Los Pecados del Lord
22: Es Hinata
LOS MACUZUMAKI comenzaron a aparecer por Waterbury Grange en abril, justo al mismo tiempo que dejaron de llegar las cartas de Hinata Naruto sabía que pronto comenzarían las carreras de Newmarket, que daban inicio a la temporada.
Yahiko y Konan fueron los primeros en llegar, con sus dos hijas a remolque; el progenitor haciendo gala de su efervescencia usual. Por fortuna, la casa era lo suficientemente grande como para albergarlos a todos y ofrecer a su hermano un lugar donde instalar su estudio.
Yahiko llevaba un año pintando con entusiasmo con su habitual atavío de trabajo: kilt, botas gastadas y un pañuelo para protegerse el pelo. Sin embargo, en esos momentos estaba completamente vestido en el patio de las caballerizas, haciendo bocetos a Hija del Azar mientras su esposa se ocupaba de evitar que sus revoltosas hijas se acercaran demasiado a los equinos. Una ardua tarea.
Dos días después aparecieron Tanahi, Menma y su hijo, acompañados de Konohamaru, que aprovechó para viajar con ellos.
Durante los años anteriores, cada vez que Menma visitaba Waterbury se limitaba a una rígida rutina según la cual solo se permitía entrar en determinadas estancias y recorrer ciertos caminos de los muchos que rodeaban la casa.
Su hermano estaba bien si le permitían seguir esa costumbre, pero en el momento en que cualquier cosa le desestabilizaba, se sumía en un estado de confusión y furia que él llamaba «sus líos». Solo su ayuda de cámara, Shino, era capaz de calmarle y llevarle de nuevo a sus reconfortantes ritos.
Pero en esa ocasión, Shino parecía haber sido reclutado como niñera provisional y hacía botar entre sus brazos al pequeño Jamie MacUzumaki, de diez meses, mientras Menma ayudaba a Tanahi a bajar del carruaje.
Menma anunció en voz alta que habían llegado y tomó a su hijo de los brazos de Shino. Luego se aproximó a Tanahi, que estaba embarazada, para acompañarla al interior de la casa. Tanahi no había estado antes en Waterbury, puesto que el año anterior estaba también en estado y Menma no le permitió viajar, pero en esta ocasión ella había insistido.
Él les saludó y luego se apartó, dando un paso atrás, mientras Yahiko y Konan abrazaban a Tanahi y departían con ella sobre el viaje. Eran dos los perros que habían acompañado a su hermano pequeño y ahora husmeaban alrededor de McNab, seguramente hablando también en su idioma canino sobre el viaje.
Cuando Menma tomó la mano de Tanahi y la acompañó hacia las escaleras, el ama de llaves se interpuso en su camino.
—Mucho me temo que este año ocupará una habitación diferente —dijo la mujer—. Milady, la esposa de milord, pensó que se encontraría más cómodo en una estancia de mayor tamaño. Da a la fachada, milord. —Sonrió, familiarizada con el comportamiento de Menma—. Tiene una vista muy agradable.
Detrás de Menma, Shino se detuvo, preocupado. Tanahi sonrió alentadoramente a su marido y le apretó el brazo.
Menma no miró al ama de llaves, sino a él, buscando sus ojos por un breve instante.
—¿Se trata de la que hay en lo alto de las escaleras? Iba a pedírtela, Naruto. La que he usado siempre resultará pequeña. Hinata ha estado muy acertada al sugerir el cambio. Por aquí, Tanahi.
Y siguió subiendo las escaleras, con el bebé en un brazo y su esposa enlazada con el otro. Shino les siguió con expresión de alivio. El ama de llaves se relajó también y Yahiko le miró a él arqueando las cejas.
—Nuestro hermanito ha madurado —comentó Yahiko.
Y lo había hecho. Tanahi había tomado entre sus manos la arruinada vida de Menma y la había reconstruido.
—Hinata es muy perceptiva —aseguró Konan, apoyando la cabeza en el hombro de su marido—. Creo que ya he mencionado en más de una ocasión que es una organizadora nata. Desde luego, ha obrado maravillas en este polvoriento lugar. ¿Cuándo volverá?
—No sabría decirte. —Su voz era tensa.
—Estoy segura de que la reina la tiene corriendo de un lado para otro con estúpidos recados —dijo—. Pero pronto terminará y estará aquí antes de que te des cuenta. —Le dio un apretón en la muñeca—. Pero jamás te perdonaré que os hayáis casado de esa manera, sin avisarnos.
Sus pensamientos regresaron con rapidez a la sala de la casa de Nagato en Londres y a Hinata prometiendo con voz inquebrantable que le honraría y adoraría con su cuerpo.
—Fue necesario.
Yahiko se rió.
—Porque Hinata se le hubiera escapado si Naruto le hubiese dado tiempo para pensárselo bien. —Besó la mejilla de su esposa—. Es la única manera de obligar a una mujer a casarse con un MacUzumaki, pillándola por sorpresa.
—Sí, pero una novia debería disfrutar de una boda suntuosa —comentó Konan—. Quizá podríamos celebrarla por segunda vez, como hicieron Tanahi y Menma.
Naruto no respondió. En ese momento, su elusiva esposa estaba encerrada con la reina en Windsor mientras él se mostraba más hosco a cada día que pasaba.
Konohamaru le acompañó al campo de entrenamiento por la mañana para estudiar el galope de los caballos. Le gustaba tener allí a su hijo, disfrutaba teniendo cerca el sólido muro en que se había convertido. La idea de que se asociaran después de que terminara la universidad cada vez le gustaba más.
Después de observar la manera en que Hija del Azar hacía morder el polvo a los demás otra vez, Konohamaru le miró.
—Tienes que confiar en ella, papá —dijo.
—¿En quién? ¿En Hija del Azar?
—Muy gracioso. Me refiero a Hinata. —La voz de Konohamaru era ahora más profunda, inducía a tomar más en serio lo que decía—. Si promete que hará una cosa, es porque la va a hacer.
El siguiente grupo de caballos bajó cabalgando por el prado, salpicando tierra con los cascos. Se suponía que aquello era lo que hacía que su mundo cobrara vida, pero sin Hinata a su lado, ese mundo también era lacónico y un tanto estúpido.
—Las mujeres cambian de opinión como de peinado, hijo —aseguró—. Ya lo aprenderás.
Konohamaru le miró con impaciencia.
—Ella no es una mujer cualquiera, papá. Es Hinata.
Se apartó de la valla y caminó hacia los establos, saludando con la mano a los que se encontraba por el camino, pero las palabras de su hijo habían quedado grabadas en su mente.
«Es Hinata».
El mundo recobró de pronto su esplendor; Hinata volvería a casa. Le había dicho que lo haría y la certeza de que había dicho la verdad le golpeó con fuerza.
Jamás había confiado antes en una mujer. Shizuka le había robado incluso esa posibilidad, y desde entonces las mantenía a una prudente distancia. Siempre había terminado sus affaires mucho antes de que la dama en cuestión tuviera la oportunidad de traicionarle y hacerle daño, pues había aprendido de la manera más dolorosa posible que tenía que controlar por completo cualquier relación que mantuviera.
Pero, entonces, Hinata entró en su vida y removió los cimientos de su existencia. No, en realidad se apropió de ella. Había pasado a formar parte de él, se había colado en su corazón. Sentía la unión que se había forjado entre ellos a pesar de los kilómetros que le separaban de Windsor o del lugar donde ahora estuviera. Aquel lazo invisible siempre le llevaría a ella y lo mismo le pasaría a Hinata. Jamás la perdería.
Una sensación de paz que nunca había experimentado cayó sobre él. ¡Oh, Dios!, jamás había sentido nada igual en su vida. Era parecida a la que le conmovió cuando sostuvo en brazos a su hijo por primera vez; aquel ser diminuto que prometió proteger con su vida.
Naruto dirigió la mirada al joven en el que se había convertido aquel pequeño trozo de su carne y su corazón se infló de orgullo. No por sus propios méritos, sino por el hombre que Konohamaru estaba llegando a ser: un buen muchacho, listo y valiente, que amaba sin resentimiento y que era tan descuidadamente generoso como el resto de los MacUzumaki.
«Es Hinata».
Pensó en ella; en su hermoso pelo extendido sobre su cuerpo mientras dormía, en su franca mirada perlada que le derretía el corazón, en su risa, que le calentaba la sangre. La echaba de menos con aguda agonía.
Cuando ella regresara, y regresaría, le demostraría lo muchísimo que la había echado de menos. Sí, con todo detalle. Jamás la volvería a perder de vista. Estar sin ella era demasiado duro.
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Cuando Hinata le contó a Neji que parte del plan consistía en acompañarla a una barcaza llena de gitanos, este se quedó perplejo.
—Hinata, detente.
Ella puso su maleta de mano en el suelo del pantalán del Canal Kennet y Avon. Una enorme barcaza se detuvo a su lado, meciéndose suavemente. Los niños los observaron desde la cubierta, lo mismo que los adultos, entre los que había un hombre fumando en pipa. Iruka había bajado a decirle a su madre que habían llegado.
Neji jadeaba tras haber caminado a paso vivo todo el trayecto desde las afueras de Reading, donde les había dejado el carruaje de alquiler. Le había echado de menos.
Le vio sacar un pañuelo que había estado doblado en un cuadrado perfecto y pasárselo por la frente.
—Todavía no hemos hablado de lo que vamos a hacer en esa barcaza.
—Nada. Solo nos llevarán discretamente hasta Bath.
—¿Una barcaza gitana es un transporte discreto?
—Insospechado al menos. Es necesario que me desplace hasta Bath sin llamar la atención, sin que nadie sepa que nos dirigimos allí.
—¿Dónde te reunirás con los demás cómplices de tu delito?
—Bueno, lo de delito es un término relativo —explicó Hinata—. Te lo contaré todo en el bote.
—Hinata...
El tono de Neji se volvió serio y ella contuvo la respiración. Lo había arrastrado desde Windsor a un carruaje de alquiler y a partir de ahí había recitado un monólogo infatigable sobre su vida en Waterbury, los caballos, Konohamaru, la redecoración de la casa, lo agradable del viaje... Habló de lo que fuera con tal de retrasar la conversación que, sabía, le aguardaba.
—Hinata, no me has explicado nada sobre tu fuga —dijo Neji.
—Lo sé. Estoy intentando posponer la reprimenda que me vas a echar.
—Lo único que te diré es que me hubiera gustado que nos consultaras primero. ¿Sabes el susto que nos llevamos al recibir tu telegrama? Mi hermanita casada con un lord. ¡Y no con cualquier lord!
—Lo sé. Lo siento, Neji, pero me vi obligada a decidir con rapidez. No tuve tiempo de consultarte. Sabía que te decepcionaría que me fugara, y créeme cuando te digo que decepcionarte es lo que más lamento en el mundo; pero Naruto tenía razón cuando me abrió los ojos y me dijo que me había dejado convertir en una sumisa criada. Porque, ¿sabes?, eso fue lo que hice. Estaba tan agradecida a vosotros dos, a tu esposa y a ti, porque me hubierais apoyado cuando la situación se volvió tan difícil, que pensé que actuando de esa manera me perdonarías. —Contuvo el aliento.
—Hinata... —Neji entrecerró los ojos—. Claro que te perdoné. Hace ya muchos años. Y, de cualquier manera, no había nada que perdonar. Fue tu enorme corazón lo que te llevó a confiar en ese tunante italiano. ¿Por qué no ibas a confiar en él? El resto fue culpa mía; estaba tan absorto en mis negocios que no me di cuenta de su carácter y no te advertí a tiempo. Eres tú la que debería perdonarme por no haberte protegido cómo debía.
—Jamás te eché la culpa, Neji. Nunca se me ocurrió tal cosa.
—Bueno, pues yo sí me he culpado. Eras demasiado joven e inocente, debería haberte protegido mejor.
Ella se quedó helada. No se le había ocurrido que Neji se hubiera podido sentir así. Quizá se había concentrado tanto en el castigo autoimpuesto que no imaginó que su hermano estaba haciendo lo mismo.
—Mi querido Neji, podemos quedarnos aquí parados en el pantalán, intercambiando confesiones de lo culpables que nos sentimos durante horas, pero creo que será mejor pasar página. Solo añadiré que siempre te lo he agradecido; me apoyaste cuando no tenías por qué hacerlo.
—Eres mi hermana. Nunca te abandonaré ni dejaré que te enfrentes sola al escándalo. Y estás evitando explicarme lo que te he preguntado antes. Esta fuga con lord Naruto MacUzumaki...
—Tuve que hacer lo que me dictaba el corazón —expuso con sencillez.
Neji volvió a pasarse el pañuelo por la frente.
—Déjame terminar, chica. Al principio sospeché que MacUzumaki te había secuestrado, que te había engañado para que te escaparas con él, fingiendo casarse contigo. Su Majestad, sin duda, es lo que pensó; incluso hizo que su secretaria me enviara una carta explicándome sus razones. Entonces me dediqué a hacer averiguaciones. Pregunté a mis amistades en París y me escribieron contándome lo feliz que parecías, radiante incluso, y que lord Naruto te trataba como a una reina. —Neji se rio entre dientes—. En realidad, te trataba mejor que la reina.
Ella contuvo la sorpresa. Era muy raro que su hermano criticara a alguien, muy raro, y que criticara a la reina de Inglaterra lo era todavía más.
Lo vio encogerse de hombros.
—¡Qué le vamos a hacer! Es una Hannover, no una Estuardo. Estoy de acuerdo con Nagato MacUzumaki en que Escocia debería ser independiente, aunque soy muy escéptico sobre las posibilidades de que pueda llegar a conseguirse.
Ella miró a su hermano con el corazón lleno de amor.
—Entonces, ¿me perdonas? ¿Por lo menos me entiendes?
—Ya te lo he dicho, no hay nada que perdonar. Seguiste los dictados de tu corazón y, en esta ocasión, has sido lo suficientemente sabia para elegir también con la cabeza. Me gustaría conocer a lord Naruto antes de tomar una decisión sobre él, pero confío en ti. —Respiró hondo—. Ahora, dime de una vez: ¿qué clase de delito quieres que te ayude a cometer?
—No es exactamente un delito, solo un pequeño engaño.
Antes de que Neji pudiera replicarle, Iruka salió a la cubierta, seguido por una mujer diminuta vestida de negro con un pañuelo cubriéndole la cabeza que les miró atentamente con los ojos brillantes.
—¿Y bien? —dijo con la voz fuerte y mucho acento—. ¿Por qué no subís a bordo? ¡Ayudadles, patanes perezosos!
El hombre de la pipa se levantó de un brinco y se acercó para coger su maleta de mano.
—Milady —intervino Iruka, mostrando los dientes brillantes con una amplia sonrisa—. Señor. Mi madre.
La mujer se acercó a ella en cuanto pisó la cubierta.
—Bienvenida, cariño. Eres muy hermosa. Por lo que veo, milord ha recuperado por fin la cordura. Ahora ven a sentarte conmigo. He arreglado un agradable lugar en el que podrás acomodarte mientras navegamos.
Neji metió el pañuelo en el bolsillo y las siguió por la cubierta. El gitano de la pipa llevó la maleta e Iruka soltó amarras.
—Espero que esto no se mueva demasiado —comentó Neji antes de sentarse mientras los niños le miraban con curiosidad—. Ya sabes lo mucho que me marea navegar.
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Cuando el carruaje de Hinata se detuvo, una semana después, frente a Waterbury Grange, en Berkshire, la puerta del vehículo la abrió nada menos que Nagato MacUzumaki.
—Excelencia —saludó ella, sorprendida, cuando Nagato le tendió la mano para ayudarla a bajar—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Protegiendo a la familia. —El duque saludó con la cabeza a Neji, que se había quedado en el interior del carruaje sosteniendo el sombrero entre las manos—. ¿Dónde está Iruka?
—Enseguida llega —repuso ella—. ¿Y Naruto?
—Anda por ahí, gruñendo a todo el mundo. —Nagato clavó en ella su penetrante mirada—. No le has escrito. Al menos, últimamente.
Ella se estiró para coger la maleta de mano.
—No he podido. He estado viviendo en una barcaza y no llegamos a detenernos en ningún momento en un pueblo donde pudiera sellar una carta. Además, tengo una sorpresa para él y sabía que no lograría guardarla si le escribía. Mis palabras me traicionarían.
Fue evidente que Nagato no se creyó la última parte, pero la condujo a la casa sin más dilación. Neji bajó del carruaje ayudado por un lacayo y les siguió, cruzándose con el resto de criados que se apuraban para descargar el equipaje.
Ella se alejó de Nagato en cuanto entraron en el amplio vestíbulo.
—¡Naruto! —gritó, dejando caer la maleta de mano—. ¡Estoy en casa!
Se escuchó un chillido cuando Konan se acercó desde la salita con los brazos abiertos. Estaba bastante redonda por el embarazo y la abrazó con suavidad. Yahiko apareció tras ella, lo mismo que Tanahi, que bajó con Konohamaru y Menma las escaleras.
Konohamaru la envolvió en un abrazo de oso.
—Sabía que regresarías. ¿No lo había dicho? ¡Papá! —bramó, subiendo las escaleras de dos en dos después de dejarla en el suelo—. ¡Papá! ¡Es Hinata!
—Ya lo sabe, muchacho —repuso Yahiko riéndose—. Creo que todo el condado lo sabe.
Naruto entró estrepitosamente por la puerta trasera, la entrada que utilizaba cuando venía de las caballerizas, y todos se quedaron callados.
Él se detuvo cuando la vio, con las botas y los pantalones manchados de barro, y ella tuvo que contenerse para no correr hacia él, su alto y fuerte jinete de ojos como zafiros.
—Hola, Naruto —dijo voz baja.
A él le palpitó la mejilla de la cicatriz, pero permaneció inmóvil.
—He traído conmigo a mi hermano. Naruto, te presento a Neji Hyûga.
Neji hizo una reverencia.
—¿Cómo está, milord?
Naruto miró a su hermano y le hizo un educado y rígido gesto de cabeza, luego clavó de nuevo los ojos en ella.
Nagato puso la mano en el hombro de Neji.
—Señor Hyûga, ¿por qué no vamos a degustar una copa de whisky MacUzumaki?
Su hermano sonrió y siguió al duque a la sala, donde cerraron las puertas. Los demás comenzaron a desaparecer, ya fuera subiendo al piso superior o saliendo. Tanahi se colgó del brazo de Menma y se dirigieron al exterior.
Finalmente, solo quedó Konohamaru, terco como siempre, al pie de las escaleras.
—No digas ninguna estupidez, papá.
—Konohamaru... —advirtió Naruto.
—Konohamaru, cállate. —Hinata se quitó el sombrerito y lo lanzó sobre una mesita, luego rebuscó en el interior de la maleta de mano y sacó unos documentos—. Siento haber tardado tanto tiempo en regresar a casa, Naruto, pero sabes mejor que yo que lord Madara es un hombre muy terco. A pesar de la habilidad de Neji, llevó tiempo convencerle. Fue un duro negociador.
Naruto dejó caer los brazos; le resultaba difícil concentrarse en algo que no fuera la sonrisa de Hinata.
—¿Madara?
—Iruka nos llevó, a Neji y a mí, hasta Bath en la barcaza, donde mi hermano visitó a lord Madara y le convenció para que nos vendiera a Jazmín. Me refiero a que se la vendió a Neji, yo permanecí todo el tiempo en la barcaza para que Madara no me viera y no pudiera atar cabos; fue Neji el que lo hizo todo. Es maravilloso. ¿Sabías que las barcazas en realidad no navegan, sino que se deslizan sobre el agua? Lo encontré muy relajante. Aunque te advierto que los sobrinos de Iruka saben mecer el bote hasta casi volcarlo. Me enseñaron a hacerlo.
—Hinata... —Naruto intentó abstraerse del intoxicante flujo de su cháchara—. ¿Estás diciéndome que tú...? ¿Qué has convencido a Madara... para que te venda a Jazmín?
—Fue Neji quien lo hizo. Yo me limité a efectuar el pago a mi hermano, que se hizo pasar por un adinerado hombre de negocios interesado en caballos. Neji casi se desmayó cuando le indiqué la oferta a realizar, pero estaba decidida. Mi hermano convenció a lord Madara de que era nuevo en el mundo de las carreras, lo que es cierto, y que había oído rumores de que tenía un caballo en venta, que también es verdad.
» Por lo que me dijo, Madara casi le besó los pies antes de enseñarle a Jazmín, y Neji se enamoró de ella. Normal, porque es una potrilla maravillosa. Jazmín se animó al verme cuando mi hermano la llevó al canal; creo que supo que estaba a punto de volver a casa. A su hogar de verdad. Aquí.
Hinata parecía tan satisfecha de sí misma que él solo pudo mirarla con una sonrisa.
Konohamaru se rio.
—¿Madara picó el anzuelo?
—Lord Madara se mostró encantado de vender a Jazmín a Neji Hyûga, respetable hombre de negocios. —Ella se acercó a él con un fajo de documentos en la mano—. A la mañana siguiente, Neji me la vendió a mí por la cantidad simbólica de una libra. Ya está todo redactado legalmente. —Presionó los papeles contra su pecho—. Y ahora, mi querido lord Naruto, yo te la regalo a ti.
El clavó los ojos en las pálidas hojas que destacaban contra su chaqueta.
—¿Por qué?
—Porque la quieres —repuso ella con sencillez.
Se quedó tan aturdido que apenas podía respirar. Quería abrazar a Hinata, estrecharla contra su pecho, fundirla con su cuerpo y no soltarla jamás.
Pero no pudo moverse.
Un rechinar de ruedas le arrancó de su ensimismamiento y escuchó un familiar relincho. Hinata se alejó de él, presa de la excitación.
—¡Ahí está!
Aferró la mano de Hinata. No podía permitirle marchar. No en ese momento. Todavía no. Konohamaru rio y corrió al exterior, llamando a Iruka.
Él abrazó a Hinata y notó que se relajaba. Estaba en casa, donde se encontraba su lugar. El mundo recobró el color.
—No puedes enfadarte conmigo por haber comprado a Jazmín. —Vio que los ojos de su esposa brillaban con picardía—. Aunque siempre puedo devolverla, ¿sabes?
—No estoy enfadado contigo, bruja. Estoy loco por ti.
Ella pareció sorprendida, pero luego sonrió.
—¿De verdad? Es espléndido porque yo también te amo, Naruto MacUzumaki.
Las palabras fueron directas a su corazón.
Los papeles cayeron al suelo, pero hicieron caso omiso mientras la besaba. Necesitaba degustar su sabor y necesitaría hacerlo cada día de su vida. Los labios de Hinata eran cálidos, y su boca, maravillosa. Ella le deslizó las manos por la espalda, buscando debajo de la chaqueta, hasta apretar con ellas los apretados pantalones de equitación.
—Bruja —susurró él contra sus labios.
—Si los demás nos dejan un momento a solas, lo mejor es aprovecharlo.
—No —repuso él con voracidad—. Quiero mucho más que un momento. Quiero tomarte lentamente, durante mucho tiempo, en un lugar donde nadie nos interrumpa.
—Entonces es mejor que nos vayamos a tu dormitorio. Esa puerta tiene un cerrojo a prueba de todo y, por lo que sé, soy la única que sabe forzarlo.
Antes de que terminara de hablar, él la tomó en brazos y subió la escalera. Quería darse prisa, pero no pudo evitar detenerse en el descansillo para besarla, morderle el cuello y pellizcarle los labios. Cuando la puerta del dormitorio se cerró tras ellos, la dejó en el suelo y comenzó a quitarle la ropa.
—No volverás a dejarme nunca más —aseguró—. Cada vez que salgas de casa iré contigo. No quiero volver a separarme de ti, ¿lo has entendido?
Le arrancó las capas que la cubrían: la chaqueta y el corpiño, la falda y las enaguas; el corsé y la camisola, las medias... El cuerpo de su esposa surgió ante él. Oscuros pezones ya erizados, el vello oscuro que protegía aquel lugar entre sus muslos dulcemente húmedo. Era tan hermosa que le dolió el corazón.
—De todas maneras, no debería viajar demasiado a partir de ahora —comentó ella mientras él se despojaba de su propia ropa. La miró; su desnuda esposa parecía algo cohibida—. Pronto cogeré peso, pero podré utilizarlo como excusa para comer tantos pasteles como desee.
Lanzó la camisa a un lado y se arrancó la ropa interior.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que voy a tener un hermanito para Konohamaru. No estaba segura antes de marcharme, así que no te dije nada, pero durante la visita a la reina mi sospecha se convirtió en una certeza. El médico real me lo confirmó.
Él se quedó inmóvil. Ella esbozó esa sonrisa secreta y se sonrojó, desnuda como vino al mundo. Le resultó más preciosa que nunca.
—No parezcas tan sorprendido, esposo mío. Era inevitable, dada la manera en que nos comportamos. Lo único que me extraña es que no haya ocurrido antes; pero, ¿quién sabe cómo funcionan estas cosas?
—Un bebé... —Su voz fue un susurro reverente. Aquel mundo oscuro en que había habitado tanto tiempo giró a su alrededor una última vez antes de desaparecer bajo el brillo del sol—. Nuestro bebé.
—En efecto. —La sonrisa de Hinata se desvaneció, pero no así el amor que brillaba en sus ojos—. Me siento tremendamente feliz y muy honrada por darte un hijo...
Leyó la preocupación en su cara, temía aquello que había provocado la muerte de su primer bebé. Le encerró la cara entre las manos.
—Yo te cuidaré —prometió—Puedes estar segura. No tengas miedo.
—Gracias —susurró ella.
—¡Dios, Hinata! Te amo tanto que me duele. Me enamoré de ti la noche que te pillé en mi dormitorio, mi pequeña ladronzuela. Estaba borracho como una cuba y tú eras preciosa... Te desee como no había deseado a una mujer en mi vida. ¿Cómo he sido capaz de vivir tanto tiempo sin ti?
—Pues igual que yo fui capaz de hacerlo sin ti. —Ella le acarició la cara—. Pero será mejor que no volvamos a vivir separados, ¿te parece bien?
—Eso es lo que estaba tratando de decirte. —Se acercó a ella—. A la cama. Ahora mismo. Ella arqueó las cejas.
—¡Dios mío! ¿Te has vuelto dominante?
—Esto es así y no quiero hablar más. En marcha. —Llevó la mano a sus nalgas y medio la empujó medio la escoltó hasta la cama mientras ella se reía.
Le susurró al oído todas esas picaras frases que a ella tanto le gustaba escuchar al tiempo que la tumbaba. Ella le besó y él la penetró hasta el fondo, sellando su unión; sintiéndose por fin completo.
La amó hasta que jadearon sudorosos, hasta que gimieron de placer. Y durante todo el tiempo la mantuvo abrazada. Todavía seguía estrechándola con fuerza cuando se sumieron en un relajado sopor.
—Te amo —susurró él.
—Y yo te amo a ti, Naruto. —La voz de Hinata era suave y tierna. La creyó.
Se acurrucó a su lado y tiró de las sábanas para cubrir sus cuerpos desnudos con la certeza de que podía dejarse llevar por el sueño y estaría a salvo. Sabía que se despertaría en medio de aquella paz que había alcanzado gracias a ella, que no habría más oscuridad ni dolor.
—Gracias —suspiró—. Gracias por devolverme la vida.
—Habrá mucha más, mi Naruto. —Ella le acarició la mejilla, aspirando su aliento—. Años y años... Eso iba a intentar, desde luego.
Comenzó a susurrarle su amor, pero se calló de pronto al sentir una decidida mano merodeando cerca de su pene, cada vez más duro.
—Bruja —gruñó.
Ella se rio. El regocijo de su voz resonó en el aire mientras él rodaba sobre ella en la cama y la amaba una vez más.
Y Vivieron felices
