CAPITULO 22
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La anciana volvió a sonreír al ver la expresión sorprendida de Aurea.
—Mis hijos recorren las cuatro esquinas de la Tierra. No existe hombre ni animal ni pájaro al que no conozcan. ¿Qué es lo que buscas?
Aurea les contó la extraña historia de su matrimonio con el príncipe Cuervo, lo de su séquito y sirvientes alados y lo de su búsqueda de su marido perdido. Los tres primeros Vientos negaron con la cabeza, pesarosos; no habían oído hablar del príncipe Cuervo. Pero el Viento Oeste, el hijo alto y huesudo, pensó un momento y luego dijo:
—Hace un tiempo, una pequeña alcaudón me contó una extraña historia. Me dijo que hay un castillo en medio de unas nubes en el que los pájaros hablan con voces humanas. Si quieres, te llevaré allí.
Entonces Aurea montó a la espalda del Viento Oeste y le rodeó firmemente el cuello con los brazos, no fuera a caerse, porque el Viento Oeste vuela más rápido que cualquier pájaro.
DeEl príncipe Cuervo.
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Harry se tironeó su antifaz de seda negra.
—Explíqueme otra vez por qué vamos enmascarados, milord.
Edward tamborileó los dedos en la portezuela del coche, deseando que los caballos pudieran ir al galope por las calles de Londres.
—La última vez que estuve en la Gruta hubo un pequeño malentendido.
—Un malentendido —repitió Harry en voz baja, como si eso no fuera suficiente explicación.
—Sería mejor si no me reconocieran —añadió Edward, entonces.
—¿De veras? —preguntó Crowley, dejando de tironearse su antifaz; parecía fascinado—. No sabía que Afrodita le prohibiera la entrada a nadie. ¿Qué hiciste exactamente?
—No tiene importancia —dijo Edward, agitando la mano impaciente—. Lo único que tenéis que saber es que debemos ser discretos cuando entremos.
—¿Y Harry y yo vamos enmascarados porque…?
—Porque si ese hombre me conoce tan bien como para saber lo de mi compromiso con la señorita Gerard, también sabrá que los tres somos camaradas.
Harry gruñó algo, al parecer su manifestación de acuerdo.
—Ah, en ese caso tal vez deberíamos ponerle máscara al perro también —dijo el vizconde, mirando a Jock.
Jock iba sentado muy derecho en el asiento al lado de Harry, mirando atentamente por la ventanilla.
—Habla en serio —gruñó Edward.
—Lo he dicho en serio —masculló Crowley.
Edward no le hizo caso y se puso a mirar por la ventanilla. Estaban en un barrio cercano al East End, no de mala reputación exactamente pero no del todo respetable tampoco. Captó un movimiento de faldas en una puerta al pasar; una prostituta exhibiendo su mercancía. Personas de apariencia menos benévola acechaban en las sombras también. Parte del atractivo de la Gruta de Afrodita era que estaba a horcajadas sobre la fina raya entre lo ilícito y lo verdaderamente peligroso. Por lo visto, el hecho de que cualquier noche a unos pocos clientes de la Gruta les robaran o hicieran algo peor no disminuía el atractivo; para un cierto tipo de personas, eso sin duda se lo aumentaba.
El resplandor de luces por delante les indicó que se estaban acercando a la Gruta. Pasado un momento apareció a la vista su falsa fachada griega. El mármol blanco y la abundancia de ornamentos dorados le daban al establecimiento un aire de vulgar magnificencia.
—¿Qué piensa hacer para encontrar al chantajista? —le preguntó Harry en voz baja cuando bajaron del coche.
Edward se encogió de hombros.
—A las nueve sabremos cuál es la magnitud del campo —dijo, y echó a caminar hacia la entrada con toda la arrogancia que le daba el respaldo de nueve generaciones de aristócratas.
Dos fornidos individuos ataviados con togas guardaban las puertas. La del que estaba más cerca era algo corta y dejaba ver unas pantorrillas pasmosamente peludas.
Al ver a Edward, el guardia entrecerró los ojos, desconfiado.
—Vamos a ver, ¿no es usted el conde de…?
—Cuánto me alegra que me reconozcas —dijo Edward, poniéndole una mano en el hombro y tendiéndole la otra, aparentemente para darle un amistoso apretón.
En la palma abierta había una guinea. El guardia cerró la mano sobre la moneda de oro y ésta desapareció en los pliegues de su toga. Entonces le sonrió untuosamente.
—Todo eso está muy bien, milord, pero después de la última vez, ¿tal vez no le importaría…? —Se frotó los dedos, sugerente.
Edward lo miró ceñudo. ¡Qué jeta! Le acercó la cara hasta que le olió la pudrición de los dientes.
—Tal vez me importaría.
Jock gruñó.
El guardia retrocedió, levantando las manos en gesto tranquilizador.
—No pasa nada. ¡Muy bien, milord! Pase, pase.
Edward asintió secamente y subió la escalinata. A su lado, Crowley musitó:
—En serio, tendrás que contarme ese malentendido alguna vez.
Harry se rió.
Edward se desentendió de ellos. Ya habían entrado y tenía asuntos más importantes que considerar.
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Bella estaba en el vestíbulo de la casa de ciudad de Edward interrogando a Dreary. Todavía llevaba su polvoriento vestido de viaje.
—¿Adonde fue?
—No lo sé, señora, seguro.
Y de verdad el mayordomo parecía no tener ni idea. Lo miró fijamente, frustrada. Se había pasado todo el día viajando, había formulado y reformulado la frase para pedirle disculpas a Edward, incluso había soñado con compensarlo después, y ahora el muy tonto ni siquiera estaba ahí. La situación era anticlimática por decirlo suave.
—¿Nadie sabe dónde está lord Masen?
Ya empezaba a gimotear. A su lado, Maggie pasó su peso de un pie a otro.
—Tal vez haya ido a buscarla, señora —dijo.
Bella se giró a mirarla y al hacerlo captó un movimiento al fondo del vestíbulo. El ayuda de cámara de Edward se iba alejando de puntillas, sigilosamente.
—Señor Davis. —Recogiéndose las faldas trotó detrás del hombre, más rápido de lo que era decoroso en una dama—. Señor Davis, espere un momento.
¡Maldición! El viejo era más rápido de lo que parecía; corriendo dio la vuelta a la esquina y subió por una escalera trasera, fingiéndose sordo.
—¡Pare! —gritó Bella, jadeante, corriendo detrás.
Al llegar a lo alto de la escalera, el ayuda de cámara viró. Entraron en un corredor estrecho, sin duda en el sector de los criados. El hombrecillo iba en dirección a la puerta del final del corredor, pero ella era más rápida en las rectas. Aceleró un poco y llegó a la puerta antes que él. Aplastó la espalda en la puerta cerrada, con los brazos extendidos a ambos lados, impidiéndole entrar en su refugio.
—Señor Davis.
El viejo agrandó los ojos legañosos.
—Ah, ¿me necesitaba, señora?
—Sí. —Hizo una inspiración profunda, para recuperar el aliento—. ¿Dónde está el conde?
—¿El conde? —preguntó Davis, mirando alrededor, como si creyera que Edward se iba a materializar saliendo de las sombras.
—Edward Cullen, lord Masen, el conde de Masen. —Se le acercó más—. Su amo.
—No tiene por qué enfadarse —dijo él, y parecía verdaderamente herido.
—¡Señor Davis!
—Milord podría haber tenido la idea —dijo él, cautelosamente— de que lo necesitaban en otra parte.
Bella golpeteó el suelo con el pie.
—Dígame inmediatamente dónde está.
Davis miró hacia arriba y luego hacia el lado, pero no le llegó ninguna ayuda del penumbroso corredor. Exhaló un suspiro.
—Podría haber encontrado una carta —dijo, sin mirarla a los ojos—. Podría haber ido a una casa indecente, con un nombre raro, Afrodity o Afro…
Bella ya iba corriendo escalera abajo, patinando en las vueltas. Ay, Dios santo, Dios santo.
Si Edward había encontrado la carta de chantaje…
Si había ido a enfrentarse con el chantajista…
Estaba claro que el chantajista no tenía ningún sentido del honor, y seguro que era peligroso. ¿Qué haría cuando lo arrinconara? Edward no se enfrentaría con un hombre así él solo, ¿no? Gimió. Ah, sí que lo haría. Si le ocurría algo, la culpa sería de ella.
Atravesó corriendo el vestíbulo, hizo a un lado a Dreary, que seguía ahí, indeciso, y abrió la puerta.
—¡Señora!—exclamó Maggie, echando a correr detrás.
Bella se giró.
—Maggie, quédate aquí. Si vuelve el conde dile que no tardaré en regresar.
Volvió a girarse y, al ver que el coche se iba alejando, se hizo bocina con las manos y gritó:
—¡Pare!
El cochero tiró bruscamente de las riendas, haciendo medio encabritarse a los caballos. Se giró a mirarla.
—¿Qué pasa, señora? ¿No quiere descansar un poco ahora que está en Londres? La señora Mallory…
—Necesito que me lleve a la Gruta de Afrodita.
—Pero la señora Mallory…
—Inmediatamente.
El cochero suspiró cansinamente.
—¿Por dónde se va?
Bella le indicó brevemente el camino y la dirección y subió al coche del que había bajado no hacía mucho rato. Se cogió de las correas de cuero y rezó. Dios mío, querido, que llegue a tiempo. No podría vivir consigo misma si Edward resultaba herido.
El trayecto fue horroroso por lo interminable, pero finalmente el coche se detuvo, ella bajó y subió corriendo la larga escalinata de mármol. El interior de la Gruta de Afrodita zumbaba con las conversaciones y risas de los londinenses amantes de la noche. Daba la impresión de que ahí estaban reunidos todos los petimetres jóvenes, todos los libertinos viejos, todas las damas que pisaban con pie de plomo el fino límite de la respetabilidad. Eran las nueve menos cuarto y la muchedumbre estaba desinhibida, achispada y rondando la borrachera.
Se arrebujó más la capa. Hacía calor en la casa, y olía a cera quemada, cuerpos sin lavar y bebidas alcohólicas. De todos modos, se dejó puesta la capa, como una delgada barrera entre ella y la multitud. Una vez que miró hacia arriba vio a sonrientes cupidos pintados en el cielo raso; estaban descorriendo una cortina semitransparente dejando ver a una Afrodita voluptuosamente sonrosada rodeada por… bueno, eso era una orgía.
Le pareció que Afrodita le hacía un guiño malicioso.
Se apresuró a desviar la mirada y continuó su búsqueda. Su plan era sencillo: encontrar al chantajista y alejarlo de la Gruta antes que lo encontrara Edward. El problema era que no sabía quién era; en realidad ni siquiera sabía si era un hombre. Nerviosa, también se mantuvo vigilante por si veía a Edward. Si lo encontraba antes que apareciera el chantajista, tal vez le sería posible convencerlo de marcharse. Aunque en realidad le costaba muchísimo imaginárselo hurtándole el cuerpo a una pelea, incluso a una que podría perder.
Entró en el salón principal. Ahí vio a parejas repantigadas en sofás y a numerosos jóvenes dandis recorriéndolo en busca de diversión para la noche. Al instante comprendió que sería prudente mantenerse en movimiento, así que continuó caminando, paseándose por la sala. Ahí continuaba el tema clásico, con diversas escenas de Zeus seduciendo a jovencitas. La de Europa y el Toro era particularmente gráfica.
—Le dije que trajera un manguito —le espetó una voz malhumorada a su lado, interrumpiendo sus pensamientos.
Por fin.
—No voy a pagar ese ridículo precio —dijo. El chantajista no pareció asustarse; era más joven de lo que había imaginado, y tenía un conocido mentón hundido. Lo miró ceñuda—. Usted es el dandi ridículo que estaba en la charla.
El hombre se irritó.
—¿Dónde está mi dinero?
—Ya se lo he dicho, no voy a pagar. El conde está aquí, y lo que de verdad le conviene es marcharse de inmediato, antes que él lo encuentre.
—Pero el dinero…
Bella golpeó el suelo con el pie, exasperada.
—Escuche, bobo idiota, no llevo dinero, y de verdad debe…
Una enorme masa peluda saltó desde atrás de ella. Sonó un grito y un horroroso y ronco gruñido. El chantajista estaba de espaldas en el suelo, con el cuerpo casi tapado por Jock. El animal tenía erizado el lomo y continuaba su amenazador gruñido, con los colmillos a sólo unos dedos de los ojos del hombre.
Una mujer chilló.
—No lo sueltes, Jock —dijo Edward, avanzando—. Rye Biers. Debería haberlo supuesto. Seguro que estuviste en la charla de tu hermano mayor ayer.
—Maldición, Masen, quítame a este animal de encima. Qué te puede importar una fur…
Jock ladró y casi le arrancó la nariz.
Edward le colocó una mano en el cuello al perro.
—Me importa. Por supuesto que me importa esta dama.
Biers entrecerró astutamente los ojos.
—Entonces, sin duda, querrás una satisfacción.
—Naturalmente.
—Tendré que contactar con mis padri…
—Ahora mismo —interrumpió Edward, y aunque habló en voz baja, silenció las últimas palabras del hombre.
—¡Edward, no! —exclamó Bella. Eso era justamente lo que había querido evitar.
—Yo ya tengo a mis padrinos aquí —dijo Edward, sin hacerle caso.
Avanzaron un paso el vizconde Crowley y un hombre más bajo de vivos y penetrantes ojos verdes. Los dos parecían absortos en ese juego masculino.
—Elige a tus padrinos —dijo el vizconde, sonriendo.
En su posición de espaldas, Biers miró alrededor. Un joven con los faldones de la camisa fuera se abrió paso por el gentío, arrastrando a su tambaleante compañero, hasta situarse delante.
—Nosotros seremos tus padrinos.
¡Buen Dios!, exclamó Bella para si misma.
—Edward, para esto, por favor —le dijo en voz baja.
Él sacó a Jock de encima de Biers y lo empujó hacia ella.
—Cuídala.
Obedientemente, el perro se plantó delante de ella, en guardia.
—Pero…
Edward la silenció con una severa mirada. Se quitó la chaqueta. Biers se levantó de un salto, se quitó la suya y el chaleco y desenvainó su espada. Edward desenvainó la suya. Los dos hombres quedaron frente a frente en un espacio repentinamente despejado.
Eso estaba ocurriendo demasiado rápido; era como una pesadilla que ella no podía detener. Se había hecho el silencio en el salón y todas las caras estaban vueltas hacia ellos, todos mirando ávidos ante la perspectiva de ver correr sangre.
Los duelistas se hicieron el obligado saludo de cortesía, levantando las espadas hasta sus caras y luego cada uno flexionó ligeramente una pierna, con la espada delante. Más delgado y bajo que Edward, Biers había adoptado una postura elegante, con la mano izquierda curvada graciosamente en un arco detrás de la cabeza. Llevaba una camisa de lino adornada con chorreras de encaje belga que parecían volar con sus movimientos. La postura de Edward, en cambio, era simplemente firme, con el brazo izquierdo extendido hacia atrás para mantener el equilibrio, no por elegancia. Su chaleco negro sólo tenía un ribete de trencilla negra, y su camisa blanca no llevaba adornos.
Biers sonreía satisfecho.
—¡En guardia! —exclamó, y se abalanzó, moviendo rápidamente la espada, haciéndola lanzar destellos.
Edward paró el golpe; su espada se deslizó por la de su contrincante, raspándola. Retrocedió dos pasos mientras Biers avanzaba, moviendo la espada.
Bella se mordió el labio. Edward sólo estaba a la defensiva, ¿no? Al parecer, Biers pensó lo mismo, porque curvó los labios en una untuosa sonrisa.
—Rye Lilly mató a dos hombres el año pasado —dijo alguien de la multitud congregada detrás, en tono jactancioso.
A Bella se le quedó atrapado el aire en la garganta. Había oído hablar de los dandis londinenses que se divertían desafiando y matando a espadachines menos diestros. Edward se pasaba la mayor parte de su tiempo en el campo. ¿Sería capaz de defenderse?
Mientras tanto los combatientes, con las caras brillantes de sudor, se movían girando en círculos, enfrentados, muy cerca el uno del otro. Biers atacó y su espada chocó sonoramente con la de Edward, pero le rompió la manga con la punta. A Bella se le escapó un gemido, aunque enseguida vio que no aparecía ninguna mancha de sangre en la manga. Biers volvió a abalanzarse, haciendo serpentear la espada, y alcanzó a enterrarle la punta en el hombro. Edward emitió un gruñido. Esta vez sí brotó sangre y comenzaron a caer gotas en el suelo. Bella intentó avanzar pero Jock se lo impidió cogiéndole suavemente el brazo con el hocico.
—¡Sangre! —gritó Crowley, y a su grito siguieron los de los dos padrinos de Biers, que repitieron lo mismo.
Ninguno de los duelistas hizo amago de parar el combate. Las espadas continuaron silbando, serpenteando y golpeando. En la manga de Edward continuaban apareciendo manchas rojas. Con cada movimiento de su brazo saltaban gotas de sangre al suelo, que enseguida esparcían los pies de los combatientes. ¿No tenían que haber parado cuando brotó la primera sangre?
A no ser que quisieran pelearse a muerte.
Bella se metió el puño en la boca para sofocar un grito. No debía distraer a Edward. Se mantuvo absolutamente inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas.
De repente Edward se abalanzó en un ataque feroz, golpeando fuerte el suelo con el pie; y continuó el ataque. Biers se apresuró a retroceder, levantando la espada para protegerse la cara. Haciendo un giro en arco con el brazo, Edward le golpeó la espada; Biers chilló de dolor, su espada salió volando, cayó y se deslizó por el suelo con gran ruido.
Edward se quedó quieto, con la punta de la espada tocándole la base de la garganta. El joven estaba jadeante, sujetándose con la mano izquierda la derecha herida.
—Puede que hayas ganado por pura suerte, Masen —resolló—, pero no puedes impedirme que hable una vez que me marche de este…
Edward soltó la espada y le enterró el puño en la cara. Biers se tambaleó hacia atrás y con los brazos abiertos cayó de espaldas al suelo y se quedó inmóvil, inconsciente.
—Pues sí que puedo impedírtelo —masculló Edward, agitando la mano derecha.
Bella sintió un largo suspiro de pesar a su espalda. Entonces avanzó el vizconde Crowley pasando por su lado.
—Sabía que al final recurrirías a los puños —dijo.
—Me batí a duelo con él primero —contestó Edward, ofendido.
El hombre de los ojos verdes avanzó por el otro lado de Bella y en silencio se agachó a recoger la espada de Edward.
—He ganado —dijo Edward.
—De manera lamentable —dijo el vizconde, sonriendo burlón.
—¿Habrías preferido que él me ganara?
—No, pero en un mundo perfecto, ganaría siempre la forma clásica.
—Este no es un mundo perfecto, gracias a Dios.
Bella ya no pudo soportarlo.
—¡Idiota! —exclamó, golpeándole el pecho.
Entonces recordó la herida en el hombro y se apresuró a romperle la manga ensangrentada.
—Cariño —dijo Edward, imperturbable—, ¿qué…?
—No te ha bastado con luchar con ese hombre horrible —resolló ella, con los ojos empañados por las lágrimas—, sino que te has dejado herir, hay sangre tuya por todo el suelo. —Terminó de romper la manga y casi se mareó al ver la terrible herida que le estropeaba su hermoso hombro—. Y ahora es posible que te mueras.
Sollozando le aplicó su pañuelo, lastimosamente pequeño e inútil, sobre la herida.
—Bella, cariño, tranquila —dijo él, intentando abrazarla.
Ella le apartó los brazos.
—¿Y para qué? ¿Qué valor tenía batirte en duelo con ese hombre horrible?
—Tú —musitó él dulcemente, y a ella se le quedó atrapado el aire a medio sollozo—. Tú vales todo para mí, cualquier cosa. Incluso morirme desangrado en un burdel.
Bella se atragantó y no pudo decir nada.
Él le acarició tiernamente la mejilla.
—Te necesito. Te lo dije pero parece que tú no me creíste. —Hizo una inspiración, y le brillaron los ojos—. No vuelvas a dejarme nunca más, Bella. La próxima vez no sobreviviré. Deseo que te cases conmigo, pero si no puedes…
Se le cortó la voz y tragó saliva. A ella se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
—Simplemente no me dejes —terminó él, en un susurro.
—Ooh, Edward.
Se le escapó un suspiro cuando él le enmarcó la cara con las manos manchadas de sangre y la besó tiernamente.
—Te amo —susurró con voz ronca con los labios sobre los de ella.
Alguien de la muchedumbre gritó un alegre «viva» y otros muchos rechiflaron. Bella oyó las voces como si vinieran de muy lejos. Entonces alguien se aclaró la garganta, muy cerca.
Edward levantó la cabeza, aunque mantuvo los ojos fijos en la cara de ella.
—¿No ves que estoy ocupado, Crowley?
—Ah, desde luego, todos los presentes en la Gruta ven muy bien lo ocupado que estás, Cullen—dijo el vizconde, sarcástico.
Entonces Edward miró y pareció percatarse de que estaban ante un numeroso público.
—Muy bien —dijo, ceñudo—. Necesito llevar a Bella a casa y ocuparme de esto. —Miró hacia el lado por encima del hombro e hizo un gesto hacia el inconsciente Biers, al que en ese momento le caía la baba—. ¿Puedes encargarte tú de esto?
El vizconde frunció los labios en un gesto de repugnancia.
—Supongo que no tengo más remedio. Tiene que haber algún barco que zarpe hacia un lugar exótico esta noche. No te importa, Harry, ¿verdad?
El hombre de ojos verdes sonrió de oreja a oreja.
—Navegar le hará la mar de bien a este gamberro.
Diciendo eso cogió a Biers por los pies; el vizconde Crowley lo cogió por debajo de las axilas, no con mucha suavidad, y entre los dos lo levantaron.
—Felicitaciones —dijo Harry, haciéndole una venia a Bella.
—Sí, felicitaciones, Cullen —dijo el vizconde arrastrando la voz al pasar por su lado—. ¿Puedo esperar ser merecedor de una invitación a las inminentes nupcias?
Edward gruñó.
Riendo, el vizconde se alejó sosteniendo la mitad del hombre inconsciente.
Al instante Edward cerró la mano en el brazo de Bella y comenzó a llevarla por en medio del gentío. Sólo entonces ella vio a Afrodita, que estaba delante de un grupo, observando. Al verla se quedó boquiabierta. La madama era más baja en una cabeza de la que había visto en la otra ocasión, y en los agujeros de su máscara dorada se veían unos ojos verdes de gata. Llevaba el pelo empolvado con polvo dorado.
—Sabía que te perdonaría —le dijo Afrodita en un ronroneo cuando ella pasó por su lado. Después exclamó en voz alta dirigiéndose a la multitud—: ¡La casa invita a todo el mundo a bebida gratis, en celebración del amor!
El rugido de entusiasmo que soltó la multitud continuaba cuando Bella y Edward bajaron corriendo la escalinata y subieron en el coche que los esperaba. Edward golpeó el techo y se dejó caer entre los cojines. No le había soltado el brazo ni un segundo y, ya sentado, la sentó en su regazo, le cubrió la boca con la suya y aprovechó que ella tenía los labios entreabiertos para introducir la lengua. Pasados varios minutos, ella pudo respirar.
Él interrumpió el beso, pero sólo para darle una serie de suaves mordiscos en el labio inferior.
—¿Te casarás conmigo? —musitó, con la boca tan cerca que ella sintió como si le hubiera susurrado el aire que emanaba de su cuerpo.
Las lágrimas volvieron a empañar los ojos de Bella.
—Es que te quiero mucho, mucho, Edward —musitó, con la voz rota—. ¿Y si nunca tenemos familia?
Él le enmarcó la cara entre las manos.
—Tú eres mi familia. Si no tenemos hijos, será una decepción, pero si no te tengo a ti, será mi aniquilación. Te amo, te quiero, te necesito. Confía en mí, por favor, lo suficiente para ser mi esposa.
—Sí.
Edward ya le estaba mordisqueando y dejándole una estela de besos por el cuello, por lo que la palabra no le salió muy clara, así que la repitió, porque decirla era importante:
—Sí.
