Capítulo 10
Algo raro pasa...
Cuando bajé a desayunar tenía la bicicleta aparcada en la puerta, perfectamente limpia y engrasada. Acaricié el manillar sabiendo quién lo había acariciado antes y una sonrisa estúpida se formó en mi rostro.
Me arreglé con especial cuidado y hasta me maquillé más de lo normal. Aquel día, ocho de junio, comenzaba la Eurocopa. Iban a ser unas semanas complicadas.
Cogí el autobús y llegué un poco antes de comenzar mi turno al pub.
Allí me encontré con Naruto, que en vez de saludarme con el acostumbrado gesto de la cabeza, salió de la barra y me palmeó el trasero.
—Eh, ¿qué haces? —le pregunté molesta.
—Comprobar los daños —contestó el riendo.
—Vaya, cómo corren los rumores por aquí —apostillé.
—Sí, es que nos preocupamos por los accidentes que puedan tener nuestros vecinos —rio con más fuerza.
—Gracias —dije de forma sarcástica.
—No me refería a ti, preciosa, sino a las dulces vaquitas que atacaste —se giró riéndose a carcajadas.
Las bromas continuaron durante toda la tarde, Neji, que había ido a ver los partidos de fútbol incluso imitó de forma burda lo que quiso ser una verónica a mi paso.
—¿Es que no sabéis torear en España? —preguntó.
—Mira, guapo, para torear hay que tener algo que vosotros los escoceses no tendréis nunca —le contesté.
—¿El qué?
—La furia española.
—¿Qué es eso?
—¿No te gusta el fútbol?
—Sí.
—Pues deja que te lo demuestren mis chicos de "la Roja"—contesté.
Me había dado cuenta de que estando en el extranjero tendía a exagerar bastante y a sentirme mucho más orgullosa de mi tierra de lo estaba cuando vivía allí, salvando las inevitables circunstancias, claro. Nunca me había gustado el fútbol, pero estaba deseando ver como España, que partía como la favorita, se hacía con la deseada copa.
—No te metas con ella, Neji —gritó Naruto desde la barra.
—¿Acaso me va a arrojar una taza de té? —contestó Neji. Yo lo miré sorprendido y él dándose cuenta del error miró alrededor para comprobar que Sasuke no estuviera cerca.
—Es una fierecilla, ten por seguro que si "la Roja" juega como lucha ella, ganarán. Yo que tú apostaría sobre seguro —exclamó cambiando rápidamente de tema.
Los ingleses apostaban por todo, los escoceses también y ambos hacían propia esa costumbre. Habíamos creado un cuadro con el calendario de la Eurocopa que colgaba bien visible a la entrada del pub. Naruto era el encargado de las apuestas.
Poco antes de las seis de la tarde cerró las apuestas del día, pero podíamos apostar por otros partidos.
—¿Vas a apostar algo? —me preguntó.
—Veinte libras a que España gana la Eurocopa y ¿tú? —pregunté.
—Yo con tal de que Inglaterra sea eliminada, y haciendo honor a ti, apostaré también por España.
—Muy bien —le palmeé la espalda.
El pub se fue llenando a medida que se aproximaba la hora del primer partido. España no jugaría hasta el domingo. Por otro lado, a Sasuke no se le veía por ningún sitio. ¿Me estaba evitando? No me preocupé, acababa de empezar la tarde.
Habían instalado una pantalla gigantesca en la pared de detrás del escenario y mesas y sillas se movieron para dar comienzo al espectáculo. Nosotros no paramos en toda la tarde de servir cervezas y comida. Acabamos agotados. Deb se apoyaba dónde podía bostezando y yo no debía tener mejor aspecto. Además de cansada estaba extrañamente decepcionada. Sasuke no había aparecido en toda la tarde.
Llegó la hora de cerrar y algo triste me monté en el Range Rover de Naruto. Cuando salimos del callejón miré al apartamento situado sobre el pub, había una luz encendida y una sombra se distinguía detrás de las cortinas. Era Sasuke, lo hubiera reconocido entre un millar de sombras. Nos observaba, pero no se movió ni hizo ningún gesto de despedida. Mi ánimo descendió a los infiernos, saltándose la invitación del Can Cerbero.
El día siguiente no fue mucho mejor. En cuanto entré en el pub me di cuenta de que Naruto no tenía un buen día. Quizá estaba agobiado por el trabajo que le esperaba, quizá había discutido con alguna mujer de su numerosa cohorte. Francamente, me importaba un pimiento. Tras una rápida mirada había podido observar que Sasuke seguía sin aparecer. Ese día había dos nuevos partidos, Holanda contra Dinamarca y Alemania contra Portugal, favoritos estos últimos a llevarse la copa. También había llegado un autobús de turistas alemanes esa mañana. Decididamente, la tarde iba a ser bastante complicada.
—Más brío, españolita, mueve ese culito que Dios te ha dado —soltó Naruto cuando yo llevaba una bandeja llena a reventar de pintas para el numeroso grupo alemán. Que francamente si competían con los escoceses en ingesta de alcohol, no sabría decir cuál ganaría.
—Tal vez iríamos más deprisa si en vez de estar tan pendiente de mi culo prepararas más rápido las consumiciones, machista de mierda —esto último lo dije en el idioma materno. No quería más problemas.
—Hoy no estoy para bromas, fierecilla.
—Yo tampoco, tocanarices —le respondí también excluyendo el insulto de su idioma, de todas formas no sabía cómo decirlo.
Cuando comenzó el primer partido tuvimos unos minutos de relativo asueto. Temari comenzó a recoger los vasos vacíos y yo la estaba ayudando cuando entró un proveedor de cerveza.
—Hola, guapas, ¿está Naruto? —preguntó mirando la pantalla de juego.
—Cuando hay fútbol, las mujeres podemos ser trolls que les daría lo mismo —susurró Temari.
—No está —dije yo levantando la voz para conseguir su atención.
—¿Tardará mucho? —inquirió con la vista fija en la pantalla—. ¡Mierda!, eso ha sido fuera de juego claramente. ¿Lo habéis visto?
—Sí, claro —contestamos las dos al unísono.
Por nosotras como si la pelota hubiera sido lanzada al espacio sideral.
—¿Dónde esta Naruto? —miré a Temari. No se le veía por ningún sitio. Era raro en él escaquearse cuando había mucho trabajo.
—Ha subido a hablar con Sasuke —respondió ella.
Umm, así que Sasuke seguía escondido en su cueva...
—Voy a buscarlo —dijo.
—Déjalo, ya voy yo —afirmé, secándome las manos en el delantal. Quería encontrarme frente a él y mirarlo directamente a los ojos y luego... bueno, no había pensado en un luego, así que improvisaría.
Subí las escaleras deprisa y estaba a punto de llamar a la puerta de roble cuando oí mi nombre pronunciado por Naruto. Hice lo que cualquier mujer responsable, seria y prudente de treinta y dos años haría, pegué la oreja a la puerta para escuchar mejor.
—Te juro Sasuke que no sé qué hacer con ella. Es que me saca de mis casillas, contoneando ese culito escondido por ese pantalón negro. ¿No podías haber elegido un uniforme menos sexy? No sé, algo así como un chándal de felpa —la voz de Naruto sonó pesarosa.
Oí la risa contenida de Sasuke y a continuación su voz un poco más grave que la de su primo.
—Es su culo el que es sexy, no el pantalón que lleva puesto. Además, Temari lleva el mismo uniforme y no parece afectarte tanto —respondió.
—Ya, pero Temari no me mira como si fuera un insecto al que aplastar con el zapato a cada momento. Da igual que sea simpático, serio o amable, siempre acabo recibiendo el mismo desprecio —maldijo en gaélico algo que no entendí—. ¿Te has fijado en cómo fuma? Cuando sale al exterior y se enciende el cigarro, hasta ese simple gesto lo hace con orgullo, mirando al frente, como si quisiera ver aparecer algo en el horizonte vacío. Cómo cruza el pie izquierdo detrás del derecho y golpea el suelo con la punta, como si marcara el ritmo de una canción.
—Es el pie derecho —corrigió Sasuke.
—¿Qué?
—Es el pie derecho el que cruza cuando sale a fumar, también lo hace cuando algo le molesta o está cansada de estar de pie —contestó suavemente Sasuke.
—Ah —oí que le daba un trago a algo, supuse que estaban bebiendo, seguro que cerveza o quizá algo más fuerte como whisky. Aspiré hondo, pero solo conseguí oler el barniz de la puerta de madera.
—¿Te has fijado en el lunar que tiene en la base del cuello?, ese que cada vez que se aparta el pelo deja a la vista como si estuviera gritando: "bésame aquí"—su voz se había vuelto soñadora, como si recordara una imagen en particular.
—Son tres —corrigió de nuevo Sasuke—, tiene tres lunares, solo que los otros dos son simples manchitas marrones casi imperceptibles, pero si sigues una línea recta forman un triángulo perfecto.
Me llevé la mano al lugar que habían señalado, yo casi no me acordaba de esas marcas en mi piel. La verdad, tenía muchos lunares y no es que fuera por la vida contándomelos.
—¡Joder! Y cuando se hace esas trencitas en el pelo para recogérselo, que se le deshacen al primer movimiento de cabeza y pone esa cara de total concentración, mordiéndose el labio inferior. ¡Para qué! Si no le duran ni cinco minutos. Para eso es mejor que se coja una coleta o un moño o que se ponga un gorro, yo que sé... —su voz se perdió en el silencio.
—No se hace trenzas, se hace nudos marineros. Cuando está aburrida o le preocupa algo coge entre las dos manos dos mechones y hace un perfecto nudo marinero, no me preguntes por qué, porque no tengo ni idea, en la ficha pone que es del interior de España, que yo sepa no tiene ninguna relación con el mar —explicó Sasuke.
No me gustaba nada el cariz que estaba tomando la conversación.
—Y su olor, a especias orientales. Cuando pasa cerca de mí corriendo o cuando se inclina, una nube de ese maldito olor se extiende por todo el pub. Me hace pensar en harenes, en mujeres semidesnudas contoneándose. Y me hace desear apretarla contra la pared y follarla en ese mismo instante y de paso borrarle esa maldita sonrisa de suficiencia de la cara —espetó Naruto bruscamente.
Di un respingo detrás de la puerta. Ese perfume era Opium, me lo había regalado mi padre cuando cumplí los quince años, me dijo que ya era lo suficientemente mayor para llevarlo. Era el perfume que le regaló a mi madre cuando se conocieron. A ella siempre le pareció muy fuerte y no utilizó más que el primer frasco. A mí siempre me había gustado y lo llevaba desde entonces, jamás había cambiado. Me había acostumbrado tanto a su olor que apenas lo notaba.
—Es Opium, de Yves Saint Laurent —contestó Sasuke con voz oscura y grave.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo lleva alguien que conozco.
—¿Quién?
—Tú no la conoces.
—Me está volviendo loco, Sasuke.
—Déjalo. Olvídala. Está casada, ¿sabes?
—¡Maldito afortunado! Nunca me había sentido así y no me gusta, nada de nada. Dame otra cerveza, anda. ¿Cuánto dices que le queda? —preguntó.
—Se va a finales de agosto.
—Eso es demasiado tiempo.
—¿Ah, sí? A mí me parece poco.
—Eso es porque tú no la tienes que ver todos los días como yo, querido primo —se escuchó un suspiro hondo, que supuse provenía de Naruto.
Hubo un silencio al otro lado, como si los dos hombres meditaran sobre la conversación. Me di cuenta de que había comenzado a trenzarme el pelo, lo hacía cuando estaba inquieta o concentrada en algo. Solté de repente las manos, dejando que el pelo recogido se deshiciera. Mi padre me había enseñado a hacer nudos marineros, los utilizaba con tiras de paja para adornar los centros, para explicarme mejor cómo hacerlos utilizaba mi pelo, que siempre lo había llevado largo. Acordarme de él me entristeció tanto que tuve ganas de llorar. Aguantando la congoja llamé fuertemente a la puerta.
—Pasa, está abierta —era la voz de Sasuke.
Entré con paso firme y me dirigí a Naruto que estaba sentado en el sofá.
—El proveedor de cervezas te busca —espeté demasiado bruscamente.
—¿Ves a lo que me refiero? —contestó a su vez mirando a Sasuke de pie frente él.
Sasuke hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, apartándose el pelo que le caía sobre la frente con una mano.
—¿Te vas? —le pregunté a Sasuke viendo que a sus pies había una pequeña bolsa de deporte negra.
—Sí, aquí ya no tengo nada que hacer —su gesto por lo general abierto y simpático estaba serio y circunspecto.
Naruto se levantó y apuró su cerveza, totalmente ajeno al cruce de miradas entre Sasuke y yo.
—Os acompaño, no quiero llegar muy tarde a Edimburgo, tengo cosas que hacer allí esta noche.
Ese simple comentario cayó sobre mí como un jarro de agua fría. ¿Encontrarse con alguna novia?
Los tres bajamos las escaleras y salimos al pub. Naruto se dirigió al proveedor que le esperaba tomando una pinta y disfrutando del partido.
Yo quise decirle algo a Sasuke antes de que se fuera, pero no se me ocurría nada.
—Gracias por lo de la bicicleta —dije finalmente.
—No hay de qué —respondió él saliendo por la puerta. Lo vi sentarse en su Audi y emprender el camino a su casa. Con él se fue mi corazón, pero nunca lo sabría.
Me volví hacia Temari.
—Necesito un cigarro, ahora vuelvo.
Salí al frío de la tarde y encendí un cigarro. Consciente de que Naruto observaba desde dentro, crucé mi pie derecho detrás del izquierdo y golpeé con tal fuerza el suelo que al día siguiente seguro tendría cardenales.
Pasé la mañana del domingo recogiendo y lavando ropa, que tardaba una eternidad en secarse. La mayoría de la que había llevado no se podía meter en la secadora, así que tenía la habitación que parecía un puesto de mercadillo.
Cogí el autobús para ir al pub con el mismo ánimo triste de los dos últimos días. No entendía la actitud de Sasuke. Era tan atento, tan agradable, me hacía sentir como en casa y de repente se alejaba como si mi simple presencia lo quemara. Estaba herida y confundida y no me gustaba nada sentirme así. No dejaba de pensar qué era aquello que lo reclamaba un sábado por la noche, seguro que trabajo no. Después de que viniera a buscarme en el incidente con las vacas y lo que ambos sentimos en la cocina de mis caseros, llegué a pensar que yo le gustaba. Esa ilusión se hizo añicos al ver cómo se había comportado los dos siguientes días. Quizá había sido solo un calentón pasajero.
El papel que tenía Sasori en todo esto ni lo había pensado, tan concentrada como estaba en el maldito pelinegro escocés. Llevaba varios días sin llamarlo, él tampoco me llamaba a mí, solo habíamos intercambiado escuetos mensajes de cariño, pero no habíamos hablado. Me empezaba a sentir como una mala esposa, pero él tampoco había dado señales de ser un buen esposo.
Descarté mis pensamientos cuando entré en el pub, preparada para otra tarde ajetreada. Me concentré en el trabajo como una hormiga obrera huyendo de mis pensamientos y resultó. Además, ese día jugaba España y solo por ello estaba especialmente emocionada. Me habían dicho que todo español que estuviera a menos de diez millas se acercaría a ver el partido.
Disfruté como una niña viendo el partido. Allí estaba Hayate, haciendo manitas, y me imagino que después del partido algo más, con la nieta de Caristìona. A ella era obvio que el partido no le importaba, ya que su mirada estaba prácticamente fija en mi compatriota, que por supuesto se esforzaba por no ignorarla demasiado, pero claro, es que jugaba "la Roja".
Finalmente España empató, dejando a los españoles con un sabor agridulce y con el pensamiento de que no se fuera a producir otra vez la maldición de los cuartos.
Naruto me llevó a casa en silencio. Por primera vez no hizo ningún comentario sarcástico ni fuera de lugar. Lo miré y aunque estaba concentrado en la carretera, pude notar su cansancio. Evité cualquier tipo de conversación con él. Lo que había escuchado no me había gustado nada, ahora cada vez que se dirigía a mí me lo imaginaba desnudándome con la mirada y eso me incomodaba, más que nada porque no quería que fuese él quien se sintiera así, si no su maldito primo.
Cuando llegamos me informó que al día siguiente, que tenía turno de mañana, podía empezar dos horas más tarde.
Le di las gracias de corazón. Estaba muy cansada y poder dormir un poco más me iba a venir muy bien.
La semana transcurrió tranquila, de hecho el turno de mañana era siempre mucho más cómodo para trabajar que el de tarde, pero costaba bastante madrugar tanto. Toda la semana estaba repleta de partidos. El pub Uchiha haría muy buena caja. Los pinchos que habíamos preparado Chiyo y yo estaban dando muy buenos resultados, gustaban tanto a lugareños como a extranjeros y contribuían a mejorar la carta, ya de por sí excelente.
Por las tardes leía y en ocasiones veía el fútbol con Hiruzen, ya que su mujer aprovechaba para huir al taller de costura y actos sociales del que era presidenta. Y llamé a mi madre, casi todos los días, pudiendo incluso a veces hablar con Akane dependiendo de si se quería poner al teléfono o no, porque las niñas de tres años no analizan la necesidad de contacto verbal como los adultos.
—Mamá.
—Hola, cariño, ¿qué tal estás?
—Muy bien.
—Te noto triste —a una madre no se le puede ocultar nada.
—Oh, no es nada, solo que os echo mucho de menos.
—No te preocupes, que estamos estupendamente —dijo riéndose.
Oí la voz de Akane por detrás.
—Mami, he aprendido una adivinanza, ¿a qué tú no la sabes?
—¿Cuál es? —pregunté yo con voz interesada.
—Es una señorita, muy señoreada, que siempre va en coche y siempre está mojada, es la lengua, ¿qué es? —preguntó entusiasmada.
—No sé, no sé, déjame que piense. Es muy difícil —contesté yo fingiendo estar muy concentrada.
—No lo vas a adivinar —contestó ella emitiendo una risita.
—A ver, a ver.
—Ni en un millón de años —dijo ella.
—¿Puede ser... la lengua? —pregunté yo, obviando que la respuesta me la había dado ella anteriormente.
—¡Sí! —oí cómo aplaudía al otro lado del teléfono.
—¿Cómo lo has adivinado?
—No lo sé, cariño, es que era muy difícil.
—Ya lo sé, es que las mamás son muy listas, bueno, no todas, la tía Haruka me ha dicho que tú eres tonta.
—¿Qué te ha dicho la tía? —no lo dije en tono muy brusco para no asustarla.
—Dice que eres tonta por irte y me ha contado otra adivinanza.
—¿Cuál es? —pregunté yo temiéndome lo peor.
—Dice que quien se fue a Sevilla perdió su silla, pero tú tranquila que le he dicho que no estás en Sevilla, sino en Escocia. Es que a la tía a veces le cuesta entender las cosas —sentenció ella.
—Eso no es una adivinanza cariño, es un refrán estúpido y mamá no va a perder ninguna silla. ¿A que en casa están todas las sillas de siempre? —inquirí sintiendo un profundo odio por la hermana de Sasori.
—No lo sé, ahora vivo con la abuela —contestó ella.
—¿Cariño?
—¿Sí?
—¿Puedes pasarle el teléfono a la abuela, por favor?
—Sí, espera que la busco, me está haciendo natillas en la cocina —oí que soltaba el teléfono y llamaba a mi madre.
—Hola, hija, ¿ves como cada día está más desenvuelta por teléfono? Si al final va a ser más habladora que su madre —exclamó mi madre.
—Eso seguro, mamá, pero no creo que te alcance a ti —repuse—. ¿Mamá?
—¿Sí? —la oía trajinar en la cocina.
—¿Akane vive contigo?
Oí como cerraba la puerta de la cocina.
—Sí, ya te dije que era la mejor solución para todos —su tono se había vuelto serio de repente.
—Sí, ya, pero ¿no va nunca a casa, a nuestra casa? —pregunté algo preocupada.
—No ha habido ocasión, yo me traje todo lo necesario y duerme en la que era tu habitación —contestó ella.
—Mamá, no esquives el tema. Te estoy preguntando que si Sasori pasa con ella al menos el fin de semana —exclamé enfadada.
Hubo un silencio y pasó un ángel como solía decir Matsuri.
—No, no lo hace. Me comentó que viene muy cansado de trabajar y que la niña ya está acostada a esas horas. Debe haber problemas en la fábrica y están echando a gente. Se le ve bastante preocupado. Los fines de semana sale con sus amigos, más bien con los amigos de su hermana, esa... esa... bueno ya sabes lo que pienso de ella. Así que para no confundir más a Akane, está todos los días conmigo. Bueno, este sábado comió en casa de sus otros abuelos —explicó suavemente, viendo que se aproximaba tormenta.
—¿Y qué tal? —pregunté yo preocupada. No tenía ni idea de que la fábrica de Sasori estuviera mal, yo pensaba que al ser una de las que más exportaba al extranjero podría capear la crisis sin más problema que algún pequeño ajuste de producción.
—Bueno... no le gustó mucho, ya sabes que dice que su otra abuela no sabe cocinar, pero que su tía Haruka le enseñó muchos juegos de ordenador —era cierto, mi suegra no sabía freír un huevo sin que se le quemara y mucho menos preparar una comida acorde a una niña tan pequeña. Tendría que hablar con Sasori y en serio sobre sus problemas en la empresa y sobre que le enseñaran juegos en el ordenador a Akane, que era algo que yo le tenía firmemente prohibido.
—Bueno, mamá, tengo que dejarte. Cuídate mucho y cuida a mi pequeña. Te quiero.
—Y yo —contestó ella colgando el teléfono.
Por la noche, acompañada por el silencio de la casa y el calor del edredón, pensé en Sasori y en mi hija. Intenté apartar el sentimiento de preocupación por Akane, la había notado feliz y contenta, como siempre. Sin embargo, Sasori me preocupaba mucho y la arpía de su hermana mucho más. Estaba convencida de que estaba maquinando algo a mis espaldas, volviéndolo en mi contra. Nunca les había caído demasiado bien, sobre todo desde que decidimos casarnos y el chollo que tenía ella con su hermano mayor desapareció. Ya no pudo ser su taxista, porque ella con veintinueve años había sido incapaz de sacarse el carné de conducir, ni tampoco su cajero automático, ya que todo lo que podíamos ahorrar lo invertimos en la casa que nos compramos. Ninguno de los dos venía de una familia acomodada y solo contábamos con nuestro trabajo. Cuando nos dieron la casa estuvimos casi un año durmiendo en un colchón hinchable con dos barcas de fruta como mesillas. Fue uno de nuestros mejores años. Ambos lo veíamos todo con ilusión y teníamos grandes esperanzas. Los fines de semana los utilizábamos para pintar la casa y adecentarla, luego nos sentábamos en dos sillas a ver la tele y acabábamos haciendo el amor en el suelo del que sería nuestro salón, cuando tuviésemos suficiente dinero como para amueblarlo.
Esa noche Sasuke no ocupó mis pensamientos. Creí que esa tontería propia de adolescentes se me estaba olvidando. La vida real, mi vida, se encontraba a miles de kilómetros de distancia y no quería perderla por nada del mundo.
Deduje que lo que me había pasado con el escocés pelinegro era lo que Matsuri denominaba "síndrome del campamento de verano". Ella lo explicaba de esta forma: siempre que vas de campamento a un sitio fuera de casa aunque solo sean unos pocos días acabas fijándote en otro chico, que no tiene que ser el más guapo o atractivo, sino simplemente que la distancia de tu casa te hacer ver las cosas de forma diferente. Te sientes perdida y desconcertada y con unas ganas tremendas de encajar y ahí está él, ayudándote a encajar en todos los aspectos. Aquí Matsuri se refería al sexo, pero menos mal que con eso yo no tendría problemas.
—Venga, mi Saku —decía—, ¿es que nunca te ha pasado?
Esta conversación la tuvimos cuando ella volvió de Irlanda con diecinueve años.
—Pues no —contesté yo —la última vez que fui a un campamento tenía doce años.
—¿Y no recuerdas a alguien con especial cariño?
Pensé la respuesta. En realidad sí recordaba a alguien, un joven rubio, que no me hizo ni pizca de caso en todo el mes, lo que dejó mi orgullo bastante herido.
—Sí —dije finalmente.
—Pues eso quiere decir que sufriste el síndrome del campamento de verano —respondió ella sonriendo.
—No lo entiendo.
—Ves a ese chico como si fuera la octava maravilla del mundo, pero en tu mundo real, el del día a día, es posible que ni siquiera encajara. Dentro de un mes más o menos, lo recordarás con cariño, pero habrás olvidado hasta su nombre.
—Pues no creo que tú olvides a Gaara tan fácilmente —dije.
—Oh, ya lo creo que sí. Solo ha sido una aventura pasajera.
Cuatro años después, se casaron en la Basílica de El Pilar, con casi trescientos invitados. Durante el banquete le recordé su teoría del campamento de verano.
Ella riendo y algo achispada por el cava contestó.
—Ay, mi Saku, es que toda regla tiene su excepción.
Con algo de tristeza y a la vez excitación por saber que a Naruto le resultaba atractiva, reconocí que él estaba sufriendo otra de las teorías de Matsuri, la que denominaba: "hay chica nueva en la oficina". Era bastante parecida al síndrome "campamento de verano", la diferencia estribaba en que el nuevo o nueva que llegaba a un lugar se convertía en algo extraño y misterioso y eso por sí solo acaparaba la atención de los que estuvieran en ese momento allí. El lugar podía ser una oficina o un simple instituto. ¿Quién no se ha sentido atraído por ese chico que llega nuevo a tu clase y del que nadie conoce nada?
Finalmente me quedé dormida, con la firme convicción de que iba a ignorar a Sasuke lo mismo que él hacía conmigo. No quería problemas al volver a España, probablemente ya tendría demasiados, dada la situación que se me estaba ofreciendo desde allí.
El jueves amaneció extrañamente soleado, no terminaba de acostumbrarme al tiempo de este país. En un mismo día podía pasar de llover a cántaros a lucir el sol con más fuerza que nunca, para luego volver a nublarse y llover otra vez. Lo que dejaba un paisaje brumoso y fantasmal y a la vez extrañamente misterioso y bello.
Ese día jugaba España el segundo partido. Decidí quedarme a comer en el pub y después acercarme al centro comercial a hacer unas compras y pasear un poco antes del encuentro.
Cuando le comenté a Temari mis intenciones decidió acompañarme. Yo acepté encantada. Me gustaba mucho, era como una extraña flor que abría los pétalos cuanto más lejos de Naruto se encontrara.
Paseamos por el centro comercial, parándonos en algunos escaparates. Me instó a que entráramos en alguna tienda, quería comprarse ropa nueva. Me comentó que le gustaba mi estilo y que quería encontrar algo parecido. No vimos nada ni medianamente similar. Algo apesadumbradas entramos en la peluquería. Ella quería cortarse un poco las puntas y rizarse el pelo, que le caía lacio a ambos lados del rostro. Me senté resignada a esperar una larga hora de planchas.
La peluquera se acercó a mí y observó mi cabello. Yo me puse tensa al instante.
—¿No te apetece cambiar un poco? —sugirió.
—No, gracias —de hecho ya lo había hecho poco antes de viajar, así que no tenía ningún sentido.
—Unas mechas más oscuras te quedarían muy bien con ese color de pelo y el rostro tan claro.
—No —contesté yo sin querer ser demasiado brusca.
—¡Vamos, anímate! —me instó Temari desde la silla de tortura.
Lo pensé un momento. ¡Qué demonios!, por probar no pasaba nada, ¿no?
Me senté en una silla giratoria con un azulejo frente a mí que rezaba: No te fíes nunca de lo que una persona haga a tus espaldas. ¡Ay, Dios mío! Después de dos horas en la peluquería, Temari salió con el pelo pulcramente rizado, que mucho me temía que por la humedad no le iba a durar ni media hora. Yo, por mi parte, me había dado unas mechas oscuras, que tenía que admitir que no me quedaban nada mal, hecho la manicura y en un total derroche de mi exigua economía, me habían maquillado. Contentas y riéndonos por haber pasado un rato muy agradable cruzamos la calle para entrar en el pub.
No me cambié los vaqueros oscuros y la blusa color nude con detalles metálicos porque no me tocaba trabajar, sin embargo, estaba dispuesta a echar una mano si me necesitaban.
Chiyo fue la primera que nos vio.
—¡Pero qué guapas vais! Hoy ligáis seguro —dijo—. Bueno, tú no —añadió como en un descuido— es que a veces se me olvida que tienes un marido esperándote en casa.
Le sonreí con una mueca.
Naruto, sin embargo, tuvo una reacción diferente. Apenas se fijó en Temari, que lucía resplandeciente con los rizos perfectamente dispuestos alrededor de su cara, se paró frente a mí.
—Tienes el aspecto de buscar guerra esta noche, preciosa.
—Pues ten cuidado, no vaya a ser a ti a quién decida disparar, precioso —le contesté molesta.
Estábamos manteniendo nuestro acostumbrado duelo de miradas furibundas cuando la puerta del pub se abrió y oí a alguien saludar a Sasuke.
Me giré como un resorte sonriendo, totalmente olvidado mi propósito de ignorarlo.
La sonrisa se me congeló en el rostro. A su lado, más bien pegada a él caminaba una mujer joven, parecía incluso más joven que yo, delgada, rubia con mechones que iban desde el color del trigo en verano hasta el blanco nórdico, agitaba su melena al moverse como si supiera el efecto que eso causaba y que causó en todo el personal masculino que se encontraba sentado y preparado para el comienzo del partido. Era bastante bajita, bueno bastante más baja que yo y vestía de forma elegante, con unos pantalones de punto y una blusa blanca de seda. Iba calzada con unos zapatos de salón a juego con el bolso, que si me había fijado bien, eran unos Manolos. Esa mujer era una modelo en tamaño de bolsillo. Transmitía elegancia y saber estar en cada paso que daba.
Estaba tan concentrada en esa pequeña mujer que no me di cuenta de que Sasuke me miraba fijamente.
—Tenías turno de mañana —exclamó bruscamente.
—He venido a ver el partido —contesté yo igual de brusca, fijando mis ojos primorosamente maquillados en su mirada ónix.
Ahora sí que me alegraba de haber pasado por la peluquería, por lo menos al lado de esa mujer no parecería la chica desgarbada e insulsa de siempre.
—Estás cambiada —murmuró él cogiendo un mechón de mi pelo. Sentí cómo una corriente eléctrica me atravesaba el cuerpo de arriba abajo.
—Tú también —le contesté.
—¿Yo? —respondió sin dejar de mirarme.
—Sí, llevas algo colgado del brazo que la semana pasada no llevabas —dije.
Él dio un respingo y soltó el mechón de mi pelo. Súbitamente sentí mucho frío. Miré la puerta. Estaba cerrada.
—Ella es Samui Thoms... una amiga especial —nos presentó. Bueno, en realidad se olvidó de presentarme a mí.
—Encantada —dije ofreciéndole mi mano, ni muerta le iba a dar dos besos—, yo soy Sakura, la nueva camarera.
—Yo soy doctora —contestó con voz aguda y cantarina. No el tono alegre que solía tener Matsuri. No, aquel era un tono de suficiencia absoluta, de mira quién soy yo y mira qué poco eres tú. Yo la había notado en la mayoría de los médicos y abogados, esa especie de aura de dioses que llevan flotando a su alrededor. Por si fuera poco, apretó con más fuerza el brazo de Sasuke, señalándolo de su propiedad.
—Qué bien —repliqué aunque no lo sentía e hice una mueca que intentó ser una sonrisa.
Me retiré con una disculpa y fui detrás de la barra a echar una mano a Temari, que parecía bastante apurada, intentando poner diez pintas a la vez que se sujetaba los rizos, cada vez más lisos.
—¿Crees que van en serio? —pregunté.
—No lo sé, Sasuke no suele venir con mujeres, exceptuando la estirada del año pasado. Creo que llevaba más de un año saliendo con ella hasta que la trajo, luego debieron romper. Todos creímos que fue porque ella pensó que esto era demasiado poco para ella. No dejó de protestar por todo, el clima, la incomodidad, el olor a las comidas que se filtraba por la ventana, el ruido de los clientes por la noche —suspiró fastidiada.
—Vamos una joya —contesté yo.
Ella rio.
—También nosotros contribuimos un poco, ya que cuando nos dimos cuenta de lo que pensaba de estos pobres pueblerinos no hicimos otra cosa en tres días que remarcar todo lo que le molestaba. Naruto incluso sacó el tubo de extracción de la cocina fuera, para que despertara por las mañanas con olor a arenques fritos —sonrió maliciosamente.
Ahora fue mi turno de reír.
—Sois de lo peor, ¿sabes?
—No, solo protegemos lo que amamos y esa mujer no era buena para Sasuke. Él pasa mucho tiempo en la ciudad y a veces se olvida de sus raíces. Nosotros procuramos recordárselas —espetó.
—No creo que Sasuke se olvide nunca de que es un montañés, ni que necesite vuestra ayuda para encontrar una mujer —señalé.
—Después de lo de Hotaru estuvo varios años sin venir, hasta que murieron sus abuelos y aun así le costó mucho volver a retomar el contacto con esta tierra. Creo que se sentía traicionado y herido —comentó al descuido.
—Lo entiendo. Pero aun así, Sasuke, aunque tenga su vida lejos de aquí, creo que lleva las Highlands en su corazón —apostillé.
—Yo también. Pero le costó mucho tiempo volver a ser el mismo de antes. Incluso ahora a veces creo que siente que perdió parte de su vida y que no la podrá recuperar —se quedó mirándolo con una expresión extraña.
—Vaya, Temari, no sabía que fueras tan observadora —dije sorprendida.
—Bueno, es lo que pasa. Cuando la mayoría te ignora, tu puedes observar a tu antojo sin que nadie se sienta ofendido —noté un deje de tristeza en la voz y pensé que estaba pensando en Naruto—. De todas formas la ha presentado como una amiga —señaló.
—Sí, una amiga con derecho a roce —contesté yo en castellano.
—¿Cómo has dicho?
Se lo expliqué y ella rio.
—Me gusta. Nosotros tenemos una expresión parecida, aunque menos expresiva. ¿Los españoles son así siempre? —inquirió divertida.
—Pues no lo sé, no tengo el placer de conocer a todos —dije haciendo que ella volviera a reír. Tenía una sonrisa encantadora, con dientes pequeños y alineados. Naruto era rematadamente tonto si no se había dado cuenta de lo que tenía tan cerca de él.
—Anda, ve a ver el partido que va a comenzar —me instó dándome una pinta de mi cerveza favorita, una que tenía cierto regusto a sidra.
—Voy, pero si necesitas ayuda, me lo dices —contesté alejándome.
—De acuerdo, pero no te preocupes, que también está Naruto —dijo dirigiendo su mirada soñadora hacia el adonis rubio.
Me senté dos mesas por detrás de Sasuke y Samui, que hasta el nombre sonaba musical. Habían decidido cenar allí y ver el partido como todos los que nos habíamos reunido con el mismo propósito. Yo rechacé una patata rellena de la fabulosa salsa de Chiyo, con la cerveza tenía bastante. Mi estómago hecho un nudo no me permitía tomar nada más sólido.
España ganó, metió cuatro goles, yo no vi ninguno de lo concentrada que estaba en lo que sucedía en la mesa de Sasuke y Samui.
Hablaban en susurros, ajenos al barullo que emitían los demás, cruzando miradas y gestos de intimidad a cada momento. Podría jurar que Sasuke tampoco se enteró de los cuatro goles de España. Caramba, ni siquiera sabía si le gustaba el fútbol.
Enterrada en mi segunda pinta observé como la mano de él se posó sobre la pierna de ella bajo la mesa y comenzó a trazar círculos, tal como había hecho una semana antes en mi piel desnuda. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y quedó atrapado por un puño de celos que me estrujaba las entrañas. "¡Maldita sea tu infame alma escocesa!", exclamé para mí misma.
Me serví otra pinta y me perdí el tercer gol de España. Mientras todos los presentes lo festejaban, excepto un pequeño grupo de irlandeses sentados en una mesa bastante alejada, me senté otra vez en mi refugio. Yo tenía mejor espectáculo que el que se desarrollaba en la televisión.
Samui le estaba susurrando algo al oído, acariciándole la nuca de paso; cogió entre sus dedos un rizo oscuro y lo soltó con delicadeza, lo que provocó que Sasuke sonriera de medio lado, entrecerrando los ojos y valorando lo que ella le había dicho. A mí no me había mirado nunca así, con tanta franqueza, libertad y deseo. Los dedos me dolieron de querer hacer yo lo mismo. Enterré mi rostro en la pinta de cerveza completamente ruborizada.
Sasuke a su vez le levantó el pelo y se lo pasó por detrás de la oreja, le dijo algo que hizo que ella se echara para atrás en la silla. Los observé con más atención, la mano de ella fue derecha a su entrepierna comprobando el estado del material. Lo que notó debió gustarle, así que haciendo un gesto de afirmación, ambos se levantaron y, agarrados por la cintura, desaparecieron por la puerta escondida detrás del escenario.
Me perdí el cuarto gol de España. Francamente en ese momento me importaba un pimiento. Sabiendo de antemano lo que iba a suceder en el piso situado sobre mi cabeza lo único que deseaba era salir de allí corriendo.
Miré alrededor buscando alguien conocido que me pudiera acercar a casa. No conocía a casi nadie, la mayoría eran turistas españoles y Naruto estaba demasiado ocupado como para sugerírselo.
Intentando pasar desapercibida salí al exterior y me encendí un cigarro. Me alejé un poco para observar la ventana de la habitación de Sasuke a tiempo de ver como dos cuerpos entrelazados se besaban. Tiré con furia el cigarro y me dispuse a hacer el camino hasta casa andando. Me importaba una mierda que alguien me pudiera asaltar. Que lo intentara siquiera. En mi estado de furia era capaz de enfrentarme al ejército de Napoleón yo solita si fuera necesario.
Trastabillando debido a las tres pintas, (¿o fueron cuatro?, no lo recuerdo), llegué una hora más tarde a casa. Como siempre estaba en silencio y a oscuras. Subí a la habitación y me acosté sintiéndome la mujer más desgraciada sobre la faz de la Tierra.
Solo de una cosa estaba segura. El mensaje era directo, Sasuke no sentía nada por mí y había llevado a su novia para dejármelo totalmente claro.
Con el orgullo herido tomé otra vez la firme decisión de centrarme en mi trabajo y en mi familia, y olvidar cualquier tipo de inclinación romántica hacia ese maldito escocés pelinegro con ojos de demonio.
Llamé a Sasori, que no contestó al teléfono. Le mandé un mensaje:
Te echo de menos ¿dónde estás?
Celebrando la victoria de España. Cuando llegue a casa te llamo.
No llamó. Estuve esperando despierta más de dos horas. El cansancio finalmente me venció, dejándome en manos de un Morfeo tan cabreado como yo.
