Disclaimer: Los personajes de Crepúsculo no me pertenecen, solo la trama. No permito la adaptación, reproducción o publicación de este material, sin mi consentimiento.
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Oscuro Corazón
Capítulo 11
Jacob Black
Jacob conoció a Leah cuatro años atrás en un baile al que asistió en representación de su padre; que en ese momento se encontraba embarcado en un largo viaje. Como su representante legal, debía asistir en su nombre e intentar simpatizar con los grandes magnates del país.
Esa invitación le costó a Billy no solo dinero, sino también favores que no quería hacer; por lo que le dio a su hijo la orden de no fallarle. El hombre viejo tenía la fiel creencia de que las mejores negociaciones se llevaban a cabo en medio de reuniones sociales. Aunque su padre lo había preparado para el mejor negocio de su vida, que era enamorar a una muchacha rica, no estaba preparado para el rechazo por ser demasiado joven, y por no tener un poderoso apellido que lo respaldara como un buen prospecto. Demasiado tarde se dio cuenta que cuando se acercaba a un grupo de caballeros simplemente lo ignoraban, quedándose con la mano estirada en espera de un apretón que no llegaría jamás. Le ocurrió en dos ocasiones y se negó a una tercera vez.
Jacob no era como su padre: un hombre que con su altura y cuerpo robusto llamaba la atención de cualquiera; no tenía la voz estridente ni el misticismo que lo acompañaba, porque la gente pensaba que era un contrabandista; y pese a lo que muchos creían o decían en realidad lo admiraban. Si alguna vez lo había sido, un contrabandista, era el secreto de Billy, porque ni siquiera él lo sabía. Tampoco poseía su temple para tomar los desprecios de la gente, sonreír y decir algo ocurrente para burlarse de ellos sin que lo supieran y hacer sentir mal a cualquiera que se atreviese a desafiarlo. No tenía buenos modales, pero al parecer eso no les importaba cuando hablaba de sus aventuras en los mares. Lo único que parecía tener en común con su padre, era el carisma y la palabra fácil con las mujeres.
Así que, si su padre creyó que al asistir a ese baile en su nombre lograría introducirlo sutilmente a la alta sociedad de chicago, se equivocó. El plan de su padre era extremadamente fácil en teoría: encontrar una buena muchacha para casarse con ella, y catapultarlos al éxito inminente.
Se sintió un fracaso porque cuando quiso hablarle a una joven para invitarla a bailar, una vieja hurraca se interpuso entre ambos; tan maleducadamente que seguro su padre se quedaba atrás en modales. Por eso cuando vio a la hermosa señorita: de cabello oscuro, piel morena, mirada intensa y andar sensual, dirigiéndose a él, sonriéndole como si estuviera feliz de verlo, sonrió con entusiasmo.
—¡Buenas noches! —lo saludó como si lo conociera de toda la vida. Jacob se dio cuenta que a ella parecía no importarle la mirada desdeñosa que recibió de una mujer que vio el encuentro con ojos reprobatorios.
—¡Buenas noches, señorita! —respondió Jacob. Galante, besó la mano de la muchacha.
—Me invita a bailar o ¿quiere que sea yo quien lo lleve de la mano a la pista de baile?
—Por supuesto que no. ¿Me concede esta pieza?
Ella no era la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida, pero tenía un fuego en la mirada que definitivamente lo llamaba. Cuando una mano tocó la cintura de la joven y la otra su mano, ella habló:
—¿Es usted amigo de Sam Uley? —le preguntó sin recato, directamente como si hubiese lanzado un dardo a una diana, mientras se deslizaban por la pista de baile.
Jacob sonrió.
—Sí, ¿por qué? —la miró directamente a los ojos.
—¿Podría presentármelo? —ella pestañeó varias veces.
Jacob se preguntó si se daba cuenta de que estaba coqueteándole mientras le pedía conocer a su amigo.
—Vaya y yo que creí que estaba interesada en conocerme a mí —dijo con tono ofendido, pero la sonrisa en su bonito rostro lo desmintió.
—Usted sin duda es interesante señor…—Ella levantó las cejas dándole en tiempo para decirle su nombre.
—Black, Jacob.
—Mucho gusto Jacob. Soy Leah Swan.
Jacob recordó de inmediato a Charlie Swan.
—Entonces, ¿usted está interesada en mi amigo?
—Sí, no quiero parecer atrevida presentándome sola. Y no conozco a nadie que pueda hacerlo por mí. Salvo usted ahora —sonrió.
Y mientras Leah vivía un tórrido romance con Sam, Jacob había puesto sus ojos en la hermana menor de Leah.
Isabella Swan se encontraba observando los vestidos que se exhibían en el aparador, que mostraban las nuevas telas que la tienda había traído del extranjero para la temporada, cuando Jacob salió de la oficina para tomar un poco de aire. Había pasado la mañana pagando a los empleados y ya estaba aburrido. Vio a la señorita o niña debería decir, mirar el vestido con ojos soñadores. Era castaña, su piel extremadamente blanca, pero no de un color enfermo, puesto que sus mejillas lucían un bonito rubor, que se apostaba era natural. Su rostro era como el de las muñecas de porcelana que había visto alguna vez de una niña. Se relamió los labios.
En el último año había deshonrado a tres niñatas, que ciertamente no le gustaban. No, las jovencitas no eran de su agrado, eran sosas, inocentes y tontas que veían la vida de color de rosa. Pero a la que tenía en frente era bellísima…
—Buenas tardes, señorita. ¿Ya le atienden?
Cuando ella lo vio a los ojos no encontró asombro, ni mejillas sonrojadas. Sino una mirada traviesa y petulante.
—Sí, ya lo hacen. Mi hermana está viendo algunas telas que acaban de llegar en la parte superior, —señaló con un dedo el segundo piso de la tienda— según dijo el señor Sam.
—¡Oh! Sí, es nuestro nuevo empleado —dijo Jacob, divertido por la manera tan ingeniosa que tenía su amigo para seducir jovencitas.
—¡Oh! Claro, claro. No sabía que el heredero de los Uley trabajara vendiendo telas.
—Bueno… yo soy el heredero de los Black y soy un simple empleado más de mi padre. Miré no le miento tengo aquí —sacó un sobre con su nombre del bolsillo de su saco, lo abrió y le mostró los billetes que tenía allí— mi paga. Soy Jacob Black y ¿usted es?
—Isabella Swan.
—¿Es usted hermana de Leah?
—Sí. ¿La conoce?
—Claro. Pero creía que usted era más joven, nunca la he visto antes, en algún baile.
—No, porque en realidad nunca asisto.
—¿Y eso por qué?
—Mi madre le dice a mi padre que no quiere presentarme todavía a la sociedad, porque no quiere lidiar siendo la chaperona de dos jovencitas casaderas. Pero aquí entre nosotros —ella se acercó más al joven y él se inclinó para que le susurrara en el oído— no quiere que le quite a mi hermana, las mejores opciones. Además, mi padre tampoco tiene prisa por verme crecer.
Sus labios carnosos rosaron su piel y el aliento con aroma a menta, fue para Jacob como probar la sangre de los Dioses.
—No hay nada más seductor que una mujer que sabe de lo que es capaz.
La sonrisa ladina de la joven se desvaneció de su rostro lentamente en el instante que lo miraba con detenimiento. Se sonrojó al darse cuenta de que había estado hablando con un desconocido.
—Me parece que su color es el verde y no el azul —le dijo para aliviar la tensión.
—El azul es mi favorito.
—¡Vaya! ¡Qué lástima! Apuesto a que él verde resaltaría su cabello castaño. ¡Dios mío! Tiene unos ojos preciosos. ¿Lo ve? —levantó el mentón de la joven para que sus miradas se encontraran— Sus ojos son verdes, no miento. Es usted hermosa.
—¡Ah! —jadeó.
—Sus ojos son dos gemas preciosas. ¡Disculpe! Creo que la he incomodado —dijo en todo de disculpa.
—No, yo… bueno es que yo.
La joven estaba tan nerviosa, que Jacob no pudo resistirse a su inocencia. Por primera vez la inocencia de una joven le pareció encantadora.
—¿Alguna vez la han besado?
—¿Qué?
Al ver su rostro lleno de horror, Jacob retrocedió. No quería espantarla, pero si quería darle algo en qué pensar por varios días.
—La siguiente semana su hermana vendrá, a mirar más telas —rodó los ojos—. Espero poder verla. Hasta luego.
Se despidió besando la palma de su pequeña y fina mano, un total atrevimiento; y salió de la tienda. Antes de cruzar la calle, Jacob, miró atrás para encontrar a la joven perdida en sus pensamientos tocándose los labios con una mano y mirando la palma que había sido profanada con su beso vicioso. Jacob sonrió.
La luna señalaba su camino y su sombra lo acompañaba. Recorría los jardines de la mansión Swan bajo el manto protector de los enamorados. Jacob estaba perdidamente enamorado de esa niña que estaba convirtiéndose en mujer. ¡Qué Dios no lo escuchara!, pero él quería convertirla en mujer. Y temía que si Dios miraba en su corazón descubriría como castigarlo por todas las cosas malas y deshonestas que había cometido en su vida, más por órdenes de su padre que por su propio egoísmo. Temía que le arrebataran a Isabella de los brazos.
Ya se había presentado a la señora Swan; pero ella lo menospreció por ser hijo de un vendedor de telas que aspiraba a mucho más de lo que debería un buen comerciante a aspirar. Pero no se daría por vencido, no con Isabella. Lo que al principio había sido, solo una chica más que cautivó sus sueños y su lujuria dio como resultado: un enamoramiento que lo hacía sentirse atrevido y estúpido. La añoraba, la celaba y la deseaba; pero sobre todo deseaba que fuera su esposa, la quería siempre feliz, al grado de que su único propósito era elaborar planes para sorprenderla y hacerla reír, pensaba en ella, respiraba para ella.
Así que tenía un plan, la deshonraría, no porque quisiera los beneficios de su buen nombre, ni por la dote, como su padre, al que convenció de que Isabella era una mejor candidata que Ellen. Aunque realmente no le costó trabajo hacerlo ya que en cuanto pronunció el apellido Swan, no le importó que hubiese sido la menor, mientras que su buen nombre estuviera atado al de los Black.
Jacob no era la clase de personas que se mentía así mismo y mucho menos cuando se trataba de satisfacer sus deseos o en su caso su corazón, él amaba a Isabella. Estaba enloquecido, suspirando, soñando con ella como lo haría cualquier joven enamorado.
Y cuando el plan falló e Isabella se fue, se prometió que la encontraría o en su defecto, la esperaría. Pero el tiempo, la desesperanza de no saber nada de ella, comenzaron a deprimirlo y llenarlo de rabia en contra de Renne Swan. Por casi un año se reconfortó con prostitutas, juegos de azar y la bebida; hasta el día que llegó su padre con dos hombres a su lado, que lo sacaron de la cama y le vaciaron un balde de agua fría. Billie Black había confiado en que Jacob lograría atrapar a Isabella Swan y de ese modo, con la dote, salvarse de la ruina. ¿Y qué sucedió? Su estúpido hijo lo había arruinado provocando la ira de la madre, se quedaron sin sus mejores clientes porque ella había lanzado sus calumnias sobre ellos. Por si fuera poco, no tenía cómo pagar a sus acreedores. Hizo algunos trabajos que lo ayudaron a mantener las apariencias de su negocio, pero lamentablemente, su hijo comenzó adquirir deudas de juego que se llevaban lo poco o mucho que él lograba juntar para comenzar a eliminar sus deudas, por lo que ya cansado de tener un hijo inútil, decidió ejercer por primera vez en Jacob, la mano dura.
Así que a Jacob no le quedo otra que hacerse cargo del negocio mientras su padre encontraba la manera de deshacerse de las calumnias de Renne. Su padre, un hombre de las calles que había aprendido a sobrevivir en un mundo horrendo lleno de conveniencias, sabía que el verdadero poder radicaba en el conocimiento y no en el dinero. Por eso, había buscado los secretos más oscuros de los Swan.
Una tarde su padre llegó con un saco de monedas de oro depositándolo en el escritorio de la oficina donde Jacob administraba todo. Renne Swan comenzó a pagar por su silencio. Billie Black había atrapado a Renne. Durante más de un año Renne pagó una cantidad mensual a su padre por su silencio.
Todo hubiese marchado bien, si Leah nunca lo hubiese buscado un día. Jacob tenía un plan, cuando Isabella volviera le pediría a su padre que obligara a Renne a darle la mano de Isabella. No sabía, cuál era el secreto de Renne, pero por la manera en la que pagaba puntualmente suponía que era uno grande. La pregunta era si Isabella valía el precio del silencio de los Black, a los ojos de Renne. Así que cuando su padre escuchó a Leah, suplicarle a Jacob que hablara con Sam para que no se casara, que no la abandonara porque estaba embarazada, su plan para atrapar a Isabella se vino abajo. Billy no iba a esperar a que su hijo lo arruinara de nuevo.
Nunca habló con Sam, le mintió a Leah, diciéndole que nunca se casaría con ella e incluso le dijo que pensaba en ella como una zorra. Jacob hirió a Leah tan profundamente que logró romper algunos hilos de cordura.
—¿Eso fue lo que dijo?
—Si no vas a creerme, ¿Por qué no se lo dijiste tú?
—No quiere verme, su madre me echó de su casa y amenazó con destruir mi reputación.
—El día que rompió contigo, debiste decirle lo del niño.
—¡No sabía que estaba embarazada! —gritó entre sollozos.
En ese momento su padre hizo su repentina aparición sorprendiendo a Leah.
—Lo siento. Jacob ¿todo está bien? —preguntó Billy Black.
—Sí, solo estoy atendiendo una queja de la señorita Swan.
Su padre los miró pensativo por un momento. Leah estaba sonrojada y con las manos en puño en su regazó, su mirada puesta en ellas.
—Saben que no es correcto estos encuentros ¿verdad?
Leah soltó una risita amarga.
—Padre, no es lo que piensas —Jacob dijo negando fuertemente con la cabeza. Y con una cara de espanto.
—Escuché perfectamente que la señorita está embarazada y no recuerdo haberla visto en otro lugar sola, además de este. ¿Qué has hecho Jacob?
El plan de Billy Black se puso en marcha. Cuando Jacob se puso de pie y rodeo el escritorio mirando a los ojos a Billy Black, Leah supo que solo tendría esta oportunidad para salir del aprieto casi ilesa. Además, de que sabía que Jacob todavía esperaba a Isabella, porque él siempre le preguntaba por ella cuando lo visitaba. Y porque no era justo que su hermana fuera feliz y ella no. Lo hizo. Sujetó fuertemente el brazo de Jacob y le suplicó con la mirada que la ayudara.
Jacob la observó el tiempo suficiente para hacerle creer que realmente lo había puesto en un aprieto. Relamió sus labios, miró a su padre y dijo:
—Lo siento, padre. —Cuadró los hombros y dijo solemnemente—: Yo, responderé por mis actos.
Al final, Leah fue el precio que Renne tuvo que pagar de mala gana por el silencio de Billy Black.
La primera vez que tuvo relaciones sexuales con Leah, fue el día en que Isabella regresó a casa. Leah había ido a visitarlo temprano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Jacob, al verla entrar sin tocar antes.
—Soy tu prometida, Jacob. Puedo venir a verte cuando quiera.
Leah caminó hasta la silla frente a su escritorio y dejó caer su bolso de mano. La joven doncella que la acompañaba esperó afuera.
—Estoy comenzando a cansarme de la farsa —dijo con dientes apretados.
—¡Pero apenas estamos comenzando, Jacob! —Levantó una mano para silenciarlo—. Antes de que respondas, quiero que sepas que te agradezco lo que has hecho por mí.
La voz de Leah había sido la de pesar.
—No tienes nada que agradecer.
—Sé que la estabas esperando —mencionó con tono entrecortado, pero mirando atentamente sus reacciones.
Jacob se reacomodó en su silla y observó con detenimiento a Leah. Era una belleza exótica, no se parecía mucho a su hermana, porque Isabella tenía más parecido con su padre. Y entonces lo supo, Leah no era hija de Charlie Swan. Se maldijo por lo estúpido que había sido al no darse cuenta de ello antes. Se preguntó cuánto sabía Leah. Decidió sondear.
—Me gustan tus rasgos… ¿indígenas?
—¿Qué? ¿De qué hablas? —ella se tocó el rostro con el ceño fruncido. Cierto que sus rasgos faciales eran muy diferentes a los de su madre y a los de Isabella, pero era porque se parecía al abuelo Swan, eso le había dicho su padre, cuando escuchó a un grupo de estúpidas niñas burlarse de ella en su octavo cumpleaños.
No ella no lo sabía.
—¿A qué has venido realmente? —Jacob desvió la conversación.
—Nos vamos a casar, pensé que, si vamos a estar juntos, tal vez deberíamos hacer las cosas agradables para nosotros. De todos modos, no quiero que pienses que soy una mala agradecida y realmente sé que tampoco quiero estar en boca de todos si tú necesitas satisfacer tus necesidades. Seré tu esposa y quiero que sepas que estoy dispuesta a serlo en todos los sentidos de la palabra.
—Te refieres a dormir conmigo?
—Sí, ayer me dijeron que visitas frecuentemente el burdel de Madame… no sé cómo se llama y no me interesa…
—¿Y? —Jacob se recargó en el respaldo de su silla y cruzó los brazos.
—Pues no quiero que vayas más a ese lugar.
—¿Disculpa?
Leah rodeó el escritorio y se sentó en el regazo de Jacob.
—Te doy mi permiso para satisfacer tus impulsos sexuales conmigo, pero solo procura tener el sentido común de otorgarme el mismo beneficio.
Leah tenía casi cuatro meses de embarazo que disimulaba muy bien los pliegues del vestido holgado.
—Y si quiero hacerlo ahora mismo.
—¿Qué puede suceder? No puedo quedar más embarazada.
Ambos soltaron una risa por la broma.
Ese día encontró que Leah era insaciable y que realmente podría considerar la idea de no volver a los brazos de ninguna prostituta. Sin sentimientos de por medio, las ambas solitarias encontraron un poco de alivio en sus corazones.
Más tarde esa noche, pensaría que no había sido un error el haberse comprometido con Leah. Siempre supo que Isabella era una mujer que merecía lo mejor y siendo honesto consigo mismo, sabía que él no lo era. No era aceptado socialmente, no tenía la riqueza suficiente para proveerle las comodidades que su padre, Charlie Swan, sí podía darle; el nombre Black era sinónimo de problemas y no era educado ni culto; y peor todavía, era un hombre dominado por su padre. ¿Cuánto tiempo habría tardado Isabella en darse cuenta de que él no valía la pena? La amaba de verdad y por eso reconocía que merecía a alguien mejor.
Cuando sus ojos se cruzaron quiso transmitirle que siempre la amaría en silencio, que la protegería como un hermano mayor. Y al ver el dolor en sus ojos verdes, comprendió que ella nunca lo perdonaría.
Pero a veces los buenos deseos del corazón, los más honestos y puros… No siempre van a acompañados con los deseos de la carne. Al descubrirse más enamorados que nunca, ninguno tuvo la fuerza para detenerse. En medio de la oscuridad de la noche, se demostraban lo mucho que sus almas se añoraban, se amaban. Vivían un amor pasional que estaba destinado a la tragedia, ambos lo sabían y aunque Jacob no era el padre del hijo de Leah, al no haber crecido con su madre tenía la maldita conciencia de no dejar a ese niño porque, ¡por Dios!, solo era una criatura inocente. Él no tenía por qué pagar con los platos rotos de otro, pero no era su secreto a contar, le había dado su palabra a Leah de nunca revelarlo y no quería convertirse en su padre. Un ser totalmente sin escrúpulos, ya hacía bastante en no poder abstenerse de Isabella como para echarle a perder la vida a un ser inocente. Sería marginado y despreciado como él había sido siempre.
Luego, Isabella y él, fueron descubiertos.
Jacob se encontraba sentado mirando la pared, con un vaso de whisky en una mano y en la otra un puro. Tenía semanas, apenas comiendo nada, durmiendo poco y bebiendo demasiado.
—Encerrarte y revolcarte en tu mierda no te servirá de nada. No la traerá de vuelta. Tal vez deberías actuar como un hombre y comenzar a proveernos en lugar de seguir lamentándote.
—¡Lárgate Leah! —le gritó, pero sabía que se mentía a sí mismo. Con voz baja dijo—: Todo esto es tu culpa.
—No. No me voy y no ha sido mi culpa. Ha sido tu propia estupidez. Te pedí que no me fueras infiel.
Ella apenas podía caminar estaba a días de dar a luz. Se acercó más a él. Jacob levantó la mirada para encontrarse un rostro demacrado, cansado, Leah parecía tan afectada como él.
—¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? Si Sam hubiese sido mi hermano y lo amaras con locura y tuvieras la oportunidad de tenerlo, aunque sea por unos momentos… ¿Qué hubieras hecho?
—Definitivamente no lo hubiera hecho en tus narices —respondió sinceramente.
—No, por supuesto que no.
—Jacob, ya nada puedes hacer. Prometiste ayudarme con esto, llegamos tan lejos. ¡No puedes abandonarnos! Pareciera que soy egoísta, pero mi padre nunca te hubiera dado su mano y lo sabes. Olvídate de ella, eres mi esposo, mío Jacob y yo soy tuya, yo soy lo que te pertenece y lo quieras o no tienes que ver por mí y nuestro hijo…
—No es…
—¡No lo digas… lo prometiste! Se lo juraste a nuestro bebé ¿lo recuerdas? Tu no me hagas esto por favor—. Le pidió con lágrimas en los ojos…— ¡Tú no me desprecies, no por ella, Jacob!
—Lo siento, pero no puedo cumplir con mi promesa… Yo nunca podré dejar de amarla.
Leah se quebró emocionalmente, sacó de su falda la carta de su madre y con odio le gritó mientras se la arrojaba al rostro:
—¡Se ha casado Jacob!
Jacob estaba atónito, tomó la carta que había caído en su regazo y comenzó a leerla rápidamente.
—Ya todo está perdido. Ahora solo nos tienes a nosotros o, te conformas y lo aceptas o nos matas de hambre, Jacob. Porque mi madre ya no tiene dinero para darnos. Y mi padre nos ha repudiado.
Leah salió de la habitación llorando.
Jacob maldijo su suerte odiando a Charlie Swan. Su padre Billy estaba de viaje, por un momento pensó en ir tomar dinero, pero como él ya no estaba trabajando con él, sino que había estado aprendiendo de Charlie, Billy había contratado a un administrador. Entonces lo recordó… el poder notariado que Charlie le había otorgado para el manejo de algunas cuestiones legales, a las que era encargado.
Caminó hasta el escritorio lo rebuscó en el cajón, sacó una carpeta de cuero negro, la abrió y encontró el documento.
Charlie pagaría por haber entregado a su Isabella a otro hombre.
Y mientras realizaba los preparativos pertinentes para el fraude que pensaba cometer, el nacimiento de su hijo llegó. Jacob que no amaba a su esposa, claro estaba, se abstuvo de estar presente en la casa el día en que sucedió. Ni siquiera después tuvo la iniciativa de conocer al recién nacido, al que Leah, había llamado Seth. Pero tuvo el corazón de llevar a cabo su plan una vez que Leah pudiera hacerse cargo de ella y el niño. Esperó dos meses antes de poner en marcha su plan. Jacob iría por Isabella, se juró, que la recuperaría.
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Jane caminaba con una bandeja, una tetera y un par de tazas de té; desde que habían encontrado la habitación secreta, Isabella le había pedido que compartieran el té mientras la ayudaba a vestirse, pues decía que era incómodo para ella beberlo sola, la consideraba más su confidente y amiga, que una sirvienta. Jane había comprendido que Isabella solo tenía en el mundo a Edward, no una madre, no un padre y con lo odiosa que era la hermana muy visiblemente diferente a Isabella, pues tampoco la tenía a ella. Charlie Swan, pues como todos los padres, nunca comprendió las necesidades de su hija.
Bueno ahora se consideraban amigas secretas que bebían té, mientras hablaban de las cartas de Liam y se imaginaban la historia de amor, Isabella le contaba anécdotas de infancia o de sus aventuras en París al lado de su tía y un libertino ocioso. Hoy, seguro le hablaría del baile; secretamente estaba ansiosa por saber qué había ocurrido y de quién se burlaría su preciada señora.
Dio un toque a la puerta como siempre y entró. La imagen de sus señores quedaría grabada en su mente como la más depravada de las vistas. La bandeja de plata resbaló de sus manos, pero ellos estaban tan sumidos en su orgasmo, podría constatar la virtuosa Jane, que ni escucharon o mejor dicho la ignoraron, rápidamente cerró la puerta arrastrando los pedazos rotos con el pie, recogió la bandeja y se recargó en la puerta. Todavía impactada. Ralph que también iba llegando para dirigirse a la habitación de su señor, vio a su sobrina, sonrojada con los ojos azules muy abiertos y la quijada casi hasta el piso.
—¿Qué te sucede Jane? —Ralph vio a su sobrina pestañear.
—Están haciendo bebés —tosió. Luego se agachó para levantar el desastre de la porcelana rota bajo sus pies.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque están allí adentro, desnudos, sudorosos, en una posición extrañamente imposible y…
—¡Jane!
—Estaba dentro de mi señora, creo que deberías preparar las sales por si el señor se desmaya, ya sabes… por el ejercicio.
Ralph, frunció el ceño.
—Muchacha irrespetuosa. ¡Aléjate de esa puerta!
Jane estaba riendo y negando mientras veía a su tío salir casi corriendo. Recogió los últimos vidrios y retornó hacia las cocinas.
El teléfono en la Mansión de Carlisle Cullen, fue atendido por el mismo hombre.
—Carlisle Cullen.
—Señor.
—Ralph… ¿le sucede algo a Edward?
—El matrimonio ha sido consumado, señor.
Nota:
De lo que se entera uno ¿verdad? Bueno soy quien cree que las personas estamos llenas de matices. Espero haberlo logrado con Jacob.
¿Adelanto?
Visitaron la joyería donde Edward había comprado el tocado de Isabella, y de allí caminaron por las calles mirando los aparadores de las tiendas cuando Isabella chocó accidentalmente con un hombre alto. Cuando levantó la mirada se encontró frente a Jacob Black.
—¿Isabella?
Edward estaba a punto de golpear al imbécil cuando escuchó el nombre de su esposa de los labios de él.
—¡Señor Black!
Jacob sonrió ante lo propia que había sonado, pero no podía esperar menos de ella, ya que, al parecer el hombre que la acompañaba era su flamante esposo.
Bueno ya saben gracias por leer, por continuar, por darme la oportunidad. A los grupos de Facebook gracias.
Gracias por sus comentarios y por el esfuerzo, el tiempo o las ganas de hacerlo.
Shamyx, , BereB, nydiac10, Adriana Molina, NarMaVeg, OnlyRobPatti, IvaLopez483, Raquel, GloriaCullen, Manligrez, ZellidethSaga76, saraipineda44, Mapi, Calia19, Wenday14, MarisPortena, Isis Janet.
Los amo a todos.
Actualización… la siguiente semana. Les aviso en el grupo la fecha exacta. Lo siento, no soy dueña de mi tiempo =(
Besos desde México.
