¿Cuánto tiempo llevaba esa foto ahí y ella, tan estúpida no se había siquiera fijado?

—Está bien, si tanto insiste…—accedió. Al mirar que Usagi iba a cerrar la puerta, Setsuna agregó apresuradamente —. Oh, no. Déjela abierta. No me gustan los espacios cerrados.

Usagi suspiró. Aquello iba a ser más difícil de lo que pensó.

—Para lo que voy a decirle, creo que va a preferir que esté cerrada.

Setsuna Meioh entornó los ojos un poco descolocada.

—Usted dirá, Tsukino…

Con las manos algo temblorosas, Usagi se sentó frente a ella y deslizó una hoja por el escritorio.

—Es mi carta de renuncia. Hoy es mi último día en esta empresa. Al señor Jenkins no le hizo mucha gracia viniendo de un descanso de tantos días, pero lo oí murmurar algo como «ya era hora», así que seguro que no le importará buscar un reemplazo.

Setsuna parpadeó rápidamente mientras examinaba el documento.

—Ya veo. Lamento oír eso, usted es buen elemento. Pero, oiga, no tenía que hacer tanta parafernalia por una renuncia ¿sabe? —le dijo.

Usagi cuadró sus hombros hacia atrás y volvió a tomar aire.

—No es sólo sobre eso. Sólo es parte de. Cuando le diga todo no me querrá más aquí, así que creo que lo mejor es renunciar primero.

Ella endureció un poco el gesto. Era una persona muy práctica y Usagi se estaba yendo demasiado por las ramas, o eso se le figuraba a ella. Pero si hubiera estado en los zapatos de Usagi, seguramente también temblaría como un pobre flan.

Aparte, colocó varias hojas sueltas a su alcance.

—Estos son los correos electrónicos que Mamoru Chiba y yo hemos estado compartiendo en los últimos tres meses. Quise escarbar más hacia atrás, pero misteriosamente alguien ya los había eliminado de mi ordenador. Ese alguien no contó con que mi amiga Ami es una genio de las computadoras y logró rescatar estos del ciber-cementerio. Lo que quería decirle, a grandes rasgos, es que él y yo habíamos mantenido una relación personal por los últimos dos años. Relación que yo terminé cuando me enteré de su compromiso, el día de la fiesta de Navidad.

Setsuna, tras permanecer en shock unos segundos, se puso más lívida que un muerto. Era como si le hubieran desenchufado el soporte vital. Su rostro se contorsionó en la incomprensión, seguido de algo similar a la rabia. Se sacó las gafas bruscamente, como si no supiera qué más hacer.

—¿Qué...qué es lo que has dicho?

Usagi bajó la mirada avergonzada, pero se obligó a enfrentarla. «No es tu culpa. No es tu culpa». Se repitió mentalmente un millón de veces consecutivas.

Setsuna no salía de su conmoción. La miró de una forma que Usagi no supo interpretar. No sabía si estaba indignada porque Mamoru la hubiera engañado, o la hubieran engañado por alguien como ella. Concluyó que simplemente estaba luchando con una batalla que ni ella misma entendía, así que volvió a hablar, esta vez con la voz más titubeante.

—Las últimas hojas contienen también algunos mensajes de texto, pero puedo mostrarle los originales, si quiere.

—¿Dos años? —profirió con la voz escarmentada, como si fuera la peor parte.

—Sí, más o menos.

Como si algo detonara en su circuito, Setsuna rompió a llorar tapándose la cara con las manos. Usagi miró a su alrededor, rogando que nadie abriera la puerta. No quería perjudicarla de ninguna forma, mucho menos con chismes.

Fue algo surreal ver a esa bella mujer alta, que jamás sonreía ni gastaba una broma hecha añicos. Usagi sintió como le dolía terriblemente el pecho, y guardó silencio hasta que ella se limpió las mejillas con el dorso de la mano y se tranquilizó. Apartó la mirada un segundo y luego sus ojos se volvieron a encontrar.

—Créame, no es mi intención herirla con todo ésto...

—¿Y por qué me lo cuentas? —reprochó Setsuna, repentinamente hablándole de tú. Sus ojos suplicaban clemencia por la verdad, así que Usagi se la concedió.

—Porque eres buena persona. O eso creo. Y no mereces lo que te hicieron… lo que aun te están haciendo. Si yo fuera tú, querría saber qué clase de persona estoy dejando entrar a mi vida. ¿Tú no?

Setsuna se limpió la nariz con un pañuelo desechable. Toda ella parecía hecha un lío de lágrimas y confusión. No había rastro de su eficiencia y dureza. ¿Por qué lo habría? Era una chica con el corazón roto solamente. Como ella lo fue también.

—No sabes eso, no me conoces. Tampoco sabes si soy buena —repuso llevándose las manos a la cabeza, apoyándose en el escritorio.

—Sí que lo sé —insistió Usagi. Carraspeó algo dudosa, sin saber muy bien cómo iniciar —. Fue justo el invierno pasado. Derramé el café sobre los reportes del mes del señor Jenkins. Yo… bueno, soy algo torpe con las manos —se excusó sin sentido. Setsuna no cambió su postura —. Y como estaba tan cabreado, Jenkins me hizo ordenar el archivo muerto del sótano por horas como castigo. Estaba helando, y la calefacción no servía allí.

Setsuna levantó al fin la vista. Usagi no pudo evitar esbozar una sonrisa minúscula.

—Recuerdo que no dejaban de castañearme los dientes. Tú llegaste y me preguntaste si estaba bien, y me dejaste tu suéter. Y yo pues… me sentía bastante humillada aquél día, pero tú me hiciste sentir mucho mejor.

Setsuna suavizó su expresión torturada. Eso animó un poco a Usagi.

—Sí, lo recuerdo…

—Nunca olvidaré eso, y no me perdonaría guardar silencio sabiendo que… bueno, que puedo evitar que a alguien más le pase lo mismo que a mí…

Setsuna giró su silla con demasiada rapidez, tanto que se cayeron algunos documentos que tenía apilados por ahí. Usagi se sobresaltó un poco.

—Dijo que tenía que ir a América a un asunto familiar. Y tú…tú estuviste de viaje allá, ¿no es así?

Usagi se mordió el labio inferior. Sabía que se suponía que debía decir algo, pero no le salía la voz. Se limitó a asentir. Setsuna sola acababa de encajar las últimas piezas del rompecabezas.

—¿Se fue contigo? —preguntó débilmente, como si esperara que Usagi le diera el golpe fatal.

—No, no conmigo… pero sí fue a buscarme —se apresuró a aclarar.

Un par de gruesas lágrimas de desilusión rodaron por el rostro moreno de Setsuna cuando parpadeó. Usagi sintió los suyos humedecerse. Todo estaba siendo horrible, más de lo que se había imaginado. Incluso si Setsuna se hubiera convertido en una arpía y le hubiera echado las culpas por seducir a su prometido, lo hubiera aguantado. Era peor saber que había más víctimas de su relación con Mamoru, además de ella misma.

—¿Para qué? ¿para qué fue a buscarte? —presionó.

—Para que volviera con él.

Setsuna se llevó las manos a la cabeza. Su mundo estaba viniéndose abajo, y Usagi conocía la sensación, así que no dijo más detalles. No lo creía necesario a menos que Setsuna se lo exigiera, y parecía que ya todo era más que claro. Hubo un momento en que ella pareció recuperar la calma, y empezó a hablar.

—No creo que necesite leerlos. Te creo. Siempre supe que se me escapaba algo… algo grande. Tenía tantas dudas, tantas sospechas sobre este compromiso. Pero nunca creí que fuera algo tan… tan…

Usagi suspiró. En su caso había sido lo mismo. Había pistas por todas partes pero estaba demasiado obnubilada con Mamoru para verlas. Si él no lo hubiera llevado demasiado lejos, aquél día de la fiesta del trabajo, posiblemente ella seguiría en sus garras siendo la misma ingenua.

—Lo siento.

—¿Qué se supone que haré ahora? —gritó de repente, y Usagi no supo si se lo decía a ella, a sí misma o a Mamoru —. ¡He enviado doscientas invitaciones! ¡Me caso en tres semanas! ¡Acabo de colgar con la florista, maldita sea! ¡Qué se supone que haga con todo esto...!

Usagi se tronó los dedos juntando sus manos.

—Bueno, yo… no sé cuál sea la decisión apropiada. Pero sí puedo decirte que aunque ahora todo se ve oscuro, confuso y doloroso, y seguirá así un tiempo más...ésa sensación poco a poco se irá desvaneciendo, hasta que no sea más que un mal recuerdo. Lo sé por experiencia.

Y se puso de pie para retirarse. Ya no le veía caso seguir allí como la espectadora incómoda de su crisis, ella no era la persona adecuada para consolar a Setsuna. No era su amiga ni su familiar. Iba sólo a contarle la verdad, y ya estaba hecho. No quería seguir poniendo el dedo en la llaga con detalles escabrosos, como las rosas que le llevó o el hecho de que prácticamente le pidió ser su amante. Eso era algo repugnante.

—Espera —le llamó Setsuna, justo cuando tenía la mano en el picaporte —. No tienes que irte por eso de la empresa. No es tu culpa…

Usagi le sonrió con sinceridad y no la dejó acabar.

—No es así, de verdad. ¿Sabe? Cuando nos pasan cosas malas no las entendemos, pero creo que la vida nos las manda porque al final nos hace un favor. Este no es el sitio para mí. Nunca lo fue. Y sobre su problema —recordó las palabras de Minako y la miró a los ojos con algo muy similar a la estima verdadera—, alguien que conocí en América me dijo que, a veces, cuando renunciamos a algo demasiado pronto es porque quizá no nos sentimos merecedores de ello. En su caso, efectivamente no creo que merezca a alguien como él. Merece alguien mejor. Así que yo no me preocuparía por echar por la borda todo hoy o en tres semanas. Hasta luego, señorita Meioh.

Creyó oír que ella se despedía también en un murmullo, pero no estuvo segura. Usagi cogió de su lugar la pequeña caja con algunas de sus pertenencias y tras tirar su gafete de identificación a la basura, entró en el elevador sintiéndose muy ligera. Feliz no, porque su encuentro con Setsuna la había deprimido, pero seguía sintiéndose muy bien consigo misma por haber hecho lo correcto.

Mañana empezaba una nueva vida para ella, y sabía justo dónde comenzar. Por primera vez, no tenía miedo de enfrentarse a a lo desconocido. Sería mejor. Tenía que serlo.

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Notas:

Holiwis! Con gran gusto les traigo actualización Irónicamente ahora no checan las fechas de la historia con las fiestas que están por venir ¬_¬ , pero bueno, al menos sigue siendo invierno y siempre pueden regresar y volver a leerla jiji :P. Es un capítulo de cierres de ciclos de nuestras rubias favoritas, que aunque se mantienen lejos de sus respectivos galanes tienen que pasar por ello. No coman ansias! Lo bueno se hace esperar.

Particularmente amo la amistad de Mina y Seiya :D, quería escribir sobre ellos aunque sea un poco más.
Agradezco como siempre sus lecturas y comentarios!

Kay