9. Príncipe
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
—¿Que quieres que haga qué? —Naruto Namikaze se sacó la piruleta de cereza de la boca.
Hinata lo había arrinconado en su huerto urbano, donde estaba abonando los pepinos antes de que llegara la primera helada.
A pesar de que ya estaban en octubre, los altos muros de ladrillo, los múltiples niveles y la protegida zona de descanso formaban un hermoso oasis. Las camas vegetales recién plantadas contenían cultivos preparados para soportar temperaturas bajas, como puerros y espinacas, remolachas, nabos y brócoli. Las grandes macetas vidriadas y las jardineras de piedra albergaban muestras de romero y zinnia, perejil y dalia, citronela y caléndula.
A Hinata no le había gustado descubrir que él había construido ese huerto con sus propias manos. Venía mal para la imagen que quería tener de él.
—Eres adicto a la adrenalina —aseveró ella, frotando unas hojas de menta entre los dedos—. Lo que te propongo debería gustarte.
—De verdad estás tomando esa medicación. Malditas pastillas. —Él volvió a meterse la piruleta en la boca y se concentró en los pepinos.
—Un comentario muy ofensivo —resopló ella—. Pero voy a pasarlo por alto.
—Hazlo.
Mientras rodeaba una maceta con pimientos para acercarse a él, Hinata se dio cuenta de que había una mesa para macetas escondida detrás de la celosía de madera que separaba el área de descanso del huerto. Le llamó la atención algo en la parte superior y se tomó su tiempo para investigar.
—¿Qué es esto? —Alzó una bola perfectamente redonda de tierra compactada, había media docena más sobre la mesa.
—Una bomba de semillas. A diferencia de ti, no tengo ética alguna.
—¿Y eso significa que...?
—Soy jardinero de guerrillas. Junto un poco de arcilla, turba y un puñado de semillas en una bola. No se necesita más.
Estaba empezando a comprender.
—Eres un Johnny Appleseed urbano —se maravilló ella, pensando en el famoso personaje que había llenado Norteamérica de manzanos—. Lanzas las bombas en solares vacíos.
—Ahora ya está demasiado avanzado el año. Aunque los mejores momentos son primavera y otoño, con un poco de suerte, y lluvia en el momento adecuado, pueden florecer en una parcela inhóspita. —Él removió entre los pepinos para arrancar unas cuantas hojas amarillas de tomate—. Coreopsis, echináceas, rudbeckia bicolor... Quizá también un poco de hierba de la pradera. Es divertido.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
—Dos o tres años..., no lo sé.
—Y yo pensando que blanqueabas dinero de la droga.
Él sonrió por primera vez desde que lo había arrinconado.
—No es cierto.
—Bueno, en realidad no, pero... —Por muy interesante que fuera ese aspecto de él, no podía perder de vista su objetivo—. Quizá debería empezar por el principio.
—O quizá no deberías empezar. ¿Te has dado cuenta ya de que ayer destrozaste tu tapadera con esos movimientos de jiujitsu? Nadie va a seguir creyendo que eres una especialista en promoción on-line durante más tiempo.
Algo que ya había imaginado. En la distancia se oyeron repicar las campanas de una iglesia y ella empezó a hablar.
—Se llama Ayame. Solo tiene diecinueve años y ha estado trabajando para la familia real desde los catorce. Es una muchacha dulce e inteligente, y solo quiere lo que nosotros damos por sentado. Una oportunidad de ser libre.
Él frunció el ceño ante una planta de alubias desequilibrada.
—Sueña asistir a la escuela de enfermería para poder ocuparse de bebés prematuros, pero en este momento es poco más que una esclava.
Él arrancó la planta de alubias y la desechó al tiempo que hacía crujir lo que le quedaba de piruleta.
Hinata se acercó a él.
—Por favor, Naruto. Es domingo. La discoteca está cerrada. Lo único que tienes que hacer es ir al Peninsula esta noche y tener una charla de hombres con ese príncipe. Considéralo una oportunidad única para echar un vistazo de cerca a una cultura diferente.
Él lanzó el palito de la piruleta en un cubo de residuos.
—Me siento feliz con la cultura que me ha tocado. Si no fuera por ese camarero ladrón...
Ella vio un pequeño cristal de azúcar rojo en la comisura de su boca y recordó aquel ridículo beso. Se humedeció los labios de forma automática.
—Tus camareros son bastante honrados. Y si todo el mundo pensara como tú, no habría esperanza para la paz y la comprensión internacional.
—Gracias, Miss Universo.
—Me limito a señalar que estás siendo muy estrecho de mente.
Él presionó el dedo contra el compost de la maceta para compactarlo.
—Por lo menos tengo mente. Y albergo serias dudas sobre que yo me pase una noche reviviendo mis años de gloria con que un potentado del petróleo de Oriente Medio vaya a beneficiar las relaciones internacionales. Con respecto al resto de tu plan... —Se estremeció—. A lo largo de mi vida he hecho algunas cosas de las que no me siento muy orgulloso, pero lo que me pides es espeluznante.
—¡Serías un héroe! Es la oportunidad para redimirte por los pecados de tu pasado. —Al igual que del beso, pensó, pero si él no sacaba el tema, no lo iba a hacer ella. A pesar de que parecía que él no podía quitárselo de la cabeza. No estaba segura de cómo lo sabía, quizá solo lo sentía. O tal vez era algo más...
Aquella mirada calculadora en sus ojos... Esa expresión lobuna... ¿Qué era lo que estaba planeando? Naruto bajó la cabeza y se pasó el pulgar por el extremo de la ceja.
—Si estuviera dispuesto a hacerlo, que no lo estoy, debería recibir algo a cambio. ¿Qué me ofreces?
—¿Qué deseas?
—Interesante pregunta...
Él empezó a estudiarla con una mirada ardiente. Bajó la vista por su uniforme de chófer como si estuviera desnudándola, arrancándole cada fea parte del mismo. Y se tomó su tiempo. Puede que ella no fuera superdotada, pero era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de su táctica, y puso los ojos en blanco.
—Déjalo ya. Puedes ligarte a cualquier estrella de cine que quieras, y solo quieres que me avergüence. Igual que anoche. Bien, ¿sabes qué? No funciona.
—¿Estás segura? —Las palabras se deslizaron de sus labios, sedosas y seductoras.
—Soy más o menos imperturbable.
—¿De veras? —preguntó él mientras se acariciaba la barbilla, dejando una mancha de tierra—. ¿Alguna vez te mencioné que era un mal amante cuando empecé?
Si tenía que decir algo sobre Naruto Namikaze era que resultaba impredecible. Por alguna razón que se le escapaba, había decidido llevarlos a aguas peligrosas. Tenía que retroceder, pero no podía hacerlo después de la forma en que había respondido a él la noche anterior. Eso significaba que tenía que dar la patada inicial.
—No lo creo —dijo.
—Tenía un montón de quejas, así que tuve que ponerme a ello. Me ocupé como si fuera una tarea.
—Le dedicaste más tiempo, ¿no?
—Exacto. Cuando pienso en los errores que cometía...
—Mortificantes, estoy segura.
—Pero no perdí de vista la pelota.
—¿Solo una? Qué curioso. Oh, bueno, espero que tu deformidad no te haga tener complejo. Estoy segura de que aun así puedes...
—Por fin, llegué a dominarla cuando tenía...
—¿Treinta y seis?
—Dieciocho. Aprendo rápido. Tantas mujeres hechas y derechas dispuestas a adiestrar a un joven como yo en sus amorosos brazos...
—Bienaventuradas las misericordiosas. Pero... —Sonrió, esbozando su propia sonrisa lobuna—. Como estás tan entretenido, no tendrás ningún interés en mí. Los dos sabemos que estás fuera de mi alcance.
En un primer momento, él pareció apreciar que reconociera ese hecho indiscutible, pero luego su expresión se oscureció.
—Espera. La semana pasada me insinuaste que eras una verdadera devoradora de hombres.
—Tengo mis límites. Eres un caso aparte entre los buenorros oficiales del mundo. Muy por encima de mí.
En realidad parecía molesto.
—Venga... ¿Por qué dices algo así de ti misma? ¿Y tu orgullo?
—Firmemente arraigado en el mundo real. Tú te acuestas con las superestrellas. Mírame. Tengo treinta y tres años. Como mucho soy normalita, y...
—Defíneme normalita.
—Tengo los pies feos y me sobran al menos cinco kilos.
—Solo si fueras un cadáver.
—Y... no me importa la ropa y el aspecto que tengo.
—Eso es cierto. En cuanto al resto... Has oído hablar de los recortes de energía, pues lo único que tendría que hacer sería apagar la luz.
Lo dijo moviendo un bigote imaginario, en lo más alto de la villanía, y ella se habría reído si no hubiera tanto en juego. Así que avanzó hacia él.
—Vamos a hablar en serio. La vida de una mujer corre peligro. Necesito que lo hagas. Y tú también, asúmelo, necesitas hacerlo.
Él se había dado cuenta de su táctica, y su golpe no tuvo efecto alguno.
—Prueba otra vez, Sherlock. No ha sido un buen intento.
Se había quedado sin argumentos, y se dejó caer contra el muro de ladrillo de la terraza.
—¿Se te ocurre una idea mejor?
—Seguro. Métete en tus asuntos.
Ella respiró hondo y luego, lentamente, negó con la cabeza.
—No puedo.
Naruto hizo desaparecer uno de los pequeños tomates pera amarillos en su boca. El sabor de los tomates no iba bien con el gusto a cereza que le había dejado la piruleta en la boca, pero necesitaba mordisquear algo. Hinata tenía razón. Había jugado con ella, tratando de hacer que ese beso equivocado pareciera tan sinsentido como debía.
La miró. Parecía decepcionada con él. Como si lo hubiera descubierto torturando un gatito. Lo que quería era terminar con todo y a la mierda el fracaso, pero aún se sentía muy pequeño, algo que no le había ocurrido desde que su entrenador en la universidad le había acusado, merecidamente, de ir a demasiadas fiestas.
—Todo lo que te pido es una hora —dijo ella—. Dos a lo mucho.
Jamás dejaba que nadie lo pusiera a la defensiva, sin embargo, eso era exactamente lo que había hecho. Se sentía como una especie de caballero de brillante armadura, y Hinata le pedía que se uniera a su cruzada. Trabajaba para él, ¡joder! Era el quarterback y ella no sabía ni cómo se llamaban las jugadas.
—Me estás pidiendo mucho más que eso.
Ella no iba a rendirse.
—¿Acaso la vida de una joven no merece un poco de tu tiempo?
Él respondió a aquel intento de chantaje emocional con fría lógica. —Su vida no corre peligro.
Ella miró por encima del muro a un enorme arce que se había vuelto rojo. Por una vez, no podía decir si era sincera o estaba jugando con él.
—Haber nacido en este país nos ofrece unas oportunidades que la mayoría de la gente no tiene en el resto del mundo —dijo ella—. Donde naces... es una especie de lotería, ¿verdad?
Él había nacido extremadamente pobre, pero... ¡Joder! Sherlock iba a obligarle a hacerlo. O quizá no fuera ella. Tal vez el desafío fuera conseguir lo que ella quería.
El príncipe olía a alguna mierda de colonia que quizá costara la producción de un par de pozos de petróleo, pero hacía que él se mareara. El muchacho se había teñido el cabello blanco.
Su gafas estaban teñidas de un azul extraño en la parte superior, pero se aclaraba en la inferior, y llevaba ropa occidental: un traje hecho a medida para su pequeña constitución y unos zapatos Oxford grises del mismo tamaño que había usado él cuando tenía diez años. No tenía nada en contra de los hombres pequeños. Era el enorme ego del príncipe Toneri lo que lo ponía fuera de sí.
—Debería venir a navegar conmigo antes de que venda el yate. Es uno de los más grandes del mundo, pero la piscina está en la popa y solo nado bajo el sol. —El príncipe hablaba un inglés impecable con acento británico—. Con una segunda piscina en la proa, podría bañarme sin importar en qué dirección navegue. —Una risa—. Estoy seguro de que no puede entender por qué esto es tan importarte como para hacerme comprar un yate nuevo. La mayoría de la gente no lo hace.
Naruto estaba cabreado. Había conocido más que suficientes estúpidos como el príncipe, tipos que alimentaban su autoestima codeándose con deportistas con los que, al mismo tiempo, se mostraban
condescendientes. Sin embargo, asintió con amabilidad.
—¿Yo? Solo soy un jugador de fútbol americano retirado. Aunque usted... Usted es un hombre de mundo. Un tipo inteligente. Lo he notado al instante.
Sherlock había hecho una investigación previa.
«Algunos de los príncipes de la familia real son buenos chicos —había dicho—. Bien educados. Empresarios y ministros en el gobierno. Hay un piloto de combate. El príncipe Toneri, sin embargo, no es uno de los decentes. Se pasa la vida alejado de la realeza, ofreciendo fiestas con prostitutas de lujo.» El príncipe soltó una nube de humo tras dar una calada al cigarrillo, que Naruto hizo lo posible por no inhalar.
—Invite a algunos de sus amigos a navegar conmigo —ordenó—. Sasuke Uchiha. Konohamaru Sarutobi. No tengo el placer de conocerlos.
Ni lo tendría. Uchiha y Sarutobi tirarían a ese capullo por la borda de su humilde yate con una sola piscina dejando caer su culo en el agua.
—Les llamaré —dijo—. A ver si pueden escaparse. —Tomó un sorbo de whisky en un pesado vaso corto de cristal que dudaba incluso que perteneciera a la lujosa colección del Peninsula. Había estado en esa habitación un par de veces, pero jamás había visto la fuente de oro en la esquina, ni los ceniceros tachonados de joyas o los cojines de seda púrpura con bordados.
El príncipe había tomado asiento en la silla que había cerca del piano de cola. Al cruzar los tobillos, dejó a la vista las suelas impolutas de sus zapatos, que al parecer se los ponía una sola vez.
—Hablando de viejas glorias, dígame... —El príncipe soltó otra oleada de contaminación atmosférica —. ¿Cómo cree que hubiera jugado usted contra Joe Montana o John Elway? —pronunció la cuestión como si nunca se la hubieran preguntado antes, como si los periodistas deportivos novatos de todo el país no se la hubieran hecho más veces de las que él podía recordar.
Fingió pensarlo mientras tomaba otro sorbo de whisky, luego dio la respuesta habitual.
—Esos jugadores eran mis ídolos. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de jugar contra ellos. Lo único que sé es que, no importa cómo, lo haría lo mejor posible.
El príncipe volvió a cruzar los tobillos.
—Pero por lo que he observado, muchos quarterbacks son impacientes. No leen bien en las defensas contrarias.
Asintió como si el príncipe fuera uno de los grandes analistas del fútbol americano y no un cabrón egoísta que no sabía una mierda.
Su alteza le hizo un gesto con la mano.
—Está usando el anillo de la Super Bowl.
Los anillos de la Super Bowl no eran conocidos por su sutileza. El último de los Stars era un hijo de puta llamativo, con suficientes diamantes para cubrir todos los gastos de un baile de la jet. Naruto se miró el dedo.
—Es bonito, ¿verdad?
—Exquisito.
Casi veía salivar al príncipe.
—Voy a decirle una cosa, Alteza..., nunca dejo que nadie se ponga mi anillo. He trabajado mucho para ganarlo, ¡joder!, pero con usted... ¡Qué mierda!... —Se lo sacó del dedo—. Es un tipo capaz de entender el juego de una manera inusual. Quiero que vea lo que se siente al llevarlo.
No se molestó en abandonar el asiento, sino que simplemente se lo ofreció, lo que obligó al príncipe a levantarse de la silla para poner sus codiciosas manos en el anillo.
El hombre se lo puso en su dedo regordete y de inmediato se le resbaló hacia un lado. Lo giró para
ponerlo en su lugar y lo sujetó ahí como si no tuviera intención de devolvérselo.
—Una pieza magnífica. —El príncipe se tomó su tiempo para admirarlo, acercándose incluso a una mesita de cristal, donde había mejor luz—. Dentro de un rato llegarán unas mujeres hermosas —dijo finalmente—. Quédese y disfrute de ellas conmigo.
Naruto vio abierta la puerta que había estado esperando y, por tanto, temiendo.
—No puedo pasar por alto una invitación así. —Se levantó de la silla y sacó el móvil—. Tengo un evento, pero voy a ver si puedo librarme de él. —Se dirigió con el teléfono en la mano hacia las puertas que daban a la terraza que envolvía la suite y marcó el número de Sherlock, que lo esperaba en su coche, al doblar la esquina.
—Roy, soy Naruto —dijo cuando ella respondió—. Ha surgido algo y no voy a poder asistir al evento de esta noche. Arréglalo todo, ¿De acuerdo?
—¿Todavía estás con él? —preguntó ella.
Miró por encima del hombro y vio al príncipe estudiando el anillo en su dedo.
—Sí, sé que firmé un contrato, pero no puedo hacerlo.
—No he olvidado que eres mi primera responsabilidad... —Ella parecía preocupada—. Sabía que podía ser arriesgado. Si me necesitas para salir de ahí, se me ocurrirá algo en el acto.
—¡Claro que no! —Era lo último que quería, ver a Hinata Hyūga correteando por allí con sus llaves mágicas y sus movimientos de oro—. Pero no me dijiste que hubiera tanta prensa.
—Eres el mejor.
—De acuerdo. Iré. —Colgó y se metió el móvil en el bolsillo—. ¡Maldición! No puedo faltar. Tengo que marcharme. —Bajó la cabeza con pesar, como si hubiera perdido la oportunidad de su vida—. No me encuentro demasiado a menudo con alguien que entienda tan bien lo que supone vivir a lo grande—. Siguió sacudiendo la cabeza, cabizbajo. Ahora venía la parte difícil.
Se acercó a reclamar el anillo.
—Había algo que quería comentar con usted, pero... En fin... —Le tendió la mano.
El anillo permaneció donde estaba.
—Por favor. Dígame lo que es.
—Resulta un poco embarazoso. —En realidad era más bien mortificante—. Pero usted y yo... somos hombres de mundo, ¿verdad? Nos gusta disfrutar de las cosas más finas. Los dos... sabemos lo que queremos.
—Por supuesto. —El príncipe acarició el anillo con el pulgar.
—Una de las conductoras de la princesa es amiga mía, y sabe que me gustan las mujeres. Las más jóvenes. Es decir, a qué hombre no le gustan, ¿verdad? Bien, pues hay una sirvienta, se llama Ayame. Mi amiga me la enseñó.
—Ahhh... —El príncipe sonrió—. ¿Desea a esa sirvienta?
—Es mi tipo. Realmente joven. Aparenta unos trece años. —Se obligó a soltar el resto—. Mi tipo favorito.
—¡Ah, sí!
Aquello le provocaba repugnancia.
—Me preguntaba... ¿Cree que podría hablar con la princesa para que permita que esa niña venga... a trabajar para mí? ¿De forma permanente? —Le había dado un énfasis especial a la palabra «trabajar» y le dio al príncipe unos minutos para rellenar las partes más degeneradas—. ¡Mierda! No debería haber preguntado. —Le tendió la mano una vez más—. Me alegro de que le guste mi anillo. Tengo que irme ya. Espero que disfrute del resto de la noche.
—Espere... —El príncipe se acercó unos pasos—. Podría ser posible... Pero, por supuesto, tendría que compensar a la princesa.
—Ya, claro. Ponga una cifra y extenderé un cheque. ¿Cuánto le parece que vale esa chica? ¿Un par de miles?
—¿Vamos a hablar de dinero entre amigos? No, no... Pero, tal vez sería posible..., una muestra de nuestra amistad.
Sherlock había asumido que podría convencer al príncipe que le cediera a la chica, pero él había sabido que no sería así.
—Por una muestra, ¿a qué se refiere?
El príncipe pasó el pulgar por el anillo.
—Lo que piensa que vale la chica para usted.
—Es usted un negociador difícil. Antes de nada... ¿Tiene sus papeles? ¿Pasaporte? No me apetece nada renunciar a ese anillo y luego tener que ver cómo la alejan de mí.
—Claro, por supuesto. Solo es necesario hacer una llamada de teléfono. —El príncipe esbozó una sonrisa que resultaba repugnante mientras sacaba el móvil. Naruto fingió mirar por la ventana durante la breve conversación, que se desarrolló con unos cuantos ladridos en árabe. El príncipe y él habían llegado a un acuerdo.
Naruto estaba deseando salir de allí, pero no podía renunciar al anillo sin tener a la chica, y sabía cómo hacer tiempo. Se terminó su bebida y desvió el tema de la historia que le estaba narrando el príncipe sobre un juego sexual particularmente repulsivo para recrearse en una batallita del partido contra los Giants de la temporada anterior. Por último, entraron en el ascensor para bajar al vestíbulo.
Uno de los secuaces reales estaba en la recepción, examinando un montón de pasaportes que, al parecer, acababa de sacar de la caja fuerte. Dado que la frontera entre Estados Unidos y Canadá tenía una aduana un tanto relajada, había intentado convencer a Hinata de que el pasaporte no era necesario, pero ella se había puesto terca.
—Sin pasaporte, le resultará casi imposible solicitar un estatus legal —argumentó—. No podría ni ir a la escuela ni recibir atención médica. Le han robado su identidad, Naruto. El pasaporte representa lo poco que le queda. Prométeme que al menos lo intentarás.
No le había prometido nada, pero durante el corto rato que había pasado con el príncipe, había tomado una resolución.
El hombre de confianza le entregó el pasaporte al príncipe. Una diminuta figura femenina vestida con una túnica hasta los pies y una pequeña bolsa de lona en las manos, mantenía la cabeza gacha a su lado. Naruto no podía verle el rostro y ella no tenía forma de saber lo que estaba pasando.
Debía de estar aterrada.
El príncipe ni siquiera dirigió una mirada a la muchacha, pero entregó a Naruto el pasaporte. Él lo abrió con el pulgar, miró el nombre y la foto, y se acercó a la temblorosa criatura. Le alzó la barbilla con un dedo, como si estuviera comprando una maldita esclava.
Era ella sin lugar a dudas. Cejas oscuras, mejillas redondas, labios temblorosos y profundos ojos castaños llenos de terror, algo que no podía solucionar en ese momento.
Se guardó el pasaporte y se volvió hacia el príncipe.
—Disfrute del anillo, Alteza. ¿Se ha fijado bien en el trofeo Lombardi que hay en el medio? Es platino puro.
Pero el trofeo Lombardi del anillo de verdad estaba guardado bajo llave en la caja fuerte de su habitación, y tenía diamantes genuinos, no las circonitas que había encastradas en la copia. Disponía de más de media docena de réplicas para donar a distintas subastas benéficas. Los licitadores sabían que eran copias, y aun a pesar de eso eran artículos muy populares.
—Vamos —le indicó a la chica, con la esperanza de que cooperara para no tener que asustarla todavía más tocándola.
Ella encorvó los hombros, como si estuviera tratando de protegerse de las atrocidades que creía que le esperaban, pero lo siguió.
—Disfrútela —se despidió el príncipe.
Naruto se preguntó cuántos guardias saltarían sobre él si le diera a aquel cabrón un puñetazo en los dientes, pero estaba demasiado bien entrenado para dejarse llevar por ese tipo de indulgencia. Sin mirar atrás, guio a la aterrada sirvienta por el vestíbulo. Una copia del anillo de la Super Bowl. Eso era lo que había valido la vida de esa chica.
Atravesaron la puerta principal del hotel y solo se dirigió a ella cuando doblaron la esquina hacia la calle donde Hinata esperaba en el Tesla.
—Bienvenida a Estados Unidos, señorita Ayame.
Ver aquel reencuentro hizo que todo valiera la pena. Hinata se mostraba más feliz que nunca, y Ayame estaba llorando. Hinata se sentó en el asiento trasero para estar con la chica y él se situó detrás del volante.
Mientras conducía, ella sostuvo las manos de Ayame y le explicó lo que había ocurrido. La muchacha apenas podía hablar, pero la forma en que rodeó a Hinata con los brazos era suficientemente elocuente.
Hinata había elegido el apartamento de Chiyo como el lugar más seguro para Ayame esa noche. Chiyo, la de la pechuga y el sabroso toffee, que llevaba una extraña combinación formada por mallas rojas y chaqueta de punto masculina, agitó los brazos para saludarlos.
—¡Qué emocionante es esto! ¡Qué emocionante!
El apartamento de Chiyo era como ella, mullido, recalentado y con olor a naftalina, aunque Naruto estuvo de acuerdo con Hinata en que Ayame estaría mucho más segura allí que en el club.
—No sé qué comen los musulmanes —comentó Chiyo, haciéndolos entrar—. Pero tengo tarta de chocolate. ¿Está prohibida por tu religión?
—Oh, no —repuso Ayame—. Pero no sería capaz de comer nada. Demasiadas emociones.
Naruto tenía que hablar con Sherlock en privado, así que entró también.
—Señora Chiyo, ¿por qué no le indica a Ayame dónde puede instalarse? Mientras Hinata y yo haremos algunos planes. Estoy seguro de que la chica querrá llamar a su tía.
Ayame se mostró de nuevo insegura.
—¿Hay algún problema? No quiero que tengan problemas después de que hayan hecho tanto por mí.
—Todo va bien. —Él le brindó una sonrisa tranquilizadora, pero el príncipe podía darse cuenta en cualquier momento de que lo había engañado, y Hinata tenía que poner a Ayame rumbo a Canadá antes de que ocurriera—. Señorita Ayame... —Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el pasaporte—. Creo que esto es suyo.
Ayame se acercó a él lentamente, con los ojos clavados en el pasaporte. Se detuvo frente a él, pero no lo agarró, solo tocó la portada verde con la punta de los dedos.
—Venga —la animó con suavidad—. Tomelo.
Cuando lo hizo, lo sostuvo como si no pudiera creer que lo tuviera finalmente entre las manos. Levantó la cabeza y, presionando una mano contra el corazón, se inclinó ante él.
—Jazeelan shokran —dijo con la voz entrecortada—. Gracias.
¡Maldición! Como no tuviera cuidado, acabaría emocionándose y todo. No como Hinata. Estaba seguro de que ni siquiera un disparo de gas pimienta podría hacerla llorar.
En cuanto Ayame siguió a Chiyo al dormitorio, Hinata se arrojó a sus brazos. Si no tuviera unos reflejos tan rápidos, ella podría haberlo derribado de nuevo. No es que le hubiera derribado la primera vez, pero él entendía qué quería decir.
—¡Eres el mejor! —exclamó—. ¡El mejor hombre del mundo!
Hinata le rodeó el cuello con los brazos y hundió la cabeza debajo de su barbilla, haciendo que olvidara cualquier otra cosa. A pesar de la disparidad de tamaños, sus cuerpos encajaban a la perfección. Notó los pechos aplastados contra su torso, las caderas contra la parte delantera de sus muslos. Le puso las manos de forma automática en la parte baja de la espalda cuando ella le apretó con fuerza. Se puso duro sin poder evitarlo, como un adolescente novato.
Cuando ella lo miró con aquellos grandes ojos grises llenos de gratitud y totalmente ajenos al efecto físico que estaba teniendo sobre él, tuvo que recurrir a toda su autodisciplina para no bajar las manos hasta su trasero; pero después de lo ocurrido la noche anterior, sabía que, si lo hacía, recibiría un puñetazo en el estómago.
... O algo peor.
¿Cuándo había ocurrido aquel antinatural cambio de energía? Ella lo estaba abrazando como si fuera su mejor amigo. Como si no la hubiera besado. ¡Como si hubiera olvidado por completo que la había besado!
Se armó de valor, la sujetó por los brazos y la alejó una distancia prudencial al tiempo que rezaba para que no se le ocurriera mirar hacia abajo y viera exactamente el efecto que provocaba en él.
Quería que se sintiera al menos un poco herida por su rechazo, pero solo parecía feliz.
—¡Sabía que podías hacerlo! ¡Oh, Naruto! Has cambiado su vida por completo.
Él frunció el ceño.
—Deja de dar saltitos y cuéntame cuál es tu plan para sacarla de aquí.
Su mal humor no la perturbó.
—Le daré un par de días para instalarse y hacer planes con su tía. Luego...
—No es una buena idea. —Naruto aumentó la distancia entre ellos, lo que lo dejó al lado de un centro de flores de seda lleno de polvo, y le contó lo del príncipe y el anillo, asegurándose de que ella entendía cuántos flecos tenía su plan original—. El príncipe tiene un ego enorme y un pequeño ejército para perseguirla. Podría tardar años en averiguar que lo he engañado, o puede darse cuenta ya. Lo mejor para Ayame es que se suba al primer vuelo que salga de la ciudad. O mejor todavía, volar desde Milwaukee. No queda mucho más lejos que O'Hare, y no tiene sentido correr riesgos innecesarios.
—No voy a subirla a un avión.
—Te aseguro que sí. Yo pagaré el pasaje.
Ella negó con la cabeza.
—No hay vuelos directos y ya está lo suficientemente traumatizada. Thunder Bay está al otro lado de la frontera en la costa norte de Minnesota. La llevaré en coche.
—¿Cómo puede habérsete ocurrido eso? —exclamó él.
Ella lo miró como si fuera el gusano más repugnante del planeta. Y ahí estaba otra vez. Aquella sensación de que no era lo bastante hombre para satisfacer algún tipo de desafío que solo existía en la mente de Hinata.
—Se me ha ocurrido porque es lo que hay que hacer —sentenció ella.
Él sopló y resopló, sintiéndose cada vez más idiota y fanfarrón.
—¡De acuerdo! —explotó finalmente, exactamente igual que un adolescente malhumorado—. Haz lo que quieras.
Pero en cuanto salió de allí, Naruto supo lo que tenía que hacer.
