La Perfecta Duquesa


10| Solo a Ti


REINABA la oscuridad más absoluta cuando Naruto salió del Parlamento, casi de madrugada, todavía discutiendo con Toneri Õtsutsuki sobre algún punto concreto.

Escuchó un petardazo antes de que saltaran esquirlas de piedra a su lado. Se tiró al suelo por instinto, arrastrando consigo a Toneri. Oyó el grito de su cochero y las pisadas de sus enormes lacayos al correr hacia ellos.

Toneri se puso a cuatro patas para mirarle con los ojos abiertos como platos.

—¡Naruto! ¿Estás bien?

Él sintió una herida en la cara y el sabor de la sangre.

—Estoy bien. ¿Quién ha disparado? ¿Le has visto?

Uno de los fornidos lacayos se inclinó sobre ellos, jadeando.

—Ha desaparecido en la oscuridad, Su Excelencia. Está sangrando, señor. ¿Dónde le han dado?

—No me han dado, alcanzaron la fachada de piedra y me saltó una esquirla —explicó él con sequedad—. ¿Tú estás bien, Õtsutsuki?

Toneri se pasó la mano por el pelo antes de bajarla en busca de la petaca.

—Bien, bien... ¿Qué demonios...? Ya te dije que los fenianos intentarían acabar contigo.

Naruto apretó un pañuelo contra la herida, con el corazón acelerado, pero no respondió.

Los fenianos eran irlandeses que habían emigrado a América, donde formaron un grupo nacionalista, cuyo objetivo era liberar a Irlanda del yugo al que la sometían los ingleses. Sus miembros eran unos auténticos salvajes, dispuestos a hacer cualquier cosa en pos de sus ideales.

Aquella misma mañana, un periódico había publicado que él intentaría oponerse a las enmiendas que el gobierno había propuesto para Irlanda, que estaría contra la postura de Orochimaru, y los fenianos se lo habían tomado al pie de la letra.

En ningún momento había dicho que estaba en desacuerdo con la independencia irlandesa; de hecho quería que Irlanda fuera independiente, porque sería el primer paso para que Escocia tomara el mismo rumbo.

Su intención era hacer notar que la enmienda de Orochimaru era ineficaz. Pero dejando a un lado la política del actual Primer Ministro, la emancipación de Irlanda era un tema intrascendente, ya que, aunque tuvieran su propio parlamento, todavía seguirían dependiendo del gobierno inglés.

Sabía que, si lograba forzar a Orochimaru para que se votara esa enmienda, el hombre no tendría suficientes apoyos para ganar, lo que le conduciría, sin duda, a su dimisión en el cargo.

Una vez que él estuviera en el poder, tenía planeada una clara estrategia para liberar a Irlanda por completo. Apoyaría la formación de un gobierno autónomo, que no estuviera sometido a los ingleses, y luego plantearía la independencia escocesa, su objetivo final.

Pero los periodistas publicaban lo que les interesaba y aquel artículo había logrado enfadar a los irlandeses. Estos, ignorantes de sus verdaderos objetivos, habían comenzado a amenazarle.

Envió a sus lacayos a registrar el área y a avisar a la policía. Luego subió al carruaje con Toneri, que no hacía más que recurrir a la petaca.

Cuando llegó a casa, después de dejar a su colega en la suya, dijo al cochero y a los lacayos que no comentaran el incidente con Hinata y su padre. No era este el primer atentado que sufría a lo largo de su carrera, a Dios gracias todos con la misma falta de puntería.

Había ordenado a la policía que buscara al sicario y protegiera su casa, pero la rutina no debía alterarse. Sin embargo, pensó que no era mala idea que sus invitados dispusieran en todo momento de un par de guardaespaldas para protegerlos, y que jamás salieran sin carruaje. Sus hombres estuvieron de acuerdo.

Los separatistas irlandeses no eran los únicos que podían estar acechándole. Se preguntó, mientras entraba en la casa en silencio, si la persona que había enviado a Hinata aquellas fotos tendría algún tipo de conexión con el tiroteo. Las cartas no habían parecido amenazadoras y lo más seguro es que no hubiera relación alguna, sin embargo, sintió un acuciante deseo de volver a ver tanto las misivas como las fotos que Hinata había reunido.

El pensamiento de examinar las pruebas mano a mano con ella, sintiendo su dulce aliento en la piel, hizo que el corazón se le acelerara todavía más que cuando le dispararon. Así que sería mejor no aventurarse.

Podía pedirle a ella que se las entregara para verlas a solas, pero descartó la idea de inmediato. Hinata jamás se mostraría de acuerdo. Se había vuelto sumamente posesiva con las imágenes, algo que él no acababa de entender. Sin embargo, no importaba, las encontraría por su cuenta.

Ya al día siguiente, esperó a que Hinata y Konan estuvieran reunidas en la sala de pintura del primer piso, planificando su siguiente evento; a que Yahiko se hubiera encerrado en su estudio, y a que el duque se concentrara en sus tareas en el estudio pequeño. Entonces lo hizo, subió con sigilo las escaleras hasta el segundo piso y entró en la habitación de Hinata.

El dormitorio se encontraba vacío, como sabía que estaría, dado que las criadas ya habían terminado allí. Se dirigió con decisión al pequeño escritorio y comenzó a abrir cajones.

No encontró las fotos. Descubrió que ella guardaba el papel en blanco en un cajón, los sobres en otro y que le gustaba mantener separados los lápices de las plumas. Las cartas que había recibido de sus amistades —y eran muchas— estaban atadas en el cuarto cajón. Las hojeó con rapidez, pero ninguna contenía las fotos.

¿Dónde habría guardado ella aquellas malditas imágenes? Sabía que solo disponía de unos minutos más antes de que cualquiera de las mujeres apareciera por allí en busca de algo.

Con creciente frustración, rebuscó en las mesillas de noche, a ambos lados de la cama, pero tampoco dio con ellas. El armario le descubrió las prendas de vestir pulcramente colgadas y dobladas; sencillos vestidos en colores monótonos, y no demasiados. El profundo estante inferior contenía algunas camisolas y nada más.

La cómoda, enfrente, guardaba la ropa interior. En el cajón superior encontró medias y ligueros, en el siguiente, calzones y camisas; en otro vio un corsé sencillo, muchas veces remendado.

Se obligó a no entretenerse imaginando a Hinata en ropa interior y a concentrarse en buscar. Su empeño se vio recompensado cuando debajo de aquel corsé encontró un libro.

Era un álbum grande y alargado, de esos que las damas usan para pegar los recuerdos de las ocasiones especiales. Aquel en particular era grueso, hinchado con todo aquello que ella quería conservar. Él lo sacó del cajón y lo colocó sobre el escritorio antes de abrirlo.

Ese libro era sobre él.

Cada página contenía, cronológicamente, una parte de la vida de Naruto MacUzumaki. Artículos de periódicos, textos de revistas y fotos suyas. Del hombre de negocios; del político; del hijo del duque... de cuando se convirtió en duque. Las páginas de sociedad le mostraban en eventos ofrecidos por el Príncipe de Gales, en banquetes benéficos, reuniones de su clan donde juraba lealtad al líder de los MacUzumaki.

Ella había pegado fotos de periódico en las que se le veía hablando con la reina, con diversos primeros ministros, con dignatarios de todo el mundo. Un artículo sobre el correcto duque del Rasengan ocupando su escaño en la Cámara de los Lores, e incluso un texto con la historia del ducado y sus propietarios desde el siglo XIV.

Ella había recopilado toda su vida y la había pegado en ese álbum. Había traído consigo el volumen desde Escocia para guardarlo como si fuera un tesoro.

El anuncio de su matrimonio con lady Shiho Graham en 1875 ocupaba toda una página. Ella había escrito a lápiz junto al artículo sacado de un periódico: «Está hecho».

El resto de esa página estaba en blanco, como si ella hubiera tenido intención de detener allí el álbum. Pero él volvió la página y encontró más notas sobre su floreciente carrera política y diversos eventos organizados por su esposa, tanto en Londres como en Rasengan.

El anuncio de la muerte de Shiho y de su hijo recién nacido, estaba rodeado por una guirnalda de flores recortada de una tarjeta. Ella había escrito también al lado: «Mi corazón sufre por él».

Seguían más artículos sobre él, aliviando el luto para seguir su carrera política todavía con más afán que antes. «Tiene intención de llegar a Primer Ministro», había escrito un periodista. «Inglaterra se estremecerá bajo la invasión escocesa».

En la página siguiente al último artículo, encontró las fotos.

Hasta ese momento, Hinata había recuperado quince. Todas ellas estaban cuidadosamente pegadas en las páginas y las había enmarcado con lápices de colores elegidos al azar: verde, rojo, azul, amarillo... Debajo de cada una había diversas notas: «Recibida el 1 de febrero de 1884» o «Hallada en una tienda en el Strand el 18 de febrero de 1884».

En algunas fotos, él miraba a la cámara, en otras le daba la espalda o estaba de perfil. En varias vestía un kilt, pero en la mayoría estaba desnudo, sonriente, como un burlón dios de las Highlands. Se vio riendo, diciéndole a La señora que no cerrara la contraventana, que quería verse rodeado de follaje. «La mejor», había escrito Hinata.

Llegó a las últimas páginas que estaban en blanco, como si esperaran más fotos. Cerró el álbum, pero notó que la cubierta trasera estaba hinchada. Intrigado, percibió que ella había deslizado algo entre la tapa y la salvaguarda, antes de volver a colocar esta en su lugar. No le llevó demasiado tiempo levantarla; detrás encontró unas cartas.

No eran muchas, quizá una docena en total, pero cuando abrió la primera, le contempló su propia letra desde el pasado. Ella había conservado todas y cada una de las cartas que él le había escrito.

Se sentó en una silla para hojearlas. Observó que había guardado incluso la misiva más formal que le envió el día después de que les presentaran oficialmente.

Lord Naruto MacUzumaki solicita el placer de la compañía de lady Hinata Hyûga en el picnic y la fiesta posterior que se realizaran en los jardines del castillo de Rasengan el día 20 de agosto. Ruego responda al mensajero pero no le dé propina, dado que ya me ha cobrado un extra por llevarle el mensaje, aunque también lo usará como excusa para visitar a su madre. Su fiel servidor, Naruto MacUzumaki.

Recordaba con nitidez cada palabra de su respuesta.

Para mi mero conocido, lord Naruto MacUzumaki:

Un caballero no escribe a una dama con la que no esté emparentado o prometido, besarme en un baile no es lo mismo. Creo que nuestro fugaz encuentro no debe verse repetido a la ribera del río a los pies de Rasengan sin importar lo idílico que sea el lugar; creo recordar que se vislumbra perfectamente desde la casa.

Es más, un caballero no debería invitar por sí mismo a una dama a una fiesta campestre. Debería enviar la invitación a través de una tía o alguien semejante, y esta le asegurará a la señorita en cuestión que ella misma ejercerá de carabina.

Así que es preferible que le invite a tomar el té en Glenarden. Aunque en este caso, nos regiremos por las mismas normas; no le puedo pedir a un caballero que tome el té conmigo, así que será mi padre quien le envíe la invitación.

No se alarme si en ella divaga sobre las propiedades medicinales de los hongos azules o cualquier cosa que atraiga su interés en ese momento. Él es así, sin embargo, insistiré en que cumpla con su parte.

Naruto se rio a carcajadas al recibirla, y respondió:

Tampoco una dama escribe a un caballero, mi atrevida jovencita. Traiga a su padre a la fiesta campestre, por favor, podrá investigar todos los hongos que quiera. Mis hermanos nos acompañarán, así como otros vecinos, entre los que incluyo un montón de matronas de las cercanías. Su virtud estará a salvo. Te prometo que no tengo intención de besarla en la ribera... Para ello la arrastraré a lo más profundo del bosque. Su fiel sirviente y mucho más que un mero conocido, Naruto MacUzumaki.

Dobló la carta, recordando la alegre fiesta campestre. Ella llegó acompañada del conde Hyûga, y le había vuelto loco mezclándose entre las matronas y coqueteando sin cesar con Yahiko y Nagato, desafiándolo a intentar llevarla a algún lugar solitario.

Hinata había conseguido darle esquinazo, hasta que fue al cobertizo de las barcas para recuperar el bastón que había olvidado allí una anciana.

Tener buen corazón fue su caída, porque la atrapó a solas.

Ella le miró con una amplia sonrisa.

—No es justo. No estamos en el bosque —había dicho antes de que él la besara.

El bastón se soltó de las manos de Hinata cuando dejó caer la cabeza y cerró los ojos. Él se apoderó de su boca. Había saboreado cada rincón mientras deslizaba la mano hasta su pecho, que acarició por encima del corpiño.

Cuando ella intentó apartarse con una débil protesta, él le brindó una pícara sonrisa y le aseguró que la soltaría en cuanto ella se lo pidiera. Y si era su deseo, no volvería a acercarse.

Ella le miró fijamente con sus ojos perlas.

—¿Sabes? Tenías razón, soy muy atrevida... —Y le obligó a inclinar la cabeza para darle otro beso.

Él la sentó sobre uno de los botes y le pasó el brazo por debajo de la rodilla, enseñándole a entrelazar su pierna con la suya. Cuando ella le miró a los ojos, leyó el convencimiento de que sabía que sus relaciones con él serían cualquier cosa menos convencionales. Supo que estaba excitada, y que iba a disfrutar de cualquier cosa que él quisiera mostrarle.

Aquella diminuta rendición hizo que su corazón —y otras partes de su cuerpo— temblaran. Pensó en aquel momento que la había atrapado, pero había sido una idiotez pensar tal cosa.

La siguiente carta que le envió estaba llena de bromas referentes al breve interludio en el cobertizo, con alguna inofensiva insinuación sobre el bastón. Ella le respondió con otra muy picante, que le hizo hervir la sangre en las venas y desear volver a verla con todas sus fuerzas.

Encontró la misiva que él le escribió después de que aceptara su proposición matrimonial, hecha en la casita de verano de Rasengan.

Al verte bajo el sol, con el viento escocés revolviéndote el pelo, mandé al garete todas las tácticas milimétricamente pensadas para conquistarte. Sabía que si te preguntaba, tu respuesta sería concluyente. Que no habría vuelta atrás. Sabía que debía olvidarme de ello, pero seguí adelante y te hice esa tonta pregunta de todas maneras. Fui un hombre afortunado, recibí la respuesta que deseaba y, como te prometí, tú tendrás todo lo que siempre has deseado.

Joven y arrogante, había pensado que, si le ofrecía riquezas en una bandeja de plata, ella caería a sus pies y sería suya para siempre. ¡Qué incauto!

La siguiente carta, fue escrita después de que la llevara a conocer a Menma al sanatorio, y era la prueba fehaciente de que ella era extraordinaria.

Te bendigo una y mil veces, Hinata Hyûga. No sé cómo lo conseguiste, pero Menma ha respondido a ti. Algunas veces no habla durante días enteros e incluso semanas. En algunas de las visitas que le he hecho, él mira por la ventana o continúa haciendo ecuaciones matemáticas sin mirarme; da igual lo mucho que intente obligarle a admitir que estoy allí. Se encierra en su mundo, un lugar al que no tengo acceso. Deseo abrir esa puerta para dejarle salir, pero no sé cómo hacerlo.

Pero Menma te miró, Hinata, te habló y me preguntó cuándo volvería a verte, cuándo nos casaríamos. Quiere que nos casemos porque una vez que esté a salvo contigo, podrá dejar de preocuparse por mí.

Me rompe el corazón. Intento ser fuerte, mi amor, pero cuando estoy con él, soy consciente de lo débil que soy en realidad.

Hojeó deprimido las demás cartas. No había demasiadas, porque una vez que su compromiso fue oficial, habían pasado mucho tiempo juntos. Las pocas que se intercambiaron fue cuando él tuvo que desplazarse a Londres, París o Edimburgo sin ella, y estaban llenas de alabanzas a su belleza, a su cuerpo, su risa y su calor.

Encontró también la carta que le escribió para decirle que iría a visitarla a Glenarden cuando acabara sus asuntos en Edimburgo. La desafortunada visita en la que ella le esperó en el jardín para devolverle su anillo.

Las dos últimas cartas habían sido escritas varios años después de que finalizara su compromiso. Las abrió, aterrado y sorprendido de que ella las hubiera conservado. Las releyó desordenadamente; en la primera hablaba del regreso de Menma al seno familiar tras la muerte de su padre.

Es todavía Menma, pero no lo es. Se sienta en silencio, no responde cuando le hablamos, ni siquiera nos mira cuando le dirigimos la palabra. Está en algún lugar en su interior, atrapado por años de dolor, frustración y torturas consumadas. No sé si siente resentimiento hacia mí por no haberle ayudado antes o si me agradece que le haya traído a casa; aunque ni siquiera sé si sabe que está en casa. Shino, su ayuda de cámara, dice que no se comporta diferente a como lo hacía allí. Come, se viste, duerme sin ayuda de ningún tipo, es como un autómata al que hubieran privado de las emociones de un ser humano, que no las conociera.

Trato de llegar a él, de verdad que lo intento con todas mis fuerzas, pero no lo logro. He traído a casa una concha vacía en lugar de a mi hermano, y eso me mata.

Dobló esa y abrió la última con dedos temblorosos. Estaba fechada en 1874, un mes antes de la anterior sobre Menma. Las páginas seguían siendo crujientes, la tinta todavía era negra, y él aún sentía cada palabra en su corazón.

Mi querida Hinata,

Mi padre ha muerto. Te habrás enterado ya de su muerte, pero lo que escribiré a continuación es algo que debo confesarle a alguien o perderé la razón. Eres la única a la que puedo contárselo; la única a la que puedo confiar mis secretos.

Esta misiva te llegará de manos del mensajero en el que más confío. Te ruego que la quemes después de leerla... Eso si tu innata curiosidad te lleva a abrir una carta del odioso Naruto en vez de lanzarla al fuego sin abrir.

Yo le disparé, Hinata.

Tuve que hacerlo, iba a matar a Menma.

Una vez me preguntaste por qué permití que Menma viviera en ese sanatorio, donde los médicos lo hacían desfilar como a un perro amaestrado y le utilizaban para sus extraños experimentos. Lo hice porque, a pesar de todo, estaba más seguro allí que en otro lugar. Allí estaba a salvo de mi padre.

Lo que fuera que le hicieran no era nada comparado con lo que podría haberle hecho él. Hace mucho tiempo que sé que, si lograba convencer a mi padre para que lo sacara de allí, solo sería para enviarlo a un lugar peor, donde quizá estuviera fuera de mi alcance y a merced de papá.

Agradezco a Dios que la servidumbre de Rasengan sea más leal a mí de lo que era al viejo duque, porque esa es la única razón por la que un día me abordó el mayordomo para decirme lo que una doncella escuchó sin querer. Al parecer, fue testigo de cómo le decía a un hombre que le pagaría por colarse en el sanatorio y matar a Menma; daba igual el método que eligiera.

Cuando me enteré de tal horror, supe que no podía esperar más.

Creí lo que la criada decía, porque sabía muy bien de lo que mi padre era capaz de hacer. Y no pienses que tenía que ver con la locura de Menma, nada de eso; la única razón era que mi hermano fue testigo de un crimen cometido por él.

Durante años Menma fue soltándome pequeños retacos, hasta que finalmente pude armar la verdad completa. Lo que vio fue a mi padre matando a mi madre.

Tal y como Menma describió el incidente, no creo que pretendiera asesinarla, pero fue su violencia lo que le causó la muerte. Agarró a mi madre por el cuello y la sacudió hasta que se le partió.

Cuando él descubrió a Menma agachado debajo del escritorio, dedujo que lo había visto todo. Al día siguiente lo mandó a Londres, donde hizo que un tribunal médico examinara su locura, Menma siempre ha estado un poco loco, pero frente a los miembros de la comisión estaba fuera de sí, y por supuesto lo declararon demente. Eso salvó a mi padre; si estaba loco, daba igual lo que contara sobre la muerte de mi madre, nadie le creería.

En aquel momento no sabía nada de esto, pero me opuse a la decisión de mi padre. Fue en vano... Menma acabó en el sanatorio, al que mi padre adelantó una enorme suma de dinero. Yo no tenía los años ni la experiencia para impedirlo, así que me limité a intentar que Menma estuviera allí lo más cómodo posible, igual que Yahiko o Nagato.

Por alguna razón, en estos últimos tiempos, mi padre comentó a pensar que Menma le delataría. Quizá mi hermano haya reconstruido el incidente con más coherencia, quizá alguno de los médicos informó a mi padre de que hablaba sobre la muerte de mi madre; no he llegado a averiguarlo. Imagino que el duque temía que alguien acabara creyendo sus palabras y comentara a hacer indagaciones. Así que puso su plan en marcha.

Detuve ese plan; lo detuve por completo. Encontré a los hombres que había contratado mi padre y les pagué más para que se fueran lo más lejos posible. Envié gente para proteger a Menma y todas las cartas del sanatorio pasaban por mis manos.

Mi padre se enteró y se puso furioso conmigo, pero estaba seguro de que volvería a intentarlo. Y lo hizo. Era un hombre cruel —tú lo sabes bien — y egoísta hasta el punto de la locura. Inicié un expediente para sacar a Menma del sanatorio y ponerlo bajo mi tutela, pero el proceso era lento y temía que mi padre encontrara la manera de acabar con él antes de ponerlo a salvo.

Sabía que sería necesario enfrentarme a mi padre y detenerle para siempre.

Una tarde, hace dos semanas, acudí a su despacho en Rasengan. Mi padre estaba borracho —lo que no era nada extraño tampoco— cuando le dije que Menma me había confiado la historia de la muerte de mi madre. Le aseguré que la creía. Le aseguré que estaba dispuesto a dar testimonio sobre ello, y que había puesto en marcha un plan para que el tribunal médico volviera a pronunciarse sobre la supuesta locura.

Mi padre me escuchó aturdido antes de intentar atacarme. Pero ya no soy un niño aterrado ni un jovencito imberbe y él estaba borracho, así que le superé con facilidad.

Se sorprendió cuando le di un puñetazo en la cara. Me había enseñado a ser su obediente esclavo, a permitir que me atizara cada vez que quería sin derramar ni una lágrima; según él, era la mejor manera de hacerme fuerte. Y me fortaleció a fondo; en ese momento lo supo bien.

En el momento en que inicié el expediente para revocar el estado de Menma, ordené a mi abogado que redactara los documentos necesarios para dividir las riquezas del ducado y de la familia MacUzumaki en cuatro partes iguales, una para cada hermano, incluido Menma. Los documentos me otorgaban la custodia de Menma, dándome potestad para decidir sobre el destino de mi hermano.

Mi padre intentó impedirlo, por supuesto, pero mi abogado era el mejor. De un plumado, mis hermanos serían libres y el dinero que mi padre atesoraba recaería en los hijos que tanto despreciaba.

Me gritó que me mataría, que mataría a mis hermanos y nos vería en el infierno. Tuve que amenazarlo con suma violencia; ni siquiera a ti soy capaz de contarte lo que tuve que hacer. Es suficiente que sepas que, finalmente, firmó el documento y me miró con temor. A sus ojos me convertí en un monstruo, pero solo soy el monstruo que él creó.

Le entregué los documentos inmediatamente al mensajero del abogado, que esperaba fuera. Elevó una copia a Edimburgo y otra a Londres.

Mi padre se enfureció tanto que cayó en un profundo estupor y se vio obligado a guardar cama. Al día siguiente, cargó la escopeta y dijo que iba a cazar. Llevó consigo a uno de los mozos, pero pensé que igualmente podría volver sobre sus pasos, subirse a un caballo con la escopeta y dirigirse al sanatorio donde estaba recluido Menma.

El debió sospecharlo, porque envió al mozo por delante y me esperó en un lugar retirado. Sin duda alguna, cuando llegué junto a él, apuntaba el arma a mi cabera y tenía el dedo en el gatillo.

Luché contra él Nos peleamos a brazo partido por la escopeta. Cada vez que me encañonaba, pensaba que, si moría ese día, mis hermanos no tendrían nada que hacer contra él a pesar de los documentos que había firmado. Que él encontraría la manera de anular el acuerdo y convertir sus vidas en un sufrimiento todavía mayor que antes. Y Menma moriría.

Por fin, conseguí girar la escopeta y apuntarle.

No voy a mentir. Podría decir que fue un accidente, que luché por el arma y se disparó, pero la tenía entre mis manos, Hinata. Durante una fracción de segundo, en mi mente no vi nada más que los años de terror que tendríamos que padecer si él continuaba con vida. Nuestro padre era un hombre astuto, un loco, y bien sabe Dios que cada uno de nosotros recibió en herencia un poco de su locura. Supe que Menma jamás estaría a salvo de él, no importaban las medidas que yo tomara.

Puse fin a ese infierno en el bosque. Apreté el gatillo y le disparé a la cara.

El mozo llegó corriendo, por supuesto. Yo sostenía el arma por el cañón, parecía horrorizado, le dije que se había encasquillado.

Si el hombre supo la verdad, no dijo nada. Me respaldó, dijo que Su Excelencia debía de haber olvidado revisar el cañón antes de disparar a un pájaro. Un accidente.

Bueno, el decimotercer duque de Rasengan ha fallecido. Mis hermanos sospechan la verdad, igual que el mozo, pero no han dicho nada y yo tampoco. Me prometí a mí mismo en el bosque que jamás tendrían que pagar por mis pecados.

Esta noche te los confieso a ti, Hinata. A ti y solo a ti. Mañana, Menma vuelve a casa. Quizá los MacUzumaki podamos encontrar por fin un poco de paz aunque lo dudo mucho, mi querida Hinata; somos tan malos que no hallaremos paz.

Gracias por escucharme. Casi puedo oírte decir con esa cristalina voz tuya: «Hiciste lo que debías, Naruto. Deja de torturarte».

Me gustaría que me lo dijeras al oído, tu voz me tranquiliza. Pero no te preocupes, no correré a Glenarden ni me lanzaré a tus pies. Tú también mereces encontrar paz.

Que Dios te bendiga.

Escuchó un jadeo. Alzó la mirada de la carta, con lágrimas en los ojos, y vio a Hinata en la puerta. Estaba perfectamente ataviada, con un vestido abotonado hasta la barbilla, y le miraba boquiabierta.

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Continuará...