֍ CAPITULO 10 – ROY֍
Elizabeth estuvo callada el resto de la noche. Empezó a llover de nuevo con cierto intervalo hasta que escampó a eso de la medianoche. Winry se percató del tenso ambiente e intentó ser discreta. En un momento dado, me preguntó si Elizabeth se encontraba bien.
- Hemos… Esto… Hemos tenido una discusión bastante significativa. – Admití.
Las parejas discutían, de modo que mi respuesta… Parecía plausible.
- ¿Por lo de antes?
- Si. – No le aclaré cual había sido exactamente el motivo, dejé que pensara que había sido por todo lo sucedido con Grumman.
- ¿Quieres que me vaya?
- No, no tranquila.
- No se vayan a dormir enfadados, háblenlo y soluciónenlo. – Me animó. – Me iré pronto a la cama y respetaré su intimidad.
Como no sabía ni que responderle, me limité a asentir con la cabeza. No tenía la menor idea de que podía decirle a Elizabeth, pero en cuanto Winry subió las escaleras, ella le siguió. Esperé un rato más en el salón, apagué la televisión y me reuní con mi esposa en nuestro dormitorio. Ya estaba acostada, acurrucada, pegada al borde del colchón. Me preparé para acostarme y me tumbé junto a su pequeño y cálido cuerpo. Titubeé antes de extender un brazo para pegar su espalda a mi pecho y hundirme en su cuello.
- No te molestes conmigo, por favor.
- No estoy molesta, estoy triste. – Suspiró.
- No puedo cambiar mi forma de ser.
Se dio la vuelta en la oscuridad para mirarme a la cara.
- Creo que, en ciertos aspectos ya has cambiado.
- Es posible. – Admití. – Aun así, lo que siento por ciertas cosas no ha cambiado, tanto los hijos como el amor son algunas de ellas.
- Todo es blanco o negro contigo, ¿Verdad?
- Tiene que serlo, así es como aprendía a enfrentarme a la vida.
- Te pierdes muchas cosas.
Le acaricié su tersa mejilla con mi dedo, recorriendo su suave piel en la oscuridad, sentía la humedad y supe que había estado llorando. Me inquietó pensar que hubiera estado allí tumbada, alterada por mí.
- Elizabeth… - Empecé.
- ¿Qué? – Susurró.
- Sé que esto se ha complicado, que ha crecido. Sé que eres mejor persona que yo y esto te preocupa. No esperaba que los Elric formaran parte de nuestra vida más allá del trabajo. No había planeado conocer a tu abuelo y encariñarme con él. Ya no podemos hacer nada más que seguir la corriente. No puedo cambiar mi forma de ver las cosas porque son mis convicciones, pero hay algo en lo que te equivocas.
- ¿En qué?
Apoyé la mano en mi rostro y con la que tenía libre la acerqué más a mí.
- No me caes mal, es todo lo contrario. Me arrepiento enormemente de todas las palabras crueles que alguna vez proferí contra ti, me arrepiento de todos los malditos recados inútiles y de todos los trabajos sucios que te ordené hacer. Creo que eres muy valiente por acceder a hacer esto junto a mí y los motivos que te impulsaron a hacerlo me sorprenden. Eres desinteresada y amable, el hecho de que te hayas convertido en alguien tan importante para mí demuestra lo especial que eres en mi vida.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Gruñí, incapaz de soportar más emociones por ese día.
- Joder, mujer. – Mascullé con tono juguetón. – Intento ser amable y te echas a llorar, me rindo. Seguiré siendo un tarado.
Me dio unas palmaditas en la mano.
- No, todo está bien ya pararé de llorar. - Sorbió por la nariz. - No me lo esperaba, eso es todo.
- Estoy intentando disculparme.
Levantó la cara y me acarició los labios con los suyos.
- Disculpas aceptadas, hemos hecho las paces señor Mustang.
Mis manos tomaron su cabello y la abracé con fuerza. Uní nuestras bocas, ansiosos por saborearla de nuevo. Respondió con un largo suspiro, y su cálido aliento se derramó por mi cara. Pasó un buen rato mientras nos besábamos, mientras nuestras lenguas se atormentaban entre ellas. El deseo creció entre nosotros, lento y poderoso. Mi cuerpo palpitaba por la necesidad de ella. Me aparté con un gemido para mirarla. Tenía los labios hinchados y respiraba con dificultad. Le acaricié el labio inferior con mi pulgar.
Elizabeth. – Susurré con voz ronca al tiempo que le acariciaba una pierna desnuda con la mano.
Levantó la cabeza y justo cuando nuestras bocas volvían a encontrarse, lo oímos. Un trueno inesperado seguido por un estruendo en la habitación de invitados junto con un agudo chillido.
Gemí desesperado, me dejé caer sobre ella y apoyé la cabeza en su hombro.
- Mierda con Winry, ¡Otra vez! ¡Ya son dos! – Suspiré. – Si, las tengo contadas.
Ella también suspiró.
- Joder vaya… Creo que ha roto mi dichosa lámpara, con lo que me gustaba esa lámpara.
Reí por el inusual exabrupto que la rubia había exhibido. Me aparté de ella, rodeé a mi lado de la cama quedando boca arriba con un brazo cubriéndome el rostro.
- Anda, ve a ver que ha hecho tu amiga ahora.
Se bajó de la cama y titubeó. La tenue luz de la luna resaltaba su figura a través del delicado camisón. Había ganado algo de peso y su cuerpo empezaba a tener curvas en los lugares justos. Con el cabello alborotado por encima de un hombro y los ojos dilatados por el deseo, era la visión más sensual que había tenido, era sexi, por Dios vaya que lo era.
- Vete. – Gruñí. – Si no te vas, no me hago responsable de lo que pase.
Se dio media vuelta para salir corriendo hacia la puerta a toda prisa.
- Elizabeth. – La llamé.
Se volvió con la mano aún en el pomo de la puerta, traté que mi voz siguiera sonando lo más dulce.
- Si ha rotó la lámpara, te compraré una nueva.
La sonrisa que me devolvió logró deslumbrarme.
- De acuerdo.
Me dejé caer en el colchón.
¿Qué demonios estaba haciendo? Era la segunda vez en el día que había deseado con locura y desesperación enredarme con ella entre mis sábanas… Con la mujer de la que en otro tiempo quise con desesperación, pero deshacerme. En ese momento, estaba por todas partes, en todos los aspectos de mi vida… En mi cama.
Lo más raro de todo esto era que no me importaba en lo absoluto, así me sentía bien.
- Elizabeth, el sirope es un aderezo, no un grupo alimenticio por sí solo.
Levantó la vista de su plato, pero ya negaba con la cabeza.
- Hay que llenar cada agujerito de sirope, Roy es una regla.
Resoplé mientras me llevaba la taza a los labios.
- Estás ahogando el waffle, hay más sirope que comida en tu plato.
- Así está mejor.
Gemí.
- ¿Y también le echas tocino?
Ronroneo con la boca llena.
- Perfecto.
Winry se echó a reír mientras atacaba su desayuno.
- ¿No te gusta el sirope, Roy?
- Le he echado una cantidad razonable. También quiero saborear el waffle.
Elizabeth me ofreció un trocito del suyo.
- Pruébalo.
- No.
- ¿Por favor?
Pinché con el tenedor un trocito de mi alimento, que estaba demasiado seco.
- Solo si tú pruebas el mío.
Nos dimos de comer el uno al otro. Su trocito estaba chorreando de sirope y mantequilla, demasiado dulce para lo que yo estaba acostumbrado, hice una mueca en clara señal de disgusto.
- Simplemente asqueroso.
Ella sonrió.
- Mejor que el tuyo de seguro. – Bajó la vista y soltó un taco. – Rayos, me he manchado la camisa de sirope, discúlpenme, en unos segundos vuelvo.
Salió a toda prisa de la cocina. Esperé a que hubiera subido a la habitación para tomar el bote de sirope y echarle más a mi waffle.
Winry se echó a reír de nuevo.
- Ustedes dos son demasiado lindos, ¿Nunca habían comido waffles juntos?
Tuve que improvisar, gracias al cielo era experto en eso.
- No, Elizabeth siempre hace panqueques. Le compré el sartén para waffles como regalo de bodas.
Winry me miró boquiabierta.
- ¿Le compraste un sartén para waffles como regalo de bodas?
- ¡Quería uno!
- Por el amor de Dios, Roy, te queda mucho que aprender sobre el romanticismo y como hacer feliz a la dueña de tus quincenas.
- Ella me comprende.
La rubia cogió su taza de café.
- Mmm, a lo mejor el sartén para waffles si fue el mejor regalo.
La fulminé con la mirada.
- ¿Cuándo vuelves a tu casa?
Ella sonrió con sorna.
- Ed volverá pronto.
- Bien.
Me dio una palmadita en el brazo y me guiñó el ojo con expresión traviesa.
- Anoche interrumpí su reconciliación, en verdad lo siento. El trueno me tomó desprevenida.
- No tengo ni idea de lo que hablas.
- Claro que no, Elizabeth siempre tiene ese aspecto… Taaan… Desaliñado.
Esbocé una sonrisa ladina. Sí que tenía aspecto desaliñado cuando salió del dormitorio la noche anterior.
Le guiñé un ojo a Winry.
- Nos queda el resto del día para retomar la reconciliación y repetirla.
Puso los ojos en blanco y masculló algo acerca de los hombres y nuestra necesidad de amor desmedido.
Yo seguí devorando mi waffle, que estaba cubierto de sirope, debía acabarlo antes que mi esposa me atrapara y tuviera que aceptar que como solía ser, ella tenía la razón.
Salí del despacho en busca de Elizabeth. Winry se había marchado a media tarde y luego había estado ocupado con el trabajo, tras lo cual tuve una llamada de Hohenheim. Oí ruidos al final del pasillo y fui a investigar.
La puerta del dormitorio más pequeño estaba abierta. Yo usaba esa estancia como almacén en ese momento.
En otro tiempo, hubo una cama que usaba para mis invitadas y las actividades posteriores a la cena, dado que nunca las llevaría a mi habitación y mucho menos a mi cama. Me había desecho de la cama cuando Elizabeth se mudó conmigo… Solo quedaban cajas y archivadores.
Me apoyé en el marco de la puerta y la observé unos minutos con una sonrisa indulgente en sus labios.
- ¿Qué haces?
Señaló unas cuantas fotos enmarcadas.
- Tienes algunas fotografías muy bonitas.
- No sabía dónde ponerlas.
- Quedarían geniales en el salón. – Sacó unas fotos de la caja que había estado registrando. – Estas son preciosas… Es una pena tenerlas guardadas, creo que harían ver lindo cualquier lugar donde las pudiéramos exponer.
Le tendí la mano y me pasó el montón de fotos.
Las revisé con cierta vergüenza.
- Yo las tomé.
- ¿En serio?
- Sí, tuve una fase en la que intenté ser fotógrafo. No me duró mucho. – Se las devolví. – Era malísimo.
- Otra cosa más en la que estamos en desacuerdo. Yo creo que son estupendas.
- Quédatelas.
- ¿Tienes los negativos?
Negué con la cabeza.
Todas son digitales, en una de esas cajas está mi cámara y todas las tarjetas de memoria.
- Perfecto.
- Oye, me llamó Van Hohenheim, quiere que lo acompañe en un viaje fuera de la ciudad para ver a un cliente. Creo que se siente culpable porque Edward ha ido las últimas veces.
- ¿Cuándo te vas?
- Mañana.
- ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
- Ese es el problema, estaré fuera hasta el jueves, lo que quiere decir que me perderé el martes con Grumman.
Esbozó una sonrisa traviesa.
- No hay problema… Puedo saltarme la clase de yoga un día. No se me da nada bien.
- Dile que iré a verlo el viernes, para comer. Le llevaré su hamburguesa con queso preferida.
- Le encantará.
- ¿Qué vas a hacer mientras no estoy?
- Trabajaré en el salón.
- Van a venir los pintores que te dije, ¿Verdad? Nada de escaleras, recuerda que lo prometiste. – Había hecho maravillas en su dormitorio, pero el salón era demasiado grande para que lo hiciera ella sola. La idea de que la frágil rubia se subiera a una escalera tan alta me ponía los nervios de punta… Sobre todo, si yo iba a estar fuera de la ciudad.
- Van a venir unos profesionales, Roy. Estará todo listo en dos días. Te vas a perder toda la diversión.
- Que pena…
Se levantó y se sacudió los pantalones.
- Te ayudaré a hacer el equipaje. Tengo que cambiar la ropa de cama y trasladarme al otro dormitorio.
La negativa se me escapó antes de poder evitarlo.
- No lo hagas.
- ¿Qué quieres decir?
- Duerme en mi dormitorio mientras no estoy. No te preocupes por la ropa, ya tienes mucho de lo que ocuparte.
Se mordió el labio.
- ¿Y esta noche?
- Compartiremos la cama de nuevo.
- Yo…
Tomé su delicada y pálida mano.
- Tiene sentido, así te ahorras el trabajo.
Sus labios esbozaron una sonrisa traviesa.
- Eres un pulpo bebé, ¡Lo que te gusta es dormir acurrucado!
Resoplé.
- Solo estoy siendo práctico, nada más.
- Admítelo y me acostaré contigo.
Enarqué una ceja, levanté la comisura derecha del labio dando una sonrisa seductora.
- ¿Te importaría explicar esa frase?
- Yo… Esto…
Allí estaba, ese rubor que tanta gracia me hacía. Le subió por el pecho hasta florecer en sus mejillas. Me dio un empujoncito con el hombro como gesto juguetón.
- Admítelo y dormiré en tu cama mientras no estás.
- ¿Y esta noche?
El rubor se intensificó.
- Sí, esta noche también.
Me incliné y le acaricié la mejilla con los labios antes de llegar a su oreja.
- Me gusta acurrucarme contigo, estás calentita y hueles de maravilla.
Era la verdad. Esa mañana, me había vuelto a despertar abrazado a ella. Me sentía descansado y relajado, aunque tuviera que lidiar con los efectos que me provocaba la cercanía de su suave cuerpo.
Pasó a mi lado.
- Está bien, si es lo que quieres.
Sonreí, de hecho, era justo lo que quería.
- ¿Por qué sonríes? – Preguntó Hohenheim. El viaje estaba saliendo muy bien y el cliente se había mostrado entusiasmado ese día.
Me había pasado la tarde añadiendo detalles a mis bocetos y a las ideas principales, preparando una reunión programada para la mañana siguiente. Van Hohenheim había insistido en que fuéramos a cenar para celebrar.
Levanté la vista del teléfono y se lo ofrecí.
- Ah, es que le he mandado al abuelo de Elizabeth una tarta enorme de queso con cobertura de caramelo y chocolate para compensarlo por no estar allí esta noche. Elizabeth me ha mandado una foto de los dos mientras se la comen.
- Te has encariñado con el anciano.
- Me recuerda a alguien de mi infancia.
- ¿Un familiar?
Cambié de postura en la silla.
- No.
Me miró con expresión astuta por encima de su copa.
- No te gusta hablar de ti mismo. En especial de tu pasado.
- No, no me gusta.
- ¿Hablas con alguien de esos temas?
- Lo hago con Elizabeth.
- Tu catalizador, la mujer que te ha cambiado la vida… que te ha cambiado a ti.
Ladeé la cabeza para darle la razón con la esperanza de que captara la indirecta y dejase el tema por la paz. Se quedó callado un momento antes de llevarse la mano al bolsillo y sacar un sobre, que deslizó por la mesa.
- ¿Qué es eso?
Le dio unos golpecitos al abultado sobre color crema.
- Has demostrado tu valía desde que comenzaste a trabajar con nosotros, Roy. Has sobrepasado mis expectativas, las de todos los demás. Tu trabajo en la campaña de Kenner Footwear, la forma en la que has participado y has arrimado el hombro en el equipo. Venir a este viaje de última hora… Bueno que puedo decir… Todo.
Me encogí de hombros en un inusual gesto de humildad al oír sus elogios. Sus palabras me reconfortaron. Me pregunté si así se sentiría un niño al recibir los halagos de un padre orgulloso… Algo que yo nunca había experimentado. Van Hohenheim era muy dado a los elogios y casi nunca criticaba. Sus comentarios iban más dirigidos a enseñar que a condenar Era increíble lo rápido que me había adaptado a mi puesto en Elric Inc. Disfrutaba de la energía positiva y de esa actitud de "trabajar con los demás y no contra los demás", que tenían. Sus palabras, de todas formas, significaban mucho para mí. Se me formó un nudo en la garganta y bebí un sorbo de agua para librarme de él antes de hablar.
- Gracias, también ha sido increíble para mí.
Me acercó un poco más el sobre.
- Para ti.
En su interior había un cheque por una cantidad muy generosa, que me hizo poner los ojos como platos, junto con una copia de mi contrato. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue que la cláusula seis estaba tachada y confirmada con unas iniciales. Lo miré a la cara con expresión interrogante.
- No lo entiendo.
Sonrió.
- El cheque es tu comisión por un trabajo excepcional. Kenner ha firmado un contrato por varios años con nosotros por tu idea. Te quieren en todas sus campañas.
Levanté el contrato.
- Has tachado mi período de prueba.
- Así es, solo lo incluí para asegurarme de que mi intuición había acertado al creer que encajarías con nosotros. Has demostrado con creces que eres lo que decías ser; un hombre nuevo. Es evidente que tu Riza ha conseguido sacar a la luz al verdadero Roy Mustang. – Me tendió la mano. – Tienes un lugar en mi empresa todo el tiempo que así lo quieras, Roy. Ojalá disfrutemos de muchos años juntos.
Alucinando, le estreché la mano. Lo había logrado ¡Lo había conseguido!
Debería sentirme ufano, eufórico. Todos mis planes, todos los movimientos que me habían llevado hasta allí… Me había asegurado el puesto en Elric Inc. Y se la había jugado perfecta a King Bradley.
Misión cumplida.
Sin embargo, aunque estaba emocionado, no era por los motivos que había creído en un principio. Me di cuenta de que me daba exactamente igual lo que Bradley pensara o sintiera. Podría aparecer en ese momento, ofrecerme ser socio y darme más dinero del que hubiera soñado y no me sentiría tentado en absoluto. De hecho, solo quería deleitarme con la aprobación del rubio que se encontraba sentado frente a mí. Quería que se sintiera orgulloso, deseaba de corazón seguir trabajando para él y oír sus elogios y sus comentarios amables. Junto con esos pensamientos, apareció una emoción a la que no estaba acostumbrado. El Sentimiento de culpa. Me sentía culpable por cómo había empezado todo y por el motivo por el que estaba sentado en ese lugar. Me sentía culpable por los engaños que había empleado para llegar hasta allí.
Mientras miraba los documentos, me pregunté hasta qué punto había influido que Winry se quedase con nosotros para tomar esa decisión. Desde luego, nos había visto comportarnos como una pareja normal, de sobra para convencer a cualquiera de que íbamos en serio. Winry creía que no podía apartar las manos de mi esposa, que teníamos una vida sexual estupenda, que discutíamos y que hacíamos las paces, lo que hacían todas las parejas. Tal vez la tormenta no solo hubiera conseguido que Elizabeth y yo nos uniéramos más, sino que también había eliminado cualquier rastro de duda que le quedara a Van Hohenheim.
Me desentendí de esos pensamientos. Daba igual, lo único que importaba era que seguiría trabajando con ahínco y que seguiría demostrando mi valía ante la familia Elric y toda la empresa. Daba igual como hubiera empezado, me ganaría el puesto… Y lo conservaría.
- Gracias.
Me dio un apretón en el hombro.
- Seguro que Riza se alegrará mucho.
Otra emoción brotó en mi pecho: la emoción por contárselo, por compartir la victoria con ella. Sonreí, a sabiendas de lo bien que iba a reaccionar.
- Me muero por decírselo, pero creo que esperaré a llegar a casa. – Miré el cheque de la comisión. – Creo que tengo que comprarle algo para celebrarlo. La semana pasada decidí comprarle un nuevo regalo de bodas, cierta rubia me hizo notar que al parecer un sartén para waffles no era la mejor de las idas, aun si ella lo había pedido, esta es la excusa perfecta.
Hohenheim asintió con la cabeza.
- Una idea estupenda, conozco una joyería increíble en esta misma calle.
Enarqué la ceja, joyas… No se me había pasado por la cabeza, pero era…
- ¡Perfecto!
Introduje la llave en la cerradura y entré en el piso sin hacer ruido. Me impactó darme cuenta de lo mucho que había añorado estar de vuelta en casa, en mi hogar. De lo mucho que había echado de menos a Elizabeth.
Me había sorprendido mi afán por enviarle mensajes de texto para comprobar que estaba bien, que Grumman estaba bien o si recordaba haber cerrado con llave la puerta. Sus respuestas me hacían sonreír, ya que siempre eran un poco descaradas y tiernas a la vez. Le había encantado la tarta de queso y me dijo que al personal del hogar también, ya que les habían ayudado a ambos a devorarse la tarta. Le parecía gracioso que también hubiera enviado una cesta de fruta para Black Hayate. Cuando mencionó que su abuelo parecía más cansado de lo normal, llamé a la residencia dos veces para informarme de su estado, haciendo que Maria Ross se riera de mi preocupación.
De manera que yo también me reí de mí mismo. Al parecer sin pretenderlo, la presencia de Elizabeth en mi vida hacía aflorar emociones en todo momento que nunca había experimentado. Con franqueza no sabía si eso era bueno o no, pero de momento se sentía bien, bastante bien.
Debería detestarlo, pero por algún motivo no lo hacía.
Estaba ansioso por regresar a casa, por verla, visitar al anciano y por volver a la oficina. Cuando el cliente accedió a nuestra idea antes de lo que pensábamos, Van Hohenheim y yo decidimos adelantar el regreso y abordar el último avión. El taxi me dejó en la puerta del edificio y mi jefe se rio de mi entusiasmo cuando me vio tomar la maleta.
- Roy, no hace falta que vayas a la oficina a primera hora. Disfruta de la mañana con Riza, nos vemos después del almuerzo.
Asentí con la cabeza.
- Gracias.
Solté la maleta, encendí la luz y me quedé petrificado.
No estaba en el mismo salón que había dejado días antes. El intenso tono vino tinto que Elizabeth había elegido se extendía por la pared de la chimenea, resaltando el color claro de la repisa. El tono beis del resto de las paredes resultaba atractivo. Había añadido algunos cojines y los dos sillones que me enseñó. El resultado de la transformación era un salón cálido y acogedor, era hogareño.
La mayor sorpresa de todas fueron los cuadros. Elizabeth había usado algunas de las fotos que encontró, en la pared de la chimenea había colgado algunas de mis fotografías, que había impreso y enmarcado con paspartú. Ver lo bien que quedaban me asombró, al igual que lo hizo que hubiera elegido mis preferidas.
El salón estaba espectacular.
Pasé una mano por el respaldo curvado de los sillones que había añadido. Eran piezas macizas. El efecto seguía siendo masculino, pero suavizado por lo que había creado. Sobre la repisa descansaba una foto en la que estábamos los dos y que había hecho Winry el día de nuestra boda. La tomé para analizarla. Era una foto tomada por sorpresa, Elizabeth miraba a la cámara con una sonrisa y una expresión casi radiante. Yo había apoyado la frente en la suya y estaba sonriendo. Ambos parecíamos felices. Como una pareja enamorada. Pasé los dedos sobre la imagen de Elizabeth, sin reconocer la extraña emoción que sentía en el pecho.
Tras dejarla descansando en su lugar de nuevo, tomé la bolsa de viaje y subí las escaleras. Me detuve al llegar a la puerta de mi dormitorio, sorprendido al ver a Elizabeth dormida en mi cama. Creía que a esas alturas ya se habría mudado a su habitación. Estaba abrazada a mi almohada, aferrada a la funda mientras dormía y su larga melena rubia que se asemejaba a los rayos del sol, se extendía sobre las prístinas sábanas blancas. La analicé mientras dormía. Parecía joven y vulnerable. Recordé que en el pasado pensaba que era débil. Era cualquier cosa menos débil, conociéndola como era consciente en ese momento, sabía que tenía agallas, sin ellas se habría rendido pronto, pero a la vez no las tenía.
Habría sobrevivido a la muerte de sus padres, a la vida en las calles, al dolor de ver como su persona más amada enfermaba y a mí… en toda mi gloria egoísta, corta de mira y narcisista.
Se movió, desarropándose en el proceso, sonreí al ver que se había puesto la camiseta de manga corta que yo llevaba el día anterior a mi partida.
Mi mujer estaba en mi cama y se había puesto mi ropa.
Descubrí que no podía ponerle mala cara a ninguna de las dos afirmaciones.
Solté un quedo suspiro, dejé la bolsa en el suelo y tras coger unos pantalones para pijama, me preparé para acostarme, con cuidado de no hacer ruidos. Con delicadeza, me coloqué a su espalda y la pegué a mi torso.
Ella se despertó, sobresaltada y se tensó entre mis brazos.
- Relájate, cariño soy yo.
- ¿Por qué estás en casa?
- La reunión ha ido bien, muy bien. Hemos llegado a un acuerdo antes de lo previsto.
Trató de incorporarse.
- Me iré a mi dormitorio.
Tiré de ella para que se tumbara otra vez.
- Quédate, no pasa nada. – Sonreí al tiempo que la besaba en el cuello. – Me gusta dormir abrazado a algo como pulpo, ¿Ya no lo recuerdas?
Se acurrucó de nuevo con un suspiro de felicidad.
- Tu cama es cómoda.
No pude evitar hacerle una jugarreta.
- ¿Y mi camisa también? – Pregunté, al tiempo que acariciaba el desgastado algodón. - ¿Te parece cómoda?
Me apartó de un manotazo.
- He estado ocupada, no me ha dado tiempo de lavar la ropa. La he visto ahí tirada y me la he puesto.
Sabía que le había comprado ropa de sobra para sobrevivir varios días sin lavar, pero estaba tan contento de encontrarla así que preferí pasar ese pequeño detalle por alto.
- Ya he visto lo ocupada que has estado.
- ¿Te gusta? – Me preguntó con un deje tímido e inseguro.
La besé en la frente.
- Buen trabajo, señora Mustang.
Se echó a reír contra la almohada.
- Me alegro de que le guste, señor Mustang.
La pegué aún más a mí.
- Me gusta, duérmete. Mañana por la mañana te contaré todo lo que ha pasado en el viaje.
- De acuerdo. – Replicó con voz soñolienta. – Buenas noches, cielo.
- Buenas noches, cariño.
Elizabeth me miró mientras desayunábamos y tomaba de nuevo el contrato.
- ¿Así sin más? ¿Ha cancelado tu período de prueba?
Asentí con la cabeza porque tenía la boca llena de huevos revueltos. Mastiqué, tragué y sonreí.
- Tengo la impresión de que la visita de Winry ha podido influir en su decisión.
Se mordió una uña, de manera que extendí una mano para darle un guantazo.
- No hagas eso.
- ¿Por qué crees que la estancia de Winry ha tenido algo que ver?
- Piénsalo, Elizabeth. Piensa en lo que ha aprendido de nosotros. Nos ha visto acostados en la misma cama y a mí en plan pulpo. Nos llevamos bien, incluso fue testigo de una discusión y de cómo hicimos las paces después. Estoy seguro de que le ha dicho a Van Hohenheim que sus dudas eran infundadas.
- Supongo que tiene sentido.
- Además, me ha dicho que he hecho un trabajo excelente, que he superado sus expectativas. Esta ha sido su forma de recompensarme. – Bebí un sorbo de café. - El final del período de prueba y una generosa comisión.
Una cariñosa sonrisa invadió sus labios y enterneció su rostro.
- Sabía que los dejarías alucinados con tu trabajo. No me sorprende. Tus ideas siempre han sido espectaculares.
Sus halagos me provocaron una sensación que no terminaba de comprender. Me froté el pecho, como si de esa manera pudiera extender la calidez que suscitaban sus palabras y le sonreí mientras decía con sinceridad. – Siempre me has apoyado, gracias.
Me regaló una sonrisa aún más radiante, resultaba que ella también tenía un catálogo y yo quería conocer cada una de las sonrisas que lo componían.
Bajé la vista al plato al tiempo que me percataba de la naturalidad de la escena, ¿En eso consistía el matrimonio? ¿Los matrimonios reales? ¿En momentos compartidos que te hacían sentir entero y unido a tu pareja?
Introduje una mano en el bolsillo y le ofrecí la cajita.
- Para ti. – Dije con voz gruñona al tiempo que cogía la taza.
Ella no hizo ademán de tocarla siquiera. Jamás había conocido a una mujer como ella. Mi fortuna siempre había sido un imán para las mujeres con las que solía salir. Les encantaba recibir regalos, los esperaban, me soltaban indirectas, me enseñaban imágenes de internet. Prácticamente me arrancaban el regalo de las manos si decidía comprarles algo. Pero no ella, no Elizabeth, ella no era así.
- Tu comisión. – Insistí, al tiempo que le acercaba más la cajita. – Ábrela, no muerde.
Le tembló la mano mientras extendía el brazo. Titubeó una vez que tuvo la cajita entre los dedos, como si no pudiera con la emoción de abrir la tapa. Como si estuviera disfrutando de la intriga, me gustaba ver las expresiones que pasaban por su rostro.
Abrió los ojos de par en par cuando vio el anillo que descansaba en el interior de la cajita. Tan pronto como lo vi, supe que le encantaría. Era pequeño y delicado, con diamantes de distintos cortes, cuadrados, ovalados, circulares y rectangulares. Los diamantes conformaban un anillo tan único y diferente como lo era ella. No era el anillo más caro de la joyería, ni el más grande, pero era el idóneo para Elizabeth. Hasta el patriarca de los Elric había asentido para dar su aprobación en cuanto lo señalé con un dedo a través del cristal de la vitrina.
- Ese, por favor. Me gustaría ver ese. – Le había dicho a la dependiente.
Elizabeth me miró.
- No lo entiendo.
- Es un regalo, Elizabeth.
- ¿Por qué me darías uno?
Me encogí de hombros.
- Porque te lo mereces. – Acaricié el sobre que contenía el contrato. – Nada de esto habría sucedido sin ti. Es mi forma de agradecértelo. – Añadí con sinceridad. Era importante que me creyera, que supiera que yo era consciente de todo lo que había hecho por mí. – Además el anillo pedía a gritos una hermosa dueña que lo hiciera brillar con todo su esplendor, nadie mejor que tú para eso.
- Es precioso.
- Póntelo.
Se puso el anillo en la mano derecha y giró la muñeca tal como acostumbran a hacer las mujeres cuando admiran un anillo que descansa en su dedo.
- ¡Me queda bien!
Extendí un brazo para cogerle la mano y miré el anillo. Le quedaba bien y encajaba con ella. Dejé su mano sobre la encimera y le di unas palmaditas sin saber muy bien que hacer.
- ¿Te gusta?
- Es… - Tenía la voz ronca. – Es una preciosidad.
- Pensé en comprarte unos pendientes, pero me he dado cuenta que tanto Winry como Trisha también llevan un anillo en la mano derecha, así que pensé que te gustaría. Si prefieres los pendientes, podemos cambiarlo.
Negó con un sutil movimiento de cabeza.
- No, es perfecto.
El aire que nos rodeaba vibraba por la emoción. Elizabeth tenía la vista clavada en la mano y no dejaba de parpadear. Dios, ¿Iba a llorar? ¿Por un regalo? No sabía si sería capaz de soportarlo en caso de que se pusiera a llorar. Este tipo de emociones me ponía algo estresado.
Di una palmada.
- En ese caso he acertado. Dejaremos los pendientes para otra ocasión. Tal vez para la celebración de los seis meses de matrimonio o algo así. Estoy seguro de que los Elric celebran ese tipo de cosas. Tendré que estar a la altura.
Elizabeth carraspeó y se puso en pie.
- Supongo.
Me dejó pasmado cuando se detuvo junto a mi taburete después de haber vaciado su taza de café en el fregadero y me besó en la mejilla con suma delicadeza.
- Gracias, Roy. – Murmuró, tras lo cual siguió andando.
Me volví para verla subir por las escaleras. En ese momento, me percaté de que me había llevado una mano a la mejilla que sus labios habían rozado, como si estuviera reteniendo su beso contra la piel.
¡Que extraño!
Contestando Reviews:
Niolama: Jajaja me ha pasado lo mismo que a ti cuando estoy en el trabajo y actualizan alguno de los fics que me enganchan jajaja
Arual17: Al menos a este punto ya quedo claro que a ella le gusta él y que a Roy le gusta estar con ella en demasía. Solo faltan que terminen de entender que esto de un simple acuerdo ya no tiene nada.
Kimbluefish: Hola! Amo tus comentarios siempre me hacen el día :3 No imagine al señor Mustang pidiendo disculpas, pero siento que supo utilizar bien el momento y hacerlo de la mejor forma posible, cada vez es menos tarado y amo eso, jajaja y si comparto tus ganas de querer golpear a Roy. Siento que Grumman añade una buena parte a la interacción que ellos han ido logrando, son más una familia gracias a él.
