Enséñame tu Corazón
9| CONFIA
La expresión de Naruto se tornó confusa e insegura.
—Jamás he hecho el amor con nadie.
Hinata tomó su mano helada y se la llevó a los labios para besar sus dedos.
—Si quieres aprender, ven conmigo.
Naruto apenas podía respirar cuando ella se apartó. Su cabeza era un hervidero de sentimientos extraños y emociones desconocidas. Le daba miedo lo que ella le ofrecía.
¿Cambiaría en algo si Hinata lo tocaba?
No esperaba amabilidad por su parte, ni por la de nadie. Había muerto virgen después de haber sido un esclavo patético y lleno de cicatrices, y como Cazador Oscuro había echado algún que otro polvo en contadas ocasiones. Ni una sola vez en dos mil años había mirado a los ojos de una amante mientras se la tiraba. Jamás había permitido que cualquiera de ellas lo abrazara ni lo tocara.
Si seguía a Hinata, todo eso cambiaría.
En el sueño, ella no era ciega y podía verlo.
Acabaría domesticándolo. Por primera vez en su vida, tendría lazos con alguien. Físicos. Emocionales.
A pesar de ser un sueño, la relación que mantenía con ella cambiaría para siempre, ya que ese era el anhelo que albergaba en lo más profundo de su ser, enterrado en un lugar que ni siquiera se atrevía a mirar. Enterrado en un corazón que había sido aplastado por la crueldad.
—¿Naruto?
Levantó la vista y la vio de pie en la entrada de su dormitorio. La larga melena oscura se derramaba sobre sus hombros y solo llevaba una fina camisa de algodón abotonada hasta abajo. Sus largas piernas estaban desnudas y resultaban de lo más incitantes.
La luz del interior hacía que el fino tejido se transparentara, delineando cada una de las preciosas curvas de su cuerpo...
Naruto tragó saliva. Si hacía aquello, Hinata se convertiría en una persona única en el mundo para él. Sería suya.
Y él de ella.
Lo domesticaría.
No es más que un sueño, se dijo. Pero nadie lo había domesticado jamás, ni siquiera en sueños. Hasta ese momento. Con el corazón desbocado, se acercó a ella y la cogió en brazos. No, no acabaría domesticado. No de ese modo y no por ella. Sin embargo, en ese sueño Hinata sería suya.
Toda suya.
Hinata se estremeció al ver la expresión feroz y decidida de Naruto mientras la llevaba hasta la cama. El deseo resplandecía en sus ojos color azul cielo. Tenía la extraña sensación de que Naruto podría tener razón después de todo.
Un hombre tan salvaje jamás le haría el amor a una mujer. La parte más cuerda de sí misma le dijo que se apartara de él. Que lo detuviera antes de que fuera demasiado tarde.
Sin embargo, otra parte de ella se negaba a hacerlo. Aquello le revelaría el verdadero carácter de ese hombre.
La tendió sobre la cama y le rozó los labios con la yema de los dedos, como si tratara de memorizarlos. De saborearlos. A continuación, le separó los labios con suavidad y la besó.
Hinata no estaba preparada en absoluto para la pasión de ese beso. Para su ferocidad. Resultaba rudo y tierno a un tiempo. Exigente. Abrasador. Dulce. Naruto emitió un salvaje gruñido cuando sus lenguas se rozaron y la saboreó antes de explorar cada centímetro de su boca. Para ser un hombre que jamás había besado con anterioridad, lo hacía increíblemente bien.
Hinata se echó a temblar cuando él le acarició el paladar, cuando su lengua comenzó a provocarle intensas oleadas de placer. Enterró las manos en su suave cabello y gimió mientras la lamía y la mordisqueaba hasta que estuvo a punto de perder el sentido a causa del placer. Jamás había experimentado nada parecido.
Nada parecido a Naruto.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que besó a un hombre y ninguno le había parecido tan sublime como ese. En esos momentos tenía miedo. No de él, sino de sí misma.
Ningún hombre la había tocado jamás. Jamás había roto su juramento de no tocar a los imputados.
Las caricias de Naruto podían costarle todo lo que poseía y sin embargo no era capaz de reunir las fuerzas necesarias para apartarse de él.
Por una vez en su vida deseaba algo para sí misma. Deseaba alcanzar lo inalcanzable. Darle a Naruto algo especial. Un extraño momento de paz con alguien que deseaba estar con él.
Nadie más valoraría su entrega como lo haría Naruto.
Solo él comprendería...
Naruto se apartó de ella para desabrocharle la camisa. Aunque lo que en realidad quería era arrancársela de un tirón. Quería perderse en su interior, aplastarla mientras la poseía con la salvaje pasión que sentía.
Pero no la trataría de esa forma, ni siquiera en sueños.
Por alguna extraña razón, deseaba ser tierno con ella. Deseaba echar un polvo con ella como lo haría un hombre y no como un animal salvaje. No quería hundirse en ella como una bestia en busca de un efímero momento de placer. Quería que esa noche durara. Quería pasarse la noche entera abrazándola.
Por primera vez en su vida, deseaba que una persona lo tratara como si de verdad le importara. Como si se preocupara por él.
Nunca había dejado que sus fantasías y sus sueños lo llevaran tan lejos.
Esa noche en cambio...
Ella encerró su rostro entre las manos y le inclinó la cabeza para que pudiera ver esos ojos claros que lo miraban como si fuera humano. Unos ojos que veían algo bueno en él.
—Eres muy guapo, Naruto.
Esas palabras dulces y serenas lo atravesaron como una daga. No había nada atractivo en él. Nunca lo había habido.
Era insignificante.
Sin embargo, mientras contemplaba su precioso rostro se sintió por un instante como si fuera algo más.
Estaba claro que una mujer como esa no lo tocaría si fuese un ser insignificante.
Ni siquiera en sueños...
Le abrió la camisa para poder contemplar su cuerpo. Sus pechos tenían un tamaño grande y esos pezones, rosados y endurecidos, parecían suplicar que los saboreara. Su vientre era ligeramente redondeado y su piel, pálida y apetitosa. Aunque fueron sus piernas, algo separadas, lo que lo dejaron sin aliento. Los húmedos rizos oscuros de su entrepierna, que prometían el paraíso. O al menos lo más cerca que un hombre como él podría llegar a estar del paraíso.
Hinata contuvo el aliento mientras contemplaba cómo Naruto recorría su cuerpo con una mirada feroz. Era tan abrasadora que casi pudo sentirla como una caricia real.
Él se apartó de la cama para quitarse los pantalones.
Hinata tragó saliva con fuerza al descubrir su erección. Su piel bronceada estaba salpicada de vello rubio y resultaba la visión más masculina que había contemplado jamás. Era hermoso. Su guerrero oscuro. Al contrario que él, sabía que esa noche era real. Sabía que no debería estar haciendo aquello, ya que ambos lo recordarían al despertar.
Su trabajo consistía en ser imparcial. Pero no podía serlo con ese hombre, con su dolor. Quería consolarlo de la forma que fuera. Nadie merecía la vida que él había tenido que soportar. La degradación y hostilidad.
Naruto se colocó encima de ella y la estrechó entre sus brazos. Su peso resultaba delicioso. Cerró los ojos y dejó que el poder y la fuerza que emanaban de él la envolvieran mientras sentía ese cuerpo duro y masculino en todos los poros de su piel.
A Naruto le costaba trabajo respirar. Sentir el cuerpo de esa mujer pegado al suyo era lo más increíble que había experimentado jamás.
Sus manos le acariciaban la espalda mientras él contemplaba la ternura de sus ojos.
No había desprecio en ellos. Ni furia.
Eran unos ojos muy bonitos.
La besó con suavidad antes de apoderarse del labio superior y succionarlo con delicadeza para saborear la dulzura de su boca.
Durante su vida como humano las mujeres habían retrocedido con asco cada vez que se acercaba a ellas. Gritaban y le arrojaban cosas. Había pasado muchas noches en vela tratando de imaginar lo que sería tocar a una. Tratando de imaginar lo que sería sentir unos brazos femeninos a su alrededor.
La realidad era mucho mejor que cualquier cosa que pudiera haber imaginado.
Antes de que ese sueño terminara tenía la intención de poseerla una y otra vez, hasta que ambos suplicaran clemencia.
Hinata gimió cuando Naruto interrumpió el beso para deslizar los labios y la lengua por su cuello hasta llegar a los pechos. Percibía la dura erección y la suavidad de sus testículos contra el muslo, una sensación íntima y abrasadora que le erizaba la piel. Al mismo tiempo, sintió que le cubría un pecho con una mano y deslizaba la lengua alrededor del endurecido pezón antes de mordisquearlo y succionarlo con suavidad.
Hinata encerró su cabeza entre las manos y lo observó mientras soltaba un gruñido de satisfacción. Saboreaba su cuerpo como si de ambrosía se tratara. Se recreaba con ella. No le quedó un centímetro de piel sin lamer y estimular. Sin probar y saciar. Daba la impresión de que nunca tendría suficiente. Jamás había permitido que un hombre le hiciera eso y le aterrorizaba lo que estaba por llegar. A pesar de saber lo que era el sexo, las sensaciones le resultaban del todo extrañas.
No obstante, también lo eran los sentimientos que Naruto despertaba en ella. Se suponía que todas las ninfas de la justicia debían ser castas y puras. Ningún hombre podía ponerles la mano encima.
Pero a Hinata ya no le importaba. Su madre comprendería, sin lugar a dudas, la pasión que sentía. Después de todo, Hanna tenía muchos hijos. El padre de Hinata había sido un mortal de quien su madre se negaba a hablar, y nadie había averiguado jamás el nombre ni el origen del padre de las Moiras.
Seguro que su madre le perdonaría esa única trasgresión.
¿Acaso una noche era mucho pedir?
Pese a todo, mientras lo pensaba, se preguntó si pasar una noche con él sería suficiente.
Naruto se sentía embriagado por el dulce aroma de Hinata y la sensación que le provocaba tenerla entre sus brazos. Soltó un gruñido mientras lamía y mordisqueaba cada centímetro de esa deliciosa piel y escuchaba los murmullos de placer que escapaban de su boca. Ella era el sustento que necesitaba para vivir.
Aun así no era suficiente.
Hinata gritó de placer cuando Naruto le separó los muslos y comenzó a acariciar su sexo con la lengua y los labios. No podía hablar ni respirar mientras ese placer supremo se adueñaba de su cuerpo. Cada roce de su lengua, cada delicada succión, provocaba una oleada de salvaje éxtasis que la recorría por entero.
Jamás habría podido imaginar algo así. Debería sentirse avergonzada por lo que estaban haciendo. No lo estaba. De hecho, quería más.
Más de él.
Con el corazón desbocado, bajó la vista para contemplarlo entre sus muslos. Naruto tenía los ojos cerrados y una expresión que parecía indicar que estaba obteniendo tanto placer como el que ella estaba recibiendo.
Separó más las piernas para proporcionarle un mejor acceso mientras enterraba la mano en su sedoso cabello. Naruto soltó una extraña carcajada contra ella, logrando que la invadiera una nueva oleada de deleite, antes de frotarle la entrepierna con su áspera mejilla.
Hinata emitió un gemido gutural.
Él deslizó los dedos en su interior sin llegar a tocar ese lugar que palpitaba de necesidad. Se demoró a placer y Hinata sintió que su cuerpo comenzaba a arder entre estremecimientos de deleite.
¿Quién habría imaginado que se podría sentir algo así?
El éxtasis creció y creció hasta que ya no pudo soportarlo más. Su nombre se le escapó de entre los labios cuando se corrió por primera vez en su vida. Sin embargo, eso no lo detuvo. Naruto se limitó a gruñir en respuesta a su grito de placer y siguió atormentándola hasta que le rogó que parara.
—Por favor, Naruto. Por favor, ten piedad de mí.
Él se apartó para mirarla. Sus ojos se clavaron en ella al tiempo que esbozaba una sonrisa torcida.
—¿Piedad, princesa? No he hecho más que empezar.
Comenzó a ascender por su cuerpo como una especie de bestia gigante y feroz, mordisqueando y lamiendo todo aquello que encontraba a su paso hasta cubrirla por completo.
Sujetó su rostro con la mano y le dio un profundo beso. Un beso apasionado.
Hinata gimió cuando sintió su rodilla entre los muslos. El encrespado vello de sus piernas le rozó la piel y se estremeció por la expectación.
El aroma y el sabor de Hinata, el suave roce de esos sedosos miembros eran embriagadores para Naruto. No podía haber nada mejor que la sensación de esas manos que se deslizaban por su espalda para aferrarle el trasero y acercarlo más a ella.
Nada podía ser tan dulce como el sonido de su nombre en los labios de Hinata cuando se corrió de nuevo.
Por primera vez en dos mil años, se sentía humano. Más aún, se sentía deseado. Se apartó un poco para poder mirarla mientras le separaba un poco más los muslos. Eso era lo que quería: a Hinata, desenfrenada y empapada bajo su cuerpo mientras su humedad lo rodeaba hasta volverlo loco de placer.
Quería ver su rostro cuando la penetrara. Quería ver si se arrepentía de lo que le estaba permitiendo hacerle.
Preparándose para lo peor, enfrentó su mirada y se hundió hasta el fondo en la aterciopelada calidez de su cuerpo.
Se sintió mareado a causa del placer. A causa del placer que vio reflejado en esos ojos grises. Ella gimió y arqueó la espalda al tiempo que se aferraba con fuerza a sus hombros. Sin embargo, no había desprecio ni arrepentimiento en sus ojos. Al contrario, en ellos brillaba una intensa pasión y otras emociones que ni siquiera acertaba a comprender.
Naruto sonrió a su pesar, entusiasmado por el milagro que suponía esa mujer y lo que acababa de obsequiarle.
Hinata se quedó sin respiración al sentirlo duro y palpitante en su interior. Había tratado de imaginarse en muchas ocasiones lo que sería tener a un hombre dentro de su cuerpo, pero nada la había preparado para aquello.
Para las sensaciones que le provocaba el miembro de Naruto. La embestía lenta y suavemente, como si deseara que ese momento durara para siempre, como si el mero hecho de estar dentro de ella le bastara. Hinata le rodeó las caderas con las piernas y levantó la mirada para descubrir que la estaba observando.
La sensación de tenerlo encima y dentro de ella era increíble. Adoraba sentir el peso de su cuerpo. La expresión de su rostro mientras la contemplaba.
—Hola —le dijo. De repente le resultaba desconcertante mirarlo a los ojos mientras estaban unidos de un modo tan íntimo.
Al rostro de Naruto asomó una expresión a caballo entre la perplejidad y la risa.
—Hola, princesa.
Hinata alzó las manos para cubrirle las mejillas mientras él la penetraba una y otra vez, fuerte y profundamente. Por los dioses, era delicioso sentirlo así. Estaba tan enterrado en ella que habría podido jurar que el extremo de su miembro le llegaba hasta el ombligo.
Naruto cerró los ojos para disfrutar de las sensaciones mientras ella le acariciaba la cara.
No era de extrañar que los hombres mataran por las mujeres. Por fin lo entendía. Supo por qué Sasuke había estado dispuesto a morir por Sakura.
Hinata llegaba hasta algunas partes de él que ni siquiera sabía que existían. Hasta su corazón. Hasta su alma. Lo elevaba hasta alturas inimaginables.
Entre sus brazos supo por primera vez lo que era la paz. Parte de él se sentía relajado y tranquilo mientras que otra parte estaba en llamas y agonizaba por acariciarla.
Se tendió sobre ella con la intención de mordisquear la suave piel de su cuello. Su oreja. Percibió los escalofríos que la recorrieron. Le arañó la piel con los colmillos, tentado de clavárselos en la garganta.
¿Qué sabor tendría su sangre?
¿Qué otras emociones le provocaría?
—¿Vas a morderme, Naruto? —preguntó ella, y su garganta tembló bajo sus labios.
Deslizó la lengua sobre la vena que palpitaba en su cuello.
—¿Quieres que lo haga?
—No. Me da miedo. No quiero ser para ti como las demás mujeres.
—Princesa, jamás podrías serlo. Eres única para mí.
—¿Soy tu rosa?
Naruto soltó una breve carcajada mientras recordaba la lección de El principito.
—Sí, eres mi rosa. No hay otra como tú entre los millones de planetas y estrellas.
Ella le respondió con un abrazo.
Ese abrazo lo conmovió como nada lo había hecho nunca. Fue como si algo en su interior crujiera y estallara, inundándolo de ternura y calidez.
Se enterró profundamente en ella mientras se corría.
Hinata se mordió el labio cuando notó su clímax. Naruto se estremeció entre sus brazos. Sonrió mientras lo estrechaba con fuerza y lo besaba en el hombro.
Estaba tan quieto... tan callado...
¿Quién habría imaginado que ese hombre fuera capaz de algo semejante? Su aspecto era siempre fuerte y agresivo.
Su mera presencia lograba que el aire restallara a su alrededor. Pero no en ese momento. En ese momento solo había silencio.
Naruto permaneció tendido sobre ella, débil y exhausto, sin separar aún sus cuerpos. No quería moverse.
No podía hacerlo.
Sus caricias eran el paraíso. Más que eso, se sentía ligado a ella. Algo que no le había sucedido jamás.
¿De verdad no era más que un sueño?
Por los dioses, ojalá que no. Por favor, que sea real, suplicó su mente.
Necesitaba con desesperación que fuera real.
Hinata cerró los ojos cuando Naruto comenzó a rozar su cuello con la boca una vez más. Por alguna razón, tenía la impresión de que acababa de domesticar a una criatura salvaje e incontrolable.
Le frotó las piernas con las suyas y lo abrazó con fuerza mientras le pasaba una mano por ese cabello rubio como el trigo. Él se apartó un poco para mirarla con una expresión de asombro.
Hinata se sentía muy feliz por lo que había hecho esa noche.
Naruto agachó la cabeza para besarla de nuevo.
Ella percibió su fragancia y dejó que la dulzura de sus labios la embriagara.
—Naruto... —susurró.
Él cerró los ojos con fuerza al escucharla pronunciar su nombre. Una punzada agridulce lo atravesó.
Mordisqueó la delicada piel de su cuello y se permitió rozarla con los colmillos. En la vida real, ya la habría mordido a esas alturas. Jamás la habría poseído de esa manera.
Habría compartido sus emociones mientras bebía su sangre y se preguntó qué sabor tendría en el sueño...
Separó los labios y sintió el pulso de la sangre en las venas contra la lengua. Tendría un sabor dulce, de eso estaba seguro.
—¿Naruto?
Su garganta vibró al hablar.
—¿Sí?
—Me gustas mucho más cuando te muestras tan tierno como ahora.
Se apartó un poco de ella y frunció el ceño al sentir un cosquilleo en las entrañas.
—¿Pasa algo malo?
Todo. Aquello no era un sueño. Era algo surrealista. Sus sueños nunca eran agradables. Jamás había tenido una amante en sueños.
Nadie le había hablado jamás como ella lo hacía.
Nadie le había abierto la puerta y le había permitido entrar a la cabaña después de que Jiraya lo echara.
Se levantó de la cama y se puso los pantalones. Tenía que alejarse de ese lugar. Allí pasaba algo raro. Sus instintos se lo decían. Las cosas no eran como debían ser.
No tenía derecho a estar con ella. Ni siquiera en sueños.
Hinata observó el pánico que reflejaba el rostro de Naruto mientras se vestía. Se envolvió con la manta y se acercó a él.
—No tienes por qué huir de mí.
—No estoy huyendo de ti —masculló él—. Yo no huyo de nadie.
Hinata asintió con la cabeza. Era cierto. Naruto era más fuerte de lo que ningún hombre tenía derecho a ser. Encajaba golpes y reveses que nadie tenía por qué soportar.
—Quédate conmigo, Naruto.
—¿Por qué? No soy nada para ti.
Ella le acarició el brazo.
—No tienes por qué apartar a todo el mundo.
Con un gruñido, él se zafó de su contacto.
—No sabes de lo que estás hablando.
—Sí que lo sé, Naruto —replicó, deseando que hubiera alguna forma de hacerle ver lo que quería que comprendiera—. Créeme. Sé lo que es desear hacer daño antes de que te lo hagan a ti.
—Claro, princesa. ¿Cuándo le has hecho daño a alguien? ¿Cuándo te han hecho daño a ti?
—Muéstrame la bondad que albergas en tu interior, Naruto. Sé que está ahí. Sé que en algún lugar bajo todo ese dolor y todas esas heridas hay alguien que sabe cómo amar. Alguien que sabe cómo proteger y cuidar.
Naruto esbozó una sonrisa sarcástica mientras se abotonaba los pantalones.
—No sabes una puta mierda. —Compuso una mueca feroz y se encaminó hacia la puerta.
Hinata hizo ademán de seguirlo, pero lo pensó mejor.
No sabía qué hacer. No sabía cómo llegar hasta él.
Sus palabras pretendían reconfortarlo, no enfurecerlo. Pero Naruto jamás reaccionaba del modo que ella esperaba.
Frustrada, se vistió y fue tras él.
Al parecer, la amabilidad tampoco funcionaba con él. Así pues, optó por una vía alternativa. Pasó a su lado por el pasillo y le abrió la puerta principal.
Naruto se detuvo; el sol brillaba fuera y él no había estallado en llamas. Quizá aquello fuera un sueño. Tenía que serlo, sin embargo...
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.
—Te abro la puerta para estampártela en el culo cuando salgas.
—¿Por qué?
—Has dicho que querías irte. Pues venga. Vete. No quiero que te quedes aquí cuando es obvio que te doy asco.
Semejante lógica lo dejó desconcertado.
—¿De qué estás hablando?
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que no resulta evidente? Me he acostado contigo y ahora estás impaciente por largarte. Siento no haber sido lo bastante buena para ti. Al menos lo he intentado.
¿Que no había sido lo bastante buena para él? ¿Estaba de broma?
La miró de hito en hito, desgarrado entre el deseo de maldecirla por su estupidez y el de consolarla.
Al final, ganó la ira.
—¿Te consideras despreciable? Entonces ¿qué soy yo? ¿Te das cuenta de que antes de morir ni siquiera merecí un polvo por compasión? Nadie se atrevía a tocarme con ninguna parte de su cuerpo. Podía considerarme afortunado cuando utilizaban un bastón para apartarme de su camino. Así que no me vengas con agravios y no me hables de desprecios. Nadie ha pagado jamás para que desaparecieras de su vista.
Naruto se quedó helado al darse cuenta de lo que acababa de decirle. Eran cosas que había mantenido enterradas en su interior durante siglos. Cosas de las que jamás había hablado con nadie.
Dolorosas verdades que habían languidecido en su corazón, reconcomiéndolo siglo tras siglo. Nadie había querido acercarse a él. Nadie salvo Hinata. Y por eso no podía quedarse. Ella despertaba su lado afectuoso y eso lo aterrorizaba, porque sabía que no podía ser real.
No era más que otro cruel tormento que le infligía el destino.
Cuando despertara, se encontraría con ella y ella no querría tener nada que ver con él. No había lugar para él en la vida de la Hinata real.
Y nunca lo habría.
—Pues debían de estar ciegos para no ver lo que eres, Naruto. Fueron ellos los que salieron perdiendo, no tú.
Por los dioses, cómo deseaba creerla.
Cuánto necesitaba creerla.
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
—Ya te lo he dicho, Naruto. Me gustas.
—¿Por qué? Jamás le he gustado a nadie.
—Eso no es cierto. Siempre has tenido amigos, pero nunca les has permitido que te ayudaran.
—Jiraya —dijo en un susurro—. Shikamaru. —Frunció los labios al recordar a Shikamaru.
—Tienes que aprender a abrirte a la gente.
—¿Para qué? ¿Para que puedan dispararme por la espalda?
—No, para que puedan amarte.
—¿Amor? —Soltó una carcajada ante semejante idea—. ¿Y quién carajos lo necesita? He pasado toda la vida sin él. No necesito amor y puedes estar segura de que no quiero el de nadie.
Hinata siguió en sus trece. Indoblegable.
—Puedes engañarte cuanto quieras, pero yo sé la verdad. —Extendió una mano en su dirección—. Tienes que aprender a confiar en alguien, Naruto. Has sido valiente durante toda tu vida. Muéstrame ahora ese coraje. Dame la mano. Confía en mí y te juro que no te traicionaré.
Naruto siguió donde estaba, indeciso y con el corazón desbocado. Nunca se había sentido tan aterrorizado.
Ni siquiera el día en que lo mataron.
—Confía en mí, por favor. Jamás te haré daño.
Naruto clavó la mirada en su mano. Era alargada y elegante. Delicada. Una mano diminuta. La mano de una amante. Le entraron ganas de salir corriendo.
En cambio, se descubrió alzando la mano y enlazando los dedos con los de ella.
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Continuará...
