Capítulo 23

Vals

—A Dana le va a encantar ese regalo.

—¿Tú crees?

—Sí, aunque podrías haber elegido una más económica.

—¿Crees que es demasiado?

—Bueno, una botella de vino Vega Sicilia no es un detalle sin importancia —respondía aun sorprendida.

—Bueno, hay que celebrar un cumpleaños y de paso, celebramos mi primera noche en vuestra casa —respondió satisfecha—. Es un día importante.

—Tienes razón —espetó Quinn entregándole su tarjeta de crédito al camarero del restaurante que habían elegido para comer tras la jornada de compras—, aunque te advierto que a Dana le va a parecer demasiado. De hecho, te va a recriminar que le lleves regalo. Si te ha invitado no es por eso precisamente.

—Bueno, me gusta ser agradecida. Así que no hay más que hablar.

—Yo solo te advierto de lo que te va a decir Dana. Por lo demás, no puedo recriminarte nada. Al fin y al cabo, es tu dinero.

—Exacto. Además, mi presupuesto se ha visto incrementado después de no tener que pagar el alquiler del piso completo. Ahora sí me salen las cuentas.

—Me alegro entonces, pero éste almuerzo lo pago yo.

—Si insistes —sonrió divertida—. Ha estado bien, menos mal que no es como el restaurante de la otra noche.

—Sí, esto es mucho mejor. Al menos más normal.

—Me ha sorprendido que no pidas sopa. Eres toda una kamikaze —bromeó, y Quinn no pudo evitar soltar una tímida carcajada—. Hey, que me parece genial, ¿eh? Es maravilloso que te lances así.

—No, no es eso. Es que este restaurante si lo conozco y sé lo que voy a comer y cómo lo voy a comer.

—Vaya, yo que pensaba que ya habías dejado de lado ese truco de pedir siempre lo mismo.

—Tengo más ases en mi manga —replicó—, aunque eso de lanzarse no está de más. De hecho, es algo que me atrae demasiado.

—¿Ah sí?

—Sí.

—Disculpe señorita, aquí tiene su tarjeta —el camarero interrumpía la conversación y tanto Quinn como Rachel, optaron por desocupar la mesa y abandonar el lugar, que se encontraba en una de las calles paralelas a Market Street.

—¿Qué es lo que te atrae de lanzarte?

—Pues el hecho de hacerlo.

—Pero… ¿A qué piensas lanzarte? —cuestionaba una vez que habían comenzado el paseo de regreso al apartamento.

—A la vida, a no temer…No sé, hay muchas cosas que me atraen y nunca he sido capaz de llevarlas a cabo. Creo que va siendo hora de hacerlo.

—¿Y por qué justo ahora? ¿Por qué no antes?

—Quizás porque ahora es el momento, no lo sé. Puede que el no ver haga que me sienta más vulnerable, pero también me ayuda a no pensarlo demasiado. No es lo mismo lanzarse a un acantilado viendo la profundidad que tiene, a saltar sin verlo, ¿no crees?

—La caída es la misma.

—Pero la diversión es distinta. Igual no me lanzaría si lo viese, pero como no lo hago, pues puede que si me lance.

—Entiendo… Ojos que no ven…

—Corazón que no siente —respondió mordiéndose los labios— ¿Tú nunca te has lanzado?

—Sí. De hecho, es lo que hago constantemente, lanzarme una y otra vez a un acantilado. Pero lo hago con cuerda. Así me aseguro no estamparme contra el suelo. Espero que la cuerda no termine rompiéndose.

—¿Qué pasa si se rompe?

—Me muero.

—¿Tan importante es ese acantilado?

—Es mi vida —espetó con determinación. Sin duda Rachel estaba comparando aquella gran aventura de vivir junto a Quinn sin que ella lo supiera, como un gran salto hacia un acantilado, y era consciente de que la cuerda se tensaba hasta cotas insospechadas, incluso a punto de romperse en algunas ocasiones, pero no iba a dejar de lanzarse, no por ahora—. No sé si tu acantilado es tan importante como el mío, pero te aseguro que, si te lanzas, nunca te arrepentirás de haberlo hecho. Incluso si la cuerda se rompe.

—Entonces, estás de acuerdo conmigo en que debo lanzarme.

—Claro, no creo que haya nada que lo impida. ¿O sí?

—Puede, quizás yo esté decidida a lanzarme sobre un acantilado que no acepta saltadores —bromeó.

—Mmm, pues pregunta a los monitores. Seguro que ellos te dicen si puedes o no lanzarte sobre ese acantilado.

—¿Monitores? Eso ya lo tengo más que asegurado. Todos y cada uno de los monitores de los que hablas, me han dado luz verde para hacerlo.

—Entonces… ¿Cuál es el problema?

—Pues que igual no soy la saltadora que ese acantilado espera. Imagínate que no le gusta mi forma de saltar. ¿Qué se supone que debo hacer?

—No lo sé, pero si yo fuese ese acantilado, sin duda lo tomaba como una experiencia nueva, dejaría que saltases y luego decidiría si me gusta o no.

Quinn se detuvo. Aquella respuesta la puso en alerta, y por un segundo, pensó que quizás todas aquellas metáforas sobre saltar acantilados habían quedado a un lado y la morena sabía perfectamente que hablaba de lanzarse, sobre ella misma.

—¿Qué ocurre? ¿Tú no lo ves así?

—Me estás diciendo que me lance, sin más.

—¿Hay algo que te lo prohíba?

—Mmm no, que yo sepa, no.

—Pues entonces, ¿por qué no? Si se rompe la cuerda, ¿lo pasarás mal? ¿Te arrepentirás?

—No lo creo. De hecho, estoy segura de que mi intuición me dice que me lance porque no voy a sufrir. Es…como tú dices, una experiencia más que quiero vivir.

—Pues no lo dudes. Corre hacia ese acantilado y salta —espetó entusiasmada.

Rachel hablaba completamente convencida de saber que estaba ayudando a Quinn, que estaba haciendo lo que había ido a hacer. Pero lo que no sabía es que estaba hablando de algo que la involucraba a ella directamente. No lo pensó, o quizás no quiso creer que podría tratarse de eso, pero ese acantilado al que Quinn hacía referencia, llevaba su nombre, el nombre de Rebecca Green, y la mismísima Rebecca le estaba diciendo que se lanzara sin miedos.

—Lo tendré en cuenta —musitó completamente contagiada por el entusiasmo que provocaban las palabras de la morena, que en ese preciso instante detuvo la charla y el paso, obligándola a ella a detenerse también— ¿Qué ocurre?

—No lo sé, pero hay un grupo de gente que se dirige hacia donde estamos.

—¿Qué? ¿Un grupo de gente?

—Sí y vienen con instrumentos…Oh dios, ¿Qué es eso? —cuestionó al observar a su alrededor.

Una decena de chicos, con sus correspondientes instrumentos musicales, cortaron la acera de la avenida, interrumpiendo el paso de los transeúntes que observaban curiosos la acción.

—¿Qué pasa Rebecca?

—Están, están cortando la acera y parece que van a tocar algo, tienen instrumentos, flautas, violines…Wow… ¿Qué es todo esto?

— No lo sé, ni siquiera puedo verlos.

No hizo falta. En apenas unos minutos, el grupo al completo comenzó a entonar una reconocible melodía que inundó aquella zona de la avenida. Uno de ellos, el que parecía director de la improvisada orquesta, se dirigía al público.

—¡Feliz día de la música a todos! Disfruten del arte.

—Oh dios… ¿Escuchas eso?

—Es precioso. ¿Están, están tocando a Tchaikovsky?

—El vals de las flores, Quinn —musitó Rachel completamente entusiasmada—. Están bailando.

—¿Qué? ¿Hay un ballet?

—No Quinn, es la gente, la gente que estaba mirando están bailando el vals. ¿Esto está improvisado? Es imposible, es increíble Quinn —susurró justo cuando la buscaba con la mirada, y descubría el gesto resignado que reflejaba la rubia. No fue consciente hasta ese preciso instante de la poca sutileza que estaba teniendo con ella, al describir la escena como lo hacía. Y se lamentó.

—Apuesto a que es un flashmob —replicó Quinn tratando de guiarse por el sonido de la música, sin saber que Rachel a su lado, la miraba a ella—. Es, es algo habitual en esta ciudad. Lo mismo te encuentras un grupo tocando en un puente, que un pintor creando una obra gigantesca en la playa. Ya, ya te irás acostumbrando a estas cosas… Dios, suena muy bien.

—¿Bailamos? —dijo Rachel ignorando la pequeña retahíla que mantenía Quinn.

—¿Qué?

—Está todo el mundo bailando. Me gustaría bailar contigo este vals…

—No, no, lo siento Rebecca, no puedo bailar.

—¿Por qué? Todo el mundo lo está haciendo, y me muero de ganas por bailar contigo. ¿Has bailado alguna vez un vals en mitad de la calle?

—Eh, no. No claro que no, pero…

—¿No decías que querías lanzarte? —la interrumpió colocándose frente a ella— Pues es tu momento de hacer algo nuevo.

—Pero…

—Vamos —susurró tomando su mano y llevándola directamente a su cintura—. Señorita Fabray, ¿me concede este baile?

No pudo hacer nada.

Cuando quiso darse cuenta, sentía como la mano de la morena se acoplaba a su cintura, con la pequeña bolsa y la botella de vino colgando de su brazo, y la otra buscaba su mano, alzándola e invitándola a que tomase la posición adecuada para bailar un vals.

—Rebecca, no sé bailar el vals.

—Yo tampoco —espetó sonriente—, pero da igual. Solo son tres movimientos —añadió incitándola a dar el primer paso lateral, al compa de la música que seguía deleitando a los transeúntes.

No era verdad que todos estuviesen bailando. De hecho, apenas había dos o tres parejas haciéndolo, y ellas un tanto mas separadas del corrillo que se había formado alrededor de la banda. Por no le importó mentirle de nuevo. No, porque habría hecho cualquier cosa con tal de apartar el halo de resignación que reflejó su cara, al saber que no podría ver lo que sucedía a su alrededor. No le importó porque gracias a aquella invitación improvisada, volvía a verla sonreír, y lo hacia frente a ella, mientras se aferraba a su mano y su cintura.

—No me lo puedo creer —susurró con una enorme sonrisa.

—¿No te gusta?

—Me encanta. ¿Ves? Esta es una de esas cosas que no habría hecho si tuviese visión.

—¿Por?

—Solo pensar en la gente que debe de estar mirándonos, me pone nerviosa. Así que imagínate si las veo.

—Nadie nos está mirando. Imagina que solo estamos tú y yo como en uno de esos cuentos de Disney.

—La Bella y la Bestia.

—Por ejemplo…

—Tú eres la Bella.

—Si insistes —bromeó Rachel logrando que las mejillas de Quinn se tiñeran de un leve rubor—. No te rías, es la primera vez que me asocian al personaje hermoso de la historia.

—Yo sería la Bestia, entonces…

—Si insistes. Aunque yo te veo más como Cenicienta.

—Pero eso sería una mezcla un tanto extraña, ¿no crees? ¿Te imaginas a Cenicienta bailando con Bella?

—Ahora está sucediendo —susurró divertida—. Si, sin duda tú eres Cenicienta, y Dana y Santana tus hermanastras.

—¿Y Michael?

—Tu madrastra…

—Pensé que ibas a decir el príncipe azul, pero tienes toda la razón. Michael es la madrastra, sin duda —replicó ampliando la sonrisa—. Menuda película sería.

—Yo haría ese crossover sin pensarlo. Apuesto a que llenaría las salas de cines. La Cenicienta y Bella, bailando el vals de las flores en San Francisco.

—Creo que no he puede ser más gay —soltó logrando que la sonrisa de Rachel se convirtiera en una pequeña carcajada. Una carcajada tan natural y espontanea, que hizo que Quinn detuviera sus pasos, y no solo porque la música había cesado, sino por lo que sintió. Porque de nuevo el recuerdo de Rachel se coló de repente en su mente—. Es increíble que no seas ella —balbuceó.

—No, lo siento, pero no soy Bella, Quinn —dijo ignorando que no era precisamente al personaje del cuento a quien le había recordado.

—¿Ya terminó?

—Eh…Sí —respondió lanzando una mirada a su alrededor—. Me temo que ya dieron las 12. Cenicienta.

—Pues será mejor que regrese a casa… ¿Puede la Bella acompañarme? —espetó volviendo a entrelazar su brazo con el de la morena.

—Si ha podido bailar un vals, ¿por qué no? El cuento lo inventamos nosotras.

—Podríamos crear un mundo imaginario, como Borovnia.

—¿Borovnia? ¿Criaturas Celestiales?

—¿La has visto?

—Sí, por supuesto que sí.

—¿Y te gustó?

—Me encantó. Es increíble…La primera vez que la vi creo que quedé traumatizada de por vida, pero creo que es increíblemente bella.

—Es una película de terror, por mucha magia que aparezca. Eso no me lo puedes negar.

—Lo sé, pero nuestro cuento no tiene por qué tener un final tan horrible como ese, ¿no crees?

—No, no, ni hablar. Nuestra Borovnia sería un lugar en calma, repleta de magia y de paz. Nada de obsesiones pasionales.

—Me gusta. Sin duda, mucho mejor sin esa obsesión pasional. ¿Sabias que esta basado en hechos reales?

—Si, lo sé. Por eso mejor que simplemente sea un cuento. La realidad a veces deja mucho que desear.

—La verdad es que es una historia bastante dura —masculló Rachel.

—Cierto. E incomprensible. No comprendo que puedas llegar a obsesionarte tanto por una persona como para llegar hasta tal punto de locura.

—Bueno, yo lo puedo llegar a comprender en parte.

—¿Qué? —cuestionó Quinn llegando incluso a detenerse por algunos segundos—. ¿Me estás diciendo que entiendes que esa chica matase a su madre porque no aceptaba su relación?

—No, no, claro que no. No justifico eso, me refiero a que cuando alguien se enamora, puede llegar a cometer muchas locuras injustificables. Por supuesto, lo de esas chicas es terrorífico. Es imposible de entender.

—Ok. Me habías asustado —masculló divertida—. Por un momento pensé que serías capaz de algo así, y se me ha puesto la piel de gallina.

—No, no, te aseguro que no sería capaz de hacer algo así. Pero si es cierto que puedes llegar a cometer bastantes locuras. Locuras que pueden llegar a pasarte factura.

—¿Cómo la de hacerse pasar por chef?

—¿Qué? —reaccionó confusa.

—Me dejaste entrever que podrías estar haciéndote pasar por chef solo por amor. Eso es una locura, ¿no?

—Ah…claro, no recordaba eso.

—O sea, que es cierto.

—No…no, he dicho eso.

—Entonces, ¿eres Chef de veras?

—Eh…Tampoco he dicho eso —bromeó.

—Ok, ¿puedo hacerte una pregunta sin que me respondas con otra o algo que yo deba adivinar?

—Mmm, está bien…Pero hazlo pronto, estamos a punto de llegar —espetó lanzando una mirada hacia el bloque de apartamentos, que ya aparecía ante ellas.

—Ok… ¿Estás aquí por amor?

Rachel no se lo esperó, a pesar de haber estado tanteando aquella conversación, jamás esperó que Quinn le preguntase aquello de forma tan directa. Y tampoco lo deseó.

No sabía cómo responderle. La verdad era que sí, que estaba allí por amor, por absoluto y puro amor hacia ella, pero debía mentirle.

—No, no estoy aquí por amor —respondía completamente apenada—, solo por trabajo.

—Ok. ¿Ves? No es tan difícil dejar tranquila a tu nueva compañera de piso.

—¿Ahora estás tranquila?

—Después de lo que me has dicho sobre la peli y que hay locuras que están justificadas en el amor, había empezado a preocuparme —replicó divertida—. Pero ahora que sé que solo estás aquí por trabajo, puedo descansar tranquila.

—Me alegro. No era mi intención que creyeras que soy como Juliet. Por cierto, hablando de compañeras, ahí viene Dana con más chicas.

—¿Dónde?

—Pues están a punto de saludarte —susurró lanzando una sonrisa hacia Dana, que con un gesto de disgusto la buscaba con la mirada, mientras sus amigas sonreían divertidas.

—Hola chicas.

—Hola…

—Dana, ¿qué haces aquí?

—Hola Quinn —la saludó una de las chicas que acompañaban a Dana.

—Hey… ¿Janis?

—Sí, hola, ¿cómo estás? —la chica se acercó hasta Quinn y no dudó en acariciar su brazo a modo de saludo.

—Bien, muy bien, gracias… ¿Qué tal tú? ¿Venís las dos?

—No, también está Lindsay y Sophie.

—Hola Quinn —saludaban ambas casi al mismo tiempo.

—Hola chicas, mirad…Ella es Rebecca —dijo girándose a hacia la morena—. Es nuestra nueva compañera de piso.

—Hola.

El saludo de la morena fue recibido con sendas sonrisas y algún apretón de manos por parte de las chicas.

—Quinn, ¿tienes algo que hacer? —preguntó Dana.

—Eh…Pues sí.

—¿Lo veis chicas? Quinn está ocupada, así que no podéis hacer nada.

—¿Es importante? —interrumpió Janis— Necesitamos un favor tuyo.

—¿Qué favor?

—Que te quedes con Dana hasta la hora de la cena, y no permitas que entre en el apartamento.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque son imbéciles —espetó Dana completamente malhumorada.

—No le hagas caso, queremos preparar la cena de esta noche, pero no queremos que lo vea. Va a ser una sorpresa.

—Ah…vaya, he…he quedado en ayudar a Rebecca a organizar su habitación.

—Listo, lo siento, pero no podéis hacer nada.

—No, no te preocupes Quinn —intervino Rachel—. Ve con ella.

—¿Qué? No, ella te tiene que ayudar —masculló Dana.

—Te prometí que te iba a ayudar —se dirigió a la morena—. Te lo debo.

—No te preocupes. Es más importante eso —espetó con una leve sonrisa, siendo cómplice de las amigas de Dana que comenzaban a sonreír entre ellas.

—¿Segura?

—No, claro que no está segura —se quejó Dana—. Rebecca… ¿Qué te he hecho yo? ¿Primero me lanzas café y ahora vas a hacer posible que estas salvajes entren en mi casa?

—Hey…yo no estoy haciendo nada, solo digo que no necesito ayuda —trató de mostrarse seria.

—Perfecto —interrumpía Janis—. Quinn, te encargas de mantener a ésta aburrida alejada de la casa, mientras nosotras nos preparamos la cena. Vamos —miró a Dana—, dame las llaves de tu casa.

—Hey…Un momento, os recuerdo que también es mi casa y no voy a consentir que la destrocéis.

—Tranquila, solo vamos a cocinar.

—Ok, entonces que Rebecca esté presente con vosotras.

—¿Yo? —cuestionó Rachel completamente confusa.

—Sí, además podrás guiarlas. Eres chef ¿no? —espetó con una divertida sonrisa, poniéndola entre la espada y la pared.

—Eh…

—¿Eres chef? —intervino Janis— Genial, porque necesitamos a una. Vamos, no perdamos más tiempo.

—Oh dios…—se lamentó Rachel, y el suspiro repleto de resignación, divirtió aún más a Quinn.

—Ok, Rebecca, ¿puedes dejar esto en mi habitación? —le preguntó al tiempo que le mostraba la pequeña bolsa donde llevaba el regalo de Dana.

—Claro, sin problema —le dijo acercándose a ella—. Pero ésta jugada que me acabas de hacer, me la voy a cobrar —añadió y Quinn terminó mordiéndose el labio.

—¿Vamos? —preguntó Janis rompiendo la breve conversación.

—Vamos…

—Cuidad de mi casa —soltó Quinn con sarcasmo.

—Tranquila Quinn, está en buenas manos.

—Yo las vigilo —masculló una Rachel al tiempo que accedía al portal.

—¡Rebecca! —exclamó Dana obligándola a detenerse justo en el umbral de la puerta—. Me empiezas a caer mal.

Una sonrisa fue la única respuesta de Rachel, que cuando quiso darse cuenta, estaba dentro de su nuevo apartamento, con tres chicas a las que conocía de nada, preparando una fiesta para alguien que recién acababa de conocer. Y todo ello, por Quinn. Como siempre. Lo que no sabía, era que, de nuevo, un golpe de suerte la iba a librar de buscar cualquier excusa para justificar su total y absoluta incapacidad como chef.

—Bueno, en realidad no necesitamos a ningún chef —comentó Janis nada más acceder al interior del apartamento, provocando la sorpresa en Rachel—, hemos comprado la comida y solo tenemos que presentarla. Así que, no vamos a usar demasiado tu don con la cocina.

—Oh, vaya… Bueno, otra vez será. Supongo…—balbuceó conteniendo las ganas de gritar que sintió tras el alivio que le supuso.

—Pero si vamos a necesitar que nos guíes, y nos ayudes en una cosa en concreto.

—Claro, os ayudo en todo lo que pueda. ¿Qué necesitáis?

—Primero, queremos decorar un poco la casa, pero de eso nos encargamos nosotras. Lo que nos va a venir bien es saber si sabes manejar la manga pastelera. Hemos encargado una tarta que debe estar al llegar, y queremos ponerle una pequeña dedicatoria.

—Uhh…Bueno no es mi especialidad —se excusó—, pero puedo intentarlo. He visto a muchos compañeros hacerlo —mintió. Y lo hacia sin siquiera pensar en ello.

—Ok, perfecto, chicas. Manos a la obra. ¿Quién va por la comida al Brooklyn?

—¿Al Brooklyn?

—Sí, María, la dueña, nos la está guardando mientras.

—¿También conocéis a María? —cuestionó Rachel.

—Sí —respondía al tiempo que se lanzaban algunas sonrisas traviesas entre ellas. Gesto que provocó una cierta curiosidad en la morena—. Todas conocemos a María.

—Ok, chicas —exclamó Janis—, empezamos a decorar, o se nos va a echar la hora encima.

Y así estuvieron durante la casi hora y media que duró el divertido trabajo en el que decenas de globos comenzaban a inundar el salón, y algunos artículos de fiestas quedaban repartidos en prácticamente todo el mobiliario de la casa, incluida la habitación de Dana.

Pero lo más significativo de la fiesta, más allá de la extraña cena, un tanto afrodisiaca según decían, fue la aparición estelar de la tarta, que llegó justo a la hora pactada, y provocando la sorpresa en Rachel. La única que desconocía el motivo de decoración que habían escogido para la misma.

Una réplica exacta del cuerpo de un chico completamente desnudo, cubierto por caramelos en las zonas más íntimas, y con un rostro que, sin duda, le resultaba muy familiar.

Michael.

El chico era el elegido para dar forma al rostro de aquel cuerpo de bizcocho y chocolate, que había provocado gran multitud de risas entre las chicas.

—Vamos chef, es tu turno —Sophie se dirigió hacia Rachel con una manga pastelera entre sus manos.

—¿Mi turno?

—Sí, al pastel le falta un detalle muy importante que en la pastelería no podían poner, ya sabes…

—No…No entiendo.

—Vamos Rebecca, a este chico le falta una zona en especial, tienes la manga pastelera llena de chocolate. Demuéstranos que eres chef —masculló otra de las chicas.

Rachel dudaba. Observaba la tarta y, evidentemente, había un detalle visible que faltaba en aquel cuerpo, y sin saber por qué, comenzó a sudar. Las miradas entre las chicas eran cada vez más intensas y divertidas, siendo conscientes de las dudas que estaban empezando a colapsarla.

—¿Tengo…tengo que hacer un…?

—Vamos, seguro que tienes buena letra y puedes escribir un, FELICIDADES DANA, en el torso, ¿no? —espetó Janis con humor.

—¿Letras?

—Claro… ¿No ves que le falta ese detalle? —comenzaron a reír.

—Oh dios. Pensaba que queríais que le pusiese un, bueno ya sabéis…

—No somos tan pervertidas.

—Ok…Voy a intentar hacerlo lo mejor que…—no pudo terminar la frase. En ese instante la puerta se abría, provocando un pequeño susto entre todas hasta que descubrieron que era Michael, quien completamente sorprendido entraba en el apartamento.

—¿Qué es todo esto? ¿Ese soy yo? —se dirigió hacia la tarta.

—Sí, pero no es para ti —respondió Lindsay—. Es nuestra pequeña broma para Dana, así que ni se te ocurra decir nada.

—Una tarta con mi cara. Ok, esto sí que no me lo esperaba —rio divertido.

—Ya que estás aquí —interrumpió Rachel—, podrías hacer los honores y poner la dedicatoria tú, así es más personal.

—Eso está hecho —le respondió regalándole de nuevo otro golpe de suerte. Rachel ni siquiera se lo pensó, y le entregó la manga permitiéndole que tuviera él el honor de escribir la dedicatoria. Y así lo hizo para sorpresa de todas.

—Oye, tienes mucha práctica, ¿no? —cuestionó Janis.

—Tengo sobrinos. ¿Sabes cuantas tartas he tenido que decorar en mi vida? —bromeó—. Listo, ya está, "Felicidades Dana". Soy un genio.

—Sin duda, está perfecto.

—Pues ya está mi pequeña aportación a la fiesta. Bien, me ducho y os dejo a solas, que me han dicho que esta noche es solo de chicas. ¿Verdad?

—Sí, así es. Lo siento Michael, otro día le das tu regalo a Dana.

—A Dana ya le di yo mi regalo —respondió divertido—. Por cierto…—volvió a tomar la manga pastelera— A esto le falta un gran detalle —espetó al tiempo que exprimía el chocolate sobre la zona genital del muñeco—. Listo, ahora si está completo —bromeó provocando la sorpresa del resto de las chicas.

—Oh dios —murmuró Rachel.

—Hey…Os aviso que en el 5º al parecer hay una fiesta de un equipo de futbol, así que tened cuidado con esos salvajes. Ven a una chica y se vuelven locos —advirtió.

—Tranquilo agente, sabemos cuidarnos.

Respuesta que no gustó en absoluto a Michael, que, tras tomar una ducha, abandonó la casa, dejándola completamente libre para aquella noche de chicas.

Una noche que estaba a punto de llegar. Rachel ya permanecía en su habitación, preparando su cama mientras las demás chicas terminaban la decoración, y esperaban la llegada de Dana y Quinn. Lo hicieron justo a las 8 de la noche, la hora indicada para comenzar la fiesta, y la sorpresa en su rostro al descubrir la decoración, dejaba entrever que le había gustado sin duda, no así Quinn, que lamentablemente no podía disfrutar de lo preparado en su casa.

El peor momento de la noche llegó con el momento de la cena.

Su botella de Vega Sicilia fue toda una sorpresa para Dana, que agradeció aquel detalle completamente entusiasmada. Quizás aquello fue lo único bueno para Rachel, que tuvo que enfrentarse al peor momento de su larga vida como vegetariana, al comprobar que el menú de aquella noche estaba compuesto por Ostras.

Por suerte, el tener algo de tiempo para ella, le hizo planear la mejor de las excusas para no tener que sucumbir al dichoso bivalvo, y conformarse con una de las ensaladas que ella mismo se había atrevido a preparar.

—¿Qué eres alérgica a los moluscos? —cuestionó Lindsay al escuchar la excusa que Rachel daba una vez que estaba sentada en la mesa.

—Ajam…

—Pero, ¿y por qué no lo has dicho? ¿Habríamos preparado otra cosa?

Quinn esperaba impaciente la reacción. Definitivamente, Rebecca era especial con la comida. Lo había podido comprobar la noche anterior cuando fueron a cenar juntas, y aquella misma mañana, cuando dejó claro que lo era.

—No os preocupéis, la fiesta es para Dana, yo me conformo con esta ensalada.

—Tendrías que haberlo dicho. Hay más cosas en la nevera, podemos preparar algo más. ¿Verdad chicas?

—Sí, antes vi unos filetes de ternera, podemos hacerlos.

—No, no —interrumpió rápidamente—, no es necesario, de verdad. Disfrutad de las ostras, yo ceno ensalada. Además, prefiero algo más ligero.

Aquella nueva excusa de la morena comenzó a hacer dudar a Quinn, que había empezado a encontrarle un sentido a su actitud.

Por suerte, aquel pequeño conflicto fue desvaneciéndose poco a poco conforme la botella de vino iba cayendo entre copas y brindis. Las risas y las charlas se hacían cada vez más amenas en la mesa, hasta que llegó el momento culmen de la cena.

Los platos ya permanecían vacíos, y Rachel esperaba que el pastel fuese la sorpresa final, pero no era así. Una frase cambió el rumbo de la fiesta, de aquella noche y probablemente de su vida.

—¡Red solo cup! —exclamó Lindsay provocando las risotadas de las demás, y la negación absoluta por parte de Dana, que no parecía estar de acuerdo.

—No, no ni hablar…Aún es temprano.

—Si quieres tus regalos, tienes que superar la prueba del Red Solo Cup, así que chicas, traed el coctel.

Rachel no entendía nada y Quinn, intuyendo el desconcierto de la morena, no dudó en abandonar su lugar frente a ella en la mesa, y tomar asiento a su lado. Mientras las chicas acudían a la cocina y Dana luchaba por no llevar a cabo aquel juego que se había convertido en una tradición.

—¿Sabes lo que es Red Solo Cup? —cuestionó divertida.

—Eh…pues hasta donde sé, una canción de Toby Keith, y una marca de vasos.

—Ajam… Pero además es un juego que han inventado.

—¿Un juego?

—Sí, la cumpleañera tiene que ser capaz de tomarse un vaso de la marca Solo Cup Company con algún cóctel que las demás han hecho. Si lo consigue, todas les damos sus regalos, si no lo consigue, tiene que cumplir una condena o prueba.

—Vaya, suena divertido… ¿Qué le van a servir? —cuestiono observando como Janis volcaba una pequeña botella sobre aquel típico y conocido vaso de color rojo.

—No lo sé, pero te aseguro que no se lo bebe de golpe. La gracia está en que no pueda hacerlo para cumplir la condena.

—Chicas…Basta, estáis echando demasiado —se quejó Dana al ver como el vaso casi se había llenado.

—Es la tradición. Vamos, prepárate para viajar.

—¿Viajar? Oh dios, ¿que habéis preparado?

—Nada de preguntas. Bebe… ¡Vamos! —exclamó Janis entregándole el vaso.

—Oh dios, como se beba eso merece un premio —murmuró Rachel para que Quinn pudiese intuir al menos lo que le esperaba a Dana—. Tiene un color horrendo.

—Ya imagino —sonrió—. Lo está oliendo, ¿verdad?

—Sí —respondía sin apartar la mirada de Dana, que, tras pensarlo varios minutos, se decidió a beber.

Pero no lo consiguió.

Apenas probó la bebida, terminó escupiendo parte de ella con un gesto desagradable en su rostro.

—Puag…¿Qué es esto?

—¡Prueba fallida! Cumplirás condena —exclamó Lindsay.

—Dios, ¿qué diablos es esto? —seguía saboreando el cóctel.

—Lo siento, es brebaje de brujas, así que es secreto. Vamos…a la habitación, hay que prepararte para la prueba.

—Odio esto. No me gusta —se quejó al tiempo que acudía hasta su habitación acompañada por sus amigas.

—¿Qué van a hacer? —cuestionó Rachel completamente sorprendida.

—No lo sé, seguramente harán que se disfrace y tendrá que hacer alguna locura —respondía a escasos centímetros de la morena, que comenzó a ser consciente de la situación de Quinn junto a ella.

La rubia se había acercado tanto a ella que prácticamente permanecía apoyada en su brazo.

—Ah…

—Oye —susurró—, mi regalo está en mi habitación, ¿verdad?

—Sí, tranquila…Lo dejé sobre tu escritorio.

—Perfecto….

—¿De qué te ríes?

—De nada —respondía aún más sonriente.

—¿Qué pasa, Quinn? —cuestionó curiosa.

—Estoy segura de que piensas que estoy acosándote al sentarme aquí, tan cerca.

—¿Qué? Eh, no…no claro que no —se excusó.

—Tiene su explicación.

—¿Ah sí? ¿Cuál?

—Me temo que tu vino me afecta demasiado rápido, y tener esa sensación sin poder ver es bastante complicado de sobrellevar. Tengo la sensación de que me voy a caer constantemente —sonreía completamente avergonzada—. Por eso me apoyo…

—Ohh. No, no lo sabía, pero no te preocupes, todo está bien. Puedes…puedes apoyarte en mi sin problemas. Sabes que me gusta ser tu bastón.

—Gracias.

— Si te encuentras mal me lo dices, ¿Ok?

—Tranquila, estoy bien. Solo necesito mantener un poco el equilibrio.

—Ok…Pues aquí me tienes —respondía ofreciéndole su brazo para que se mantuviera firme.

—Gracias —susurró de forma que a punto estuvo de acabar con la voluntad de Rachel para mantenerse fría.

No era buena idea tener a Quinn básicamente, exigiendo su cuerpo como apoyo para mantenerse erguida. Pero lo peor no era eso, sino tener que lidiar con aquellos sentimientos y soportar con entereza la seductora forma de hablar de la rubia, que parecía disfrutar con aquella forma de tratarla.

Por suerte la interrupción de las chicas, la sacó del barullo de pensamientos que se contradecían constantemente en su mente.

—¡Vamos Dana, vamos! —gritaba Lindsay al tiempo que la chica salía de su habitación, provocando la sorpresa en Rachel y una incesante intriga en Quinn.

—¡Oh dios, oh dios! —exclamó.

—¿Qué? ¿Qué hace? ¿De que la han disfrazado?

—De nada, va en ropa interior.

—¿Qué?

—Les informo de cuál es el plan —espetó Janis—. La señorita Moore tiene que salir en ropa interior, con esos calzoncillos de Michael puestos —señaló hacia la prenda que completamente avergonzada vestía la chica—, y tiene que subir a la 5ª planta y bailar por el pasillo.

—No…no me podéis hacer esto. No puede ser.

—Ok. Ok, un momento —intervino Quinn— Michael nos ha dicho que hay una fiesta de un equipo de futbol en esa planta.

—Lo sabemos, por eso va a subir y se va a divertir —replicó Janis—. Vamos Dana, tienes que hacerlo ya.

—Mierda…mierda, mierda —se quejó Dana—. Al menos dadme la botella de vino, que crean que estoy borracha no que soy imbécil.

—Oh dios, ¿lo va a hacer? —cuestionó Rachel en voz baja.

—Sin duda, Dana hace lo que sea por recibir regalos.

Dicho y hecho.

Dana, seguida de sus tres amigas y de Rachel y Quinn en última instancia, se colaron en el ascensor, riendo a carcajadas mientras la afectada se lamentaba constantemente.

—Como Michael sepa que he llevo sus calzoncillos, se va a enfadar.

—Tranquila, ni se va a enterar —bromeó Janis—. Vamos, hemos llegado.

La puerta del ascensor se abría frente al rellano de la 5ª que al contrario de la 4ª, era un pasillo, y en el que se encontraban alguno de los invitados de aquella fiesta de graduación que se estaba llevando a cabo en uno de los pisos.

Todos aquellos chicos eran jugadores de futbol, que completamente asombrados, vieron aparecer a Dana, que comenzaba su baile a través de aquel pasillo, ante las risas de sus amigas y la sorpresa absoluta de Rachel, que desde dentro del ascensor observaba incrédula el gesto.

—Lo está haciendo, ¿verdad? —cuestionó Quinn sin poder ser testigo del hecho.

—Sí, oh dios…Hay chicos por todas partes, y está bailando como si nada. No me lo puedo creer.

—Acostúmbrate, Rebecca —susurró—. Estas cosas solo las encuentras en San Francisco.

—Ya veo…Entre eso y el vals de esta tarde, me temo que he cubierto mi cupo de sorpresas por hoy.

—¿Estamos a solas?

—Eh…sí, bueno, las chicas están grabando a Dana y ahora mismo se acaba de meter en la fiesta —masculló—. Oh dios, ha entrado en la fiesta y las chicas la siguen.

—¡No! —se lamentó.

—Sí.

—Ok…Las hemos perdido, ¿lo sabes?

—¿Cómo?

—Pues que probablemente se queden ahí.

—¿Y tú quieres entrar ahí? —preguntó temerosa por recibir una respuesta positiva. Lo último que le apetecía era tener que cuidar de ella en una fiesta repleta de chicos y alcohol.

—No, quiero bajar. Me gustaría escribirle una nota a Dana para su regalo, ¿puedes ayudarme?

—Claro… ¿Vamos ya?

—Sí, por favor —suplicó—, aprovechemos que Dana no está.

Rachel no dudó y provocaba que el ascensor se cerrase para llevar a cabo aquella acción, pero como siempre, algo debía salirle mal y aquel día ya había ido demasiado bien para acabar sin ninguno de sus fallos.

—¡Mierda! —exclamó al darse cuenta de lo que sucedía.

—¿Te has equivocado de planta de nuevo? —cuestionó Quinn divertida.

—Lo siento, le he vuelto a dar al botón de la azotea.

—Me he dado cuenta en cuanto se ha puesto en marcha, puedo notar como sube y no baja.

—Lo siento —se disculpó al llegar a la última planta—, ya bajamos.

—Espera —la detuvo—. Salgamos un momento.

—¿Qué?

—Vamos…Salgamos un momento a la azotea, me vendrá bien un poco de aire —respondía justo en el mismo instante en el que la puerta del ascensor se abría ante ella, e incitaba a la morena a salir al exterior.

—¿Te encuentras mal?

—No…Pero tenía ganas de subir aquí, y que mejor momento que éste.

—Bien, al menos mi error sirve para algo —espetó al salir al exterior y contemplar la azotea al completo.

Era grande, muy grande y un tanto oscura, pero había algo que la iluminaba.

El Four Seasons, situado junto a aquel bloque, superaba en altura el edificio, y las luces de su fachada permitían la perfecta visión del lugar, a pesar de la oscuridad de la noche.

—¿Te gusta?

—Sí, además es perfecta para contemplar las estrellas. Tenías razón, se ven perfectas.

—Mira hacia el norte, justo encima del hotel.

—¿Qué pasa ahí? ¿Tengo que ver algo?

—Altair…Es la estrella más brillante de la constelación del Águila.

—Mmm, veo bastantes estrellas, me temo que me va a ser complicado distinguirlas.

—Bueno…Lo importante es que está ahí y aunque no la veas, se puede sentir… Cierra los ojos.

—¿Quieres que cierre los ojos?

—Sí, y que alces tu cabeza hacia ese lugar. Verás como la sientes.

Rachel lo hizo, a pesar de que podía fingir perfectamente estar llevando a cabo esa acción, no dudó en hacerlo, tal y como le había pedido. Y pronto se vio parada en mitad de aquella azotea, alzando su cabeza hacia el norte con los ojos completamente cerrados, y sintiendo el brazo de la rubia junto al suyo.

—¿No sientes la energía? Está apenas a 16 años luz de nuestro sistema solar y…tan solo tiene unos 630 millones de años, nada más.

—Es joven —bromeó sin abrir los ojos.

—Ajam…Es compañera de Deneb y de Vega, juntas forman el triángulo de verano. Todo el mundo habla de Vega, pero mi favorita es Altair.

—No sabía que tuvieses estrellas favoritas. ¿Sabes de astronomía?

—No mucho. Una vez escuche a alguien hablar de esas estrellas, y me llenó de curiosidad.

—¿A alguien?

—Si. En la discoteca de un hotel de Los Ángeles. Fue al poco de venir a San Francisco. Santana, Brittany y yo nos fuimos un fin de semana a divertirnos, y mientras me tomaba una copa, vi como una chica le hablaba a otra sobre estrellas y constelaciones. Ni siquiera pude verles la cara, pero me sentí terriblemente identificada con una de ellas.

—¿Con cuál de las dos?

—Con la que trataba de aprender. Te vas a pensar que quizás estoy loca, pero por un momento, sentí que esa chica era yo.

—¿Y la otra?

—La otra le explicaba cómo se veían las constelaciones en el cielo, trazándolas sobre sus manos. Me creó tanta curiosidad, que decidí buscarlas por mi misma.

—Interesante.

—No…No lo es.

—¿Cómo? —Rachel abrió los ojos buscándola.

—Dudo que encuentres interesante eso. De hecho, estoy convencida de que ni siquiera crees esa historia. Pero como eres buena chica, escuchas mis locuras como si fueran interesantes —espetó divertida—. Apuesto a que incluso has cerrado los ojos, y has tratado de sentir esa energía.

—¿Te estabas riendo de mí?

—No. En absoluto, pero nadie suele hacerme caso cuando digo que las estrellas pueden sentirse.

—Pues a mí me parece interesante que me expliques esas cosas, aunque no sea algo habitual en mi vida. Yo también sería como esa chica de la que hablas.

—Yo estoy convencida de que tú serias quien trazaría las constelaciones en la palma de la mano.

—Tal vez si conociera sobre ese mundo, sí. Probablemente lo haría —dijo siendo consciente del paralelismo.

—Quizás, en vez de estrellas, la enseñarías a bailar un vals.

—Sí. Sobre todo, si es el vals de las flores —respondía divertida—. Pero me gusta aprender cosas nuevas. Y eso que me has dicho sobre Vega, Altair y…

—Deneb…

—Eso, Deneb, pues me parece interesante.

—Ok. Me alegro que de veras lo sientas así. Podemos celebrar bailando de nuevo ese vals.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Ahora —le dijo colocándose frente a ella.

—¿Quieres que bailemos el vals ahora?

—Sí, antes me obligaste a hacerlo delante de personas que no conocía de nada. Ahora te obligo yo a hacerlo bajo mis amigas, Altair, Deneb y Vega.

—Quinn, ¿estás hablando en serio?

—Claro —se posicionó—, vamos, esta vez dejo que seas Cenicienta.

—¿Te está afectando el vino?

—¿No quieres bailar conmigo? Eso duele.

No podía creerlo. Rachel miraba a su alrededor y, de nuevo, volvía a posar su mirada sobre Quinn, que, con la posición perfecta para comenzar el baile, esperaba impaciente a que se decidiera. Y así lo hizo.

Tomó su mano derecha y la izquierda la colocó sobre su hombro, mientras ella se aferraba a la cintura.

Pie izquierdo hacia adelante, paso hacia la derecha, pie izquierdo alzado, paso hacia atrás.

No terminaba de creer que estuviese bailando un vals imaginario con Quinn en aquella azotea, en aquel momento de la noche y sin motivo alguno, más que el de divertirse y seguirle el juego, mientras Quinn comenzaba a tararear una melodía que lógicamente, le iba a resultar familiar.

—¿Eso es de Strauss?

—El Vals del emperador.

—Vaya…Veo que te gusta la música clásica, antes reconociste perfectamente el vals de las flores.

—Mi vida ha estado relacionada con la música durante muchos años, y desde un tiempo a esta parte, también con las flores.

—¿También te gustan las flores? Déjame adivinar, ¿viste como una chica le hablaba a otra sobre el mensaje secreto de las flores, y te fascinó?

—Mmm, pues, no. Ojalá, pero no. Mi amor por las flores es algo más… Personal.

—Ok. Pues te pediré consejo si algún día pienso regalar una.

—Perfecto —susurró satisfecha—. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Acabas de reconocer lo que tarareo. Eso tiene mucho mérito. ¿Has estudiado música?

—No —mintió—, simple curiosidad.

—Bien. Me gusta la gente curiosa.

—Bailas bien, me has engañado antes —espetaba sin detener la sucesión de pasos, que, aunque no eran los adecuados en aquel baile, bien podrían serlo.

—Baila con los ojos cerrados, apuesto a que también bailarás bien.

—¿Quieres que vuelva a cerrar los ojos?

—Sí, quiero estar en igualdad de condiciones, y me temo que no me puedo poner en tu lugar.

—Ok…Ya cierro los ojos.

—¿No mientes?

—No —no lo hacía. Rachel mantenía los ojos cerrados.

—Déjame que lo compruebe —susurró deteniendo el baile, y soltando una de las manos que permanecían ancladas a la cintura de la morena.

No lo dudó. Quinn buscó el rostro de Rachel para cerciorarse de que permanecía con los ojos cerrados, pero aquella acción le llevó hacia otro lugar.

Era la primera vez que podía descubrir el rostro de aquella chica, y una extraña sensación comenzó a recórrela al hacerlo, tanto que no pudo evitar destruir el poco espacio que las separaba.

Rachel lo notó. Sentía como su mano recorría su mejilla con suavidad, y trataba de averiguar si sus ojos estaban cerrados. Pero algo la hizo detenerse justo ahí, en su mejilla. Hecho que provocó a la morena, y la incitó a abrir los ojos para descubrir como Quinn se había acercado lo suficiente a ella, como para incluso rozar su nariz.

La respiración dificultaba su reacción. Su mente no funcionaba en ese instante en el que sabía cuáles eran las intenciones de Quinn. Era su corazón el que seguía latiendo, tratando de mantener un pulso constante en su cuerpo, pero le era imposible.

—Quinn —susurró al sentir el aliento de la rubia junto a sus labios.

—Shhh…