Capítulo XXI: Real Love
Hermione despertó al sentir una calidez completamente ajena a ella en varios meses. No acostumbraba a despertar con un brazo rodeando su cintura y brindándole un exquisito calor de la cabeza a la punta de los pies. Al abrir los ojos, se dio cuenta que estaba bajo el edredón junto a Severus. No sabía en qué momento habían llegado ahí, y menos cuándo Severus la había abrazado, pero no podía negar que era una hermosa forma de despertar, aunque no pudiera durar demasiado.
Segundos después, la muchacha miró su reloj y se sobresaltó: se había quedado dormida por al menos una hora. Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y empezó a correr por la habitación, en busca de su ropa.
-¿Qué sucede?—Murmuró Severus, somnoliento.
-Me quedé dormida y ha pasado demasiado tiempo desde que me fui. Harry debe estar preocupado.
Una vez que Hermione se colocó su ropa interior, siguió frenéticamente recolectando su ropa, pero pronto se vio detenida al ver como toda su ropa se apilaba al borde de la cama. La muchacha, algo sonrosada, se giró y le sonrió tímidamente a Severus.
-Gracias.
Una vez vestida, fue al baño a arreglar el desastre que presumía que tenía en el cabello y mirar su semblante. No quería levantar ninguna sospecha en Harry, de modo que no podía haber nada extraño en ella. Estaba sonrosada y sus ojos tenían un brillo diferente. Con suerte, el calor de sus mejillas bajaría una vez que estuviera a la intemperie.
Al salir del baño, encontró a Severus, ya completamente vestido, revisando el gabinete de pociones junto al pasillo. Al verla, estiró su mano y le entregó su varita.
-Gracias—Dijo ella mirándolo brevemente, para luego dirigirse a la cocina.
Severus la siguió.
-Tómate esto—Le indicó ofreciéndole una poción amarillenta.
-¿Qué es?
-Es una poción anticonceptiva de emergencia.
Hermione empalideció al instante.
Claro, ni siquiera se había detenido a pensar en protegerse, ni tampoco en remediarlo una vez hecho. Esas eran las consecuencias de hacer algo sin pensarlo demasiado. De actuar impulsivamente.
Luego de unos segundos de observar a Severus horrorizada, Hermione asintió y cogió la poción entre sus manos, sabiendo bien que semejante irresponsabilidad la atormentaría sin cesar en la próximas semanas.
Severus, percibiendo su incomodidad, se acercó a ella y acarició su mejilla.
-Hermione, jamás habríamos ido más allá de no haber tenido la certeza de que tenía esta poción. Hubiera sido muy irresponsable de mi parte.
-Y fue muy irresponsable de mi parte ni siquiera detenerme a pensar en protegerme. Me siento horrible.
-No, no te sientas así. Fui yo el que decidió que la poción sería la forma de protegernos. Quizás debí haberte preguntado antes de tomar la decisión por los dos.
-Creo que las cosas no se dieron como para tener esa conversación. ¿Utilizamos preservativos? ¿Hechizo protector? ¿Poción de emergencia? No, lo que decidiste está bien. De todas formas habría buscado la forma de tomar medidas yo sola, aunque es un poco difícil dada mi situación, y porque en el mundo muggle no venden la píldora del día después sin receta, y tampoco tengo dinero para comprarla…—Hermione se detuvo para tomar aire. Sentía cómo el pánico se estaba apoderando de ella.—Aun así debí ser más responsable…
Los pensamientos fatalistas la comenzaron a angustiar al pensar en qué habría pasado si no hubiera habido tal poción y ella, un mes o dos meses después se diera cuenta que estaba embarazada. De Severus. Y en medio de una búsqueda que a veces parecía no llevar a ningún lado más que a la muerte segura.
-Tranquila, lo importante es que estamos tomando medidas.
La castaña asintió y bebió la poción. Al cabo de los segundos comenzó a percibir sus sabores. Al principio era una sabor suave y dulce, para luego proporcionar picor en la garganta.
-¿Qué tiene? Es… ¿zanahoria?
-Sí, es hierba de zanahoria silvestre. Pero el ingrediente principal es el Sílfio.
-¿Sílfio? Pero esa planta se encuentra extinta… Los Católicos Romanos la cosecharon hasta extinguirla por ser abortiva.
-Sí, claro. La cosecharon en todo el terreno muggle, pero en los territorios del mundo mágico no.
-Oh, entiendo.—Hermione sonrió, complacida de adquirir un nuevo conocimiento.
No tardó en sentir melancolía por semejante intercambio. Sí, extrañaba estar con Severus, pero también extrañaba sus constantes duelos mentales, los debates, aprender de él, formular las preguntas más complejas e imposibles y pasar tardes enteras encontrando una solución. Aunque actualmente estaba enfrascada en resolver los misterios que Dumbledore había dejado para vencer a Voldemort, a estas alturas era más frustrante que desafiante, además de aburrido, considerando que Harry no era muy fanático de los juegos mentales.
-Dado que es un anticonceptivo de emergencia, puede que presentes algún sangrado en los próximos días, para que lo tengas presente.
-De acuerdo. Gracias por la advertencia—Hermione no pudo contener una carcajada—No puedo creer que estoy teniendo esta conversación contigo. Ya lo que hicimos parece irreal, pero esto… ¿Este tipo de charla le das a las alumnas de Slytherin?
Severus revoleó los ojos, y luego enarcó una ceja, serio.
-No les doy charlas. Mis alumnas nunca se acercarían a mí para consultarme algo así, pero en caso que lo hicieran, les he recomendarían que vayan con Madame Pomfrey.
-¿Y los chicos sí se acercan a ti?
-Granger…
-O les dices que vayan con Dumbledore, o con Filch…
-Les digo que practiquen la abstinencia, porque sería una tragedia que se reproduzcan.
-Parece que no aplicas muy bien tus propios consejos.
Severus le dio una media sonrisa, fascinado.
-No es una tragedia que los dos nos reproduzcamos, le haríamos un bien al mundo mágico, ¿no crees?
Antes de poder responder, una mueca se dibujó en el rostro de la castaña.
-Puaj, ahora se siente muy amarga.
-Debe ser por la ruda.
-Encantador, siempre he odiado ese olor. Pero sí, le haríamos un bien al mundo mágico si nos reprodujéramos, pero no en este momento.
-Por supuesto.
La cataña se dirigió al lavabo y se sirvió un vaso de agua. La sensación de la ruda era muy amarga, y muy pasosa, casi llegando al punto de producirle náuseas.
-Ten cuidado al regresar, otro de los efectos de la ruda es el sedante, de modo que podrías perder capacidad de reflejo.
-Sí, tendré cuidado—Hermione acomodó sus cosas—Harry debe creer que me mataron o secuestraron, y está sin varita. Tengo que irme ya.
-Sí, has tardado demasiado.
Ambos se miraron unos momentos. Creían que este adiós podría ser más fácil que el anterior, pero estaban equivocados.
-Cuídate mucho—Severus le acarició ambas mejillas y la miró como jamás miraría a nadie más que a ella. Con ternura. Con la única persona que sería capaz de demostrar semejantes sentimientos, sería con ella y nadie más, y no se avergonzaba de expresarlo cuando lo sentía.—Lo que necesites, por favor, ven aquí.
-Solo volvería por el deseo de volver a verte, pero no lo haré. Ya hemos corrido demasiados riesgos hoy… Pero en caso de que volviera… Si sabes que estoy aquí, por favor no vengas. No hagas las cosas más difíciles.
Severus la miró con un dejo de tristeza y asintió.
-Lo haré. No quiero complicarte más las cosas, y se supone que esto tiene que ser una ayuda, no un obstáculo.
-Y lo ha sido, mi amor. No me arrepiento de nada de lo que pasó hoy.
Ambos sonrieron.
-Yo tampoco—Se acercó para besarle la frente.
Se dirigieron a la puerta
-Gracias por todo.
La muchacha se fue sin mirar atrás, sabiendo que, de hacerlo, el dolor sería más profundo.
Momentos después, Hermione apareció en el Bosque de Dean. Al cabo de unos pasos hacia la tienda de campaña, comenzó a sentir su cuerpo cansado, somnoliento. La poción estaba haciendo efecto.
Una vez que entró en el perímetro de encantamientos de la tienda de campaña, Harry se levantó sobresaltado del suelo, con un aspecto preocupado, ansioso.
-¡Hermione! Demonios, ¡qué bueno que has regresado! Estaba asustado. ¿Estás bien?
Harry la ojeó, notando el evidente cansancio en su rostro y en su forma de caminar.
-Sí, lo siento. Me demoré mucho porque conseguí varias cosas para comer, y me tomó tiempo recolectarlas.
-¿Qué conseguiste?
-Huevos, mantequilla y papas. Ah, y salmón.
-¿Y cómo lograste sacar todo eso? Eso es un festín.
-Lo encontré en una granja. Tenían papas en unos sacos, mantequilla recién hecha y los huevos los saqué de un corral. Y el salmón…. Bueno… Eh…—Hermione se rascó la cabeza, tratando de encontrar una justificación plausible para el salmón.— En un pueblo cercano, encontré un camión de reparto que estaba entregando un pedido a un negocio… Confundí al chofer y saqué un par.
Hermione le dio una sonrisa extraña, llena de culpabilidad. Harry interpretó que se sentía culpable por haber robado, pero en realidad era por tener que mentir sobre el verdadero origen de la comida.
-Lo hacemos para sobrevivir, Hermione.
-Sí, lo sé. Aun así, no puedo evitar sentirme mal—Se encogió de hombros—Bueno, iré a cocinar.
Hermione le entregó la varita a Harry y entró a la tienda de campaña.
Necesitaba estar sola y pensar en lo que había pasado. Había estado con él. Lo había visto, lo había besado, incluso había hecho el amor con él, algo que jamás se imaginó que pasaría en ese encuentro. Y a pesar de que aún se sentía mal por su irresponsabilidad al olvidar cuidarse, sentía que había sido lo correcto. Había hecho algo que de verdad necesitaba, aunque nunca había sido consciente de necesitarlo. Se sentía mucho más liviana que antes. Tenía mucha menos preocupación y la angustia había desaparecido. Al menos la angustia de extrañarlo y preguntarse cómo estaría.
El ánimo de Harry y ella subió considerablemente luego de la cena. Hermione estaba dispuesta a ir a hacer guardia fuera de la carpa, cuando Harry la detuvo y le dijo que vaya a descansar, porque se lo había ganado por recolectar la comida y por haber preparado la cena. De este modo, Harry se abrigó lo más que pudo y se instaló fuera de la carpa.
Hermione, aliviada, se sentó cerca del fuego decidida a terminar el libro que se había llevado de la casa de Bathilda Bagshot, pero sería difícil, considerando lo que había pasado esa tarde. Sabía que aquella tarde estaría dando vueltas en su cabeza, sin parar, por días.
Ciertamente, lo que había pasado era muchísimo más de lo que había imaginado. Y no era así porque nunca habría imaginado que terminaría haciendo el amor con Hermione en plena guerra. Sino porque ni siquiera se imaginaba que la vería en lo absoluto, hasta que llegara el momento inevitable en que tuvieran que verse las caras fingiendo ser de bandos opuestos. Fingiendo odiarse.
En los últimos días, sus esperanzas solo aspiraban a estar cerca de ella, pero sin verla, o quizás verla a lo lejos, sin que ella fuera consciente de ello.
La última misión que le había encomendado Dumbledore era entregarle la espada de Gryffindor a Potter, y para ello, debía averiguar dónde se encontraban y proporcionar una situación para que Potter pudiera ganársela con valentía y así la tuviera en su poder legítimamente en caso de que la necesitara.
Phineas Nigellus había dicho que se encontraban en el bosque de Dean, de modo que en cuanto oscurecía, se aparecía en el bosque para buscar indicios de su ubicación.
La primera noche no había tenido éxito. La segunda, había dado con ellos, pero era Hermione quien estaba en guardia. No cuadraba con su plan y la idea era que ella no sospechara de él. Sin embargo, sintió un regocijo impensado. No imaginó que se sentiría tan bien de verla, aunque fuera a veinte metros de distancia, y prácticamente a oscuras. El simple hecho de saber que estaba allí, le brindó paz. Sin embargo, decidió irse antes de caer en la tentación de acercarse a ella y que lo descubriera. Hermione no debía saber absolutamente nada de ese plan. No quería que supiera que tenía conocimiento de su ubicación, porque de algún modo u otro podría hacerle sentir desconfianza y eso era lo que menos que causar en ella, desconfianza. De este modo, se fue a casa a seguir con la elaboración de pociones.
Al día siguiente fue al Callejón Knocturn para comprar ingredientes de pociones que se le habían acabado la noche anterior. Estaba por entrar a El Boticario del Sr. Mulpepper cuando sintió calor en su pecho, justo donde tenía guardada su varita. Cuando la sacó de su capa, se dio observó que de la punta de ésta emanaba una luz roja, específicamente, rojo rubí, lo cual indicaba solo una cosa: ella estaba en casa.
Sintiendo cómo la emoción y la expectación se apoderaban de su ser como nunca antes, Severus se dirigió rápidamente a la chimenea con la cual había llegado hasta el Callejón, y regresó a casa.
Y allí, en su cocina, escondida detrás de la puerta de la alacena la vio. Asustada y alerta. Pálida y demacrada. Sus ojos habían perdido su chispa, pero todo cambió en el segundo que lo reconoció.
Él era la ignición del brillo de sus ojos. Y ella los de él. Y en el momento en que lo vio, su rostro se iluminó en una sonrisa tan brillante y espontánea, que su corazón dio un vuelco. Era esa misma sonrisa que tanto había extrañado y que recordaba en los momentos más solitarios y miserables, como luz en medio de la oscuridad
Al abrazarla, tuvo miedo de romperla en mil pedazos. Aunque estaba llena de capas de ropa, sabía que bajo todo eso, estaba delgada y débil. Pero a pesar de eso, a pesar del tiempo, de las adversidades, del dolor, ella seguía siendo la misma. La misma muchacha con la misma ternura y admiración, aunque tratara de ocultarlo con evasivas y una conversación trivial. Él también se estaba esforzando por no dejarse llevar por sus emociones. Cuando se trataba de ella, siempre sería difícil.
Contrario a lo que en algún momento temió, la distancia no había cambiado nada entre ellos. Era como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos, y eso solo vino a confirmar lo real que era el amor que sentían el uno por el otro. No era solo compañía o una necesidad de consuelo para matar las tardes en Hogwarts; o una idealización mutua porque él era muy inteligente y era doble espía, o ella era brillante y le recordaba a Lily Evans en muchos aspectos. No. Era mucho más que eso. Era comodidad, calor, paz. Refugio. Porque él nunca se sentía tan en paz y tan cómodo como cuando estaba con ella. Nunca se había sentido tan comprendido y querido, y sabía que no volvería a sentir nada similar con nadie más que con ella. Había sido así desde el primer día y sería así hasta el último de sus días.
La distancia no había cambiado nada entre ellos, pero a la vez lo había cambiado todo. Había transformado su relación de algo inocente y… juvenil, a un amor complejo y maduro. Y no solo porque había casi dos décadas que los separaban, sino porque la guerra, la distancia había puesto las cosas en perspectiva y les había mostrado que su relación era mucho más que simples encuentros a escondidas, o solo compartir besos y abrazos. Era una decisión consciente e informada, racional, pero a la vez muy emocional, porque implicaba una aceptación y una comprensión tremenda que solo se puede lograr cuando se ama. Implicaba aceptar que debían hacer sacrificios, en ellos mismos y en su relación, por algo mucho más grande que ellos: la guerra y el bien común. Implicaba comprenderse y aceptarse a pesar de los secretos que cada uno guardaba, a pesar de no saber en profundidad lo que cada uno tenía que hacer. A pesar de que en algún momento, quizás tendrían que hacer cosas que dañarían al otro.
Ese nivel de aceptación y comprensión no era trivial o circunstancial. Era absoluto e incondicional, porque estaba basado en el amor y la confianza y para llegar a ese nivel se necesitaba de un crecimiento personal gigantesco, y ellos habían crecido desde el primera día que estaban juntos, pero muchísimo más desde el día en que se separaron por un bien mayor. Y seguirían creciendo mientras se mantuvieran fieles y aferrados al amor que sentían el uno por el otro.
-Severus, traes buenas noticias?—Dijo Dumbledore desde el retrato, al verlo entrar en el despacho.
-Si te refieres a la espada, no. Todavía no se la he entregado, pero pretendo hacerlo esta noche.
-¿Todavía están en el bosque de Dean, como nos informó nuestro buen amigo Phineas?
-Sí, siguen allí. Anoche encontré su ubicación, pero… era Granger la que estaba haciendo guardia, no calzaba con mi plan.
-Con que viste a la señorita Granger, eh? ¿Por qué no le pediste su ayuda? Dudo que se hubiera molestado en brindarte apoyo en lo que sea que necesites.
-De eso no tengo ninguna duda, pero ella no puede saber nada de esto. No puede verme ni saber que estoy involucrado, es muy peligroso.
-Es cierto.
Severus se acercó al pensadero y extrajo los recuerdos de aquella tarde y todo lo que tenía que ver con Hermione. Si alguien buscara en su mente, solo encontraría a la amiga de Harry Potter levantando la mano enfáticamente, respondiendo en clases, estudiando en la biblioteca, e incluso en su despacho preparando pociones. Pero si se trataba de ver la forma en que la muchacha se le acercaba una vez que cerraba la puerta de su despacho en las mazmorras, la timidez con que lo besaba en las primeras semanas, o la soltura con que bromeaba en las cenas que tuvieron en calle la Hilandera, no encontrarían nada allí. Solo en el pensadero. El cual estaba, por cierto, casi tan asegurado como una bóveda en Gringotts.
Severus se encontraba libre de pensamientos que entorpecieran su plan.
-No lo olvides Severus, Harry tiene que ganarse con valentía esa espada.
-Sí, Albus, lo tengo claro. Es su deporte favorito hacer las cosas con valentía. No por nada es hijo de dos Gryffindor—Bufó antes de tomar la espada y luego abandonar el despacho, en dirección a su casa.
Cuando llegó la medianoche, Severus se apareció en un claro que estaba a unos 10 metros del último lugar que había visto a Hermione la noche anterior.
Para su satisfacción, encontró a Potter fuera de la carpa. Tenía un aspecto despreocupado, y en cierta forma, esa mirada perdida le recordó a Lily. Cuando Lily estaba perdida en sus pensamientos, fruncía los labios sin darse cuenta, y Harry estaba así, tal cual había visto a Lily tantas veces en la biblioteca, en los pasillos camino a clases, en Hogsmeade, cuando iban a pasear al lago. Era de sus recuerdos favoritos de ella, porque casi siempre que salía de su ensimismamiento, ya sea porque él la interrumpía o simplemente era consciente de su estado, Lily le sonreía. Era una sonrisa cómoda, agradecida. Agradecida porque sabía que no tenía que disculparse por estar distraída, y cómoda, porque los silencios que compartían a veces eran mucho más significativos que hablar. Porque se conocían tan bien… Severus la había aprendido a conocer tan bien.
Severus de dejó llevar por los recuerdos con facilidad. Su risa resonaba en su cabeza y palpitaba en su corazón. Palpitó tan fuerte, que luego de un movimiento de su varita, se transformó en una preciosa cierva plateada, igual de majestuosa que una de carne y hueso. Con sus finas patas comenzó a acercarse a la tienda mientras Severus avanzaba por el bosque en dirección a una laguna congelada que había encontrado metros más allá. Cuando Harry se percató de la presencia de la criatura, se levantó de un salto, incrédulo. Observó atentamente como la cierva se acercaba a él, hasta que se paró frente a sus narices. Potter la observó maravillado, observando cada uno de sus detalles, sintiendo como a cada segundo se le hacía más familiar aquella hermosa criatura. De pronto, la cierva comenzó a retroceder, descolocando a Harry, quien no pudo evitar seguirla, pidiendo que volviera hacia él. La cierva tuvo a Harry avanzando lentamente hacia la laguna, mientras Severus colocaba la espada de Gryffindor bajo la gruesa capa de hielo. Una vez asegurada la espada, se fue a esconder detrás de los árboles, cerciorándose que Harry ni nadie que pudiera estar alrededor lo descubriera.
Luego de unos minutos, la cierva se detuvo justo sobre la espada. Harry se echó a correr en dirección a la cierva, y antes que pudiera alcanzarla, desapareció. Severus, a pesar de la lejanía, pudo ver su decepción.
Al cabo de unos segundos, se dio cuenta de la presencia de la espada. Al darse cuenta que no la podía sacar, comenzó a desvestirse, capa por capa, sweater por sweater hasta que quedó en calzoncillos, y luego de titubear con justa razón se metió al agua congelada. Observó con mucho detenimiento lo que estaba pasando, por si él tuviera que entrar a intervenir. Recuperar la espada bajo el agua congelada es una prueba lo suficientemente difícil para que Harry se la gane, pero a la vez, es lo suficientemente peligrosa como para que Potter pudiera caer en hipotermia si estaba demasiado tiempo bajo el agua. Este parecía ser el caso. Llevaba al menos medio minuto sumergido y no había rastros de él.
Justo antes de salir de su escondite, escuchó pasos en dirección a la laguna. Unos metros más allá vio como alguien se apresuraba hasta el charco y se lanzaba al agua, y unos segundo después salía cargando a Harry y lo depositaba a la orilla de la laguna congelada. Al parecer Potter había perdido la consciencia, pero al estar recobrando calor, o al menos, al dejar de perder grados, volvió a reaccionar. A su lado se encontraba Ronald Weasley. Severus decidió abandonar su lugar, en caso que decidieran inspeccionar al lugar. Su misión había sido realizada con éxito, de modo que volvió a Hogwarts para informar al director que Potter ya tenía la espada de Gryffindor en su poder. Luego de eso, recuperó sus recuerdos y regresó a casa.
Ni siquiera se había tomado la molestia de volver a hacer la cama. De algún modo, estaba tratando de mantener su habitación tal cual la había dejado Hermione antes irse.
Al entrar, vio la cama desordenada, el edredón a un lado. Los recuerdos eran su mejor escape en ese momento. Una droga, alucinación. Una distorsión de su miserable realidad. Como si lo que hubiera pasado hubiera sido solo un fruto de su imaginación para distraerse de la miseria de los tiempos actuales. De la desesperación e ira de Voldemort, la muertes de hijos de muggles, desaparición de familias enteras, del temor de los alumnos de Hogwarts, de las torturas. Escapar de los sollozos de Luna, que aun remecían su interior. Por ella, porque no lo merecía, y porque sabía que tarde o temprano Hermione podría ser víctima de lo mismo si las cosas no salían como estaban planificadas.
Quizás hasta tendría que presenciarlo, y allí vería puesta a prueba toda su fuerza y determinación. O quizás se vería obligado a defenderla y sacrificarse por salvarla.
Fuera de un modo u otro, no quería que sucediera. Lo que más deseaba era que estuviera a salvo.
Hola!
No, no es una alucinación. Sí, vengo con más mentiras. A principio de año dije y juré que terminaría este fanfic este año y aquí me ven, actualizando después de 9 meses sin dar señales de vida. Pero ya estoy aquí! No han pasado años. Solo meses (que a veces parecen años y a veces solo semanas, gracias a la pandemia)
Debo confesar que me tomó tanto tiempo porque empecé a escribir fanfics para otro fandom. Y en inglés! De modo que he estado desde agosto con el cerebro prácticamente programado para pensar y escribir en inglés jajaja pero en las últimas semanas me bajó la culpa, y como que el cerebro me pasó la cuenta y he estado muy poco inspirada para escribir en el otro fanfic, así que aproveché esa ventana para terminar de escribir este capítulo. Yo sé que no es la gran cosa, pero tenía ganas de que Severus y Hermione tuvieran "esa" conversación. Además que quería indagar un poco en la mente de ambos. Debe ser la costumbre por el otro fanfic, donde me voy muy, muy, muy en lo profundo de los pensamientos y sentimientos de mis personajes. Pero no me quejo, eso ha hecho mejorar bastante mi estilo de escritura, aunque aquí no se note tanto jajaja.
Bueno, me dejo de balbucear. Ojalá les haya gustado el capítulo!
Espero que ustedes y sus familias se encuentren bien. Que la salud los acompañe y todos salgamos ilesos de la pandemia. Pensado que es probable que me tome al menos un mes volver a actualizar, les mando mis mejores deseo de Navidad y Año Nuevo. Ojalá el 2021 venga con mejores noticias y sucesos que este 2020.
Besos.
Dani.
