Disclaimer: Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Shirai-sensei y Posuka-sensei. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Nota de autora: No podía darle un final feliz a este libro, pero al menos no es tan cruel? Idk, estoy satisfecha con el trabajo y supongo que lo dejaré así


Doncella sagrada

Epílogo


—No esperaba encontrarme contigo aquí.

Lewis se quita el sombrero al llegar bajo el árbol que está en medio del descuidado pero bonito jardín. Sus ojos observan curiosos la figura de la persona a la que ha llegado para acompañar, notando los atisbos de cansancio por culpa de los años de desdicha forzada, escondida bajo la coraza de una una inquebrantable creencia acerca de lo correcto y lo incorrecto. Todo en una perfecta armonía de caos que no tardaría mucho en desmoronarse, sólo con una ventisca.

Era casi el destino el hecho de que pudieran comparar a una niña maldita con algo intocable como el viento.

—¿Qué haces aquí? —la voz ronca, quizás por el tiempo que ha guardado silencio, o decidido hablar solamente consigo mismo, está cargada de hastío. Clara señal de que la compañía no era grata.

Pero ser rechazado siempre le ha sido normal de sentir, al menos para Lewis.

—Daba un paseo. —Contesta, con desdén.

—¿Al otro lado del mundo?

—Es un viaje de negocios.

—Decídete —Sung-Joo se escucha cansado, probablemente de tener que soportar a su hermano incluso en tierras ajenas—. ¿Es un paseo o un viaje de negocios?

—Bueno, Bayon es el de los negocios. Yo sólo lo estoy acompañando, para que no muera del aburrimiento —explica divertido—. Pero de verdad, es impresionante encontrarte aquí, hermanito. ¿Qué haces tan lejos de casa?

El pelirrojo no le responde, y deja de mirarlo, para posar sus ojos oscurecidos sobre las raíces del árbol que los cubre del sol. El viento suave mece las ramas y las hojas, junto con el pastizal bajo sus pies, y las flores silvestres que crecen orgullosamente por todos lados. Hay tantos colores, tantos aromas, pero el que más destaca es el grupo que tiene a sus pies, las que no deja de observar con ilusión, como si fueran lo más hermoso en todo el mundo.

Rosas blancas y rojas. Justo allí, mezcladas entre ellas, enredadas al tronco del árbol. Es tan bonito.

El retirado príncipe suelta un largo suspiro, y se quita la capucha de encima. Ya no le sirve, porque Lewis ya le había encontrado. Así que su cabello, rojo como las rosas y la sangre de la persona que más anhela, ondea con el viento. Él sonríe con cansancio.

—Sólo estoy cuidando a Música, para que nadie se la lleve de donde pertenece.

—Entiendo. —Asiente, sin hacer más preguntas.

De todas formas, no sería muy difícil atar cabos, mucho menos para alguien tan listo como Lewis. Lo que acababa de decir Sung-Joo confirmaba sus sospechas, y la verdad sobre lo que ocurrió hace tiempo, la noche en la que la reina, su hermana, enloqueció, la misma noche en la que el corazón de la doncella sagrada fue robado de su cuerpo, y el ladrón había huido con él, impidiendo que se restaurase y volviera a la vida la pobre niña maldecida con el poder de Dios.

Pero tampoco era como si devolverle el corazón la hubiera salvado. Ella ya había perdido ese privilegio, al mezclar su sangre con la de alguien más.

—Intentaste ayudarla. A esa niña.

—No, solamente hice una estupidez. No la cuidé lo suficiente.

—Ella no quería que la cuidaras.

—¿Y tú qué sabrás?

Lewis suelta una risa, y vuelve a ponerse el sombrero.

—No subestimes mi poder para entender los sentimientos de los demás. Hay una diferencia en que no lo sepa, y otra en que no me importe.

—¿Y te importaba?

—Sinceramente no —niega, y suspira. Sung-Joo gruñe—. Pero a ti sí te importa, así que te lo digo.

—Muy tarde. Demasiado tarde.

—No era mi obligación, pero bueno —se acomoda el abrigo, siempre negro, y después da unas palmaditas en el hombro de su hermano—. Cuando quieras, puedes volver a casa. Reglavalima ha muerto, y el siguiente monarca podrías ser tú.

—¿Y por qué no tú?

—No estoy hecho para eso, lo sabes muy bien, hermanito. Así que, ¿qué dices?

Sung-Joo guarda silencio de nuevo, y deja de mirar al rubio, para volver su vista al frente.

—Tal vez antes me hubiera gustado serlo —confiesa vagamente—. Pero ahora... me sentiría solo. Sería desagradable, y molesto.

—Entiendo —repite. No necesita decir nada más, así que da media vuelta y comienza a alejarse de allí—. Si cambias de opinión algún día, recuerda que yo te apoyo.

Con eso último aclarado, desaparece de la vista del muchacho.

Sung-Joo sonríe en cuanto vuelve a encontrarse solo. Siente el viento otra vez, ahora con más fuerza. Un par de pétalos rojos y marchitos se sueltan de los demás, y vuelan lejos, hasta perderse. Se escucha la risa de algunos niños en la lejanía, del orfanato en ruinas en el que Música vivía y cuidaba, antes de ser arrastrada a un palacio de cuentos que tenía diamantes en los murales y rejas en las ventanas. Lugares tan contrarios que solamente con mencionar uno, el otro no debería existir en el mismo pensamiento.

Los campos a mitad de la nada son la mejor forma de vivir para una niña que ha sido bendecida por los cielos y maldecida por los humanos. Nada es más precioso que la libertad, y el dolor de una espina clavada en el dedo (o el corazón), por culpa de una flor silvestre.

Él lleva una mano a su boca, y siente el líquido espeso resbalarse de entre sus colmillos.

—Si fuera rey, duraría muy poco.

No está asustado, ni molesto. Después de todo, ese era el precio a pagar por atreverse a arrancar una de las flores más bonitas de un jardín. El mismo precio que pagaron todos sus antepasados, de una historia que fue consumida por fuego junto a sus páginas y la letra de alguien arrepentido.

Ya no sirve de nada pensar en otra cosa que lo bonito del color rojo.

(Aunque le repugne.)


fin.