Code Geass: Bloodlines
Capítulo diez:
Verdad
Ni el más hermoso de los paraísos estaba exento de problemas. Euphemia tenía sentimientos por Suzaku. No iba a mentir ni rompería el beso de la nada el día anterior por otra razón. La primera percepción de Lelouch era que dudaba. En ese sentido, no todo estaba perdido: ella aún lo amaba. Solo que el sexo no era suficiente. Tenía que continuar seduciéndola. Ser más cariñoso y detallista. Esa sería su primera estrategia. Si fracasaba, destruiría la buena relación entre Euphemia y Suzaku. La idea lo incomodaba; empero, Lelouch se dijo que no iba a dejar que nada se interpusiera en su camino. La joven Britannia era la llave de su familia. Llevaba años trazando ese plan y esperando por el resultado. No iba a aplazarlo ni cancelarlo. La otra complicación lo preocupaba menos en comparación. Se trataba del caso del Dr. Aspirius. Era menester que Luciano fuera a testificar en la corte. No accedería porque hacerlo involucraría a Britannia Corps. A no ser que tuviera evidencia incriminatoria. Y él sabía cómo conseguirla y ya que cuanto antes solucionara era mejor, lo contactó por medio de Euphemia, reservó en un restaurante y lo citó allí. Seguro de que la luminosidad del sitio, el límpido acabado de las mesas, el azul de los muros, los ventanales que daban a la calle y el frenético trasiego de los peatones lo harían sentirse cómodo y anónimo. Luciano no sospecharía que iba extorsionarlo o amenazarlo o armar un escándalo en un entorno bajo esas condiciones.
Cuando Luciano acudió, ya Lelouch estaba sentado frente una taza de café. Él le dedicó una mirada suspicaz. Lelouch fingió no darse cuenta. Aguardó que tomara asiento y con una seña indicó a la camarera que sirviera una taza para su invitado. Previamente, le había dicho que lo llamaba porque tenía una imagen de él captada por la cámara de un coche en la escena del crimen y que le apetecía charlar. Luciano notó que el abogado apisonaba de forma disimulada con su codo un sobre de manila.
—Hola, sr. Bradley. ¡Vaya! ¿Qué le sucedió en la nariz? —preguntó Lelouch, haciéndose el desatendido.
No se habían visto las caras desde que él lo atacó junto a sus hombres. Ahora tenía una nueva nariz que era más grande que su cara. A Kallen le divertiría ver su prótesis grotesca.
—Nada en especial —bramó—. Bien, abogado. Aquí me tiene. Dígame qué es lo que quiere para que me pueda ir.
—Gracias por venir, primero que nada. Sé que es un hombre ocupado. Descuide, no le robaré mucho de su tiempo —indicó en un tono moroso y complaciente—. Según mi cliente, usted estaba en la casa de Sawazaki la noche que murió y que fue quien lo mató.
—Son mentiras. El asesino es él —atajó Luciano.
—¿Usted lo vio?
—No —disintió contrayendo los labios—, pero las evidencias lo acusan a él.
—No realmente. Esas evidencias son circunstanciales. Para que al Dr. Aspirius lo sentencien culpable, la fiscalía debe presentar una contundente —explicó él—. Ahora bien, mi pregunta es: ¿por qué mi cliente diría esas calumnias sobre usted?
—Quién sabe —repuso Bradley ladeando la cabeza—. Solo lo conozco de lejos porque venía de vez en cuando a la mansión.
—Las personas no acusan sin razón a otras, Sr. Bradley. Cuando no tienen a quién culpar, dicen a secas: «no sé, alguien más fue» —expresó—. Además, ¿por qué un vídeo lo captura cerca de la hora del homicidio guardando un cuerpo en el maletero de un auto?
—¿Está seguro de que era yo? Quizás fue otro. ¿Son esas imágenes que están ahí? —inquirió Luciano en un intento de desviar su atención señalando el sobre con el dedo.
—Sí —confirmó Lelouch—. Mire, no me tome por policía ni fiscal. Cuando me reúno con mis clientes la primera vez, les pido que me digan la verdad. Mi trabajo consiste en defender a otros y hay veces que unas mentiras marcan la diferencia entre un veredicto de culpable y uno inocente. A mí me importa preservar mi récord de casos ganados, no si mis clientes son asesinos o incendiarios —confesó calmadamente. Luciano cogió la bolsita del azúcar del café sin abrir todavía y se la pasó entre los dedos—. Si usted mató a Sawazaki y él es su cómplice, está bien, tan solo pongámonos de acuerdo para que nuestras versiones coincidan.
—¿Y qué pasó con la verdad? —sonrió, deslumbrado ante semejante ostentación de cinismo.
—Al carajo con la verdad —soltó Lelouch con un gesto displicente—. En la corte gana quien presentó los mejores medios —expuso—. Para que vea que estoy de su lado, tenga. Le daré lo que ha venido a buscar.
Luciano parpadeó. Desorientado. Lelouch no había pasado por alto ninguna de las continuas miradas que lanzaba a su sobre. Se lo deslizó y el hombre lo agarró, lo volteó varias veces y lo abrió. En el interior había cuatro fotos. Una sonrisa apareció en sus labios y cada vez más fue dilatándose, conforme estudiaba e iba reconociendo las imágenes.
—No soy yo —declaró, arrojando encima de la mesa el sobre con las fotos. Arrellanándose en su silla—. O no sale mi cara.
—Tampoco es Aspirius. El protagonista de la foto mide aproximadamente 1.85 y la estatura del doctor es 1.80 —apuntó, estirando el brazo para recuperar el sobre—. Sabe, Sr. Bradley, un crimen premeditado requiere una planeación meticulosa que conlleva cierto tiempo, pero encubrir un crimen exige más —recalcó Lelouch—. El hecho de que el arma homicida estaba en la escena del crimen me hizo pensar que fue un crimen pasional ya que los asesinos suelen traer su arma. Y el ama de llaves lo había visto y sus huellas estaban por todas partes, no solo tenía que destruir la escena del crimen, también él debía desaparecer y para el poco tiempo que contaba era imposible que haya hecho todo solo. Recibió ayuda. La misma persona que lo presentó con el traficante que Zero atrapó junto a mi cliente: usted.
—¿Eso le dijo él? —inquirió Luciano con una curiosidad falsa.
—¿Usted qué cree?
El guardaespaldas cruzó los brazos bajo el pecho, enseguida, subió una pierna sobre la otra y se rascó la mejilla. Lelouch permaneció impasible, a la expectativa (apenas había cambiado de posición en el transcurso de la entrevista).
—Sí. Fue un pequeño favor.
—Entonces, admite haberlo ayudado a salir del país ilegalmente, aunque desmiente que tuvo que ver con la muerte de Sawazaki, ¿no le preguntó por qué necesitaba irse así?
—No dije que no supiera nada sobre el cuerpo. Dije que no asesiné a ese hombre ni estuve cuando sucedió.
—O sea que solo fue su intermediario entre el traficante y mi cliente. Muy bien —asintió el abogado. Se inclinó y entrelazó los dedos—. Sr. Bradley, dijo que no tiene ninguna relación con mi cliente. No creo que haya decidido ayudar a un simple conocido de un crimen por su propio pie y no tienen nada en común, salvo una cosa. Así que se lo preguntaré una vez: ¿el presidente Charles o el presidente Schneizel le ordenó encubrir a mi cliente?
—Alguno de los dos o la Srta. Cornelia o la Srta. Euphemia. Pudo haber sido cualquiera —vaciló el con aire juguetón—. Soy el guardaespaldas personal del presidente Schneizel, pero sirvo a la familia Britannia.
—Por favor, sea más específico —pidió Lelouch—. Si la policía encuentra evidencia que lo conecte con el caso, la fiscalía lo convocará al estrado como testigo y luego lo enjuiciarán por cómplice. Los cargos por encubrimiento de un cadáver y obstrucción a la justicia serán el principio. Necesitará un abogado y no puedo ayudarlo, sino me ayuda. Contésteme, ¿cuál de los dos presidentes dio la orden?
—No hallarán nada porque la escena del crimen fue reducida a escombros, el traficante de personas murió hace dos días y ningún jurado admitiría estas fotos como prueba. Ahí no se ve mi cara. Se ve un hombre que podría ser incluso usted. En resumen, no tiene evidencias; pero no se sienta mal, abogado, fue un buen intento. Si eso es todo, creo que puedo irme.
Luciano hablaba en tono mesurado, sin aspavientos, como si estuvieran charlando sobre un partido de futbol o el clima. Cada tanto sorbía su café aun si le quemaba los labios. Cómo no estarlo. Lelouch dependía de su testimonio, pues era determinante en el caso; pero no estaba obligado a ayudarlo. Luciano se irguió con toda la serenidad del mundo. Lelouch lo imitó. El guardaespaldas lo miró de arriba abajo, sonriente.
—Es verdad. No tenía evidencias contra usted —admitió. Lelouch sonrió—. Ahora, sí.
Lelouch hizo una pausa para comprobar el efecto de su frase. El guardaespaldas lo observó, sin comprender. El abogado puso sobre la mesa su portafolio que sacó de abajo. Lo abrió. En el interior tenía una laptop prendida. Esta mostraba una imagen de ellos sentados bebiendo café. La cámara enfocaba a Luciano de frente. Rebobinó el vídeo hasta el momento exacto en que confesaba que era cómplice del crimen y que los Britannia estaban implicados. Detuvo el vídeo y señaló una lámpara detrás de ellos, en donde debía estar la cámara grabándolos. La situación desestabilizó a Luciano que por poco se desmoronaba. ¡Lo había engañado con una trampa falsa! Con los ojos desorbitados por el shock, subió la mirada.
—El vídeo está actualmente transmitiéndose lejos. Pretendo guardarlo en un lugar donde yo solo sepa —informó Lelouch—. Tiene dos alternativas, Sr. Bradley: comparecer en el juicio como mi testigo y servir como mi coartada para mi cliente o no hacer nada, y si escoge esa opción yo enviaré este vídeo a la estación y todos se enterarán de que los Britannia tienen las manos metidas —explicó extendiendo ambas manos, como si las opciones fueran tangibles. El matón seguía clavado en su posición sin reaccionar—. No es difícil decidir entre hundirnos juntos o salvarnos todos, ¿eh?
—Eres un…
Por instinto, Luciano cogió a Lelouch bruscamente del cuello de la chaqueta. El abogado no intentó zafarse ni rompió el contacto visual. Sabía que Luciano era capaz de molerlo a golpes. Estaba temblando de ira y respirando fuerte. Sin embargo, el ruido de los cubiertos de metal y el bullicio lo contuvo. Esparció la mirada alrededor. Notó que había llamado la atención de algunos comensales. Inclusive unos transeúntes que pasaban cerca del restaurante volteaban a mirar. El vaivén de los camareros era otro distractor. La elección de verse en un restaurante no fue arbitraria: no fue nada más para procurarle esa sensación de seguridad, había sido para protegerse a sí mismo. Lelouch previó hasta el más mínimo detalle. De mala gana, aflojó el agarre. Él lo apartó de un empujón leve, se adecentó y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tengo que agradecerle, Sr. Bradley, sino fuera por usted un inocente no hubiera ganado el beneficio de la duda. Le prometo que en cuanto el juicio se acabe le devolveré el vídeo. Entre tanto, nos vemos en la corte. ¡Ah! Este es mi número.
Lelouch sacó una de sus tarjetas y se la ofreció. Luciano iba a agarrarla cuando se le cayó.
—¡Ups! Lo siento.
Bufando con disgusto, Luciano hincó una rodilla en el suelo para tomarla. Lelouch se acarició la barbilla para disfrutar de la imagen: quien entrara al restaurante y viera a Bradley en aquella posición, pensaría que estaba reverenciándolo. El matón se reincorporó rudamente. Lelouch recogió todo, bebió el resto del café de un trago largo y se escabulló discretamente. Echó un vistazo a su teléfono. Tenía un mensaje de Urabe confirmándole que el vídeo había llegado con éxito. Procederían a crear el respaldo, tal como les pidió. Sonrió satisfecho y guardó su celular. Un problema menos. Ya podía volver al apartamento y deleitarse el resto de la noche con su hermana. Cruzó la calle en donde había aparcado su coche. Al tiempo que lo encendió, una mujer iba saliendo del abasto. Sus brazos cargaban dos bolsas de cartón llenas. Cerró la puerta pateándola suavemente. En el movimiento, un envase que contenía una de las bolsas cayó al suelo. Se inclinó con torpeza para agarrarlo, cuidando que otra cosa no se le botara por accidente. Cuando ella se irguió, su mirada se encontró con la del abogado. Un destello familiar guiñó en sus ojos avellanas.
—¡Lelouch! —exclamó.
—¿Shirley? —preguntó ella, incrédulo.
Y, de repente, igual que hace diez años, un golpeteo frenético sacudió su corazón.
Suzaku estaba en su oficina trabajando en el caso de Zero. Había acertado en su corazonada: las cámaras de la fiscalía lograron captar el camión de agua y su matrícula. Paulatinamente, la policía rastreó la empresa a la que pertenecía. Averiguaron que el mismo día en que al Dr. Aspirius y el traficante de personas los secuestraron, uno de los camiones desapareció durante una repartición y aún no había sido hallado. El fiscal movió sus influencias para que el hurto pasara a ser prioridad. En unos días, lo localizaron abandonado en un callejón. Tanto las cajas como el camión dieron negativo en el procesamiento. Zero cubrió muy bien sus huellas. Con la misma destreza de un profesional podría añadir. Suzaku puso sus esperanzas en las cámaras de vigilancia de una farmacia. Eran todo lo que tenía, puesto que las anteriores pistas fueron descartadas. Suzaku estudiaba las imágenes del CCTV en su computadora, cuando su celular repicó. No quería ser interrumpido, así que activó el modo de vibración. Sin embargo, insistió tanto que a Suzaku le picó la curiosidad en saber quién lo llamaba con tal urgencia. El celular identificó al remitente como Euphemia. No dudó en atender. La joven hablaba entre susurros y deprisa. Le dijo que necesitaba contarle algo en privado. Perturbado por la nota de histeria en su voz y la confidencialidad del asunto, acordó reunirse en su casa. Se despidió de Cécile y partió a su encuentro.
Euphemia estaba delante del edificio cuando llegó. Suzaku nunca la había visto en ese estado. Estaba pálida. No dejaba de retorcerse las manos ni frotarse los brazos como si tuviera frío. Ella luchó contra las ganas locas de arrojarse a sus brazos. No estaba bien. Y, definitivamente, no era la imagen que él tenía de ella. Contagiado por la angustia de aquella figura torturada, la condujo a su apartamento sin más y fue a traerle agua. No obstante, Euphemia era incapaz de quedarse quieta esperando y se fue a la cocina.
—Suzaku, ¿existe la posibilidad de que un crimen de más de diez años se reabra? —titubeó.
Suzaku se giró hacia ella con el rostro perplejo.
—Es difícil. Depende de ciertas circunstancias. Podría investigarlo —contestó el fiscal en un susurro entrecortado—. ¿Por qué te interesa? ¿Tú…?
—No tiene nada que ver conmigo —las palabras se precipitaron en su boca— no de manera directa —agregó—. Escuché a mi hermano decir que mi padre planeó matar a Marianne y a sus hijos. ¡Tú y Lelouch tenían razón!
Suzaku se pasmó. Puso el vaso sobre la encimera, avanzó hacia ella y la sujetó por los brazos.
—¿Qué escuchaste con exactitud?
—Que tuvo que tomar esa decisión porque ella manejaba información que podría destruir la empresa de nuestra familia. No especificó qué tipo de información. A lo mejor lo mencionó antes. No estuve desde el inicio. Era una historia que le estaba contando a Kanon, su asistente —gimió. Sus ojos atormentados vagaban erráticos por la habitación, en el afán de rememorar. En esto, alzó la vista hacia él—. Schneizel dijo que Lelouch y Nunnally no podían continuar viviendo porque buscarían venganza ¡y trató de matarlos con la ayuda de tu padre! —su voz se quebró en la última palabra, horrorizada. Los labios de Suzaku se separaron ligeramente. La mujer tuvo que tragar saliva para reanudar su relato—. No logró hacerlo porque se suicidó y Lelouch y Nunnally escaparon… Perdón.
—No, no, está bien —espetó sacudiendo la cabeza—. ¿Eso fue todo? —indagó, inclinándose.
—No, hay más —farfulló Euphemia—. Ellos estaban hablando de Lelouch porque Schneizel descubrió o ya sabía que él es…, nuestro medio hermano.
La revelación restalló con tal fuerza que Euphemia se estremeció y los ojos del fiscal le salían por la cuenca de las órbitas.
—¡¿Cómo?! —clamó—. ¡¿Lelouch es hijo de Charles zi Britannia?!
—Y de Marianne Lamperouge. Al parecer, eran amantes.
—Pero tú…, lo amas —murmuró Suzaku, compungido.
—Sí —confirmó Euphemia, cabizbaja.
Suzaku inspiró hondo. Era un acto sádico y masoquista alargar el cuestionario, pero no podía detenerse. Sus ansias eran superiores a su moderación.
—El otro día cuando los encontré juntos, ¿estaban…?
—Sí. Hemos estado saliendo hace unas semanas. Les debo a los dos una disculpa —aclaró—. Te mentí porque me gustas muchísimo, Suzaku. Tanto como él. Evité mirarme al espejo por varios días. Jamás había sido egoísta, y no te dije nada porque los quería a ambos. A ustedes los une una amistad tan preciosa que me odiaría si se distanciaran por mi culpa. Pero ahora tengo otras cosas de qué preocuparme: mi amor por él es un pecado.
No era el modo en que soñaba declararse a Suzaku. Tenía que ser un momento idílico en que sintiera que flotaba sobre una nube. No vergüenza ni culpa. Tampoco era así como él quería que se dieran las cosas. La mujer que amaba le correspondía y no podía estrecharla entre sus brazos ni besarla. Suzaku la soltó y se frotó la nuca. Una pausa tensa se interpuso entre ellos.
—No lo sabías —fue lo único que alcanzó a decir él, cuando el silencio ya era insoportable.
—No estoy aquí para que me consolaras ni para confesarte mis sentimientos. Estoy aquí para reconocer mis errores —declaró Euphemia—. No sé cómo voy a decirle a Lelouch que es mi hermano. Ni yo misma asimilo lo que pasa. Cuando tengo problemas, acudo con mi familia; solo que esta vez no puedo: las personas que amo y con las que he vivido toda mi vida casi mataron a unos niños…
—Afortunadamente, no llegaron a hacerlo.
—¡Con Marianne no! Ni sé a cuántos más habrán matado por el bien de la empresa ni cuántos secretos más ocultan. ¡Siento que ya no los conozco! —gimió—. Incluso a ti te hicieron daño. Tu padre se suicidó por mi familia.
—Mi padre no se suicidó —desmintió desviando la mirada en dirección a la ventana—. A él lo asesinaron…
—¡¿Mi hermano o mi padre enviaron asesinos?!
—No —disintió él con la cabeza con la voz ronca—. Yo lo asesiné con estas manos —afirmó Suzaku, enseñándole la cicatriz en su mano—. Soy un fiscal, mi deber es atrapar criminales y yo mismo soy uno de ellos. No merezco ser un funcionario. Mi premio me parece una ironía de la vida —se metió las manos en los bolsillos y regresó sus ojos a los de la joven—. Lelouch y Nunnally, en aquel entonces, vivían con nosotros porque su casa se había convertido en la escena del crimen y no querían mudarse con los servicios infantiles. Me enteré que mi padre planeaba entregarlos a los Britannia y yo no podría cruzarme los brazos. Lelouch y Nunnally eran mis mejores amigos. Podía ser un niño, pero, en mi interior, yo sabía que si los entregaba iban a morir. Intenté razonar con él y fue en vano. Él estaba decidido a hacerlo. Era imposible hacerle comprender. ¡No escuchaba a nadie! Lo hubieras visto. Estaba loco. Reconozco que me atemorizaba. Tenía que detenerlo y solo se me ocurrió una forma —sentenció Suzaku—. Para que su muerte no fuera en vano y pudiera expiar los pecados de mi padre me convertí en fiscal. Sé lo que estás pasando porque a mí me tocó vivirlo. Tampoco creía que el hombre que me dio la vida fuera ese tipo de persona —repuso, triste—. La pregunta es: ¿qué harás?
Suzaku y Euphemia intercambiaron una mirada silenciosa. En los ojos del otro vislumbraban un doloroso retrato íntimo en el que se reconocían a sí mismos.
Aun cuando habían pasado diez años, Shirley poseía una belleza intemporal. Conservaba la vitalidad de su adolescencia y la gentil sonrisa de una madre, se le formaban hoyuelos en las mejillas aún cada vez que sonreía. Debido a que no había una cafetería en las inmediaciones, salvo el restaurante en el que se encaró con Luciano y al cual no retornaría por obvias razones, y no estaba bien despedirla, sin más; Lelouch se ofreció llevarla en su auto a su apartamento. En el trayecto, fueron desgranando sus vidas.
—¿Y a qué te dedicas actualmente?
—Soy veterinaria. Trabajé por algunos años en el hospital Shinjuku en su departamento hasta que conseguí abrir mi propia clínica. ¡Deberías visitarme alguna vez! —lo animó, sonriente.
—¿Veterinaria? Hubiera creído que te consagrarías como nadadora. Eras la estrella del club de natación por tu gran disciplina y talento —comentó Lelouch—. Aunque te ajustas bien en el perfil de médico: eres paciente, atenta y bondadosa, solo que yo te habría visualizado como enfermera.
—Siempre consideré la natación como un pasatiempo, por más que me gustaba —explicó— y la enfermería es una profesión muy bonita también, pero los animales no rompen el corazón —murmuró ella, cepillándose el pelo. Lelouch reparó que había bajado la cabeza al echar un vistazo al retrovisor. La acotación inopinada lo fustigó cual si le hubieran arrojado un balde de agua fría. Lelouch reunió sus dispersos esfuerzos para concentrarse en la avenida. Tras un instante penoso, Shirley intervino de nuevo—: no llevas muchos años en la ciudad, ¿o sí? Yo me instalé hace tres años y es raro que no me haya topado contigo.
—Casi un par de meses.
—Eso lo explica. Por lo que veo, te convertiste en un abogado exitoso tal como deseabas ser. Este coche tiene pinta de ser costoso —señaló paseando los ojos con avidez por el entorno.
—Sí. Abrí un bufete apenas me mudé. Esta es mi tarjeta —Lelouch la sacó de su chaqueta y se la tendió. Ella la cogió y la leyó—. Si te metes en líos legales, llámame. Siempre es bueno tener a la mano el número de un médico, un mecánico y un abogado.
—¡Lelouch Lamperouge, ¿qué mosca te ha picado?! —cuestionó ella soltando aquella risita musical que agradaba tanto a sus oídos—. Antes, los lujos te daban igual…
—Bueno, he sumado nuevas experiencias en diez años y considero que este estilo pega más con un abogado.
—Y no eras audaz y, aun así, tenías a todas las chicas de la Academia Ashford suspirando de amor a tus pies —remató Shirley con disimulo.
—Era inevitable. Ni tú te resististe ante mí —dijo Lelouch con una sonrisa, en un tono medio en broma, medio en serio.
—Es cierto. Me cautivó tu torpeza. ¡Eras adorable!
Lelouch crispó los dedos en el volante y se tapó la mitad de la cara con una mano. De pronto, la frente y el ojo izquierdo le palpitaron dolorosamente. Gruñó.
—Lulú, ¿estás bien? ¡Vamos! Espabila.
—Sí, yo… —balbuceó Lelouch con dificultad—. ¿Lulú?
Nada más dos personas se habían referido a él con su apelativo: su madre y Shirley. De niño lo odiaba porque sonaba pueril y era propenso a las burlas. Luego de que Marianne muriera, fue ameno escuchar «Lulú» en los labios de otra persona.
—Sí. Así te decía, ¿no te molesta que te llame por ese nombre?
—Para nada. Además, sé que te gusta.
Cuando Lelouch recuperó el control de sí, apartó la mano y se volvió hacia ella. Vislumbró que sus radiantes ojos almendrados estaban fijos en él. Reconcentrados como solían ponerse cuando lo contemplaban solo a él. Perturbado, enfocó una vez más la vista en el camino.
—Es otra de tus jaquecas, ¿no? Deberías acostumbrarte a llevar contigo un par de pastillas. Yo las tenía cuando… Bueno, tú sabes —musitó, circunspecta—. En verdad, fuera de broma, me alegro por ti. Creo que es agradable que hayas cambiado. ¡Gracias por traerme! Ojalá sea pronto la próxima vez que nos encontremos.
Shirley salió del coche con sus compras. Se despidieron con un ademán. Él aguardó que ella ingresara al edificio para marcharse. Al llegar a casa, apercibió que «Giselle» llenaba la sala ahogando los cláxones y las voces del exterior. C.C. fumaba retraída en el ventanal. Nunnally estaba en la computadora y Sayoko la ayudaba a escribir una nueva entrada para su blog. En cuanto oyó la puerta abriéndose, se desplazó hacia donde creía que estaba su hermano. Casi acertó, de no ser porque se dirigió al lado opuesto. Él no dijo nada y se situó delante de ella.
—¡Hermanito, llegaste! Un poco tarde, en comparación a lo habitual, ¿hubo mucho tráfico?
—No fue eso. Me entretuve en el viaje. Vi a alguien que no pensé que volvería a cruzarme. ¿Te acuerdas de Shirley Fenette?
—Por supuesto que sí, ¡cómo iba a olvidarme de tu primer amor! ¡Oh! Entonces tuvieron una conversación interesante.
—¿El primer amor de quién? —interpeló C.C., provocadora, encaminándose en dirección de los hermanos.
—De Lelouch —respondió Nunnally, risueña—. Cuando éramos adolescente, él era bastante popular con las chicas. ¡Naturalmente! Era el más amable y apuesto de todos los estudiantes de la Academia Ashford, donde estudiamos, y Shirley fue la única que lo atrajo. Te encantaría conocerla. Era una chica cariñosa, cordial, simpática, compasiva y hermosa. Supongo que lo sigue siendo. Su influencia le sentó bien a Lelouch porque, en aquel tiempo, solía saltarse las clases para ir a los casinos —dijo frunciendo el entrecejo en señal de reprobación— y ella lo hizo centrarse…
Lelouch pudo acotar que consiguió el dinero con que compró sus libros y otros obsequios de los juegos de azar y las apuestas ilegales, lugares en donde hallaba el estímulo y la adrenalina que no experimentaba en la academia hasta que se celebraba el próximo torneo de ajedrez, o que retomó los estudios por voluntad propia ya que quería matricularse en la universidad sin más preámbulos y que su noviazgo con Shirley coincidió con su último año y, con todo, se abstuvo. Pese que no le gustaba que Nunnally cotilleara precisamente de su vida amorosa ni sus años más joven con C.C., pues intuía que su pícara secretaria usaría esa información para burlarse, la dejó. Su orgullo no importaba más que la felicidad de su hermana. Las anécdotas escolares se prolongaron hasta la cena en la que Lelouch casi no tomó partido y C.C. realizaba una pregunta de cuando en cuando. Posteriormente, Nunnally fue a bañarse para irse a dormir y Lelouch despachó a Sayoko. Tenía que discutir un asunto con C.C.
Cerca de medianoche, C.C. fue a la sala. Las luces estaban apagadas, lo cual era perfecto. Se desabrochó el pantalón y lo envió lejos de una patada. Se sacó por arriba su blusa y se embutió en una de las camisas de Lelouch que le llegaba por encima de las rodillas. Fue al minibar y cogió una botella de whiskey. Sirvió dos copas. Le llevó una a Lelouch, quien estaba de pie frente al ventanal con expresión ausente y se sentó en el sofá, recogió las piernas, se recostó de Cheese-kun y encendió un cigarrillo.
—¿Cómo te fue en la Mansión Britannia? ¿No despertaste sospechas?
—¿Cómo crees? Te dije que ninguno de ellos me conoce. A la dulce Cornelia mi currículum le parecía demasiado bueno para ser cierto, pero terminó aceptándome; cosa que a su hermana no le costó trabajo, por el contrario, y ricitos de oro no dijo nada cuando me vio. En resumen, me fue bastante bien.
—Debes cuidarte de Schneizel. No lo subestimes —previno el abogado, poniéndose rígido—. Bajo esa fachada cortés y generosa, es un hombre inteligente, calculador y egocéntrico, que es capaz de llevarse por delante a quien sea por sus objetivos…
—¿Algo así como tú? —inquirió C.C. con sorna.
—Peor —rumió, agarrándose de la barbilla—. Si hubieras visto lo que yo vi en su mirada el día en que jugamos al ajedrez, no estarías tan guasona.
—¡Oh! ¿Te preocupas por mí? —indagó, enternecida por su aprensión.
—Hablo en serio…
—Yo también. Intento relajarte —indicó suavizando el tono—. Sé que estamos enfrentando y tú no me diste esta misión por mi cara bonita. Ahora tenme algo de confianza que lastimas mi ego —pidió fingiendo dolor—. Me gustará jugar a la criada más de lo que creí. La comida es fuera de este mundo y los baños con aceite de lavanda, divinos.
—¿Te bañaste en la mansión? ¡Maldita sea, C.C.!
Lelouch se dio la media vuelta y clavó en ella una mirada como punta de alfiler. C.C. no la esquivó. Continuó bebiendo su whiskey. El resplandor de la medianoche convertía su piel en un espectáculo: los haces azules y rojos entintaban sus muslos y sus piernas, arrebatándoles su condición humana; su rostro permanecía entre las sombras y sus ojos dorados eran lo único visible. Era la primera vez que la oscuridad de C.C. emergía de ella. Lelouch supuso que así también debería verse él.
—Pensándolo mejor —empezó, reflexivo—. Tiene sentido de que te guste tanto el estilo de los Britannia. Es porque tú y esa maldita familia son unas viles escorias —siseó con crueldad.
Traducción: no existe distinción entre una falsificadora callejera y un ricachón corrupto. Ella sintió una oleada de calor agolparse en su rostro que disimuló bajando la mirada.
—¡Ja, ja, ja! Así que sí tienes sentido del humor, después de todo —espetó C.C., agitando su vaso en círculos—. Puse un anuncio para solicitar un secretario, por cierto. Alguien tiene que vigilar que tú y Kallen no se distraigan demasiado —sonrió, maliciosa, sorbiendo su whiskey.
—El único peligro que hay de quedarme en un despacho a puerta cerrada con ella es que me asesine —replicó él. Su afirmación burlona contrastaba con su voz grave—. ¿Estás segura de que es bueno tener un extraño husmeando en la firma? Ya es incómodo ocultarnos de Kallen.
—Bueno, van a necesitar ayuda con el papeleo y tener a un desentendido reforzará la idea de que tu bufete es común y corriente —dijo C.C. con el cigarro entre los dientes. Se lo sacó y disparó una humareda en el aire—. Entonces, Kallen no sabe quién eres.
Un brillo astuto iluminó los ojos de Lelouch. Esbozó una tenue sonrisa.
—Aún no he querido que lo sepa. Está en fase de observación. De cierta manera, estoy usando este juicio para ponerla a prueba y recientemente ha hecho unos estupendos avances que eran impensables en el pasado. Poco a poco lograré que Kallen vea las cosas desde mi óptica y si corona con éxito su prueba le propondré hacerse socia del bufete.
—Conque tienes decidido hacerla tu pupila. Bien. Me gusta. Puede que su naturaleza ardiente la haga impetuosa y testaruda, pero es la fuente de su determinación. Por no mencionar que sus habilidades en combate son útiles. Si le enseñas bien, que sé que lo harás, sería un arma valiosa y no tengo que recordarte que en la unión reside la fuerza que necesitas para vencer a Charles —sentenció. C.C. aplastó su cigarrillo en el cenicero, cogió su copa y se le acercó—. Supongo que también le dirás que su hermano te protegió a costa de su vida. ¿Crees que se lo tome bien?
Lelouch disintió con la cabeza.
—No, ella reaccionará naturalmente. Ni yo en su lugar respondería de una forma distinta. La verdad es dolorosa porque supone el fin de la felicidad. De todas maneras, lo que nos importa no es su reacción, sino su elección. Y sé que su decisión será la correcta —dictaminó.
—En tal caso, ¿brindamos por nuestra nueva cómplice?
Sonriéndole, C.C. alzó su copa en su dirección. Él la miró por unos segundos, le devolvió el gesto y entrechocaron sus vasos felizmente.
En la mañana del día siguiente, Lelouch partió a la cárcel con el propósito de reunirse con el Dr. Aspirius y actualizarlo informándole que Kallen lo apoyaría en el juicio como abogada y que había convencido a Luciano de testificar en el juicio; asimismo, asesorarlo jurídicamente para que se entregara. El doctor no confiaba en él del todo. Había firmado el contrato porque era una mejor opción. En adición de que había visto la verdad a través de las promesas vacías del presidente Charles. Por lo que nunca confesaría su crimen ante él ni en la corte. Pero una cosa sí sabía: el Dr. Aspirius estaba ansioso por salir de la cárcel. Considerando eso, tan solo tenía que persuadirlo de que obtendría lo que anhelaba si se incriminaba a sí mismo. Y, para ese fin, debía apelar a una treta. El joven abogado había visualizado el escenario en su mente varias veces en el camino sopesando todas las respuestas viables. Ninguna vio la luz, pues su cliente declinó verlo y la explicación del celador fue poco satisfactoria. Descartó que la razón era por algo que haya dicho en su última visita. Habían quedado en buenos términos. Entre las posibilidades que dedujo que justificaran su rechazo la que más resonaba era que averiguó su identidad o se la hicieron saber. Lelouch descubrió que alguien fue al encuentro del doctor días atrás y aunque se negaron a darle detalles infirió que había sido obra de Britannia Corps. Sea como fuera, aquello retrasaba o, en el peor caso, minaba sus planes. Existía el riesgo de que cancelara el contrato. Un lujo que no podía permitirse. En virtud de que el reo no quería tratar con él, otra persona debía actuar en su nombre. Kallen era la indicada. La llamó y la puso en altavoz, mientras conducía de regreso. Ella atendió rápido.
—Hola, charlatana —saludó. La escuchó resoplar—. Soy Lelouch. ¿Cómo estás?
—¡Ah, hola! Mira, llamaste oportunamente, estaba a punto de hacerlo. Quería avisarte que llegaría algo tarde al bufete porque estaría en el hospital. Hoy me quitarán los puntos.
—Seguro. No hay problema. Me contenta que tu recuperación fue pronta. Disculpa si arruino el inicio de un día prometedor, pero tenemos una situación mala.
—¿Qué pasó?
—Fui a entrevistarme con el Dr. Aspirius y se negó a recibirme. Temo que anule el contrato.
—¡¿Qué?! No puede hacer eso si ya firmó con nosotros. ¡A mí sí me verá!
—¡Eso pensé! —sonrió, complacido de que la pelirroja cediera a sus propósitos por su propia iniciativa—. Una cosa más. Sospecho que Britannia influyó en la decisión del buen doctor. De otra forma no me explico que se haya retractado. Quizás enviaron a alguien que le habrá dicho cosas malas sobre mí.
—O quizá no. Ese doctor era indeciso. La pregunta es ¿por qué harían eso?
Desde luego, Lelouch no iba a contarle a Kallen por una llamada telefónica su larga historia con Britannia Corps y aún no se había ganado ese derecho. Optó por lo sencillo:
—Tal vez el abogado Gottwald está resentido conmigo por robarle otro cliente —respondió simulando una expresión inocente—. De veras, te lo agradezco. Veré como recompensarte.
—Si quieres recompensarme, deja de llamarme «charlatana» —sugirió sin anestesia.
Lelouch sonrió con más ganas al imaginarla enfurruñada.
—Te reconoceré como abogada cuando te lo merezcas —señaló en un tono tan amable que tornó odiosa su frase—. Tengo que ir a un lugar importante. Luego nos vemos, charlatana.
Antes de que la pelirroja alcanzara a contestarle, la Lengua Viperina la colgó dejándola con los reproches y las imprecaciones en la boca porque en ese momento llegó su turno. Se limitó a pasar. Durante la cita médica, se concentró mirando al techo. En sus veintisiete años jamás se hirió a tal grado de requerir puntos de sutura. Ni en sus prácticas de artes marciales mixtas experimentó una lesión igual. Estaba nerviosa. Fue el motivo por el cual procuró acordarse del día que fue a tatuarse, a modo de usar aquella vivencia como punto de referencia. Pensaba en eso como algo peor. Sintió unos pequeños pinchazos en su abdomen. Y nada más una vez le dio la impresión que su estómago se retorció ligeramente cuando tuvo de pronto una suave sensación de tirantez. Del resto, ella no sufrió dolor. Se había sobrepuesto exitosamente a sus remilgos. El médico le indicó que podía mirarse. Su cicatriz era una línea oblicua. Difícil de disfrazar. Bien que no se veía fea como creyó. El seguro pagaba todo. Por lo tanto, tras hablar por última vez con el médico, abandonó el consultorio y se puso en rumbo a la prisión.
Había observado en dos oportunidades a Lelouch influenciando a otros. Había percibido un elemento en común: él no abordaba sus blancos sin conocer sus intereses a priori. A partir de esa información, se presentaba como un catalizador. Alguien capaz de concretar lo que desea su interlocutor siguiendo sus instrucciones. Así Lelouch conseguía que los otros actuaran en función de su designio. En ese sentido, su tarea era indagar por qué cambió de opinión y de ahí aferrarse para convencerlo de que cometió un error. Pidió verse con el cliente y tal como especuló Lelouch solo le restringió el acceso a él. Aspirius tenía recuerdos de la sexy pelirroja que acompañó al abogado Lamperouge la primera vez. Se le ocurrió transmitir su mensaje a través de ella. De manera que no se hizo rogar. Apareció quince minutos tarde y se tendió en la silla delante de Kallen.
—Hola, Dr. Aspirius. ¿Se encuentra bien? ¿Me recuerda?
—¿Bien? No. Me encuentro sobreviviendo. Eso sí —su voz sonaba hueca por la interferencia del vidrio que estaba en medio—. Sí, la recuerdo. Es la secretaria del abogado Lamperouge. La envió para mandarme un mensaje, ¿no es cierto?
—De eso nada. Vine por mi cuenta. Ahora soy su abogada también. Eso quiere decir que en el juicio lo estaré…
—¿Cuál juicio? —interrumpió—. Por nada del mundo consentiría que Lelouch Lamperouge me representara en un juicio. Creí que había sido claro con eso cuando rechacé su visita. ¿En serio me consideraron tan idiota como para hacerme creer que estaban de mi lado? ¡Pues sí! —escupió con amargura—. Ya se me hacía demasiado raro que quisieran ser mis abogados…
—Doctor, por favor, ayúdeme a entenderlo —lo atajó esta vez Kallen cerrando los párpados brevemente y levantando las manos—. ¿Por qué no quiere que lo defendamos?
—¿Me lo está preguntando realmente o es parte de un truco? —inquirió Aspirius lanzándole una mirada incrédula. Como el silencio no parecía acabarse nunca, prosiguió—: Lelouch fue el hijo de una de mis pacientes. Una abogada que trabajaba para Britannia Corps de nombre Marianne. Hace diecisiete años, murió y él acusó a un hombre inocente de asesinarla. Asistí al juicio como testigo y ya que no declaré lo que él quería, me odia desde entonces. No tuve noticias de él hasta ahora. Estoy seguro de que ha vuelto para vengarse de mí y de las personas implicadas en el caso. Incluido Charles zi Britannia —la mención del nombre del presidente de Britannia Corps sorprendió a Kallen con la guardia baja. No era ninguna de las respuestas que contempló. Con los ojos fuera de sus órbitas, lo observó. El preso sonrió y dijo después de una pausa—: por la cara que ha puesto, veo que fue sincera. No conocía a su contratador muy bien o le mintió. Pudo ser cualquiera. Creo que somos más de un idiota aquí.
Kallen pestañeó. La insinuación la sacó del trance endureciendo su rostro. Se enderezó.
—No sé que habrá dicho en aquel juicio, pero tuvo que haber sido algo malo para que tiemble cada vez que oye el nombre de Lelouch Lamperouge —replicó con frialdad.
El efecto fue instantáneo. El Dr. Aspirius dio un respingo como si hubiera visto un fantasma.
—¡La muerte de Marianne fue una tragedia en todos los sentidos! Tenía depresión postparto. ¡Subestimó su enfermedad y acabó disparándole a su hija y quitándose la vida! —estalló con voz bronca—. ¡Es Lelouch que no quiere aceptar los hechos!
La histeria burbujeante en su voz le notificó a la pelirroja que el asunto era irrevocable. No podía llevarle la contraria porque ignoraba los detalles de aquel evento y el Dr. Aspirius cayó cuenta de eso, así que no podía emboscarlo. Decidió centralizarse en lo que había venido.
—¿A qué le tiene miedo con exactitud? —preguntó—. ¿Qué Lelouch destruya su prestigio? ¿Perder su posición de director del Hospital Shinjuku? Perdón, señor, usted ya no tiene nada. ¿Qué lo encierre? Hubiera venido a burlarse, para empezar; no a ofrecerle sus servicios. ¿Qué lo mate? Es abogado, no haría nada que lo metiera preso, hubiera contratado a alguien, pero, entonces, no estaríamos teniendo esta conversación.
—¡Es a eso precisamente! —ladró el doctor zarandeando el dedo hacia Kallen con energía—. Póngase en mis zapatos. Si un viejo conocido llega de la nada y le oculta que se habían visto en el pasado, ¿qué es lo que le viene a la cabeza? ¡Algo ruin esconde! Dígale al abogado que no deseo verlo nunca más —volvió a enfatizar—. Nuestras relaciones están terminadas.
—¿Y quién lo representará en la corte? ¿El abogado Gottwald? Eso sería chocar con la misma piedra. Me enteré que no hizo un buen trabajo en el primer juicio. ¿Recuerda que nosotros se lo advertimos? «Si su abogado pierde es porque quiso». ¿Buscará otro? ¿En qué tiempo? El juicio está a dos días, ¿y qué le garantizará que ese abogado no lo sobornará Britannia Corps? Por lo menos, sabe que el abogado Lamperouge no se subordinará a esa empresa —afirmó. La mujer mudó de posición, inclinándose—. Dr. Aspirius, confíe en mí. Usted se percató de que Lelouch no me dice todo, por lo que no puedo ser su cómplice —aludió con calma— y le dije que era su abogada también y, bajo esa distinción, le prometo que saldrá libre. Tengo un plan que resultará. La cuestión es que ese plan lo diseñé junto con el abogado Lamperouge y no puedo ir a juicio sin él. Somos un equipo —manifestó—. Le diré lo que sí puedo hacer: arreglar un encuentro entre ustedes. Él le contará con precisión de nuestro plan y aclarará sus intenciones. ¿Está bien?
El doctor fijó sus ojos inescrutables en la japonesa mientras deliberaba. Kallen permaneció a la expectativa. Abismada en sus reflexiones. Recordó la charla entre Lelouch y el Sr. Kirihara que había oído a medias. El exvicepresidente mencionó que la madre de Lelouch era abogada. Y en la fiesta en la mansión Britannia él dijo que podía entender su odio contra el presidente Charles. Más allá de sus palabras, fue el modo en que las pronunció. Lelouch era un hombre de mil miradas y la de aquella vez le inspiró un sentimiento funesto que no había conseguido superar en el presente. Le estuvo dando vueltas la noche entera y no supo a qué hacía alusión. Tampoco surgió la ocasión de preguntarle. Aunque quizá se escurriría de responder. Lelouch, ciertamente, debía contar con sus secretos, como todo el mundo, y ninguno había despertado su interés. No creía que hubiera algún misterio. Pero eso acababa de cambiar.
A Suzaku le preocupaba Euphemia. Sus ojos retrocedían al día anterior, en dondequiera que estuviera. Con claridad rememoraba su angelical rostro consumido por la angustia. Su dolor traspasaba a su alma, ablandándosela, y se asentaba en su consciencia. Si la hacía desgraciada la verdad sobre su familia, ¿cómo reaccionaría al enterarse que su padre o su hermano tenían que ir presos? Carecía de agallas para decírselo: su corazón no lo soportaría.
—¡Arthur está perfecto, como si nunca se hubiera lastimado! —anunció Shirley. Sonreía de oreja a oreja. Silenciosamente, ella se acercó hacia donde estaba sentado Suzaku—. Creo que eres tú el que necesita una consulta. ¿Quieres hablar? Soy buena oyente.
Suzaku estaba tan absorbido por sus pensamientos que había olvidado la presencia de Shirley. Había ido con Arthur a su clínica para una inspección. A su parecer, estaba bien, no obstante, por previsión, prefería que una profesional se lo confirmara. El joven fiscal se vio que estaba encorvado con las manos juntas. A leguas se le notaba que algo lo tenía intranquilo.
—Yo, bueno, no sé… Creo que no… —farfulló.
—¡Oh, vamos! —le sonrió con dulzura—. No tienes que referirme los mínimos pormenores. Basta con el conflicto central. Aprovecha que estoy desocupada.
Excluyéndolo a él, no había otra persona en la clínica. La atmósfera era acogedora lo que le proporcionaba un toque de intimidad. La mujer se tendió a su lado y se puso cómoda. Suzaku suspiró. «¿Por qué no?». Aunque no resolvería sus problemas, le vendría bien desahogarse.
—Hay una chica…
—¡Uh! ¿Es, de casualidad, la misma con quien viniste con Arthur?
—Sí —admitió. De todos modos, iba a averiguarlo. Las mujeres eran muy intuitivas—. Estoy enamorado de ella y es mutuo —murmuró con timidez. Sintió sus mejillas arder. Ante nadie había dicho sus sentimientos. La sonrisa de Shirley se amplió. Las historias de amor siempre le gustaron—. Pero no puedo estar con ella: una promesa que no puedo romper me lo impide.
—¿Y ella sabe tu promesa?
—¿De qué serviría? No cambia nada. Además, es probable que la destroce.
—Yo difiero —objetó tranquilamente—. La base del amor es la sinceridad. Explícale. Si ella te ama, debería comprender cuán importante es esa promesa para ti y por qué debes cumplirla. En el mejor de los casos, hallarían una solución juntos. Sin alardear sobre mi experiencia, he aprendido que hay que ser honesto con la persona que amas —agregó Shirley sonriendo con tristeza—. Es la única forma de que ambos no se lastimen. Créeme, lo odiarías más.
—Sí —vaciló Suzaku procesando el consejo—. Creo que estás en lo cierto. Gracias, Shirley —expresó, devolviéndole una cálida sonrisa.
Suzaku pagó la consulta, se despidió de Shirley y se largó con Arthur con un ánimo renovado. No había analizado el problema desde ese ángulo. Estaba tan pendiente en el sufrimiento que le infringiría a Euphemia que no se le ocurrió cómo podría tomarlo. Sería terrible si supusiera que lo hizo como un mal premeditado. Además, si planeaba llevar a cabo su promesa, lo sano era decírselo, él mismo, no otro, a razón de que inevitablemente lo sabría. Iba ahondado en estas meditaciones cuando distinguió la figura de su viejo amigo sentado junto a una ventana en una cafetería. Estaba en actitud de espera, pues le habían traído el café y no lo bebía. Lo asaltó curiosidad. ¿A quién vería? ¿A Euphemia? ¿A una mujer? Su corazón se estremeció. No quería que fuera ninguna. Se le cruzó por la mente el reciente descubrimiento que había hecho. Lelouch era hijo de su enemigo. ¿Estaría al corriente? No. Se lo hubiera dicho. Entre ellos no había secretos. Casi. De cualquier modo, no le correspondía revelarle la verdad, sino Euphemia, ¿o sí era su deber? En esto, llegó la cita de Lelouch. Suzaku se había equivocado, para su mala suerte. Era una mujer. A quien conocía bien, por cierto. Su compañera fiscal.
Anya Alstreim ocupó el asiento frente a Lelouch. Los dos vestían informales, aun cuando su plática giraría en torno a un tema estrictamente relacionado con el trabajo. Le sonrió gentil.
—Gracias por aceptar mi invitación. Conozco los riesgos que implican si nos ven juntos.
Habló bajito. Por desgracia, Lelouch había elegido una hora muy concurrida en la cafetería. No se hubiera sentado en una mesa tan cercana a la ventana, sino fuera por eso.
—Usted es muy elocuente. Si no habría dicho de qué se trataba su llamada, no hubiera venido.
—No estamos en los tribunales. Dime Lelouch —pidió, desenfadado—. Y eso hice. Te llamé para discutir el caso —dijo al no arrancarle una respuesta cómplice—. Primero, hagamos un breve repaso, ¿sí? Sabemos dos cosas: independientemente del resultado del primer juicio, la balanza está inclinada a mi favor, la fiscalía no tiene evidencia sólida que apoye su acusación, el juez tendrá que poner en libertad a Aspirius…
—¿Y segundo? —preguntó Anya, imperturbable.
—Ese hombre es culpable —dejó caer, brusco—. Y este es el problema: no quiere entregarse. Como abogado, no me queda más remedio que respetar y obedecer los deseos de mi cliente. Como ciudadano, me aterra que un criminal ande suelto y me siento en la obligación de hacer algo, así que diseñé un plan…
—¿Sin embargo?
—¡Uhm! No me gustaría perder el juicio y arruinar mi tasa de éxitos de cien por ciento que tanto me costó ganar y no puedo hacerlo sin tu ayuda.
—Claro —asintió ella alargando las vocales. Entonces, la mujer recostó su espalda de la silla y cruzó los brazos—. ¿Por qué tendría que comprometer mi carrera ayudándolo?
—Porque, a pesar de que nos encontramos en lados opuestos en una corte, los dos buscamos lo mismo: la verdad. Cada uno a su modo lucha por traer justicia y debes saber mejor que yo que Pendragón está podrida en corrupción e impunidad. No serías funcionaria si este país no te importara.
—Correcto —confirmó, inexpresiva—. Lástima que eso no me da luces de por qué no llamó al fiscal Weinberg que es el fiscal principal de este caso.
—¿Te apetece una taza de café? —inquirió Lelouch deslizándole la suya. Ella no le quitó los ojos de encima—. Te llamé a ti porque eres una fiscal ambiciosa. Eres más joven que Suzaku y estás más cerca de sus superiores que él. Un pajarito me susurró al oído que aumentaron tu sueldo. Felicidades.
—Ha estado investigándome…
—Investigo lo que me interesa. Soy minucioso —asintió Lelouch con una sonrisa coqueta—. Me parece que tú eres una mujer realista e inteligente. Debes saber que el mundo no cambia con palabras bellas —afirmó, dándole una mirada penetrante.
Anya se rodeó con sus brazos para contrarrestar el escalofrío que ascendía por su espalda.
—¿Seguro que es por eso? ¿No es porque soy una mujer y, por ende, más manipulable?
—En lo absoluto. Separo el ámbito laboral de lo personal —replicó, sereno—. Además, esto a veces es una maldición —confesó Lelouch señalando su rostro—. Es ameno disfrutar una charla normal desprovista de suspiros y guiños coquetos con una mujer.
—No sé si es un abogado vil por traicionar la confianza de su cliente o uno muy astuto…
—Depende de la definición que tengas: ¿un buen abogado es ético o ganador? Para mí, es la segunda opción. Yo también soy realista —indicó Lelouch—. Y técnicamente no traicionaré su confianza. Lo voy a convencer de que declararse culpable es su mejor opción. Ahora, para consolidar el éxito de mi plan necesito saber si me ayudará.
Conforme Anya movía la cabeza en señal de afirmación, una sonrisa vagaba por sus labios.
—Sí me apetece esa taza de café —dijo, arrimándola hacia ella—. Por el momento, tiene mi atención, abogado.
Anya cogió la taza por el asa y la condujo a sus labios. El joven abogado siguió con la mirada sus movimientos, en tanto su sonrisa amable se ensanchaba aún más…
A Euphemia le urgía saber toda la verdad. Pasó la noche en vela dando tumbos de un extremo a otro. Al cansarse, se ovilló en la cama, rodeó con sus brazos sus rodillas apretándolas contra su cuerpo, y permaneció en esa posición en el afán de conciliar el sueño. A duras penas comió en la mañana. Fracasó en todos sus intentos por exiliar aquellos pensamientos de sus mientes. Era una estupidez pretender que volvería a llevar una vida normal luego de abrir los ojos. La joven comprendió que era humanamente imposible para ella quedarse quieta. Escapar no era propio de ella. Debía hacer algo al respecto. Y pronto. Fue cuando se le prendió el bombillo. Euphemia irrumpió en el despacho del abogado Gottwald. Este se desconcertó.
—¡Señorita li Britannia! No esperaba que viniera. Disculpe el desorden...
—Mi hermana me dijo que usted fue el abogado defensor de Luciano Bradley en el juicio de hace diecisiete años del asesinato de Marianne Lamperouge —soltó con tal velocidad que al abogado le costó interpretar el mensaje—. Exijo que me diga todo.
—¿Todo? —vaciló.
—Así es —dijo la joven Euphemia con la voz aplomada—. Sé que mi padre lo ordenó y que amañó el juicio a su favor por la empresa. ¡No finja demencia conmigo!
Jeremiah pestañeó un par de veces. Frunció la boca con pesar. Apretó los párpados cerrados, apoyó los codos en el escritorio y entrelazó los dedos.
—No lo haré —dijo con voz queda—. Señorita, tiene que entender que en aquel entonces yo hice lo que creí correcto. La abogada Lamperouge era mi mentora. Cuando ingresé al equipo legal de Britannia Corps, era un novato y ella me acogió amablemente bajo su ala. En cierto sentido, le atribuyo el éxito mi carrera. Su muerte me desgarró —susurró. Posteriormente, el abogado hizo una mueca de dolor—. El presidente Charles me ordenó ganar el caso. No tenía que ordenármelo dos veces. Por más que quería que hubiera un asesino, la evidencia apuntaba un suicidio y no podía culpar a un inocente.
—Está bien, abogado Gottwald —expresó ella con una compasión lacerante—. Lo entiendo. No tema. Estoy aquí para averiguar la verdad, no para juzgarlo —aclaró la mujer. Adoptando una expresión adusta, añadió—: cuénteme lo que sabe. Desde el principio. No omita ningún detalle. De lo que me diga, tomaré una decisión.
—Quizá prefiera sentarse. No será una historia corta —auguró, serio.
Euphemia volvió la vista hacia atrás en busca de la silla. La jaló hacia ella y se sentó. Jeremiah tragó una bocanada de aire. Preparándose. Tampoco sería una historia fácil de narrar.
«¿Quién era Lelouch Lamperouge?». Era la pregunta que rondaba la mente de Kallen las dos últimas horas y de ella se derivaban otras tres: «¿qué más ocultaba?», «¿cuál era su relación con Britannia Corps?», en especial con el presidente Charles, y «¿qué demonios sucedió hace diecisiete años?». Si interpelaba a Lelouch directamente, ¿le respondería con franqueza? ¿Le saldría con una mentira? ¿O se haría el desentendido? No estaba segura. Fue por ese motivo que se guardó para sí todas sus preguntas en cuanto Lelouch arribó al despacho. Le contó que el doctor solo dio su brazo a torcer con una condición: que le dijera la verdad. Sin especificar, la pelirroja aludió que había observado al doctor muy alterado. Le explicó que su suspicacia estribaba de que él no le había dicho del todo quién es y que tenía la presunción absurda de que quería vengarse y agregó no haber captado bien. De igual manera, Lelouch no le reveló adónde había ido esa mañana que la había cortado ni por qué vestía informal. El abogado se desabrochó su americana y se dejó caer agotado en la silla de su oficina. Ella reparó en como la punta de su americana corría delicadamente hacia fuera dejando entrever su camisa blanca de botones. Kallen sintió un espasmo recorrer su espalda y subió la mirada de golpe hacia su rostro. Se preguntó qué había sido eso, en su interior. Se hizo para atrás y fue todo. Se quedó parada en el umbral, a medio entrar, a medio salir, mirando a Lelouch de forma fija e intensa, quien se instaló a leer algunos documentos concernientes al caso con el puño apoyado contra la mejilla; como si al hacer eso alguna clase de epifanía iba a aparecer develando la respuesta a algunas de sus preguntas.
—¿Vas a preguntarme algo, charlatana? —inquirió sin retirar la vista de las hojas.
—¿Uhm?
—Tienes esa típica mirada tuya cuando estás antojada de hacerme alguna pregunta —repuso Lelouch, metiéndose el dedo en los labios, se lo remojó en saliva, lo sacó y pasó de página—. So, ¿vas a compartirme tus pensamientos?
¡Maldita sea! ¿Cómo la conocía tan bien? Iba a tener que improvisar. Inspiró para recobrarse.
—Me preguntaba si crees que vamos a «ganar» el juicio —balbuceó la mujer, recogiéndose un mechón detrás de la oreja—. Sería bastante malo que nos tomáramos tantas molestias para nada por un cliente que nos ha tratado groseramente desde el minuto uno.
—¿Malo? ¿Bueno? Por favor, charlatana, ya va siendo hora de que elimines de tu diccionario esas palabras y comiences a hablar en términos de ventajas, desventajas y probabilidades —instó Lelouch, displicente—. Te dije que todo se trata de perspectiva, ¿no? Mira, si ganamos, será bueno para Aspirius y nosotros ya que él conseguirá su libertad y nuestro bufete obtendrá reconocimiento, pero será malo para los familiares de la víctima y nuestra ciudad a la que le sobran criminales sueltos. Entonces, ¿qué sería realmente bueno y malo?
—Bueno, ¿cuáles son nuestras probabilidades de «ganar»? —se corrigió sin cuestionarle.
Lelouch la miró, por fin. Se dio aires de suficiencia dedicándole una sonrisa de depredador.
—Muy altas. Alrededor del 90%. Tenemos todas las ventajas de nuestro lado. Todo saldrá a pedir de boca. Hablaré con el doctor, lo despojaré de esas ridículas ideas que tiene sobre mí y lo convenceré de que entregarse es su mejor manera de salir libre. Con la carta de Luciano, no fallaremos. Confía en mí —certificó él—. Toda mi vida he sido un jugador, sobre todo en mi época de adolescente, y nunca he apostado por nada en la que no esté seguro que ganaré.
—Respóndeme esto: ¿para ti, los juicios son juegos? —inquirió Kallen, poniendo las manos en la cintura.
—¿Acaso la vida misma no lo es? —contestó, lejos de amilanarse—. Todo es un riesgo y yo siempre doy el todo por el todo para obtener lo que quiero —afirmó, vehemente, con un brillo asomándose en sus ojos. En esto, la silla chirrió. Se estaba levantando.
—¿Como la vez en que provocaste a aquel hombre? Ahí arriesgaste la lengua al punto de que casi la pierdes. Sí, creo que me voy haciendo a la idea de lo que quieres decir —comentó con una nota desafiante—. Sabes, estuve pensando… —se rascó la cabeza cambiando de tema— que sería bueno que aprendieras cómo defenderte. Como te gusta andar por terreno peligroso, tal vez ese no sea el último ataque que sufras y no voy a ser tu guardaespaldas…
—¿Quieres enseñarme algunas técnicas? —preguntó, deslizándose hasta donde estaba ella.
—¿Por qué no? —vaciló Kallen, encogiéndose de hombros—. No me diste la impresión de que supieras lo básico de defensa personal: no hiciste nada y tú reconociste que no eras bueno con la violencia y preferías que otros la hicieran por ti, ¿qué tal que un día no haya nadie que te ayude? ¿Qué harías si yo…? —la mujer avanzó beligerante hacia él y lanzó dos puñetazos en ambos lados de la cara. Lelouch desanduvo sobre sus pasos, por acto reflejo. Kallen giró sobre sus rodillas y alzó el codo. Se detuvo milímetros antes de encajarlo en su garganta. El hombre tropezó con sus pies y para no perder el equilibrio se sostuvo con brusquedad de una mesita que estaba detrás—. ¿O si…? —impulsada por una gran energía, Kallen estiró en alto la pierna. Él se escudó con el brazo instintivamente—. ¡Lo sabía! Eres un enclenque —sonrió la mujer triunfante. Bajó la pierna; al igual que Lelouch, el brazo, en una perfecta sincronía. Lelouch no rehuyó a su mirada, aunque tenía la mandíbula tensa. En esto, Kallen se masajeó la barbilla y lo pinchó en el abdomen.
—¿Qué haces? —gruñó Lelouch, tocándose en el área donde su dedo estuvo hace segundos. Podía sentir el calor subiendo por sus mejillas y tiñéndolas de rojo.
—No tienes músculo. Eres una masa larguirucha —observó. Estaba seria, pero él detectó un leve matiz de placer en su voz. Estaba disfrutando tener la ventaja—. En ese caso, tus rodillas y tus codos serán las zonas de tu cuerpo donde pegarás más duro… —agarró sus manos y las estudió con escrúpulos—. Tus manos son huesudas. Si pegas un puñetazo, dolerá por esto —dijo dando unos golpecitos en sus nudillos. Se había dejado llevar por su examen al punto de que cuando sintió la suavidad de sus manos, las soltó repentinamente como si fuera una olla hirviendo. Lo rodeó y se asentó a su derecha—. En fin, si alguien te agarra por la espalda, lo mejor es aferrarse a esa persona y hundir tu codo en su plexo solar —e hizo la demostración— ¡así! Si está delante, patea su espinilla con fuerza; trata siempre de buscar una zona vulnerable y golpear ¡así! —elevó la rodilla a la altura de su costado— y luego corres o te escondes. Tú piensas rápido y eres ingenioso. Úsalo a tu favor. Seguro que eres capaz de burlarlo. También ten presente que cualquier cosa es útil en una pelea: una roca, un teléfono, tus dedos. Ahora, quiero que intentes alguno de mis movimientos.
Él asintió. Realizó las tres técnicas con precisión y velocidad. Había asimilado a la perfección el punto de cada uno. Lástima que no tuviera la misma agilidad física que mental, eso resultó que sus movimientos fueran torpes. Por lo menos, C.C. no estaba ahí presenciando la escena para burlarse o hacer algún comentario. No era experta en el combate cuerpo a cuerpo, pero le sacaba provecho cada mínima oportunidad para picarlo. Total, Lelouch solía ostentarse tan perfecto, cual si fuera un ángel que hubiera descendido a la tierra, que había que admirar sus flaquezas. Kallen actuó comprensiva.
—No te disgustes si no sale como quieres a la primera. Yo soy profesional en artes marciales mixtas. Karate, jiujitsu, kickboxing, boxeo, kenpō y algo de taekwondo. Me tomó mi tiempo aprenderlos. No haces ejercicio, ¿verdad? Deberías considerarlo —expresó ella cruzando los brazos—. No solo es un desafío físico, es mental. Tienes la pinta de que te gustan los desafíos mentales —sonrió, divertida.
—¿Hace cuánto decidiste darme estas lecciones?
—¿La verdad? Desde que estuve tumbada en mi cama la primera noche que me cosieron los puntos y trataba distraer mi mente del dolor. Solo que no podía hacerlo porque no estaba en óptimas condiciones. Hoy, en el hospital, esa idea volvió a mí —respondió. Al menor atisbo de que iban a sumirse en el silencio cuando él clavó sus ojos en ella sin decir nada, se aclaró la garganta y descruzó los brazos—. De acuerdo, ¿volvemos al trabajo?
Kallen y Lelouch duraron el resto de la tarde y toda la noche preparando la defensa del juicio. Había mucho trabajo con el papeleo en el corto lapso que tenían. Les pesó la ausencia de una secretaria que los ayudara a organizarse, sin embargo, aquello no los desalentó. Una vez que Kallen y Lelouch se embarcaban en un proyecto, lo llevaban hasta sus últimas consecuencias. A ambos les gustó tener la determinación como cualidad en común. Kallen fue la primera en cansarse. Eran las dos de la madrugada cuando Lelouch fue a su oficina y la sorprendió con la cabeza sobre los brazos, dormida plácidamente, en su escritorio. Él sonrió y fue a traer una cobija con que la arropó. Enseguida, decidió tomarse un descanso, sirviéndose un café y velar el sueño de Kallen. Tenía los labios entreabiertos y el pelo se le había ido hacia todo su rostro delgado y fino. A sus espaldas resplandecía la bruma de las luces de la ciudad. La contempló. Sus pestañas eran largas. Notó las formas de su nariz y sus labios. Ella espiró y los mechones revelaron sus facciones. Estaban relajadas, lo que le confería un aspecto más juvenil. Lelouch avizoró que su taza estaba vacía. Nada lo ataba ahí y, aun así, se desvió embelesado por una dulce belleza salvaje. Echó un vistazo a su reloj de oro y se paró. En la bandeja de entrada de su celular, constató que tenía un mensaje de Nunnally contestando sus buenas noches. Volvió a meterlo en su bolsillo y se fue. Culminaría el trabajo solo.
Kallen despertó al día siguiente. Profirió un largo bostezo. Mientras se desperezaba, la cobija le cayó en los muslos. Se asombró. No había ido por una manta. Ni siquiera sabía que hallaría una. ¿Lelouch la abrigó cuando dormía? En esto, un olor a arroz se extendió hasta ella. ¿De dónde provenía? Kallen se puso de pie. Siguió el rastro. La atrajo hacia la cocina donde estaba Lelouch. Él había hecho arroz, tamagoyaki y sopa de miso para los dos.
—Buenos días, charlatana —la saludó con una sonrisa—. Preparé el desayuno.
—¡Es un desayuno japonés! —exclamó Kallen, boquiabierta—. ¿Cómo supiste que a mí me gusta? ¿O es una coincidencia? ¡Mierda! Me gustaría tener esa habilidad de leer mentes. Así como C.C. Ustedes parecen tener una conexión psíquica. Sería más fácil.
—A mí no —refutó Lelouch, secándose las manos—. Es molesto tener una persona que espíe mis pensamientos. A la larga, puede tornarse aburrido por ser demasiado previsible. Me gusta más la gente impredecible. Es divertida.
—Si tú lo dices… —dijo, ofuscada—. ¿De dónde sacaste los ingredientes para cocinar esto?
—Los compro y los almaceno aquí. Existen días en que me quedo en la noche trabajando. Es una suerte de que este despacho haya sido una casa anteriormente. También lo es de que tanto a ti como a mi hermana les guste la comida japonesa. Yo aprendí para cocinarle sus platillos favoritos. ¿Y? ¿No vas a comer? —convidó, sentándose primero.
Ella lo imitó. Lelouch no tenía palillos. Tuvo que conformarse con los cubiertos occidentales. Cogió una cuchara, recogió arroz y se lo engulló. El efecto fue instantáneo.
—¡Está delicioso!
—Me alegra que te guste —sonrió, orgulloso.
La pelirroja ya no le prestaba atención. Estaba afanada comiendo con entusiasmo en grandes cantidades. A Lelouch le hacía gracia su modo de comer. Y lo envanecía en cierto grado. No bien, prefirió guardarse sus comentarios y dejarla comer tranquila. En esto, oyeron al timbre. Puesto que había terminado, Kallen fue a abrir. Del otro lado de la puerta, estaba un joven de tez pálida y rostro de niño que jamás había visto. Eran casi de la misma estatura. Su cabello era bastante corto y de color pajizo. Tenía una apariencia frágil. Fuera de eso, no había nada extraordinario en él, salvo sus ojos lilas. Un violeta más atenuado que el de Lelouch.
—Buenos días.
Su voz era mecánica. No como la del profesor Lloyd. La de aquel joven tenía un deje frío.
—Buenos días. ¿Gusta pasar? —indagó realizando el ademán correspondiente. Él asintió con la cabeza y entró—. ¿En qué puede nuestro bufete servirle?
—No vengo como cliente. Más bien, soy yo el que viene a ofrecer sus servicios —explicó—. Estoy aquí por el empleo de secretario.
La japonesa permaneció callada. No era su deber decidir a quién contratar. No era su bufete. Iba a pedirle que esperara en algunas de las sillas, entretanto buscaba a Lelouch cuando este salió. Hablando del rey de Roma. El abogado dirigió una mirada a Kallen y luego al joven.
—¡Oh, Lelouch! Si supieras que iba a llamarte, te presento a un aspirante que está interesado en el puesto de secretario. Su nombre es… —Kallen se volvió hacia él. Olvidó preguntárselo.
—Rolo Haliburton —dijo, inclinándose con cortesía— y usted es…
—Soy el abogado Lelouch Lamperouge. Un placer —el aludido caminó hasta él y le estrechó la mano. El gesto resultó poco natural en el joven—. Puedes tutearme tranquilo. Vámonos a mi oficina. Es el ambiente propicio para discutir esos asuntos.
—Lelouch, si por ti está bien, yo me iré. Hay una cosa que debo zanjar —intervino Kallen.
—Seguro. Tú hiciste más que suficiente ayer. Ve a resolver tus diligencias —asintió Lelouch, inspirándole confianza a través de una sonrisa.
La pelirroja le devolvió el gesto. Se había cepillado ya, de suerte que tomó todas sus cosas y se marchó trotando. Lelouch aguardó que Kallen se esfumara para dedicarse, por así decirlo, por completo a Rolo. Experimentó una sensación familiar al verlo. Cual si hubiera reconocido su semblante. En su cabeza, mientras Kallen parloteaba, buscó en sus memorias dónde pudo haberlo visto hasta que saltó el recuerdo. Fue en el hotel. El mismo en que Tamaki y él dieron con el cadáver del testigo, el cual siempre dio por hecho que Britannia Corps lo ordenó. Era sospechoso que se hubieran cruzado una primera vez en lóbregas circunstancias. Lelouch no era el tipo de hombre que creía en las coincidencias. No obstante, no tenía nada contra Rolo. A lo sumo, lo mejor que podía hacer era proceder con normalidad y hacerle la entrevista de trabajo. Si tenía algo que ver con aquella muerte, no creía que podría neutralizarlo con las habilidades recientemente adquiridas de Kallen. Los asesinos intercambiaron una mirada que decía poco y nada y, acto continuo, Lelouch le indicó por un ademán que lo siguiera…
«¿De qué hablarían Lelouch y Anya ayer?». Uno, dos. «Imposible que estuvieran en una cita. Lelouch no es el tipo de hombre que atrae a Anya». Uno, dos. «Bueno, no. ¿Qué sé yo acerca de los gustos de Anya? Jamás le he hecho una pregunta tan personal. Tal vez sí». Uno, dos. «Y Lelouch admitió que le gustaban las mujeres…, ¡pfff! ¿Qué coño estoy pensando? Es una mera especulación». Uno, dos. «Si no es eso, entonces ¿qué?». Uno, dos. «A no ser…». Uno, dos, tres. «A no ser que la llamara para hacer un pacto con ella. Después de todo, es la fiscal a cargo de su caso». Uno, dos tres. «¡No! ¡En absoluto! Lelouch no caería tan bajo. No de la misma forma que el abogado Gottwald y el fiscal Waldstein hace diecisiete años». Uno, dos, tres, cuatro. «Anya tampoco aceptaría algo tan atroz ¿o sí?». Uno, dos, tres, cuatro. «¡Aj! ¡No lo sé, maldita sea! ¡No sé!». Suzaku dio rienda suelta a sus emociones, a la velocidad de un relámpago metió numerosos golpes en el saco de boxeo, pegó un gran brinco y tiró una patada giratoria magistral en la que aterrizó con una rodilla en tierra. Escuchó un sonido metálico y elevó la vista. Era el saco que temblaba por el tremendo impacto. Temió que fuera a desasirse, pero no pasó. Se enderezó, se echó un pañuelo blanco sobre los hombros, se enjuagó el sudor de la frente y bebió agua. ¿Para qué engañarse? La reunión de Lelouch y Anya lo había estado torturando. Aún más, le aterraba saber para qué. Lelouch le pidió que no se entrometiera. Por poco se pelearon. Sin embargo, no podía hacer de cuenta que no había visto nada…
—Siempre supe que no usabas tu potencial al cien por cien —apostilló una voz cantarina.
Suzaku tosió, pasmado. No presintió sus pasos. Un chorrito de agua le corrió por la barbilla. Se limpió con el pañuelo y se volvió en dirección de la voz.
—Hola, Kallen —tartamudeó.
—¡Sabía que te encontraría aquí!
—¿Aquí no es donde solemos vernos? —inquirió—. ¿Por qué estabas buscándome?
—Porque eres el único que puedes ayudarme —respondió Kallen—. Necesito que me digas la verdad.
—Verdad, ¡ah! He estado oyendo mucho esa palabra últimamente —suspiró, cabeceando—. ¿Cuál verdad quieres saber?
—Todo sobre Lelouch Lamperouge. Es tu mejor amigo, así que debes saber.
—Bueno, no sé realmente todo sobre él. Me estoy percatando de que no conozco tan bien a mi mejor amigo como creo —agregó, sentándose en un banco, en un tono inaudible que ella pasó desapercibido.
—No te pido su biografía entera. Solo una cosa me interesa —volvió a decir, azorada, al ver que no había seleccionado las palabras correctas—. Dime lo que sepas sobre el juicio de hace diecisiete años.
Kallen tomó asiento junto a él. Suzaku la miró. No estaba tan hondamente sorprendido como con Euphemia, pero tampoco era indiferente. Una mezcla de curiosidad y estupefacción sería la mejor manera de definirlo.
—¿Qué sabes?
—Que la madre de Lelouch fue asesinada aparentemente y Britannia Corps, de algún modo, está implicada —resumió, pronunciando el nombre de la empresa de Charles con acritud.
—Lo básico —señaló Suzaku, haciendo un mohín—. No sé si deba ser yo quién te lo cuente, pero me has preguntado, así que te diré lo que sé. Lo que el propio Lelouch me contó. Bien. Hace diecisiete años, en una noche, unos hombres asaltaron su casa. Estaban en la búsqueda desesperada de una tarjeta de memoria. Le dispararon a Nunnally, la hermana de Lelouch, en su médula espinal, dejándola parapléjica para siempre, y extorsionaron a Marianne, la madre de Lelouch, con matarlo a sangre fría si no decía dónde estaba la tarjeta. Tuvo que decírselo para proteger a sus hijos —explicó Suzaku. Hasta ese punto, él era un canal entre el relato y su interlocutora. Había narrado los hechos con gravedad, como tenía que ser. Solo aquí clavó sus ojos en ella—. Esperaba que eso fuera todo. No lo fue. Lelouch escuchó cuando una voz le ordenó al líder de aquel grupo matarlos. Era la voz de Charles zi Britannia. El hombre iba a dispararle y su madre interfirió sacrificando su vida para salvarlo. Lelouch estaba en shock. Su madre murió frente a él. No podía creerlo ni moverse. De no ser por otro de los matones que arriesgó todo lo que tenía para escapar con él, Luciano, el líder de los matones, lo habría asesinado también. Ese matón, quien Lelouch nunca pudo agradecerle, se llamaba Naoto y…
La respiración de Kallen se cortó. Fue incapaz de reprimir lo que pareciera un gemido agudo. Suzaku reparó en el brusco cambio de actitud de Kallen y se alarmó.
—¿Kallen, estás bien?
—¿Cuál dijiste que era la fecha en que murió la madre de Lelouch? —farfulló.
—No te la dije. No creí que fuera importante para ti. El 10 de agosto del 2010 —le contestó. La pelirroja se obligó a inspirar cuando sintió la falta de oxígeno. Era la misma fecha en que su amado hermano no regresó a casa—. ¿Kallen, qué te ocurre?
—¡Estoy bien! Por favor, cuéntame más —rogó ella, cogiéndole el brazo con una descomunal fuerza que pudo habérselo desgajado.
Ahora necesitaba más que nunca oír el final de esa historia.
«¿Con qué cara se le puede mentir a un niño de diez años?». Por una cruel broma del destino o como parte de su plan macabro, el joven Lelouch había despertado en el mismo hospital en que trabajaba el Dr. Aspirius —tras perder la consciencia en el callejón en que fue emboscado con Naoto. Sintiéndose harto del hospital, de sus pasillos, de los tratamientos, del personal, de su olor, salió a respirar aire puro en uno de los bancos afuera cuando el doctor le dijo que era libre de salir y caminar con tal de que permaneciera en el hospital. Lejos de Suzaku, los reporteros, la policía, las enfermeras, la gente y Nunnally, sobre todo, podía quebrarse. ¡Vaya sí tenía ganas de llorar! Su privacidad no se prolongó tanto como él deseaba porque entonces apareció el Dr. Aspirius. Estaba enterado del siniestro. Menos mal. Podía ahorrarse el cuento. Cada vez le era más doloroso revivir en palabras la fatídica noche. El doctor lo acompañó un largo rato, lo consoló, le compró su paleta favorita, inclusive, y escuchó sus temores. Le dijo que la detective Nu había destruido las evidencias que inculpaban a Luciano Bradley. Estaba inseguro de lo que sucedería en el juicio. El doctor puso su mano sobre la suya y le susurró:
—No te preocupes. Iré a declarar que tu madre estaba bien. Que no se suicidó como alega la defensa. No dudarán de mi palabra cuando sepan que yo era su médico psiquiatra.
No eran amigos íntimos. Conocidos a secas. Pero él se sintió verdaderamente confortado. Era el primer adulto con quien se sinceraba. Confió en él. En la persona equivocada. Diecisiete años después, Lelouch esperaba paciente, en la sala de visitas, a que el doctor, vestido con el uniforme anaranjado, más anciano, se sentara. El prisionero cruzó un brazo por delante para sujetarse el otro y con su otra mano se cubrió la boca. No huyó a su mirada, logró mantenerla. Imaginó que pensaría que así descubriría si le estaba mintiendo. Lelouch le sonrió educado.
—Me contenta que nos volvamos a ver. Temía que su suspicacia lo conllevara a cometer un error fatal. Por fortuna, la abogada Stadtfeld lo hizo entrar en razón —dijo uniendo las puntas de los dedos—. Me habló de su acuerdo. Dijo que quería saber por qué no le referí a priori el nombre de mi madre. Bien. Es simple. Fue para evitar esto. Si le decía quién era yo, no iba a aceptarme nunca como su abogado. Desconfiaría de mí asumiendo que vine por venganza y no creería en la bondad de mis actos —explicó él enseñando las palmas hacia arriba. Todavía reticente, su cliente meneó la cabeza en señal de negación—. Le seré franco. Al principio, sí, le tuve rabia. Era un niño cegado por sus emociones. Al crecer, lo analicé y caí en cuenta de que era un instrumento de Britannia. Usted no asesinó a mi mamá. Solo cumplió el papel que el presidente Charles, el auténtico asesino, quería. Además, usted no me sirve muerto. Vivo, sí y mucho. Quiero reabrir el caso de mi madre y probar que efectivamente la mataron. Para eso, me serviría que usted se grabara en un vídeo y confesara que perjuró en aquel juicio. Esa era la tarifa por mis servicios. Iba a decírselo tras ganar el juicio, pero, ya que estamos, hágalo ahora. Soborné a su celador para que infiltrara una grabadora esta noche. Envíemelo mañana y ya concluido el juicio le prometo que desapareceré de su vida, ¿sí? —el prisionero persistió en su silencio. No era la charla que presumía que iban a tener. Lelouch había hablado desde una lógica irrefutable y sus ademanes reforzaban su asertividad. Lo interpretó positivamente y visto que no quería despilfarrar el valiosísimo y corto tiempo, le describió su plan—: mire, doctor, existen dos modos en que podemos abordar el juicio: declararte inocente y sacar un veredicto de culpabilidad o declararte culpable y conseguir un veredicto de inocencia.
El doctor, que había estado en posición de alerta durante los primeros minutos, explotó cual bomba de tiempo.
—¡¿Me está tomando el pelo?! Si digo que soy culpable, ¡¿cómo me van a exonerar de mis cargos?! —rugió. Su voz sonaba más alta que nunca ya que estaban en un espacio contenido, por lo cual resultaba ensordecedora. Lo bueno era que no había nadie más aparte de ellos.
—A eso iba…
—¡No! ¡Cállese! ¡Ya tuvo su turno para hablar! —lo interrumpió—. Conque ese era su plan. Convencerme de que me había perdonado para que creyera que me quería ayudar y así lograr que aceptara su descabellada opción —recapituló. Aspirius departía tan entrecortadamente y aprisa, a causa de las respiraciones que debía tomar cada dos por tres, que parecía que se reía histérico—. ¡Está bien! ¡No me atormente más! ¡Lo admito! ¡Sí! ¡Mentí en el juicio de hace diecisiete años! ¡El presidente Charles me hizo una oferta y la tomé! ¡¿Sabe por qué?! Porque mi esposa estaba en un avanzado estado de cáncer y no tenía conmigo el dinero para pagar su tratamiento —chilló el doctor y se echó a reír, esta vez de verdad. No podía lidiar más con los nervios. Su risotada no sonaba humana. El abogado se congeló en su silla. Si sus músculos fueran de madera, Aspirius hubiera oído con perfecta claridad cómo se tensaban al rechinar—. ¿No es irónico? Soy doctor y no podía hacer nada por mi esposa —sollozó, frustrado—. Le diré algo más. ¡No me avergüenza! ¡Hice lo que debía hacer! Sé que usted haría lo mismo: si existiera una operación que le devolviera a su hermana su vista o su capacidad de caminar y eso dependiera de que dijera unas cuantas palabras, ¿qué elegiría? ¡Responda! —lo desafió. El abogado apretó los dientes. Había fruncido levemente el ceño. Su mirada era furibunda—. ¿Por qué está tan callado, abogado? ¡A usted le encanta hablar! ¡Hable, pues! ¡Quiero oírlo! ¿Le asusta…?
—¡DOCTOR ASPIRIUS! —vociferó Lelouch con un vozarrón feroz y temible que contadas veces usaba. El paso del silencio al estallido sobresaltó al convicto. En menos de un segundo, recuperó la calma que Aspirius sintió gélida—. El pasado ya no me importa: quedó atrás. Me atengo solo al presente —señaló. Su voz volvía a ser reposada, aunque insuflaba mucho más terror—. El suyo —hizo hincapié—. Mi estrategia es esta: aguarde que la abogada Stadtfeld y yo desechemos toda la evidencia contra usted y en ese punto confesará. Según el código de procedimiento criminal 214, la corroboración de evidencia para una ley de confesión estipula que si la evidencia del demandado es solamente la confesión; entonces, no debe ser culpable —a medida que se distendía en su explicación, Lelouch iba sintiendo que la calma dejaba de ser solo apariencias y retomaba el control de la situación—. Dicho de otro modo, aun si usted confiesa y no hay evidencia, no será hallado culpable. En cambio, quien no confiese lo es.
—¿Qué? —preguntó Aspirius arqueando una ceja.
—¡Ah! No se lo dije —Lelouch esbozó una sonrisa campante—. Luciano Bradley testificará en su juicio. Lamentablemente, no quería ayudarnos por su voluntad y tuve que chantajearlo —dijo, según parecía, apenado de haber tenido que recurrido a eso—. Me dijo que testificará a nuestro favor; pero no confío en él. Estoy casi seguro de que el presidente Schneizel le dará instrucciones de que mienta, ya que no puede ignorar mi advertencia con la información que manejo de él. De manera que la declaración que haga se volverá una evidencia contra usted. Da igual que lo neguemos.
—Si tanto vale su declaración en mi contra y es más probable que me acuse a que me ayude, no sé para qué le pidió que testificara, ¿no sería mejor no convocarlo al estrado? —rezongó.
—Ya se lo dije —le recordó con aire comprensivo, como si hallara encantador el despiste del doctor—. Descartar las evidencias no es suficiente. Desconocemos si la fiscalía no ha sacado su as y la esté reservando para el final. Leí la lista de evidencia: todas las cajas negras de los autos fueron revisadas, excepto dos. Una fue robada y la otra la siguen buscando. La fiscalía no descansaría hasta conseguirla. Ahí está toda la documentación en vídeo de que incendió la casa de Sawazaki y substrajo su cadáver, ¡y cuidado si no dijo en voz alta que lo mató! —exclamó, bromista—. Por eso, necesitamos a Luciano. Lo introduciremos como un testigo y lo convertiremos en nuestro culpable. Será la evidencia que lo exonere definitivamente. Soy consciente de que es una espada de doble filo, pero no gana quien no arriesga todo —señaló, sonriente—. ¿Lo ve? ¿Para qué quisiera que fuera a la cárcel, si puedo enviar en su lugar al hombre que mató a mi madre? Confíe en mí, doctor. El enemigo de su enemigo es su amigo —concluyó sonriendo con inocencia.
El reo dudó unos instantes. Al final, cerró los ojos, se presionó el puente de la nariz y suspiró con resignación. No le dijo nada, por orgullo. No hacía falta. Sabía lo que significaba. ¡Había ganado! Con todos sus bríos tuvo que morderse el interior de la mejilla para reprimir la risa. Se sacó sangre. Sus melindres habituales no menguaron su ánimo. El Dr. Aspirius había caído en su trampa. No iba a delatarse a sí mismo tan estúpidamente. Que el hombre andaba muy escamado. Y era bastante prematuro cantar victoria. Lelouch salió de la prisión henchido de una emoción desbordante y poderosa. La ufanía y el aplomo subían en él a tal punto que en cada instante era un hombre distinto. No obstante, una espinita le impedía disfrutar a plenitud de aquella vigorizante sensación. Sí. Era la historia del Dr. Aspirius. ¿Fue verdad o mentira? Las personas mienten cuando se sienten en peligro. Era su instinto natural de supervivencia.
Una parte de él deseaba fervorosamente que estuviera mintiendo; pero ¿por qué? ¿Para tener más razones para odiarlo por lo abyecto que era? ¿O porque temía retractarse si fuera verdad? ¡Ni hablar! ¡Armó este plan por años! Si consentía que a su corazón lo abrumaran las dudas, no tenía sentido llevar a cabo su justicia. Mejor dicho, no iba a poder. Lelouch se regodeó de su orgullo cual si fuera fortaleza. Pero nomás al poner un pie en el exterior, no resistió llamar a C.C. y solicitarle con voz autoritaria que investigara la veracidad de los hechos. Le preguntó cuál era la pertinencia de aquel asunto y cuál era su interés en ello. «No es de tu incumbencia; te saqué de la prisión de la que estabas pudriéndote, tu vida me pertenece y, por tanto, haces lo que yo te diga». Fue su respuesta altanera. Siquiera había que reconocer que tuvo el poder de contener su ira para no añadir el adjetivo de «miserable» a su vida, a pesar de que lo pensó. C.C. pilló que Lelouch estaba de malhumor y, en vista de que carecía de excusa para negarse, aceptó a regañadientes. Lelouch le privó el placer de cortarlo adelantándose. Sin atropellarse en su andar, despacio, con el rostro impasible y las manos en su espalda. En la superficie así se veía cómo controlaba su rabia.
Literal, era una granada en movimiento con el seguro a punto de caerse.
En esto, un automóvil lo rebasó y frenó en seco. Lo había venido siguiendo. Solo que Lelouch no lo reparó porque estaba demasiado pendiente de sí, de moderar sus impulsos. El abogado lo imitó. La ventana del asiento de atrás se bajó. Ahí se asomó la mirada gentil del presidente Schneizel.
—Abogado Lamperouge.
—Presidente Schneizel —repuso en el mismo tono sobrio—. En circunstancias iguales a esta, exclamaría: «¡qué sorpresa!», pero creo que este encuentro no ha sido una casualidad.
—Muy intuitivo. Estás en lo cierto. Te ruego me disculpes. No era mi intención abordarte de un modo tan sigiloso.
—No se preocupe.
—Tengo algo importante que referirte y me exige ser discreto.
—Entiendo.
—En ese caso, ¿quisieras entrar?
La expresión ceñuda de Lelouch se acentuó más. Ambos sabían que no era una invitación, si bien, estaba formulada como tal. La puerta se entreabrió. Él se montó.
Este fue el inicio de las desgracias de Lelouch.
A/N: este fue el episodio de las verdades. No paraba de contarlas al escribir. ¿Cuántas verdades se echaron en cara los personajes? Los reto a escribirme el número en la caja de comentarios. Bien, malvaviscos asados, se supone que el capítulo siguiente iba a ser el último capítulo de la primera parte, sin embargo, se me hizo tan largo que tuve que dividirlo por la mitad para que no me vinieran en comentarios a reclamar la extensión. Algo similar ocurrió en el final de la segunda parte. Estoy escribiendo el capítulo 23 de la historia y me veo en la obligación de partirlo, así que la segunda parte constará de 12 capítulos igual que esta. O sea que en este mes, sin más preámbulos, empiezo a escribir la tercera y última parte de esta historia. ¡Guau! En teoría, me reincorporo a la uni en marzo, empero dado que la crisis del coronavirus continúa aún si se reanudan las clases serán bajo unas condiciones que, creo yo, favorecerá mi horario al escribir. Como sea, me dije que este año será de la tercera parte del fanfic y de mi tesis que debo centrarme en hacerla. Agradezco que este fanfic se me haya ocurrido. Me ha ayudado a sobrellevar mi cuarentena.
Vamos con las preguntas: me parece que es más que obvio de qué hablarán el presidente Schneizel y Lelouch, por lo que díganme cómo creen que se desarrollará la conversación entre ellos; ¿por qué el presidente Schneizel mandó a Rolo a la firma de Lelouch? Todo parece indicar que tendremos un nuevo miembro en nuestro bufete particular; Suzaku ha visto a su mejor amigo conversando con su colega fiscal, ¿creen que averiguará sobre el pacto que hicieron? ¿Cuál les parece que será su reacción?; Kallen ya sabe la verdad del juicio de hace diecisiete años y que su hermano le salvó la vida a Lelouch, no tardará mucho en darse cuenta que no está en el despacho de Lelouch por coincidencia, ¿qué opinan que hará a continuación?; el Dr. Aspirius tenía una razón para aceptar el trato del presidente Charles, ¡ja, ja, ja! ¿Se creían que los aliados de Britannia aceptaron el trato porque sí, porque les gusta el dinero? Hubiera sido muy banal, ¿no? Las grandes incógnitas aquí son: ¿será esa historia cierta o es una mentira? ¿Influirá en la decisión de Lelouch de ser verdad? El juicio cada vez está muy cerca, ¿qué se imaginan que va a suceder? ¿Quién ganará: la fiscalía o la defensa? ¡Y Euphemia! La dulce heredera de la familia Britannia se ha enterado de la verdad, ahora bien, les haré la misma pregunta que Suzaku, tomando en cuenta su reunión con el abogado Gottwald, ¿qué piensan que hará ahora? En este capítulo se soltaron varias verdades, ¿cuál fue la que más les impresionó? No necesariamente hago alusión a la verdad en sí, sino que no la esperaban. Y no hay que dejar de responder a nuestras preguntas de rutina: ¿cuál ha sido la escena que más les ha gustado? ¿Cuáles son sus expectativas para el próximo?
Por cierto, debo hacer un paréntesis aquí porque quisiera hablar directamente con los fans de la serie. En la primera temporada de CG, se revela que Suzaku mató a su padre ya que no quería dar su brazo a torcer en la guerra contra el Sacro Imperio de Britannia y viendo que los japoneses iban a seguir muriendo, decidió sacrificar una vida por la de millones. Honestamente, encontré la explicación rebuscada. Un adolescente que razone de esa manera, si acaso, lo puedo dar por válido, pero ¿un niño? O sea, es como: ¿qué rayos le importa un niño lo que le pase a la gente de su país? En mi sacrosanta opinión, hubiera sido más creíble y le habría imprimido un valor más personal y profundo que Suzaku matara a su padre para proteger a Lelouch y Nunnally y ya que en mi fanfic el hombre es un empresario y no un Primer Ministro, no había razón más lógica y perfecta para justificar su asesinato que esta (además, de que no pretendía cambiar el hecho de que Suzaku asesinara a su padre ya que es su trasfondo y, por tanto, forma parte de su ADN como personaje). Aunque he leído que hay fanfics en inglés que están situados en el contexto de la serie y sus autores han pensado como yo. Quizás los japoneses tienen un sentido de la nacionalidad y de la comunidad tan fuertemente incrustado desde jóvenes que resulta normal y nosotros, como occidentales, nos educan en valores individualistas, de modo que esto nos resulta chocante. Bueno, ¿qué opinan de este cambio? ¿Les gusta? ¿Están de acuerdo conmigo o solo hice esto porque me encanta el drama?
Dicho sea de paso, en el animé, Lelouch dice que Euphemia es su primer amor. Yo no sé ustedes, pero a mí no me gustó ese detalle. En primera instancia, porque es creepy (que no se nos olvide nunca que son hermanos y sí, me da igual saber que en ese entonces eran unos niños porque, más adelante, Nunnally le pregunta a una crecida Euphemia si todavía lo ama). En segundo lugar, creo que lo llega a decir para que la muerte de Euphemia tuviera más impacto en él, lo cual me parece innecesario. Quiero decir, era su hermana perse y fue su culpa que murió siendo lo que no era y la masacre no era cualquier plus. Shirley fue la chica que le dio a Lelouch su primer beso y, a mi juicio, tiene el perfil ideal para un primer amor (es extrovertida, guapa, alegre, dulce y una colegiala). Así que me encargué de hacer realidad mi capricho para este fanfic. No sé que opinan ustedes. ¿Quién les gusta que sea el primer amor de Lelouch? ¿Euphemia o Shirley?
Tienen una cita conmigo y el fanfic este 1 de marzo (¡Jesús, febrero este año nos salió cuadrado!) para leer el capítulo undécimo: «Lazos de sangre — Parte 1».
Para los que no sepan hablar en English les voy a explicar rápido: Bloodlines se traduce como Linaje o, en su defecto, literalmente quiere decir Línea de sangre. Pero como esas palabras suenan muy feas juntas, lo he cambiado por Lazos de sangre. Así mantenemos el significado original de la palabra y la «sangre» que es una imagen importante en esta novela. Tal parece que vamos a entender por qué este fanfic se titula Bloodlines, ¿alguna teoría o prefieren esperar el 1 de marzo?
PD: ahora que lo pienso Code Geass: Lazos de Sangre no suena mal, me gusta, solo que Code Geass: Bloodlines suena aún más bárbaro :v
PD 2: me rindo, malvaviscos, los engañé a ustedes y a mí. Este fanfic tendrá 36 capítulos. 12 por cada parte y bien largotes. Envíenme comentarios para darme fuerzas y seguir escribiendo :'v
Respondiendo comentarios
Alive Marshmellow: ¿te tranquilizarías si te digo que fuiste el primer comentario que tuve en el capítulo anterior? En serio, leer tu review fue igual que comerme un delicioso malvavisco. Suelo esperar con paciencia tus comentarios porque entiendo tu situación delicada. Me hacen sonreír tus primeras líneas. La verdad es que no me fue difícil armar este rompecabezas ya que todas las piezas encajaban por sí sola y podía ver claramente cómo todo estaba dispuesto. No tuve que forzar ninguna de las cosas que estás leyendo. Bueno, había escrito previamente que Schneizel había mandado analizar una muestra de ADN y no era mi intención encubrir por mucho tiempo el linaje de Lelouch sabiendo que esto es un fanfic y tengo algunos planes reservados para eso. Quise confundir a los lectores haciendo creer que ella pudo haber estado así por la escena anterior, pero nada que ver. Fue por lo que escuchó hablar a su hermano y su asistente. Lelouch persiste en su plan de seducir a Euphemia. Ya este capítulo te responde cómo ella reacciona ante la idea de que ella y Lelouch son hermanos. Suzaku va a seguir el consejo de Shirley y ha entendido que su deber es con el amor, así que se sincerará con ella. ¿Cómo crees que se lo tome? Sí, eso me habías contando. Espero llenar tus expectativas. Aspirius sí rompió el contrato, pero Kallen lo disuadió de hacerlo. Pronto veremos la defensa que Lelouch está armando. La pregunta es cuál la razón de Charles para devolverle a Kallen su licencia. No te equivocas en esto. Charles tiene un plan. La verdad es que no escribí la escena de Arthur en clave cómica, sino tensa ya que la gata es un avatar de Suzaku. Nota que ella aparece cada vez que Euphemia piensa en Lelouch. Es como si Suzaku se interpusiera y no la dejara continuar su camino para estar con él. Si te sirve de consuelo, tu review no me pareció larga y no me decepción leerte. Espero tus impresiones de este capítulo que fue escrito con mucho amor. Una vez más, gracias por leer y comentar. Cuídate mucho. Nos estamos leyendo.
Holas: tal como le dije arriba, la intención era esa. Confundir a los lectores. ¿Euphemia está así porque casi fue pillada por su segundo interés amoroso o por lo que escuchó a través de la puerta? Me dio risa cuando escribiste en mayúscula "en casa de Suzaku" xD Coincido, Lelouch se pasó de cabrón. Veremos en el siguiente capítulo si es verdad. ¿Qué cosas no muy agradables te hace pensar? Pues ya vimos que Aspirius se meó y cortó de Lelouch. Afortunadamente, Kallen lo hizo entrar en razón. ¿Por qué crees que Charles habrá hecho eso? No creo que nada impida al fiscal Kururugi ser un piloto, no sé :v Es exagerado, seguro que la cabecilla de Charles trama algo más. Lelouch tiene que guardar las apariencias. Un gusto fue leerte. Espero que este capítulo haya sido de tu provecho. ¡Saludos!
