Personaje: Gilderoy Lockhart.

Prompt: Marca Tenebrosa.


El precio de la vanidad

Gilderoy esbozó una sonrisa deslumbrante mientras su madre lo cubría de besos. Sus dos hermanas mayores le dirigieron miradas cargadas de resentimiento, no solo porque el niño poseía un poder mágico del que ellas carecían, sino también porque Louisa Lockhart nunca se había esforzado por ocultar que era su hijo favorito. Solía decirle que cuando ingresara a Hogwarts podría demostrar su genio y talento innatos.

«Salazar Slytherin apreciaría tu ambición y deseos de reconocimiento», le dijo el Sombrero Seleccionador cuando Minerva McGonagall lo colocó sobre su cabeza. Tras una larga pausa, añadió: «Pero tu ingenio te hace más adecuado para…».

—¡Ravenclaw!

Al escuchar los aplausos de bienvenida, se puso de pie de un salto e hizo un teatral gesto de agradecimiento, arrancando algunas risas de los estudiantes, que lo consideraron simpático. No obstante, el paso del tiempo dejó en evidencia que Gilderoy Lockhart anhelaba desesperadamente la atención, lo cual constituía una verdadera molestia para sus profesores, ya que siempre alzaba la mano en clases para tomar la palabra. Si bien era cierto que poseía una inteligencia destacable, sus participaciones en realidad solo eran una excusa para poder divagar acerca de sí mismo.

—... porque algún día seré el Ministro más joven de la historia, aunque eso será, por supuesto, cuando termine mi carrera como capitán del equipo de Quidditch de Inglaterra en el próximo Mundial…

El profesor Binns, que jamás era interrumpido durante sus clases, lo contemplaba con expresión perpleja, sin comprender quién era y por qué no estaba hablando sobre la Guerra de los Gigantes. McGonagall, por su parte, no tenía la paciencia necesaria para lidiar con él y no le permitía abrir la boca en sus clases. Pero en vistas de que nada de lo que dijera o hiciera parecía suficiente para obtener la popularidad que consideraba que merecía, Gilderoy comenzó a actuar de manera cada vez más exagerada y rimbombante, como cuando grabó su firma en letras gigantes a lo largo del campo de Quidditch. Los castigos que recibía no parecían importarle porque, por primera vez, los otros estudiantes hablaban con entusiasmo acerca de él.

Una noche, McGonagall vio desde la ventana de su habitación que se proyectaba una imagen iluminada en el cielo lleno de estrellas, y se aterró al pensar que se trataría de la Marca Tenebrosa. Pero solo era el rostro sonriente de un muchacho rubio y de ojos azules.

Ninguna de aquellas travesuras, sin embargo, alcanzó la magnitud de lo que ocurrió una mañana de febrero en que cientos de lechuzas irrumpieron repentinamente en el Gran Comedor. Hubo un escándalo de gritos mientras los platos de comida eran cubiertos de plumas y excrementos, y tanto profesores como estudiantes tuvieron que desalojar el comedor mientras trataban de cubrirse las cabezas.

El director Dumbledore apenas se sorprendió cuando, más tarde, Gilderoy confesó que se había enviado a sí mismo ochocientas cartas por San Valentín.