Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 8»
En realidad, no era una laguna, sino un estanque, aunque le pareció lo suficientemente profundo como para poder nadar en él. Un enclave romántico y hasta hubiera jurado que encantado. Los rayos solares apenas se filtraban en el claro y una ligera neblina se expandía desde el suelo arremolinándose en las patas de los caballos a medida que avanzaban. El silencio era total, solamente interrumpido por el canto de algún pájaro en la espesura y el sonido del agua de la cascada. Como si de un momento a otro pudieran aparecer hadas o elfos.
Su ensoñación se evaporó al ver que Naruto descabalgaba y lanzaba las bridas sobre una rama baja, con un movimiento ágil y acompasado de su cuerpo alto y fibroso. Se movía con una gracia animal que atraía su mirada constantemente. Era como un gato. O como un tigre.
Naruto fue consciente de la mirada apreciativa de la muchacha. En cualquier otra circunstancia, habría sido un estímulo para él. Sin embargo allí y en ese momento, esforzándose para mantener su excitación a raya, dudaba de la oportunidad y zozobraba por un acercamiento. La indecisión era algo a lo que no estaba acostumbrado y el recelo de haber acertado con aquel matrimonio le preocupaba. Su dama escocesa nada tenía que ver con su anterior esposa, eran como el día y la noche y no sabía a qué atenerse. Por un lado, ella se mostraba distante y estirada. Por otro, le observaba como si fuera un trofeo. Su disimulado interés endurecía su cuerpo imaginando el instante en que sellaran su unión.
Como siempre, Hinata descabalgó sola, cuanto más a distancia lo tuviera mucho mejor. O lo intentó, porque él fue más rápido y se encontró ceñida por la cintura.
Con el corazón bombeándole en el pecho, adivinó que hasta llegar al suelo iba a tardar una eternidad. No se equivocó. Él la mantuvo unos segundos en el aire, tan cerca sus rostros que los ojos de Hinata quedaron colgados de los otros, estanques del color del cielo. Después, como si depositara un objeto precioso, la bajó muy despacio, rozándose sus cuerpos, cortando el resuello de Hinata que aspiraba un aire opresivo.
— Gracias — musitó, aunque no sonó muy femenino.
Afianzada ya sobre la hierba, Naruto no la soltó aún. Sus manos, como dos abrazaderas de acero, seguían abarcando su talle. Y es que a Naruto se le hacía imposible liberarla: olía a flores, a menta, a mujer. El control del que siempre hizo gala se desmoronaba como un castillo de naipes y se acrecentaba una necesidad urgente de acariciar su piel. Deseaba envolverla en sus brazos, besar su boca, adherirse a su cuerpo. ¡Maldito fuera! Lo que realmente quería era rodar con ella sobre la hierba y hacerla suya de una vez.
Hinata no despegaba los ojos de su amplio pecho. La sangre circulaba por sus venas como un torrente candente que la trastornaba. No supo si pasaban segundos u horas, cada terminación nerviosa le enviaba impulsos de excitación al aspirar su ligero perfume a cuero y sándalo. Una mezcla de escrúpulo y fascinación la mantenía muda y anulada.
— Eres preciosa.
La repentina afirmación acrecentó su estado expectante provocándole un aguijonazo en el estómago.
Si le hubieran disparado, Naruto no se habría sentido tan mal. Porque fue un fogonazo de rechazo lo que vio en sus ojos. Claro. ¿Qué esperaba? Su condenada fama le precedía y ella debía de haber escuchado mil y una historias. ¿Acaso no decían que había asesinado a la anterior duquesa? Se obligó a controlar la parte de su cuerpo que había cobrado vida propia ante la proximidad de la muchacha y la soltó. Reprimió el deseo, se apartó y caminó hacia el agua, lamentando su estupidez. Era su esposa y no tenía que rendir cuentas a nadie. Hinata despertaba en él sentimientos casi olvidados. Las mujeres no daban más que problemas y se juró que, aunque ella lo fascinara, no se dejaría atrapar de nuevo. Se había casado porque la Corona y su maldita abuela le habían obligado, pero una cosa era convivir de nuevo con una mujer y otra, bien distinta, caer en sus redes.
— Bien. ¿Qué opina de este rincón?
Echando mano de todo su control, Hinata se le acercó.
— Es como estar dentro de un cuento. ¿Viene aquí a menudo?
— Mis obligaciones no me dejan demasiado tiempo libre, pero me escapo del castillo cuando puedo. Aquí puedo respirar y hablar sin que haya oídos pendientes de cuanto digo.
— ¿Por eso me ha traído aquí?
Naruto asintió con un seco movimiento de cabeza.
— ¿Me explicara el porqué de la humillación de una boda por poderes?
Él se volvió como si le hubieran propinado un puñetazo en pleno tórax. ¿Explicar? Y ¿qué demonios tenía que explicarle a ella? La había convertido en duquesa, le había dado su apellido y ahora podía gozar de toda su fortuna. Nada tenía que aclarar, a pesar de lo cual la había conducido allí, a su remanso privado, para hablar de su futuro en común. Le había parecido más idóneo alejarse de todo y de todos y conversar distendidamente evitando interrupciones inoportunas.
— Al pan, pan y al vino, vino, ¿verdad?
Ella vio que se quitaba su chaqueta con gesto hosco, la estiraba sobre la hierba y con una irónica reverencia la invitaba a sentarse. Mal empezaban las cosas. O mejor, mal continuaban, se dijo ella. El cóctel de atracción y antipatía entre ambos comenzaba a tomar tintes de enfrentamiento. Pero se sentó, recompuso su falda y cubriendo sus tobillos esperó.
Él se acomodó sobre una pequeña roca, al borde del agua. Arrancó una ramita de la orilla y trazó círculos en la superficie.
— Veo que no le informaron de los motivos por los que no pude presentarme en Escocia, señora.
— Por el contrario, milord. El caballero con el que me casé por poder, lo dejó muy claro. El duque de Konohagakure estaba demasiado ocupado para ir a su propia boda.
Naruto mantuvo un apretado silencio como si estuviera más interesado en los aros que formaban las olas que en su reproche incisivo, y ella aprovechó la ocasión para fijarse en su cuerpo, ahora cubierto sólo por una fina camisa que se ajustaba a su espalda, hombros y brazos como una segunda piel. ¡Por todos los santos! ¡Era irreverente que un hombre tuviera un cuerpo tan magnífico! Le hubiera encantado contemplarlo sin la maldita camisa porque su esposo desprendía un magnetismo del que no parecía darse cuenta. ¡Mierda!, se lamentó en su fuero interno. Iba a resultar muy difícil mantenerlo alejado cuando él se propusiera refrendar su matrimonio.
Se echó instintivamente hacia atrás cuando él lanzó la ramita al agua y se volvió a mirarla fijamente.
— Es algo a lo que tendrá que acostumbrarse — dijo— . Mis obligaciones con la Corona son prioritarias.
— Eso quiere decir que vuestra esposa queda en segundo lugar.
— No. Ese lugar lo ocupan mis tierras, milady.
Ella se enervó y sus ojos despidieron fuego.
— ¿En qué lugar ha pensado colocarme entonces, señor mío? ¿Por encima o por debajo de vuestros caballos?
— Estará en el lugar que le corresponde. No voy a exigirle nada de momento — repuso él, volviendo su atención a la orilla donde se arremolinaban algunos pececillos y haciendo oídos sordos a su sátira— . Acabará por acostumbrarse. Comprendo que la han obligado a contraer matrimonio y que se ha casado con un perfecto desconocido. Pero no puedo darle más satisfacción, si es lo que busca. Le daré, eso sí, el tiempo que necesita para acostumbrarse a la idea de que se ha casado con un monstruo.
— Nadie ha dicho… — se atragantó Hinata.
— Señora. — Cortó cualquier excusa con un movimiento brusco de su mano— . Sé lo que dicen de mí. Londres no es más que un inmenso estercolero en el que unos se dedican a vilipendiar a otros y, aunque no paso demasiado tiempo en la ciudad, tengo mis informadores.
— Pero…
— Se refieren a mí como el Diablo, o cosas peores. La vi en una de esas entretenidas reuniones de sociedad — contraatacó— . ¿Va a negar que nadie hizo alusión a que asesiné a mi primera esposa?
Un cosquilleo de inquietud volvió a hacer acto de presencia en Hinata. Recordaba muy bien la maldita reunión a la que nunca debería haber ido, su presencia y lo que le contaron. ¿Cómo iba a desmentir lo que él afirmaba con certeza? Entonces no dio crédito a las habladurías y ahora se negaba a admitir que la habían desposado con un criminal.
— No hago caso de los chismorreos, milord. — Creyó percibir un brillo agradecido en sus ojos que volvían a prestarle atención— . Las acusaciones hay que probarlas, excelencia — continuó, incómoda por el rumbo de la conversación y un tanto avergonzada porque, aunque era cierto que ella nunca daba pábulo a calumnias gratuitas, tanto Ino como Sakura, la propia prima de su esposo, habían sembrado la duda.
— En Londres no hay que probar nada, milady — matizó él— . Simplemente se le pone una etiqueta a alguien, se deja caer un comentario en una fiesta y el desgraciado es condenado sin más.
Él hablaba como si nada de aquello le importara, pero Hinata captaba, bajo su coraza fría, el sufrimiento y la soledad. Era el momento de proporcionarle un poco de comprensión, se lo debía su conciencia pero recelaba decidirse.
— Estoy segura de que es inocente de tan terrible acusación. Pero debería aclararlo.
Una mirada glacial e impenetrable la traspasó antes de preguntar:
— ¿Está segura de que no soy culpable, señora?
A Hinata empezaron a sudarle las palmas de las manos. Inhaló aire, entrecruzó los dedos y se dijo que tal vez no tendría otra oportunidad para acercarse a la verdad. Y ella necesitaba saberla.
— ¿Pudo ser un accidente?
Naruto tardó en contestar, como si estuviera valorando su respuesta. Suspiró y se encogió de hombros. Por un instante, su mirada se nubló, recordándolo todo.
— ¿Un accidente? Realmente nunca he sabido si lo fue. Llegué a creer que ella se lanzó al vacío, que deseaba saltar y acabar.
— Si no desea hablar de eso…
Naruto se puso tenso y se le oscureció el semblante. ¡Por todos los demonios del infierno! ¿Trataba ella de consolarlo? Regresó dolorosamente al mundo real. Lo último que le hacía falta ahora era un ama de cría. Si abría su corazón a aquella mujer, su propia mujer, ¿qué sería lo siguiente?
— No — respondió en tono adusto— . No deseo hablar de ello. Me importa un ardite lo que digan de mí. Pero eso sí, espero de mi esposa que no se crea todo lo que oiga sobre mi persona.
Hinata guardó un prudente silencio. Por un momento creyó que podría acercársele, pero él quiso poner distancia entre ambos. Volvía a ser un témpano y la asustaba. En un segundo se mostraba sensible y al siguiente se endurecía. Ella había vivido la afinidad que existió siempre entre sus padres: se lo contaban todo, hasta las cosas más nimias. Estar casada con alguien que no confiaba en ella, que la eludía y se aislaba en su propio mundo, la aterraba.
— En un matrimonio es fundamental la confianza, milord… además de otras cosas.
— ¿Confianza? — Se congelaría el infierno antes que volver a depositarla en una mujer— . Y ¿a qué más se refería?
— Al cariño.
— Ya veo.
— Sí. El cariño puede llegar con el tiempo, con la convivencia. Yo hubiera preferido contraer matrimonio con alguien al que amara, por supuesto, pero me he casado por obligación. — Era un hecho inobjetable que Naruto tuvo que aceptar— . Podré superarlo. Pero si mi esposo no confía en mí o yo no lo hago en él, ¿qué nos queda?
Habló tan seria, tan erguida, con las manos cruzadas sobre la falda y un aire de decencia ultrajada que Naruto no pudo reprimir una carcajada seca.
— No creo en el amor, Hinata. ¿Cómo se puede creer en algo que no existe? Está bien como tema de conversación de damiselas, pero no para la vida real. Prefiero no depositar mi confianza en nadie, señora. ¿Qué nos queda? La fortuna del marido o la esposa, depende de cada caso. — Rezumaba sarcasmo y amargura.
Un punto de vista tan negativo de un asunto tan capital en un hombre joven hizo que se encabritara, y se le enfrentó con las manos en la cintura.
— ¡A mí no me hacía falta vuestro dinero! ¡Y hubiera preferido elegir a mi propio marido!
— ¿Qué marido? ¿Holandés? — se burló él, admirando sin proponérselo su busto ceñido por la tela que subía y bajaba al compás de una respiración acelerada y que impulsaba tirantez a la tela de su pantalón— . ¿Italiano? ¿Ruso? ¿Inglés, irlandés, escocés de las Tierras Altas tal vez?
— ¡Pero qué…!
— Si no estoy mal informado, señora mía, y no suelo estarlo, la mitad de la población masculina de Escocia ha pasado por Byakugan Tower. Y vos has largado a todos y cada uno de vuestros pretendientes. Dudo mucho que le quede demasiado donde escoger puesto que ha rechazado a tantos.
— ¿Quién le ha dicho semejante cosa? — se ahogó ella.
Curvó los labios masculinos en una media sonrisa enigmática.
— ¿No sabe que soy el Diablo… o, cuanto menos, que tengo un pacto con él?
— Yo… yo…
— Tranquilícese — repuso, incorporándose— . No poseo dotes de adivinador y Satanás debe de estar muy ocupado para prestarme atención. Simplemente tengo buenos informadores, ya se lo he dicho.
— ¡Informadores! — se envaró ella, desconfiada— . ¿Qué clase de informadores? ¿Palomas mensajeras? Que yo sepa nadie rondó por los alrededores de mi casa…
— Un cochero.
— ¿Cómo?
— El cochero. El que se desplazó con Shikamaru. Le aseguro que es inmejorable. Dos días le fueron suficientes para averiguar todo lo que quería saber acerca de usted. Por ejemplo: que es apasionada, consentida, que no le agrada demasiado el dulce, que le fastidia el color negro… — Se divertía en la misma proporción que ella se sorprendía—. Lo lamento, señora, pero es mi color preferido. ¿Qué más cosas? ¡Ah, sí! Le gusta bailar, domina el piano y el arpa, algún idioma…
— ¡Es suficiente! ¿Hasta dónde ha llegado?
— Siéntese.
— Como ha dicho, milord, soy una consentida, por lo tanto no pienso hacer más que lo que me venga en gana.
— ¡Siéntese he dicho!
No esperaba de él una salida de tono. Apretó los dientes y se mordió la lengua, evitando soltarle una ristra de improperios que se merecía por soberbio y engreído y decirle lo que pensaba de su dinero, su posición y su maldito título. De mala gana se dejó caer sobre la chaqueta extendida y se removió, arrugándola adrede. Naruto se mordió una mejilla, reprimiendo la diversión que le produjo su infantil venganza.
— No le pido confianza. — Se acomodó sobre la roca para situarse a su nivel— . Imposible, cuando no se conoce al otro y usted no me conoce en absoluto. Me conformaré con la obediencia.
Hinata abrió mucho los ojos.
— ¿Obediencia?
— Una esposa debe obedecer al marido — convino él— . No voy a ser demasiado exigente, salvo en lo que se refiere a horarios, salidas, visitas y preguntas. Me explicaré. Las cenas, siempre a las siete. Espero que no se repita el retraso de ayer. Debo saber siempre cuándo va a salir, adónde y con quién. Londres es una ciudad peligrosa y quiero que mi esposa esté siempre localizable y protegida. Tampoco me gusta recibir visitas en Uzumaki House, aunque no voy a impedirle visitar a vuestras amistades… siempre y cuando vaya debidamente acompañada. — Hinata lo miraba con el asombro reflejado en el rostro, sin acabar de digerir tamaña sarta de órdenes, porque no eran otra cosa— . Me desagrada que se cuestione lo que hago o se me interrogue sobre mis idas y venidas. — Hizo una pausa y clavó sus ojos en ella— . Por descontado, en algún momento deberemos cumplir con el rol que el matrimonio nos exige. — Hubiera dicho que se envaraba y se felicitó por inquietarla. Al parecer, Hinata Hyûga… No, Hinata Uzumaki, se rectificó, también tenía sus debilidades— . Konohagakure necesita un heredero, supongo que lo comprende. ¿He sido lo suficientemente claro para usted, señora?
Hinata tardó un momento en recuperarse. Después se alejó a paso vivo y poco femenino rodeando el borde de la laguna y contando mentalmente para calmarse. Se agachó a recoger un pequeño guijarro y jugueteó con él entre los dedos. Contar casi nunca le servía para nada, y esta vez tampoco. Se volvió a mirar a su esposo y le lanzó la piedrecilla sin previo aviso, obligando a Naruto a sortear el proyectil, que le acertó en la mejilla, salvando por milímetros su ojo derecho. Después le dijo, a voz en cuello:
— ¡Tan claro como una ciénaga llena de estiércol, milord!
Naruto arrugó el ceño y se pasó la yema de los dedos por la cara para descubrir un hilillo de sangre.
— Pinta un panorama poco halagüeño para mí, excelencia. En Byakugan Tower salía y entraba cuando me venía en gana y sólo debía rendir cuentas a mi padre… cuando me escapaba. ¿Y piensa que voy a admitir vivir prisionera?
— Ahora está casada. ¡Conmigo! — Se levantó— . A mí no me agradan las escapadas.
— ¡Casada, sí! ¡Casada con un maldito carcelero! — le gritó— . ¿De modo que debo informarle de todas mis salidas, a quién veo o con quién hablo? ¿También quiere saber si voy al excusado, excelencia? — continuó sin amilanarse— . No podré recibir visitas porque le desagradan. ¿Espera que me convierta en una monja? Y en cuanto a las preguntas… ¡Eso es lo más gracioso! Así que usted cuestionara lo que yo haga, pero yo no podré contradecir lo que haga usted. ¿Es eso?
— Más o menos — gruñó Naruto.
— ¡Ja! — Pateó la hierba y se alejó hacia donde pastaban los caballos.
Ni siquiera llegó a acercarse. Se le escapó un grito al ser atrapada de los hombros por unas manos masculinas que la obligaron a darse la vuelta. Se encontró empotrada en un pecho granítico y la saliva se le secó en la garganta frente a un par de ojos azules clavados en los suyos. Si el demonio existía, realmente lo tenía delante. Los blanquísimos dientes de Naruto rechinaron antes de decir:
— Prefiero a las mujeres que hablan poco, señora, pero esa respuesta ha sido demasiado parca, incluso para mí.
Hinata quiso evaporarse, estar en otro lugar y en otro tiempo. Hizo un esfuerzo para que él no notase que temblaba y para que su voz no delatara el pánico que la dominaba.
— «¡Ja!» quiere decir que se ha confundido de mujer, milord.
— ¿Quiere decir que no acatara mis órdenes?
— Sólo las que sean sensatas.
— Sólo las sensatas, ¿eh?
— Las restantes tendremos que discutirlas. Mi padre lo hacía con mi madre y en la mayoría de los casos se ponían de acuerdo. Los escoceses somos así.
— ¡Yo no soy escocés!
— ¡Ni yo inglesa, señor mío!
En el fondo, admiraba la vehemencia con que defendía sus argumentos, lo que liberó a Naruto de tensión y en un gesto espontáneo la apretó contra sí, y su aliento y su voz, como un susurro, llegó a ella en oleadas que la excitaron.
— ¿Tendremos que discutir también en lo referente a nuestra intimidad?
Hinata se ruborizó, agachó la cabeza y la escondió en su hombro.
— También, milord — repuso— , aunque me han educado para respetar los acuerdos. Y aun cuando no me han dado opción para este matrimonio, no avergonzaré a mi padre. — Le costó decirlo y él lo supo— . Sé que vuestro título precisa de un heredero. Cumpliré con mi parte, señor, pero deberá darme tiempo. No lo conozco y es de sentido común que tenga ciertos… reparos en mi primera vez.
Naruto la soltó tan de repente como la había atrapado y Hinata se tambaleó. De pronto, el contacto de ella le quemaba. Ardía como un leño al fuego. La había irritado adrede, porque ya se había dado cuenta de que le gustaba batalladora, pero su respuesta sumisa y sincera lo dejó sin aliento y endurecido como una piedra. ¡Dios! Sólo imaginarse que tendría que yacer con una virgen lo paralizaba, pero también lo excitaba, lo enardecía.
— Claro que le daré tiempo para que se acostumbre a vuestros deberes de mujer casada, Hinata — le dijo con voz ronca— . Dios sabe que me gustaría no ponerle límite, pero… no soy demasiado paciente.
— Podríamos establecer unas normas previas.
— ¿Normas?
— Una especie de… — Se ruborizó— . Una especie de… galanteo anterior a… a…
— A consumar el matrimonio.
— Eso es. — Se atrevió a levantar la cabeza y mirarlo, rezando para que aceptara tan atrevida oferta.
No tuvo Hinata que esperar e, incluso antes de que él mismo supiera lo que hacía, la envolvió en sus brazos y se apoderó de su boca.
A Hinata se le derrumbaron las defensas. Los labios masculinos abrasaban, la lengua de Naruto embistió la suya, saboreó su boca, provocó una llamarada de deseo que hizo flaquear sus piernas y tuvo que sujetarse a sus hombros.
Mientras la ceñía a su cuerpo, Naruto acarició su brazo trazando círculos, subió hasta el hombro, continuó hacia la nuca… Enredó sus dedos en la suavidad de aquel cabello oscuro, tironeando de él para acceder mejor a su garganta…
Hinata nunca se había visto abordada de un modo tan directo y se mantenía ingrávida, absorbida por su fuerza, presa de su sabor, de su olor. Algún joven le había robado un beso, por supuesto. Poco más que una caricia fraternal en comparación con este ardor provocado por el duque. El beso de su esposo fue un viaje a su interior tan placentero que convirtió sus rodillas en gelatina. Se le aceleraba la respiración, la perturbaba, pero no quería que parara. Naruto la devoraba, la fundía con su cuerpo vigoroso, le robaba el alma. Sintió un vahído y se apretó más a él, gimiendo débilmente. Aquel sonido tan leve, apenas esbozado, hizo que Naruto perdiera el control. Su mano se ajustó al pecho de Hinata, acarició el botón duro que pugnaba entre la ropa y la palma de su mano. Después se aplicó a levantar metros de tela de falda buscando el calor de su piel.
El contacto de la mano caliente en su muslo fue como una diana que atinara en el centro de la locura que la alejaba de la sensatez: Naruto Uzumaki estaba a punto de seducirla. Se rehizo, se rearmó y lo empujó.
Con su rechazo él dio un paso atrás. Una vena latía en su mejilla, tenía la respiración agitada y le costó sobreponerse a la presión que punzaba su bajo vientre. Entendió, sin embargo, que estaba yendo demasiado aprisa.
— Por favor… — rogó ella, arreglando su falda.
Un golpe traicionero no hubiera sido más efectivo para enfriar su excitación. ¿Qué extraña fiebre le había atacado? Acababa de portarse como un mezquino, presa de su descontrol. ¡Había estado a punto de acostarse con ella en medio del bosque!
Se le escapó una imprecación y se alejó, mesándose el cabello. ¿Qué diablos estaba haciendo aquella mujer con él? ¿Lo había sometido a algún tipo de sortilegio? Se serenó y habló en la distancia.
— Normas, dice. ¿No es eso?
Hinata danzaba en un mar de sensaciones desconocidas, navegaba entre el deseo de salir corriendo o volver a abrazarlo, y apenas le entendió. Pero su propia autodefensa le dijo a qué se refería. Asintió.
— De acuerdo. Establezcamos normas. Le prometí tiempo y acabo de comportarme como un rufián. No se repetirá, señora. Digamos… una caricia al día.
— ¿Cómo?
— Si vamos a vivir con ellas tendremos que desarrollarlas. Una caricia al día, hasta que se acostumbre a mí. No creo estar pidiendo demasiado.
Simplemente, Hinata no podía creerlo. ¿Una caricia diaria? Y ¿cómo se suponía que sería cada una? Porque si se trataba de situaciones como la que acababan de vivir, difícilmente resistirían. Sobre todo él. Aun así, era imposible negarse a una tregua recién obtenida.
— No lo es, milord.
Naruto desató a los caballos y la ayudó a montar. Ella notó que intentaba no tocarla y, lejos de agradarle, le disgustó, porque en el fondo su cuerpo clamaba por un nuevo contacto.
Hinata no dejó de cavilar durante el trayecto de vuelta. Su esposo era un hombre extraño, recluido en el marco de su honor y en unos patrones de conducta férreos. ¿Cómo podía ser un asesino si era la muestra viva del control? Agradecía al cielo haber conseguido más tiempo para asumir sus deberes de esposa pero, por el contrario, le desilusionaba que él no hubiera insistido en seducirla. «¡Muchacha estúpida! — se recriminó— , cuanto más apartada estés del príncipe de los infiernos, tanto mejor para ti».
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Continuará...
