La Locura del Lord


9| DIME QUE SE SIENTE


Hinata clavó los ojos en el inspector Fellows hasta que se convenció de que no bromeaba.

—¿Perdón?

—Cásese conmigo, señora Õtsutsuki —repitió Fellows—. Tengo un trabajo y unos ingresos respetables, aunque sé que a usted ahora no le preocupa el dinero. Se está metiendo en graves problemas, demasiado profundos para su bien.

—¿Acaso teme que me ahogue en ellos?

Fellows la asió del codo. Sus dedos eran tan firmes como los de Naruto.

—Los MacUzumaki le destruirán la vida igual que hicieron con lady Sumire. Ella era una inocente debutante y ahora ni siquiera la recibe su familia. Su posición social es inferior a la de ella; si alguna vez pierde el respeto de la sociedad, no le quedará nada. No importa cuánto dinero tenga.

Las palabras de Fellows rezumaban sinceridad. Pero había algo más tras la cordialidad, algo que ella no lograba descifrar.

—Esta es la mejor oferta que recibirá —dijo él—. He visto como los gigolós van detrás de usted por su fortuna. Acabarán arruinándola. A mí no me importa su dinero, me gusta ser detective y continuaré trabajando en Scotland Yard.

Hinata apretó el mango de la sombrilla con tanta fuerza que le dolieron los nudillos.

—Me sorprende. ¿Por qué se preocupa tanto por mi reputación? En su mirada apareció un atisbo de cólera.

—Porque los MacUzumaki destruyen todo lo que tocan. Cualquier mujer que se acerca a ellos acaba siendo desgraciada. Me gustaría evitarle a usted ese mal trago.

—¿A mí? —preguntó ella con voz aguda—. ¿Ha habido más?

—¿No conoce las historias?

A Fellows le brillo intensamente la mirada. Era evidente que se las quería contar, y a Hinata le afligió saber que daría cualquier cosa por escucharlas.

Ella estudió la negra ruina del palacio que los parisienses habían comenzado ya a derribar. Limpiaban el pasado, se deshacían de los fantasmas.

—Por favor, inspector, cuénteme —dijo—. Iba a hacerlo de todas maneras.

—Me refiero a las esposas de Nagato y Yahiko MacUzumaki. Nagato se casó con la joven hija de un marqués. Esto fue después de dejar plantada a otra jovencita, aunque se podría decir que ésa tuvo suerte. La cosa es que la chica que se casó con el duque estaba aterrada. Él se la quitó del medio llevándola a su enorme propiedad de Escocia, de donde jamás le permitió salir. Murió intentando darle el heredero que tanto desea. Se comenta que, después de enterrarla en el mausoleo familiar, él no tardó ni cinco minutos en acudir a un prostíbulo.

—Parece muy seguro de esta información.

—Tengo mis fuentes. El duque no habla de su esposa y ha prohibido que mencionen su nombre en su presencia.

—Quizá esté afligido. Ao resopló.

—No es probable. ¿Usted prohibió a sus conocidos mencionar el nombre de su marido cuando murió, señora Õtsutsuki?

—No. —Recordó lo vacía que quedó su vida después de que Toneri falleciera—. Tiene razón. No quise que la gente le olvidara, preferí que mencionaran su nombre a cada momento. Toneri Õtsutsuki fue un buen hombre.

—¿Ve? La esposa de lord Yahiko también murió de manera trágica, aunque en esta ocasión ella era casi más vehemente que ellos. Era tan imprevisible que ni su propia familia logró controlarla. Después de tener un bebé, se volvió loca. Intentó acuchillar al recién nacido y a lord Yahiko. Nadie sabe lo que ocurrió dentro de esa estancia, pero cuando Yahiko MacUzumaki salió de ella, tenía la cara cortada y su esposa estaba muerta en el suelo.

Hinata retrocedió, impresionada.

—¡Qué horror! —Había visto la cicatriz en la cara de Yahiko, un profundo tajo en el pómulo.

—Sí… —Ao se mostró de acuerdo—. Si los MacUzumaki no se hubieran acercado a esas mujeres, hoy estarían vivas.

—¿Las conocía? ¿Eran amigas suyas? —preguntó Hinata—. ¿Persigue a los MacUzumaki para vengar sus muertes?

Fellows pareció sorprendido.

—No, no las conocía. Ambas mujeres pertenecían a círculos sociales mucho más elevados que el mío.

—Pero alguien que sí le importa se vio afectado por las acciones de los MacUzumaki.

La expresión en su mirada le dijo que había dado en el clavo.

—Le han hecho daño a tantas, que dudo que se acuerden de todas.

—Y es por ese desaire, sea el que sea, que quiere acusar a Naruto del homicidio de High Holborn.

Ao se acercó y volvió a cogerla firmemente por el codo.

—Naruto es culpable, señora Õtsutsuki. Escuche lo que le digo. Jamás debería haber salido del manicomio… Está completamente loco y tengo intención de probarlo. Haré lo que sea necesario para demostrar que mató a Sally Tate y a Lily Martin, y conseguiré que le encierren para siempre. Es lo que se merece.

Estaba rojo de furia y sus labios se contraían sin cesar. Parecía embargado por la cólera, un rencor de años, y Hinata se vio consumida de pronto por una incontenible curiosidad. ¿Qué demonios habría hecho la familia MacUzumaki para que un inspector de policía estuviera tan decidido a destruirlos?

Escuchó un grito y miró por encima del hombro. Se encontró con la alta figura de Naruto MacUzumaki corriendo hacia ellos. Tenía un bastón en las manos y su furia era patente en cada movimiento. El viento le arrancó el sombrero de la cabeza en el mismo momento en que dejó caer el bastón y empujó violentamente a Ao para apartarlo de Hinata.

—Le dije que se mantuviera alejado de ella.

—Naruto, no.

La última vez que Naruto se había lanzado sobre ese hombre le había soltado enseguida. Esta vez, cerró las manos con firmeza en su garganta y no aflojó el agarre.

—Déjela en paz o le mataré.

—Estoy tratando de salvarla de usted, inmundicia asquerosa.

Naruto rugió; mostraba una furia tan intensa que ella retrocedió un paso.

—¡Naruto! —Menma MacUzumaki corrió por la hierba y agarró a su hermano por los brazos—. ¡Shino! ¡Ayúdame, hombre!

Un hombre delgado con gafas intentó sujetar el brazo de Naruto, pero fue como si un perrito intentara derribar un árbol enorme. Menma gritaba al oído de Naruto, pero éste le ignoró.

Comenzó a formarse una multitud en torno a ellos. Las clases altas de París que salían a pasear por la mañana, las niñeras con sus pupilos, mendigos, todos se acercaban para echar un vistazo a aquellos irritantes ingleses que se atrevían a montar un altercado en mitad del parque.

Menma comenzó a maldecir con un lenguaje obsceno mientras intentaba arrancar las manos de Naruto del cuello de Fellows. Cuando lo consiguió, el detective cayó de rodillas, pero se levantó de inmediato con los pantalones manchados por la hierba mojada. Tenía la garganta roja y el cuello de la camisa roto.

—Le encerraré —prometió—. Se lo juro por Dios, le llevaré ante el verdugo tan rápido que ni siquiera le dará tiempo a preguntarse dónde está. —Había un poco de espuma en sus labios—. Conseguiré vencerle y me reiré de su hermano en la cara cuando me suplique misericordia.

—¡Que le jodan! —gritó Naruto.

Hinata se presionó la cara con las manos. Sâra miraba la escena fijamente, boquiabierta. Shino y Menma rodearon a Naruto con los brazos y le arrastraron lejos de Fellows.

Naruto tenía la cara de color púrpura y veteada de lágrimas. Tosió cuando Shino le clavó con fuerza el puño a la altura del esternón.

—Tiene que tranquilizarse, jefe —dijo el hombre con firmeza—. O se calma o volverán a encerrarle. Le mandarán de regreso a ese infierno y no podrá ver a sus hermanos. Y lo peor de todo es que yo tendré que quedarme allí dentro con usted.

Naruto volvió a toser, pero siguió intentando liberarse; como un animal que no comprendiera que había sido atrapado. Menma se puso delante de su hermano y encerró su cara entre las manos.

—Naruto, mírame.

Él intentó zafarse, posando los ojos en cualquier lugar salvo en los de Menma.

—Mírame a mí, ¡maldita sea!

Le forzó a girar la cabeza, obligándole a abrir los párpados hasta que, por fin, las miradas de ambos se encontraron.

Naruto se quedó inmóvil. Seguía jadeando, las lágrimas corrían por sus mejillas, pero se quedó quieto, con la mirada clavada con fascinación en el rostro de su hermano.

Éste aflojó el agarre y Hinata notó que los propios ojos de Menma estaban llenos de lágrimas.

—Ya está. Todo va bien. —La presión de la mano de Menma en la mejilla de Naruto se convirtió en una caricia antes de que se inclinara hacia él y le besara en la frente.

La respiración de Naruto era ronca y sonora. Apartó la vista y miró al parque sin ver nada. Shino seguía agarrándole por los brazos.

Naruto se lo quitó de encima y le dio la espalda para dirigirse hacia el carruaje, que les esperaba en el camino.

El cochero estaba de pie junto al vehículo, sujetando a los agitados caballos. Hinata sospechó que los dos MacUzumaki habían pasado por allí casualmente y que Naruto había saltado del vehículo cuando la vio con Fellows.

Se dio cuenta entonces de que ambos hermanos vestían arrugados trajes de etiqueta, de que Naruto llevaba puesta la misma ropa que la última vez que le vio. No se habían levantado temprano; aún estaban regresando de la juerga de la noche anterior.

Naruto no la miró. Shino rescató el sombrero de su amo del suelo, le sacudió el polvo y le siguió.

Menma se volvió hacia Fellows con una fría mirada en sus ojos; brillaban con aquel extraño matiz azulado.

—Regrese a Londres. Como le vea otra vez por aquí, le daré tal paliza que tardará mucho en volver a andar.

Ao respiraba entrecortadamente sin dejar de frotarse la garganta, pero no se arredró.

—Pueden intentar proteger a lord Naruto detrás de la figura del duque tanto como quieran, pero al final le atraparé. Eso le aterra, ¿verdad?

Menma gruñó. Hinata imaginó otro acceso de violencia en aquel tranquilo y soleado parque y se interpuso entre ellos.

—Por favor, haga lo que Menma le dice —rogó a Fellows—. ¿No ha provocado suficientes problemas?

Ao clavó en ella su dura mirada.

—Es mi última advertencia, señora Õtsutsuki. No se relacione con ellos. Si lo hace, no tendré compasión con usted.

—¿No la ha oído? —dijo Sâra con los brazos en jarras—. Lárguese o llamará a la policía. ¿No sería gracioso? Un agente de Scotland Yard arrestado por los gendarmes franceses.

Menma puso la mano en el hombro de Sâra y la empujó hacia Hinata.

—Llévala a casa de su amiga, haz que se quede allí. Dile a mi… dile a ella que tiene que ocuparse mejor de la señora Õtsutsuki.

Sâra abrió la boca para lanzar otra andanada de improperios, pero se quedó callada al ver la mirada de Menma.

—Él tiene razón, señora —dijo con docilidad—. Vayámonos a casa.

Hinata lanzó al cada vez más lejano Naruto una última mirada y luego contempló a Menma.

—Lo siento. —Se le había puesto un nudo en la garganta.

Menma no dijo nada. Ao les ignoró y se dirigió a la rue Rivoli. Hinata sostuvo la mirada de Menma durante tanto tiempo que, cuando volvió a mirar, Naruto ya había subido al carruaje y estaba sentado con la cabeza vuelta en dirección opuesta a ella. No la miró, y cuando Hinata siguió caminando con Sâra, apenas pudo apreciar la belleza del parque por culpa de las lágrimas que le nublaban la visión.

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—La he perdido, ¿verdad? —musitó Naruto entre dientes.

Menma se dejó caer en el asiento del carruaje, a su lado, y cerró con un portazo.

—Nunca ha sido tuya, Naruto.

Naruto permitió que un familiar atontamiento le embargara mientras el vehículo se ponía en marcha. Se frotó la sien; la furia había traído consigo el dolor de cabeza.

Maldito demonio interior. Ver a Fellows tocando a Hinata —y peor todavía, que ella no hiciera nada para detenerle—, había desatado a la bestia. En lo único que pudo pensar fue en rodear el cuello del detective con las manos y apretar. Igual que su padre cuando…

Menma suspiró, interrumpiendo sus desgarradores recuerdos.

—Somos MacUzumaki. No tenemos finales felices.

Naruto se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y no respondió. Menma le observó durante un buen rato.

—Lo siento. Debería haberme ocupado de ese bastardo en el mismo instante en que me dijiste que estaba en París.

Naruto se recostó contra el respaldo, incapaz de hablar. Pero sus pensamientos no dejaban de dar vueltas, las palabras se le agolpaban en la mente con tanta fuerza que tuvo que mantenerse en silencio. Miró por la ventanilla, pero en lugar de las calles sólo vio el reflejo de Hinata en el cristal, las elegantes líneas de sus manos y su hermoso rostro.

—Lo siento —repitió Menma—. Maldita sea, Naruto, lo siento mucho.

Sin soltar el brazo de Naruto, Menma apoyó la frente en el ancho hombro de su hermano. Naruto notó su desasosiego, pero no pudo moverse, no pudo decir nada para consolarle.

El estudio de Menma no era lo que Hinata esperaba. Como artista que era había alquilado un destartalado piso en la zona de Montmartre, con dos habitaciones en el primer piso y un estudio en la buhardilla. Completamente diferente a cualquier lugar en el que ella hubiera imaginado que residiría un rico aristócrata inglés.

Un hombre con aspecto de púgil, pelo blanco y gafas le abrió la puerta. Hinata dio un paso atrás alarmada, apretando el bolso contra el pecho. Aquél era el tipo de individuo que una esperaba encontrar en un ring o en una pelea de taberna, pero nunca abriéndole una puerta en París.

Pero parecía que era el ayuda de cámara de Menma. Sumire le había dicho que los cuatro hermanos habían recogido a sus poco convencionales sirvientes personales de las calles, evitando de esa manera perder el tiempo en las agencias de personal. Shino había sido carterista; Bee, boxeador; el ayuda de cámara de Yahiko era gitano; y el de Nagato un empleado de banca londinense que había realizado un importante desfalco.

La expresión malencarada de Bee cambió cuando Hinata le dijo quién era. La guio con suma educación por los tres tramos de escalera que conducían al estudio.

Éste ocupaba todo el piso superior y había dos enormes tragaluces que se abrían al cielo gris de París. La vista, todo había que decirlo, era impresionante. Hinata deslizó los ojos por los tejados puntiagudos hasta los límites de la ciudad y las colinas llenas de nubes a lo lejos.

Menma estaba encaramado a una escalera de mano ante un lienzo enorme; el pañuelo rojo sobre el pelo le hacía parecer un gitano. Sostenía un largo pincel en la mano y miraba la tela con el ceño fruncido. Sus manos, su cara, el guardapolvo que protegía su ropa, el suelo; todo estaba salpicado de pintura.

En el lienzo de casi tres metros, que tenía enfrente, había bosquejado una columna y la figura de una mujer completamente desnuda. Menma estaba concentrado en los pliegues de la tela que se perdía en las partes íntimas de la mujer, pero la modelo se movía con nerviosismo.

—¿No puedes estarte quieta?

La modelo vio a Hinata y dejó de retorcerse. Menma miró también por encima del hombro y se quedó paralizado.

Naruto se movió en las sombras. Estaba despeinado, como si se hubiera pasado los dedos repetidamente por el pelo, o masajeado las sienes, como hacía tan a menudo. Paseó sus ojos azules sobre Hinata antes de mirar deliberadamente por la ventana.

Ella se aclaró la voz.

—El recepcionista del hotel me dijo que te encontraría aquí —musitó a la espalda de Naruto.

Él no se giró.

—Cybele. —Fue Menma quien habló—. Baja y dile a Bee que prepare té. La joven resopló antes de hablar con un marcado acento francés.

—No pienso acercarme a Bee. Me da miedo. Me mira como si quisiera rodearme el cuello con las manos.

—No me imagino por qué será —masculló Menma.

—No importa —les interrumpió Hinata—. Da lo mismo. Sólo he venido a disculparme con los dos.

—¿De qué demonios tiene que disculparse? —inquirió Menma—. Es Fellows quien debería pedir perdón, ¡maldito hombre! Tiene órdenes de mantenerse alejado de nosotros.

Hinata se acercó a la ventana, apretando con fuerza el asa del bolso. Observó la imagen de Naruto reflejada en el cristal, sus rasgos eran completamente inexpresivos.

—Tenías razón, Naruto —continuó ella con suavidad—. Debería haberme deshecho del inspector como si no se tratara más que de una pulga molesta. No lo hice porque sentía curiosidad sobre algo que no es asunto mío. La señora Barrington siempre me dijo que la curiosidad era el peor de mis pecados, y tenía razón. No tengo perdón por querer indagar en la historia de tu familia, y te pido disculpas por haberlo hecho.

—Qué tierno… —se burló Cybele.

Menma se bajó de un salto de la escalera de mano y lanzó una bata a la modelo. Luego la cogió por la oreja y la arrastró fuera del estudio. La joven gritó y comenzó a maldecir en francés. El portazo que les siguió hizo vibrar las paredes antes de que se hiciera el silencio.

Hinata estudió la pintura inacabada, tomándose su tiempo para hacer acopio de valor. La mujer del lienzo miraba hacia una bañera con agua que había a sus pies. La piel mojada sugería que acababa de salir de ella. Un fino paño le caía por la espalda como si estuviera a punto de secarse.

Era una pintura tan sensual como la que le había mostrado Sumire, pero Hinata percibió de inmediato la diferencia entre ellas. La mujer de este cuadro era un objeto, una figura con curvas. No era más humana que la bañera a sus pies o la columna a su espalda.

La mujer del cuadro de Sumire era Sumire. Menma había pintado a su esposa y cada pincelada, cada sombra, transmitían su amor. La fémina del lienzo inacabado podría ser cualquiera, sin embargo, sólo Sumire podría ser la modelo del otro cuadro.

Se apartó del caballete y miró de soslayo la sólida figura de Naruto.

—Te he comprado un regalo. —Él siguió inmóvil. Hinata abrió el bolso y sacó una cajita.

—Lo vi cuando estaba de compras con Sumire. Al instante quise que fuera tuyo.

Naruto mantuvo tercamente la mirada apartada de ella, bloqueando la luz que penetraba por el mugriento cristal con sus anchos hombros.

Hinata dejó la cajita en la repisa de la ventana y se dio la vuelta. Si él no quería hablar, ella no podía obligarle.

Naruto apretó la mano contra la pulida superficie de la ventana.

—¿Cómo es posible que creas que es culpa tuya? —dijo él por fin, negándose a mirarla.

Hinata dejó caer las faldas que había alzado preparándose para salir.

—Porque si me hubiera negado a hablar con el inspector Fellows ayer en el parque, tú jamás le habrías visto. Debería haber ordenado que le echaran a la calle cuando apareció en casa de Sumire y comenzó a verter esas horribles acusaciones contra vosotros, pero soy demasiado curiosa para mi bien. En las dos ocasiones quería escuchar lo que él tenía que decir.

Por fin Naruto volvió la cara hacia ella, aunque no quitó la mano de la ventana.

—No me protejas. Todos intentan protegerme. Hinata se acercó.

—¿Por qué piensas que quiero protegerte? Estuvo mal por mi parte curiosear, pero admito que quería hablar con Fellows para saber todo lo que pudiera sobre ti. Incluso las mentiras.

—No todo es mentira. Estábamos allí.

—Entonces diré que quería conocer la versión de Fellows sobre los hechos. La mano se crispó en el cristal.

—Cuéntame lo que te dijo. Todo. —Clavó los ojos en sus labios como si esperase sus palabras.

Ella expuso todo lo que le había dicho el inspector, incluyendo aquella brusca proposición de matrimonio. Se reservó las especulaciones de Fellows sobre su padre, algo que tendría que explicar a Naruto algún día, pero no ahora.

Cuando Hinata habló de la propuesta, Naruto se giró hacia la ventana otra vez.

—¿Aceptaste?

—Claro que no. ¿Por qué iba a querer casarme con el inspector Fellows?

—Porque te arruinará como no lo hagas.

—Puede intentarlo. —Hinata le lanzó una mirada airada—. No soy una dulce flor de invernadero que deba ser protegida; sé bastante del mundo. Mi fortuna es muy reciente y la reputación de la señora Barrington ha hecho mucho por mi situación actual. Ya no soy la chica que creció en un asilo de la beneficencia y se casó con un pobre vicario. Los ricos tienen muchos privilegios. Lo cierto es que es realmente asqueroso.

Hinata se dio cuenta, cuando se calló casi sin aliento, de que Naruto no había escuchado sus palabras.

—Perdón. Sigo hablando demasiado, en especial cuando estoy alterada. La señora Barrington me reñía a menudo por ello.

—¿Por qué demonios mencionas sin razón aparente a la señora Barrington en cada frase que dices?

Hinata parpadeó. Naruto ya comenzaba a hablar como solía hacerlo.

—No lo sé. Supongo que ha tenido una gran influencia sobre mí. Sobre todo sus opiniones. Tenía una para cada cosa.

Él no respondió. Se acercó a la repisa de la ventana y cogió la cajita, rompiendo el papel con sus fuertes dedos. La abrió y miró al interior antes de sacar un alfiler de oro repujado.

—Es para la corbata —dijo Hinata—. Estoy segura de que posees una docena de ellos, pero me pareció bonito.

Naruto continuó con los ojos clavados en el regalo, como si nunca hubiera visto tal cosa.

—Mandé incluir una inscripción al dorso.

Naruto giró el alfiler y sus ojos brillaron cuando leyó las palabras que Hinata había

ordenado que grabaran en la joyería.

«Para Naruto, mi amigo». H.

—Pónmelo —le pidió.

Hinata deslizó el alfiler en la seda con dedos temblorosos. El cuerpo de Naruto era duro bajo la chaqueta y ella reposó la mano en su pecho durante un momento.

—¿Me perdonas? —preguntó.

—No.

El corazón se le aceleró.

—Supongo que era esperar demasiado.

—No hay nada que perdonar. —Naruto le apresó la mano—. Pensé que abandonarías París después de la escena en el parque.

—No podía hacerlo, tu hermano aún no me ha enseñado a pintar. —Él frunció el ceño y Hinata añadió apresuradamente—: Era una broma.

Naruto siguió con el ceño fruncido.

—¿Por qué te has quedado?

—Quería estar segura de que estabas bien.

Naruto clavó los ojos en los de ella durante un instante.

—Bueno, ya me has visto.

Hinata recordó su rostro casi púrpura, sus roncas maldiciones, sus manos cerradas en duros puños. Su hermano y Shino arrastrándole lejos.

—Logro contenerme casi todo el tiempo. Pero cuando vi que él te tocaba, mi Hinata, estallé. Te he asustado.

—Sí, un poco. —Pero no cómo él suponía. El padre de Hinata había sido propenso a dejarse llevar por una violenta furia cuando estaba borracho. Entonces, ella escapaba y se ocultaba en el primer rincón que encontrara hasta que él salía de casa.

Con Naruto no había sentido la necesidad de escapar. No le cabía duda de que hubiera hecho daño a Fellows, pero en ningún momento temió que se lo hiciera a ella. Sabía que no lo haría. Su único temor había sido que se hiciera daño a sí mismo o que le arrestara la policía.

Hinata apoyó la mejilla contra la almidonada tela de la pechera de Naruto.

—Me has dicho que no quieres que te proteja, pero no quiero que te pase nada.

—No quiero que mientas por mí. —Su voz retumbó bajo su oído por encima del fuerte latido de su corazón—. Nagato miente por mí. Menma y Yahiko mienten; Shino miente.

—Parece como si estuvieras conjugando el verbo mentir. Yo miento, tú mientes, él miente…

Naruto se quedó callado y ella levantó la vista.

—Naruto, te aseguro que yo no miento.

Él le pasó el dorso de los dedos por la mejilla. Hinata sintió la alocada necesidad de seguir hablando.

—Esas nubes son muy negras. Puede que llueva.

—Bien. Entonces estará demasiado oscuro para pintar y Menma mandará a esa maldita chica a su casa.

—No es su amante, ¿verdad? —Hinata le puso los dedos sobre los labios—. Oh, cariño, no puedo evitar hacer preguntas. No es necesario que me respondas.

—No son amantes.

—Bien. —Hinata vaciló—. ¿Nosotros somos amantes?

—El alfiler dice que somos amigos.

—Bueno, pone eso porque no podía decirle al joyero que grabara «mi amante». Además, Sumire me acompañaba.

Naruto permaneció mucho rato en silencio, mirándola de reojo y volviendo a apartar la vista. Ella le observó parpadear y desviar los ojos con inquietud, sin fijarlos en ningún lugar.

—Te dije que no podría enamorarme —dijo él—. Pero tú ya lo has hecho. A ella se le aceleró el corazón.

—¿Lo he hecho?

—De tu marido.

Todo el mundo quería hablar de Toneri Õtsutsuki.

—Es cierto. Le amé muchísimo.

—¿Cómo es esa sensación? —Sus palabras fueron un murmullo tan quedo que ella apenas pudo escucharlas—. Dime lo que se siente cuando se ama, Hinata. Quiero entenderlo.

Continuará...