CAPÍTULO 10

LA REALIZACIÓN

Sasuke contempló a Sakura, todavía dormida en la cama. Su pelo se esparcía sobre la almohada como un halo lustroso. La sábana se había desplazado exponiendo ante su vista uno de sus pechos. Él contuvo el aliento. Era muy hermosa. Provocaba en él una admiración tan poderosa como un puñetazo en el estómago; casi le causaba dolor. Se sorprendió de lo irreconocible que se había vuelto para los que conocían al hombre que había sido hasta entonces. Durante el último mes había cambiado. Ella lo había cambiado.

Como nueva ama de una propiedad tan grande, había muchos asuntos de los que tomar las riendas y ponerse al corriente. La casa recibía el nombre de Stonewell Court debido a la piedra gris con que estaba edificada, típica de la costa sur de Inglaterra. El mar se veía desde el segundo piso del edificio, algo que encantaba a Sakura. Se lo había comentado con entusiasmo, y él no se olvidaba de detalles como ese.

Sakura tenía que ser presentada a un buen número de criados. El señor y la señora West eran los que dirigían casi todos los aspectos de la propiedad y la casa. El señor West era el mayordomo y su esposa, el ama de llaves.

También estaban los perros. Sasuke tenía dos loberos, Brutus y Cleo, que se quedaron prendados de la nueva ama. Si Sakura estaba en el exterior, ellos la acompañaban. Y, cuando les permitían permanecer en el interior de la casa, los dos se tumbaban a sus pies. Ella aseguraba que no le importaba y él bromeaba diciendo que le había robado la lealtad de los chuchos. A pesar de todo, se alegraba para sus adentros de que a ella le gustara la compañía de los animales, puesto que su protección le hacía relajarse un poco.

Aquella mañana en concreto, sin embargo, prefería tenerlos lejos para poder recrearse en los femeninos encantos de su esposa mientras ella dormía.

Contuvo el aliento al verla abrir los ojos, tan verdes.

—Buenos días, preciosa. Dirás que menudo mirón que soy, dedicándome a observarte de manera lasciva mientras duermes antes de marcharme. —Estiró el brazo para rozar los nudillos contra la rotunda y pálida curva de su seno y el pezón se endureció en respuesta.

Ella le atrapó la mano y se la llevó a los labios.

—¿Tienes que irte?

Él asintió con la cabeza.

—Primero tengo que reunirme con los administradores y luego tengo pendiente un negocio con Namikaze sobre un pedido.

—¿Cuándo estarás de vuelta, Sasuke?

Él sonrió.

—¿Me echarás de menos hoy, mi dulce esposa?

Ella asintió levemente antes de bajar la vista.

—¿Quieres decirme algo, Sakura?

—Sí.

—Entonces dímelo. Cuéntame eso que quieres que sepa.

Ella vaciló antes de responder. Él notó que estaba intentando elegir las palabras más adecuadas.

—Me alegro de que te hayas quedado hasta que despertara. No te vayas nunca sin despedirte, Sasuke. Necesito saber que te vas. —Lo miró a la cara con solemnidad; la de ella era una hermosa e intrigante máscara.

—Te lo prometo, cariño. —Se inclinó y la besó en la boca, en el cuello y por fin en el pecho desnudo. Cubrió el pezón con los labios y lo rozó con los dientes—. No te imaginas lo mucho que me gusta tu sabor —gimió. Cuando ella se arqueó, estuvo a punto de mandar todo al diablo y regresar a la cama con ella.

Eso era lo que ella provocaba en él; la necesidad de poseerla no cesaba nunca. Mañana, tarde, noche..., no importaba. Un simple vislumbre de su cuerpo, un gesto... y estaba perdido. Su pene se endurecía cuando ella estaba presente. Se preguntó si esa necesidad de sexo se aplacaría en algún momento. Cuantas más veces la poseía, mayor era su deseo por ella.

—¿Qué piensas hacer hoy, Sakura?

—He pensado que podría ir a visitar a papá.

—Muy bien —repuso él en voz baja—. Por favor, lleva a los perros contigo, y no te quedes demasiado tiempo. Acuérdate de que esta noche cenamos en cada de los Sabaku.

—No me había olvidado.

Sin embargo, cuando por fin él salió del dormitorio, estaba intrigado. Era la primera vez que Sakura le pedía algo. Tenía que estar más pendiente de ella para asegurarse de que no carecía de nada; sabía que ella no le pediría cosas materiales.

No obstante, ella se mostraba muy firme sobre algunas cuestiones. Había continuado cuidando a su padre después de la boda. Iba a visitarlo a su antigua casa, un lugar que ahora le pertenecía. Era algo que él no aprobaba, pero transigía. Su esposa era una hija abnegada. Obedecer era una compulsión en todos los aspectos de su naturaleza. Sospechaba, y con razón, que ella necesitaba seguir ocupándose de su padre. Y, siendo también él un hijo obediente, la entendía muy bien.

Intentaba ser un marido atento y dedicado. Si era sincero consigo mismo, reconocía que no podía mantenerse alejado de ella demasiado tiempo. Sabía que era muy exigente y que su apetito carnal era grande, pero ella le aceptaba con dulzura y él le proporcionaba placer. Querer tenerla cerca, tocarla todo el tiempo, era su respuesta instintiva. Le costaba mucho esfuerzo mantener las manos alejadas de ella cuando estaba a su alcance, y no solo porque la deseara sexualmente. La buscaba porque le gustaba disfrutar de la intimidad que compartían en cualquier situación. La naturaleza generosa de Sakura solo hacía que la quisiera más. Y había otra razón que él conocía muy bien; llevaba muchos años deseándola en silencio, pero ahora sabía que sus sentimientos eran más que mero deseo. Mucho más. Se había enamorado completa y perdidamente de su esposa.

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Una vez hubo regresado de resolver sus negocios, Sasuke buscó a Sakura. La encontró en la biblioteca. Presentaba una preciosa estampa junto a la ventana, leyendo un libro bajo la luz que atravesaba los paños de vidrio. Al escuchar sus pasos, ella se volvió hacia él.

—Ya has vuelto.

Él la saludó con la cabeza al tiempo que se apoyaba en el marco de la puerta. Se sentía salvaje; su pene volvió a la vida cuando ella sonrió. Notó que sus ojos verdes brillaban con intensidad nada más verlo.

Contuvo la respiración antes de respirar hondo. Su miembro se endureció todavía más, oprimido por los pantalones. Entró y cerró la puerta con cerrojo.

—Pareces irritado, Sasuke. ¿Lo estás?

Él asintió con la cabeza y dio un paso hacia ella.

—¿Por qué estás irritado, Sas...?

Fue a por ella. Cayó sobre su esposa como un lobo sobre un conejo al que acechara. El libro se deslizó al suelo con un ruido sordo que retumbó en las paredes. La inmovilizó contra la ventana con un único pensamiento en la cabeza.

«Porque necesitaba hacerla suya».

—Lo siento, preciosa, llevo todo el día pensando en ti y necesito poseerte ahora mismo.

—¡Ohhh, Sasuke! —gritó ella cuando él la tomó en brazos y la puso sobre el escritorio.

Aquella franca declaración sirvió de acicate para que la necesidad que tenía de ella alcanzara alturas inimaginables. Le subió las faldas y le separó las piernas antes de abrirse la bragueta para liberar su erección y sumergirse en ella hasta el fondo. Bajó la vista para observar cómo su miembro desaparecía entre los oscuros pliegues rosados de su sexo, estudió cómo la dilataba al tiempo que sentía aquel exquisito calor y notó una opresión en el pecho. Al retirarse, su pene brillaba hinchado y mojado por los jugos de Sakura.

—¡Santo Dios! ¡Siempre estás mojada, preparada para mí! —Que ella fuera siempre tan receptiva le encendía todavía más—. ¡Siempre estás así, Sakura! ¡Dios mío, es tan placentero... tener... mi verga... dentro... de... ti...! —Marcó cada palabra con una profunda embestida.

Sabía que aquellas frases atrevidas la excitarían también a ella. A su Sakura le gustaba que fuera grosero en la cama.

Siguió clavándose en ella, perdidos los dos en el placer. Su pene estaba siendo ceñido al máximo por el apremiante agarre de los músculos internos de Sakura. Notó que ella se tensaba, preparándose para la deliciosa y serpenteante recompensa del orgasmo. Sakura gritó su nombre cuando las sensaciones la sobrepasaron y se estrelló contra él, arqueando la espalda de manera salvaje, perdida en sus brazos.

Ver cómo ella alcanzaba el éxtasis era lo más hermoso que había visto nunca, pensó. Presenciar el momento justo en que perdía la consciencia lo condujo a su explosiva liberación. Sintió que le apresaba el pene con sus músculos internos y tuvo que dejarse llevar.

Se derramó en su interior, vertiendo chorro tras chorro dentro de su vientre, justo donde necesitaba hacerlo. Le gustaba pensar que ella estaba llena de su semilla. Imaginó que eso satisfacía alguna primitiva necesidad masculina de copular con ella para producir herederos. No estaba seguro de que fuera esa la razón, pero, sin importar por qué, necesitaba soltar su semilla dentro de ella, y cuanto más profundo, mejor.

Sakura se conmovió ante aquellas lujuriosas palabras y la enérgica sesión de sexo. Le encantaba la manera en que Sasuke la hacía sentir cuando la deseaba con aquella intensidad, como si la necesitara para seguir viviendo, para continuar con su vida. Como si ella fuera la única que pudiera satisfacer sus ardientes pasiones. Al menos era así como la hacía sentir. Incluso aunque no fuera cierto, todavía lo abrazaría por el placer que le daba a ella.

Cuando por fin se detuvo, permaneció inclinado sobre ella, abrigándola con su cuerpo mientras ella yacía sobre la mesa.

Mia cara..., ti amo —susurró él.

A pesar de lo bajo que dijo esas palabras, de que solo las cuchicheó, ella las escuchó. Y supo lo que significaban. Ella no tenía un dominio fluido del italiano, pero era consciente de que él había dicho «te amo».

Se puso rígida entre sus brazos y sintió que desaparecía la paz recién hallada, que se disolvía como el humo en el aire.

Esperó. Esperó que él le pidiera que le dijera lo mismo. Sabía que podía hacerlo, pero rezó para que no se le ocurriera tal cosa. No se veía capaz de pronunciar esas palabras. El corazón se le aceleró en el pecho y sintió que se ahogaba, que necesitaba aire.

Pero Sasuke no le pidió que repitiera sus palabras. Aquella orden no salió de sus labios y ella se sintió aliviada según fueron pasando los minutos.

Tampoco se las dijo voluntariamente.

Eran palabras sencillas pero muy poderosas.

Se preguntó si él se habría dado cuenta de lo que le había dicho. Si había sido sincero o solo se había dejado llevar por la pasión del momento. Sabía que el sexo era la mejor manera de desahogarse y que hacía caer las reservas interiores.

Al menos para ella.