Todos los derechos son propiedad de RICHELLE MEAD, a excepción de la trama.
Capítulo 10
Rose
Llevo toda la vida esperando este momento, prácticamente desde que era una niña.
Ansiaba salir, explorar y enfrentar al mundo libremente, comprobar por mí misma su grandeza y revelar los enigmas que tan recelosamente oculta.
Emprender aventuras que me hicieran vibrar de emoción, que me llevaran a conocer, buscar, descubrir.
Quería demostrar mi valía y tenacidad.
Pero más allá de todo, deseaba que mi padre y mi madre, donde quiera que ella se encuentre, se sintieran orgullosos de mí.
Para ellos quería ser extraordinaria…
Suspiré dejando el bolígrafo entre las gastadas páginas del western.
– Pero mi propia aventura resultó ser muy distinta a lo que esperaba – Murmuré para evitar despertar a Dimitri que aún descansaba a mi lado – Al menos no estoy sola – Reí viéndolo dormir profundamente. Era tan alto que sus pies sobresalían de la cama y pese a ello estaba segura que nunca descansó mejor. Parecía más joven y despreocupado, también vulnerable – ¿Qué más tendremos que enfrentar, camarada? Sobrevivimos al impacto del avión, descendimos de una de las montañas más peligrosas del mundo, nos enfrentamos a furiosos lobos y salimos ilesos de una colosal avalancha… nadie va a creernos.
– ¿Tengo que preocuparme porque ahora estés hablando sola? – Su voz enronquecida me hizo dar un pequeño salto en mi lugar, juraba que él dormía pues tenía los ojos cerrados y la respiración acompasada.
– ¡No! – Negué fervientemente – Yo solo… – ¿¡Y si hubiera dicho alguna barbaridad!? – Ordenaba mis ideas para escribirlas – Me mordí el labio sintiendo mis mejillas arder.
Lentamente abrió los ojos para observarme desde su posición, deteniéndose más de la cuenta en mi cara que debía ser un tomate ¡Trágame tierra y escúpeme en cualquier playa!
– Solo bromeaba, Roza – Sonrió claramente divertido al mismo tiempo que apartaba las cobijas para salir de la cama. Ya de pie, estiró los brazos desperezándose y de un solo movimiento de cabeza hizo chasquear su cuello. Yo, no podía si quiera parpadear ¡Carajo! ¿Por qué tiene que ser tan condenadamente guapo? Confiado giró hacia mí levantándose la sudadera para revisar su vendaje… ¡Dios salve a la madre Rusia! Tragué. Desde que atendí su herida me quedó claro que se ejercitaba, pero en ese momento no me detuve a admirar sus abdominales que francamente son un pecado a la vista – ¿Cómo vas con tus notas?
Rápidamente aparté la mirada sintiéndome más abochornada que antes – B… bien – Balbuceé completamente intimidada por su presencia ¡Despabila Rosemarie, o pensará que eres retrasada! Me aclaré la garganta, incorporándome para dejar el libro sobre el baúl – He avanzado mucho en la última hora.
Arqueó la ceja acomodando de nuevo su sudadera – ¿Llevas mucho tiempo despierta? – Caminó hacia la baranda en donde habíamos dejado tendida nuestra ropa.
– Un rato. Todavía no salía el sol cuando me levanté – Vacilante me acerqué en busca de mi abrigo ¿Por qué de repente me sentía así? – Te ves mejor que ayer – Intenté una plática casual mientras nos abrigábamos.
– Me siento mejor que ayer – Respondió optimista. Estábamos muy cerca debido al espacio reducido, pero coordinábamos tan bien nuestros movimientos que no hacía falta hablar. Cuando menos lo esperé cruzamos las miradas; sonreí al darme cuenta de que no era el mismo Dimitri que conocí días atrás – Y bien… – Retrocedió refregándose la nuca – ¿Qué haremos hoy?
Terminé de atarme el cabello, cómo añoraba tener un cepillo – Hay que limpiar la tina para llenarla de granizo y ponerlo al fuego a derretir, así tendremos agua suficiente. La del río no es opción porque eso nos implicaría más esfuerzo y ni hablar del riesgo – Nos sentamos para ponernos las botas – Afortunadamente la tormenta cedió y aunque el nivel de nieve subió no habrá problema para apalearla y acarrearla – Lo había comprobado desde temprano – Tampoco será impedimento para salir a pescar, puedo encargarme de eso mientras preparas el desayuno.
– ¿Es en serio, Rose? – Me miró sorprendido – Esperas que me quede cocinando en lo que tú realizas el trabajo peligroso ¿¡Por quién me tomas!? – Exclamó con indignación – Sé que estoy lesionado, pero en algo puedo ayudarte – Se apartó dispuesto a bajar – ¡No me hagas sentir un inútil!
– ¡Esa no es mi intención! – Me apresuré a explicarle, alcanzándolo a media escalera para detenerlo del brazo – Lo que pasa es que no soy muy diestra en la cocina.
– ¡Vaya! – Volteó visiblemente más relajado – Al fin descubro algo en lo que Rose Hathaway no es buena – Bromeó olvidándose del malentendido.
Me encogí de hombros – Hay muchas cosas en las que no lo soy. Además y volviendo al punto, si yo entro al río estaremos corriendo menos riesgo. Conozco la técnica de pesca y ya probamos que la capa de hielo resiste mi peso – Argumenté – Sin mencionar que estarás cerca por cualquier complicación que pueda surgir.
Asintió no muy convencido. Sabía, aunque no me lo dijera, que se sentía en desventaja conmigo gracias a su lesión. Como también que su reacción anterior nada tenía que ver con el orgullo, él ciertamente se preocupaba porque cualquier cosa resultara mal. Y no íbamos a engañarnos, la situación ameritaba tomar todas las precauciones posibles.
– ¿De verdad crees que es buena idea entrar de nuevo? – Insistió – Bien podemos disponer de lo que tenemos aquí.
Negué enternecida por su notable desasosiego – No debemos arriesgarnos a quedarnos sin comida y a que el clima nos impida salir en busca de más.
Lo insté a bajar los últimos escalones – Sé que tienes razón, pero…
– Seré cuidadosa – Le prometí mirándolo directamente a los ojos – No daré un solo paso en falso.
Limpiamos y rellenamos la tina en tiempo record, la nieve estaba bastante suelta y eso nos facilitó mucho la faena. Lo difícil fue estar entrando y saliendo, ya que afuera hacía un frío de los mil demonios y obviamente preferíamos la calidez de la cabaña.
Luego volvimos a registrar los cacharros del acceso principal, encontrando herramienta e implementos que Dimitri podría utilizar en la reparación de la radio, así como también unos buenos anzuelos que me venían excelentes.
Sin embargo faltaba el elemento estrella de la pesca, la carnada. Por lo que con navaja en mano salí en busca de algún tronco adusto que me la pudiera proporcionar. Y mi camarada, como el caballero que es, no tardó en ofrecerme su ayuda.
Realmente esta tarea tampoco nos dio trabajo puesto que estamos rodeados por un montón de pinos hoscos cargaditos de larvas. Lo complicado en esta ocasión fue estar tan cerca de él, considerando que mi tonto corazón no paraba de latir desbocado ante su sola presencia.
De un día para otro algo o todo, había cambiado. Al menos así lo percibía.
En varias ocasiones perdí la concentración por observarlo furtivamente y ni siquiera era consciente cuando de pronto me sorprendía embelesada con sus movimientos controlados y gráciles, o en su perfecta fisionomía.
Lo dicho, no conocía hombre más bello.
De cejas pobladas, pestañas largas, nariz recta y mandíbula cuadrada que le otorgan fuerza y porte a sus facciones. Más ahora con su barba de días, que aunque descuidada le da un aspecto atractivamente interesante.
No obstante, sus ojos son los auténticos protagonistas. Esos orbes infinitos color chocolate que devoran mi alma hasta envolverme en una perfecta burbuja donde solo existimos él y yo. Por cursi y loco que se escuche.
Su boca es otro cuento. Posee unos labios de tentación que invitan a ser besados con la promesa de una experiencia avasallante.
¡Y vaya que lo había experimentado!
– ¡Por Dios Rose, tienes que dejar de pensar en eso! Solo fue un beso, no es para tanto – Me recriminé. Prácticamente tenía todo listo, únicamente hacía falta perforar. Había localizado un punto en el río con la adecuada profundidad y correcta visibilidad hacia la cabaña, que era donde se hallaba Dimitri ahora – ¡Pero fue el jodido mejor beso que jamás me dieron! – Solté con frustración, pues si continuaba actuando de esta manera él lo notaría y definitivamente no quería eso – ¿¡Y qué rayos ocurre cada vez que me mira!? – Agarré el pico para marcar una circunferencia no muy grande sobre el hielo. Tenía hambre, frío y estaba muy confundida, una pésima combinación para una Mazur. Sin mencionar que empezaba a percibir los claros indicios de una jaqueca – Me lee a su antojo ¡Como a una maldita revista! – Con más fuerza de la necesaria adapté el cayado para evitar hundirme en caso de resquebrajamiento – No puede estar sucediéndome esto… no ahora, no aquí… con él. En este momento ya hay suficiente caos en mi vida – Murmuré al viento que se encaprichaba en alborotarme el cabello.
Mis hombros cayeron en derrota mientras respiraba profundamente en un intento por dominar mis emociones. Sentimientos que al parecer hoy eran inevitables, puesto que habían tomado casi que vida propia.
Y en ese lugar olvidado de Dios, en medio de una catástrofe, con la quietud como mi único testigo, reconocí aquello que había venido disfrazando exitosamente, lo que sin querer y con toda la intención me había empecinado en ignorar… estaba enamorada.
Dimitri
Abandoné la cabaña no sin antes haber lanzado dos leños más a la chimenea, esto para que el granizo se derritiera más rápidamente y no sufrir por falta de agua después.
Afuera el clima era atroz y pese a ello yo no podía tener mejor día.
La conversación de anoche me ayudó como no tenía idea. Sincerarme y contarle a Rose los sucesos de mi vida que tan profundamente me marcaron, hechos que jamás hablé con nadie, logró que luego de años pudiera volver a dormir sin la pesadumbre de los resentimientos del pasado. Aunque también era consciente de que para sanar del todo aún tenía muchos aspectos en los cuales trabajar.
Sin embargo, había amanecido estupendamente. Independientemente de nuestro pequeño altercado, que no fue más que una tontera por considerarme incompetente debido a mi estropeada condición. La herida continuaba generándome molestias, la infección seguía su curso y la última píldora la había tomado hace días. A pesar de eso y sin restarle importancia, resolví que hoy no sería impedimento para disfrutar del sentirme libre de aquel peso asfixiante.
Avancé por el terreno irregular llevando la placa con nuestro desayuno recién hecho. Preparé chocolate en agua y unos austeros panecillos de sal, nada del otro mundo para los ingredientes con los que contábamos. Es más, tuve que ingeniármelas para cernir la harina, ya que debido al tiempo que llevaba guardada se le formaron telarañas propias de lo añejo.
Levanté la vista para verla río adentro. Tenía las cañas ancladas mientras esperaba sentada sobre un cubo, apoyaba los codos en sus rodillas y el mentón en los puños. Sonreí al notar su ceño arrugado, parecía estar aburrida… muy aburrida.
Tan pronto como se percató de mi presencia se incorporó para deslizarse con cuidado, acercándose hasta salir de ahí.
– Traje el desayuno – Anuncié.
Ella observó la placa con los ojos bien abiertos – ¿¡Camarada, horneaste bollos!? – Expresó genuinamente asombrada para inmediatamente inclinarse a olerlos – ¡Huelen de maravilla! Lo ves, yo no habría sido capaz ni siguiendo un tutorial – Se quitó el guante para tomar uno, sopló y dio un pequeño bocado – ¡Está riquísimo!
Su hermosa sonrisa fue grande, instantánea y contagiosa, era reconfortante saberla feliz con algo tan sencillo y me agradaba haber contribuido a ello – Habrían quedado mejor de haber tenido un poco de levadura, mantequilla y leche.
Con la intención de seguir vigilando las cañas nos acomodamos en un madero que se ubicaba a unos pasos de la orilla – Pues para mí están perfectos. Y el chocolate… – Mantuvo el pocillo entre sus manos deleitándose con el aroma antes de dar un sorbo – Mmm… ¡delicioso! – Gimió cerrando los ojos para terminar lamiéndose los labios como si estuviera disfrutando de un exquisito manjar.
Me ericé por completo, prendado a su belleza transparente y natural. Y es que literalmente soy capaz de ver a través de ella ¿Cómo es que las personas que dicen conocerla pudieron acusarla tan infamemente? No lo merecía. Rose es auténtica y tiene una gran calidad humana, ayer y todos estos días lo ha venido demostrando una y otra vez.
– Roza, yo… – La llamé deseando poder transmitirle toda la gratitud que sentía – Quiero agradecerte una vez más lo que hiciste por mí anoche.
Negó con amabilidad – No hice más que escucharte.
– Pues significó mucho. Por primera vez en años logré dormir sin la opresión en el pecho – Le confesé con total confianza, sujetando delicadamente su mano.
– No tienes nada que agradecerme Dimitri, de verdad – Distraída movió la mano para encontrar su palma con la mía y entrelazar nuestros dedos – Eso es lo que hacen los… ¿amigos? – Mordió su labio inferior.
– Los buenos amigos – Afirmé de prisa y poco convencido. Estaba claro que éramos más que conocidos, pero de ahí a llamarla mi amiga… y no porque no quisiera su amistad, sino porque no podía pensarla como solo una amiga… es mucho más. Aunque tampoco sabía qué adjetivo darle – No me gusta cómo luce, se ve terrible – Abrumado por mis propios pensamientos desvié mi atención al cielo que se hallaba tapiado de enormes nubes grisáceas en forma de picos.
Una nueva tormenta se avecinaba.
– Solo espero que nos dé oportunidad de atrapar algo – Dijo haciendo una mueca – No recordaba que no tengo la paciencia suficiente para la pesca. Confío en… – De pronto, me soltó levantándose bruscamente – ¿Es mi imaginación o la caña se está moviendo?
Dirigí la vista hacia ese punto – Definitivamente picó algo – Confirmé siguiéndola lo más rápido que podía – ¡Ten cuidado! – Le pedí. Al llegar se arrodilló y comenzó a enrollar el hilo, no veía mucho más puesto que estaba de espaldas a mí – ¿Qué pasa? – Pregunté luego de un rato.
– ¡SON DOS! – Se volvió con una sonrisa radiante en la cara, mostrándome el par de peces de buen tamaño. Parecía una niña recibiendo regalos la mañana de navidad.
¡Por Dios, qué hermosa es! Me estremecí percibiendo un ligero cosquilleo en la boca del estómago.
Su figura en conjunto con el paisaje gélido que nos bordeaba era casi irreal, como un espejismo en medio de un oasis, demasiado bello y tentador. Maravillado la contemplé con esmero, deseando grabarla en mi memoria sin perder detalle de su hermosura.
Desatento no reparé en su regreso hasta que prácticamente la tuve a mi lado – Creo que son truchas – Dije recomponiéndome – Vendrán bien con el arroz que pienso cocinar.
– ¡Estupendo! – Alegre me entregó el cubo, ajena a mi repentino nerviosismo – Será como comer sushi.
Las truchas aguardaban descamadas en el fregadero mientras el arroz se cocía al fuego de la chimenea. Rose había decidido quedarse afuera un poco más para ver si la suerte seguía de su parte, palabras suyas.
Le preocupaba que nos quedáramos sin alimentos y a mí me inquietaba su seguridad, por lo que me dispuse a reparar la radio en el estante de la entrada, dejando la puerta abierta para poder vigilarla.
Los primeros veinte o quince minutos nada hice por estarla observando constantemente, hasta que caí en cuenta de que estaba exagerando y me puse en marcha con el desarmador.
Roza sabe lo que hace, me dije convenciéndome.
¡Sé franco! No la mirabas por vigilarla, lo hacías porque querías.
Negué refregándome los ojos en un intento por apartar esos inesperados pensamientos que en nada ayudaban a concentrarme en las piezas que tenía delante.
¡Céntrate Dimitri! La prioridad es volver a casa.
Suspiré con pesar, pues hubo al menos tres personas en ese vuelo que habrían dado todo por poder decir lo mismo… ni hablar de sus familias.
Solté la herramienta para sacar el celular de mi bolsillo, daba impotencia no poder usarlo todavía – Dudo que aquí haya cobertura – Y pensar que juraba que no saldríamos de la montaña. Rememoré lo que hemos tenido que pasar y me parecía tan lejano todo aquello, como una pesadilla de la que habíamos venido escapando los últimos cinco días con sus noches – Roza tiene razón, nadie va a creernos.
Reí sin humor, pues hiciera lo que hiciera o pensara lo que pensara, últimamente ella terminaba colándose en mis pensamientos. Le eché un vistazo para encontrarla exactamente en el mismo sitio – ¿Qué me está pasando contigo?
Y es que jamás había sentido tanta paz y a la vez tanta vulnerabilidad estando cerca de una mujer… ¡pero qué mujer!
No conocía a alguien más fuerte, tenaz y apasionada. Tan llena de vida aun cuando luchaba contra el mundo entero. Siempre dispuesta a dejarse la piel por defender y proteger a los demás, incluso cuando ese alguien se rehusaba a ser salvado.
Intenté mantener mi distancia, lo juro… pero fallé miserablemente.
Exasperado me pasé las manos por el cabello ¿A quién engaño? Me sentí atraído por Rose desde la primera vez que la vi, no tenía cómo negar eso. Intrigado por lo que se decía de ella y deslumbrado por su tremenda belleza exterior, exótica y peligrosa, equiparable con la belleza interior de la que es poseedora. Solo hacía falta conocerla un poco para darse cuenta de lo valiosa que es su alma.
Sin embargo mi desconfianza ganó, me creí capaz de manejar la situación, tal vez hasta de obtener una confesión suya. A pesar de ello y mientras más pasaba el tiempo, yo más me confundía. Su hablar, su actuar, las cosas que fui descubriendo, nada tenía que ver con la criminal que me habían pintado.
Su sonrojo, la forma genuina en la que me sonreía, la calidez que me hacía sentir por dentro debido a sus cuidados, la electricidad que me recorría cada vez que me tocaba y esa extraña sensación de aleteo en el estómago que venía experimentando recientemente. Incluso empezaba a gustarme el apodo ridículo que me había dado.
Nunca había sentido tantas ansias por querer estar cerca de una persona. En apenas unos días, los más extremos que he vivido, mi Roza se convirtió en alguien muy especial. Definitivamente cualquier hombre sería afortunado de tenerla a su lado.
Me asaltó una sensación desagradable. Tenso y con la mandíbula apretada bajé la mirada a mi mano para descubrir que oprimía con excesiva fuerza una de las piezas. La sola idea de mi Roza con otro me molestaba, me fastidiaba demasiado.
¡Espera un segundo…! ¿Mi Roza? ¿Desde cuándo la llamo "mi Roza"?
Negado al sentimiento arrojé lejos la pieza. La realización me aporreó como un costal de ladrillos para enseguida recibir otro golpe, pero de dolor que consiguió doblarme en el asiento, cada vez se hacían más frecuentes y punzantes. La herida desde luego dejaría cicatriz y no solo sobre la piel… no será lo único que deje huella.
Me estremecí, pero ya no de dolencia. Cierto es que no soy el mismo desde que la conocí, mis reacciones no correspondían a quien fui antes de subir al avión. Sincerarme a tal grado de contarle mi pasado, tener ese acercamiento tan único y personal. Mi reacción que en un primer momento fue incomprensible para mí al saberla sana y salva después de la avalancha, comenzaba a tener todo el sentido del mundo…
¡Carajo! Me había enamorado.
Estático perdí la noción del tiempo. Fueron los latidos acelerados de mi corazón los que lograron sacarme del ensimismamiento. Lentamente elevé la mirada; inestable, inseguro como pocas veces hasta ahora.
¿Podré verla a la cara sin descubrirme a mí mismo?
Sin embargo, no vi nada… Rose, no estaba.
Salí disparado, corriendo con y a pesar del dolor agudo en mi costado – ¿¡Roza…!? – La llamé – ¿En dónde estás? – Estaba al punto de la histeria, ella no me respondía. Dubitativo y al extremo nervioso me detuve al límite del río, buscándola desesperadamente. Hasta que vi su gorro tirado muy cerca del boquete – ¡JODER! – Entré tal como llegué, corriendo con el corazón atravesado en la garganta. Importándome un bledo lo resbaloso del piso – ¡ROZA! – Grité – ¡ROZA!
Fue lo último que logré pronunciar antes de que el suelo dejara de sostener mi peso ¡Crack!
Ahhhhhhh! ¿Alguien más está gritando? Jajaja, me gana la emoción.
Chicas, espero que esta vez la espera no haya sido mucha. Me esforcé por traerles el capítulo lo más rápido posible y compensarlas con mucho Romitri.
Déjenme sus comentarios, me gusta mucho leerlos.
Quiero agradecer muy especialmente a mi querida amiga Brenda-I, porque ha tenido que soportar todas mis locuras e indecisiones últimamente. Sorry, te seguiré molestando ;)
También les sugiero y súper recomiendo leer su historia (El mundo oculto tras nuestros ojos), la amarán, estoy segura.
Manténganse a salvo.
Besos, Isy.
