Róbame el corazón

Wendy Grandchester

Capítulo 12


Era un ultimátum, ella lo sabía. Albert podía ser el hombre más generoso y comprensivo del mundo, pero tenía un límite. Sabía que cuando tenía la razón en algo, era implacable y no se dejaba manipular por más ojitos tiernos que ella le hiciera. Su gesto era apretado y le latía la sien, sus músculos se veían tensos, estaba tan enojado, la energía que desprendía era avasallante. Ella le tenía cierto temor, no a que él pudiera tornarse violento, sino porque sentía una atracción y un deseo inexplicable en ese inoportuno momento.

-Sí quiero que funcione. Quiero que no se termine nunca, que nunca pueda decepcionarte. Es que no solo estoy enamorada de ti, estoy enamorada de esta vida, estoy enamorada de la persona que soy cuando estoy aquí, contigo, con ustedes y...

-Entonces hay que reparar las piezas rotas para que funcione.- le susurró cerca del cuello, atrayéndola hacia su cuerpo fuerte y maravillosamente viril.

-¿Me enviarás al loquero?- le preguntó haciendo un puchero.

-A veces es necesario. Pero ahora mismo, donde quisiera enviarte es a la cama, ahora.

La besó y la levantó quedando colgada a su cintura. Le mordió el cuello y le besó los pechos, sintió cómo a ella se le aceleraba el corazón y gemía en su oído.

-¿Dónde dejaste a la niña?- preguntó ahogado en un placer que no podía contener.

-Está en el salón viendo una... película... ¡ah!- gimió cuando sintió uno de los dedos de Albert introducirse en su intimidad.

-Pues tú y yo haremos nuestro propio film ahora.

Entraron al cuarto donde guardaban los utensilios de limpieza, era amplio y el ama de llaves lo mantenía siempre limpio y organizado.

No perdieron tiempo, Albert la desnudó apresuradamente y se quitó él también la ropa. La cargó en su cintura, abrazándolo ella con sus piernas y él le apoyo la espalda contra la pared. Le acarició la cintura y succionó sus pechos excitantemente perforados mientras jugaba con sus dedos en el interior de su intimidad.

-Albert...- pronunciaba su nombre en gemidos y se mordía los labios, eso lo estaba enloqueciendo.

-Haré que grites tanto mi nombre que olvidarás el tuyo.

Fue cuando entró en ella sin aviso, con fuerza y furia, con un deseo tan primitivo que no lo había experimentado antes. El despertar de una pasión oculta y desenfrenada que lo convertían en un hombre completamente distinto. Un hombre capaz de hacerla temblar desde la raíz del cabello y gemir tanto hasta formar un nuevo dialecto entre la carne y el alma.

-Oh, Dios...- gritó cuando él comenzó a masajearle el clítoris sin parar de penetrarla.

Llegaron una serie de gritos y gemidos descontrolados y cuando él sintió el calor de la humedad de ella que se desbordaba, apretó fuerte su trasero y terminó estrepitosamente con un grave gruñido. La retuvo contra su cuerpo, porque al bajarla al suelo, ella aún temblaba, se sentía mareada y él también respiraba agitadamente.

-Deberías enojarte más seguido.- le dijo a la vez que le daba y corto beso en los labios mientras él la ayudaba a vestirse.

-Ah, ¿te gusta hacerme enojar a propósito?- levantó una ceja.

-A veces...- admitió ella con gesto travieso.

-Pues ten cuidado, puede que la próxima vez no sea tan piadoso.

Retomaron el desayuno y unas horas más tarde decidieron disfrutar de la piscina en familia.

-Papi, ¿tú enseñaste a nadar a Héctor?- preguntó la niña al ver con la facilidad que el perro recorría la piscina entera, incluso las partes más profundas donde ella tenía prohibido estar.

-No, lo hace por instinto.

-Pues quiero que me enseñes a nadar en lo hondo para hacer competencia con Héctor.-Albert suspiró.

-Te pondré en clases de natación.

-¡Sí!

Candy se quedaba embobada mirándolos y escuchándolos. Tan perfectos cuando estaban juntos, tan afines, y recordó al padre que jamás conoció. Se preguntó cómo habrían sido juntos si al menos hubiesen tenido la oportunidad de convivir.

-Si Sammy hubiese sobrevivido, me habría gustado que tuviese un padre como tú. Quizás por eso se me fue antes, con un padre como Niel, su pequeña vida habría sido muy miserable...- sonrió con tristeza.

-Candy, no pienses más en eso. A veces esas cosas pasan. Karen y yo también perdimos un primer embarazo, solo que no estaba tan avanzado como el tuyo. Cuando nos enteramos que íbamos a ser padres, se lo dijimos a todo el mundo, organizamos una gran cena con toda la familia y amigos... y esa misma madrugada, ella se puso mal. Fue un aborto espontáneo. Nos sentimos fatal, pero luego llegó Savannah y fue como si la tempestad jamás hubiese pasado por aquí.

-Ella lo ilumina todo.- respondió al verla jugar felizmente, chapoteando junto a Héctor.

-Si lo nuestro funciona, cuando sea el momento, le haremos encargo a la cigüeña.- le dio un beso ligero en los labios y ella sonrió y asintió.

-Me esforzaré porque funcione.

-Nos esforzaremos.- corrigió él.

Después de haber disfrutado un par de horas nadando, comenzó a lloviznar, Albert decidió asearse y ponerse cómodo mientras que Candy se ocupó de Savannah, como siempre y se dejó a sí misma de última. Estaba secándose el pelo cuando recibió un mensaje de Nicky.

*Espero que hayas llegado bien.

Lamento todo lo que pasó,

Por favor, escríbeme.

Nicky*

Candy sintió una punzada de remordimiento, Nicky tampoco era culpable de nada, pero estaba demasiado aturdida de verdades como para ser una buena hermana en esos momentos. De pronto recordó el cheque que Ann le había dado. Lo sacó del sobre y leyó la cantidad. Treinta mil dólares. No era una fortuna, pero sí lo suficiente para poder rehacer su vida por completo, emprender algún negocio. Quizás poner su tienda de historietas otra vez. Guardó el cheque para depositarlo en su cuenta más adelante. Ya decidiría qué haría con él, en esos momentos solo quería preocuparse por el presente y hacer que las cosas funcionaran con Albert.

-¿No vas a bajar?- apareció Albert, abrazándola desde atrás.

-Sí, prepararé algo de cenar, estoy tan hambrienta.

-Yo también. Si quieres podemos ordenar algo...- se lanzó a la cama exhausto. Una alarma comenzó a sonar en el celular de Candy.

-¿Dónde están? ¿Albert, has visto mis pastillas?- vació su bolso entero y buscaba por todas partes histérica.

-¿Cuáles pastillas?

-¡No puede ser! Debí dejarlas en case de Nicky... se habrán salido de mi bolso...

-Candy, ¿qué pasa? ¿Necesitas algún medicamento urgente?

-¡Sí! Necesito mis pastillas... ¿qué día es hoy? No, no debo estar ovulando, pero...- seguía hablando sola y Albert entendía cada vez menos.

-Candy...

-¡Mis anticonceptivas! Las he perdido... y tengo que tomar una ahora. ¡Ahora mismo!

-Vale, cálmate. Iremos a conseguirlas...

-No las conseguirás a esta hora. Ve a la farmacia y cómprame la píldora del día después. ¿Sabes de lo que hablo? Ve inmediatamente y...- ella estaba temblando.

-Sí sé cuál es la píldora. Iré a conseguirla ahora mismo, pero por favor, cálmate y no entres en una crisis nerviosa.

-No puedo embarazarme ahora. Es muy peligroso, el doctor me lo dijo...

-Está bien, ya lo entendí. Yo iré por la píldora. Tú relájate, ve con la niña, yo me encargo, ¿vale?- ella asintió.

Albert salió a la farmacia de inmediato. Candy trató de serenarse y bajó a ver televisión con Savannah. Trataba de disimular, pero estaba demasiado nerviosa y asustada. Albert y ella apenas comenzaban a entenderse, su relación en sí ya era un poco complicada como para rematarla con un embarazo repentino y riesgoso que podría costarle la vida. Otro niño muerto...- desechó ese pensamiento de inmediato cuando sonó su celular. Lo contestó sin siquiera mirar a la pantalla.

-¿Las conseguiste?- fue lo que dijo tan pronto contestó la llamada?

-¿Conseguí qué?- preguntó una voz femenina al otro lado de la línea. Candy se retiró el celular de la oreja para comprobar de quién era la llamada.

-Nicky... lo siento, pensé que era Albert.

-Oh... ¿Estás bien? Te envié un mensaje.

-Sí, estoy bien. Olvidé contestar, ya sabes, estaba ocupada con la niña.

-Bueno, me alegra saber que llegaste bien. Buenas noches.- Nicky colgó antes de esperar la respuesta de Candy y esta volvió a sentir un poco de remordimientos.

-¿Esa era tu hermana?- preguntó la niña, recostándose de Candy, bostezando ya.

-Sí.- le acarició el cabello con ternura.

-Yo quisiera tener una hermana.

-Un día de estos la tendrás, por ahora, tú serás mi única niña.- le atacó a cosquillas para que olvidara el tema.

-¡Papá!- Gritó al verlo llegar y con comida.

-¿La conseguiste?- murmuró Candy para que sólo él la oyera.

-Sí. Ya puedes estar tranquila, esa cigüeña se llevará un fiasco.- le dijo en el oído y le dio un beso tranquilizador.

3 meses después

La vida de Candy y su nuevo hogar irradiaba luz, y no en las paredes y el techo que la resguardaban, sino en sus almas y corazones. A veces, todavía a veces, lloraba de alegría en algún rincón, preguntándose si era cierto, si de verdad la vida era tan buena, cómo todo se había tornado rosa de repente.

Estaba amando cada segundo de esa vida que tanto había anhelado. Se encontraba en el jardín trasero, risueña, cantando, cubierta de tierra y con la frente sudada, mientras no muy lejos de su vista Savannah jugaba con Héctor.

-¿Intentas llegar a China cavando?- Levantó la vista, entre sorprendida y embobada con la figura del hombre que adoraba y al que deseaba cada hora del día. Su elegancia, su traje y sus costosos zapatos no parecían reparar en el peligro que corrían en ese terreno de restauración de jardín.

-Quiero un rosal. Siempre quise uno. Además, también planeo que tengamos un huerto casero.- contestó poniéndose de pie y limpiándose las implacables gotas de sudor de la frente con el dorso del brazo y solo consiguió que la mejilla se le tiñera de tierra, haciendo que Albert esbozara una sonrisa de adoración. Con ella no existía el aburrimiento, tenía un don para llenar de dicha y sorpresas su día.

-¿No me saludas?- se quejó acercándosele y tomándola por la cintura, aún conseguía ponerla nerviosa.

-No quería ensuciarte...- dijo, aceptando el beso inminente.

-Si me hubieras dicho que querías un nuevo jardín, podía haber contratado a un jardinero profesional- propuso indulgente, limpiándole los rastros de tierra de la cara.

-¿Crees que no soy capaz de crear mi propio jardín?- en ese momento su pie se enredó en una raíz y estuvo a punto de caerse de no ser por Albert.

-Creo que no te vendría mal un poco de ayuda...- se burló

-Búrlese todo lo que quiera, señor Andrew, pero cuando vea los resultados de mi... ¡Oye!- le gritó a Héctor quien levantó la pata y orinó en el hueco que Candy había cavado para plantar unas semillas de rosas.

-No lo regañes, solo está fertilizando el área.- disfrutó de su cara roja y su expresión furiosa.

-¡Quiero que llames a ese jardinero mañana mismo!- repuso en un tono exigente y malcriado. Se giró y siguió andando con paso decidido, Albert le hizo el saludo militar mientras sonreía.

-Papi, ¿por qué se enojó Candy?- preguntó la niña, pisando sin querer una planta que Candy había sembrado.

-Creo que piensa que no valoramos sus esfuerzos.- respondió cargándola para entrar a la casa al notar que el cielo se estaba nublando.

Cuando entraron, Albert llamó a Candy, pero no hubo respuesta. Savannah volvió a la tablet que había dejado abandonada sobre el sofá, Albert se puso a buscar a Candy, la encontró en su antigua habitación de niñera, preparando un baño aromático.

-¿Por qué no usas nuestro baño? Es más grande.- propuso sin perder detalle de su figura semidesnuda.

-Porque planeo relajarme. Sola.- enfatizó de modo que le quedara claro y que sintiera la puñalada de su frialdad en lo mas hondo de su ser.

-Vale. No te molestaré.- sonrió de lado y se encogió de hombros, apoyándose en una esquina del lavamanos.

Ella que se encontraba de espaldas a él, se terminó de desnudar, jurando que ya estaba sola, pero la intensidad de su mirada ardiente en su cuerpo descubierto era demasiado abrasadora como para no sentirla aún si tuviese los ojos vendados.

-¿Por qué sigues aquí?- preguntó enojada y con gesto altivo.

-Porque te extrañé mucho y no me canso de mirarte nunca.- se acercó a ella por detrás, le besó la espalda y la nuca, notando cómo se le erizaba la piel, le acarició ligeramente el trasero redondo y suave.

-¿Ah, ya se te pasaron las ganas de mofarte de mí?

-Umm... La verdad es que no...- confesó con una sonrisa traviesa.

-Si no te importa, ya me quiero bañar, así que por favor...

-Oh sí, debes estar muy cansada. No te preocupes, yo me encargaré de todo. Tú relájate.

-Gracias. Si puedes encargarte de la niña por ahora te lo agradecería.

-Por supuesto.

La cargó a ella y la metió en el agua tibia y olorosa. Ella estaba desconcertada.

-Albert, quedamos en que me ayudarías con la niña mientras yo... me relajo sola...

-Y eso haré. No me meteré contigo al agua, no te preocupes.- se quitó el traje y se arremangó la camisa.

-Pero...

-Shhh. ¿No querías relajarte? Cierra los ojos.

Ella hizo lo que le dijo. Sintió como él le masajeaba los hombros y el cabello. Sus palabras aterciopeladas colándose por sus oídos como olas seductoras. Con una esponja suave, comenzó a enjabonarle el cuerpo. La piel se le enchinaba entera, sentía escalofríos de deseo y los pezones parecían granizos que se asomaban a través de la espuma.

Él moría por hacerla suya, la deseaba tanto, pero también estaba amando esa intimidad que estaban compartiendo en ese preciso momento, no quería romper con ese encanto sutil de adorarla sin poseerla.

La enjuagó y la sacó de la tina envuelta en una toalla grande y suave, como si cuidaba una joya preciosísima de la cual su existencia dependía. La colocó nuevamente en el suelo, con la misma delicadeza y se dispuso a secarla. Ella no decía nada, pero se le notaba ansiosa, esperando el momento en que él tomara su cuerpo hasta saciarse, que tomara algo a cambio como había estado acostumbrada.

Pero él, continuó secándola, envolvió su cabello empapado en la toalla y buscó en sus gavetas unas bragas y un camisón.

-Descansa. Yo me encargo de la niña y de la cena.- le besó la frente y se dirigía a la puerta para cumplir con lo prometido.

-Albert.- lo detuvo con el poder de su dulce llamado.

-¿Sí?- preguntó con un suspiro, también estaba cansado, agotado, para ser honestos.

-Te amo.- le dijo de pronto, con los ojazos abiertos y desesperados de pura ansiedad. El pánico la invadía, el miedo feroz de no ser correspondida, que estuviera yendo demasiado de prisa.

Volvió hacia ella con paso lentos, como quien toma un camino lleno de rosas, pero no puede evitar lastimarse con algunas espinas y para ella cada segundo le aceleraba peligrosamente los latitos del corazón.

-¿Lo dices en serio?- buscó sus ojos, quería leer en ellos alguna mentira, igual cómo hacía con sus clientes, pero con Candy no funcionaba así. Con ella se le nublaba la razón y podía perder la objetividad fácilmente.

-Nunca en mi vida había estado tan segura de algo...

-Candy...- intentó buscar sus labios.

-No te preocupes, no tienes que decirlo de vuelta...

-¿Decirlo de vuelta? ¡Debí habértelo dicho primero!-estaba emocionado y algo molesto consigo mismo.

-Lo sé, lamento por... por no haber esperado a que me correspondas, es que...

-¿Esperar? ¿No lo entiendes? No debería hacerte esperar o permitir que tú lo dijeras primero. Debí decírtelo tan pronto como lo supe.

-Albert, no tienes que...

-Te amo. Y lo sé desde hace mucho. Supongo que también tuve miedo, lo siento.- la apretó fuerte contra su pecho.

Un mes después

Candy acababa de llegar de compras, cargada de paquetes. Desbordaba una felicidad que no podía esconder. Albert la trataba como a una reina y aunque trabajaba demasiado para su gusto, las consentía sin límites a ella y a la niña. Casi todas las noches, le hacía el amor con pasión y desenfreno. Era el amor de su vida, él era su vida, la vida que siempre había querido y ella vivía para complacerlo. Con él había aprendido de una manera muy diferente a la que conocía. Con el alma, la mente, con cada latido de su ser. Había aprendido a amarse a sí misma, aunque aún dudara de vez en cuando.

El anillo de finísimo y delicado diamante relucía en su mano, no por su valor monetario, sino por lo que significaba. Que pronto sería la esposa de Albert Andrew, una madre para Savannah y para los hijos que planeaba tener con Albert si la vida le sonreía lo suficiente.

-Vaya, chiquita. ¿Aquí vives?- esa voz hizo que el corazón se le paralizara por un instante.

-¿Qué haces aquí?- preguntó confundida y visiblemente alterada.

-Nada, solo... paseaba por aquí y te vi... vi que te va muy bien.

-Así es. Espero que estés bien también.- le dio la espalda para entrar a la casa, pero él le tomó el brazo y la obligó a girarse.

-Creo que no tan bien como tú... le tomó la mano y rozó el diamante de su anillo de compromiso.

-Neil, debes irte...- le dijo nerviosa, pero decidida.

-¿Se pone celoso tu prometido?- le acarició le labio inferior con un dedo tatuado.

-No sé qué diablos estás haciendo tú en un lugar como este y te aseguro que no me interesa saberlo, pero te voy a pedir que no te acerques a mí ni a esta casa, ¿has entendido?- le apartó el dedo con que había estado tocando su boca. Neil sonrió con malicia.

-¿Te crees mejor que yo? ¿Crees que casarte y vivir en un barrio fino borrará quién eres?

-Vete, por favor. Vete o voy a...

-¿O sino qué?- En ese momento Savannah abrió la puerta y Héctor echó a correr calle abajo sin importar cuánto lo llamara la niña. Neil se alejó tan pronto como vio a Albert aparecer.

Albert llamó al perro con autoridad y este regresó mansamente, pero notó que Candy estaba pálida y temblando.

-¿Te sientes bien?- le preguntó preocupado y quitándole los paquetes de las manos.

-Sí...- respondió sin mirarlo a los ojos.

-¿Estás segura?- la obligó a encararlo.

-Sí, es que... estoy agotada, caminé mucho y... me salté el almuerzo.

No le gustaba ocultarle nada a Albert, pero Neil era una parte de su vida que no merecía tomar lugar en el pequeño universo que había construido con Albert. Sabía que Neil solo era un perdedor y un fanfarrón, no merecía la pena si quiera mencionárselo a Albert.

Continuará...


Hola! Gracias por su gran paciencia y seguir apoyando esta historia. Falta muy poco, grancias por entender mis periodos de crisis existenciales. No las abandonaré, ni a ninguno de los fics. A este solo le faltan un par de capítulos. Espero que les haya gustado.

Hasta pronto,

Wendy G.