21
ALGÚN DÍA
—ESTA NOCHE REGRESAREMOS a casa, pequeña.
Hiruzen estaba sentado al lado de Hinata, en la cama que ocupó la ocasión anterior, cuando visitó por primera vez aquella casa. Tomó una de las manos que descansaban sobre el regazo y la apretó entre las suyas.
Hinata alzó la cabeza. Sus gafas con montura metálica estaban junto a la lámpara de la mesilla de noche, y cuando al fin habló, por primera vez, lo hizo con serenidad.
—Sí, Hiruzen, supongo que esta noche nos iremos.
Aquel tono de resolución conmovió al anciano. Nada de gritos ni liberación del dolor que sentía, sino tan sólo el reconocimiento de lo que era inevitable. Habían permanecido allí, inmóviles como dos estatuas, durante un buen rato. Él no había dicho nada más desde su acalorada objeción en la escalera, esperando a que ella tomara la iniciativa.
—No debes aceptar las crueldades de esa mujer. No sabe nada de ti, ¡no sabe nada de nada!
Al oír estas palabras, Hinata pareció sentirse impulsada a actuar. Se puso en pie y fue a la ventana. Palpó los cristales y tocó los pliegues de la gruesa cortina.
—Hiruzen, abre las cortinas, ¿quieres? —Cuando él así lo hizo, le preguntó—: ¿Es muy espesa la nieve?
Él la miraba con expresión acongojada.
—Pequeña...
Ella no pareció oír el tono de súplica. No respondió, como lo habría hecho normalmente, sino que siguió ante la ventana, y de repente cruzó por su mente un recuerdo que le hizo sonreír.
—Naruto me habló una vez del aspecto que tenía el paisaje desde esta ventana... los árboles, las colinas a lo lejos. La otra vez que estuvimos aquí... Si me dices qué espesura tiene la nieve, puedo verla.
A Hiruzen le resultaba difícil seguir aquella charla trivial sobre la nieve, pero sabía que era para mitigar su dolor. Descorrió la cortina un poco más, y miró por la ventana.
—Debe de tener unos quince o veinte centímetros de espesor.
La sonrisa de Hinata se ensanchó.
—Entonces es una buena nevada de Navidad, ¿no crees? ¿Veinte centímetros? Nunca debería haber Navidad sin nieve.
—¡Basta, Hinata!
Hiruzen cerró los ojos y volvió a abrirlos bruscamente, cogiendo su mano que oprimía ligeramente el frío cristal, y apretándola con tanta fuerza que le hacía daño.
—¡No debes hacer esto! ¡Tienes que superarlo! ¡No dejes que te afecten así las palabras de esa mujer!
Pero no era la crueldad de Chiyo y de cuantos eran como ella lo que le afectaba, sino la muerte del amor. Algo que no podía expresarle a aquel buen amigo porque estaba más allá de lo soportable.
Hiruzen estaba a punto de decir algo más cuando oyó que la puerta se abría tras ellos. Por un momento pensó que sería Naruto, pero al mirar por encima del hombro descubrió a Shion. Esta permaneció un instante en el umbral y luego entró en la habitación, cerrando la puerta tras ella.
—¡Oh, Hinata! —exclamó en tono desolado, y se acercó a su hermana.
Hiruzen alzó la barbilla y la miró con hostilidad. Si no hubiera tenido la ayuda de Naruto para comprender la complicidad de Shion en los acontecimientos del día, podría haberlo deducido por sí mismo. Había hecho demasiadas observaciones a lo largo de los años, y no podía sentir de otro modo.
—No necesita tu compasión —le dijo fríamente—, si es eso lo que pretendes.
Shion le dirigió una mirada calculadora, mientras posaba una mano en el hombro de Hinata.
—Quiero estar a solas con mi hermana —dijo en tono neutro.
—No la dejaré contigo, Shion...
—¡Por favor! —exclamó Hinata—. Déjanos solas, te lo ruego. Y dile a Naruto que aún no estoy en condiciones de hablar con él. Dile... que necesito descansar un poco. No me importa lo que le digas, pero, por favor, no quiero hablar con él ahora.
Hiruzen miró a Shion de hito en hito y luego posó una mano en el hombro de Hinata.
—Si eso es lo que quieres, así será. Estaré abajo si me necesitas.
Shion le vio partir y experimentó una cierta satisfacción. Entonces dirigió su atención hacia Hinata, la cual seguía ante la ventana, las manos apoyadas en el alféizar. Shion la observó un instante más y luego alzó la mano del hombro de Hinata y se dirigió a la cama, sentándose al pie.
—¡Oh, Hinata, ha sido terrible!
Hinata no se volvió. Sólo movió la garganta para tragar saliva.
—Sí, sí Shion, ha sido terrible. ¿Han terminado?
Esta última pregunta dejó a Shion perpleja.
—¿Cómo dices?
—Si han dejado ya de pelearse.
La discusión entre Naruto y su abuela le parecía a Shion algo ya muy lejano. Contempló la espalda inmóvil de su hermana antes de responder. Aquella calma tremenda no era lo que ella había esperado. No sabía cuál sería la mejor manera de actuar y optó por seguirle la corriente.
—Sí. Al final Chiyo salió de la sala.
—¿Y Naruto? —Hinata hizo un pequeño movimiento involuntario.
—Seguía allí... hablando con la familia cuando he subido.
¿Hablando con su familia? No, no hablaba con ellos, sino que combatía, en un duelo a muerte.
—Y el leopardo es irrecuperable, desde luego.
—Eso me temo. —Shion suspiró y se levantó ágilmente de la cama, acercándose a Hinata junto a la ventana. Apoyó ambas manos en sus hombros—. Se ha terminado, Hina. Es inútil insistir en ello.
—Sí, se ha terminado—repitió Hinata mecánicamente—. No hay necesidad de hablar de ello.
Shion murmuró algo inaudible y miró a su hermana muy de cerca, moviéndose ligeramente más allá de su hombro derecho para poder verle mejor el rostro.
—Pero hay otras cosas de las que debemos hablar, Hinata, cosas sobre...
—¿Naruto? —La voz de Hinata era tranquila, y prosiguió antes de que Shion pudiera decir nada más. Posiblemente podría lastimarla menos así—. Sí, lo sé. Está muy claro, ¿verdad? No hay ninguna manera de solucionarlo, por mucho que quisiera intentarlo.
Shion sonrió vagamente.
—Había esperado que la hubiera, por tu bien. Pero ahora sé que no la hay. Son tantas cosas que...
—Sí, muchas cosas. —El tono de Hinata era casi cortante—. ¿Vamos a seguir hablando de ellas o ya hemos insistido lo suficiente en mis defectos, en que no soy más que un desastre?
—Hinata...
Ante la actitud al parecer suplicante de Shion, Hinata meneó la cabeza.
—No, Shion, no es necesario que pongas más objeciones. Todo es cierto. No hay más «quizás» a los que pueda aferrarme. —Una sonrisa triste apareció en su rostro—. Oh, qué fácil me resulta verlo, ahora que me lo han expuesto con claridad.
—Lo sé —concedió Shion—, ahora sabes con exactitud a qué tendrían que enfrentarse cuando salieran de vuestro medio para relacionarse con otros, lo duro que sería para ambos. La gente que te rodea no siempre va a estar tan dispuesta a aceptar. Las apariencias serán obstáculos tremendos.
—Sí, las apariencias.
Hinata alzó ligeramente el mentón. Aquello era algo que había criticado toda su vida; no tenía nada que ver con lo que uno era como persona. Sin embargo, no podía negar que era algo que importaba a mucha gente. Y por mucho que quisiera denigrar a los Uzumaki por su forma de ser, no podía hacerlo, porque en el fondo sabía que su actitud no era infrecuente.
Más codiciosos, quizá, y menos inclinados a ocultar sus prejuicios bajo un barniz de buenas maneras, pero era comprensible que les afligiera el hecho de que su nieto pudiera casarse con una mujer que tenía una tara física irrevocable. Este escueto pensamiento le hizo apretar los labios con fuerza.
—Sí, Shion —dijo al cabo de un momento—. Las apariencias constituyen un problema para algunas personas, pero no para Naruto. Eso a él no le preocupa.
Ante el desvío inminente de la senda apropiada, Shion continuó rápidamente:
—No, pero a su familia sí que le importan. —Suspiró lánguidamente y añadió—: Ojalá el amor pudiera existir en un vacío. Entonces nada de esto importaría, las reacciones de los demás no tendrían ninguna importancia. Pero no puede ser. Y los sentimientos de la familia de Naruto no pueden dejarse de lado.
—Quizá. —Hinata se pasó una mano por la frente—. No me había dado cuenta de que sus sentimientos eran tan fuertes, de que Chiyo... —Tuvo que interrumpirse un momento y hacer acopio de fuerzas para superar el recuerdo del doloroso oprobio que acababa de sufrir—. No sabía que se oponían a mí con tanta violencia. De lo contrario, no habría venido. Y, desde luego, no habría insistido tanto en celebrar así la Navidad.
—Sí, Hinata, no les ha gustado —dijo Shion desde el otro extremo de la habitación, donde se había apoyado en el escritorio, los brazos cruzados. Prosiguió implacable—: Les estuve observando mientras adornabas el árbol, y hoy con los regalos. Era... bueno...—Hizo una pausa a propósito—. Te odian, Hinata.
—Lo sé —susurro ella—, y yo sólo pretendía darles algo que siempre ha significado mucho para mí. Creí que podría, pero me equivocaba.
Breves recuerdos de todas aquellas otras Navidades cruzaron por su mente. Tantos recuerdos. A veces parecían ser lo único que tenía, un recordatorio más de quién era y de lo que no era.
—No, y mientras los dos estén juntos, Naruto se verá obligado a soportar esas violentas escenas con ellos.
Hinata se limitó a asentir con la cabeza y no expresó la esperanza que siempre había abrigado de que la brecha entre ellos pudiera arreglarse de algún modo. Esa esperanza se había extinguido en la sala.
Shion aguardo un momento y luego prosiguió:
—Hinata, me duele tanto como a ti tener que reconocer que todas estas cosas son irrevocables, pero así es la realidad. Y ante todo esto, aunque Naruto te quiera ahora y pueda superar los obstáculos...
—¿Cuánto tiempo podría seguir siendo así? —finalizó Hinata por ella, como Shion había sabido que haría.
—Exactamente, Hinata. Como ambas sabemos, ése es el verdadero problema.
—Sí —dijo Hinata y prosiguió, como debía hacerlo—: ¿Cuánto tiempo antes de que su amor empiece a erosionarse tras muchos años de dificultad, demasiadas caídas e inexplicables accidentes que desorganizan el mundo que le rodea? ¿Cuánto tiempo antes de que se canse de la fricción con todas esas personas a las que les preocupan las apariencias y que harían de ello un problema?
» Tragó saliva y continuó en tono abatido—. Si fuera otro hombre, con otra clase de vida... Pero Shion, tiene todas las oportunidades abiertas ante él. Ha conocido a otras muchas mujeres, mujeres enteras, y cuando se haya gastado el ardor de nuestra relación, él recordará cómo eran.
Hizo una breve pausa. La expresión de su rostro revelaba una convicción agridulce.
—Y ahora puedo ver más claramente que antes lo que ocurrirá en definitiva. Cuando ya no me ame, sino que se sienta agraviado por mí, cuando la lentitud y los cuidados que exige mi ceguera empiecen a cansarle, cuando a causa de todo me haya convertido en una carga para él...
» Es posible que los primeros atisbos estén ya ahí, no lo sé. E imagina la sensación de fracaso que él tendría si eso sucediera... ¡La culpabilidad! No, Shion. No puedo hacerle eso, o hacérmelo a mí misma, y ya es hora de que haga lo que debo. Es hora de que le deje libre.
Hinata terminó de hablar sin hacer movimiento alguno, sino que se limitó a permanecer ante la ventana.
Shion se apoyaba todavía en el escritorio, donde había estado durante todo el soliloquio, contemplando a su hermana contra la majestuosa ventana, mientras desgranaba el final de sus sueños. Sonreía ligeramente. Hinata pensaba, sentía, decía todo lo que ella se había propuesto orquestar, y prácticamente sin esfuerzo por su parte.
Era muy gratificante. Se le ocurrió preguntarse cómo reaccionaría Hinata cuando descubriera que Shion iba a casarse con un miembro de aquella familia a la que tan dolorosamente iba a renunciar, y desecho aquel pensamiento. Ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento, explicándolo de algún modo. Siempre podía hacerlo.
Se apartó del escritorio y fue al lado de Hinata, cogiéndole la mano.
—Sé cuánto te hiere todo esto —repitió—, pero tienes razón. Me temo que eso es todo lo que puedes hacer. Según tú, es por justicia hacia Naruto, pero, a mi modo de ver, no haces más que ser justa contigo misma. No soportaría verte herida como inevitablemente lo estarías cuando él ya no te quisiera. —Hizo una pausa adecuada y luego dejó que su tono tuviera un matiz autoritario—: Hinata, voy a llevarte a casa, te alejaré de aquí.
Dejó la mano de su hermana y se alejó un poco, observando con cierto desapego la emoción que empezaba a reflejarse en el rostro de Hinata, como ondas en la superficie de un estanque móvil. No les presto atención.
—Es lo que necesitas, alejarte de esta situación insostenible, apartarte de esta gente que te odia. Y tienes que romper limpiamente con Naruto. Al principio duele más, pero a la larga es más fácil. —Empezó a hablar con más rapidez mientras se explayaba en lo que ya había previsto.
» Debes decírselo esta noche. Sí, eso es lo mejor. Luego nos marcharemos. No tiene que llevarte él a casa. Yo haré algún otro arreglo. Hinata, lo mejor que puedes hacer es bajar ahora mismo, mientras hago el equipaje, y decirle...
Se interrumpió de súbito, bastante sorprendida. Hinata se había vuelto con brusquedad hacia ella, y los indicios de emoción se habían convertido en algo reconocible en su rostro, una desesperación suplicante.
—En toda mi vida, Shion, en toda mi vida jamás pensé que tendría algo así, no con ningún hombre, pero especialmente con un hombre como Naruto. Shion, las mujeres como yo no tenemos muchas oportunidades así. Deseamos, confiamos y soñamos. Vivimos de esos sueños, ¡y morimos con ellos, Shion! —Agachó la cabeza tras aquella franca admisión, y cuando la alzó de nuevo, su rostro rogaba comprensión.
» Le quiero, Shion. Le quiero más que a mi propia vida. Me hace vibrar como jamás creí que podría hacerlo, toca todas las partes de mi ser. Sé lo que podría ocurrir con su vida, pero no puedo. No tengo esa nobleza.
Shion intentaba aflojar la presa de Hinata en su brazo. Cuando lo consiguió, retrocedió malhumorada.
—Ya hemos hablado de todo eso, Hinata. Has visto lo que puede suceder. ¡Es mejor para todos!
El breve acceso de emoción de Hinata había remitido, y seguía de cara a Shion, el ceño fruncido por la áspera réplica de su hermana. ¿Quiénes eran todos? Ahora estaban hablando de ella, sólo de ella, y lo que tenía que hacer por su propia felicidad, acertada o erróneamente.
Y era Shion, entre todas las personas, quien debería desear eso para ella y aceptar su decisión final en vez de argumentar en contra. Estaba perpleja, y se preguntó si Shion habría comprendido.
—Shion, ahora estoy hablando de lo que es mejor para mí, no para nadie más. —Permaneció un momento más ante la ventana, y luego regresó a la cama y se sentó—. Y lo mejor para mí es estar con él. No puedo dejarle.
Shion la miraba aturdida.
—¡Pero debes hacerlo, Hinata! Ya te lo he dicho, ¡no puedo soportar que sufras! —Lo dijo con estridencia y enseguida corrigió su tono, hablando más suavemente—. Pueden ocurrirte muchas cosas, Hinata.
La breve sonrisa de Shion por la continua vehemencia de su hermana era inquisitiva.
—Ya sé que no quieres que sufra, pero ¿no te das cuenta? Esto me duele más de lo que puedo soportar. Es más penoso que todo lo demás, incluso lo que pueda ocurrir en el futuro. Creo que puedes comprenderlo, ¿no? —Hizo una breve pausa, tratando de comprender la desconcertante actitud de Shion—. Se trata de mi vida —dijo al fin.
Shion se apartó de la ventana y regresó al escritorio, con los hombros rígidos. En el espejo encima del mueble vio su reflejo y el de Hinata al fondo, sentada en la cama, pero no veía aquellas imágenes. Miraba con el ceño fruncido las cosas de Hinata extendidas encima de la cómoda, y con la punta de un dedo se oprimió la sien.
El éxito le había pertenecido hasta que Hinata empezó a lloriquear por su amor perdido. Aquella obstinación era muy propia de ella, como lo era tener la cabeza envuelta en alguna nube romántica. Se volvió hacia Hinata, aferrándose al borde del escritorio que estaba tras ella con ambas manos, y se obligó a hablar con calma.
—No eres realista, Hinata. Tienes mucho que perder. ¡Es mucho lo que está en juego! Tu tranquilidad espiritual y la de Naruto. Tú misma lo has dicho. Sí, él te quiere ahora, pero ¿seguirá queriéndote? ¿Podrá continuar en vista de las dificultades?
—No lo sé, pero he de correr el riesgo. Me quiere ahora, y eso me basta.
—¡Correr el riesgo! —Sin darse cuenta, Shion había empezado a golpear el suelo con el pie, delante del escritorio—. ¡Oh, Hinata! —Hizo una pausa, presa de agitados pensamientos, y entonces tuvo una inspiración deslumbrante—. Eres egoísta, Hinata —la acusó.
Hinata, que escuchaba con una vaga irritación el ruido constante producido por el pie de Shion, se enfrentó a ella.
—Puede que lo sea, pero no puedo evitarlo. Por una vez no puedo, Shion. Esta vez no.
Empezó a fruncir el ceño de nuevo cuando el ritmo del pie de Shion atrajo de nuevo su atención. Era tan... Buscó una palabra descriptiva y al final dio con una que parecía discordante, pero la más apropiada: exigente.
El ruido cesó cuando la tensión de Shion creció con violencia, y miró a Hinata, sentada en la cama, pensativa, sin verla apenas.
—Si realmente quisieras a Naruto, Hinata, le dejarías libre! ¡Lo sabes muy bien! ¡Tienes que ser justa con él!
Se mordió el labio, malhumorada, tratando de recordar todo lo que Hinata había dicho, lo que ella misma había señalado con tanta eficacia aquel día. No había sido suficiente, eso era todo.
No debió permanecer a un lado, dejando que Hinata llevara el peso de la conversación, sino que ella misma debió haber dirigido la escena. Enseguida puso en orden sus pensamientos, y alzó la vista de nuevo para mirar a Hinata.
Lo que vio hizo que el dolor punzante en las sienes cediera casi al instante, porque percibió el principio de la capitulación en el rostro de su hermana.
Precipitadamente, Shion revisó en su mente lo que acababa de decir. Justicia con Naruto. Sí, desde luego, esa era la clave; lo había sabido desde el principio. Sonriendo de nuevo, se acercó a Hinata para sentarse junto a ella en la cama, y le tomó las manos en las suyas.
—Sé lo difícil que es para ti, sé que no es fácil tomar esta decisión, pero debes hacerlo, has de tomar la decisión correcta, que sea justa para ti pero sobre todo para Naruto. ¿Quieres abrumarle con la carga de esa clase de vida? ¿Una existencia que un hombre como él no podría llevar durante mucho tiempo sin sentirse desgraciado?
Hinata apenas la había oído, pues otras palabras sonaban en su mente. «Si de verdad le amaras... » «Si le quieres de verdad...» Con dificultad se centró en la pregunta de Shion y respondió lo único que podía:
—No.
Shion apretó sus manos entre las suyas.
—Y ya has visto lo que ha ocurrido hoy, lo que no podrás evitar que suceda en el futuro. Que te equivocarás precisamente cuando sea importante hacer las cosas bien, que causarás molestias a quienes te rodeen... ¿Hasta cuándo crees que Naruto aguantará eso?
Hinata apretaba los labios para calmar un torbellino interno. Finalmente habló con voz clara y sosegada.
—¿Soy realmente tan egoísta? ¿De verdad crees que nunca le he dado nada, que no le he hecho feliz de alguna manera? ¿Crees que jamás podría?
—Yo... —Shion no tuvo una respuesta inmediata y entre ellas se hizo un profundo silencio. Lo rompió al fin, volviendo a la carga— Hinata, lo que importa es que no puedes hacerle esto a Naruto. No puedo dejarte que lo hagas. Tú misma lo has dicho. Debes ser justa y dejarle libre.
Esta vez Hinata fue incapaz de responder. Así pues, era cierto. Tenía que creer todo aquello. Pero, ¿era posible? Había escuchado todos los argumentos de Shion, como si le golpearan físicamente, argumentos que ella misma se había planteado. Sí, ella misma había hablado de las dificultades futuras.
Entonces la voz profunda de Naruto penetró en sus pensamientos. Sereno, razonable, siempre tan razonable y sincero. ¿Por qué no había confiado más en él? Cerró los ojos brevemente ante aquella pregunta dolorosa, y finalmente volvió nuevamente el rostro hacia Shion. De nuevo, su expresión mostraba aquella serena desesperación, el deseo de no creer.
—Entonces, ¿crees de verdad que ése es el único camino?
Tenía que preguntarlo. Era la última oportunidad para retroceder, y esperó tensamente, esperando que Shion le diera algo más que aquella respuesta inequívoca, condenatoria.
—Sí.
El veredicto cayó con la irrevocable fatalidad de la hoja de una guillotina. Cuando Shion miró a Hinata, sentada a su lado, pudo ver en su rostro que la resistencia había pasado. Lo vio en la súbita tristeza que reflejaba, en sus hombros hundidos. Soltó la mano de Hinata y le pasó un brazo por los hombros.
—Tranquilízate, Hinata. Algún día el dolor desaparecerá. Y tienes que poner fin a esto ahora. Termina rápidamente, para que no se añada más dolor al que ya sientes. Creo que has de bajar ahora mismo y poner fin a la situación. Díselo ahora, mientras hago el equipaje.
—Sí, tienes razón. Debería decírselo ahora —dijo Hinata sin tono.
Se levantó y permaneció en pie un momento, apoyada en un poste de la cama. Sintió lo mismo que había experimentado otra vez aquel mismo día, como si le hubieran extraído la mayor parte de su vida.
Shion se levantó enseguida y la cogió del brazo.
—¿Estás bien? ¿Quieres que baje contigo?
—No. Bajaré sola. Esto es algo que tengo que hacer yo misma.
Pareció como si estuviera a punto de decir algo, pero no lo hizo, y se dirigió a la puerta. La mirada de Shion brillaba mientras contemplaba a su hermana cruzar la corta distancia. Entonces se fijó en algo que estaba sobre la mesita de noche. Lo cogió y fue hacia Hinata, alcanzándola cuando estaba a punto de cruzar la puerta.
—Cariño —le dijo suavemente, poniéndole el objeto en las manos—, te has olvidado las gafas.
Hinata trató de sonreír.
—Oh, sí, claro. —Se las puso y, mientras Shion miraba con expresión triunfante a su hermana que desaparecía por el pasillo, le llegaron a través de la puerta abierta aquellas palabras que había escuchado durante toda su vida—: Lo siento.
HINATA AVANZÓ por el corredor hacia la escalera, rozando ligeramente la pared con los dedos. Sus pisadas quedaban ahogadas en la descolorida alfombra oriental, y en el silencio que la rodeaba podía escuchar sus pensamientos tan claramente como si sonaran y rebotaran en el corredor.
¿Por qué siempre las cosas tenían que ser tan difíciles? ¿Por qué había de abandonar a quien tanto amaba? Cerró los ojos un momento y los abrió de nuevo al pasar ante la cuarta puerta. Sólo una más y estaría al principio de la escalera. La acometió una breve oleada de pánico.
Pensó en retroceder, en detenerse donde estaba y no continuar hasta aquella puerta final, o quizá desaparecer tras ella, entrando en la habitación desconocida y ocultándose allí. Pero no podía volverse atrás. Lo sabía, aunque Shion no le hubiera dicho «creo que deberías hacerlo ahora». Sí, tenía que hacerlo, y cuanto antes mejor. Shion también le había dado la razón de ello: «Para que no se añada más dolor al que ya sientes».
Llegó al inicio de la escalera y permaneció un momento cerca del tiesto con el helecho, mientras buscaba el espigón del poste. Lo encontró y empezó a descender. Cuando llegó abajo empezó a fallarle la resolución. Se detuvo, la mano en la barandilla de madera pulida, el rostro dirigido hacia la sala de estar.
Tenía que entrar allí, en aquella habitación donde quizá seguirían todos aún. Agacho la cabeza, pensando que ella no tenía lugar en aquella sala, donde sólo le esperaban la incomprensión, los prejuicios y, sí, también el odio. Todo aquello la envolvería de nuevo, como una nube de miasmas, la traspasaría el eco de las crueldades que le había dirigido Chiyo. Pero tenía que entrar allí. Debía hacerlo.
Dejó algo en el círculo que formaba el final de la barandilla y se puso en movimiento, contando los pasos como Naruto le había enseñado, hasta llegar a la arcada que daba acceso a la sala de estar. Se detuvo allí y puso una mano en el marco.
El grupo seguía allí, pero cada uno se había dispersado. Ashina estaba sentado en su sillón junto a la chimenea, en la que seguían los fragmentos del leopardo roto, la cabeza apoyada en el respaldo, mirando el techo. Sasori estaba ante la mesita taraceada, el vaso vacío de whisky a un lado, y jugaba en silencio al solitario.
Chiyo había reaparecido, la eterna anfitriona, aunque sólo lo fuera formalmente, y se hallaba junto a la mesa de té, cerca de Ashina, sirviendo café del lujoso servicio de plata, aunque nadie quería tomarlo.
Naruto estaba ante la ventana, al lado del árbol navideño, las manos en los bolsillos del pantalón, de espaldas a la sala y mirando el campo cubierto de nieve. Pero fue Hiruzen, sentado cerca de Naruto, quien primero vio a Hinata. Alzó la vista de las páginas del libro al percibir las livianas pisadas y exclamó:
—¡Hinata!
Naruto giró sobre sus talones, casi derribando el árbol. Hubo movimiento a su alrededor, como si todos se hubieran sobresaltado al oírle, pero él hizo caso omiso. Sólo tenía ojos para Hinata, enmarcada en el amplio umbral, y contempló el familiar rostro ovalado, totalmente vacío de expresión, y el cuerpo esbelto decididamente erecto.
La tensión que nunca le había abandonado desde aquel momento en que se volvió al oír el grito de su abuela y vio a Hinata con una mano en la garganta, se hizo más intensa.
Hinata no respondió a la llamada de Hiruzen. Estaba allí con un único objetivo, para hablar con una sola persona.
—¿Naruto?
—Estoy aquí, Hinata —dijo él de inmediato, aunque su voz, incluso para él, sonaba lejana irreal.
Ella entró entonces en la sala, con sosegada dignidad. Naruto se puso en movimiento y fue a su encuentro. Los dos se reunieron en el centro de la sala. Él le tomó la mano, y permanecieron allí, como dos actores que estuvieran allí en razón de un guión que habían escrito quienes les rodeaban. Hinata percibió el calor de su mano, que cubría la suya casi por completo. Finalmente la solto.
—Tengo que hablar contigo, Naruto.
Él permanecía inmóvil, mirándola, contemplando su rostro ahora inexpresivo.
—Estoy aquí —repitió quedamente, el dolor reflejado en sus ojos.
Deseó tocar su cabello, aquel cabello sedoso que tanto amaba, recorrer los finos y delicados huesos de los pómulos, bajo los ojos grises que ya no estaban escondidos tras las gafas, pero no lo hizo.
—Te quiero, Naruto —le susurró bruscamente.
¿Qué significaba la desesperación de su rostro? ¿Que Shion había triunfado al fin, que le había hecho creer todas aquellas cosas? ¿Eran sus palabras un medio para suavizar el dolor de la despedida?.
Cerró los ojos y pasó por su mente la rápida visión del futuro solitario que le esperaba. Entonces los abrió para mirarla de nuevo. Y en aquel momento, al ver los indicios de intensa emoción que se reflejaban en el rostro de Hinata, supo que jamás aceptaría aquellos años, nunca se conformaría con lo que les estaba sucediendo, aunque tuvieran que luchar contra los demás durante toda su vida.
—Yo también te quiero —le dijo claramente.
Hinata abrió la boca para hablar de nuevo y descubrió que apenas podía emitir las palabras. Pensó que el amor no se extinguía con tanta facilidad. No era posible arrancarlo de la propia vida sin dolor, aunque fuera eso lo que debiera hacer.
Pensó que estaban en Navidad, la época del año en que se dan todas las cosas, no se arrebatan. Y ella le había dado ese nombre a la yegua para no olvidar nunca aquel día.
Finalmente desapareció el sol y se encendieron las luces de la vasta sala. Una de las lámparas los inundó de luz, dejando a los demás en la penumbra, testigos de lo que habían forjado. Hinata bajó un momento la cabeza y la alzó de nuevo.
Y las lágrimas llegaron al fin, cuando levantó la mano para tocar con dedos temblorosos la mejilla de Naruto, y notó su mano que tomaba la suya y la apretaba.
—Entonces ayúdame... Ayúdame a hacer lo que debo. Échala de aquí.
—¿Qué ha ocurrido, Hinata? ¿Qué te ha...?
—Tenías razón, Naruto. En todo. No le importo en absoluto. Quería obligarme a abandonarte. De algún modo necesitaba que lo hiciera. Me ha estado hablando todo el día de lo ocurrido. ¡Oh, Naruto! —Separó la mano de su rostro y notó que él la cogía y la apretaba con fuerza contra su pecho.
» No lo comprendo, no sé si es posible ya que llegue a comprenderlo, pero quizá sí, con tu ayuda. Si me abrazas, si estás conmigo para siempre y me das tu fuerza, puede que al fin lo supere todo. Y algún día encontraré la manera de decirle a Shion por qué no puedo volver a verla.
El alivio brillaba en los ojos de Naruto mientras la contemplaba. Luego, lentamente, dejó su mano y la tomó entre sus brazos, sujetándola con todas sus fuerzas durante largo tiempo, antes de soltarla y salir de la sala cogidos del brazo.
Fin
