CAPÍTULO XXIII
Había sido una larga noche.
El médico en turno salió del cuarto, con expresión de cansancio.
Habían dejado hospedados en un hotel a Nicholas y Anisha, quienes habían rechazado tajantemente ir al hospital, presos del miedo a la reacción de la gemela.
Candy estaba completamente deshecha y dudaba en si enviar una misiva urgente a Chicago para poner a Albert al tanto. Mesuró la idea sobre la pertinencia de enviar a Nicholas y Anisha de regreso a Lakewood, para evitar que vieran la situación tan deplorable, en la que se encontraba Nicole. Sin embargo, sabía que tarde o temprano, toda la familia Andrey se enteraría del horrible caso y no quería alarmarlos.
No daba crédito aún al hecho de saber que Susana estaba, de alguna forma, involucrada en aquella situación.
Terry estaba consternado al haberse enterado de la existencia de esa niña y sobre todo, de que estuviese su nombre escrito en ese diario.
Por primera vez, en mucho tiempo, un enorme deseo de saber sobre el paradero de su antigua prometida, se apoderó de él.
Una voz le interrumpió sus pensamientos:
- ¿Los padres de Nicole Grandchester? – el hombre observó a la cansada pareja y disimuló su sorpresa, al ver ahí, a la célebre estrella. No eran momentos para expresarle su admiración.
- ¿Cómo sigue mi hija? – la rubia estaba hecha un manojo de nervios. Sus ojos eran la viva imagen de la desolación y el cansancio.
- Vayamos a mi despacho – el galeno les guió gentilmente hasta el lugar.
- Hemos estado revisando constantemente a la paciente y seguimos sin encontrar indicios de alguna enfermedad física que pudiera influir en los sucesos que se han dado alrededor de ella. Ahora se encuentra consciente y pregunta constantemente por ustedes. No recuerda lo qué sucedió antes de que llegara. Estoy sumamente intrigado y confundido con su situación. Tengo las referencias del doctor Jaffrey y he hablado con él. Me ha puesto al tanto de lo que sucedió en esa ocasión, en su consultorio – fue interrumpido por Terry.
- ¿A qué se refiere, doctor? – volteó a ver fríamente a Candy, quien observaba algún punto perdido en el piso.
- Creí que estaba al tanto, señor Grandchester. La consulta fue, bastante peculiar, si me permite explicarlo de esa forma – el hombre resumió rápidamente el suceso paranormal - el doctor Jaffrey había solicitado a Candy un permiso especial para tenerla en observación, pero hasta la fecha, no ha obtenido una respuesta.
El inglés se volcó indignado sobre su esposa.
- ¿Qué diablos estás ocultando, Candy? ¿Por qué me has tenido al margen de todo esto?, ¡Podríamos haber evitado la situación si me hubieses dicho que Nicky necesitaba estar hospitalizada!
- Yo… te vi muy cansado. Tenías que estar en la obra y creí que esto se resolvería pronto – se excusó débilmente, la rubia.
- ¡Siempre terminas decidiendo por los dos, Candy!, ¿Es que tengo que enterarme por los demás de la manera más vergonzosa, sobre lo qué le sucede a mi hija? – se levantó furioso, para evitar un altercado más fuerte frente al doctor.
- ¡Cálmese por favor, señor Grandchester! Compréndala – el galeno intervino, para paliar la incómoda situación - el doctor Jaffrey estaba al tanto de sus compromisos. Además, me mencionó por igual, que Nicole había vuelto a tener una mejoría en su actitud. Por tal motivo, decidió que daría más tiempo a su esposa para que le diera una respuesta a su petición. La crisis no se había presentado desde entonces… – y así fue como el hombre puso al tanto al angustiado padre mientras éste fulminaba con la mirada a la rubia.
- ¿Qué tipos de estudios piensan hacerle? – volvió a su asiento, un poco más tranquilo.
- Serán pruebas más completas. Queremos enfocarnos a alguna probable lesión cerebral que pueda estar influyendo en el patrón de comportamiento y reacciones de su hija a su entorno, al igual que la habilidad telequinética misma que sería evaluada por personal más experimentado. Tendremos el apoyo de un reconocido psiquiatra, que ha trabajado en este tipo de crisis a lo largo de toda su vida profesional. Considero que su hija deberá permanecer por un par de semanas bajo observación hasta que podamos sacar conclusiones de todos los exámenes que se le practiquen, claro está, si ustedes dan su consentimiento – el hombre miró a la pareja.
- Haga lo que sea necesario, doctor. No escatime en gastos. Quiero lo mejor para mi hija, y necesito saber de una vez por todas qué es lo que tiene. Permaneceré personalmente en contacto con usted, ya que veo, mi esposa no me tiene al tanto de lo qué sucede en MI casa – su temperamental carácter volvió a explotar.
- Creo que los dejaré solos un momento, para que platiquen – el galeno se despidió con una leve reverencia y salió.
- Ahora sí, ¿me podrás decir que tanto has estado escondiendo, Candy? – Terry se acercó peligrosamente a ella, haciéndole saltar de la silla.
- ¿Crees que me divierte tener que estar pasando por esto?, ¡No eres el único que sufre!, ¡Al menos debería consolarte el hecho de saberte querido por TU hija!, ¡Estoy sola en esto, Terry!, ¡Tú tienes algo en que entretenerte!, ¡An y Nick pueden ir a la escuela y evadirse de la espantosa situación que se ha generado en esa maldita casa!, ¡Hasta los empleados prefieren estar alejados de ella, ¿Y yo? ¿Dónde quedo en todo esto?, ¡No sabes lo que sufro al ver que me sigue rechazando para encima, tener que soportar sus actitudes groseras y de desprecio, cuando intento acercarme a ella!, ¡No aguanto más, no! – explotó finalmente en lágrimas.
- ¡Pudiste haberme comentado sobre lo que le sucedía!, ¿No habíamos quedado en eso?, ¡Te recalqué que cuando se tratase de mi hija tendría tiempo!, ¿es que alguna vez se te quitará esa maldita manía de decidir siempre por los demás? – Terry dio un fuerte golpe al escritorio descargando así su ira.
- ¡Déjame en paz! – la rubia salió repentinamente del despacho, dejándole solo.
Llegó al hotel, en un taxi, y se dedicó a estar junto a su hijo. Anisha le preguntó si notificaría a sus padres sobre lo qué sucedía, pero su tía se negó:
- Me gustaría regresar a Lakewood. Creo que Nicholas está muy afectado por todo esto – la inesperada propuesta de su sobrina la dejó en la desolación total.
- ¿Piensan dejarme sola también ustedes? – le cuestionó, con el llanto en los ojos.
- No es esa mi intención, tía. Sin embargo, no me gustaría que también mi primo, se sintiese en peligro. No pienses que queremos dejarte. Me duele todo esto que está sucediendo – la hija de Annie se acercó a abrazarla, y lloraron juntas, por unos minutos.
- Si quieren apoyarme, permanezcan conmigo. ¡Me siento sola, en medio de todo esto!, Te suplico An, cuéntame todo lo que sabes – y Anisha la puso al tanto de todo lo que había leído en ese diario.
La necesidad de llamar a esa mujer se iba haciendo más evidente en su mente, conforme iba escuchando.
El silbido del viento meció fuertemente las hojas rojizas que ya caían de aquel enorme árbol que estaba frente a su habitación.
La tarde, una mezcla de matices grises, ya estaba en su punto final.
El frío que percibía fuera le hizo encogerse de hombros.
Tenía un día de haber salido del hospital.
Sabía que la noche anterior había sido la representación, a la cual ya no pudo asistir, debido al período de convalecencia en el hospital, en el que había permanecido desde la última vez en que había visto a la esposa del célebre actor.
El reverendo Folsom se hallaba acompañado de la hermana Josephine, quien rezaba en silencio, reposando en su austera cama, con una taza de té a su lado. Tenía que permanecer en reposo durante varios días, a causa del conato de infarto que había sufrido aquella tarde en que había ido a visitarle Candy junto a su hija. Lucía desencajado y pensativo.
Había llegado inconsciente al hospital. Los médicos habían hecho lo humanamente posible para evitar que la crisis pasara a mayores, lográndolo de la manera más exitosa. Lo demás sería su responsabilidad. Cuando llegó el momento de explicar a la policía lo que había atestiguado en el altar, debido a la profanación que había tomado lugar, de nueva cuenta, no pudo evitar el temblor en su cuerpo:
- ¿Había alguien más con ustedes, aparte de la familia Grandchester, que pudiese haber sido el culpable de semejante acción? – el oficial agudizó la mirada sobre él, al notar su nerviosismo.
- No tengo la menor idea sobre quién más haya podido estar en ese momento, ahí. La iglesia es un lugar abierto y la gente puede entrar cuando quiera, a conversar con Dios. Me cuesta creer que haya gente con propósitos malsanos, ofendiendo a Nuestro Creador – relató con voz angustiada.
- Las heces eran humanas, reverendo. El delincuente realmente tiene que tener una mentalidad torcida para haber podido actuar así. Es como si tuviese una lúcida conciencia de la grave falta que cometía mientras llevaba a cabo sus fechorías – la vista implorante de su interlocutor en la cama, obligó al policía, a acortar la descripción – además, me intriga saber que esa persona se haya dirigido al párroco de la sacristía, o sea usted. ¿Tiene idea de quién podría buscar venganza?, no olvido las frases escritas en la imagen; ¿cree usted, que el caso pasado de profanación, donde aprehendieron a varios de esos maleantes "esotéricos", y en el cual estuvo inmiscuida Susana Marlowe, tengan alguna relación con este caso? – el religioso negó con la cabeza, haciendo un sobreesfuerzo para no alterarse, al oír el macabro nombre.
- La hermana Josephine dijo que la hija del actor, Terrence Grandchester se hallaba momentos antes cerca del atrio. Comentó que hablaba sola. ¿Conoce a la familia?, nos gustaría hablar con ella. Puede que haya visto a alguien o haya escuchado algún ruido que nos pudiese dar más detalles al respecto – el oficial, acababa de hacer algunas anotaciones en su libreta. El padre se estremeció al oír aquello.
- Sinceramente, dudo que Nicole haya podido ver algo así. Tendría que ser un ser sumamente enfermo y esquizofrénico para actuar de esa forma frente a una niña. No creo que sea necesario molestar a los Grandchester. La madre había estado hablando un rato conmigo y después, su hija llegó como si nada. Se retiraron momentos más tarde. La monja se percató del siniestro horas después de que ellas habían partido lo que descartaría su hipótesis. Ya no estaban presentes cuando seguramente, el sujeto entró a cometer eso – explicó con una falsa serenidad, el religioso.
- De todas formas, creo que tendré que hablar con ellos, más adelante. Quisiera agotar todas las líneas de investigación. Le dejo descansar, padre. No dude en contactarme si llegase a ver algo fuera de lo común en estos días. Mis deseos para que se restablezca pronto – el hombre extendió su tarjeta y la temblorosa mano del padre la tomó.
Tenía rato de haberse ido y el reverendo Folsom permaneció sumido en sus pensamientos. Había cuestionado a la mujer sobre el interrogatorio y lo que había visto. Estaba muy afligida y lo que le comentó, le había dejado aún más intranquilo:
- Vi a la niña caminando cerca de la cocina. Tenía una pequeña tablilla entre los dedos y canturreaba en voz baja. Se acercó a mí y le di unas galletas, después, se fue sin despedirse y yo proseguí con mis actividades, pensando en su actitud, sin embargo, estuve dando vueltas por detrás del atrio, para verificar que no había algo raro en ella aunque le confieso, que esa chiquilla me dio cierto miedo. Todo el tiempo estuvo cerca del altar, jugando con la tablilla en el suelo; la estuve observando por varios minutos y regresé a mis quehaceres. Cuando me acordé de ella, vi que ya estaba con ustedes, así que no volví a regresar al atrio. Sin embargo, me sentía nerviosa e intranquila, en todo ese tiempo que la estuve observando. Presiento que hay algo bastante siniestro en esa niña. No lo dije a la policía, porque no quiero inmiscuir a la familia en eso. Tal vez, realmente hubo alguien más en el lugar. Eso es obra del demonio, y un infante es un ángel, por más complicada que sea su conducta. No haga caso a mis presentimientos tontos, por favor – la hermana Josephine había frotado sus sudorosas manos, mientras recordaba lo acontecido aquella tarde. Su disculpa no era creíble, ni siquiera para ella misma.
"Ya debe haber terminado la representación. Candy no ha venido a las actividades, por lo que intuyo no sabe aún lo que me ha sucedido. Me pregunto si me habrá buscado esa noche, en el teatro", reflexionó para sí, el reverendo.
Leyó nuevamente, sin prestar mucha atención, los datos contenidos en la tarjeta del detective.
No le gustaba nada el hecho de que la policía estuviese de nueva cuenta, inmiscuyéndose en los hechos, dado los resultados obtenidos en la última profanación.
Había podido evitar el tener que enfrentar legalmente a las autoridades, a causa del fallecimiento de Susana Marlowe, gracias al apoyo de la sacristía quien había movido los medios necesarios, para que desistiesen de los cargos en su contra, presentados por algunos médicos del hospital, sobre todo, al saber que muchos de los enfermeros y religiosas que asistían a la desafortunada mujer, habían sufrido misteriosas heridas y percibido cientos de situaciones paranormales.
El incidente no había tenido mayores consecuencias jurídicas.
Ahora, había habido otra profanación y aunque se negaba a reconocerlo, sabía, muy en el fondo de su alma, quien había sido la responsable de aquello.
Un personaje, a quien creía enterrado y olvidado, en ese putrefacto cuarto del psiquiátrico londinense y que usaba a la hija de los Grandchester como escudo.
La familia iba de regreso hacia la sombría mansión con el miedo en sus rostros, a pesar del contundente rechazo de Anisha y Nicholas.
El silencio en el auto era absoluto.
Nadie hizo comentarios ni preguntas sobre lo qué estaba sucediendo. Habían encargado a las enfermeras el cuidado de Nicole.
Terry se había comunicado con Charles, quien había ido a verle, y convinieron en que Anisha y Nicholas permanecerían en su casa, hasta que su hija saliese del hospital. En cuanto regresara de la semana de asueto que se le había otorgado, la servidumbre trabajaría solo en el día y por las noches, la pareja se quedaría a velar por el bienestar de su primogénita.
El vehículo entró al sendero que llevaba a la residencia, haciéndoles sentir un fuerte malestar en el estómago. Las hojas secas yacían en montículos sobre el suelo y al llegar a la entrada principal, observaron un misterioso auto estacionado, adelante del suyo.
Se acercó al coche, sin ver a nadie dentro. Hizo una señal a su esposa de que entraran a la casa, mientras se dirigía a la parte trasera para buscar al desconocido visitante.
Candy y los demás se introdujeron en silencio a la mansión, en tanto el actor caminaba por la fuente, de tan peculiar diseño, y divisó la figura de un sujeto de gabardina verde militar y sombrero del mismo tono, quien observaba insistentemente hacia la casa abandonada.
- ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó muy serio. El hombre volteó, sorprendido y sonrió amistosamente, quitándose el sombrero en señal de reverencia.
- Buenas tardes, señor Grandchester. Mucho gusto, soy el oficial Jack Walker – le enseñó una metálica placa. Terry la leyó atentamente.
- ¿Ha sucedido algo? – el nerviosismo le invadió pero lo disimuló.
- No se alarme. Antes que nada, quiero expresarle mi más grande admiración. Es usted un gran actor – añadió con una forzada simpatía.
- ¿Gusta pasar?, hace frío aquí fuera – se dirigieron hacia la casa, no sin antes de que el hombre echara un último vistazo a la construcción abandonada.
- Es una suerte que pueda encontrarlo, señor. Creí que había alguien en la casa, ya que al llegar, me pareció ver algo de movimiento en una de las habitaciones. Llamé a la puerta pero nadie atendió. Tal vez, desperté a la persona que ahí dormía. Una disculpa por mi intromisión – el inglés, al estar de espaldas a él, enarcó las cejas al oír su narración pero no dijo nada al respecto.
- Deme su abrigo por favor, Ordenaré que le preparen un café. Siéntese ahí, regreso en un momento – salió del lugar, y el detective se dio tiempo para admirar la casa. Tuvo un ligero estremecimiento, sin saber por qué, al mirar hacia la parte superior.
- ¡Qué ambiente tan raro! – masculló para sí.
- Señor Walter, le presento a mi esposa, Candice Grandchester – la rubia hizo acto de aparición a su lado y extendió tímidamente la mano, con una breve sonrisa.
- El café estará en un instante. Regreso en unos momentos con ustedes – la mujer salió, dejando a ambos hombres sumidos en un incómodo silencio.
- Supe que anoche fue la representación de su obra – dijo el sujeto. Terry le observó con frialdad – no se preocupe, un amigo que estuvo presente en la guardia de la Familia Real me habló sobre ello. No dudo en que tengan un arrollador éxito en las representaciones posteriores – señaló con sinceridad el oficial.
- Agradezco sus buenos deseos – respondió de forma escueta, el histrión.
El sonido de unas tasas y el humeante olor a café les distrajeron de la conversación. Era Candy, quien fue asistida por su esposo para poner la improvisada mesa. Al detective le llamó la atención la ausencia de empleados domésticos pero no hizo comentario alguno.
- Ahora sí, ¿en qué le podemos ayudar? – preguntó ansiosamente, Candy.
- Quisiera hacerles algunas preguntas, sobre todo a usted, señora Grandchester, en relación con lo sucedido en la parroquia del reverendo Folsom. ¿Está al tanto, no es así? – enarcó una ceja, observando el comportamiento de la rubia.
- Disculpe, ¿de qué habla?, ¿le sucedió algo al padre? – su tono fue de mucha preocupación.
- Verá: esa tarde en que usted y su hija fueron a visitarlo a la iglesia, hubo un suceso bastante peculiar: alguien se introdujo en el lugar y profanó una de las imágenes de la iglesia. El hecho fue descubierto por una de las religiosas quien dio aviso al padre Folsom. Al llegar él, sufrió un conato de infarto. Fue dado de alta ayer en la tarde. ¿Acaso no lo sabía? – el policía cuestionó extrañado.
- ¿Se encuentra bien?, ¿Está fuera de peligro? – Candy desvió el tema de conversación.
- Si eso la deja tranquila, así es. El reverendo Folsom es un hombre muy fuerte y solo es cuestión de llevar los cuidados necesarios. La hermana Josephine ha procurado brindarle su apoyo y está al pendiente de él. Me dirijo a usted, señora Grandchester, porque la monja ha declarado algo que me tiene un poco intrigado: dice haber visto a su hija caminando por el atrio, más o menos a la misma hora en que podrían haberse suscitado los hechos. Por eso me atreví a venir, para conocer un poco más lo que habían visto y de ser posible, hablar con su pequeña quien, tengo entendido, se llama Nicole, ¿es eso cierto? – la mirada de Candy se había transformado por completo al haber escuchado la aseveración del oficial.
Terry tuvo que recurrir a sus dotes artísticas para no perder el control una vez más. Era otra noticia que también él desconocía.
- Permanecimos por unos momentos junto al reverendo y Nicky nos dejó solos unos minutos. Después, regresó feliz y nos despedimos minutos más tarde. Si mi hija hubiese visto algo, créame que sería la primera en haberme enterado.
- ¿Podría ser más específica y narrarme lo que usted y su hija hicieron, desde que llegaron a la iglesia, así como la razón de su visita?
Aquello no le gustó nada al actor, sin embargo, permaneció callado, escuchando con atención.
- He estado trabajando en algunas ocasiones, para la parroquia lo que me ha hecho estar en frecuente contacto con el reverendo. Esa tarde, después de asistir con mi hija al psicólogo, decidí que podríamos visitarle por un rato, ya que quiero meter a mis hijos a la catequesis que ofrece la iglesia – explicó a grandes rasgos Candy, mientras frotaba sus manos con nerviosismo. El oficial escribió en su cuadernillo, sin dejar pasar la reacción de la rubia.
- ¿Su hija va a terapia psicológica? – preguntó con sumo interés.
- Así es. Ha tenido algunos problemas de conducta y creemos que es por el cambio de país. Siempre ha sido rebelde, pero le juro que es una buena niña. Si mi hija hubiera visto algo atroz, no dudo que me lo hubiera dicho en ese momento. ¿Acaso sospecha de nosotras? – Terry cerró los ojos, al percatarse de que Candy había dejado entrever su nerviosismo con sus palabras.
- ¿Se encuentra presente? Me gustaría hablar con ella – esta vez, fue Terry el que intervino de forma puntual.
- Se me hace patético el sospechar de una inocente criatura en relación con lo que sucedió aquella tarde, señor Walker. ¿Por qué tendría que atormentar a una niña con ese hecho tan espeluznante?, Considero que mi familia merece respeto ante todo.
- En ningún momento he dicho que su hija es sospechosa, señor Grandchester. Un probable enfermo mental está suelto en esta ciudad, profanando iglesias y que puede representar un peligro para la sociedad en general. No quiero imaginar si en su peligroso actuar, se topa con un infante y lo peor, que intente hacer algo, digamos, espantoso. Mi objetivo es saber si Nicole vio a alguien en ese momento, cerca de la imagen. Lo que hizo fue espantoso, señores. No fue mi intención el ofenderles.
- ¿Qué fue lo que sucedió exactamente?
- Una imagen fue profanada con dibujos grotescos y a sus pies habían dejado heces humanas. Además, había una extraña inscripción al pie de la figura, dedicado al reverendo Folsom, firmado con dos iniciales: S.M, diciendo que había vuelto – las palabras del policía ocasionaron un fuerte escalofrío en la pareja, quien volteó a verse sorprendida.
- ¿Tienen más datos sobre el asunto? – esta vez, Candy era la que había preguntado.
- No estoy autorizado a hablar de esto, pero haré una excepción, dado que ustedes viven al lado de… esa casa abandonada. Hace algunos años, hubo un hecho similar: la iglesia fue profanada y la policía dio con los culpables, una banda liderada por un hombre de origen americano, Alexei Gaskell, inmiscuido en asuntos poco éticos y delictivos, y quien era el guía espiritual de una organización llamada "La Orden", que se dedicaba a macabros ritos ocultos, en los cuales asesinaron a varias personas; estaban atrincherados en ese lugar y se suscitó una balacera, terminando en la muerte del líder de ese grupo criminal y la aprehensión de las dos mujeres que secundaban sus actos criminales. Sus nombres eran Shazia Wicklow y Susana Marlowe, de quien supimos, fue una novel actriz en su tiempo y quien curiosamente compartió el escenario con usted, señor Grandchester. Ambas fueron recluidas en diferentes prisiones, ya que la señora Marlowe presentaba un cuadro agudo de esquizofrenia; sin embargo, al laborar personal religioso en esa institución, se creyó que la ex actriz estaba poseída por imaginarios seres demoníacos. Fue el padre Folsom el que ofició el exorcismo, a petición de las monjas que la cuidaban y que desembocó en su muerte. Gracias al apoyo de la Iglesia, logró evitar el ir a juicio dadas las consecuencias del acto – aquello fue demasiado para el actor.
"¿Qué diablos significa todo esto?, ¿Folsom y Susana se conocieron en un… exorcismo?", la sola idea de la escena descrita por el oficial, impactó su mente.
- ¿Y qué sucedió con su hija? – la rubia estaba pasmada por lo que acababa de oír.
- La policía tenía ciertos datos sobre una pequeña que les acompañaba en algunas ocasiones, aunque no se tienen datos fidedignos sobre su identidad puesto que en el operativo no logramos encontrar nada sobre ella, ¿acaso saben algo? – el oficial acentuó su mirada sobre Candy. Terry se adelantó a responder.
- Creo que mi esposa está confundida. No hemos descansado bien y lamentablemente, no podrá hablar con mi hija. Ella no se encuentra disponible en este momento. Déjeme sus datos y en cuanto sea posible, hablaré con Nicole al respecto. Si hay algo que deba saber, no dude saber que le contactaremos. Ahora, si me disculpa, queremos descansar un poco – el actor se levantó de inmediato y fue por el abrigo del policía, cortando de tajo la conversación.
- No quise importunarlos, señor Grandchester. Deseo una pronta recuperación para su hija; si sabe algo, por favor, comuníquese conmigo – aquello alarmó al marido de Candy.
- ¿Nos ha estado espiando? – preguntó molesto.
- No la he visto entrar con ustedes. Dudo que la hayan dejado sola en esta casa, lo que me hace suponer que está en otra parte. ¿No es así? Seguiré al pendiente de su evolución – el oficial sonrió de lado y se despidió con una señal.
Después de que el hombre había puesto en marcha su automóvil, el actor le pidió a su esposa que le dejara solo. Todavía estaba molesto con ella.
Cuando la vio entrar a la recámara de Nicholas, se dirigió a la parte superior con una idea en mente.
La rubia se encerró en la habitación del gemelo, para hacer su maleta.
Tenía unas inmensas ganas de llorar pero se aguantó frente a su hijo, quien había tenido bastante con lo que acababa de presenciar. Le había visto espiándoles por el quicio de la puerta:
- ¿Por qué vino un policía, mama? – la pregunta dejó en silencio a su madre.
- Pásame varios pares de calcetines y tu pijama. Tendrás que permanecer durante dos semanas en casa de Charles. Prométeme que serás un buen niño y no darás problemas – le dio un beso en la frente y evadió responderle.
- ¿Qué tiene mi hermana? – el gemelo se sentó a un lado de su madre y le escuchó.
- Los médicos tratan de saber qué le sucede, cariño. Confiemos en que se pondrá bien pronto, ahora dime, ¿has vuelto a soñar con esa niña? – le dio un fuerte abrazo y se quedaron así por un largo rato.
- No últimamente. Tengo mucho miedo, mami. No me gusta esta casa. Quisiera regresar con el tío Albert – la sola mención de ese nombre ocasionó un sobresalto en su corazón. Si tan sólo él estuviera con ella ahí.
- No es posible por ahora, cariño. No debemos alarmarlos mientras no sepamos qué tiene tu hermana. Toma en cuenta, que estarán en casa de Charles. Me ha dicho Mariah que se divierten mucho en su biblioteca. Ella es muy agradable y presiento que te hará olvidar un poco esto que nos está ocurriendo además, An estará ahí para apoyarte. Te quiere mucho. De ninguna manera, esto debe afectar tus actividades cotidianas. Tienes que atender la escuela por igual – acarició suavemente su cabeza.
- No quiero tenerlos lejos, mami, pero mi hermana me da miedo. A veces actúa como si fuera el mismo demonio.
Aquello hizo pensar a la rubia.
La imagen de la mujer que se había topado de nuevo en el teatro regresó con más fuerza a su mente. Igualmente, debía visitar al reverendo Folsom para estar al tanto de su estado de salud. Sabía quién había sido la culpable de lo sucedido e intuía que el religioso también. Debía preguntarle muchas cosas.
Instantes después, la puerta se abrió de golpe y Anisha entró alterada:
- Mi tío está en esa habitación. Creo que deben ver esto – los tres corrieron rumbo al lugar.
Al entrar, vieron que Terry sostenía un martillo y se encontraba parado frente a unas misteriosas escaleras empolvadas que conducían a una parte secreta de la mansión, después de haber sido notificado por Anisha, del hallazgo del diario en ese cuarto. Pedazos de la pared yacían desparramados por todo el suelo. Sostenía una linterna en las manos y volteó a verlos:
- Iré a asomarme a allá arriba – exclamó muy decidido, ante la negativa débil de su mujer.
Los peldaños estaban llenos de telarañas. La oscuridad era tal que apenas y podían ver sus manos. Candy caminó seguida del gemelo y su sobrina. Temblaban del temor.
Llegaron a una sucia puerta pequeña que su marido derrumbó de una patada. Al entrar, vieron una destartalada silla de ruedas, una cama vieja, retazos de ropa y una bañera de porcelana de aspecto descuidado. La única ventana estaba en lo más alto de la pared, demostrando así, que no entraba suficiente luz en la habitación, Parecía como si quisieran mantener a su habitante. Había algunas muñecas rotas.
Era la habitación de una niña.
Candy ahogó un gemido de dolor al recordar la fotografía de la que, probablemente, era inquilina de ese cuarto oscuro.
"Se parece al mismo cuarto de mi sueño", pensó Nicholas, presa de un miedo incontenible. Cerró los ojos tratando de recordar la cara del hombre que había asesinado a la desafortunada pequeña, pero nunca lo logró.
- ¿Qué pasa, Nick? – preguntó An, preocupada.
- Este lugar es muy parecido a aquel en el que ese hombre mató a Carrie, en la bañera – respondió con lágrimas en los ojos.
- ¿Será posible? – los ojos de su padre estaban completamente abiertos, al recordar esa pesadilla.
- Tenemos que dar parte a la policía – sugirió Anisha con voz débil.
- No. Primero debemos asegurarnos que, efectivamente, este lugar tiene que ver con Susana Marlowe y su supuesta hija. Si no, corremos el riesgo de volvernos sospechosos – les aclaró el actor, con voz grave.
- Salgamos de aquí. No me siento bien – Candy estaba muy nerviosa por la situación. Tenía un mal presentimiento.
Su marido bajó al último y se cercioró de que la habitación había quedado cerrada por completo.
Estaba muy intrigado por todo lo que acababa de saber.
No cabía en su cabeza la idea de que Susana hubiese estado involucrada en un grupo criminal y mucho menos, muerta en un ritual de ese tipo. Más aún, que el padre Folsom, la hubiera conocido. Candy le observaba en silencio, pensando en lo mismo.
Ayudó a terminar las maletas y al momento de salir, un ruido metálico volvió a emerger de todas partes, esta vez, más intenso que nunca, como si hubiese comprendido que su secreto acababa de ser desvelado. Salieron prácticamente huyendo del lugar, y en el trayecto, Anisha recordó el diario olvidado en su recámara. Ya lo buscarían después.
En la cabeza de Terry pasaban cientos de pensamientos. Hablaría con los empleados para darles unas semanas más libres e intuía que la desaparición de Theresa estaba ligada, de alguna forma, a lo que acababan de ver.
Un tétrico destello en el cielo anunció la aparición de una inusual tormenta.
Mientras tanto, Nicole había permanecido en el hospital, custodiada por una enfermera con cara de pocos amigos.
Había despertado sobre la camilla sin tener la menor idea de qué hacía ahí. Estaba aburrida de tener que responder a las mismas preguntas de cuanto doctor se acercaba a ella. Tenía tantas ganas de salir huyendo pero no podía:
- ¿Dónde está papá? – cuestionó a la enfermera.
- Ha dicho que irían a su casa por algunas cosas. No te muevas que debo verificar tu presión – la mujer siguió con su tarea.
- Tengo hambre – dijo la niña.
- Acabas de comer. Tal vez deberías esperar un poco más – respondió secamente la mujer.
Nicole le sacó la lengua, en una actitud descortés pero la cuidadora hizo caso omiso. Cuando finalizó, volvió a permanecer en su silla, leyendo su reporte habitual.
La hija de Terry quiso pararse de la cama pero fue detenida en su intento:
- Me parece que aquí hay un problema de entendimiento. No está permitido que dejes el cuarto. Estás bajo observación, así que quédate quieta – exigió ya cansada, la enfermera.
La pequeña le sostuvo la mirada durante largo rato, con actitud desafiante.
Un frasco de vidrio, que la enfermera había colocado sobre su charola portátil, salió volando por los aires para estrellarse en el piso. La cama donde se hallaba recostada Nicole, comenzó a dar pequeños saltos mientras ésta gritaba del miedo. La enfermera salió corriendo de la habitación, haciendo caso omiso de la gemela que le pedía a gritos la alejara de ahí.
Estaba espantada.
Se topó en el pasillo con uno de los médicos residentes y regresó con él al cuarto, mientras le explicaba atropelladamente lo que había observado. Al entrar, no dieron crédito a lo que sus ojos veían: de forma inexplicable, todos los objetos de la habitación saltaban de un lado a otro.
El hombre se acercó a Nicole para tranquilizarla, pero antes de que pusiera una mano sobre la niña, algo invisible le asestó un tremendo golpe que le mandó contra la pared haciéndole permanecer tirado en el suelo, aturdido y casi inconsciente, mientras la mujer gritaba en busca del apoyo de algunos compañeros, quienes llegaron de inmediato.
Un estrepitoso ruido de la ventana que se abría intempestivamente, dejó entrar el mordaz y gélido viento del exterior que ondeó las cortinas furiosamente, sobresaltando a todos los testigos del inusual evento.
Su atención se desvió de nueva cuenta a la chiquilla quien se llevó las manos al cuello, a la par que respiraba con dificultad como si estuviese ahogándose:
- Nicky, ¿qué tienes? – otro doctor que había llegado se acercó a ella sin obtener respuesta.
- Llamen al psiquiatra. Es urgente – la enfermera que estaba más cerca tomó nota y salió corriendo de la habitación en busca del doctor Pavlov.
- ¿Te sientes mejor? – volvió a hablar el hombre.
- ¡No... puedo... res...pi...rar! – respondió sin terminar. Su rostro estaba rojo a causa del enorme esfuerzo.
- ¿Qué sientes, Nicky?
- Ayu... da.
El frágil cuerpo de la niña se convulsionó incesantemente y fue necesario que un equipo de enfermeros fuera llamado para someterla.
- ¡Se está asfixiando, ayúdenme a detenerla!
Después de un laborioso y largo rato, pudieron ayudarle a recuperarse. Fue recobrando gradualmente la respiración y al final, le aplicaron un fuerte sedante.
El doctor que había sido golpeado ya estaba reaccionando y era asistido por uno de los enfermeros, en tanto, escuchaban de boca de la enfermera que cuidaba de ella, lo que había sucedido:
- ¡Nunca había visto algo así en mi vida! – tuvieron que alejarla del lugar para que se tranquilizara.
- ¿Qué ha sucedido? – el psiquiatra Jonathan Pavlov quien había hecho acto de presencia en ese momento después de que una enfermera le llamara con carácter urgente, se acercó a la paciente mientras le ponían al tanto.
Su atención se profundizó al enterarse de cada situación recientemente acontecida, tal como el movimiento de objetos así como de la desconocida fuerza que había noqueado al otro médico. Con el rostro serio, permaneció unos minutos más, a la espera de alguna reacción secundaria por parte de la niña. No sucedió nada fuera de lo normal. Ésta continuó dormida.
- En cuanto lleguen sus padres, que se dirijan a mi despacho – ordenó al médico de guardia.
No le gustaba nada lo que estaba ocurriendo.
