CAPÍTULO 22

Anthony seguía mirándola con el ceño fruncido, una leves líneas surcaban su frente concediéndole una apariencia más serena. La citación que Candy sostenía en su mano le preocupaba enormemente; llegaba a producirle un terrible dolor de cabeza, ya que era consciente de las repercusiones negativas y perjudiciales que implicaba para ella.

—¿Por qué hace esto? —la pregunta con voz desolada le hizo fruncir el ceño a él todavía más.

—Para establecer su derecho legal sobre su heredero.

Candy seguía mirando la citación con incredulidad.

—Pero esto no es necesario.

—Mi hermano cree que sí.

Meditó un segundo antes de responder:

—¡Pero es absurdo! Lucha por algo que no ha nacido todavía.

—Así se asegura de que nacerá.

Ella lo miró sin comprender.

—Yo nunca pondría en peligro a mi bebé de forma voluntaria —confesó con un hilo de voz.

Anthony asintió.

—Pero Albert no tiene modo de saberlo —la mujer no pudo decir nada, perpleja—. Ya ha pasado por una situación parecida pues Susana se deshizo del hijo que esperaba —Candy se puso pálida al recordarlo.

—Yo no tengo intención de hacerlo, simplemente le he dejado claro que no debo casarme, pero lo dije pensando únicamente en mis hijos que tienen derecho a opinar sobre este asunto.

—Tus hijos entenderán que es lo correcto.

No, no lo creía probable.

—Mis hijos tienen opinión propia pues soy su madre y jamás iré contra sus intereses en pos de los de tu hermano.

Anthony lo sintió en verdad por ella.

—Qué diferente sería si fuera hijo mío y no de mi hermano —le espetó amargamente—. ¿Verdad? —Candy se dijo que eso simplificaría mucho las cosas—. Albert es muy orgulloso, pero también justo —contestó el hombre.

—No era necesario solicitar ante la corona el derecho de sangre pues me ha colocado en una delicada situación.

—Ahora es la corona la que decidirá sobre el heredero —Candy iba a decir algo, pero Anthony no se lo permitió—. Tienes una última opción.

—¿Última opción? —preguntó curiosa.

—Fugarnos y casarnos en Gretna Green.

Esa posibilidad la tentaba realmente.

—¡Está loco! —exclamó ella—. Todo este lío viene precisamente porque no deseo casarme.

Anthony negó con la cabeza.

—Te estoy ofreciendo una salida.

—Debe de existir otro medio.

—No, no lo hay —Anthony la miró con un extraño brillo en sus ojos, y después dijo—. Podías haber prescindido de los ojos tapados y del silencio, y ahora no estarías metida en este lío.

Ella se ruborizó intensamente.

—Tengo que hacerlo entrar en razón.

—Albert no cederá, lo conozco, no hay un hombre en toda Inglaterra tan obtuso y terco como él.

—Pues es hora de que alguien lo baje de esa nube de arrogancia.

—Mi padre también está presionando a la corona para que medie.

Candy apretó los labios con furia. Al paso que iban, todo Sheffield sabría que ella estaba encinta del heredero de Letterston más pronto de lo que deseaba. Su intención había sido retirarse al campo, tener a su hijo, y vivir en paz.

—Yo misma iré a convencerlo de que deponga esa pretensión.

—Mi hermano sufrió lo indecible por ese niño que no llegó a nacer. Se ha sentido terriblemente culpable e impotente. Ha pagado un alto precio emocional.

—¿Lo defiendes? —preguntó confusa—. Porque defenderlo a él significa perjudicarme a mí.

—Lo comprendo, no es lo mismo.

—¿Y cómo puedo convencerlo de que su pretensión perjudica gravemente a mis otros dos hijos? —lo había dicho pensativa.

—Con un buen acuerdo matrimonial.

Candy estalló:

—¡Pero no es justo! Tu hermano debería aceptar mi decisión. No deseo casarme. Anthony se mantuvo en silencio. Esperaba a que ella se calmara. Candy retomó la palabra:

—Y ahora la corona, ¿qué puedo hacer? —preguntó para sí misma.

—Decirle a la corona que el hijo que esperas es mío y no del heredero de Letterston —ella lo miró confusa—. Sería tu palabra y la mía contra la de él. Y ya que detestas tanto el matrimonio, yo aceptaría tu decisión aunque trataría de hacerte cambiar de idea.

Candy soltó un suspiro largo. La sugerencia de Anthony no era tan descabellada, pero ella no podía hacerle algo así a su propio hijo, tampoco al padre, sobre todo porque Albert no le era para nada indiferente.

—Tengo que elegir: o me quemo en las brasas por él o me frío en la sartén por ti. Es increíble.

Anthony la interrumpió:

—¿Me estás rechazando otra vez?

—No de la manera que imaginas, pero aceptarte significaría hacerte desgraciado, y te mereces una mujer que te ame, te ame de verdad —le dijo sincera.

Él la miró con intensidad antes de responderle.

—Soy un hombre de principios, un caballero, y te he dado la solución a tu problema.

—Pero no sería justo para ti tener que aceptar y criar a tu sobrino como tu hijo —le replicó—, tampoco para Albert —Candy calló un momento—. Tu hermano solo tiene que aceptar mi negativa al matrimonio, y entonces nos entenderemos.

—Pero es que es su heredero —dijo Anthony.

La mujer giró el rostro hacia la ventana. Se quedó mirando la luz que entraba por ella, y después respiró.

—De todos los hombres de Inglaterra, seduzco al menos indicado.

—¿Te sientes atraída por él? —Anthony hizo la pregunta muy suavemente. Candy lo miró entrecerrando los ojos.

—Es un hombre muy apuesto —respondió concisa—. Sería muy fácil enamorarse, pero ante todo debo pensar en mí misma —Candy se quedó pensativa un momento y, después, concluyó—. El futuro de mis hijos me importa mucho más que las necesidades de tu hermano o las mías.

—Pero ya no puedes hablar por ti sola.

—Por eso estoy en este embrollo, porque no puedo aceptar ser la esposa de tu hermano porque eso me alejaría de mi propio hogar donde deben crecer mis hijos Dave y Mary.

Anthony sabía que ese era un escollo en el que su hermano no había pensado. El heredero de Warren debía criarse en el hogar familiar, y no en Pembroke House.

—Mi hermano es una buena persona, igual acepta que viváis en otro lugar todos juntos.

Lo miró repentinamente seria.

—Nunca he dudado de la calidad de Albert como persona, pero es impensable sacar a mis hijos de Battlefield e imponerles un padrastro que no necesitan. Es tan sencillo como eso.

—Proponle ser tu amante sin la bendición del matrimonio —esta vez sí lo miró con censura.

—No bromees con algo así. —Candy calló un momento—. Me hieren tus palabras porque sabes que nunca pretendí herirte.

—Todavía estoy dolido de que me confundieras con él, que lo besaras, y que no supieras que no era yo.

Candy pensó que Anthony tenía también sus motivos para estar molesto. Habían hablado largo y tendido sobre lo sucedido. Él la había perdonado, y quería ayudarla, pero su forma de hacerlo lo complicaría todo mucho más. ¿De verdad creía Anthony que su hermano iba a quedarse de brazos cruzados si ella aceptaba casarse con él?

Candy solo tenía una meta, que Albert aceptara sus términos sobre el hijo que venía en camino.

Finalmente la corona se había posicionado.

Si ella fuese una simple doncella y Albert un hombre cualquiera, todo sería mucho más fácil, pero ambos pertenecían a la aristocracia, y tanto la casa Letterston como la casa Battlefield, eran muy importantes y tenían mucho peso en el reino.

Candy era consciente que el duque de Letterston había usado su poder e influencia para posicionar a la corona a favor de ellos. Ella era viuda, y con una reputación que jugaba en su contra aunque no fuera cierta. Y las opciones que tenía eran muy pocas. Había sido citada en Pembroke House, allí estaría un representante de la corona y Albert, pensó que también estaría el duque y quizás la duquesa viuda. Candy había cuidado su aspecto: llevaba puesto un vestido azul marino apenas sin escote, moño bajo, y un chal de encaje blanco que cubría sus hombros. Había llegado temprano a la cita, pero no llevaba ni dos segundos sentada en el amplio despacho cuando la puerta se abrió y Albert cruzó por ella. Candy no se levantó; continuó sentada con el rostro serio y decidido. Albert la estudió de pies a cabeza con gran interés, y le ofreció la sonrisa que tanto admiraba ella, y que en ese momento le produjo un cierto desagrado.

—Lady Warren, cada día estás más hermosa.

Candy no pudo callarse:

—¡Le dijo el zorro a la gallina antes de morderle en el cuello y devorarla!

A Albert se le borró la sonrisa. Tomó asiento y esperó que ella comenzara primero por cortesía. Candy tenía los nervios a flor de piel, se sentía ligeramente mareada y el nudo en su estómago le impedía tragar con normalidad, y se dedicó a observar todo lo que a había sobre la mesa: varias hojas en blanco con el sello ducal. Un tintero, varias plumas...

Como ella continuaba callada, Albert decidió romper el silencio.

—He pedido que primero tengamos una charla en privado —ella se lo agradeció—. Si llegamos a un acuerdo satisfactorio para el ducado de Letterston, no será necesario que la corona medie en esta disputa.

—Confío que lleguemos a un entendimiento común —dijo ella—. Apelo a tu caballerosidad y generosidad.

—El emisario de la corona se encuentra en la biblioteca con mi padre disfrutando de un buen coñac mientras tú y yo tratamos de llegar a un acuerdo.

Albert se apoyó en el respaldo de la silla sin dejar de mirarla, y se pasó los dedos por la mejilla.

—¿Tratas de coaccionarme con esa información?

Fijó los ojos en el vientre de ella ligeramente pronunciado, y no escondió un brillo de deseo que ella entendió a la perfección.

—Parece que no te has dado cuenta de que tengo todos los ases de la baraja.

Candy apretó los labios con enojo.

—No voy a negociar nada contigo que perjudique a mis hijos.

Ya lo había soltado.

—Jamás haría nada que los perjudicara —aceptó.

—Aceptaré ante la corona que eres el padre del hijo que espero y…

Él la interrumpió.

—Y aceptarás ser mi esposa.

—¡No! —fue la abrumadora respuesta.

—¿Por qué no? —le costaba aceptar su reticencia.

Albert se recostó en el respaldo de la silla y le ofreció una sonrisa calculada que dejó al descubierto sus perfectos y alineados dientes.

—Porque no deseo casarme de nuevo, ya te lo he mencionado varias veces a lo largo de estas semanas —fue su sencilla respuesta.

Albert apenas controlaba la frustración que su terquedad le provocaba.

—Quiero que nuestro hijo sea legítimo —Candy se encogió levemente por la firmeza de su tono—. Sin la protección del matrimonio será siempre un bastardo.

—Pero heredero de… —él, volvió a interrumpirla:

—No deseo bajo ningún concepto que mi hijo crezca sin mi absoluta supervisión. Lo educaré desde su nacimiento, por eso tendrás que casarte conmigo y vivir a mi lado.

La había dejado perpleja.

—¿Prefieres un matrimonio conmigo, aunque te deteste? —Albert cruzó una pierna sobre la otra con clara despreocupación.

—Sabes perfectamente que no me detestas, y que entre nosotros hay mucho más que deseo.

Esa era una verdad innegable, pero Candy debía velar por el futuro de su hija.

—Albert, no puedo casarme contigo. —Candy trató de que su tono fuese conciliador—. No puedo sacar al heredero de Battlefield y llevarlo contigo. La familia de mi esposo fallecido no lo permitirá.

Albert ya había pensado en ese asunto.

—No tienes más opción —le respondió él, altanero.

—¿Cómo pretendes que me case contigo? Albert tensó la mandíbula ante sus palabras.

—¡Acepta ser mi esposa y yo me ocuparé de que la familia de tu fallecido esposo acepten que su heredero viva en Letterston bajo mi supervisión! —Candy cerró los ojos un instante para tratar de buscar las palabras que lo calmasen:

—Debo seguir siendo lady Warren, al menos hasta que Dave alcance la mayoría de edad y pueda ocuparse el mismo de la herencia de su padre Michael Warren, marqués de Battlefield —Albert inspiró antes de contestar, pero ella continuó—. Mi negativa a aceptarte tiene fundamento, no es un mero capricho, de verdad.

—Te deseo, Candy, sé que me deseas, vamos a tener un hijo, vas a ser mi esposa sí o sí —le advirtió.

Ella sentía ganas de llorar, pero no lo conmovió.

—Entonces ya no tengo nada más que decirte.

Las palabras de ella no lo amilanaron. Albert sacó de una lujosa cartera de cuero unos folios que le lanzó por encima de la mesa con la fuerza necesaria para que quedaran frente a ella. La instó a que los leyera. Candy lo hizo renuente y comenzó a leer el contenido. Su sorpresa fue enorme. Little Ribston colindaba con su finca de Battlefield.

—¿Y esta propiedad?

—Será nuestra casa cuando te cases conmigo —contestó sin dejar de mirarla—. Ninguno de tus dos hijos tendrá que vivir en Letterston. Esa propiedad pertenece a la baronía de Little Ribston que es un antiguo feudo de mi familia materna. Lo hablé con mi padre, y está dispuesto a entregármelo. La corona también lo acepta pues es consciente de que tus hijos deben vivir en Battlefield.

¿Y se lo decía ahora? Estaba claro que Albert jugaba con ella con cartas marcadas.

—Estoy sin palabras.

—Podrás acusarme de muchas cosas, Candy, pero no de querer perjudicaros —Candy estaba emocionada—. Entonces, ¿hemos llegado a un acuerdo?

Ella lo miró con bastante alivio. Le había horrorizado el futuro de Dave y de Mary, pero ambas propiedades colindaban.

—Mientras tus hijos estén fuera, viviremos en Little Ribston. Cuando disfruten de vacaciones, te permitiré que estés con ellos en Battlefield. La familia de tu fallecido esposo no tendrá motivo de queja.

Candy soltó un suspiro largo.

—Está bien, tenemos un acuerdo —respondió aunque contenida.

—Nuestra boda se celebrará mañana, aquí, en la capilla de Pembroke House, y oficiará nuestra boda el párroco de Wheterby —ella seguía en la misma posición anonadada.

—Eso es demasiado pronto —seguía aturdida.

Albert sonrió con benevolencia.

—Me encargué de todos los trámites semanas atrás.

La mujer entrecerró los ojos pensativa. Desde luego que Albert no había perdido el tiempo.

—Bien, yo he aceptado tu acuerdo, ahora debes aceptar el mío —la miró a los ojos con curiosidad.

Candy tomó un papel en blanco, y, tomando la pluma que mojó en el tintero, comenzó a escribir de forma pulcra. No le hizo falta escribir mucho, cuando terminó, estampó su firma y le pasó la hoja a Albert que leyó las primeras líneas con recelo, cuando hubo acabado, alzó sus ojos para mirarla absolutamente estupefacto.

—Esta es mi condición para acceder a casarme contigo —le informó ella.

Candy podía esperar cualquier reacción por parte de Albert. Sin embargo, el escrutinio concienzudo que hizo del contrato que ella le entregó, la dejó temblando como una hoja, y expectante, como si una ráfaga pudiera arrancarla de la estancia como la hoja de un árbol.

—No hablas en serio.

Candy asintió con la cabeza.

—Tengo que dejar protegido al hijo que viene en camino en caso de infidelidad o de divorcio.

Ella pedía un acuerdo de sesenta mil libras en caso de que él le fuera infiel, o solicitara el divorcio.

—Es una suma muy elevada.

—Al casarme contigo pierdo el título de marquesa, también me quedo sin la renta anual como marquesa viuda de Battlefield, y la experiencia me ha enseñado que los hombres, sobre todo los hombres como tú, no sois de fiar.

—Te bastará mi palabra.

Candy negó con la cabeza.

—Las palabras suele llevárselas el viento, y hoy se ha movido una brisa molesta aquí —le respondió sarcástica—. Pero soy magnánima, en caso de divorcio renunciaré a mis privilegios como duquesa, pero no a la renta de sesenta mil libras.

Albert la taladró con sus ojos tan intensamente, que Candy comenzó a ponerse nerviosa. Le sostuvo la mirada con tesón, sabía que Albert iba a capitular, pero esa certeza no impidió que un cierto sentimiento de arrepentimiento asomara. Trató de borrarlo de inmediato. Cuando la miraba así, con ese ceño fruncido, su estómago subía hasta su garganta y le provocaba un deseo que la desconcertaba. Con movimientos lentos y concisos, Albert sujetó la pluma y la mojó en el tintero, firmó con elegante caligrafía en el lugar requerido.

—Además, es posible que tengamos una hija, y esa suma será su dote.

—Si lo que alumbras es una hija, te juro que podrá aspirar a una corona.

Ella carraspeó.

—Esto solo es un borrador al que se le pueden añadir cambios —le indicó ella.

—Me encargaré de que un abogado lo redacte correctamente y lo firmaré.

—Confío en ti —respondió sin un parpadeo.

—Bien.

Candy alzó los hombros en un gesto despreocupado e hizo amago de levantarse. Albert le sonrió calculador.

—Por favor no te vistas de blanco —dijo con ironía.

La mujer cerró los ojos, y juró que iba a hacer de su vida un infierno.

...

Ya estamos muy cerca del final chicas, creo que este finde termino de subir. En los siguientes capitulos conoceremos de los hijos de Candy, esto se pone bueno. Un abrazo a todas.