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Capítulo 12

Mientras se duchaba esa mañana, Candy notó que le había bajado la regla.

"Mejor", pensó. Odiaba manchar las bragas.

Bragas.

Había subido de puntillas la escalera la noche anterior, para no despertar a su abuela. No estaba de ánimo para contarle los detalles de la fiesta, y mucho menos sin llevar bragas debajo del vestido.

Habían quedado en el coche de Albert. Ya las botaría él seguro. Tomó nota mental de recordárselo más tarde, no fuera cosa que enviara el coche a lavar y... Oh, qué morbo.

El agua corría por su cuerpo y ella, recostada en el panel de la ducha, recordaba...

"No sé muy bien cómo pasó lo que pasó. Bah, ¿a quién quieres engañar, Candy? Tú provocaste esa tempestad y lo sabes. No esperabas esos vientos, pero tampoco esperabas brisas. Es tu culpa por haber sido tan osada. Lo es. Es mi culpa. Yo lo provoqué. Olvidé que estaba tratando con un hombre de verdad y no con un imberbe muchachito. ¿Cómo se me ocurrió tocarle allí abajo? Maldito champagne. Se me metió el diablo en el cuerpo cuando hice eso. Mi mano no alcanzaba a abarcar ese paquete.

No sabía que se podía poner tan grande, y tan duro. La única vez que lo toqué, aquel domingo en el coche, él iba de jeans y no me impresionó tanto. Además fue sólo un instante porque aparté mi mano enseguida. Pero esta vez no sólo no tuve el buen juicio de hacerlo, sino que fue por mi propia iniciativa. Mierda, no volveré a beber, lo prometo...".

Sabía que había sido ella quien había arruinado su noche perfecta. Y luego había huido como una niña tonta. Todavía no entendía por qué se había asustado tanto. A la luz del día, no le parecía tan grave lo que él le había hecho. Es más, hasta le resultaba excitante. ¿Tenerle miedo a Albert? Qué estupidez.

Había sido bastante rudo, pero no era para tanto.

"Tonta, tres veces tonta", se dijo. "Él no se dio cuenta de que no me sentía del todo cómoda yendo tan rápido. Y ahora que lo pienso, tampoco sabe que yo nunca lo he hecho. No se lo he dicho y él no ha preguntado tampoco. Quizás haya pensado que ya no era virgen, y que quería hacerlo en el coche. Después de todo, yo le estaba dando esas señales...".

Pero entonces ¿por qué parecía tan afectado, tan culpable?

Ya lo llamaría más tarde, y le diría que quería verlo. Y todo se arreglaría. Estaba segura de ello.

A esa hora Albert estaba despierto. En realidad, no había dormido nada.

Se sentía fatal.

¿Cómo había podido llegar tan lejos, y de esa forma tan ruda? ¿Cómo había podido tratarla peor que a una ramera?

Mierda, se trataba de Candy. La mujer que siempre soñó conocer. La que quería tener a su lado siempre. La que deseaba iniciar en el sexo desesperadamente. Pero lo que sucedió en el coche fue una reverenda locura.

No podía quitar de su mente sus bellos ojos aterrorizados primero y cargados de llanto luego. Sabía que se había comportado como un loco, y sin embargo había sido consciente de lo que hacía. Había notado perfectamente cómo ella se resistía y continuó. ¿Qué había pretendido? ¿Desvirgarla con la mano? ¿Era eso digno de una primera vez? Se sentía fatal. No recordaba haberse sentido tan mal en su vida. Era evidente que ella no lo disfrutaba, y trataba de escapar, y aun así él continuó y le arrancó las bragas...

Bragas.

Antes de descender en el parking de su departamento, las vio en el suelo del coche.

Y desde ese momento, las traía consigo. En su mano, mientras trataba de dormirse, luego bajo la almohada, y luego en su mano otra vez. Bragas rosa. Como su boca, como su vestido, como el helado de fresa, como su dormitorio de Barbie.

¡Qué pequeña era! Oh, niña buena, niña mala. ¿Por qué había llegado tan lejos? No esperaba que fuese tan audaz esa noche. Pero el champagne... Mierda con el maldito champagne, y mierda también con sus propios instintos fuera de control.

Su teléfono sonó y vio que era ella. Acarició su nombre en la pantalla, pero no respondió. Se mantendría firme en su resolución de no volver a verla. La quería tanto... Pero se consideraba una amenaza para Candy. Y él se había prometido cuidarla.

Estaba claro que se pasaba la promesa que le hizo a Candida por los huevos. Menuda idiotez.

Él quería cuidarla porque la amaba. No quería ni que el viento la tocara. Y lo que le había hecho esa noche fue peor que una tempestad. Evaluando los daños, seguía creyendo que lo mejor era apartarse de su vida.

Ella conocería un chico de su edad, un chico que no estuviese enviciado, que no supiese de pasiones oscuras. Que aprendiera con ella y le enseñara también.

Y pese a lo altruista de su sacrificio, maldijo a ese joven imaginario, que le robaría lo que ya consideraba suyo.

Volvió a sonar la BlackBerry, y él la apagó sin mirarla. Sabía que era ella, pero no podía enfrentarla porque todas sus buenas intenciones se irían al carajo.

"Oh mierda, qué difícil es dejarla...", pensó.

Y luego, el animal salvaje que aún latía en él, tomó la braga y hundió el rostro en ella.

Lo primero que hizo Candy al llegar al consultorio el lunes, fue llamar a Albert a la empresa. Estaba muy ansiosa porque no había logrado hablar con él. Había pasado la tarde del domingo marcando y nada. Al principio, no respondía. Luego, caía en la contestadora una y otra vez.

¿Le habría pasado algo? Se estremeció de sólo imaginarlo.

Tomó el directorio, y se puso a buscar. "A ver... Ardley Negocios Inmobiliarios... no, este no es. Ardley Arte en Decoración... tampoco. Aquí está. Ardley Construcciones". Se sorprendió de ver su apellido en tantos rubros distintos. Su familia tenía demasiados negocios, y por eso Albert estaría tan ocupado.

—Ardley Construcciones, buenos días ¿en qué puedo servirle?

—Ehh... buenos días. Necesito hablar con Albert Ardley.

—Su nombre, por favor.

—Candy White.

—La comunico.

Espera... Música. Qué ansiedad.

—Oficina del Arquitecto Ardleyl, habla Miriam, buenos días.

—Hola. Mi nombre es Candy White y quisiera hablar con el arquitecto, por favor.

—Un momento.

Más espera. Más música. Morderse las uñas.

—Señorita Ardley... ejem. El Arquitecto no puede atenderla.

—Pero usted le ha dicho quién soy ¿verdad?

—Se lo he dicho, pero...

—No, está bien. Gracias.

"No puede atenderla". ¿Qué quería decir con eso? ¿Que estaba ocupado, que la llamaría luego, que lo llamara más tarde? ¿Continuaría enojado? ¿Aún se sentiría culpable, o avergonzado?

Candy suspiró y se concentró en su trabajo. Por lo menos sabía que estaba bien. Volvería a insistir en un rato. Y todas las veces que hiciera falta. Tenía que hablar con él.

El tiempo fue transcurriendo lentamente, y no lograba hablar con Albert.

Cada mañana al despertar lo primero que hacía Candy era recordar la pesadilla que estaba viviendo. A veces no podía contener las lágrimas.

Había bajado de peso. Tres kilos en sólo un par de semanas. Para ella era un montón, si nunca pasó de cincuenta y tres.

Estaba angustiada, confusa, dolorida. No podía aceptar que Albert le estuviese haciendo eso. No sólo no la había llamado más, sino que tampoco respondía sus llamados.

Sabía que él estaba bien, porque la respuesta de su secretaria era siempre la misma: el arquitecto no puede atenderla. Jamás le preguntó si quería dejarle un recado. Más bien parecía tener prisa por cortar.

Finalmente, Candy dejó de insistir con la tal Miriam, y volvió a la BlackBerry. Le envió mensajes de texto desde el móvil de Candy:

"Albert por favor, llámame. Estoy en casa. Candy."

Le dejó mensajes de voz: Pip pip "Albert, soy yo. ¿Por qué no me llamas? Hablemos, por favor...".

Nada.

Pensó en presentarse en su trabajo, ya que no sabía dónde vivía y así lo hizo. Estuvo en la puerta del World Trade una vez, pero no se atrevió a entrar.

Maldito Albert. ¿Por qué le hacía eso?

Andaba por la vida como un robot. Trabajaba porque había que trabajar. Dormía porque había que dormir. Pero por dentro se iba derrumbando de a poco.

Una noche mientras cenaba con Candida, de pronto se dio cuenta de que ya no lo vería más. Y rompió en llanto.

Candida maldijo a Albert Ardley. Debió seguir sus instintos y alejarlo de Candy ni bien se le encendió la alerta naranja en su cabeza. Ahora su nieta estaba destrozada. Y ella no sabía hasta dónde habían llegado. Un hombre que deja a una chica sin dar explicaciones ni dar la cara era un cobarde. No esperaba que un cobarde se hubiese hecho cargo de su promesa. Se le cruzó por la mente ir a su estudio, oficina, empresa o como mierda se llamara a increparlo. Quería golpearlo. Estaba furiosa y apenada. No soportaba ver sufrir a su niña.

Sólo una cosa le impidió hacerlo: Tom. El hermano de Candy había regresado para pasar la Navidad con ellas.

Lo primero que Tom hizo cuando llegó a la ciudad fue ir a lo de Betzabé, la profesora de danzas de Candy, y devolverle la llave de su departamento. Habían roto por teléfono. En realidad todo había terminado entre ellos antes de comenzar, porque habían mantenido ese romance oculto a los ojos de todos.

Betzabé no estaba y Tom le dejó la llave al portero. Igual decidió que no se iría de Montevideo sin verla, pero ya habría tiempo para eso. Ahora lo principal era Candy. Candida le había contado lo mal que estaba su hermana por culpa de ese tal Albert, pero no imaginó cuánto hasta que la vio. Demacrada y ojerosa. Muy delgada. Y una tristeza infinita le surcaba la mirada. Con un nudo en la garganta la abrazó y murmuró en su oído "lo sé todo".

Candy lo miró con ternura. Cómo quería a su hermano. Comprendió cuánto lo echaba de menos cuando él la rodeó con sus fuertes brazos y le besó la frente.

"Lo sabes todo... En realidad no sabes nada, Tom. Nada. No te haces una idea de lo que estoy pasando estos días. No quiero aguarles la Nochebuena y la Navidad a Candida y a ti, así que voy a intentar sobreponerme, pero estoy jodida por dentro. ¡Qué bueno que estás aquí, Tom. Qué bueno!", pensaba mientras su hermano la mecía como a una niña.

Los días fueron pasando, pero Candy no olvidaba. Recordaba cada instante vivido junto a Albert. Cada beso, cada caricia estaban grabados en su cabeza. Y también cada llamada que él no le devolvió, cada lágrima que derramó, cada noche que transcurrió lentamente haciéndola sentir que caía en un agujero sin fondo, interminable y oscuro.

La Nochebuena la pasó llorando entre los brazos de su hermano, mientras le contaba cada uno de esos recuerdos que torturaban su alma, los buenos, los malos, todo. Vació su corazón en Thomas y luego se durmió profundamente, por primera vez en semanas.

Y mientras Candy dormía con el rostro surcado de lágrimas, Albert estaba en una fiesta, intentando besar a una mesera.

CONTINUARA