Fanfiction no permite poner el título entero "Día 10: Algo que represente al que da los regalos"
Esta historia se entiende mejor si la sitúas entre los días (en este orden) 28 y 21 del Fictober. ¡Disfruta!
— No podemos.
— Por favor, Dray.
Draco suspiró con fuerza, tanta que el polvo del viejo sillón se agitó.
— Es muy arriesgado. Tu oclumancia aún no es buena, si ocurriese cualquier cosa...
Harry arrugó la cara, el gesto más parecido a un puchero que era capaz de hacer. Entendía el miedo de Draco, él ya tenía poco que perder, pero Draco temía por la seguridad de su madre.
— Mi oclumancia ha mejorado lo suficiente como para que Snape no te haya visto en mis recuerdos, Dray.
El rubio volvió a menear su cabeza.
— Solo te estoy pidiendo un día. Un día para ser nosotros dos, Harry y Draco. Que tienen dieciséis años y no la responsabilidad de derrotar a un loco.
Tomó sus manos frías entre las suyas y buscó sus ojos.
— Cualquiera de los dos podría morir, Draco, —Apretó más sus manos al sentir el temblor que generaban sus palabras— necesitamos tener esto.
Draco apoyó la frente en el hombro de Harry, derrotado.
— No puedo pensar siquiera en perderte, Harry.
No fue fácil. Durante las vacaciones de Pascua los dos se las ingeniaron para librarse de la vigilancia. Un traslador ilegal, no hay nada que no se consiga con dinero y contactos, los llevó a una playa. Sentados junto a la orilla, unieron sus manos y contemplaron el mar, Harry por primera vez.
— Sé que somos muy jóvenes y que me vas a decir que es una locura...
— Harry, es una locura —le cortó, girándose a mirarle, adivinando.
— Cuando te dije que cualquiera de los dos podía morir, me di cuenta de que, en ese caso, no tendrías nada mío.
— No, Harry, no lo hagas, por favor.
Harry se giró a mirarle, los ojos verdes brillando.
— Pon las manos así, Dray — le pidió, haciendo un cuenco con las manos—. Confía en mí.
Draco suspiró, como siempre hacía cuando veía esa mirada testaruda, pero puso las manos como le indicaba. Harry tomó un puñado de arena en su puño. Colocándolo sobre las manos de Draco, aflojó el agarre lo justo para que cayera un hilo de arena en el improvisado cuenco.
— Esta es mi promesa para ti, Draco Lucius Malfoy, para que la lleves contigo como algo nuestro. Mi amor por ti es incontable, como los granos de arena. Como la arena, permanecerá, aunque el viento y el mar la dispersen. Da igual lo que la vida me reserve, volveré a ti. Y me casaré contigo.
Meses después, una noche de diciembre, una lechuza picoteó la ventana de la habitación de Draco. Ansioso, abrió, y con ella entró una volada de aire congelado.
Conocía aquella lechuza. El simple hecho de verla ya le decía que al menos estaba vivo. Desató con dedos nerviosos el paquete, aseguró otra vez el hechizo que protegía su puerta y lo abrió.
"Incontable, siempre. Te amo. J."
En un botecito de cristal, unos granos de arena brillaron a la luz de las velas.
Originalmente, este one shot acababa aquí. Hace unos pocos días, me levanté con esta pareja, en ese mini universo, reclamándome contar más sobre este botecito de arena. La escena que viene a continuación es lo que no vimos en Invierno, el día 21 del Fictober. Para vosotres, mi regalo personal de Yule: "El despertar de Harry."
Draco salió de la habitación de Severus caminando rápido. Cuando quiso darse cuenta, corría por los pasillos de San Mungo. Nadie se interpuso esta vez en su camino, después de seis meses todo el hospital sabía quién era y porqué estaba allí.
Los aurores que custodiaban a Harry levantaron la barrera mágica en que lo vieron llegar. Ron le esperaba en el pasillo.
— Está como loco, cree que estás detenido. Hermione ha tratado de explicarle, pero no escucha.
Draco asintió, mientras trataba de recuperar el aliento. Dentro de la habitación se escuchó un golpe y a Hermione maldecir, así que fue Ron el que abrió la puerta y entró corriendo, yendo directo a comprobar a Hermione. Mientras, él avanzó hasta quedar en la línea de visión de Harry.
— Dray...
No supo si dio tres zancadas hasta la cama o directamente se apareció ante él, el caso fue que el abrazo en el que se unieron fue tan fuerte que le dio miedo romperle una costilla al convaleciente.
— Harry, amor, estoy aquí —susurró en su oído—. No voy a ir a ningún sitio, te lo prometo, pero necesito que me sueltes y te disculpes con Granger.
Le hizo caso, aunque reticente. Ambos se giraron a mirar a Ron y Hermione, que contemplaban la escena desde el fondo de la habitación, junto a la silla que había hecho volar su explosión de magia. Harry abrió los brazos hacia ellos y, sin dudarlo, los dos se acercaron para abrazarlo.
Draco hizo ademán de levantarse de la cama y dejarlos a solas un momento, pero Hermione liberó un brazo y lo sujetó donde estaba. Contempló el abrazo con una sonrisa.
Había temido por mucho tiempo el encuentro con los amigos de Harry. Durante los años de escuela, ambos habían cumplido el pacto a rajatabla, nadie lo había sabido. Y habían hecho un gran trabajo de actuación si ni siquiera Severus, que los observaba a los dos como un halcón, lo había averiguado.
El día en el que Harry lo había sacado de su propia casa, por un momento entró en pánico al llegar al lugar al que los transportó el elfo. Tardó unos segundos en entender que había ido a un lugar diferente al de los demás. Se asustó al darse cuenta de que estaba solo y sin varita en un sitio desconocido. Después, Regulus había aparecido para tranquilizarlo y explicarle.
En resumen, hasta que no se encontraron en el campo de batalla, no había tenido que enfrentarse con Weasley y Granger. Y desde luego que no esperaba lo que se encontró al aparecer con Regulus, ni que Harry le besara delante de toda la sala de los menesteres ni que Granger le abrazara. Ni tan siquiera recibió un mal gesto de Ron o los demás Weasley, salvo de la sorprendida Ginebra.
Después de la batalla, con Harry inconsciente, hubo un momento en el que lo vio todo muy negro cuando llegaron los aurores. Weasley estaba destrozado por la pérdida de su hermano, pero Granger se mantuvo firme junto a él, exigiendo que al menos le dejaran acompañar a Harry al hospital antes de nada.
No llegó a ir a Azkaban, estuvo en el hospital, custodiado por los mismos aurores que protegían a Harry, hasta la hora de acudir a su juicio. Y allí estuvieron de nuevo los dos, acompañados de Regulus y de los recuerdos que Harry y Severus, previsores, les habían confiado para lo que fuera necesario.
Pasó muchas horas con ellos en el hospital, así supo todo lo que había pasado el tiempo que habían estado separados. Y entendió el comportamiento de la pareja con él.
Harry, como el gran estratega que sabía que era, había aprovechado el tiempo libre durante su huída para hablarles de él. Sin desvelar su nombre al principio. Supo que habían discutido cuando desveló de quien se trataba, y que Ron les había abandonado.
Le explicaron que estaban preparados cuando los detuvieron, habían confundido a uno de los carroñeros para convencerle de ir a Malfoy Manor y no al ministerio. Estaba planeado ponerle a salvo en un lugar secreto y protegido, con alguien al que todo el mundo daba por muerto.
Disfrutó de horas jugando al ajedrez con Ron en la habitación del durmiente. Y hablando de libros y de carreras mágicas con Hermione. Aprendió a quererlos por ellos mismos, no como los amigos de Harry.
Aún así, jamás habría esperado que llegara el momento en el que participaría en un abrazo múltiple con el trío de oro.
— Iremos a buscar al medimago. Qué bueno verte despierto, hermano.—Ron extendió la mano a su novia para ayudarla a salir del nudo de brazos al cabo de unos minutos.
— Tardaremos un rato. —Les guiñó un ojo Hermione.
Al quedarse solos, Harry hizo lo que más le gustaba hacer en el mundo: soltar el pelo de Draco, meter las manos en su melena y besarle, hasta quedar sin aliento. O en este caso hasta ver lucecitas.
— Creo que necesito tumbarme.
Draco se apresuró a acomodarle las almohadas.
— ¿Te encuentras mal? ¿Les digo que se apresuren?
Harry sonrió cansado, tomando una de sus manos.
— Tranquilo, solo creo que me he excedido un poco.
En ese momento se acercó la mano que acariciaba a la cara, ceñudo. Y le pidió con un gesto la otra.
— ¿Por qué no lo llevas?
Draco le miró desconcertado.
— El anillo, ¿por qué no lo llevas?
— Harry cariño, no sé de qué anillo me hablas.
Empezaba a preocuparse, se incorporo para salir a buscar un sanador.
— Mi anillo. Te lo mandé con Hedwig por Yule.
Volvió a sentarse, confuso, y se sacó del bolsillo de la chaqueta el frasquito de arena.
— Hedwig solo me trajo esto. ¿Seguro que estás bien?
Harry sonrió y tendió la mano para que le diera el frasco.
— ¿Recuerdas las palabras de mi nota?
— Incontable, siempre —murmuró.
Ante sus ojos, dentro del frasquito se materializó un anillo plateado con una pequeña piedra roja.
— Di por hecho que la leerías en voz alta. Hermione me avisó de que quizá no era el mejor plan. Debería saber que ella siempre tiene razón.
Draco miraba un poco alucinado el frasquito, que había llevado con él a todas partes desde Yule.
— Harry...
Harry no necesitó varita para abrir el tapón y hacer el anillo flotar en el aire frente a Draco. Estaba claro que su núcleo mágico estaba perfectamente.
— Te lo prometí, Dray. Que volvería y me casaría contigo. Ya sé que somos jóvenes, no te estoy diciendo que sea mañana. —Se apresuró a aclarar ante la cara de pasmo de Draco— Solo dime que sí, me da igual esperar tres años o diez. Pero pasa el resto de tu vida conmigo, por favor.
Draco hizo en ese momento lo que no había hecho en los seis meses anteriores: rompió a llorar. Harry se incorporó como pudo para abrazarle y, entre los sollozos, consiguió entender un sí estrangulado que le hizo llorar a él también.
