- Capítulo 11: El reencuentro -
Oscuridad …
Solo había oscuridad a su alrededor.
Flotaba ingrávida en medio de un oscuro abismo sin fondo. No era capaz de moverse, ni hablar, ni pensar, ni sentir nada en absoluto.
- ¡Psyque! – el eco de una voz interrumpió su letargo. - ¡Psyque!
Alguien la llamaba …
¿Quién era?
Psyque no lo sabía …
Tras unos segundos, oyó el grácil aleteo de un ser alado que descendía de los cielos.
- ¡Psyque! – insistió aquella voz melodiosa. ¿Por qué le sonaba tan familiar?
Trató de recordar a quien pertenecía, pero en este estado el simple hecho de pensar era una tarea de dificultad titánica. Sin embargo, era curiosa y testaruda, así que trató por todos los medios de poner en funcionamiento a su aletargado cerebro. Con gran esfuerzo consiguió articular un par de palabras:
- … ¿P-Psyque? ¿Cómo … sabes mi … n-nombre?
- Simplemente lo sé, mi dulce Psyque.
Que extraño. ¿A quién pertenecía esa voz? Una parte de su mente le decía entre susurros que se trataba de un ser muy querido. Alguien muy preciado para ella.
- ¿Q-Quién … eres? …
Tras una breve pausa, la voz respondió:
- … El que más te ama en el mundo.
Sintió entonces unos labios acariciando los suyos con mucha ternura. Labios dulces, suaves, calientes ... Labios que conocía muy bien.
- ¿Eros? ¿Amor?
De repente, la oscuridad se fue disipando lentamente, como las nubes negras cuando la tempestad amaina.
Cuando abrió los ojos allí estaba su bello ángel, a su lado, con sus magníficas alas abiertas en toda su extensión. Su figura a contraluz, iluminado por los últimos rayos de sol del atardecer, creaban la ilusión de que un aura de luz le rodeaba.
Su ángel estaba de rodillas a su lado. Ella tendida en el suelo, en el mismo lugar donde se derrumbó al caer víctima de un embrujo del sueño, del que jamás hubiese podido despertar por sí misma. Por suerte, Eros había acudido a su rescate.
No muy lejos estaba el cofre maldito, de nuevo perfectamente sellado, como si nunca lo hubiese abierto. Eros había encerrado al humo de vuelta en su interior. Luego, la había llamado en medio de la oscuridad y la había despertado con un tierno beso mientras la sostenía amorosamente entre sus brazos.
Lágrimas de pura felicidad comenzaron a descender sin control por el rostro de Psyque.
¿Era esto un sueño?
¿Él estaba aquí de verdad?
Su ángel. Su amor.
¿Había perdonado su traición?
¿Había vuelto a por ella?
No quiso perder ni un segundo en intentar averiguarlo. Tan solo quería besarlo locamente. Y eso fue lo que hizo… Su cuerpo se movió solo, casi sin pensar. Elevó sus brazos, le rodeó con ellos y hundió sus dedos entre las finas hebras de su cabello rubio. Era tan suave como recordaba… o incluso más. Echó su cabeza hacia atrás en éxtasis y acercó sus ardientes labios a los suyos, entregándose a él por completo.
Eros la correspondió encantado, inclinándose hacia ella para iniciar un beso profundo y apasionado. Con un brazo la sostuvo, colocando una mano detrás de su nuca para ayudarla a profundizar el beso. Con el otro brazo rodeó su cintura. Escalofríos de placer recorrieron su columna vertebral cuando empezó a acariciarla haciendo círculos con su dedo índice sobre la piel sensible de un vientre y su espalda baja.
Tras este beso que casi les roba el aliento, ambos compartieron un íntimo abrazo y así permanecieron por un largo periodo de tiempo, hasta que el sol terminó de ocultarse entre las montañas.
Finalmente, tras un arduo tormento, los amantes estaban juntos de nuevo al caer el sol.
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De un momento a otro empezó a llover a raudales, como si el cielo se hubiera conmovido ante la emotiva reunión de los amantes y las nubes hubieran estallado en llanto.
Sin embargo, por mucho que llovió, ninguno de los dos corrió a buscar cobijo. Ambos permanecieron allí, juntos bajo la lluvia, aceptando cada gota como una bendición que les iba purificando poco a poco de todos los males que los apenaban.
Sus cuerpos temblaban, tanto por la emoción del reencuentro como por el frío helador de la brisa nocturna y la humedad de sus ropas empapadas. Ambos se abrazaban, se besaban y se dedicaban tiernas palabras de amor entre susurros, mientras el agua caía sobre sus rostros mezclándose con las lágrimas de felicidad que Psyque era incapaz de retener.
¡Por fin!
¡Por fin estaba con su amor!
El cúmulo de emociones provocado por el reencuentro fue abrumador. Tanto fue así que el frágil cuerpo de la joven humana no pudo soportarlo más y se desplomó en brazos de Eros.
- ¡Psyque! ¡Responde!
El dios la examinó terriblemente preocupado. Un suspiro de alivio escapó de sus labios al comprobar que Psyque no se había desmayado, sino que estaba tan fatigada que no pudo mantenerse más tiempo en pie y se dejó caer sobre él en busca de apoyo. Era evidente que ella necesitaba reponer fuerzas de forma inmediata o acabaría perdiendo la conciencia.
Eros, tratando de ser lo más gentil posible, cargó entre sus brazos a la desvalida Psyque. Luego expandió sus enormes alas, blancas como la nieve, para alzarse sobre el oscuro cielo en busca de algún lugar en el que ella pudiera descansar. Tenía que ser un lugar difícil de detectar. Así podría burlar a los espías de Afrodita.
Volando a través de las montañas, divisó una cueva oculta entre la maleza que podría utilizar como refugio improvisado. En el interior de esa caverna depositó a su amada muy delicadamente sobre el suelo. Luego, creó una fogata para que ella entrara en calor, pues sus ropas estaban empapadas y la pobre estaba empezando a tiritar de frio. El calor del fuego la ayudó a dormirse. Él aprovechó este momento para salir al exterior a buscarle algo de comer.
Cuando Eros volvió, Psyque ya estaba despierta y lo buscaba con la mirada. Pareció aliviada al verle aparecer, pero pronto bajó la cabeza sin atreverse a mirarlo a la cara.
Después de comer con gran apetito todo lo que le trajo, ella declaró que se encontraba mucho mejor, pero aun así parecía angustiada. Seguía actuando raro. Mantenía la cabeza gacha y el rostro oculto a propósito bajo los mechones su pelo suelto. A pesar de no atreverse a mirarlo de frente, con el rabillo del ojo observaba con detalle todos sus movimientos, como si … como si tuviera miedo a que su amado se esfumara si lo perdía de vista por un segundo.
De repente, el confundido Eros pareció entender que era lo que pasaba por la mente de la chica. Esta revelación ablandó el corazón del dios del amor, que hasta hace poco tenía toda la intención de regañarla por lo del asunto del cofre. ¿A quién se le ocurre abrir algo tan sospechoso?
- "Su curiosidad es problemática … aunque también es parte de su encanto. De hecho, todo en ella es encantador." – pensó Eros, antes de darse un poco de asco a si mismo por sonar tan cursi. ¿Quién podía haber adivinado que él tenía un lado tan romántico? Qué molesto… No podía evitar ser así cuando estaba junto a ella.
En vez de sermonearla como tenía previsto, decidió centrar todos sus esfuerzos en tratar de reconfortar a Psyque para que volviese a su estado de humor habitual. Primero le colocó su capa sobre sus hombros, aprovechando que ya estaba seca, para que así su amada estuviera calentita. Luego, se sentó frente a ella lo más cerca que pudo, sin dejar de observarla fijamente, con la intención de que ella le devolviera la mirada. Sin embargo, el plan no estaba funcionando muy bien… Entre más la miraba, más trataba la nerviosa joven de esconderse bajo su capa. Era un gesto un tanto infantil, pero sumamente adorable. Ante este panorama, él optó por tratar de calmarla e infundirle seguridad con la sonrisa más dulce que pudo embozar. Su expresión se suavizó aún más cuando se dio cuenta de que solo era capaz de sonreír de esta forma tan genuina desde que se enamoró de ella.
Al ver que nada de esto funcionaba, puso en práctica su plan secreto. Extendió sus alas hacia ella hasta que ambos quedaron resguardados por una barrera de plumas. Dentro de esta especie de cúpula blanca daba la sensación de que solo existían ellos dos en el mundo, pues generaba un espacio cálido e íntimo. Tal vez con este truco conseguiría que la chica dejase de evadirle y le mirase directamente …
Por otro lado, Psyque, que hasta el momento había intentado mantener la cabeza gacha, no pudo evitar quedar fascinada cuando esas alas se acercaron a ella para resguardarla. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para resistir la tentación de pasar su mano por la capa de mullidas plumas y deleitarse con su tacto.
Sintió de nuevo la mirada del dios sobre ella y cometió el terrible error de devolverle la mirada, quedando atrapada al instante en el azul de sus ojos. Por un momento se olvidó de como respirar. No quería dejar de observar al bello ángel que tenía frente a ella.
Tras varios segundos consiguió desviar su mirada por pura fuerza de voluntad. Bajó la cabeza avergonzada e intentó cubrir su cara con la capa todo cuanto pudo. Sabía que estaba actuando de forma ridícula, pero no podía evitarlo. Se preocupaba si Eros estaba lejos de ella, pero deseaba ocultarse de su vista cuando él estaba cerca, porque se sentía indigna de estar ante su presencia.
"Afrodita tenía razón. Él está tan hermoso como siempre, … y yo en cambio… mira el horrible estado en el que me encuentro." – pensó la desdichada joven.
Tenía numerosos cortes y arañazos en todas las partes de su cuerpo, fruto de su arduo esfuerzo por cumplir con las tareas que le fueron encomendadas. La lluvia había eliminado gran parte de la suciedad de su piel y el desagradable olor de sus harapos, pero aun así seguía sintiéndose sucia. Su cabello era probablemente un desastre. Debía tener unas ojeras espantosas… En definitiva, estaba hecha una calamidad. Tan mugrienta. Tan… fea.
Y por otro lado ahí estaba Eros, quitándole el aliento con su perfección. Que cara tan bonita. Que cuerpo tan bello. Que hermosos cabellos… Ser capaz de ver esos rizos sedosos, que en su día acarició en la oscuridad, enmarcando ahora tan bello rostro… Eso era demasiado para su pobre corazón. Sentía la casi incontrolable necesidad de alzar su mano y revolvérselos.
Pero no se atrevía.
No podía.
Ya no era digna de tocarle.
Él era un dios, una criatura divina y poderosa, un ser superior capaz de doblegar la realidad, un ente antiguo y sagrado al que la mismísima naturaleza rendía pleitesía. ¿Y qué era ella? Tan solo era una simple humana, sucia y pordiosera, tal y como dijo Afrodita. Había estado tan cegada por la idea de recuperarlo que no se había parado a pensar en el enorme abismo que les separaba hasta que le tuvo delante. No era algo tan simple como la diferencia entre razas o las clases sociales, sino algo muchísimo más grave. ¿Era este abismo una de las razones por las que Eros no quería que ella supiera quién era? ¿Acaso había estado intentando no intimidarla? En ese caso, ahora podía entender mucho mejor los motivos de su enfado cuando ella faltó a su promesa y descubrió su identidad.
¿Y ahora qué? ¿Debería seguir tratándolo como lo hacía antes? ¿Podía una humana estar junto a un dios? Si al menos fuera una humana especial, tal vez podría tener alguna oportunidad. Pero ella no lo era. De hecho, ni siquiera era una buena persona. Según ella, demostró ser horrible por dentro al traicionarlo y ahora era horrible por fuera, así que ya no tenía nada que ofrecerle para que él se quedara con ella, ni su belleza ni su interior. Afrodita tenía razón. Siempre tuvo razón… Lo único que probablemente podría sentir Eros por ella era lastima. Nada más…
Miró de reojo a su amado, que había estado quieto como una estatua por un buen rato. Él sonrió dulcemente, encendiendo con este simple gesto la llama de la pasión en el corazón de Psyque, la cual sintió un calor en su cuerpo que nacía directamente de su pecho. Avergonzada, bajó de nuevo la cabeza. Qué ironía, ahora él era el bello príncipe y ella el feo monstruo que escondía su rostro.
Entonces, se dio cuenta de que su amado había alzado su mano derecha con la intención de apoyarla sobre su sonrojada mejilla. Al ver esto, Psyque se apartó bruscamente emitiendo un grito ahogado.
- … ¿Psyque? – preguntó el atónito dios mientras veía como la chica retrocedía hasta donde sus alas se lo permitían. Se quedó petrificado, con la mano alzada en el aire, aun deseando poder acariciar a su esposa.
Por su parte, Psyque reclinó su espalda contra la barrera de plumas todo cuanto pudo en su inútil intento de alejarse de él. Al ver que no tenía escapatoria, trató de ocultarse aún más bajo su capa. Con apenas un hilo de voz, la joven solo fue capaz de decir lo siguiente, mientras sus ojos se llenaban de traicioneras lágrimas que amenazaban con derramarse a raudales de un momento a otro:
- N-No…
- ¿No qué? – susurró Eros, aún dolido por su rechazo, a la vez que se iba moviendo muy sutilmente hacia ella.
- No… No lo hagas. – le respondió con dificultad. - No… n-no me mires.
- Quiero hacerlo.
- No. Por favor. No me mires.
- ¿Por qué?
Incapaz de contener más sus sentimientos, Psyque estalló:
- ¡Porque soy horrible por dentro y por fuera! ¡Porque traicioné no solo a un dios, sino a un esposo que me amó locamente!
Cuando ella trató de alejarse de nuevo, él la tomo de la muñeca y flexionó sus alas para empujarla hacia él, para así poder romper la distancia que los separaba. Con la mano libre la despojó muy lentamente de la capa que la cubría. La avergonzada muchacha, al sentirse expuesta, bajo la cabeza todo lo que pudo sin atreverse a devolverle la mirada a ese ser divino que tenía justo enfrente, a escasa distancia.
Eros la tomó de la barbilla, pero, aun así, ella se negaba a mirarlo.
- Mírame, Alma.
Tras un minuto de incertidumbre, ella obedeció. Ambas miradas al fin se reunieron; brillantes ojos azul celeste, más hermosos que el mismo cielo, contra grandes ojos esmeralda, tan verdes como un bosque frondoso, inundados por las lágrimas de la tristeza.
Psyque le sostuvo la mirada a duras penas, hasta que ya no pudo aguantar más. De sus labios escaparon las palabras que había estado callando desde hacía ya mucho tiempo:
- ¡Nunca hubiera podía matarte, aunque hubiera querido! – Y eso dijo de repente, antes de romper en llanto. Abundantes lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas sin ningún control. Eros alzó su mano para secar el torrente de lágrimas, pero nuevamente Psyque intentó apartarse. Su intento de huida se vio frustrado gracias al agarre de Eros y la barrera de plumas que le impidió escapar.
- Shhh… Lo sé. – fue lo único que murmuró el dios, en voz baja, de forma extremadamente tierna. – No tienes que disculparte. Ahora lo sé.
- Aún así… Lo siento. – murmuró desconsolada una y otra vez. - Lo siento. Lo siento. Lo siento tanto.
- Psyque, … mi dulce Psyque. - susurró con esa voz irresistible, tan dulce como la miel. Podía sentir tanto amor en la forma en la que él pronunció su nombre que no pudo evitar sobrecogerse.
Él comenzó a moverse más cerca. Peligrosamente cerca. Inclinó su cuerpo hacia ella, aproximando sus labios entreabiertos a los de ella.
Poco a poco. Cada vez más y más cerca…
- Bésame.
- N-No…
- Bésame. – volvió a insistir entre susurros, con ese tono tan cautivante que la dejaba indefensa. Que injusto. Era tan difícil resistirse a él cuando usaba ese tono de voz…
- N-No. Tú eres un dios y yo una humana.
- Eso ya no importa.
Ahora su amado estaba tan cerca que podía notar su respiración haciéndole cosquillas sobre sus labios agrietados. Ella entreabrió los suyos, involuntariamente, ardiendo en deseos de probar de nuevo el dulce néctar prohibido que había en ellos.
- E-Estoy sucia.
- No me importa.
- Visto con harapos.
- No me importa.
- T-Tengo un aspecto lamentable. – Sus protestas eran cada vez más y más débiles. Estaba a punto de rendirse.
- No me importa. – declaró su obstinado amor.
Eros frotó la punta de su nariz contra la suya en un gesto tierno. Mientras hacía esto, le susurraba hermosas palabras de amor. Cuando sus miradas volvieron a reunirse ya no pudieron separarse. Había magia en el aire y ambos estaban hechizados por el encanto del otro.
Y sin más dilación el dios la besó con ansias, más apasionadamente que nunca. Era gentil, pero demandante a la vez. La tomó de su cintura y la empezó a acariciar, como si ella fuera el ser más hermoso del universo.
Y así continuaron hasta que el sol salió en el horizonte, pero esta vez el reluciente astro no les separaría.
