21 El cuarto jinete "Muerte"


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


"Mi amor no morirá, aunque el dolor congele mi corazón…"

-Fuyu No Owari.

Me despierto sobre saltada por el dolor. Un grito se desliza fuera de mí, débil y lastimero.

No puedo estar muerta si duele. ¿Cierto? No se supone que sientas dolor si estás muerto...

A menos que esté ardiendo en los feroces pozos del infierno. Esa siempre es una posibilidad. Mis ojos se abren y miro hacia una piel con manchas. Me toma un momento enfocar mi visión y entonces miro hacia el rostro de Peste, todavía muy dañado.

Sus ojos se han reformado, pero su nariz aún no, es solo un hueco oscurecido y no hay mucho de sus labios. Pero hay áreas donde las oscuras hojuelas de piel se están descamando. Debajo de ellas, su piel es de un saludable tono rosáceo, que sé que en un día se oscurecería en un bronceado dorado.

Mi jinete.

Me mira fijamente.

—Quédate conmigo, Hinata. Quédate conmigo, amada mía.

Mi cuerpo se estremece de nuevo, el dolor quitándome la respiración. Es justo entonces que me doy cuenta que está caminando. No puedo bajar la mirada para ver los restos quemados de sus piernas y pies, pero todavía deben estar horribles. Está caminando y aún más sorprendente, lo está haciendo mientras me lleva en sus brazos.

Todavía no veo rastros de la gente que nos lastimó, aunque deben de estar cerca de aquí en algún lugar. O tal vez son como mi perro de la infancia, que se arrastró debajo de nuestra terraza a morirse, dirigiéndose de regreso hacia su propia esquina tranquila del universo para quitarse el hedor a asesinato y dejar que la plaga se los lleve.

Un quejido dolido me saca de mis pensamientos. Me las arreglo para girar mi cabeza justo lo suficiente para ver la montura de Peste. Kyūbi yace sobre su costado, su cuerpo mayormente quemado.

¿No perdonaron al caballo? Bastardos.

Kyūbi está mirando a su amo, moviendo sus patas débilmente en el suelo. No creía tener la energía suficiente en mí para afligirme, especialmente por un caballo muerto viviente, pero lo hago.

Aprieto mis ojos para cerrarlos y me inclino contra el pecho de Peste, mi cuerpo gritando en protesta mientras un sollozo silencioso sacude mi cuerpo.

Los brazos del jinete se aprietan a mí alrededor. Cuando llega apararse junto a Kyūbi, permanece ahí por un momento. Luego comienza a caminar de nuevo, dejando atrás a su corcel.

El mundo pierde su enfoque mientras me duermo y me despierto, me duermo y me despierto.

No estoy durmiendo. La idea irrumpe en mi mente atontada. Estoy perdiendo la conciencia.

En algún punto, el olor a humo es reemplazado por el de un fuerte antiséptico. El olor me despierta, demasiado débil para levantar mi cabeza o abrir mis ojos.

—...cúrala...

—...podría, todavía hay una infección de la cual preocuparnos...

—...ocúpate... o muere...

—No.

—¿No? —Esto, viene de Peste.

Gimo un poco. En respuesta, los labios de Peste se presionan contra mi frente.

—Quédate conmigo, Hinata —susurra contra mi piel. Débilmente presiono una mano contra su pecho, mis dedos tocando la piel caliente en la base de su garganta.

Quiero decirle que estoy bien. Que no se preocupe por mí, pero hay una pared de dolor que primero necesito atravesar y simplemente no parezco ser capaz de hacerlo.

—¿Te preocupas por ella? —dice la voz del extraño.

—La amo.

Mis dedos se flexionan contra su piel. Necesito abrir mis ojos. Necesito ver la mirada en su rostro mientras dice esas palabras. Necesito escucharlas de nuevo mientras me mire.

A pesar de todos mis esfuerzos, mis ojos permanecen firmemente cerrados.

—¿La amas?

—Eso es lo que acabo de decir, humana.

A través de mi tenue conciencia, puedo decir que Peste ya está perdiendo su paciencia.

—Entonces espero que duela verla morir.

Un horrible y amplio silencio sigue después de eso.

—Entonces que así sea —dice el jinete solemnemente.

Aun a través de mi niebla de dolor, me dan escalofríos al escuchar su tono. El extraño, creo que es una mujer, comienza a gritar. El sonido hace eco a lo largo del corredor, ganando fuerza. Fuerza o... ¿Esas son otras voces?

Detente. Intento decirlo, pero todo lo que sale es un gemido.

Y entonces las voces están en mi cabeza, dándole sonido a mi dolor. Se construye más y más grande en mis oídos y debajo de mi piel, quemándome de adentro hacia fuera.

Caigo en la oscuridad de nuevo y esta vez, no es fácil arrastrarme para permanecer despierta.

Parpadeo, asimilando la luz tenue. Está por todos lados, por encima de mí, por debajo, a cada lado de mí. Toco mi estómago, pero ya no duele. Ya no tengo dolor; no hay sangre, no hay piel rota, nada.

Así que esta es la mortal de la que mi hermano se ha enamorado.

Entorno mis ojos hacia mi frente, ante el tenue brillo de luz. De él, una sombra comienza a aparecer, su contorno es borroso.

—¿Peste? —llamo.

No precisamente.

Con cada segundo que pasa, la sombra se profundiza, su forma afilándose hasta que puedo distinguir la oscura figura de un hombre desfigurado. Espera, no desfigurado, pienso mientras asimilo los bultos en su espalda. Alado.

Thanatos. (Muerte)

El Cuarto Jinete.

Me mira fijamente y es la primera vez que me doy cuenta que estoy acostada en el suelo, si puedes llamar suelo a esta cosa insustancial debajo de mi cuerpo.

Después de un momento, el jinete estira una mano hacia mí.

—¿Estoy muerta? —pregunto, ignorando su mano.

—Momentáneamente.

Estoy... muerta.

Eso debería molestarme, así como el jinete aterrador y alado frente a mí, pero cualquier que sea la extraña razón, no me importa mucho la situación. Tal vez sea este lugar.

La mano de Thanatos todavía está extendida y de mala gana, la tomo.

—Necesito regresar —digo mientras me jala para ponerme de pie—. Peste me necesita.

—¿Ahora lo hace? —Muerte inclina su cabeza, su cabello negro moviéndose, las ondas enmarcan su rostro como un velo mortuorio. Es bastante atractivo, me doy cuenta. Justo como su hermano.

Solo que la belleza de Peste es abrumadora; Muerte tiene un rostro trágico y afilado.

Todavía no ha soltado mi mano.

—La última vez que lo vi, no necesitaba a nadie.— Thanatos continúa estudiándome—. Parece que ha... sucumbido.

No tengo idea de lo que eso significa.

—¿Y qué hay de ti? —pregunta Muerte—. ¿Lo necesitas? Como el aire que respiro.

—Sí.

Las alas de Muerte se abren, batiéndose un poco, casi con agitación.

—Tu cuerpo no te quiere de regreso, Hinata Hyūga.

¿Cómo sabe mi nombre?

El agarre de Muerte se aprieta y sus alas comienzan a batirse con esfuerzo. ¿Tiene la intención de llevarme cargando?

Hay otras cosas que te esperan —dice.

—Quiero regresar. —No puedo dejar a Peste. No lo haré.

Los ojos ónix de Thanatos buscan los míos.

Podría detener esto ahora, y aun así, estoy tan... interesado. — Sus alas se cierran—. Está bien. Que así sea...

Suelta mi mano y caigo lejos de él.

Miro hacia el todo poderoso Muerte todo el camino mientras caigo, incluso mientras su forma se encoje y la tenue luz se oscurece.

Caigo más y más abajo...


Mi pecho se arquea y tomo un aliento agudo y tembloroso. ¡Jesús, el dolor! Como si alguien estuviera sosteniendo una antorcha encendida contra mi pecho.

Me fuerzo abrir los ojos, observando la escasa sala de hospital a mí alrededor.

No he muerto.

La idea parece absurda después de la herida de bala que sufrí.

Mi mano se mueve hacia mi bata de hospital, la aparto lo suficiente para echar un vistazo a mi pecho vendado. No hay mucho que ver además de las envolturas de lino, pero maldita sea que el dolor lo compensa.

Definitivamente estoy en la tierra de los vivos. Estar muerta no podría doler tanto, y dudo que el Más Allá huela así de espantoso. El aire está cargado con ese olor químico que tienen todos los hospitales, como ese último grito de guerra contra la enfermedad de la humanidad.

Y a juzgar por el olor de la muerte que también mancha el aire, es un débil grito de guerra.

Solo entonces me doy cuenta de que no tengo idea de cómo llegué a estar en esta sala, y no hay nadie más cerca para llenar los espacios en blanco para mí.

Escucho por un minuto, aguzando los oídos para escuchar cualquier cosa más allá de mi habitación, pero todo está en silencio. Todo el lugar es solo un largo y terrible silencio.

Comienzo a patear mis sábanas, luego dejo escapar un siseo. Cristo, ésta herida duele más que ser arrastrada detrás del caballo de Peste. El dolor está en todas partes y en todo.

Ahora que lo desperté, parece rodearme. Tomo varias inhalaciones, cerrando los ojos contra el violento aguijón. Cuando finalmente disminuye, empiezo a moverme de nuevo, esta vez lenta y rígidamente.

Aprieto los dientes contra el dolor cuando llego a la puerta. Tengo que apoyarme en ella durante varios segundos, simplemente para recuperar el aliento. Me balanceo en mis pies.

No vas a llegar mucho más allá de este punto.

Todavía agarro el pomo. Giro la manija fría y abro la puerta. El olor me golpea primero.

Mi garganta se cierra, no estoy dispuesta a respirar los vapores. Mi corazón comienza a golpear locamente mientras entro en el pasillo. Ahí es cuando los veo. Decenas de cuerpos hinchados y podridos se desploman contra las paredes o yacen tendidos sobre el piso.

Me atraganto ante la vista. Si hubiera tenido algo en el estómago, habría surgido. ¿Por qué estas personas no evacuaron cuando tuvieron la oportunidad?

No estaban dispuestos o no pudieron, Hyūga.

Y así murieron.

Clomp, clomp, clomp.

Los cascos hacen clic contra el linóleo. Un momento después, Peste dobla la esquina, arrastrando a Kyūbi detrás de él.

Me congelo al verlo.

A diferencia de mí, que debo parecer un desastre (porque ciertamente me siento así), Peste ha vuelto a parecer angelical: sin mancha, inmaculado, intocable.

Lo único diferente en él es el conjunto duro de sus facciones. No me di cuenta que la dureza había desaparecido de su expresión—incluso cuando me odiaba—hasta ahora. Pero tan pronto como me ve, su rostro se suaviza, se ablanda por completo.

Peste suelta las riendas de su caballo y rápidamente se acerca a mí. Me coge la cara y me besa, sus labios persistentes.

—Estás despierta, despierta y viva. —Se aleja, sus ojos brillan mientras buscan los míos.

Trago. Debería estar muerta. Estaba muerta... ¿no?

Por un momento mi mente evoca un breve destello de alas, pero luego la imagen se escapa.

—Quise estar aquí cuando te despertaras. —Las manos de Peste se deslizan sobre mí, como si necesitaran asegurarse de que estoy, de hecho, con vida—. No me aparté de tu lado, no hasta hace una hora cuando recuperé a Kyūbi.

Una de sus palmas se mueve sobre mi corazón, la descansa allí, cerrando los ojos.

—Pensé que habías muerto —se le quiebra la voz—, que habías escapado de mi alcance.

Toco su mejilla.

—Me salvaste.

Peste se apoya en el contacto, sus ojos se abren.

—Siempre te salvaré —dice con fervor—. Y lo que sufriste nunca volverá a suceder.

Un escalofrío me recorre cuando las sombras entran en sus ojos. Su mirada se aclara un momento después, y creo que podría haberlo imaginado todo.

Peste frunce el ceño.

—No deberías estar fuera de la cama, Hinata. —Realmente no debería estarlo.

—Estoy bien —digo suavemente.

El ceño fruncido del jinete se profundiza ante la mentira. Mis ojos se mueven más allá de su hombro, donde yacen los cuerpos hinchados.

—¿Qué pasó? —Mi voz es baja y áspera.

En lugar de responder, Peste comienza a guiarme hacia Kyūbi. Intento enfrentarme a él, tratar de aguantar hasta que me dé respuestas, pero es demasiado fuerte y terco, así que dejo que me guíe silenciosamente hasta su corcel.

—Oye tú —le digo débilmente a Kyūbi.

La última vez que vi el caballo, había estado casi muerto. Ahora la bestia deja caer su nariz y me da un empujón.

Enganchada detrás de Kyūbi hay una carreta, la cama cubierta con un colchón de felpa, una almohada y una manta.

Para mí.

Un confuso recuerdo emerge.

La amo.

Eso es lo que Peste había dicho. Agarro su antebrazo.

—Te escuché. —Me giro para mirar a Peste incluso cuando mi ritmo cardíaco aumenta. No es solo el dolor lo que ahora me está abrumando, son todas estas exquisitas emociones que son demasiado grandes para caber debajo de mi piel.

El jinete me mira con curiosidad.

—¿Oíste qué, querida Hinata?

—Me amas. —Mi voz se atora.

No cuestiono el sentimiento como lo hice una vez, cuando se confundió entre el amor y la lujuria. No después de lo que pasamos. Hace una pausa. Al principio veo cierta vacilación en su mirada, como si no estuviera seguro de cómo voy a reaccionar ante esa noticia, pero cualquiera que sea la expresión que llevo, hace que sus ojos brillen.

—Sí, Hinata, lo hago —dice, resueltamente. Ferozmente. Al igual que su amor está aquí y está aquí para quedarse.

Justo cuando estoy a punto de sonreír, otro recuerdo vuelve a mí.

Entonces espero que duela verla morir.

Las palabras tienen mi estómago anudado. ¿Lo dijo un doctor? Eso parecía que por las partes que recuerdo de la conversación. Y estamos en un hospital, tendría sentido que Peste hablara con un médico... un médico que quisiera que Peste entendiera una o dos cosas sobre la pérdida.

Fue entonces cuando comenzaron los gritos, pensé que tal vez habían estado en mi cabeza, esos gritos, pero ahora miro a mí alrededor otra vez. Estas personas tienen sangre saliendo de sus oídos, ojos, narices y bocas. Las víctimas de la plaga no se ven así.

—¿Qué pasó? —repito, mirando a los cuerpos. Algo no está bien aquí.

—No te curarían. —La voz de Peste es fría, tan fría. Mis ojos recorren el pasillo antes de regresar a él.

—¿ Todos ellos?

—Suficientes.

Mis ojos se detienen en lo que solía ser una enfermera, sus ojos, oídos y nariz ensangrentados. Estas muertes no fueron por plaga, fueron asesinatos en represalia.

Estoy empezando a temblar, y creo que es por terror.

—Si todos murieron, ¿quién me sanó? —pregunto.

—Hubo un puñado que encontré, y los mantuve vivos el tiempo suficiente para atenderte.

El tiempo suficiente.

—Ven —dice, interrumpiendo el resto de mis preguntas para ayudarme a subir al carro.

Me ayuda acostarme, y tengo que cerrar mis ojos porque está siendo tan gentil, muy cuidadoso. A pesar de que recientemente exterminó en masa a un hospital, me trata como si fuera delicada.

—No hagas eso, Hinata —dice en voz baja.

Él no va a perdonar a la humanidad, solo a mí.

—¿Hacer qué? —Me fuerzo a abrir mis ojos.

—No actúes como si fuera el monstruo. Iban a dejarte morir. —Su mirada arde, como si todavía estuviera atrapado en las llamas.

—No todos —susurro.

—Suficientes.

Aparto mi mirada del jinete

—¡Esto es para lo que fui creado! —dice con vehemencia—. Murieron rápido. ¿Eso no cuenta para algo?

Lo hace y habrían muerto independientemente. Es solo que vi todos esos cuerpos, y eso es algo que nunca podría dejar de ver.

Una cosa es ver a una familia morir en sus casas, hablar con ellos, cuidarlos y ser testigos de su muerte; otra cosa es ver un edificio lleno de cadáveres podridos, con el rostro inundado de terror. No puedo verlos por la gente que alguna vez fueron, y eso los hace aún más grotescos.

No respondo. Honestamente, estoy demasiado cansada para discutir con Peste en este momento.

—Que así sea —dice.

Que así sea. Eso es también lo que dijo justo antes de presionar su voluntad en una sala llena de médicos, enfermeras y personas enfermas. Tiemblo de nuevo, ignorando el gruñido frustrado que sale de su garganta.

Vuelve a su caballo y se balancea en la silla. Incluso el clic de su lengua suena irritado.

El carrito golpea mientras gira sobre los cuerpos. Hago una mueca mientras empuja mis heridas, el dolor es tan intenso que me cierra la garganta, pero es la idea de todos esos cuerpos lo que hace que se me revuelva el estómago.

Les dio a esas personas una muerte rápida, no debería estar molesta. Es solo que esta vez, estaba enojado cuando los mató. Y yo soy la culpable de eso.

Por primera vez, una oscura e insidiosa comprensión se apodera de mí…

El amor de Peste por mí podría no salvar vidas humanas, podría terminarlas más rápido.

La Historia tiene la Finalidad de Entretener.