Capítulo 9. Día de cumpleaños.


Aerwyna (Gwyn) Murigen - 18 años - Distrito 4 - Tributo de Cath.


Cuando el sol me dio en la cara me maldije por dormir hasta tan tarde. Ya debería estar ayudando con los aparejos y a colocar las redes. Mis padres no dirían nada al respecto, pero me sentía mal si no ayudaba. Me levanté y miré a mi alrededor. Oh, por supuesto. Estaba en la cabaña en los muelles, no en el barco. No lo recordaba. ¿Qué tenía que hacer hoy? Algo se me olvidaba, estaba segura. Pero si no tomaba mi café matutino no era persona.

Fui al cuarto de baño y tras ducharme y esas cosas que uno hacía pero de lo que jamás se hablaba, me peiné frente al espejo. Me gustaba mi pelo rizado pero era un suplicio cepillarlo. Se enredaba más que una red vieja.


—¡Feliz cumpleaños, cariño! ¿Cómo has dormido hoy? —Papá me abrazó con fuerza. Yo estaba tiesa, con los brazos a los lados y mirándolo como una tonta—. ¿Gwyn? ¿Te sientes bien?— Sujetó mis hombros y se apartó para comprobar si me ocurría algo.

—Estoy bien. Solo... Por un momento olvidé que era mi cumpleaños —Me disculpé.

Él se rió y me abrazó de nuevo. Mamá entró en la cocina y se unió al abrazo. Amaba a mis padres. Eran cariñosos, amables... Y se amaban como el primer día. Bueno, no como el primer día, porque según dicen al principio se odiaron debido a una competición por ser el mejor capitán, sin embargo el amor ganó y ahora son los más felices. Me gustaría tener un amor como el suyo. ¿Pero cómo podría conseguir un chico si solo los veía en clases y durante los entrenamientos? Mi tiempo restante lo pasaba en el mar. Estaba Nicolin Magellans, pero no... Él no era mi tipo. Habíamos pasado mucho tiempo juntos en algunas expediciones, pero éramos muy diferentes.

—Hemos preparado tu desayuno favorito. —Mamá dijo cuando papá y ella dejaron de mirarse.


Sabía que iba a caer al suelo y no podía detenerlo. Esperaba al menos caer bien y no lesionarme. Spier me había empujado de uno de los muros y lo mataría después. Bueno, probablemente no fuera hasta tal extremo, pero el bruto debería mirar por dónde iba. Si no estuviera mirándole el trasero a la mayor de las Edimburg...

Brazos fuertes me sujetaron antes de que mi cara impactara contra el suelo y me bajaron con suavidad. Tuve que mirar hacia arriba para ver la cara de quien me había evitado el golpe.

—¿Magellans? Oh, muchas gracias —Él me sonrió.

—Hola, Gwyn. Me alegra verte. No sabía que habíais echado el ancla.

—Nos quedaremos unos días —le dije—. Aunque no iremos muy lejos la próxima vez por las cosechas.

—¡Aerwyna Murigen! ¡Preséntate en el despacho del instructor Clearwater! —Nicolin y yo nos miramos y antes de que me fuera él me apretó el hombro en señal de apoyo.

Me preguntaba qué querrían. ¿Habría pasado algo? Tal vez me darían algo por mi cumpleaños... No lo creía, pero cosas más raras se han visto. Algunas chicas me sonreían y otras parecían querer asesinarme con la mirada. ¿Por qué? No había molestado a ninguna de ellas.

—¡Hola, Gwyn! Nos alegra verte. Pasa, pasa, no te quedes ahí como un pez moribundo. Anade Pinkrose era intensa. Agradable pero brutal con los entrenamientos. Esperaba lo mejor de cada uno de sus alumnos se presentaran o no como voluntarios a los juegos del hambre. Algunos se alistaban como agentes de la paz. Yo lo veía una locura. ¿Veinte años alejada de mis padres? Ni soñarlo.

—Es tu cumpleaños. —Dorian Clearwater estaba ojeando unos papeles—. Así que tenemos un regalo para ti. Aunque no tienes que aceptarlo, recuerda eso. —Me miró con seriedad y me asusté un poco. Decidí sentarme por si acaso. Esperaba que no fuese nada extraño—. Hemos estado pensando en esto y este año queremos a alguien de mentalidad fuerte y ágil. Hemos estado observando todos estos meses y eres la primera candidata. Eso, si quieres serlo, por supuesto.

Guardé silencio durante largo rato. ¿Yo? ¿Voluntaria? ¿Ir a los juegos? Mis padres me habían apuntado porque podían permitírselo, no para que yo... Pero podría hacerlo, ¿no? ¿Pero y si no podía? Vale que yo era más que una chica bonita, pero...

—Acepto.

—¿Estás segura? ¿No quieres pensarlo? No tienes que decidirlo hoy —Anade me preguntó.

—No tengo que pensarlo. Quiero hacerlo.


Mis padres habían organizado una meriendacena con algunos tripulantes del barco y también amigos de la escuela. Al menos por una vez habíamos quedado fuera del colegio. Ellos me habían invitado muchas veces y aunque acepté todas ellas, casi nunca aparecí. Menos mal que no se ofendían porque ya me conocían. Era agradable pasar un cumpleaños con mis amigos aunque también amaba las celebraciones en el mar. A veces me preguntaba qué habría más allá. ¿Tal vez lugares con gente desconocida? ¿Peces exóticos? ¿Otros animales?

Salí de mis pensamientos cuando Siccle me lanzó un pedazo de tarta a la cara.

—¡Que te pierdes en tu mente, Murigen!

Si no tuvimos una pelea de comida fue porque desperdiciarla era de muy mal gusto y además quería probar mi tarta. Estaba deliciosa aunque aún quería estamparle la cara a Siccle en el pastel por la ofensa. Sin embargo acabaría todo narcisista porque su cara estaría en mi postre de cumpleaños y se jactaría de ello. ¿Por qué era mi amigo?


—No sé, cariño. Los juegos son peligrosos. ¿No puedes decir que no?

Lo haré bien, mamá. Seguro que volveré. Pinkrose dice que tengo muchas posibilidades.

Mis padres no se habían tomado nada bien que yo aceptara ser voluntaria. No habían gritado, pero se les notaba preocupados. Lo entendía, pero a medida que la idea se asentaba en mi mente, más convencida estaba de que quería hacerlo. Claro que estaba asustada, sin embargo también sabía que podía volver. Y tal vez, cuando fuese vencedora, podría hacerme a la mar y no volver a tierra firme. Eso sería agradable.