IX

En cada paso que Harry daba, iba dejando una grieta en su pisada anterior. Por alguna razón, los ventanales vibraban y la grava suelta se sacudía constantemente, formando un tintineo incesante que sólo agravaba más la jaqueca de Harry.

Sus manos estaban tan apretadas en puño, que lentamente comenzaba a tornarse los nudillos de color blanco, y las venas de su cuello se resaltaban. Decir que estaba molesto era poco, pues nunca había sentido tal sensación que hiciera a su cuerpo agitarse con fuerza desmedida, desprendiendo oleadas de magia sin forma que sacudía todo a su alrededor.

Aflojó un poco su corbata de colores llamativos, intentando con ello poder respirar mejor y controlarse, pero no lo conseguía y sentía que, de no hacerlo, estallaría en cualquier momento.

Pensó en los días anteriores, era evidente que Draco le estaba rehuyendo desde lo sucedido en el pasillo aquella noche; decir que estaba decepcionado por ello era poco pues creyó, en su tonta ingenuidad Gryffindor, que ese momento fue el acercamiento perfecto a Draco Malfoy, el puente ideal para poder comenzar a conectar con él, disfrutando la unión que comenzaba a florecer… pero el otro, por el contrario, marcó un límite que poco o nada podía cruzar.

No quería presionarlo más de lo que ya suponía estaba, y entendía su reticencia a establecer contacto con él. Le daría tiempo —sólo un poco— para que esclareciera sus ideas; aunque eso no decía que se retiraría. Continuaría moviéndose en el mapa de Draco, entrando a intervalos en su periferia, que no olvidara a conveniencia lo que había sucedido entre ellos.

Y aunque tenía en mente que el otro Harry estaba con él la mayor parte del tiempo —un pequeño inconveniente de celos que logró sobrepasar cuando tuvo un encuentro sexual con Draco—, intentó siempre ponerse neutral con él mismo. Por primera vez, intentaría escuchar a su razón.

Pero cuando Draco le abordó el día anterior después de las clases de Pociones y le dijo que tenía que hablar con él, su esperanza incrementó un par de puntos para radicalmente caer al vacío luego de escuchar algo que le dejó herido el corazón en instantes.

«Sé que me has estado siguiendo y yo te he estado evitando.» Harry exhaló aliviando una sensación de zozobra instalada en su corazón y admiró la ferviente valentía de Draco al hacer el primer acercamiento; logró asentir y vio al otro continuar «No pretendo seguir haciendo el tonto y sólo quiero terminar este estúpido octavo grado en paz, por lo que te pediré, no, exigiré que dejes de estar detrás de mío. Nada ha pasado entre nosotros.»

Draco le dio la espalda enseguida de decirle eso y él no logró responder algo a todo eso. No podía decir que eso no le había herido en cierta forma, porque de alguna manera, se estaba esforzando por agradarle a Draco, por tener un poco de la atención que tanto le había dedicado en años anteriores.

Suspiró, cansado, quizá un poco resignado del plan que había trazado y al que se apegó. Y aunque estaba pensando en otras alternativas —incluso contempló hablar con Hermione y Ron más a fondo de sus sentimientos, porque si algo sabían ellos, era que esa nueva obsesión por Draco no sólo era para tenerle vigilado— para, nuevamente, lograr acercársele, decidió que era momento de parar unos instantes.

No nacía en él un deseo de poseer

Al menos eso fue hasta hace poco. Cuando en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, literalmente sus ojos se cruzaron con las iris esmeraldas de su contraparte Slytherin y vio en ellas una veta de maldad, y después una sonrisa llena de provocación en su rostro; pronto, su mirada viajó a las manos del otro Harry, quien las recargaba sobre el muslo de Draco…

Y ahí entendió todo.

Él fue quien estaba detrás de la decisión de Draco. No sabía cómo, pero estaba claro en sus actos cínicos que estaba enterado que Draco le pidió que se alejara, y esa mueca estampada en su rostro era solo de orgullo y autosuficiencia.

Al terminar la clase, no esperó a ninguno de sus amigos y salió del aula con dirección a los baños más cercanos. Intentó suprimir lo más que pudo la ira que corría por sus venas, pero fracasó de maneras miserables al ver el desastre de gritas que se abrían en la superficie del castillo recién reconstruido.

Al ingresar, conjuró un pequeño hechizo de privacidad y caminó directamente a los lavabos para abrir el grifo y tomar agua para echarla en su rostro; la sensación fría lo distrajo brevemente de su sentimiento de ira, y agradeció poder tener la tranquilidad de un momento solo para saber exactamente qué iba a hacer.

—Vaya, eres realmente patético.

Y como si de un eco se tratara, su voz era la que menos quería escuchar en ese momento. Trató de evitar la molestia que causo el eres en lugar de te ves, pues una infería un tiempo determinado, y la otra indicaba un hecho permanente.

—Largo. —Harry quiso evadirlo ahogando su rostro en otro chorro de agua, aunque la duda saltó a su mente—. ¿Cómo…?

—Soy tú, ¿recuerdas? Ese inútil hechizo podría repeler a todos, menos a quien tiene la misma marca de magia.

El cansancio y enojo de Harry le exigían que saliera de ese lugar, pero su sentido Gryffindor —además de la veta de instintos autodestructivos— le obligaron a darse la vuelta para enfrentar al otro. Claro, era él, la cicatriz en forma de rayo en su frente era muy obvia, y tenía los mismos ojos verdes, pero el otro frente a él, exudaba toda una energía tan diferente a la suya; no porque se tratara de un miembro de la casa menos querida de Hogwarts —la guerra y todos los años pasados le mostraron que no todos los Gryffindor eran nobles y valientes, y no todos los Slytherin eran traicioneros—, sino por el tono en que hablaba, la postura al caminar y esa sonrisa tan codiciosa que mostraba orgulloso.

Sin mencionar que su cabello estaba desordenadamente peinado hacia atrás, dejando algunas hebras negras rebeldes a su paso, y el hecho de que no llevaba en su nariz las gafas que él usaba desde que tenía uso de razón.

Todo en el Harry del otro mundo emanaba algo muy opuesto a él.

Y eso le asustaba.

Pero como todo buen Gryffindor, la valentía se trata de hacerle frente a los miedos.

—No sé qué tramas, pero no te dejaré hacerlo —dijo tranquilo, seguro. Limpió su rostro con una de las mangas de su túnica y lo siguió mirando de frente.

El Harry Slytherin simplemente sonrió, nuevamente, con esa mueca despectiva.

—Muy noble de tu parte preocuparte por un asunto que no te corresponde —respondió el otro, sacando del bolsillo de su pantalón un pequeño pañuelo de seda verde y lo acarició tiernamente para después besarlo.

Harry lo reconoció, era de Draco.

Y eso le enfureció.

—Aléjate de Malfoy. —Su voz pasó de tranquila, a la furia total. Apretó la mandíbula más de lo que quería, pero era eso o empezar a conjurar para después arrepentirse.

—¿Quién te da el derecho de decirme qué hacer? —El otro Harry guardó el pañuelo nuevamente y su mirada, esa vez, era fría y su rostro se volvió abruptamente serio.

—Soy el Harry que pertenece a este mundo —contestó enderezando su cuerpo en postura de duelo.

Pero el Harry Slytherin no respondió a la insinuación de pelea y relajó levemente su cuerpo, recargando su cuerpo en el lavabo más cercano al suyo.

—Siento si herí tus sentimientos, socio. —Nuevamente volvió a esa personalidad traviesa y despreocupada—. Creí que Draco en este universo era tú amigo, ya sabes, como en mi mundo. Y como yo soy tú, no creí que te afectaría compartir un poco…

—¡Tú no eres yo!

—Eso es lo más sensato que has dicho desde que llegué aquí —dijo su contraparte y se acercó hacia él—. Yo podría renunciar a todo lo que conozco para estar con Draco una vez más, ¿qué estás dispuesto a hacer tú? —Lo vio de arriba a abajo y sonrió, petulante como siempre—. Nada. Como lo has hecho durante ocho años.

Una ola de energía emergió de Harry y se expandió por todo el sitio, rompiendo las ventanas, desprendiendo las puertas y fracturando toda la porcelana de los lavabos e inodoros. Sentía su cara adormecida, con el ceño fruncido y la ira corriendo por sus venas de una forma inhumana; pensó brevemente, que tal vez había exagerado en su reacción. Era un hecho que estaba molesto… porque sintió en esas palabras una verdad inquebrantable, algo que le costaba bastante reconocer, la cobardía de no aceptar desde antes ese remolino de emociones que le provocaba Draco Malfoy; respiró hondo antes de calmarse, pero sin dejar de tener una cara que, evidentemente, delataba lo enojado que estaba.

Harry Slytherin miró todo el desastre hecho por su magia y no se veía asustado; tal vez porque, al contrario de él, ya estaba muy en contacto con esa parte de él, familiarizado con la idea de sentir esas emociones y sensaciones que tanto él había reprimido.

—No puedo creer que, aquí, me convertí en un patético y débil Gryffindor como tú.

—Simplemente trabaja en tu maldito diario y vuelve a tu mundo. No confío en ti.

—Creme, en cuanto lo tenga listo, me iré. —El otro no se inmutó ni un poco por toda la magia residual, una llena de energía oscura—. Pero no sin llevarme lo que es mío.

Harry vio a su contraparte dar la vuelta y salir por donde, originalmente, estaba la puerta. Exhaló todo el aire contenido, sintiendo que la presión en su pecho disminuía; se sentía cansado, y ahora tendría que ir con McGonagall para explicarle que se debía reparar el baño de chicos del tercer piso.

De ese enfrentamiento tenía dos cosas en claro; una, el Harry Slytherin estaba evidentemente interesado —y no de una forma amistosa— en Draco Malfoy, y la segunda…

Que esto significaba la guerra.

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Esto lentamente se está poniendo caliente... en todos los sentidos. Muchas gracias por todos los comentarios, los favoritos y sus buenas vibras a todos los que les gusta este pequeño bebé fic.

Veamos qué pasa de ahora en adelante.

Besos de lechita fría con café.