Hola, soy yo de nuevo. La semana pasada no pude actualizar debido a que tuve demasiado trabajo, creo que es una de las cosas buenas que me trajo este año.

Por otro lado, me di cuenta que nunca especifiqué las edades de Albert y Terry en esta historia, ambos tienen la misma edad: 15 años, así que Albert no tiene barba acá (je)… más adelante lo aclararé mejor.

Gracias por leerme y espero lo disfruten.

Capítulo X

El tiempo pasó tan rápido en el jardín de narcisos, los 3 jóvenes tenían tanto que contarse desde la última vez que se habían visto, para los hermanos Grandchester Candy era una persona que les inspiraba una gran confianza: era jovial, amable y honesta, el sarcasmo que ellos siempre utilizaban para interactuar con otros terminaba reservado cuando Candy estaba ahí. Por su parte, Candy pudo aliviar todo el estrés que la abrumaba debido a sus días de servicio en la mansión Lagan, no intentaba desahogarse con los jóvenes, pues consideraba que no era el momento más apropiado, ella solo quería sonreír antes de que el día terminara.

-Por cierto –dijo Candy con preocupación-¿No se supone que tenían clases?

En ese momento Diana abrió los ojos de par en par recordando que dejó esperando a su profesor, seguramente éste ya se habría retirado de la villa y probablemente al día siguiente les esperaban montones de deberes para compensar el día perdido.

-¡Qué despistada soy! –Exclamó Diana –Mañana será un día muy pesado para nosotros, es que me olvidé de todo al venir aquí.

-Me pasa lo mismo –agregó Candy – este jardín es mágico, el perfume de los narcisos despeja mis pensamientos.

Luego de aquellas palabras el muchacho miró fijamente a la chica, quien cerraba los ojos mientras aspiraba el aroma de las flores silvestres, por alguna razón esa misma paz empezó a inundar sus sentidos seguido de una calidez que relajaba todo su cuerpo, ¿acaso era por la presencia de Candy por la que se sentía tan feliz? Terry simplemente sonrió discretamente dejándose llevar por aquella sensación.

Los 3 emprendieron el camino de regreso a la Villa de los Grandchester, en el camino Diana comenzó a contar sobre su travesía para llegar hasta el jardín, reconoció que salir sin rumbo de casa fue un descuido muy grande de su parte, ya que no tenía la menor idea del camino que debía recorrer. Diana se saltó la parte donde sufrió un episodio de asma, no quería preocupar a su hermano en absoluto, quizá se sentiría culpable como la última vez, por lo que prefirió narrar directamente su encuentro con Albert.

-Fue como encontrar a un príncipe en el bosque encantado –dijo Diana suspirando mientras se llevaba las manos al pecho.

-¿Príncipe? No digas tonterías, ningún príncipe sería capaz de atravesar el bosque solo –replicó Terry serio

-¡Vaya, vaya! ¿No me digas que estás celoso? –Inquirió Diana con una risita –No te preocupes, soy muy joven para pensar en muchachos, ¿no crees, Candy?

-Ah… sí –asintió Candy tímidamente mientras observaba a los hermanos por el rabillo del ojo.

-Pero créeme, si hubieras conocido a ese chico también hubieras quedado encantada con él, Candy –dijo Diana guiñando un ojo de manera un tanto sugestiva.

-¡De cualquier forma no debes confiar en extraños! –irrumpió Terry, mientras su hermana reía como si su comentario hubiese tenido el efecto esperado, hacerlo enfadar.

Candy no había tenido oportunidad de contar a sus amigos que ella también había tenido un encuentro con Albert, ella también consideraba que pese a sus ropajes tan desgastados tenía la apariencia de un príncipe. No obstante, también podría ser un fantasma, ya que al parecer tendía a aparecer y a desaparecer sin avisar, ¿acaso estaba huyendo de algo?

Pronto llegaron a la villa de los Grandchester, Candy se disponía a despedirse cuando Diana interrumpió abruptamente:

-Ya está atardeciendo, ¡Terry, acompaña a Candy a su casa!

-¡No! –exclamó Candy

-¿Qué ocurre, Candy? ¿Tanto te desagrada mi hermano? –preguntó Diana Mientras hacía un puchero.

-No es eso –se apresuró a explicar Candy -Es sólo que yo puedo llegar sola. La mansión no queda lejos de aquí.

-Yo iré contigo –dijo Terry avanzando con paso decidido hacia la joven ruborizada –Vamos, entre más rápido caminemos, más rápido estarás en casa.

Dijo eso con voz segura y firme, pero en realidad aún no quería que Candy se fuera a casa. El joven señaló el camino en señal de que comenzaran su camino, fue así como Candy se despidió de Diana con la promesa de volverse a encontrar muy pronto.

En el trayecto Candy y Terry se miraban de reojo el uno al otro, de pronto la confianza que tenían en el jardín de narcisos se había mermado, ¿acaso había magia en aquel sitio y por eso era mucho más fácil expresarse? Uno de los dos tenía que romper aquel muro de silencio, pero no salían las palabras, solo el estruendoso latido de sus corazones, lo cual preocupaba a la muchacha, pues sería vergonzoso que Terry se diera cuenta lo mucho que le latía el corazón estando a su lado.

-Por cierto, ¿cómo va todo en casa de los Lagan? –se atrevió Terry a preguntar.

-Creo que me va mejor ahora que no estoy directamente al servicio de Eliza –dijo Candy con una pequeña sonrisa

-¿Cómo que ya no estás al servicio de Eliza? –preguntó nuevamente Terry con gran sorpresa.

-Lo que ocurre es que ahora soy parte de los sirvientes, no es que antes no lo fuera, solo que esta vez me asignan las mismas tareas que al resto de las mucamas. No pienses que soy infeliz, ahora me va mejor que antes.

La mirada de Terry se oscureció de repente, aunque Candy dijera que estaba bien y que era feliz, la realidad era que la chica se veía mucho más delgada y cansada que antes, incluso en sus manos podía ver los efectos del exceso de trabajo, ante eso no podía evitar sentirse preocupado por ella, él quería hacer algo para sacar a Candy de su penosa situación, tenía que pensar ya.

Al poco rato se incorporaron en al sendero que llevaba directo a la mansión de los Lagan, ambos se detuvieron al inicio del mismo, pues era momento de despedirse.

-Entonces nos vemos –musitó Candy

-Espera –respondió Terry – ¿Cuándo podré verte de nuevo?

Ambos se sorprendieron de aquella pregunta tan directa, sobretodo Terry, quien estaba pasmado, no estaba seguro si había dicho algo ofensivo.

-Estaba pensando en ir al jardín el próximo miércoles –se apresuró a decir –es aburrido ir solo y…

-Está bien –sonrió Candy con un ligero rubor en sus mejillas –Te veré a las 4 en el jardín.

Así fue como se separaron una vez más en el sendero, Candy se sentía feliz, haría todo lo posible por encontrarse está vez con Terry, ya no sería algo esporádico ni algo implícito, esta vez tenían un acuerdo para volver a verse. Los pensamientos de Candy fueron invadidos por las palabras de Natasha, ¿estaría enamorada de Terry? Para ella no tenía sentido pensar algo así, solo eran amigos y tenía que conformarse con eso, tal vez solo era una simple atracción debido a la amabilidad del chico, el pecho se le estrujaba solo de analizar la situación, no obstante no había nada que hacer o decir.

"Es atracción Candy… es gratitud", se repetía en su mente, "el amor con un aristócrata es imposible… tú eres una sirvienta…"

Candy entró a la cocina con los ojos inundados de lágrimas, no comprendía lo que estaba pasando, al verla en ese estado, Sophie echó a un lado el costal de papas que pelaba para la cena y se dirigió directo a la joven.

-Mi niña, ¿qué te han hecho?

-No es nada –suspiró Candy

-¿Lloras porque sí? ¡Patrañas! –Exclamó Sophie mientras estrechaba entre sus brazos a Candy –Además estás helada, ¿acaso lloras porque te duele algo?

-Sí, me duele mucho aquí -Indicó Candy mientras se daba una palmadita en el pecho –No puedo respirar bien y siento piquetitos.

Sophie entendió perfectamente a lo que Candy se refería con esa sensación, esa angustia no podía ser otra cosa que "la incertidumbre del enamoramiento", como ella lo denominaba. Decidió no ahondar en detalles y solo acercó a las manos de la muchacha una taza de té para calmar esa ansiedad, de esta forma podría caer rendida y descansar sin problema, consideraba que esas eran las bondades de un buen té antes de dormir.

De pronto, la calma que Candy estaba intentado de ganar se vio interrumpida por la señorita Mary, quien se precipitó dentro del lugar para dar indicaciones a la joven de sus nuevas labores:

-Candy, a partir de mañana te harás cargo de los caballos

-¿Cómo? ¿Por qué? –preguntó Candy extrañada

-Pero Mary, es una muchacha muy pequeña para ocuparse ella sola de las cuadras –Abogó Sophie –Además no era Sebastián quien se ocupaba de ello…

-Son ordenes de la señora Lagan –sentenció Mary y después se retiró.

Candy no sabía que Eliza y Neal fueron quienes solicitaron a su madre relegarla para el cuidado de sus caballos, para ellos no existía trabajo más humillante que aquel, Candy no solo se agotaría sino que además viviría en medio de la suciedad y el frío de los establos de la mansión. Los hermanos disfrutaron de practicar la equitación por algún tiempo, pero desde hacía poco lo habían dejado y ahora los caballos, llamados Cesar y Cleopatra, se encontraban en completo abandono, Sebastián, uno de los sirvientes, se encargaba de vigilarlos de vez en cuando, pero solo era posible en la medida que el resto de sus ocupaciones se lo permitían.

A la mañana siguiente Candy despertó antes de la salida del sol, dispuesta a iniciar con el cuidado de sus nuevos compañeros de cuarto, ella nunca había estado tan cerca de aquellas criaturas tan imponentes y al mismo tiempo tan gráciles, sin embargo no sentía miedo, lo que ayudó a que de inmediato Cesar y Cleopatra entrarán en confianza con el toque de las manos de Candy sobre sus cuerpos.

-Perdonen por llegar sin una invitación –se excusó Candy mientras los cepillaba –Espero que lleguemos a tener una convivencia pacífica en poco tiempo, quiero ser su amiga.

Desde el jardín Natasha y Christa escuchaban las conversaciones de Candy con los caballos, por un momento ambas asumieron que la chica había perdido la razón ante la noticia, es decir, ¿quién conversa con caballos? Fuera lo que fuera, les resultaba frustrante que la chica no se quejara ni una sola vez con ellas, cada vez que coincidían ella les saludaba con la misma sonrisa brillante a pesar de las dificultades.

-No lo comprendo –murmuró Christa -¿Por qué la señora se ensaña tanto con Candy?

-La señorita Mary me dijo que todo fue orden de sus angelitos –Le respondió Natasha –Es evidente que la odian.

-¡Pero Candy no les ha hecho nada! –añadió Christa con voz imperante.

-Calla, que si te escuchan tú serás la siguiente.

Mientras en la villa de los Grandchester Diana y Terry ensayaban como un dúo para sus lecciones de músicas, Terry desliaba los delgados dedos en el piano y Diana creaba una suave melodía entre las cuerdas del violín. A través de la música los hermanos se conectaban como uno solo trasmitiendo sus sentimientos, su pasión, en esta ocasión no era la excepción, cuando estaban juntos eran un prodigio de la música.

De repente fueron interrumpidos por la señora Schiffrin, quien portaba un par de cartas para los hermanos, Diana se apropió de los sobre inmediatamente sin dejar a su hermano revisar siquiera al remitente.

-Terrence, Terrence, Terrence… son todas para ti –dijo Diana decepcionada –Seguramente son señoras que quieres que conozcas a sus hijas, creo que les urge un buen partido.

-Entonces no me interesan –respondió Terry empezando a tocar el piano una vez más

-Tienes razón, todavía eres muy joven para pensar en el matrimonio, además, si te casas ¿quién me acompañará? –Suspiró Diana –Aunque ya me estoy previniendo, aún es muy pronto para que te cases.

-¿A qué te refieres con previniendo?

-Le escribí una carta a mi padre la semana pasada, necesito una acompañante –explicó Diana –Y no quiero a un aristócrata estirada, así que propuse a Candy para que lo sea, ¿Qué opinas, acaso no soy un genio?

-¿A Candy? –Se detuvo Terry de golpé -¿Por qué ella?

-Te pusiste rojo hasta las orejas, ¿por qué será?

-¡No digas tonterías! –replicó Terry intentado disimular la impresión –El duque de Grandchester no lo autorizará.

-Entonces autorízame tú, ¿no eres el futuro duque de Grandchester?

-Es verdad, soy el futuro duque…