Capítulo 10.
Soy el que te salvará
Llegaron al hotel en pocos minutos. Sakura descansaba sobre su hombro y parecía que se había quedado dormida. No intentó despertarla hasta que entró en su habitación del ático. La tendió en la cama y le quitó el abrigo.
—Sakura —susurró.
Ella intentó girarse para acomodarse en la cama. Sasuke se lo impidió. Le abrió el ojo derecho con dos dedos y pudo ver su pupila completamente dilatada y ausente de todo lo que la rodeaba. Maldijo en silencio.
—Sakura, vamos, despierta. Necesito saber qué has tomado. —El tono de Sasuke era de urgencia.
Ella intentó levantar un brazo como protesta, pero ni siguiera llegó a elevar la mano un palmo por encima del colchón.
Maldiciendo esa vez en voz alta, Sasuke la volvió a coger en brazos y la llevó hasta el baño. La puso de rodillas frente al inodoro y le sujetó la cabeza como ella había hecho días antes, cuando él se mareó en el trayecto a Karlovy Vary.
—Tienes que vomitar. Vamos, Sakura, ¡hazlo!
Ella pareció despertar de repente e intentó deshacerse de la sujeción. Alguien la estaba sosteniendo con mucha fuerza, pero ¿quién?, pensó totalmente confundida. Solo quería dejarse caer y alguien se lo impedía. Manoteó asustada.
—No —exclamó roncamente.
—¡Oh! Sí. Lo harás.
Sasuke desplazó una de sus enormes manos de su frente a la boca de Sakura, se la abrió, pese a sus protestas, y le introdujo dos dedos hasta el fondo de la garganta. Ella ante la intrusión boqueó desesperada y contuvo las náuseas. Él insistió más inclinándola sobre el hueco blanco de cerámica, hasta que ella no pudo resistir las violentas arcadas y vomitó sobre aquella mano todo el contenido de su estómago. Cuando ya no le quedaron más fuerzas, se deslizó hacia un lado y quedó tendida en el frío suelo de granito del baño, perdiendo otra vez la consciencia.
Despertó sintiendo que se ahogaba, agua cayendo a su alrededor, cubriéndola. No podía respirar, se estaba ahogando, intentó abrir la boca pero fue un error, tragó agua y se atragantó, escupiendo y tosiendo. Estaba recuperando la consciencia, pero no del todo. Giró la cabeza y vio a un hombre vestido con una camisa clara remangada hasta los codos que la sujetaba y la volvía a poner bajo el chorro de agua.
—¿Qué...? —Quiso protestar, pero no llegó a decir lo que pensaba, porque el pensamiento huyó de su mente y esta de su cuerpo. Volvió a desmayarse.
Sasuke comprobó una vez más el pulso de Sakura, que estaba tendida sobre la cama, y respiró aliviado. Ya casi parecía latir con normalidad, lento y fuerte. Le abrió delicadamente un ojo y observó su pupila, que poco a poco estaba recuperando su tamaño normal. Solo entonces se duchó, se puso un pantalón de pijama de algodón negro y se sentó en una silla frente a la enorme cama, donde Sakura parecía dormir, justo en el centro. Se asombró de que fuera tan pequeña, o quizá fuera el efecto del tamaño de la cama frente a su delicado cuerpo doblado en posición fetal. Cogió un libro, apagó todas las luces excepto un pequeño foco que le iluminaba lo suficiente para poder leer y se dispuso a pasar la noche velando su sueño. Tenía miedo de que en algún momento de la noche, si él se quedaba dormido, ella tuviera un ataque o vomitara otra vez. Sabía en cuanto la vio en el Club Infinity que estaba drogada, lo sabía porque ya habían sido varias las veces que se había visto obligado a hacer lo mismo que había hecho con Sakura esa noche, evitando que otra persona muy querida para él acabara con su vida en una noche de borrachera y drogas. Lo que no sabía era qué clase de drogas había tomado, si era solo una mezclada con alcohol o varias. Y eso era lo que le asustaba, la posible reacción a una mezcla letal. Debería haberla llevado al hospital, pero eso habría supuesto descubrirla otra vez, y si esa mañana no lo había impedido, esa vez lo haría. Esa vez la protegería.
Sakura tenía una pesadilla, estaba de rodillas en una habitación blanca, toda ella, las paredes blancas, el suelo blanco, hasta ella estaba vestida con una túnica blanca, rodeada de rostros sombríos, y los rostros se acercaban a ella con rapidez, a veces apenas rozándola, con mucha lentitud otras, hasta tenerlos solo a unos centímetros de su cara, oscureciendo con sus sombras la luz y creando un efecto tétrico de máscaras venecianas con ojos huecos.
—¡Puta! —gritó un hombre, y una bofetada golpeó su rostro. Ella cayó al suelo, pero no sintió dolor, solo el frío del marmóreo suelo blanco. Y quedó allí tendida con los brazos extendidos en forma de cruz, haciendo penitencia.
—¡Dejadla! —La voz dulce de su hermana la sacó del ensueño helador de su tumba de mármol.
—¡Vete! —quiso gritar Sakura para protegerla de los demonios, pero no tenía fuerzas para hablar.
Y los demonios fueron acercándose. Hombres vestidos de negro rodeándola hasta que absorbieron todo el oxígeno de su mausoleo.
—Pecadora, pecadora, pecadora. —Una voz cascada de mujer repetía como en un soneto una y otra vez la misma palabra. Su sonido le llegaba tan claro que traspasaba el umbral de sus oídos y se clavaba como puntas de alfiler en su cerebro.
Y el frío de su tumba se convirtió en calor, vio como las llamas se filtraban entre los resquicios de las baldosas del suelo intentando alcanzarla y giró sobre sí misma. Pero no podía escapar, sintió la quemazón en la piel y de repente comprobó que ella misma estaba en llamas. Se puso de pie y los miró a todos con ojos inyectados en sangre.
—Esto es lo que queríais, ¿no? Ya lo tenéis —gritó, y riendo como una loca giró y giró sintiendo cómo las llamas le lamían la piel, que fue desapareciendo hasta que pudo ver el hueso blanco sobresaliendo de sus brazos. Se convirtió en un esqueleto mientras las sombras observaban, y rio una última vez totalmente desquiciada antes de caer como un montículo de cenizas en el prístino suelo.
Abrió los ojos aterrorizada. Frente a su rostro, de rodillas, estaba un hombre, un hombre con gesto serio y ojos negros. Unos ojos negros como el amanecer del invierno, oscuros, casi violeta. No sabía quién era, pero él no ardía, no sentía temor, solo paz.
—¿Quién eres?
—Soy el Arcángel Miguel, el Jefe de los Ejércitos de Dios, soy el Príncipe de la Luz, el que te librará de la oscuridad, el que romperá tus cadenas para que puedas ser libre, el que destruirá tu miedo y tus dudas, el que demostrará que no se puede luchar contra el amor, porque algo puro no puede ser destruido. —Su voz era profunda y grave, pero gratamente tranquilizadora.
—Ayúdame.
—Estoy aquí para eso.
Y el Arcángel Miguel desplegó sus alas blancas, que surgieron de su espalda desnuda y se alzaron hasta el techo de la habitación con un susurro que atrajo la mirada anhelante de Sakura, y le trajo un lejano recuerdo de juegos infantiles, del cálido calor del sol sobre su piel desnuda, del frescor del agua cristalina de un río, el sentimiento de estar en un lugar fresco y seco, sin llamas, sin dolor. El Arcángel Miguel la cogió entre sus brazos y levantándola apenas le besó en los labios febriles. Solo entonces ella cerró los ojos y acunada por la suavidad de un suave aleteo sobre ella durmió sin pesadillas.
Sakura entreabrió los ojos despacio, como si una fuerza invisible mantuviera sus párpados unidos. Intentó enfocar la vista y sintió una fuerte punzada en la nuca. Finalmente vio a Sasuke sentado en una silla frente a ella. Él parecía estar ajeno a su presencia. Estaba leyendo un libro. Gimió levemente.
—¿Sakura? —Sasuke elevó el rostro y la miró intensamente. Ella se había despertado varias veces esa noche, a veces gritando, otras peleándose con alguien invisible, y la última y más desconcertante cuando le había pedido su ayuda y había extendido sus delgados brazos hacia él con desesperación. Ahora no estaba muy seguro de que ella hubiera despertado del todo, o que por lo menos fuera consciente de estar despierta.
—Hummm —musitó ella y se removió inquieta.
Sasuke se acercó y se sentó en un lateral. Cogió su muñeca entre dos dedos y volvió a comprobar el pulso por undécima vez esa noche. Era normal. Luego le abrió un ojo y vio que su color verde había ganado la batalla al oscuro de sus pupilas dilatadas.
—¿Qué haces? —exclamó Sakura con voz ronca abriendo bruscamente los ojos.
—Comprobar tu estado —contestó él con voz tranquila.
—¿Dónde estoy?
—En mi habitación.
—¡Ah! —murmuró ella. Todavía no era capaz de pensar con claridad.
—¿Cómo te encuentras?
—Como si me hubiera arrollado un tren de mercancías.
Escuchó una suave risa de Sasuke y abrió solo un ojo para mirarlo con dureza.
—La verdad es que me alegro. Te lo merecías. Me diste un susto de muerte.
—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó Sakura mordiéndose un labio con temor.
—¿Qué recuerdas?
—Yo... —Vaciló un momento y de repente le vino a la mente un ángel con alas desplegadas hasta el techo y miró hacia el mismo con algo de sorpresa, ante la atenta mirada de Sasuke—. En realidad no recuerdo nada —dijo finalmente desviando la vista.
—Prefiero que lo hayas olvidado —fue la cauta respuesta de Sasuke.
Ella lo miró directamente.
—Nos acostamos, ¿no es así? —soltó bruscamente.
—No.
—Estoy desnuda.
—Lo sé. Yo te desnudé.
—¿Por qué?
—Porque tenía que hacerlo, aunque antes te vestí. ¿Sabes lo difícil que resulta poner un sujetador? Sobre todo si la dueña no coopera demasiado —exclamó de repente, mirándola con algo de alivio en sus ojos negros.
—¿Qué demonios pasó anoche, Sasuke? —increpó Sakura.
—Luego hablaremos. Tienes mucho que explicar. Ahora voy a pedir que nos suban el desayuno. Ambos tenemos que comer algo.
—No tengo hambre.
—¿Qué prefieres, té o café? —inquirió él ojeando la carta e ignorando su contestación.
Ella se quedó en silencio observándolo. Él, sin levantar la mirada del papel plastificado, dijo:
—Pediré un poco de todo. Así estará bien. —Cogió el teléfono y comenzó a dictar órdenes. Que por lo visto era lo que mejor se le daba.
Ella intentó levantarse.
—¿Adónde crees que vas? —le espetó él sujetándola del brazo.
—Necesito ir al baño. ¿También me vas a acompañar? —Sakura enarcó una ceja en su dirección.
Sasuke valoró la respuesta.
—No —dijo finalmente—, pero procura no caerte. No creo que estés todavía en condiciones. Si necesitas mi ayuda, llámame.
—No lo haré —masculló ella rebelde, y arrancando con fuerza la sábana se la puso alrededor del cuerpo y levantó. Demasiado deprisa. Y tuvo que sentarse otra vez en el borde de la cama, bajo la atenta y algo divertida mirada de Sasuke. Ella frunció los labios y lo intentó una vez más, despacio y caminando con cautela. Llegó al baño arrastrando los pies por la moqueta y apoyándose en las paredes de la habitación.
Antes de que cerrara la puerta tras de ella le pareció escuchar una maldición y algo referido a la terquedad de las mujeres en general y de ella en particular, pero lo olvidó en cuanto vio el estado del baño. Su vestido negro estaba tirado junto a su ropa interior en una esquina, había restos de vómito, y aunque parecía que alguien los había limpiado, no lo había hecho con mucho esmero. Pequeños charquitos de agua rodeaban la superficie de la bañera.
—¡Maldita sea! —exclamó en voz alta—. ¿Qué diablos hice anoche? —Lo último que recordaba era estar tirada en el suelo del baño de su propia habitación. Pero viendo las pruebas alrededor, comprobó que había salido a la calle, aunque seguía sin averiguar adónde fue ni qué hizo.
Se miró en el espejo y se asustó al ver un enorme cardenal que le cubría el lado derecho de la cara.
—¡Dioses del Olimpo!
Y entonces recordó adónde había ido. Dejó caer la sábana al suelo y se giró. Su espalda y sus nalgas estaban cubiertas por marcas que pronto dejarían paso al morado de unos enormes verdugones.
—¡Mierda! ¡Mierda! —masculló, y otro recuerdo le vino a su mente desestructurada, como si le faltaran piezas de un puzle. ¡Se había acostado con Kakashi! Cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula. Al sentir el dolor de su mejilla magullada abrió la boca de golpe. ¡Y la habían expulsado del seminario! Sasuke la había expulsado del seminario. No recordaba lo que había pasado después del Club Infinity, pero estaba segura de que si Sasuke estaba implicado, no la volvería a admitir en sus clases en la vida.
Dejó correr el agua del grifo y de repente giró la cabeza hacia la bañera. Él la había desnudado y la había bañado. Gimió encogiéndose en sí misma. Se lavó la cara con agua fresca y se enjuagó la boca pastosa. Se volvió a enrollar en la sábana y salió a enfrentarse con su destino.
El agradable aroma del café la recibió en cuanto abrió la puerta. Sasuke había vuelto a sentarse en la silla y estaba abriendo bandejas dejándolas en exposición frente a ella. Pero Sakura tenía el estómago tan revuelto que solo el olor del beicon frito y los huevos escalfados hicieron que volviera a tener náuseas. Se sentó en el suelo junto a la puerta del baño apoyándose en la pared.
Sasuke la miró con curiosidad. Por su gesto pudo ver que ella ya recordaba algo, aunque no sabría decir el qué realmente. Le preparó una taza de café.
—¿Azúcar?
—No.
—¿Seguro? Te vendrá bien para recuperar fuerzas.
—Odio todo lo dulce.
Sasuke abrió los ojos sorprendido.
—Eres la primera mujer a la que escucho decir eso. Bueno, en realidad eres la primera a la que creo cuando lo dice —dijo entregándole una taza de café ardiendo y sin azúcar—. ¿No te vas a sentar para desayunar? ¿Quieres que te sirva algo en la cama? —insistió él, solícito.
—No. Prefiero estar en el suelo. —Sakura sabía que se estaba comportando como una niña, pero estaba tan avergonzada que no se atrevía a enfrentar la mirada de Sasuke.
Estuvieron unos momentos en silencio. Sakura dio pequeños sorbos del café, que su estómago maltratado agradeció enormemente. Sasuke dio buena cuenta de casi todo lo que contenían las bandejas.
—Bien —dijo finalmente inclinándose en la silla hacia su dirección—. ¿Desde cuándo te drogas?
Sakura olvidó su vergüenza y lo miró a los ojos con algo parecido al desafío. La había pillado por sorpresa.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Lo es si me obliga a sacarte de un antro de sado, drogada, desmayada y a punto de cometer la mayor estupidez de tu vida.
Ella lo miró asombrada. ¿Que había hecho qué?
—Nadie te dijo que lo hicieras —exclamó furiosa.
—Es cierto, pero no me gusta dejar que abusen de una mujer, y menos en mi presencia. Así que por lo menos deberías estar agradecida.
Ella no contestó. Bajó la cabeza y la enterró entre sus piernas dobladas. Ya estaba todo perdido, qué más daba, pensó.
—Siete años.
Sasuke hizo un cálculo rápido. Tenía veintiún años cuando comenzó a consumir. Tarde, normalmente todos los que conocía perdidos en ese mundo, ya lo hacían en la adolescencia. Supo al instante que algo grave, lo que llevaba ocultando tanto tiempo, era lo que la había empujado a algo que quizás estuviera latente en su cuerpo esperando a atraparla.
—¿Cuáles?
—Coca, hierba en su mayoría, alcohol... ¿eso cuenta?
—Sí cuenta. ¿Sintéticas?
—No. Nunca. Bueno, una vez una pastilla, pero no me gustó la experiencia.
—¡Ah! No te gustó. ¿Y te gusta cómo te hace sentir el resto de la mierda que te metes? —Su tono fue brusco y certero.
—No. Lo odio. —Su respuesta fue sincera y tranquila.
—¿Sigues algún tipo de terapia? —Sasuke se había levantado y estaba paseando frente a ella.
Sakura observó que llevaba una camiseta negra y un pantalón de algodón. Le pareció mucho menos intimidatorio que vestido con un traje. Cambió de opinión en cuanto vio su rostro con el ceño fruncido y la mirada furiosa.
—Sí. Llevaba sin consumir nada tres años. Hasta que llegué aquí.
—¿Qué te hizo volver? —Con un destello en su mente se volvió a mirarla—. ¿Fui yo expulsándote del seminario? —preguntó casi atragantándose.
Ella no lo miraba, seguía con los ojos fijos en el suelo enmoquetado.
—No.
Él respiró algo aliviado. Y luego se dio cuenta de algo.
—La noche que te conocí, ¿habías consumido?
—Sí.
—¿Recuerdas algo de aquella noche?
—Tengo vagos recuerdos. Nada realmente concreto.
Sasuke masculló algo en varios idiomas, lo que hizo que Sakura se volviera para mirarlo.
—Es por el padre Kakashi, ¿verdad? —Su tono se había suavizado.
—Sí.
—¿Desde cuándo sois amantes? —Sabía que había cosas que no tenía derecho a preguntar, pero necesitaba saber.
—Llevaba sin verlo siete años.
—¿Entonces?
—Ayer me acosté con él. —Sakura suspiró y sujetó con más fuerza la taza de café mediada en su mano.
Sasuke se paró frente a ella y se mantuvo inmóvil hasta que Sakura lo miró a los ojos.
—¿Él te hizo eso? —señaló el golpe en el rostro.
—No, me caí en la bañera antes de salir. Estaba un poco... confundida.
—Ya. ¿Te forzó? —Sasuke intentó sonar tranquilo, pero su sangre hervía en las venas como la lava de un volcán.
—¿Cómo? —Sakura parecía indignada—. No, claro que no.
—¿Por qué te volviste a acostar con él si la relación ya había terminado? —Sasuke lamentaría muchos años haber hecho esa pregunta.
—Porque lo amo. Lo he amado siempre —respondió Sakura mirándolo con ojos tristes.
Sasuke descubrió en ese momento como unas simples palabras de amor podían producir un daño físico intenso. Sintió como si un puño de metal se le clavara en el estómago oprimiéndole hasta que le faltó el aire.
Y no necesitó preguntar si él la amaba a ella, porque ya tenía la respuesta. Recordó el rostro del padre Kakashi cuando la vio y cómo la miraba cada vez que ella entraba en su radio de acción.
Apretó los puños contra su cuerpo y sintió la necesidad de golpear algo muy fuerte, pero se contuvo al ver que Sakura había comenzado a llorar, de forma silenciosa, no histéricamente como solía observar en el resto de las mujeres que había conocido.
Se arrodilló junto a ella y le ofreció un pañuelo de papel con el emblema del hotel. Quiso abrazarla, pero supo que ella lo rechazaría, y él no podría soportar otro rechazo más.
—¿Estás mejor? —preguntó pasados unos minutos.
—Sí, gracias —contestó ella ya con los ojos secos.
—Sakura, ¿por qué fuiste al Club Infinity? —Se quedó un momento callado y carraspeó—. ¿Te gusta... te gusta que te azoten?
Sasuke se preguntó si él estaría dispuesto a azotar su cuerpo si ella se lo pidiera. Negó con la cabeza y con la mente. No, no podría. Jamás dañaría su cuerpo y su piel así. Jamás la pondría en una posición tan vulnerable como lo que había visto la noche anterior. Quizás un azote con su mano, o dos, si ella se lo suplicaba mientras hacían el amor. Su mente le estaba traicionando. O atarla, atarla sí que podría, pero no de esa manera, la ataría a la cama mientras... Negó otra vez con la cabeza y frunció el ceño. Ni siquiera tenía derecho a pensarlo. Ella amaba a otro hombre.
—¿Qué estás haciendo? —inquirió ella observándole girar la cabeza y gesticular en el aire.
Él se volvió algo avergonzado.
—Nada. Dime, Sakura, no me has contestado —dijo desviando la atención hacia su persona.
—No. Odio que me azoten. No siento placer, si es eso lo que te preguntas. En realidad, era la segunda vez que iba a un sitio como ese.
—¿Por qué lo hiciste entonces?
—Porque necesitaba que me castigaran, que me hicieran daño. Necesitaba sentir dolor físico para dejar de sentir el dolor en mi alma, ¿lo entiendes? —En el tono de Sakura había algo de súplica.
Él asintió levemente.
—Sí, creo que sí.
Ella levantó sus delgados brazos y se apartó el pelo que le caía descuidadamente por el rostro, recogiéndoselo en la nuca.
—¡Joder! —exclamó Sasuke y se arrodilló junto a ella—. ¿Qué es esto? —Cogió uno de sus brazos y observó las finas marcas de cortes casi difuminadas en la delicada piel de su antebrazo.
Ella se soltó de su mano y escondió el brazo en su pecho.
—A veces no es suficiente con que otros me castiguen. También tengo que hacerlo yo misma.
—¡Dios mío, Sakura! ¿Qué te hizo ese hombre? Dime algo que me impida ir a buscarlo ahora mismo y matarlo con mis propias manos —soltó él bruscamente.
Sakura, sin embargo, sonrió levemente.
—Mi hermana es de tu misma opinión. Pero no es algo que os incumba a ninguno de vosotros. Es mi vida. La que yo elegí en su momento y por la que estoy pagando las consecuencias. No quiero hablar de él, resulta demasiado doloroso. ¿Respetarás mi silencio?
—Sí, claro que lo haré —contestó Sasuke, y en ese momento le importó un bledo que ella lo rechazara. La cogió en sus brazos, levantándola, y la abrazó con fuerza. Y curiosamente Sakura no se apartó, sino que se apoyó en su pecho y dejó que él la acunara durante unos minutos.
—¿Me expulsarás del seminario? —preguntó Sakura con el rostro enterrado en su pecho.
—¿Crees que me has dejado muchas más opciones? —susurró él sobre su coronilla rosa.
—Yo... está bien, lo entiendo. —Hizo presión para separarse, pero Sasuke se lo impidió.
—No has entregado tu trabajo esta semana. Eso se considera falta grave.
Sakura levantó el rostro y miró justo debajo de su barbilla.
—Está en mi maletín, en la habitación.
—Lo corregiré esta tarde y veremos. Si es tan bueno como el primero no creo que haya problemas.
—Dijiste que era mediocre. —El tono acusatorio de Sakura era claramente palpable.
—¿Eso puse? —Él la miró con intensidad—. Bueno, a veces puedo ser... bastante exigente.
—Yo diría que imbécil sería la expresión adecuada. —Sakura no apartó la mirada ni una sola vez.
—Profesora Haruno, ¿olvida que entiendo su idioma? —Su tono era divertido.
—Profesor Uchiha, si no hubiera querido que lo entendiera habría utilizado otro que no conozca. —Sakura estaba casi sonriendo.
—Eso será difícil, profesora Haruno, no conoce usted el dominio de las lenguas que yo tengo. —La miró fijamente.
Ella le sostuvo un instante más la mirada y se apartó bruscamente, dejando a un sorprendido Sasuke, que de repente se sintió vacío sin nada entre sus brazos.
—Voy a darme una ducha. —Sakura se giró y se metió en el baño.
Sasuke se quedó mirando la puerta cerrada con una extraña expresión en el rostro. La vida de Sakura estaba llena de dolor, era una mujer herida, una adicta y él sabía mejor que nadie lo que significaba compartir la vida con una persona así. Sin embargo, debajo de aquella capa de sufrimiento, él percibía que había luz, que solo había que escarbar un poco para encontrarla y liberarla. En realidad, ella no consumía por costumbre o por necesidad, consumía cuando sentía que todo a su alrededor se derrumbaba y él estaba dispuesto a evitar que ello sucediera. Todavía no lo entendía del todo. Pero sabía que tenía que ayudarla. Nadie más lo haría. Y nadie más sabía como él a lo que se enfrentaría en las semanas siguientes.
Sakura salió de la ducha envuelta en una enorme toalla de rizo americano en color amarillo. Sasuke dejó el móvil que tenía en la mano sobre la mesilla y la miró.
—No tengo nada que ponerme.
Sasuke sonrió levemente y rebuscó algo en uno de los cajones de la cómoda. Sacó una camiseta y se la lanzó, esperando que con el movimiento de cogerla, la toalla se le deslizara al suelo. Sakura la atrapó al vuelo con la mano izquierda con bastante facilidad y sonrió a medias desafiándolo. Luego observó la camiseta, hizo una mueca que mostró su desagrado y finalmente torció el gesto demostrando claramente el asco que sentía por la misma. Sasuke la miró sorprendido por su reacción.
—Es lo más pequeño que tengo. El resto es demasiado grande para ti.
Ella lanzó con furia su camiseta del Balliol College que tenía casi veinte años sobre la cama y negó con la cabeza.
—No me pienso poner eso.
Ambos enfrentaron sus miradas.
«Lo sabe», pensó Sasuke.
«¡Maldito idiota!», pensó Sakura.
—¡Me llamaste pordiosera! —exclamó Sakura de repente, levantando un dedo acusador.
—Vagabunda, no pordiosera. Hay bastante diferencia —se excusó él pasándose la mano por el pelo.
—¿Ah sí? Pues a mí me parece exactamente lo mismo.
—En realidad, las diferencias semánticas de los dos adjetivos son...
—¿Me estás dando una clase de lingüística? —Sakura lo miraba con estupor.
—Como te decía... —Sasuke lo intentó otra vez. Nunca se había disculpado y se dio cuenta de que en realidad era porque no sabía ni cómo hacerlo.
—¡Oh! ¡Cállate! —dijo ella cogiendo por fin la camiseta, que pasó por su cabeza y cuando le cubrió lo suficiente, dejó caer la toalla al suelo, privando con eso de ver su cuerpo desnudo a Sasuke—. Me largo de aquí. —Se giró y se dispuso a salir por la puerta. Entonces vio la bandeja del desayuno justo sobre la mesa al lado de la puerta y no lo pensó más. Agarró con fuerza una pequeña taza y se la lanzó directamente al pecho. Esta rebotó y cayó al suelo rodando hasta quedar bajo la cama.
—¿Me acabas de lanzar una taza? —Sasuke la miraba con incredulidad.
—No tengo ninguna piedra a mano. —Sakura apretó los dientes y lo miró con furia.
—Tienes muy mala puntería. —Él cruzó los brazos sobre su pecho y mostró claramente su superioridad.
—No. En realidad no la tengo. —Sakura se volvió tan deprisa que a Sasuke no le dio tiempo a prevenir el siguiente golpe, que llegó de un plato de porcelana que se estrelló justo en medio de su frente, rompiéndose en mil añicos y dejando un pequeño reguero de sangre que goteó por su ceja y le tapó por un instante la visión de un ojo.
—Pero ¿¡qué demonios has hecho!? —Sasuke se llevó la mano al ojo herido y la miró furioso con el otro entrecerrado.
—Lo que te debía desde hace siete años. —Y girándose salió por la puerta con toda la dignidad de una reina.
Una vez en el descansillo respiró fuertemente y sonrió con satisfacción. Solo entonces se dio cuenta de que iba vestida con una simple camiseta que le tapaba justo lo imprescindible, y eso solo si se mantenía en posición vertical y quieta como una estatua.
—¡Maldita sea! —masculló, se volvió a la puerta y llamó con los nudillos suavizando la voz—. Sasuke, ¿me abres?
Sasuke había ido al baño a lavarse la cara en cuanto se cerró la puerta, demasiado enfadado como para pensar en otra cosa. Con la cara limpia de sangre, cogió una pequeña toalla de mano y presionó con ella el corte sobre su ceja izquierda, todavía asombrado de que aquel pequeño ser tan delicado tuviera tanta furia acumulada y sobre todo tan buena puntería.
Cuando salió escuchó su voz tras la puerta instándole a que se la abriera. Sonrió maquiavélicamente.
—No.
—¿Por qué no? —El tono de Sakura era de sorpresa.
—Discúlpate primero.
—No.
—¿Por qué no? —preguntó él con voz ronca.
—Porque no te lo mereces. —Sakura cruzó los brazos sobre su pecho y dándose cuenta de que eso hacía que la camiseta se le levantara exponiendo más carne de la que quería enseñar, los dejó caer a ambos lados de su cuerpo.
—Si no te disculpas, no abriré la maldita puerta —abroncó Sasuke desde dentro.
—Está bien. Solo pásame la llave de mi habitación por debajo de la puerta. —Sakura intentó mostrarse conciliadora.
«¡Y una mierda!», pensó Sasuke. Todavía no había tenido tiempo de bajar a su habitación y deshacerse de las drogas. No iba a dejar que ella se acercase a menos de veinte metros de su habitación.
—No. Discúlpate y entrarás.
Se escuchó un puñetazo en la puerta y una maldición mascullada en voz sibilante, pero no hubo más contestación.
Sasuke se quedó a la espera. ¿Tendría el suficiente valor como para bajar así vestida a la recepción y pedir otra llave? ¡Seguro que sí! Estaba a punto de abrir la puerta cuando la volvió a escuchar.
—Sasuke, abre, ¡vamos! ¡Está subiendo alguien!
Él sonrió con altanería y apoyó una mano en el pomo de la puerta.
—Ya sabes lo que quiero.
—¡Sasuke! ¡Estoy casi desnuda!
—Tienes un cuerpo bonito, no creo que disguste a nadie.
Sakura se apartó de la puerta un instante y escuchó el sonido de dos hombres acercándose por la escalera. Sintió que un rubor le crecía desde el pecho hasta el nacimiento del pelo.
—Está bien, ¡maldita sea! ¡Perdona! —Casi se atragantó al pronunciar la última palabra.
En un segundo Sasuke abrió la puerta y alargó un brazo para introducirla en el interior de la habitación, todavía sosteniendo la toalla sobre su ojo.
Ambos se quedaron mirándose con idénticas expresiones de odio unos momentos. El sonido de dos voces de hombres en el exterior se perdieron cuando estos entraron en la sala de la caldera, situada frente a la puerta de la habitación del ático.
Sakura fue la primera en suavizar el gesto.
—Déjame que vea qué te he hecho.
—No es nada. Un simple corte. —Él se apartó un poco.
Ella se estiró y en puntillas consiguió alcanzar la toalla y quitársela del rostro. Él solo le dejó hacer porque desde su altura tenía unas estupendas vistas de su trasero desnudo debajo de la corta camiseta.
—Deja de asomarte. Te estoy viendo.
Sasuke parpadeó y fijó la vista en su rostro. Quiso fruncir el ceño pero el corte se lo impidió.
Ella apretó los labios disimulando una sonrisa.
—¿Te duele?
—No.
—Tus alumnos me lo agradecerán.
—¿Por qué?
—Durante unos días no podrás fruncir el ceño. —Ahora sonreía abiertamente, claramente relajada al ver que no era una herida que necesitara puntos.
Y él, como no podía hacer su gesto más característico, se conformó con apretar la mandíbula y entrecerrar los ojos, lo que hizo que la sonrisa de Sakura se convirtiera en una pequeña carcajada.
—Lo siento —exclamó abruptamente él—. No tenía ningún derecho a tratarte como lo hice.
—Está bien. No pasa nada. En realidad me compraste una chocolatina. Y me diste dinero. Hasta es probable que pareciera una vagabunda.
—No, jamás parecerás una vagabunda, ni aunque fueras vestida con un saco de arpillera.
—Déjalo, ya no me acordaba.
—¿Cuándo lo recordaste?
—Hace unos días te vi cogiendo algo de la máquina de refrescos y de repente lo recordé.
—A mí me ocurrió lo mismo. La verdad es que no tengo muchos recuerdos de aquel viaje.
—¿Por qué no? —preguntó Sakura, deseando poder tener su facilidad para olvidar ese viaje en concreto.
—Me pasé seis días completamente ebrio.
—¿Tú? —El tono de Sakura era de incredulidad.
—Sí, yo también tengo un pasado. —Sasuke hizo una mueca.
—¿A qué os referíais con lo de que yo podía ser la séptima?
Sasuke inspiró fuertemente y se sentó en la cama. Sakura lo miró enarcando una ceja.
—Habíamos hecho una apuesta. Seis noches en Praga. Seis mujeres distintas. El que lo consiguiera tendría el viaje gratis. Los demás se lo pagarían.
—Ya veo —dijo Sakura frotándose la barbilla—. Al final lo conseguiste.
—¿El qué?
—Las dos cosas. El viaje gratis y la séptima, siete años después.
—Vaya, no lo había pensado de esa forma.
—Espero que no se te ocurra informar a tus colegas del Balliol College de la buena nueva.
—Jamás haría eso —contestó Sasuke lamentando que realmente fuera cierto.
En ese momento Naruto y Jūgo, dos de los amigos de Sasuke que lo habían acompañado a Praga en aquel viaje, estaban tomando sendas pintas de cerveza en un pub de las afueras de Londres, esperando a que comenzara un partido del Manchester United, mientras disfrutaban de un breve pero ansiado descanso de sus respectivas vidas maritales.
—¿Has avisado a Sasuke? —preguntó Naruto dando un largo trago a su cerveza rubia.
—No. Está en Praga dando un seminario. Estará allí varias semanas.
—¡Ah! No lo recordaba, últimamente me cuesta bastante concentrarme. Los gemelos no dejan de llorar en toda la noche y estoy más muerto que vivo. —Naruto respiró hondamente.
—¿Te acuerdas de aquel viaje? —inquirió Jūgo.
—¡Como para olvidarlo!
—¿Crees que Sasuke conseguirá a la séptima?
—¡Humm! No estoy muy seguro de que se arriesgue, su hermano me dijo que está medio enganchado a una profesora de Literatura de Oxford.
—¡Bah! Eso no hace más que añadir emoción a la caza. Sasuke jamás cambiará. Nunca se dejará atrapar con un anillo y un montón de promesas para el resto de su vida.
Ambos se perdieron un momento en sus propios pensamientos, deseando por un instante tener la libertad que disfrutaba su amigo Sasuke, aunque pronto volvieron a la realidad. Aquellos fueron otros tiempos, y esos ya pasaron, ahora tenían otra vida. La vida que ellos mismos habían elegido.
—De todas formas, se lo voy a recordar —dijo Jūgo cogiendo el teléfono móvil.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Naruto observando cómo tecleaba rápidamente su compañero.
—Esto —dijo el otro y le enseñó la pantalla a Naruto.
Ambos hombres rieron un momento y luego se centraron en la pantalla de plasma observando el partido.
Sasuke y Sakura se sobresaltaron al escuchar el pitido del teléfono del primero. Sasuke se inclinó, lo cogió y abrió el mensaje de su amigo Jūgo con una sonrisa, que se le congeló en el rostro.
Vamos Sasuke, hazlo por nosotros. ¡A por la séptima!
Sasuke masculló una maldición en rumano y borró el mensaje.
Mientras tanto Sakura se había separado de él y rebuscaba algo en su bolso. Sacó la llave de su habitación con un suspiro. Por un momento creyó que hasta la había perdido.
—¿Qué haces? —preguntó Sasuke viendo como ella se enrollaba una toalla a la cintura y se disponía a salir por la puerta.
—Me voy a mi habitación. Aquí ya no tengo nada que hacer.
—De eso nada. —Sasuke se levantó de un salto y se paró entre ella y la puerta—. No vas a ningún sitio.
—¿Cómo? —Sakura parecía más sorprendida que asustada.
—Te vas a quedar aquí el resto del tiempo que estemos en Praga.
—¡¿Qué?! ¡Ni lo sueñes!
—Eres una adicta, Sakura, no pienso dejar que vuelvas a tu habitación. Estarás aquí, donde pueda vigilarte.
—¿Me vas a encerrar? —Su tono demostraba su escepticismo.
—Cuando yo no esté aquí contigo, sí. No voy a dejar que vuelvas a drogarte y que te conviertas en el guiñapo que recogí anoche.
—¿Guiñapo? ¡Vete a la mierda! Tengo casi treinta años, sé perfectamente cuidarme sola.
—¿Eso crees? Permíteme dudarlo.
—No puedes estar hablando en serio. Esto es un secuestro, incluso podría denunciarte —dijo ella, aunque seguía sin sentirse intimidada.
—Hagamos un trato —propuso él.
—¿Cuál? —Sakura entrecerró los ojos, desconfiando.
—Yo te readmito en el seminario, sin mediar disculpas por tu parte —Sakura bufó—, y tú aceptas quedarte aquí para que pueda ayudarte a salir del maldito embrollo en el que te has metido.
—No me gusta compartir mi espacio con nadie. Esto no funcionará —contraatacó.
—A mí tampoco, pero creo que debo ayudarte.
—¿Por qué?
—No debí exponerte como lo hice ayer delante de todos tus colegas. En parte me siento culpable de lo que hiciste después. —Cogió la llave que sujetaba Sakura en las manos, se calzó unas deportivas y se dirigió a la puerta.
—No funcionará, Sasuke. Hazme caso, solo por una vez —suplicó ella junto a la puerta.
—Eso no lo sabremos si no lo intentamos, Sakura —afirmó él y cerró la puerta tras de sí, asegurándose de utilizar la llave manual y dejando encerrada a la Reina de los Elfos en el ático de un hotel de Praga.
Sasuke bajó despacio las escaleras pensado en si funcionaría su precario acuerdo. No estaba muy seguro, pero debía intentarlo, por ella, y también por él, aunque de eso todavía no se había percatado. Llegó a la puerta de la habitación y dio gracias mentalmente a que Sakura se hubiera acordado de colgar el cartel de No molesten en la manilla. Temía que al abrir la puerta se iba a encontrar un escenario que no le iba a gustar nada. Pero Sakura no había sido quien colgó el cartel, si no un hombre peliplata de ojos oscuros que, desesperado por volver a verla, había acudido anoche al hotel, y claramente frustrado porque su Madonna no le abría la puerta, giró la cartulina con la sana intención de que por lo menos la dejaran descansar hasta que ella se despertara.
Sasuke abrió la puerta y suspiró fuertemente. Era bastante peor de lo que se había imaginado. Varias prendas de ropa estaban desperdigadas de cualquier manera sobre la cama y el suelo. La enorme maleta abierta en el centro de la habitación. ¿Es que en dos semanas no había encontrado tiempo para guardar sus pertenencias? Parecía que la hubiese mantenido así con la intención de salir huyendo sin perder un minuto. Respiró fuertemente. En realidad era así, pensó. Estaba esperando la oportunidad para huir. Guardó la ropa en la maleta y la examinó a fondo buscando algún resquicio donde pudiera esconder la droga. Se había vuelto un experto en descubrir todo tipo de escondrijos de ese tipo. Salvo un paquete de tabaco no encontró nada. Luego se dirigió al baño y ahogó un gemido. ¡Joder! Parecía el escenario de una batalla. Las toallas tiradas en el suelo, junto con más ropa, una botella vacía de Becherovka y sobre el mueble del lavabo, una bolsa de hierba y una más pequeña con polvo blanco. ¡Maldita sea! Había tenido mucha suerte de que no hubiera entrado el personal de hotel, si no ahora mismo estaría en las dependencias de la policía teniendo que explicar muchas cosas. Se deshizo de la droga tirándola por el inodoro y recogió su neceser. Luego salió y cogió su maletín y el portátil, que descansaba de cualquier manera en el suelo al lado de su cama. Cargado como un serpa subió a su habitación individual del ático, ahora convertida en doble por los avatares del destino.
Sakura, en cuanto escuchó la puerta cerrarse, pegó la oreja a la misma y escuchó. Cuando no oyó nada intentó abrir la puerta. Era cierto, la había dejado encerrada. Frustrada y claramente enfadada se puso a pasear por la habitación. «Pero ¿cómo demonios he llegado hasta aquí?» «Haciendo el idiota», le respondió su mente con la voz de su hermana. ¿Qué se proponía Sasuke? No entendía nada. En realidad apenas podían soportarse, y dudaba mucho que tras un día o dos juntos en la habitación, los platos fueran suficiente arma arrojadiza. Con una claridad pasmosa y odiosa se dio cuenta de que no tenía otra opción, se lo había buscado sola y él se había ofrecido a ayudarla. Esperaba que aquello no los terminara de hundir a ambos en el fango. Finalmente, cansada de pensar, se sentó en la cama a esperar.
Un minuto después entró Sasuke cargado con sus pertenencias. Las dejó caer en el suelo sin decir una palabra. Parecía enfadado. ¿Por qué? Porque había encontrado las drogas, le respondió otra vez su mente torturada. Una cosa era contarlo y otra verlo con tus propios ojos, y los ojos de su profesor estaban claramente furiosos... y decepcionados.
Sasuke abrió el enorme armario y le hizo hueco apartando su ropa.
—Puedes guardar aquí tus cosas. En aquella bolsa cerrada he metido lo que creo que deberías bajar a la lavandería. En el salón hay un escritorio lo suficientemente espacioso como para que puedas colocar tu ordenador y trabajar allí. Yo me quedaré aquí corrigiendo los trabajos. Pero antes pediré algo para comer. ¿Qué te apetece? —expresó de forma monótona.
Sakura abrió la boca para protestar por la diatriba, claramente consciente de que era una reprimenda por su desorden y claramente molesta por la meticulosidad inglesa de su compañero de habitación, pero lo pensó mejor y la cerró.
—Cualquier cosa —dijo finalmente y se dirigió al baño a vestirse.
Una vez allí se puso ropa interior, un pantalón corto y, mirándose en el espejo, decidió dejarse la camiseta del Balliol College. ¿Por qué? Ni ella misma lo sabía.
Sasuke la miró enarcando una ceja cuando salió. Se había sentado en la cama, apoyado en el cabezal y con las largas piernas extendidas con los pies cruzados. Tenía a su alrededor los diferentes trabajos.
—Has decidido dejártela puesta.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque huele a... —Se calló, iba a decir «a ti», pero no le pareció prudente, se encogió de hombros—. Huele a fresco. Me gusta el olor.
Sasuke agachó la cabeza, concentrándose en el trabajo del profesor Hozuki, para que Sakura no le viera sonriendo.
—En realidad te queda mejor a ti que a mí —dijo en un murmullo que solo los folios pulcramente mecanografiados escucharon.
Les llevaron las bandejas de comida y ambos se sentaron en el sofá tapizado en tela satinada en color granate del salón frente a la televisión de plasma con el canal internacional encendido, dispuestos a comer. Sakura levantó la cobertura de sus bandejas y frunció los labios. Una ensalada y un pescado a la brasa. Miró la bandeja de Sasuke: un solomillo cubierto con salsa, patatas fritas y verduras asadas como cobertura. Y sintió envidia, mucha envidia. Pero no dijo nada. Se distrajo en deshacer el lomo del pescado y picotear algo de la ensalada.
—Deberías comer más —instó él disfrutando de su solomillo sangrante—. Eso te ayudará a recuperarte con más rapidez.
—¿Por qué me has pedido pescado y ensalada? ¿Piensas que estoy a dieta? —exclamó ella de pronto.
Él pareció sorprendido y paró su tenedor a medio camino de la boca.
—Bueno, siempre que como con mujeres os limitáis a mirar la carta como si os estuviera insultando y acabáis pidiendo una mísera ensalada. He creído que era poco, así que he añadido el pescado —contestó él de forma benévola.
Ella, en un impulso, le arrebató el tenedor y se metió en la boca el trozo de carne emitiendo un gemido de placer y cerrando los ojos. Cuando los abrió Sasuke la estaba mirando con la boca abierta y lo observó removerse en el pequeño sofá como si de repente estuviera incómodo.
—¿Me lo cambias? —propuso ella ignorando su gesto—. Tú mismo has dicho que tenía que alimentarme mejor.
—Claro, por supuesto, yo... —A Sasuke no le dio tiempo a terminar la frase cuando ya tenía el plato de ensalada debajo de sus narices.
—Me gusta la carne, poco hecha, y las patatas fritas y las hamburguesas dobles, y las pizzas de pepperoni y beicon, no esas insulsas de piña. Y odio el pescado, cualquier tipo de pescado, y sobre todo las ensaladas.
—Y el dulce —añadió él.
—Sí, el dulce también. Bueno, los panecillos de leche me gustan bastante, ¿entran en la categoría de dulces?
—Sí, creo que sí —contestó él mirando su ensalada como si fuese un plato marciano—. ¿Nunca te han dicho que tienes gustos bastante masculinos?
Ella meditó un momento la respuesta mientras masticaba una patata frita, que Sasuke miró con deseo apenas reprimido.
—En realidad nunca he intimado tanto con alguien como para que lo supiera. Bueno, nadie excepto...
—Entiendo. —Sasuke no le dejó terminar y, frustrado, se centró en masticar lo que era claramente comida para vacas y no para humanos.
Después de unos minutos Sasuke volvió a hablar.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien, ¿por qué? —Ella lo miró fijamente.
—Ya sabes, ¿necesitas...?
—No. Bueno, no me importaría fumarme un cigarro, pero creo que te molestaría y no lo voy a hacer.
—Nunca has consumido a menudo, ¿verdad?
—No, en realidad no. Solo en ciertas épocas de mi vida en que la presión era demasiada. Ahora no siento esa necesidad, al menos en este momento.
—¿Sabes el porqué?
—Creo que es por tu presencia. Me intimidas. Me molestas. Podría decirte que incluso me caes mal. —Él intentó fruncir el ceño pero no pudo—. Pero también me calmas, en cierta forma. Es una sensación extraña. No sabría muy bien cómo explicarlo.
—Lo comprendo —dijo él, pero no entendía nada, aunque no se lo iba a reconocer a ella. «¿Le molesto? ¿Le caigo mal? ¡Joder!». Nunca nadie hasta ahora había sido tan odiosamente franco con él.
—Sasuke, has hecho esto antes, ¿verdad?
—Sí —contestó bruscamente él.
Sakura quiso replicar, pero vio su gesto y se abstuvo de preguntar más.
Terminaron la comida en silencio y por la tarde cada uno se centró en su trabajo, no sin que antes Sakura recibiera instrucciones de Sasuke.
—Deberías llamar a tu amiga Karin, ayer la vi y parecía preocupada. Yo me he encargado de comunicar a la Univerzita que estás enferma, y vas a faltar por lo menos una o dos semanas. Te traeré el material de estudio. Trabajarás mientras yo esté en el seminario, y solo cuando yo regrese podremos salir, juntos y no precisamente de bares. Ya pensaré algo. Si sientes la necesidad de consumir o me necesitas por cualquier otra cosa te dejo aquí apuntado mi teléfono. Dejaré orden en el hotel de que te suban la comida y la carguen a mi cuenta. Por lo demás, deberías evitar el contacto con el resto de tus compañeros. Solo contacto telefónico o vía correo electrónico, ¿me has comprendido?
—A la perfección, profesor Uchiha, creo que el sentido del oído no lo he perdido en las últimas horas —contestó ella sarcásticamente.
—Está bien, profesora Haruno, voy a corregir tu examen.
Sasuke intentó suavizar el tono pero no lo consiguió del todo. Sabía que los siguientes días serían los peores y había estado a punto de comunicar a la Univerzita que él también estaba enfermo, pero eso habría sido demasiado sospechoso, y después de lo ocurrido el viernes, mucho se temía que la espada de Damocles estaba pendida de un hilo sobre la hermosa cabeza de Sakura.
—Sasuke —llamó ella, y él se giró antes de entrar en la habitación—, no me has dicho qué tengo que hacer con Kakashi.
Sakura lo estaba preguntando sinceramente. Necesitaba una opinión externa que la guiara, porque ni ella misma sabía lo perdida que volvía a estar.
Sasuke suspiró fuertemente y se pasó la mano por el pelo revolviéndolo.
—Sakura, eso solo depende de ti —pronunció demasiado bruscamente y cerró la puerta que comunicaba el salón con la habitación.
En diferentes salas ambos expulsaron el aire como si llevasen horas conteniéndolo. Luego se centraron en el trabajo que tenían por delante. Sasuke se sentó en la cama y cogió el abultado fajo de folios escritos por Sakura. Ella abrió el ordenador y se centró en terminar lo que había dejado pendiente la noche del jueves. Pero no conseguía concentrarse, una idea iba y venía por su mente buscando un lugar donde finalmente aposentarse. Se levantó y se acercó a la ventana. Observó como el cielo crepuscular iba ganando terreno a la precariedad del luminoso día, mientras seguía con la mirada a los transeúntes en la calle adoquinada. Desde ese piso se percibía la excitación del fin de semana, los rostros de la gente no eran cansados ni circunspectos, deseando llegar a sus casas después del trabajo, sino que se habían vuelto alegres y sonrientes. No recordaba cuándo fue la última vez que salió un sábado. Y un hormigueo en sus dedos la instó a correr hasta el baño para cambiarse y salir a la calle a disfrutar de la noche. Pero no podía hacerlo. Estaba encerrada. No le gustaba estar encerrada. Nunca le había gustado demasiado estar en su casa, un pequeño apartamento alquilado, al que ni siquiera se había molestado en colgar algún cuadro o comprar algún pequeño objeto de decoración que lo identificara como suyo. Su casa era un lugar de paso. En realidad era muy parecido a un hotel, impersonal y fácilmente olvidable. El único lugar en el que no le importaba pasarse horas encerrada era en una biblioteca, fuera la que fuera, y estuviera en el lugar que estuviera. Dejó vagar la mirada sobre el pequeño saloncito anexado a la habitación. Se parecía muy poco a una biblioteca. «¡Esto va a ser un infierno!» pensó con desesperación. Frustrada, se sentó otra vez en la silla frente al ordenador y se dedicó a buscar en la red la imagen que se negaba a dejarse atrapar volando en su mente.
Estaba tan concentrada que no escuchó a Sasuke entrar. Él se quedó un momento observándola atentamente. Se había sentado en la incómoda silla de madera con las piernas cruzadas y miraba fijamente una imagen en la pantalla. Se acercó hasta situarse a su espalda.
—¿Qué estás mirando con tanta intensidad?
—¿Qué? —preguntó ella sobresaltándose—. ¡Ah! Eres tú.
—Sí, soy yo —contestó él algo molesto por su tono.
—Es Psique reanimada por el beso del amor, de Antonio Cánova —explicó ella ignorándolo.
—Lo sé. La conozco. Está en el Louvre, ¿no?
La imagen de la escultura en mármol blanco destacaba bajo un fondo negro en el centro de la pantalla del ordenador. En ella Psique estaba tendida en el suelo y Cupido a su espalda, con las alas completamente extendidas, y de rodillas la sostenía en sus brazos, acercando su rostro inclinado al de ella, que vuelto esperaba la promesa de un beso.
—Me recuerda algo. Un sueño que tuve anoche. Pero no logro recordar qué exactamente, solo sé que tiene que ver con un ángel con las alas extendidas.
Ella no pudo ver la sonrisa de Sasuke a su espalda.
—Bueno, Cupido no es exactamente un ángel.
—Cierto, pero ahí —señaló a la escultura— se le parece mucho. En fin, será solo una tontería. ¿Has terminado? —se giró hacia él.
—Sí. Toma. —Sasuke le entregó su trabajo corregido. Ella lo cogió frunciendo los labios, volteó la última hoja y leyó.
Un trabajo impecable. Denota la investigación previa que ha llevado a cabo para exponer con un lenguaje claro y directo sus conclusiones. Fresco y sin adornos ni florituras lingüísticas de escaso valor. Excelente.
Si Sasuke esperaba una sonrisa de satisfacción no lo consiguió.
—¿Florituras lingüísticas de escaso valor? Pero mira que eres cursi —dijo ella en cambio.
—¿Cursi yo? —preguntó incrédulo.
—Sí. No sé si es porque eres inglés, o porque estudiaste en Oxford. Fuiste a Eton, ¿no?
—Sí —contestó él sin entender la relación.
—Pues tiene que ser eso sin duda. Aunque me imagino que tus alumnas se desintegrarán literalmente cuando leen estas críticas tan floreadas de sus trabajos. No me quiero imaginar qué pondrás cuando califiques un examen de verdad.
—¿Lo dices en serio? —inquirió él sabiendo que era verdad.
—Sí. ¿No te vale simplemente con calificar como bueno, malo o necesita mejorar? Para ser un admirador del lenguaje directo utilizas bastante las florituras lingüísticas.
—¿Eso haces tú con tus alumnos?
—Sí, en la mayoría de los casos, sí. Tú mismo has dicho que tengo un lenguaje claro, conciso y fresco. No hace falta mucha explicación para decir si algo es bueno o no.
—¡Maldita sea! No puedo entender que estés criticando mi calificación a tu trabajo. Creí que estarías orgullosa. Voy a darme una ducha. —Y girándose se dirigió al baño y cerró dando un portazo.
Sakura sonrió. En realidad sí estaba orgullosa y le había encantado su calificación. Pero jamás se lo diría, eso solo contribuiría a que su ego alcanzara cotas estratosféricas y ya era demasiado alto.
Sasuke salió un rato después del baño vestido solo con unos bóxer negros. Dirigió su vista hacia Sakura, pero esta ni siquiera lo miró, concentrada como estaba en escribir algo de forma muy rápida en el teclado del ordenador. Carraspeó levemente llamando su atención, pero Sakura siguió con la mirada fija en la pantalla.
—Hummm —murmuró ella, pero no iba dirigido a nadie en particular.
Estaba escribiendo un correo a Karin diciéndole que creía haber pillado la gripe y que estaría ausente unos días del seminario. No había querido llamarla por temor a que ella descubriera su mentira. Le dio a enviar y notó una mirada fija en ella. Se volvió hacia la puerta abierta que comunicaba la habitación con el salón. Allí, de pie, estaba Sasuke observándola. Vestido solo con unos bóxer negros. «¿Qué demonios querrá ahora?», pensó con hastío. Las largas horas, encerrada en ese reducido espacio, estaban haciendo que sus nervios estallaran a la mínima provocación. Entonces, cuando él comprobó que ella lo miraba, se giró dándole la espalda.
—¡Joder! —exclamó de pronto levantándose de un salto—. Pero ¿qué coño tienes en la espalda, Sasuke?
Sasuke sonrió levemente, pero no se volvió hacia ella.
—Dos palabras malsonantes en una sola frase, Sakura, debo haberte dejado bastante impresionada. —Su tono denotaba diversión.
—Sí. Lo has hecho. —Él notó la cercanía de su voz y supo que estaba justo a su espalda. Se quedó quieto. Esperando.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó ella suavemente.
—Sí.
Y Sakura deslizó sus delgados dedos siguiendo la imagen tatuada que cubría toda la espalda de Sasuke. Un ángel con las alas extendidas que llegaban hasta sus omoplatos. Un ángel vestido solo con un pantalón de cuero y con los brazos cruzados en su pecho desnudo y musculoso. Un ángel con un rostro enmarcado en un pelo oscuro y ojos negros tormentosos, muy parecido al que lo llevaba tatuado. Un ángel como el de sus sueños.
Siguiendo un impulso absurdo lo besó justo en el centro de la espalda, donde él sabía que estaba el rostro del ángel. Sasuke se estremeció, primero por el delicado contacto de sus dedos recorriéndole la espalda y después por el beso en el que sintió sus labios cálidos posados en la piel de su espalda, fresca después de la ducha.
Sakura lo notó y se apartó un metro.
—Lo... lo siento. No debí hacerlo. Ha sido algo estúpido.
—No tiene importancia, Sakura. Quería que lo vieras, creo que tiene relación con tu sueño de anoche.
—¿Quién es?
—El Arcángel Miguel, el Jefe de los Ejércitos De Dios.
—No lleva espada ni armadura —señaló ella.
—Bueno, es un Arcángel más moderno. Y nada cursi.
—No. Eso desde luego que no. ¿Te dejan ser profesor de Oxford llevando algo así tatuado en la espalda? —inquirió, todavía demasiado sorprendida como para pensar con claridad.
—En la entrevista no me pidieron que me desnudara, así que no lo saben. —Él sonrió todavía de espaldas a ella. Sabía que no podía apartar la mirada de su tatuaje. Desde que se lo hizo cinco años atrás había sido testigo de muchas reacciones, las de sus amigos de sorpresa y luego admiración, la de su hermano de comprensión, la de su padre de rechazo y las de las mujeres que, o bien sonreían encantadas o lo miraban con repulsión. En realidad, no tenía término medio. Solo ella parecía sentir algo diferente, ya que lo había tocado casi con veneración.
—Es... no sé... demasiado intenso. Creo que no tengo palabras para definirlo. La verdad es que es la primera vez que me sorprendes. No sabía que bajo esa capa de inglés estirado y prepotente se escondiera algo tan bello —murmuró Sakura como si hablara consigo misma.
Entonces él se volvió, lo que rompió el hechizo de la mirada de ella a su espalda.
—¿Sakura?
—¿Sí? —contestó ella obligándose a levantar el rostro y mirarlo a la cara.
—¿Es que eres incapaz de alabar algo de mí sin tener que incluir uno o dos velados insultos entre medio?
—¿Eso hago? —preguntó ella abriendo los ojos.
—Sí. No obstante, me alegro que te guste.
—Es muy especial para ti, ¿verdad?
—Lo es.
—¿Por qué te lo hiciste? O más bien, ¿por quién te lo tatuaste?
Sasuke suspiró fuertemente. Nadie excepto su hermano sabía la verdadera razón.
—Fue por mi madre. Ella solía llamarme «mi Arcángel Miguel». Me lo tatué cuando ella murió hace cinco años.
—Lo siento. Debiste amarla mucho.
—Lo hice. Pero finalmente no pude salvarla. —Los ojos de Sasuke se habían oscurecido de repente. Sakura lo miró fijamente y notó su dolor. No pudo reprimirlo. Se acercó a él y le rodeó el cuerpo con sus brazos. Él suspiró y se apoyó con la barbilla en su coronilla.
—No todos los hijos hacemos lo que se espera de nosotros, Sasuke.
—Sí, pero todas las madres aman a sus hijos.
—No. No todas. —Sakura se apartó bruscamente.
—¿Sakura? —Sasuke pronunció su nombre con preocupación y la sujetó por los hombros.
Ella cerró los ojos ante la intensidad de su mirada. Estuvo así unos instantes. Finalmente los abrió.
—Mi madre jamás me perdonará lo que hice. Ni ella ni mi padre.
—¿Qué sucedió, Sakura? ¿Qué es lo que te hace tanto daño?
Ella se quedó en silencio y frunció los labios.
—Está bien. Cuando necesites contarlo estaré aquí para escucharte, ¿de acuerdo? —Cedió él finalmente.
Ella asintió levemente. Pero estaba convencida de que una vez se lo contara huiría como todos los que había amado en su vida. «Solo son cuatro semanas más», pensó con algo de desesperación. «Solo tengo que soportar cuatro semanas más y todo habrá acabado. Una vez más».
Sasuke notó su incomodidad y se giró para ponerse el pijama, dejándola tranquila.
—¿Pedimos la cena? —sugirió cambiando de tema.
—Bien —contestó ella, pero su tono se había apagado y sus ojos, que antes habían brillado emocionados, ahora estaban fríos y tristes.
—¿Hamburguesa? —él sonrió.
—Como quieras —dijo ella, y se dirigió otra vez al escritorio, donde se sentó y se quedó con la mirada perdida en la pantalla parpadeante.
Cenaron en silencio. Pero Sasuke se dio cuenta de que apenas había tocado la hamburguesa. Sakura solo se había dedicado a picotear las patatas fritas, a las que por cierto había llenado de tomate, mostaza y mayonesa a partes iguales. ¡Era tan diferente a las mujeres con las que él se relacionaba! Se había sentado en el sofá con los pies descalzos cruzados bajo las piernas. De hecho, había estado todo el día descalza. Y tenía unos pies bonitos. Delgados y elegantes. ¿Los pies podían ser elegantes? Los de ella sí. Sasuke intentó despejar su mente. Estar todo el día encerrados también le estaba pasando factura a él, además estaba terriblemente cansado, no había dormido en toda la noche anterior.
—Creo que me voy a acostar —dijo levantándose.
—Está bien. Buenas noches, Sasuke.
—¿No vienes? —Él pareció decepcionado.
—No. Dormiré en este sofá. No parece muy cómodo, pero estaré bien. Tú descansa, no has dormido en toda la noche.
—No dejaré que duermas aquí. La cama es muy amplia. Cabemos los dos perfectamente.
—No pienso dormir contigo, Sasuke. Y no me mires así —lo reprendió ella—. No es por ti. Es que no me gusta compartir la cama con nadie. Me gusta dormir sola. No descanso bien si tengo a alguien a mi lado roncando.
—Yo no ronco.
—¡Bah! —ella agitó la mano—, eso dicen todos. En serio, Sasuke, si voy a la cama no dormiremos, ni tú ni yo.
Sasuke valoró la respuesta y le pasaron miles de escenas nada decorosas por su mente calenturienta. Finalmente la cogió en brazos, pese a las protestas de Sakura, y la llevó hasta la cama.
—Si no duermes conmigo seré yo el que no descanse. Y creo que me merezco por lo menos eso.
—Está bien. Está bien. Dormiré contigo, maldito terco.
Sasuke sonrió con burlona suficiencia.
—¿Lado derecho o izquierdo? —preguntó señalando la cama.
—Centro —contestó ella con una sonrisa entre dientes.
Él la miró con los ojos entornados peligrosamente.
—Ya te advertí que esto no iba a ser fácil —apostilló Sakura y se dirigió al baño.
Cuando salió del baño con el camisón puesto, él ya estaba dentro de la cama. Con el torso desnudo. Ella masculló algo muy desagradable que Sasuke no alcanzó a escuchar. Se había quedado mudo mirando su camisón, donde Heidi cubría todo su cuerpo y le saludaba guiñándole el ojo. El resto de la tela de algodón estaba cubierto por pequeños Niebla que corrían desperdigándose por el cuerpo de Sakura.
—¿Qué demonios llevas puesto? —exclamó él incorporándose.
—Un camisón. ¿Es que nunca has visto ninguno? ¿O quizá pensabas que iba a dormir desnuda y con dos gotas de Chanel número 5, como lo hacía Marilyn Monroe?
—Nunca he visto uno como ese. Y no me gusta el olor del Chanel número 5, es demasiado empalagoso. ¿Es Heidi? —preguntó él dudando.
—Sí, me lo regaló mi hermana. Me gusta mucho Heidi. ¿Algo que objetar? —Lo miró desafiándolo con su metro sesenta y cinco de estatura, descalza y vistiendo un camisón de algodón de talla infantil hasta medio muslo, adornado con unos volantes en el bajo.
—¿No eres demasiado joven para recordar a Heidi? Esos dibujos son de cuando yo era niño.
—Lo sé. Fue el primer libro que conseguí leer por mí misma. El ver en una pantalla del televisor que mi libro había cobrado vida fue algo increíble. Finalmente tuvieron que comprarme los videos y los veía una y otra vez, completamente encandilada. Me gustan mucho, me recuerdan tiempos felices, los Alpes, el abuelo, Clara, Pedro y Niebla, todo es bonito, como si en aquel lugar solo existiera la paz. Lo único discordante era la Señorita Rottenmeier. Ahora que lo pienso —se rascó la barbilla—, tú me recuerdas algo a ella.
—¿Cómo?
—Tan estirada, tan amargada, como si le hubieran metido un palo por el... —Se silenció completamente avergonzada. Había visto el gesto de Sasuke y no auguraba nada bueno.
Sakura agachó la cabeza y se dirigió en silencio al otro costado de la cama, se metió y se aproximó lo más que pudo al borde. Luego apagó la luz y cerró fuertemente los ojos.
A continuación sintió un fuerte brazo que la arrastró justo al centro de la cama y la sujetó con fuerza contra un pecho desnudo y ¡oh dioses del Olimpo! también unas piernas desnudas.
—¿Qué haces, Sasuke? —susurró como si en la completa oscuridad de la habitación y estando ambos dormidos algo la impulsara a bajar la voz.
—A mí también me gusta dormir en el centro de la cama —contestó él susurrando a su vez contra su coronilla.
—¡Suéltame! No soporto que me abracen.
—No. —Sasuke se asombró de su respuesta. En realidad, él odiaba dormir abrazado a nadie. Sus encuentros con mujeres demasiado subyugadas como para abrazarse a él al caer dormidas solían acabar con él con los ojos abiertos, hasta que el sueño de su compañera era lo suficientemente profundo como para que él, separándose, no las despertara.
Sakura intentó deshacerse del brazo que Sasuke había pasado alrededor de su cintura. Pero fue como intentar mover una viga de hormigón. Pataleó y le dio un golpe en la espinilla. Él como respuesta pasó una de sus largas piernas sobre las suyas atrapándola por completo.
—¡Suéltame!
—¡Cállate, Sakura! Y ponte a dormir de una maldita vez —abroncó él.
Y Sakura se calló. Y se obligó a dormir. Pero no podía. Su cercanía. Su calor. Su piel desnuda la estaba poniendo nerviosa. Demasiado nerviosa. Ella nunca se ponía nerviosa. De hecho, estaba acostumbrada a llevar el control de la situación. Después de sus encuentros amorosos siempre se las arreglaba o bien para irse o bien para despachar a su acompañante. Pensó con algo de desesperación si con un fuerte empujón conseguiría tirarlo de la cama. Él, como si le hubiese leído el pensamiento, afirmó su sujeción un poco más. «¡Oh dioses del Olimpo, en especial tú, Zeus, ¿serías tan amable de mandarme un rayo y fulminarme sin más sufrimiento?». Pero Zeus, obviamente, tenía mejores cosas de las que ocuparse.
Después de lo que a Sakura le pareció una eternidad, en la que intentó dejar la mente en blanco sin conseguirlo, intentó contar Nieblas saltando en los prados de los Alpes, donde se perdió alrededor del número ciento cincuenta e intentó tararear alguna canción, sin recordar ninguna. Se acomodó lentamente y solo cuando dejó de tensar sus músculos y su cuerpo acogió la forma del hombre que la rodeaba con los brazos, se quedó profundamente dormida.
Sasuke no la soltó en ningún momento. En cierto modo le divertía la forma que tenía de intentar separarse de él. ¡Como si pudiera! Ajustó su cuerpo al suyo, más pequeño y, delicado y deseando ser Pedro y no la señorita Rottenmeier, cayó en los brazos de Morfeo.
