9. Deidara
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Por la mañana, la niebla sin rumbo procedente del mar, envolvía el castillo Namikaze en un mundo blanquecino. La bruma ocultaba a medias el sendero que cortaba la parte frontal del acantilado, el oleaje golpeaba contra las rocas dentadas por debajo de las vertiginosas alturas por donde Naruto conducía a su montura.
Sin embargo, obligó al garañón a que siguiera adelante con una mano de acero en las riendas y la confianza de su familiaridad con cada una de las rocas, con cada hendedura que marcaba sus tierras. Cuando era un muchacho, a menudo iba a jugar a ese lado del acantilado, solo, pero luego el angosto sendero se llenaba de centenares de compañeros imaginarios, piratas y filibusteros, con cuchillos en los dientes mientras escalaban las rocas hasta donde él les esperaba, blandiendo una espada de sauce.
En otras ocasiones, se retiraba al jardín salvaje de prímulas y campanillas azules que caían casi por los bordes del acantilado, se ocultaba detrás de los rododendros y jugaba al escondite con los elfos que vivían en los brezos.
Todo esto, sin embargo, sucedía antes de que la vida de su madre acabara de aquella manera tan trágica que se llevó para siempre al rey de los piratas y al señor de los elfos, y acabó con sus divertidos juegos infantiles en la terrible belleza de sus tierras, la crueldad de las rocas y el vasto mar y el cielo.
Durante todos los años en los que fue el señor del lugar, nunca había salido volando del castillo como lo estaba haciendo en ese momento. Cabalgando, huyendo. De ella.
Hinata. Su esposa. Su dama de la noche. Naruto hizo frenar al caballo y, a pesar de todo, miró hacia atrás. La casa que él amaba y odiaba al mismo tiempo todavía era visible en la distancia. Los bastiones y los antiguos torreones se elevaban entre la bruma como si el castillo no fuera más que una imagen trémula conjurada del libro de hechizos de un brujo.
Apenas podía distinguir la ventana detrás de la cual su esposa todavía yacía durmiendo, otra parte del encantamiento, sus cabellos del color de la noche en la almohada; al pensar en su belleza sintió el impulso de volver. Lo llamaba como el canto de las sirenas, le hacía señas para que regresara a su dormitorio. Para que la besara suavemente hasta despertarla, para que la tomara entre sus brazos y...
¿Y hacer qué? Le dijo en su interior una voz burlona. ¿Repetir el fracaso de la noche anterior? Naruto no tenía todavía ni la más ligera idea de cómo conmoverla, de cómo inspirarle esa gran pasión y eterna devoción que una esposa St. Namikaze se suponía que tenía que sentir.
Maldijo en voz baja y el juramento expresaba más desesperación que frustración. ¡Dios! No deseaba enfrentarse a ella por la mañana por temor a lo que pudiera ver en sus ojos, el deseo sin remedio, el desvarío que había empezado a apoderarse de él.
Durante la mayor parte de su vida nadie lo había querido. ¿Qué clase de locura le dominaba ahora? Lo ignoraba. Todo lo que sabía era que había escapado del castillo Namikaze para aliviarse de aquellos extraños sentimientos y miedos que aparecían en su mente. Hasta que recuperara un cierto dominio sobre sí mismo.
Y aunque se llamaba cobarde por huir de una mujer en miniatura, Naruto espoleó al caballo para que siguiera su camino, mientras él buscaba lo que amenazaba su paz y que estaba muy lejos de comprender.
Uchiha.
La niebla seguía, más húmeda y fría en la orilla del mar. Un tiempo perfecto, pensó Naruto con tristeza, para seguir la huella de una fantasma que no era más que el producto de la imaginación de un anciano o de su vista cansada. No existía un lugar más perfecto para empezar a buscar los fantasmas de un enemigo que él ya creía muerto...
Tiró de las riendas. Miró a través de los jirones de bruma la cala que se extendía delante de él. La marea estaba baja, el poderoso mar en calma y una espuma fría y gris levantaba oscuras manchas en la orilla.
Era un trozo de costa pelado, aislado, peligroso, con rocas dentadas apenas visibles debajo de la superficie del agua, la orilla salpicada de bancales de arena más dorada que el resto y más peligrosa. De la clase que pueden hundir a un hombre y llevárselo para siempre.
En las desnudas colinas que se levantaban un poco más allá no había ninguna casa, ni redes de los pescadores extendidas a secarse al sol. Allí no había nada más que algunos robles moribundos expuestos al viento salado del mar y los restos chamuscados de una antigua y magnífica mansión.
Antiguamente a la finca se la conocía con un elegante nombre francés. Pero con el paso del tiempo, los pescadores locales empezaron a llamarla la Tierra Perdida debido a su maléfica reputación en el naufragio de barcos, asesinato de marineros y viajeros desventurados que allí desaparecían, tanto víctimas de las peligrosas arenas movedizas como de una mano aún más siniestra. Una Tierra tan traidora como los propios Uchiha.
Naruto sintió un frío que nada tenía que ver con la humedad del día. Una sensación penetrante de hallarse en un lugar maléfico que rozaba el borde externo de sus tierras. La hacienda Uchiha podría haber estado a un millón de leguas más allá y aún no estaría lo bastante alejada según la opinión de los St. Namikaze.
Obligó al caballo a adentrarse con precaución por el angosto sendero que ascendía desde la orilla y atravesaba una extensión cenagosa. Naruto sintió que la espalda se le ponía tensa. Nunca había visto a un Uchiha. Y, sin embargo, a medida que se aproximaba a la mansión en ruinas, crecía la conciencia de que se estaba aproximando a territorio enemigo. Habían sido los mayores enemigos de su familia durante generaciones. ¿Quién había condenado y quemado a lord Jiraiya por brujería? Un Uchiha. ¿Quién había permitido que el ejército Roundhead atacara y expoliara el castillo Namikaze? Un Uchiha. ¿Quién había estado detrás del asesinato de Ino St. Namikaze? Un Uchiha.
Y así continuó hasta el presente, hasta la ejecución ilegal del hermano menor de su padre, Hashirama St. Namikaze, colgado por sir Madara Uchiha debido a una falsa acusación de contrabando y traición
a la corona. Ahorcado sin pruebas ni juicio, un acto de injusticia que había espoleado el enfrentamiento final entre sir Madara y el abuelo de Naruto. Un enfrentamiento que acabó allí, en la ladera de aquella colina durante una noche de fuego y furia.
El garañón de Naruto relinchó y se echó hacia atrás, con las fosas nasales lanzando llamaradas como si la ligera neblina que formaba remolinos alrededor de ellos llevara todavía el sabor acre del humo. El caballo se encabritó, sacudió la cabeza hacia un lado, viró y se alejó con el extraño sentido que poseen los animales y que les hace evitar los lugares de muerte y destrucción.
Naruto le dio otro tirón, desmontó y ató al inquieto garañón a una gruesa rama de uno de los robles moribundos. Luego continuó el resto de la ascensión a la colina a pie.
Los restos de la hacienda Uchiha se levantaban ante él, sólo quedaban de pie algunas paredes y las ventanas destrozadas lo contemplaban como ojos y bocas abiertos. Un monumento ennegrecido a todo lo que quedaba de la crueldad y falta de piedad de los Uchiha. Ambición y venganza reducidas a nada más que escombros y cenizas.
Naruto titubeó antes de continuar su camino cautelosamente a través de lo que una vez fue la puerta principal de la residencia. Avanzó tan sólo unos pasos, temiendo que un movimiento equivocado pudiera provocar que lo que quedaba en pie del edificio se derrumbara sobre su cabeza.
El interior era un montón de piedras, ceniza y maderas, todo lo de valor hacía tiempo que había desaparecido. Donde debió de estar el tejado, sólo habían nubes y un cielo gris claro. Todo muy tranquilo, a excepción del grito estridente de algún cuervo que anidaba en los restos de las chimeneas.
Naruto frunció el entrecejo. No sabía lo que esperaba encontrar al ir a la Tierra Perdida, excepto que si existía la posibilidad de que algún Uchiha quedara vivo y hubiera vuelto, el lugar más apropiado para encontrar alguna señal era, sin duda, allí.
Pero ¿qué clase de señal? ¿Alguien intentando colgar unas cortinas en los marcos de las ventanas derrumbadas, intentando extender tapices de Aubusson sobre los detritos? Con una mirada de disgusto, Naruto se sacudió la fina capa de polvo de ceniza que se le había pegado en los guantes de cuero.
Convencido de que la misión era una tontería, se volvió para marcharse. Sin embargo, no había dado más de un paso cuando se dio cuenta de que no estaba solo. La sensación fue creciendo en su interior, como si la niebla se hubiera espesado a su alrededor y le hubiera ido calando hasta los huesos.
Naruto se puso rígido y aguzó el oído. No veía ni oía nada, pero lo sentía. Una presencia próxima. Se le erizaron los cabellos de la nuca y su sentido especial interno emergió como el aviso de un vigilante.
Su sexto sentido no funcionaba tan bien allí como lo hacía en el castillo Namikaze, era como si estuviera cubierto por la niebla, por la poderosa aura de la mansión en ruinas. Le era imposible decir quién o dónde, sólo sabía que alguien se estaba acercando. La sensación se hizo más fuerte y en cuestión de segundos fue casi sofocante. Una sensación de hostilidad. Peligrosa. Amenazadora.
Naruto soltó un reniego en silencio por no haber tenido la previsión de llevar consigo una pistola. Sólo llevaba un espadín al cinto.
Desenvainó el arma tan sigilosamente como pudo, afinando todos los sentidos para detectar cualquier movimiento, cualquier sonido que le dijera dónde acechaba su enemigo.
«Allí», pensó, con todos los nervios alerta, todos los músculos tensos. Más allá de los muros de la casa en ruinas, alguien se arrastraba, esperando.
Con la sangre palpitando en las venas, Naruto apretó los labios y avanzó. Acababa de traspasar la abertura de una pared ennegrecida por el humo cuando se produjo el ataque.
La espada pareció que llegaba de ningún sitio y se arqueó hacia él con un siseo mortal. La desvió con el espadín y giró en redondo, con el mismo impulso. Estuvo a unos centímetros de perforar el corazón de su atacante. Lo que salvó al hombre fue su agilidad y el hecho de que Naruto se quedó pasmado cuando lo reconoció.
La espada quedó en el aire mientras contemplaba el rostro masculino familiar. Los cabellos rubio ceniza peinados hacia atrás y dejando el rostro patricio despejado, un rostro de rasgos hermosos, casi demasiado perfectos para un ser humano, la mandíbula finamente recortada, nariz afilada, cejas bien dibujadas, la boca hosca de un semidiós al que se le ha negado la entrada en el Olimpo.
Deidara St. Namikaze. La última persona que Naruto hubiera esperado encontrar allí. O que deseara encontrar allí.
Los helados ojos azules de Deidara se clavaron en los suyos en un momento de gran tensión, contemplando a Naruto con una mirada de desafío que él devolvió sin parpadear. Fue Deidara quien finalmente claudicó y bajó el estilete con una carcajada, apartándola e introduciéndola en una larga vaina para recuperar el aspecto de un inofensivo bastón de paseo con el pomo de oro.
— Bien, primo. Esto sólo es el comienzo. Me imaginaba que podía cogerte por sorpresa. Naruto bajó el espadín mientras la tensión que le dominaba daba paso a la indignación.
— ¡Maldita sea, estás loco! ¿Qué pretendías atacándome de esta manera? Deidara alzó las cejas.
— ¿Cómo iba a saber que eras tú? Yo no poseo tus extraños poderes de percepción. Sólo puedo decirte que podrías haber sido algún bandido vagabundo.
— Deberías ser más cuidadoso. Podría haberte matado.
— Y habría sido una tragedia — dijo Deidara con una sonrisa burlona— . «El St. Namikaze que vierte la sangre de su pariente se condena a sí mismo». Eso dice la antigua leyenda, ¿no es cierto?
Deidara nunca había respetado las leyendas, ni las de los St. Namikaze ni las otras. Pero Naruto siempre sintió un fuerte impulso de poner a prueba esta leyenda en particular, sobre todo respecto a Deidara, a pesar de correr el riesgo de condenarse.
Había estado a punto de hacerlo cuando era un joven de sangre caliente, pero luego se había calmado y la vida los había ido separando.
Naruto apretó los dientes y envainó el espadín antes de que Deidara pudiera incitarlo haciendo alguna estupidez. Su primo poseía un gran talento para ello.
Deidara se inclinó para recoger su sombrero que había volado durante la pelea, un atildado sombrero de fieltro color café de copa baja y ala estrecha, que hacía juego con el abrigo largo de estilo francés que llevaba, el cuello forrado de terciopelo y los botones esmaltados decorados con aparejos de caza. Los calzones de color crema iban protegidos contra las salpicaduras y las botas de yóquey brillantes y pulidas. Toda la indumentaria era demasiado elegante para ir a cabalgar por esta parte del país, aunque era difícil imaginarse a Deidara ataviado de otro modo.
Mientras Deidara se colocaba el sombrero en la cabeza, Naruto le preguntó:
— ¿Y qué demonios estás haciendo aquí?
Deidara se tomó su tiempo antes de contestar y mientras tanto se puso los guantes de piel de cervatillo.
— Podría hacerte a ti la misma pregunta, primo. Según he oído, tengo que felicitarte. ¿No tiene que llegar tu novia uno de estos días? Esperaba que estarías muy ocupado con los preparativos de la boda.
— Ya me he casado. Ayer.
— Ya veo — dijo Deidara tras un momento de silencio. Durante un instante, en la profundidad de sus ojos brilló una expresión desagradable. Luego desapareció mientras se ponía el otro guante. Cuando volvió a hablar, lo hizo con su habitual tono burlón.
— ¿Te has casado y no me lo has comunicado? Vaya, vaya. Seguramente no habrás oído nunca la historia del hada mala que no fue invitada a la reunión familiar y entonces decidió vengarse haciendo un montón de travesuras.
Naruto se sintió incómodo ante la fina sonrisa de Deidara. Esto era una de las cosas más irritantes de ese condenado individuo. Nunca podía decirse si estaba hablando en serio o en broma.
— No invité a ninguna hada a la boda — dijo Naruto— . Fue un asunto privado.
— Igual que tú — murmuró Deidara. Se alejó unos cuantos pasos y abandonó la afectación de su actitud negligente— . Al menos podías haber tenido la cortesía de informarme.
— No creí que estuviera obligado a contar contigo.
— Tú no, pero ya sabes que yo siempre... — cuando Deidara se interrumpió, apretando los labios, Naruto acabó la frase por él.
— Tú siempre te has considerado mi heredero.
— Sí, me temo que sí.
— Entonces estás completamente loco.
— Indudablemente.
— Es imposible que hayas esperado heredar el castillo Namikaze. Tenemos la misma edad. ¿Qué te hizo pensar que ibas a sobrevivirme?
— Un hombre siempre puede tener esperanzas, ¿no es cierto? — preguntó Deidara, con una sonrisa cuya suavidad no coincidía con la expresión de sus ojos.
Naruto pensó que debería de haberse quedado desconcertado al descubrir que su propio primo deseaba su muerte, pero era un sentimiento que él también había tenido hacia Deidara en más de una ocasión. Por alguna extraña coincidencia, habían nacido el mismo día y casi a la misma hora. La enemistad que se fue cociendo a fuego lento entre ellos, al parecer existía desde la cuna.
Quizá, pensaba Naruto, eso se debía a que eran dos hombres muy diferentes. Deidara, con sus suaves maneras y ropas elegantes, pertenecía a las reuniones, a los salones, a las salas de baile, mientras que Naruto se encontraba más cómodo en los establos, en los acantilados y en los páramos.
O quizás era porque Deidara pertenecía a uno de esos raros St. Namikaze que no habían sido tocados por la maldición de la familia, carecía de cualquier talento peculiar, una bendición que Naruto envidiaba.
Aunque posiblemente lo que le desagradaba de Deidara se debía a algo mucho más simple. A algo tan sencillo como... las puertas. Puertas de biblioteca, puertas de salón, puertas del hogar de Naruto que a él le habían cerrado en las narices como a un criado, pero que siempre habían estado abiertas para Deidara...
Naruto apartó los dolorosos recuerdos y se enfrentó a su primo con franqueza.
— Siento disgustarte, pero pretendo vivir mucho tiempo y tener un buen puñado de hijos sanos.
— Sin duda los tendrás — dijo Deidara, dirigiendo a Naruto una larga mirada que expresaba disgusto— . Aunque, debo confesarte, nunca creí que te casarías.
— Quieres decir que no creías que ninguna dama querría casarse conmigo.
— Puedes ser un marido muy extraño, primo. Aunque seguro que debe de haber sido una novia elegida fuera de aquí, como han hecho todos los St. Namikaze. ¿Enviaste al Buscador de novias a que la encontrase?
— Sí — dijo Naruto, anticipando la sonrisa de desdén de Deidara. Su primo torció el labio superior.
— Pensaba que eras más inteligente. Igual que yo, con el buen sentido suficiente para no tomar en serio las viejas leyendas de la familia. Y resulta que has confiado en un viejo medio tonto y medio ciego para encontrar una esposa.
— La inteligencia de Senju está tan despierta como la tuya. Y ve bastante bien. Cuando lleva sus lentes.
— Espero que los llevara cuando seleccionó a tu dama. ¿Dónde la encontró?
— En Londres.
— ¿En Londres? — Deidara abrió unos ojos como platos— . Otra sorpresa. Imaginaba que te habías comprometido con una de nuestras amazonas locales. ¿Y quién es la que el incomparable Senju eligió para ti?
Naruto no se sentía dispuesto a decírselo, lo cual era ridículo. Deidara podía enterarse con bastante facilidad.
— Se llama Hinata Hyūga.
— ¿Una de las hijas del honorable Hiashi Hyūga?
— Sí, eso creo.
— Un linaje bastante bueno. El caballero es primo tercero o cuarto del conde de Ōtsutsuki. Pero la rama Hyūga de la familia es bastante derrochadora, siempre están con deudas. No creo que esta novia tuya trajera ninguna dote.
Naruto entrecerró los ojos con expresión de sospecha.
— ¿Y cómo es que sabes tanto acerca de la familia de mi esposa?
— Mi querido primo, a diferencia de ti, no me he pasado la vida enterrado en Konoha. He ido con frecuencia a Londres y he frecuentado la sociedad. Aunque no recuerdo haber conocido a ninguna Hinata en ninguna de las ceremonias a las que he asistido. ¿Qué clase de criatura es?
— Es una mujer.
— Eso ya lo sé. Quiero decir, ¿es competente? ¿Encantadora? ¿Es muy hermosa?
Por alguna razón, las preguntas que le hacía Deidara con su voz más suave pusieron nervioso a Naruto. Como un avaro con unos ladrones que preguntasen demasiado acerca de la magnitud de su tesoro.
— Es bastante tolerable — replicó.
— ¿Bastante tolerable? — repitió el otro con una risita— . Suena a poco entusiasmo. ¿Dónde está la gran pasión que se supone ha de existir entre un St. Namikaze y su esposa elegida? Me sorprende mucho que tu esposa te haya permitido separarte de su lado tan pronto. Según las antiguas leyendas, debería estar rogándote que volvieras a su lecho.
Habría sido difícil, pensó Naruto, considerando que su esposa seguía durmiendo pacíficamente y ni siquiera se había dado cuenta de que se había ido. El recuerdo de la valoración que había hecho Hinata de su noche de bodas volvió, espontáneo, a su mente.
«No ha sido tan malo como pensé».
A Naruto le molestó sentir un asomo de rubor en las mejillas, signo delator de que su agudo primo no se equivocaba.
Deidara puso cara de burlona solicitud.
— Confío en que nada haya ido mal, Naruto. O que Senju no te haya emparejado inadvertidamente con la mujer equivocada. Es comprensible que hasta el Buscador de novias pueda equivocarse.
— No se ha equivocado.
— Claro que no — dijo Deidara con un tono tan suave que Naruto deseó romperle la mandíbula—
. Pero quizá tendrías que esperar un poco antes de la ceremonia de la entrega de la espada con el cristal, en la que le otorgarás tu alma y tu corazón para toda la eternidad.
Naruto sintió cómo su rostro enrojecía aún más si cabe.
— Oh, querido. Ya lo has hecho — la sonrisa de Deidara adquirió una cruel expresión— . Dime,
¿También has pensado en regalarle flores?
El puntazo dio en el clavo y Naruto dio un respingo. Ahora recordó la razón verdadera por la que aborrecía a Deidara. Si su primo poseía algún talento de los St. Namikaze, era una extraña habilidad para descubrir el punto más vulnerable en el corazón de otro hombre, clavando en él su cuchillo y luego retorciéndolo.
La mano de Naruto se puso rígida, no con el impulso de coger el espadín, sino para apretar la frente con los dedos y hacerle daño a su primo. Sólo Deidara le tentó siempre a hacer un mal uso de su poder. Lo único que contuvo a Naruto era saber que su primo obtendría algún placer retorcido si conseguía llevarlo hasta el límite de su aguante.
Se volvió a mirar la colina donde el garañón había encontrado un poco de hierba para mordiscar, hacia donde el lejano contorno de la playa se perdía en la bruma. Sólo cuando recuperó el completo control de sí mismo, se volvió a encarar con Deidara.
— No te preocupes tanto por mi esposa — dijo con frialdad— . A ella no le preocupas tú. Has evitado responder a mi pregunta con toda esta vana palabrería. ¿Qué estás haciendo en la Tierra Perdida?
— Vamos, primo. Tu mujer no es de mi incumbencia, pero lo que yo estoy haciendo aquí tampoco ha de importarte.
El entretenimiento que le producía aguijonear a Naruto al parecer había desaparecido y Deidara hizo una reverencia insolente y desapareció por el otro lado de los muros medio derrumbados de la casa. Naruto dio la vuelta, fue tras él y descubrió dónde su primo había escondido su cabalgadura.
Un lustroso caballo piafaba inquieto cerca de la puerta de una choza de piedra baja, que una vez fue la casa del mayordomo. Deidara se dirigió hacia el caballo, pero Naruto lo alcanzó fácilmente con sus largas zancadas. Lo adelantó y fue el primero en coger las riendas, evitando que Deidara se marchara.
Deidara intentó cogerlas y como no lo consiguió, dirigió a Naruto una mirada arrogante. Naruto lo ignoró y repitió la pregunta esforzándose por ser paciente.
— Te he preguntado qué estás haciendo aquí, Deidara. ¿Acaso has venido a buscar alguna señal de que ha vuelto un Uchiha?
La hostilidad que había en los ojos de Deidara se diluyó en una mirada de genuina sorpresa.
— ¡Dios santo, no! No soy un crédulo aldeano que piensa que la gente puede volver de la muerte.
— Existe la posibilidad de que no todos los Uchiha murieran. Me han llegado ciertas informaciones de que quizá alguno sobreviviera al incendio de aquella noche. Una mujer. Al parecer, una hija de sir Madara.
— Pues espero que no sea así. Sería un gran inconveniente. — Deidara fue a coger las riendas, pero Naruto no se lo permitió sujetándolas con más fuerza.
— Entonces, si no estás buscando Uchihas, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
Deidara torció la boca en un gesto de disgusto, pero al final respondió tras proferir un suspiro de irritación.
— Examinando.
— ¿Examinando qué? ¿Las tierras de los Uchiha?
— No, mis tierras.
Naruto se quedó tan sorprendido que soltó las riendas. Deidara aprovechó la ventaja y las cogió, sobresaltando al caballo que empezó a saltar de lado.
— ¿De qué estás hablando? — preguntó Naruto.
— Creo que he sido bastante claro — dijo Deidara, acariciando el hocico del caballo y emitiendo unos sonidos suaves para calmarlo— . He comprado la Tierra Perdida. Firmé el documento ayer por la tarde.
— ¿Comprado? ¿A quién?
— A un pariente lejano de la esposa de sir Madara que heredó el lugar después de que no quedaran más Uchihas. Es un banquero de Londres que se ha sentido muy satisfecho al desembarazarse de este lugar. He comprado muy barato.
— ¿Acaso has perdido el juicio?
— Creo que no.
— ¿Qué espíritu maligno te ha poseído para que compres estas... estas tierras malditas?
— Quizás ha sido porque no fui lo bastante afortunado para heredar una propiedad como la tuya, primo — dijo Deidara, con un asomo de amargura en la voz— . Mi padre me dejó poco más que una granja arruinada y aquellos ridículos fósiles que coleccionaba. Siempre he tenido ganas de tener algo más que unas cuantas ovejas dispersas y unas viejas piedras.
— Pero comprar la Tierra Perdida... — Naruto miró a su alrededor con expresión preocupada; el desolado paisaje, el terrible aspecto de las ruinas, el murmullo del viento que allí parecía un gemido, obsesivo, amenazador.
— Los hombres que vivieron aquí fueron la causa de desgracia de nuestra familia durante generaciones. Para un St. Namikaze es una tierra manchada. Sin posibilidades.
— Estás hablando como Senju. Un loco supersticioso — se burló Deidara— . Olvidas quién fue una vez propietario del castillo Namikaze, primo. Y olvidas, además, que no necesito tu aprobación.
Deidara saltó a la silla y enroscó las riendas en su mano enguantada.
— Y ahora, si quieres perdonarme. Tengo muchas cosas que atender esta mañana. Debo reunirme con el arquitecto que me va a reconstruir el palacete.
A Naruto le hubiera gustado discutir más el asunto, pero no tuvo otra elección que hacerse a un lado cuando Deidara espoleó al caballo.
— Como siempre, ha sido un placer verte, primo. Eres libre de volver a mis tierras cuando gustes. La próxima vez te prometo que te haré un recibimiento mejor.
Los dientes de Deidara deslumbraron en una sonrisa lobuna mientras ponía al caballo al galope. En lugar de dirigirse hacia la cala, se desvaneció más allá de las colinas cubiertas de niebla.
Naruto sintió el fuerte impulso de salir tras Deidara y obligarle a que recuperara el sentido. Su primo era un loco imprudente o un bastardo muy calculador. Aún después de tantos años, Naruto no había decidido todavía qué era. La idea de Deidara propietario de la Tierra Perdida le producía una sensación de espanto. Aunque Deidara tenía razón acerca de una cosa.
Los Uchihas fueron una vez propietarios del Castillo Namikaze y de la mayor parte de la región de West Penrith. La ambición de los señores quiso que labraran para sí un ducado en Konoha, pero la traición a un rey provocó que fueran despojados de todo salvo aquella desolada propiedad. La parte más preciada de sus propiedades fue adjudicada a un extraño y joven caballero llamado Jiraiya...
Y el destino hizo que el magnífico castillo, situado en lo alto de los acantilados, se convirtiera en el castillo Namikaze, el hogar de los St. Namikaze, mientras que aquella mísera cala, aquellas colinas bajas, esa... esa Tierra Perdida, fuera el de los Uchiha.
Naruto hizo una mueca ante la poca lógica de sus divagaciones. Probablemente, Deidara tenía razón cuando lo llamó loco supersticioso. Y con toda probabilidad, su disgusto por la compra de Deidara de la Tierra Perdida tenía poco que ver con las propias tierras y mucho más con la perspectiva de tenerle establecido tan cerca de los límites del castillo Namikaze. Por Dios, casi hubiera preferido a un Uchiha.
Tenerlo allí se podía convertir en un problema, y cuando volviera a casa, lo primero que haría sería consultar al maldito cristal y...
Naruto soltó una maldición al recordar. No podía consultar el cristal porque había entregado la espada a su esposa. Frunció el entrecejo, descendió la ladera de la colina y se dirigió al lugar donde le esperaba el caballo.
Procuró no pensar en las burlas que Deidara le había hecho sobre Hinata, pero ya se habían adentrado bajo la piel de Naruto como una infección en la sangre.
«Puedes ser un marido muy extraño, primo... ¿Y qué hay de la gran pasión que se supone debe existir entre un St. Namikaze y su esposa elegida? Me sorprende que tu mujer te haya permitido irte de su lado... Hasta el Buscador de novias podría cometer una horrible equivocación...»
Apretó los dientes y montó en el caballo, intentando acallar los insidiosos murmullos que una voz le musitaba al oído. Sin embargo, mientras se alejaba galopando de la Tierra Perdida, no consiguió sacudirse los temores de que había entregado la espada y su alma demasiado pronto a Hinata.
Se dirigió a la aldea y pasó el resto de la mañana allí y entre las casas más alejadas, haciendo preguntas sobre la mujer misteriosa de Senju. Hasta se fue a investigar entre los pescadores en la ensenada, que esperaban lanzar los botes al agua cuando subiera la marea.
Sin embargo, nadie parecía haber observado el paso de ningún extraño recientemente, aparte del emperifollado arquitecto que Deidara había contratado, y de Mei Terumi, una anciana encantadora. Naruto ignoraba por qué seguía investigando el asunto. Quizá porque cuánto más pensaba en ello,
más le gustaba la idea del retorno de un heredero de los Uchiha que arrebatara a Deidara la Tierra Perdida. Después de todo, ¿cuántos problemas podría dar una mujer?
Muchos problemas, pensó mientras volvía al castillo Namikaze horas más tarde. Las nieblas de la mañana se habían disuelto en un cielo lúgubre a última hora de la tarde. Cansado y desanimado, Naruto puso a su caballo al trote y se sintió como si hubiera completado algo.
No había resuelto el misterio de la visitante del cementerio de Senju, así como tampoco había solucionado las perturbadoras inquietudes de su corazón ni la exacta naturaleza de sus sentimientos hacia su esposa.
Pero cuando su caballo pasó debajo de la sombra del viejo castillo, sintió en su sangre un presentimiento. Presentimiento, simplemente porque ahora ella estaba allí. Cuando entró en el patio, levantó la cabeza y miró hacia las elevadas ventanas con celosías.
Fue casi como si esperara ver a Hinata asomada esperando su vuelta, dispuesta a bajar corriendo las escaleras con los brazos abiertos, ofreciéndole su amoroso rostro para recibir sus besos, ofreciéndole una cálida bienvenida de esas que él nunca había conocido. Que le hiciera sentir por primera vez durante años, quizá por primera vez en su vida, que de verdad había llegado a su hogar.
¡Bah! Naruto frenó a su caballo sintiéndose en parte desilusionado y en parte disgustado consigo mismo. ¿Quién era esa mujer que giraba a su alrededor?
Alguien que esperaba su llegada, pero no era Hinata. Oyó su nombre procedente del pórtico superior y al instante apareció Homura Mitokado renqueando mientras descendía las escaleras de piedra.
Naruto nunca había visto al viejo cazurro tan agitado, como si mil demonios lo persiguieran. ¿Y ahora qué? Se preguntó mientras bajaba del caballo. ¿Qué desastre había tenido lugar durante su ausencia? No había tenido ninguna premonición, excepto ese asunto de la última noche con... Inari.
Una sensación de debilidad se apoderó de su estómago. Pero no, demonios. Por la mañana había vuelto a advertir al muchacho que se mantuviera alejado de la pila de leña y le había encargado que llevara a la perrera a Kurama. Cada vez que salía, el viejo sabueso se rompía el corazón intentando seguirlo y el pobre loco estaba demasiado viejo para hacerlo.
Sin embargo, cuando observó la expresión del rostro de Mitokado, pensó que quizá también deberían de haber encerrado en la perrera a Inari.
Mitokado descendió los últimos peldaños, se detuvo para recuperar el aliento y se apoyó en el caballo.
— Oh... oh, amo — dijo jadeando— . Gracias a Dios que ha vuelto a casa. Es algo terrible... Naruto agarró al viejo por el brazo, alarmado e impaciente.
— Recupera el aliento, hombre, y cuéntame. Qué ha sucedido. ¿Se trata de Inari? Que se vaya al infierno. ¿Por qué no me escuchó?
Pero Mitokado lo interrumpió con otro jadeo.
— No. No ha sido Inari. La casa... ha sido invadida.
¿Invadida? Naruto contempló al anciano como si se hubiera vuelto loco. El castillo Namikaze no había sido tomado desde la época del ejército Roundhead de Cromwell.
Era ridículo pensar que tal cosa podía suceder simplemente porque él hubiera salido y... y dejado a su esposa sola y sin protección.
Sintió un ataque de miedo para él desconocido. Dio la vuelta rápidamente y fue a sacar la espada.
— ¿Invadidos? ¿Por quién? — preguntó con ferocidad— .¿Contrabandistas?¿Bandidos?
¿Uchias?
— No — gimió Mitokado dejándose caer de rodillas con un gemido— . Por... por mujeres.
La Historia tiene el propósito de Entretener.
