Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

Capítulo10

Ichigo aterrizó en la terraza de la base que Urahara poseía en el Refugio. Sabía que

a Rukia le habría encantado conocer a Yoruichi, pero aún era una inmortal recién

nacida... y jamás le confiaría su vida a sus compañeros ángeles o arcángeles,

con sus constantes cambios de humor. Además, no era casualidad que tanto

Urahara como Orihime hubieran elegido ese momento para acudir al Refugio.

El aroma de las magnolias precedió la llegada de Yoruichi al balcón.

—Ichigo. —Extendió ambas manos—. Ha pasado mucho tiempo.

Tomó las manos que le ofrecían y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—Unas cinco décadas. —Yoruichi apenas abandonaba su hogar en

Suramérica—. ¿Estás bien? La arcángel asintió con la cabeza.

—He venido a conocer a tu cazadora.

—Me sorprendes, Yoruichi. —Soltó sus manos cuando ella se volvió para

acompañarlo al interior.

La arcángel se echó a reír, y su risa fue un sonido cálido y agradable.

—Tengo mis defectos. Y la curiosidad es uno de ellos.

—Rukia se sentirá halagada al saber que ha conseguido Arrancarte de tu hogar.

Yoruichi se dirigió a una pequeña y hermosa mesa tallada para coger una

botella del más delicado cristal.

—¿Vino?

—Te lo agradezco. —Ichigo echó un vistazo a la estancia y descubrió el toque

artístico de Yoruichi en cada uno de los cuadros y los muebles—. Viajas mucho

más de lo que la gente hace.

Una pequeña sonrisa íntima.

—Urahara vendrá pronto. No hace mucho que llegamos

—Gracias. —Ichigo cogió el líquido dorado que le ofrecían, aunque su brillo

le recordó otra época, otro lugar. Una cazadora moribunda con el cabello casi

blanco entre sus brazos. Y un corazón que creía muerto rompiéndose a causa de

la angustia.—¿Qué tal sabe? —preguntó Yoruichi.

Ichigo hizo un gesto negativo con la cabeza. La ambrosía... Ese momento

era... indescriptible... y muy íntimo.

Tras un instante, Yoruichi inclinó la cabeza en silenciosa aquiescencia.

—Me alegro por ti, Ichigo.

Él enfrentó su mirada, a la espera.

—Siempre te he considerado un amigo —añadió ella en voz baja—. Sé que si

los otros decidieran atacar a Urahara por la espalda, no te unirías a ellos.

—¿De dónde procede semejante certeza?

—Del corazón, por supuesto.

Urahara apareció en ese instante, con el cabello húmedo.

—Ichigo... ¿No has traído a tu Rukia contigo?

Mi Rukia.

Ichigo se preguntó qué pensaría su cazadora de la forma en la que los demás

arcángeles hablaban de ella.

—No esta vez. —Quizá algún día pudiera confiar en Urahara. Pero ese día no

había llegado aún.

—Vamos —dijo Yoruichi—, sentémonos. —Se volvió hacia Urahara, e Ichigo

supo que habían intercambiado cierta información, y a que los labios de ella se

curvaron antes de que tomara asiento.

—Bueno... —dijo Urahara mientras su compañera le servía vino con una pose

que hablaba de madurez y elegancia—, he oído que Orihime nos ha honrado

con su presencia.

—Parece que el Refugio resulta de su agrado estos días.

Una pequeña sonrisa apareció en la boca del otro arcángel.

—¿Te ha hablado Yoruichi de su último cuadro? Es extraordinario.

—Acaba de llegar —protestó esta—. No obstante, debo decir que casi se pintó

solo.

La media hora siguiente transcurrió en medio de una conversación fácil, y

aunque Ichigo había imaginado el ritmo que tendría el encuentro, empezó a

sentirse impaciente. No estaba familiarizado con ese sentimiento: después de

vivir tanto, manejaba muy bien el arte de la paciencia. Sin embargo, todo había

cambiado después de conocer a la cazadora.

Al final, salió al balcón con Urahara mientras Yoruichi se excusaba con discreción.

—¿Le has contado todo? —preguntó Ichigo.

—Qué pregunta tan personal... Tú no sueles hacer eso.

—Rukia me ha preguntado sobre las relaciones angelicales, y he descubierto

que sé muy poco sobre ellas.

Urahara bajó la vista hasta el río que circulaba mucho más abajo, retorciéndose

entre grietas que se habían hecho cada vez más profundas con el paso de los siglos.

—Yoruichi sabe todo lo que yo sé —respondió al final.

—En ese caso, ¿por qué no se queda con nosotros?

—Lo sabe porque es mi compañera. No siente el menor deseo de verse

atrapada en las maquinaciones de la Cátedra.

—Una pausa—. Tú no lo entiendes porque tu cazadora siempre ha estado

relacionada con los asuntos de la Cátedra.

—¿Cómo es posible que alguien con el poder de Yoruichi (y debo admitir que

está mucho más fuerte que la última vez que la vi) se contente con permanecer

en las sombras?

—A Yoruichi no le gusta la política. —Urahara se volvió para mirar a Ichigo. Su

mandíbula parecía hecha de granito—. Y tampoco que otro ángel se atreva a

utilizar mi nombre.

—Eso pone de manifiesto una arrogancia que lo llevará a cometer un error

—replicó Ichigo, mientras recordaba que Rukia le había dicho algo parecido en

aquellos tensos momentos en los que lo abrazaba con fuerza... como si quisiera

impedir físicamente que cayera al abismo—. Busca la gloria. Y para eso es

necesario ser conocido.

—Comprendo tu furia, Ichigo —La ira del propio Urahara se manifestaba en

forma de una violenta ráfaga de calor—, pero no podemos permitir que esto nos

aparte del verdadero problema.

—Te has enterado de algo. —Lo percibía en los ojos del otro arcángel, en su

voz.

Urahara asintió.

—Corren rumores de que Unohana planea mostrar abiertamente a sus

renacidos en el baile.

Ichigo y a lo había supuesto. El último informe de Hisagi, entregado después

de que los renacidos de Unohana lo acorralaran lo bastante como para arrancarle

parte de la cara, hablaba de un ejército cada vez más numeroso formado por

muertos a los que les habían devuelto la vida.

—Debemos prepararnos para las consecuencias que tendrá que la gente se

entere de hasta qué extremo ha evolucionado Unohana.

—El mundo se estremecerá —susurró Urahara en la oscuridad del atardecer—.

Y todos nos temerán aún más.

—Eso no tiene por qué ser una desventaja. —El miedo impedía que los

mortales tomaran decisiones estúpidas, que olvidaran que un inmortal siempre

resultaba vencedor en una batalla.

—¿Crees que eso es aplicable en este caso?—Los mortales son impredecibles...

Podrían calificar de monstruo a Unohana o considerarla una diosa.

Urahara echó un vistazo por encima del hombro cuando Yoruichi salió al balcón

para preguntarles si querían más vino.

—¿Ichigo?

Ichigo hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Muchas gracias, Yoruichi.

—Es un placer.

—Ver en qué se está convirtiendo Unohana... —dijo Urahara una vez que su

compañera se marchó— hace que una parte de mí tema lo que nos espera al

final.

—Sabes tan bien como yo que nuestras habilidades están vinculadas a lo que

somos. —Ichigo aún no entendía su nuevo e inesperado talento... ¿De dónde

había salido? ¿De qué semilla o acto?—. Tú nunca te habrías apoderado del

primogénito de todas las familias de un pueblo solo para demostrar tu poder.

Urahara se quedó visiblemente desconcertado.

—No sabía que Unohana hubiera hecho eso.

—Ya era anciana cuando yo nací, incluso cuando naciste tú. —Y eso que

Urahara era unos tres mil años mayor que Ichigo—. Ha hecho muchas cosas que

han quedado enterradas en los anales del tiempo.

—En ese caso, ¿cómo te has enterado?

Ichigo se limitó a mirar a los ojos al otro arcángel.

Después de un rato, Urahara hizo un gesto de asentimiento.

—Eso dice poco a favor de nuestra inteligencia. ¿Qué hizo con los niños que arrebató?

—Al parecer, algunos se convirtieron en sus mascotas mortales... y siguieron

con vida hasta que dejaron de entretenerla. A los demás se los entregó a sus

vampiros como fuente de alimento.

—Eso —dijo Urahara— no puedo creerlo. —Su rostro estaba cargado de

repugnancia—. Los niños no pueden tocarse. Es nuestra ley más sagrada.

Los nacimientos angelicales eran raros, muy raros. Todos los niños eran

considerados un regalo, pero...

—Algunos de los nuestros creen que solo importan los niños ángeles.

La piel del rostro de Urahara se tensó sobre sus pómulos.

—¿Tú lo crees?

—No. —Una pausa de sinceridad brutal—. Aunque he amenazado a varios

niños mortales como forma de controlar a sus padres. —Sin embargo, sin

importar cuáles fueran las transgresiones de los padres, ni una sola vez había

tocado a sus hijos.

—Yo hice lo mismo durante la primera mitad de mi existencia —admitió

Urahara—. Hasta que comprendí que la amenaza está a un solo paso del acto en sí.

—Así es. —Un año antes, mientras se encontraba en un período Silente (un

estado inhumano sin emociones originado por uno de los usos específicos de su

poder), la oscuridad presente en Ichigo había pensado que la vida de un niño

tenía muy poco valor. Eso era una mancha en su alma, un crimen para el que

nunca buscaría perdón... porque era imperdonable. Sin embargo, nunca habría

entregado la vida de un niño como recompensa—. El que descubrió la atrocidad

cometida por Unohana —dijo, preguntándose una vez más qué habría sido de él sin

Rukia— presenció cosas que aplastarían todas las dudas posibles.

Ichigo recordó lo que le había contado su jefe de espionaje.

« Vi los cadáveres. —En aquel momento, la voz de Hisagi estuvo a punto de

romperse, y su tatuaje tribal negro empezó a destacarse con fuerza sobre esa piel

que, por lo general, tenía un saludable tono marrón—. Cositas diminutas y

arrugadas. Los conserva como recuerdo.

—¿Cómo es posible que se hayan conservado?

—Después de que los vampiros consumieran su sangre y los mataran, ella

hizo que los momificaran. —Los ojos oscuros de Hisagi se clavaron en su rostro

—. Hay bebés en esa sala, señor.»

Incluso en esos instantes, Ichigo no podía pensar en ese asunto sin sentir una

profunda aversión. Había cosas que no se hacían.

—Si Aizen siguiera con vida —dijo, hablando del arcángel a quien había

matado la noche en que saboreó la ambrosía, la noche en la que hizo que una

mortal pasara a ser uno de los suyos—, habría seguido a buen seguro el camino

de la evolución de Unohana. Asesinó a toda una ciudad, incluidos los niños que

dormían en sus cunas, por ofender a uno de sus vampiros.

—El ángel que intentó destrozar a Noel —La furia de Urahara era afilada como

un millar de hojas de acero— todavía sigue ese camino. No necesitamos a otro

de esos en la Cátedra.

—No. —Porque una vez que un ángel ocupara esa posición, la Cátedra no

intervendría... No mientras el ángel en cuestión limitara sus atrocidades a su

propio territorio y no causara problemas a escala global. Ningún arcángel

toleraría interferencias dentro de su esfera de poder.

—¿Has visto a alguna de las niñas que Ikkaku se lleva a la cama?

—Son demasiado jóvenes. —Había sido Ichimaru quien le había proporcionado

esa información. El vampiro, se había adentrado sin problemas en el calor desértico del

territorio de Ikakku—. Pero consigue que las cosas no salgan de su territorio.

Ikakku ponía mucho cuidado en no tomar a ninguna menor de quince

años, y se excusaba diciendo que había crecido en una época en la que las quinceañeras

eran consideradas lo bastante adultas para el matrimonio. No obstante, las niñas a las

que elegía siempre eran las que parecían mucho, mucho más jóvenes de su edad cronológica.

Había bastantes inmortales (y también muchos mortales) que se confabulaban con

Ikakku para que las perversiones del arcángel no salieran a la luz.

Urahara miró a Ichigo.

—Chad dice que Ikakku abusó de una niña que vivía en su lado de la frontera.

—He investigado esa situación... y parece que acabará en una guerra fronteriza.

—Puede que Chad tenga sus defectos, pero en esto estoy de acuerdo con él. Si

Ikakku rompe los límites territoriales, debe pagarlo... No dará cuenta de

sus crímenes en ningún otro lugar.

Ichigo estaba de acuerdo. Pero ni siquiera Ikakku, con todas sus despreciables

costumbres, era la amenaza que se cernía sobre ellos de manera inexorable.

—No estoy seguro de que podamos detener a Unohana.

—No. —La boca de Urahara se transformó en una línea muy fina—. Creo que

no podríamos acabar con su vida ni siquiera aunando nuestras fuerzas. —Respiró

hondo—. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos. Quizá se contente

con jugar con sus renacidos en el interior de su corte.

—Quizá. —Y quizá Unohana decidiera darle rienda suelta a sus ejércitos,

convertirse en la encarnación literal de la semidiosa que y a era en su patria. No

obstante, esa diosa solo traería muerte, y sus renacidos se darían un festín con la

carne de los vivos mientras ella lo contemplaba todo con una sonrisa indulgente.

XXX

Era inevitable, pensó Rukia más tarde, que soñara esa noche. Podía sentir

cómo el pasado la empujaba con las manos cubiertas de sangre. Luchó, pataleó,

pero aun así la arrastraron por ese oscuro pasillo, por el sendero que su padre

había construido piedra a piedra aquel calinoso verano, hacia la resplandeciente

cocina blanca que su madre mantenía inmaculada.

Hisana estaba junto a la encimera.

—Bébé, ¿por qué te quedas ahí de pie? Ven, te prepararé una taza de chocolate.

Rukia notó que le temblaban los labios, que se le doblaban las rodillas.

—¿Mamá?

—Por supuesto, ¿quién iba a ser si no? —Una risotada familiar, generosa—.

Cierra la puerta antes de que el frío entre en casa.

Le resultó imposible no echar la mano hacia atrás, no cerrar la puerta. Se

sorprendió al ver que su mano era la de una niña: una mano pequeña, marcada

con los cortes y arañazos propios de una cría que prefería subirse a los árboles

que jugar con las muñecas. Se dio la vuelta, aterrada por la posibilidad de que

aquel milagro se desvaneciera, por la posibilidad de encontrarse al monstruo

devolviéndole la mirada.

Sin embargo, solo encontró el rostro de Hisana. Su madre la miraba con

expresión interrogante cuando se arrodilló a su lado.

—¿Por qué estás tan triste, azeeztee? ¿Eh? —Unos dedos largos y hábiles

colocaron los mechones de cabello de Rukia por detrás de sus orejas.

Hisana solo conocía unas cuantas palabras del árabe marroquí, unos

cuantos recuerdos de la madre a la que había perdido en su infancia. El sonido de

uno de esos preciosos recuerdos fue lo que hizo que Rukia empezara a creer.

—Te he echado muchísimo de menos, mamá.

Unas manos le acariciaron la espalda, la abrazaron con fuerza hasta que las

lágrimas se agotaron y Rukia pudo dar un pequeño paso atrás para contemplar

ese adorable rostro. Era Hisana quien parecía triste en esos momentos, ya

que sus ojos indigo estaban llenos de pesar.

—Lo siento, bébé. Lo siento mucho.

El sueño empezó a romperse, a desvanecerse.

—Mamá, no...

—Tú siempre has sido la más fuerte. —Un beso en la frente—. Desearía

poder salvarte de lo que está por llegar.

Rukia contempló la estancia con expresión frenética cuantío el lugar comenzó

a desmoronarse y aparecieron regueros de sangre en las paredes.

—¡Tenemos que salir! —Agarró la mano de su madre e intentó obligarla a

atravesar la puerta.

Sin embargo, Hisana no estaba dispuesta a acompañarla. Su rostro estaba

cargado de advertencias cuando la sangre empezó a alcanzar sus pies desnudos.

—Tienes que estar preparada, Rukia. Esto no ha acabado.

—¡Sal de aquí, mamá! ¡Sal de una vez!

—Ay, chérie, sabes muy bien que jamás saldré de esta habitación.

Ichigo acunó a su cazadora mientras ella lloraba contra su pecho. La

vulnerabilidad de Rukia era como una puñalada en su corazón. No tenía palabras

con las que aplacar su desconsuelo, pero murmuró su nombre hasta que ella

empezó a verlo, hasta que empezó a reconocerlo.

—Bésame, arcángel. —Un susurro desgarrado.

—Como desees, cazadora del Gremio. —Hundió la mano en su cabello,

apretó la boca contra sus labios y se apoderó de ella. Todavía no estaba lo

bastante recuperada como para soportar las salvajes profundidades de su pasión,

pero podía proporcionarle el olvido que buscaba... aunque el control que eso requería

implicaba una violenta intensificación de la agonía sexual que amenazaba y a con volverlo loco.

No le haría daño, no tomaría lo que ella estaba dispuesta a entregarle.

Cambió de posición en la cama y apretó su cuerpo contra el de Rukia para

que ella pudiera sentir la magnitud de su deseo.

Las pesadillas no tienen poder sobre ti, Rukia. Ahora eres mía.

Los ojos violetas que se clavaron en él estaban cargados de turbulentas emociones.

—En ese caso, tómame.

—Puedo excitarte, nada más. —Y lo hizo. La llevó a un punto febril con sus

besos, con sus dedos, con la implacable demanda de su necesidad... y solo para

hacer desaparecer las pesadillas.

Cuando percibió en los dedos la humedad del interior del cuerpo de Rukia,

cuando vio que su piel estaba cubierta de sudor y que sus ojos parecían vidriosos

a causa de la excitación, la empujó hacia el orgasmo.

—¡Ichigo! —Su espalda se puso rígida cuando el placer la atravesó en una

marea sobrecogedora, un placer mucho más intenso por el hecho de haber sido

negado durante tanto tiempo.

Ichigo sintió que su propia piel comenzaba a resplandecer a causa del poder

contenido. Su erección palpitaba, se moría por hundirse en el interior de Rukia

hasta que ella fuera lo único en el universo. Apretó los dientes y enterró la cara

en su cuello mientras luchaba por recuperar el control... y fue entonces cuando

se dio cuenta de que la descarga brutal de satisfacción la había dejado

inconsciente.