Episodio 8: Anguish
Tras comprobar que no había ningún peligro más acechando, Luis disipó la cúpula azul que protegía al grupo de muchachas, que inmediatamente comenzaron a acribillar a preguntas al pobre chico, mientras tanto Erik daba vueltas de un lado a otro, absorto en aquel extraño presentimiento que lo acuciaba.
- ¡Oye! – Lo llamó Luis sacándolo de su embelesamiento - ¿Me ayudas a contestar o qué? ¡Que yo no puedo con todas!
- ¿Eh?... ¡Ah! si, si, voy – respondió Erik, aún en la inopia, mientras se dirigía hacia ellos.
De repente su móvil sonó en el bolsillo izquierdo de su pantalón, lo sacó y arqueó la ceja al ver el número de que le llamaba
- ¿Dígame? ¡Si! si, soy yo, si… si, en efecto, es mi hermano… ¿Por qué lo pregunta?... ¿Cómo?... Oiga, fuera bromas, por favor… ah, que no es una broma, ya, claro, disculpe, es que es difícil de creer. Y dígame ¿Quién les avisó? ¿Era una chica bajita, delgada y con pelo negro? ¿Estaba ella con él?... ¿Qué? ¿Que no había nadie con él? Ya veo… bien, iré para allá enseguida… Gracias por avisar
- ¿Ha pasado algo? – preguntó Luis
Erik colgó el teléfono y dirigió a su compañero una mirada lívida, estaba pálido como un muerto y su respiración se había acelerado; cuando éste lo apremió a contarle qué pasaba, el joven Belmont reaccionó al fin, pero parecía que le iba a dar algo.
- Han encontrado a Simon cerca de la playa del Palmeral – informó – cubierto de heridas de pies a cabeza, inconsciente, al borde del coma.
- ¿Y mi hermana? – preguntó Luis expectante.
- No estaba con él, ni en los alrededores – respondió, frenético.
A Luis se le cayó el alma a los pies ¿Alicia desaparecida? ¿Simon destrozado? ¿Qué había pasado mientras ellos estaban de misión?
- ¿De donde era la llamada? – preguntó, tras recuperarse de la impresión.
- Del hospital Torrecárdenas – Informó el pelirrojo antes de darse la vuelta para echar a correr – Yo salgo enseguida para allá, tengo que saber cómo está Simon.
- ¡Oye, espera! ¿Vas a ir corriendo?
Sin detenerse, Erik extendió la mano en señal de despedida y siguió su camino, dejando a Luis con el corazón en un puño por su hermana.
Finalmente, después de casi una hora de carrera, alcanzó el hospital agotado, con los pies doloridos y maldiciendo la idea de haber corrido llevando zapatos; desesperado y sin recuperar el aliento fue directo al mostrador de información a preguntar por Simon, tras pasar diez minutos dando diversos datos y discutiendo con la recepcionista alguien le dio una palmada en el hombro, al darse la vuelta encontró al médico que había tratado a la familia durante media década: el doctor Antonio Salas.
- Señor Salas ¿Qué hay?
El médico esbozó una tierna sonrisa en su arrugada cara, no era muy alto pero su porte era imponente, y aquel recortado bigote le daba un aspecto bastante respetable.
- Has venido por Simon, supongo
Erik asintió.
- Así es, me llamaron hace un rato por el móvil
- Lo tenemos en observación – indicó – si quieres, sígueme y vamos a verle, iba a comprobar su estado ahora mismo.
En silencio, los dos se dirigieron a la sala de observación, allí, tras dos biombos que a su vez sujetaban una cortina blanca se encontraba Simon, encamado y cubierto de vendas casi por completo.
- Conociéndote, si lo hubieras visto recién llegado aquí, te habrías derrumbado – opinó el doctor – nunca había visto nada similar.
Erik corrió y se colocó al lado de su hermano, examinando meticulosamente su cuerpo por encima de las vendas, no sabía qué hacer o decir.
- ¿Qué tipo de heridas tiene? – preguntó al final.
- Cortes – respondió simplemente el doctor.
- ¿Cortes? ¿Qué tipo de cortes?
El médico negó con la cabeza
- No puedo asegurártelo, en todo caso los verás cuando le cambiemos las vendas, y encima tiene un montón de contusiones, es cómo si le hubieran pegado una paliza, además, tiene una herida que me preocupa…
- Explíquese – le pidió Erik.
- Se trata de un corte que cruza su tórax en diagonal, desde el hombro izquierdo al costado derecho, cuando le hicimos la cura y le limpiamos las heridas aún no había dejado de supurar.
Erik asintió con la cabeza, sin embargo, le desconcertaba lo que el doctor Salas acababa de contarle, tampoco sabía cuanto tiempo había pasado, pero como mínimo después de una hora la herida al menos debería haberse secado.
Tras un cuarto de hora salieron del cubículo, el Belmont se sentó en una de las pocas sillas libre que habían y recorrió el lugar con la mirada, llevándose una sorpresa cuando vio a Luis aparecer a toda prisa desde urgencias, casi siguiendo la misma ruta por la que le había llevado el doctor Salas; el chico del pelo pajizo se detuvo un momento y miró nerviosamente a ambos lados, hasta que finalmente localizó a su colega y corrió, tropezando con un par de viejas y un celador con cara de malas pulgas, hasta donde se encontraba.
- ¿Cómo está Simon? – preguntó súbitamente incluso antes de detenerse.
- Mal - contestó Erik con un evidente gesto de preocupación – pero no sabré nada seguro hasta que no vea sus heridas.
- A todo esto ¿Cómo es que no estás con él?
- Lo van a subir a planta en unos minutos – contestó – he preferido dejar el paso libre… Dime ¿llegaron las ambulancias?
- Si, y los de homicidios también, treinta y cuarenta y seis minutos respectivamente – protestó – mi padre iba como cabeza de la unidad esta vez.
- ¿Se lo has contado?
- Sólo lo que sé – confesó – me ha dicho que peinará las playas del palmeral y el zapillo a ver si encuentran a Alicia, yo me he venido en un seta.
Erik asintió y volvió la cabeza al cubículo en el que se encontraba Simon justo para ver cómo ya lo sacaban para llevárselo a planta, rápidamente, Luis y él los siguieron, y una vez se encontraron en la habitación se sentaron, esperando pacientemente a que algún médico se acercara por allí. Erik se volvió a hundir en sus pensamientos.
- Oye ¿estás bien? – le interrumpió Luis.
- No mucho – reconoció Erik – demasiado para una sola noche, estoy mentalmente cansado, además…
- ¿Qué?
- No, nada, déjalo… creo que se me está yendo la pinza
Ambos volvieron a quedar en silencio hasta que aparecieron por la puerta dos enfermeras junto al doctor, éste saludó cordialmente a los dos muchachos y las enfermeras comenzaron a retirar las vendas del cuerpo de Simon; según su torso se descubría y las heridas se hacían visibles a Erik se le iba cayendo el alma a los pies.
No había ni una sola laceración que no tuviera un aspecto horrible, todas parecían infectadas a pesar de la meticulosa limpieza y desinfección a la que las habían sometido, y además estaba aquella enorme herida que cruzaba su torso de esquina a esquina y que aún supuraba; horrorizado, se dio la vuelta hasta que acabaron y se fueron, entrando el doctor Salas a los pocos minutos.
- ¿Y bien? – preguntó al joven pelirrojo.
- Horrible – opinó Erik – sencillamente espantoso, esas heridas no son normales.
- Son tajos de espada – intervino Luis – pero esas infecciones, y esa herida tan grande…
- Parece que pensamos lo mismo – concluyó el doctor Salas - ¿Qué pensáis hacer?
- Por el momento esperar – contestó el Fernández – mi padre está en el lugar donde encontraron a Simon, tal vez él tenga respuestas.
- Y las tengo – respondió una voz desde la puerta de la habitación.
