Capítulo 10

Parecía que el destino conspiraba para unir a esos dos corazones que no se dejaban de pensar uno en el otro. Jean pudo divisar a lo lejos a Scott acompañado de un can. Sonrió viéndolo pasear y se percató de que no traía su bastón ni sus anteojos. De seguro ese perro de raza ovejero alemán sería Jax. Dejó el periódico al lado del banco y se encaminó sigilosa hacia él.

Scott iba contento paseando a su perro. Con sólo estar en el parque una sonrisilla aparecía de vez en cuando de recordar cómo Jean le había ayudado a pegar los folletos en los árboles. Agradecía tanto aquel gesto de su parte ya que el oficial Patterson nunca más iba a aparecerse ese día por allí. De pronto sintió unas manos cubriéndole los ojos. Esa piel y esa textura eran reconocibles. Se preguntó por qué no había percibido sus pasos. Se dio cuenta de que pensar en ella no sólo lo hacía perder el sentido del tiempo sino también de la realidad.

— ¿Quién soy?

—Sabes que no puedo ver, Jean.

—Sí. Pero de igual forma me reconociste.

—No sólo tu aroma es difícil de olvidar. Tu piel, también.

Jean se sonrojó.

— ¿Este es tu perro Jax?—preguntó mirándolo.

— ¡Cuidado!—advirtió—. No lo saco a menudo y no está acostumbrado a las personas—explicaba mientras Jean no le hacía caso y le acariciaba la cabeza.

—Pues esta lamiéndome las piernas.

—Tal vez le deben parecer deliciosas.

— ¿Tú también quieres probarlas?

— ¿Cómo?—pudo terminar de preguntar arrastrando la correa de Jax hacia él.

— ¿Qué pasa, Scott? ¿Te pongo nervioso?

—Sí—dijo avergonzado.

Jean no podía creer que un hombre así fuera tan tímido. No era la primera vez que lo hacía sonrojarse y se sentía orgullosa de ello.

—Me gusta cómo vistes—dijo mirándolo.

Se fijó en cada detalle. Desde el cuello de su camisa azul, debajo de ese suéter que le sienta tan bien al igual que ese elegante pantalón beige y sus zapatos lustrados.

—Es que el jefe me felicitó y me dio permiso para salir temprano del trabajo.

—Ya sabía.

— ¿Qué cosa?

—Que te felicitó.

— ¿Cómo?

—Lo leí en el periódico.

— ¿Yo salgo en el periódico?—preguntó sorprendido—. Un momento, ¿lees sobre mí?

—Los días que puedo. Cuando sales, claro.

—Vaya...

—Felicitaciones también.

—Gracias, Jean.

— ¿Caminamos?—propuso.

—Me parece una buena idea—respondió sonriendo y hasta Jax ladró—. A él también—ambos rieron.

Comenzaron a caminar, pasaron frente al banco de la plaza y se detuvieron.

—Espérame. Dejé aquí mi periódico—dijo encaminándose hacia el banco.

—Claro.

Continuaron caminando, pero Jean enroscaba su brazo en el de Scott.

—Jean, no creo que sea adecuado—dijo intentando zafarse.

— ¿Te avergüenzo?

—No. Claro que no. Tan sólo quiero evitar que nos vea de nuevo aquel tipo. Entiende, Jean. Es por tu seguridad—dijo preocupado.

Scott se quedó pensando en el peligro que constituía Logan. Retomaron la caminata juntos a la par.

— ¿No volvió a aparecerse por ahí ese infeliz?

—No. Reconozco que a veces tengo mucho miedo. Cuando te golpeó, destruyó muebles y mi cristalería.

—Lo siento.

—No. No es tu culpa. Al contrario, me defendiste. Sólo que temo que me aumente la renta a propósito.

—Ese desgraciado...—dijo apretando los puños—. ¿Cuántos meses estás atrasada?

—Seis.

— ¿Y es mucho?—preguntó preocupado.

—Mucho.

— ¿Cuándo va al mes a cobrarte?

—El primer día—le respondió haciendo que él se preocupe pues faltaban pocos días para iniciar el mes de abril—. Hablemos de otra cosa, por favor. No quiero recordarlo—dijo temiendo que ese día llegase.

—Discúlpame.

—Me encanta que te preocupes por mí.

— ¿Cómo no hacerlo? No mereces esto ni por lo que estás pasando. Oye... ¿cómo perdiste el contacto con tus padres?

Habían dado una vuelta completa al parque conversando y pasando nuevamente frente al banco.

—Nos sentemos—dijo suspirando—. Yo me llevaba absolutamente bien con ellos. Fueron unos padres ejemplares para mí y Sarah. Eran amables, cariñosos, me brindaron educación y me cuidaron cuando yo estuve internada por las heridas que había sufrido en el accidente.

— ¿Por qué dices ellos?—la notó referirse distante hacia sus padres.

—Soy adoptada, Scott—confesó—. Huí de casa en cuanto me enteré.

— ¿Por qué?

—Cuando me recuperé y me dieron el alta del hospital, me sentía devastada por perder a mi hermana al igual que ellos. Estaba un poco depresiva y no tenía muchas ganas de comer. Al parecer ellos decidieron contarme en aquel momento la verdad, en el peor momento. Acababa de perder a mi hermana y ellos decidieron confesarme recién cuando yo tenía treinta y un años que Sarah y yo éramos hermanas y que fuimos recogidas de un orfanato. Sarah se fue sin saber la verdad.

—Perdona si me entrometo, pero ¿nunca pensaste que eras adoptada?

—No y creo que Sarah tampoco. Ellos me dijeron que Sarah era un bebé y yo tenía dos años cuando nos adaptaron. Sin embargo, nos cuidaron como si realmente fuésemos sus hijas. Nos brindaron su apellido. A veces me arrepiento de haberlos dejado, pero el pensar que Sarah se fue sin saber la verdad, no me permite perdonarlos—dijo mientras una lágrima amenazaba con escaparse.

— ¿No los extrañas?

—Sí y mucho.

— ¿No piensas que tal vez a Sarah no le hubiese importado aquello y que era feliz? ¿Que ellos sufrieron como tú su pérdida?

—No lo sé.

— ¿Jean... tú los quieres?

—Sí. Y tal vez… si no me hubiese marchado, no me hubiesen sucedido cosas tan malas.

— ¿Por qué no vuelves con ellos?

—Lo pensé muchas veces, pero soy cobarde, no me atrevo a ablandarme y perdonarlos. Soy una testaruda. Además, traté de buscar su dirección y no pude saber donde están localizados ahora.

— ¿Cómo puede ser eso posible?

—Cuando murió Sarah y yo estaba depresiva, ellos pensaron que lo mejor para mí era marcharnos de esa ciudad e ir a otra. Allí podría reponerme, respirar nuevos aires y continuar dedicándome a mi profesión.

—Espera... ¿no eras sólo una médium?

—No. En realidad, me dedico a la filosofía. Soy licenciada en filosofía.

— ¿En serio? Guau...

—Te entiendo. Aún me arrepiento de haber renunciado.

— ¿A qué te dedicabas?

—Daba clases y a veces me convocaban para dar disertaciones.

—Me impresionas, Jean. Pero, ¿cómo tienes esos poderes? Es decir, ¿ver el futuro?

—Lo que te contaré es muy loco porque hasta ahora ni yo misma lo entiendo. Yo jamás creí en lo sobrenatural, pero algo raro me estaba ocurriendo días posteriores a que me dieran el alta del hospital. Cuando estaba en mi casa tenía percepciones sensoriales con objetos comunes y corrientes. Estaba aterrada. Tenía visiones del pasado y del futuro que me asustaban mucho. No se lo conté a mis padres y realmente creí que me volvería loca o que ya lo estaba. Tenía muchas pesadillas y un día, salí del encierro de mi habitación y me atreví a consultar a un neurólogo. No sirvió de mucho. No había nada orgánico que me estuviera afectando. La confesión de mis padres me hizo sentir muy mal anímicamente.

— ¿Cómo supones que los adquiriste?

—Supongo que los adquirí cuando estuve en coma días por un fuerte traumatismo en el cráneo. Lo peor fue no estar presente para el entierro de mi hermana. Odio esos poderes.

—No digas eso, Jean. Son un milagro. Pudiste hallar a esa niña.

— ¿Tú crees?

—Claro.

—Gracias por escucharme—sonrió—. Me siento mejor. No sabes lo bien que me hizo desahogarme. Sólo que no tienes por qué aburrirte escuchando cosas de mi vida personal.

—Qué dices, Jean. Absolutamente todo de ti me interesa.

— ¿En serio?

—Sí—respondió para luego abrir sus brazos y pretender abrazarla.

—Creí que esto no era adecuado—dijo ella correspondiendo el abrazo.

—No me importa. Que nos vea si anda por allí. Además, sabrá que tienes a alguien que cuida de ti—dijo aún abrazándola.

No sólo para Scott el tiempo parecía volar porque Jean contempló el cielo y estaba comenzando a anochecer.

—Scott, está anocheciendo—dijo separándose.

— ¿Qué hora es?—preguntó preocupándose más que nada por ella.

—Las 19:11. ¿Puedo acompañarte?

—Es peligroso, Jean.

—Es que quiero saber dónde vives.

— ¿No puede ser otro día?

—Por favor...

—Está bien, pero distanciados—advirtió.

—Claro—contestó sonriendo.