CAPÍTULO X
Saku llevaba dos días sin poder concentrarse en lo que hacía, y eso era peligroso. Al final, después del despropósito cometido con la costura, Uruchi le había preguntado por fin que si sabía hacer algo y qué clase de educación le habían dado para no saber nada de costura ni de cocina.
Saku se ciñó lo máximo posible a la realidad. Las mentiras, cuanto más se distanciaban de la verdad, más difíciles eran de controlar y de recordar.
Así que le dijo que sus padres en las Lowlands habían trabajado para un barón, padre de dos hijos. El barón la tomó a ella como sirvienta de su hija, aunque sus labores se reducían prácticamente a ser su acompañante y asistirla en sus quehaceres diarios. Debido a ello, permanecía junto a ella en las clases que recibía de escritura y lectura. Así fue como aprendió ambas cosas.
A Uruchi aquello le pareció extraño pero lo aceptó, sobre todo porque eran de las Lowlands y ya se sabía que aquella gente no estaba bien de la cabeza. Por lo tanto, Saku le dijo que no sabía coser ni cocinar, pero podía hacer otras tareas como fregar los suelos, ayudar a la curandera del clan — pues había aprendido mucho de una curandera de las Lowlands—, leer o escribir alguna misiva para los miembros del castillo, o encargarse de adecentar las habitaciones, haciendo las camas o colocando la ropa.
Así que eso fue exactamente lo que le encomendó. Fregaba los suelos del castillo. Doblaba la ropa y la colocaba en los aposentos, y ayudaba a Naori Uchiha, la curandera del clan, cuando lo necesitaba.
Naori Uchiha, alta y delgada, y con unos bonitos ojos negros, le cayó bien desde el principio. No tenía pelos en la lengua y mostraba un carácter de mil demonios, pero le gustó nada más conocerla. Tenía un hijo de seis años, Ian, travieso, vivaz y con una imaginación desbordante. La verdad es que le recordó a sí misma cuando era pequeña. Había pasado con él bastante tiempo, dado que acompañaba a veces a su madre, como la tarde anterior cuando fue con ellas a hacer unas visitas a varios de los miembros del clan aquejados de diversos males. Uno de ellos era Herbert, un hombre ya entrado en años que tenía un pequeño resfriado. Meg intuyó que, más que resfriado, lo que Tajima quería era tener a alguien con quien hablar de todos sus achaques. Vieron también a un reticente Hikaku con un corte grande en el antebrazo fruto de una distracción durante el entrenamiento de esa mañana. Las malas lenguas decían que había pasado cuando se quedó mirando Inaho al pasar esta por el patio delante del grupo de guerreros. Y la última a la que vieron fue a Hazuki, la mujer más anciana del clan, que a sus 79 años tenía una mirada penetrante y muy intuitiva. Cuando la miró, Saku tuvo la sensación de que le leyó hasta el alma. El pequeño Ian había ido con ellas ese día porque estaba castigado. La tarde anterior había estado con Kagen y Naka, los nietos de Kagami, en su día hombre de confianza del abuelo de Sasuke y también uno de los consejeros del mismo. Kagen tenía cinco años y Naka siete, y tampoco eran unos santos. Llevaba poco tiempo allí pero si una cosa sabía era que cuando andaban los tres juntos nada bueno podía esperarse. Si no que se lo dijeran a Henrietta, cuyas canas parecían haberse incrementado desde que pintaron a su cabra de azul hacía dos días. Cómo lo habían conseguido, era todavía un misterio.
A Saku le sorprendió la actitud de Sasuke Uchiha cuando, ante las quejas de Henrietta, mandó llamar a su presencia a los tres niños.
Naori se apresuró a llevar a Ian a una sala contigua al salón, donde el jefe de los Uchiha solía recibir a los miembros de su clan que querían exponerle algún problema. Otro rasgo que también la sorprendió, y la llevó a empezar a replantearse si verdaderamente las cosas que había escuchado de él hasta entonces tenían algún fundamento. ¿Qué hombre del que decían era el mismísimo diablo escucharía atentamente a los miembros de su clan, aun cuando esas quejas podrían ser absurdas o nimias?
Lo mismo pasó esa tarde cuando, después de echarles una reprimenda a los niños y castigarles con tener que dejar los establos relucientes durante una semana, Saku le sorprendió con una leve sonrisa en los labios. Como si la travesura de los pequeños le hubiese hecho gracia.
Así que no podía sino que empezar a pensar qué había de cierto y qué no en los testimonios oídos durante los últimos años.
Era cierto que con la espada y en la lucha, Sasuke era un auténtico demonio. Ella lo había visto entrenarse con el resto de sus hombres y jamás en su vida había sido testigo de un guerrero igual. Su velocidad, su fuerza, su destreza no tenían parangón. Solo su padre o su propio hermano, que hasta la fecha eran los mejores que había visto jamás, podrían igualársele. Su capacidad de liderazgo y su elocuencia eran también grandes rasgos de los que había sido testigo. Había visto a su clan respetarle y acatar cada una de su decisiones, y no llevados por el miedo, sino por el respeto y el afecto que le tenían.
Por eso no podía en ese momento reconciliar lo que sabía de aquel hombre que estaba conociendo desde que llegó al clan Uchiha con el hombre del que había oído hablar los últimos años.
En aquel momento, mientras doblaba la ropa que después del lavado quedaba por disponer en los distintos aposentos, pensó en si se estaría ablandando con el clan Uchiha.
La única verdad era que estaba mintiendo a toda aquella gente. Cuando trazó el plan, ni siquiera se lo planteó, porque no pensó en ellos como personas individuales sino como clan, como Uchiha. Un clan que había odiado al suyo y a la inversa durante demasiado tiempo. Era estúpido que un apellido te definiese como persona, pero la realidad era que el clan y la lealtad hacia él estaban por encima de todo. Sin embargo, eso no le hacía más fácil su tarea ahora que empezaba a conocerlos. Uruchi, a pesar de aparentar de ser una bruja, tenía su corazoncito escondido. Lo había visto en el trato con su hija y con los demás. Hablaba y gruñía, pero después siempre estaba atenta a las necesidades de sus prójimos. Incluso de ella. Como cuando llegó tarde a la comida porque había tardado más de la cuenta al fregar la planta superior y se encontró con que le había guardado un plato y lo había mantenido caliente para que comiese. Eso denotaba que había pensado en ella, y que no era ni la mitad de fiera de lo que le gustaba aparentar. Inaho también era un cielo. Era muy inocente y dulce, y la ayudaba cuando había terminado sus quehaceres para que no se quedara atrás.
Y ahora Naori, que la había aceptado sin ningún tipo de hostilidad, solo esperando de ella diligencia y buen hacer. Incluso estaba confiando en ella para dejarle a su hijo.
Aquello la conmovió más de lo que podría haber imaginado.
Sabía por qué estaba haciendo aquello. Lo hacía por Hotaru, y porque le importaba el futuro y la felicidad de sus hermanos por encima de todo. Sin embargo, en los últimos días tenía que repetírselo a sí misma a menudo.
—Saku, ¿qué haces?
Saku dio un salto cuando escuchó la voz a sus espaldas.
—Te he asustado, ¿eh? —dijo Ian con una risilla por lo bajo.
Saku miró al pequeño que la observaba con toda la inocencia del mundo en sus ojos.
—Estoy terminando de doblar la ropa. ¿Y tú, diablillo? ¿Qué haces? ¿No tendrías que estar limpiando los establos como te ordenó Laird Uchiha?
El niño puso cara de disgusto. La mueca que hizo consiguió arrancar una carcajada en Saku sin que pudiese evitarlo.
—Lo vamos hacer estar tarde. Kagen y Naka están con su abuelo, que también les ha impuesto otras tareas como parte del castigo. No sé por qué pintar la cabra de la señora Henrietta es tan malo. Yo la veo ahora más bonita. Tiene un azul precioso —continuó Ian todo convencido—. ¿Por qué no me cuentas una de esas historias de batallas antiguas y guerreros de tierras lejanas? —preguntó luego, esperanzado.
Saku dejó la ropa que estaba arreglando y le miró con los brazos en jarras sobre sus caderas.
—Después, en cuanto acabes esta tarde con lo de los establos te prometo que te contaré una de esas historias.
La cara de decepción de Ian no pudo ser más elocuente. Sus ojos la miraron como si la pena más grande le estuviese consumiendo e incluso creyó ver cierto temblor en su labio inferior. Esos pucheritos los conocía demasiado bien. Ella le hacía lo mismo a sus hermanos. Naruto era el que siempre se ablandaba antes.
—No puedo, Ian. Pero te prometo que después te contaré la historia.
—¿Y una pequeña lucha con espada? —preguntó Ian sacando del saco que llevaba a la espalda colgado dos pequeñas espadas de madera.
—Iaaaan —dijo Saku alargando el nombre en señal de que estaba mermando su paciencia.
—Por favor, Saku. Me aburro. Mamá está con Tenten, que creo que va a tener a un bebe pronto. Naka y Kagen no están. Uruchi está demasiado ocupada para hacerme caso. Solo unos minutos, Saku, por favooooor...
A Saku aquella súplica le llegó al corazón.
—Está bien. Pero solo unos minutos.
La sonrisa de Ian que se extendió hasta sus ojos hizo que Saku sonriera a su vez.
—¿Cuál es mi espada? —preguntó Saku con voz más grave.
Ian le guiñó un ojo.
—Esta, señor. Nos batiremos en duelo por la ofensa que ha cometido.
—¿Y puedo saber qué ofensa ha sido esa? —preguntó Saku divertida.
—Comerse los bollos de Uruchi, por supuesto. Eso no se hace.
Saku soltó una carcajada muy a su pesar.
—Está bien. Comencemos —dijo Saku recuperando la seriedad y tomando la espada de manos de Ian.
—Pero aquí no podemos luchar, señor. Esto es el cuarto de la lavandería. Salgamos al campo de batalla —dijo Ian arrugando la nariz como si fuera una ofensa luchar en aquel lugar.
Saku lo pensó y la verdad era que allí podría entrar alguien. Y lo peor no era eso, sino que Ian, en su ímpetu le diera un porrazo a toda la ropa que ya llevaba doblada y tuviese después que empezar de nuevo.
—Está bien, vamos —contestó Saku muy seriamente.
Salieron ambos con paso decidido y Saku llevó a Ian hasta uno de los pasillos que daban a la parte posterior de la casa. Era poco transitado y casi nadie pasaba por allí y menos a aquella hora.
—Comencemos —dijo Saku. No había terminado de hablar cuando el pequeño blandió su espada con más fuerza de la que esperaba en un niño de su edad. La lucha estaba servida.
