Inuyasha caminaba hacia la casa de sus padres de nuevo. Le habían advertido que Sesshomaru no estaba muy contento con la idea de tenerlo de nuevo en la familia, por tal motivo... esperaba afuera en el auto hasta verlo salir de la cena junto con sus hijas y su esposa.

Sentía cierta envidia hacia su hermano mayor, porque tenía todo lo que alguna vez el deseó y la vida se lo negó...

Decidió apartar la vista por un momento de la casa de sus padres para fijarse en la casa de los Higurashi. Era una casa bastante amplia, con unas escaleras inmensas y el antiguo templo que había pertenecido por generaciones a su familia ―solía contarle Kagome, cuando aún eran niños.

Pero él sabía... el costo que había tenido que pagar Kakeru Higurashi para mantener en su familia aquel templo.

Años atrás el había hecho a Kagome el amor sobre un pozo en el fondo de aquel templo, allí había descubierto que la quería más de lo que podría expresar las palabras. Quería quedarse con ella...

Lo recordaba como si fuera ayer.

Kagome miraba a su amigo con su rostro sonrojado. Habían dejado la escuela de manera rebelde sin terminar su horario de clases, todo porque habían hecho una apuesta ridícula: Quién era el más valiente se quedaría con la mesada del mes del perdedor.

Cada reto era peor que el anterior. Empezaron con un: "A que no te atreves a tomar de un sorbo tu batido" y ahora estaban fuera de la escuela, ocultos en el pozo del templo Higurashi.

― No voy a perder... ―Kagome respirada entrecortadamente mientras reía― ¡Puedo hacerlo todo!

― No me digas, Kag― Inuyasha arqueó la cejas― Ya encontraré algo a lo que te tengas que negar...

La muchacha pelinegra negó con la cabeza enérgicamente.

― Jamás perderé dinero, menso contra ti.

Él sonrió malévolamente.

― A ver... ―el hizo un gesto pensativo― A que no te atreves a besarme apasionadamente.

Kagome se sonrojó apenas oyó lo que dijo el muchacho.

¿Qué acaso no le gustaba su hermana Kikyo? ―ella pensó― Siempre decía que era asombrosamente hermosa, inteligente...

― ¿Qué dices, tonto? ¿Acaso piensas que soy tan ingenua para creer que lo dices en serio? ―ella lo atacó con tono mordaz.

El muchacho sonrió con malicia de nuevo.

― Sabía que no podrías, porque no has dado un beso nunca... ¿No es así? ―el se inclinó hacia ella y la acorraló frente al pozo.

Sus labios estaban a centímetros del otro.

― C-Claro que he besado... a Koga― dijo ella con dificultad.

― ¿Te has besado con ese bobo? ―el se acercaba cada vez más― No te creo...

Ya Kagome podía sentir sus labios prácticamente rozando los suyos. Sus ojos estaban conectados profundamente...

― Si, lo besé... como tú besaste a Kikyo... ―la respiración de la muchacha comenzaba a acelerarse.

El peliplata se rió un poco.

― ¿Te molesta que la haya besado? ¿Es eso Kag? ―el inclinó su boca hacia su mejilla y depositó un beso casto allí.

Las mejillas de la chica estaban de color carmesí cuando él se alejó de ella para sentarse en el borde del pozo de madera.

― Supongo que me quedo con tu mesada este mes... ―dijo con aires de victoria.

Pero Inuyasha no contaba con que Kagome lo tomara de la camisa para sentarse sobre él y darle el beso más apasionado que había tenido nunca. Sus lenguas bailaban una candente danza en sus bocas, ambos se aferraron al otro de una manera única.

Y sin darse cuenta ya habían llegado demasiado lejos para volver atrás.

Esa tarde, Kagome e Inuyasha habían hecho el amor sobre la tierra de ese lugar. Sin mesuras, sin miedos ni temores... sólo dos chicos descubriendo las sensaciones que causaba el cuerpo del otro en el suyo.

Cuando ambos recuperaron la cordura... Kagome recostada en su pecho aún le había preguntado.

― inuyasha... ¿Tú me amas? ―ella inquirió con una respiración suave.

¿La amaba? Toda su vida ideó a la mujer perfecta, como alguien inalcanzable... como Kikyo. Pero si le preguntaban quién era la mujer más importante... esa sin duda era Kagome.

― No lo sé― él fue sincero― Sólo puedo decirte que eres lo más importante para mí.

Y fue suficiente para ambos.

Si hubiese sabido todo lo que ocurriría después... le hubiese dicho que la amaba en ese preciso momento. Pero no lo hizo.

Porque Kikyo y él no se conocían de la manera en la que Kagome y él lo hacían. Inuyasha supo que lo que sentía hacia Kikyo era admiración y amor platónico... y estaba feliz de darse cuenta de que era su mejor amiga quien se había convertido en el amor verdadero.

Pero cuando Kikyo le habló de la perla de Shikon y la deuda de los Higurashi... todo cambió de la nada.

Debía protegerla... y proteger a Kagome.

― ¡Mamá! ¿Por qué no puedo qeudarme con Towa y Setsuna esta noche? ―una niña pasó justo en frente al automóvil de Inuyasha, sacándolo de sus pensamientos― ¡Yo quería ver películas con ellas!

Al instante el reconoció a la niña. Sus cabellos recogidos con un moño de color carmesí y sus ojos mieles, una pequeña réplica de si mismo con el corazón alegre de Kagome.

Era Kagome quién la tomaba de la mano y la llevaba en dirección a la casa Higurashi.

― Hoy no, cariño... Será mañana, si hoy acabamos con los deberes ―le decía su madre tranquilamente― Ya sabes que debemos ser responsables.

La niña hizo un puchero, pero asintió.

― Está bien, mami...

Y dicho esto, Kagome y ella desaparecieron en las inmensas escaleras de la entrada.

Al verlas, supo que todo el sacrificio había valido la pena... porque ellas estaban bien.

En la mañana Kagome estaba de un mejor humor. Tal vez porque había estado con Moroha toda la noche anterior haciendo sus deberes y riendo a carcajadas.

Lo primero que hizo al llegar al hospital, como empezaba a acostumbrar... fue ir hasta la sala de neonatología para ver a Ai.

Si, ya que nadie la había nombrado antes de dejarla, Kagome le decía así cariñosamente cuando la iba a ver. Había leído mucho últimamente sobre prematuros, y como el cariño y la compañía la podían sentir.

Así que iba día tras día, y no era la única.

Sospechaba que Inuyasha también la visitaba un poco más temprano. Todos los días lo veía salir de los cuneros con la ficha de Ai entre manos.

¿Sería acaso una manera de expiar sus malas acciones con ella y Moroha? ―pensó― Pero sea como sea, aquello le parecía tierno de su parte.

Por coincidencia, ese día se toparon ambos frente a la incubadora de Ai. Ella le sonrio y le saludó con normalidad.

― Buenos días, Doctor Taisho ―ella le dijo con ánimos― ¿Cómo amaneció Ai hoy?

El ojimiel se contagió de su energía positiva y sonriendo también le respondió:

― Así que ya le pusiste nombre... Ai, suena bonito― él acotó.

Kagome asintió mirando a la niña.

― Leí en varios estudios recientes que los niños prematuros sienten el amor y el afecto de todos a su alrededor. Supongo que todos los bebés deben tener un nombre... y por supuesto quien vele por ellos. No podía dejar de visitarla ―la pelinegra inclinó su cabeza para seguir observando a la pequeña.

― Ella... ¿Te recuerda a tu hija? ―Inuyasha fingió mirar el expediente mientras hacia esta pregunta.

Kagome soltó una risita.

― ¿Lo preguntas porque quieres saber cómo era Moroha de bebé? ―ella descubrió sus intenciones al instante.

El muchacho se rindió, y asintió con una sonrisa para la muchacha.

― Me encantaría saber...

― También fue prematura ―ella puso su mano sobre el cristal de Ai― Ese día estaba subiendo las escaleras del templo cuando tropecé, y tuve una cesárea de emergencia... Pero todo salió bien.

Él sintió un terror al sólo escucharlo.

― Kagome... ― el dijo consternado.

Ella se giró para verlo.

― Si, es por eso que Ai me recuerda a ella. Sé que será fuerte como mi Moroha... ―dijo con seguridad.

Él también colocó su mano sobre el cristal.

― Definitivamente es una niña fuerte... ―susurró.

Kagome estaba tan contenta que podía ser un poco más amable hoy con Inuyasha ―pensó― ¿Por qué no charlar un poco más?

― Inuyasha... ¿Quieres merendar en mi casa hoy? Con Moroha, por supuesto ―ella invitó.

Al instante él la miró perplejo, con una sonrisa de oreja a oreja, pero lleno de asombro.

― ¿Lo dices en serio?

Ella asintió.

― Hoy es un día maravilloso, y tal vez necesite estos ánimos para empezar de nuevo contigo... y poder dejarte entrar a la vida de nuestra niña.

Nada podía ser mejor ―se decía Inuyasha en sus adentros.

― Me encantaría― él también le sonrió.