—Doble D...
—Lo siento, Nazz. Pero tendrás que correr mucho.
En una fracción de segundo, una brillante luz había aparecido en la mano del mago, un destello fugaz cegó a todos, y luego el hombre que la tenía apareció en el suelo, con parte del torso ardiendo en pequeñas llamas.
Doble D tomó a Nazz de la mano y echó a correr, pero de inmediato los demás comenzaron con el fuego. El mago utilizó un campo repelente para mantener a ambos a salvo de los ataques de los hombres.
—¡Doble D!
El campo de protección funcionaría de maravilla en otras circunstancias. Sin embargo, contra la magia negra no resistía mucho. En unos metros ya estaba desarmándose. Doble D se colocó detrás de Nazz, interponiéndose entre ella y los hombres, y utilizando parte de la energía para protegerse a sí mismo.
—¡Acábenlos, no hay tratos!
—¡Denle a la chica, eso le dolerá más!
Por arriba el líder de los hombres apareció levitando, y protegiéndose también con su propio conjuro, descendió frente a ellos.
—Eres tan infantil para desobedecernos.
—¡Déjennos en paz! ¡Nunca les hicimos nada! —gritó Nazz.
—Dije que la dejaran ir. Sin eso no hay trato —respondió el mago, preparando una bola de energía interna.
El hombre líder preparó un chorro mas. Acto siguiente, ambos poderes colisionaron. El del enemigo era claramente superior debido a que parte de la energía de Doble D estaba en el campo repelente.
—Doble D...
—Corre... Vete de aquí.
Nazz echó a correr, pero en ese momento el poder de Doble D sucumbió, y el mago recibió el ataque. Se sintió como un baño de agua hirviendo. De su fuente de energía imposible fluyó por su cuerpo el poder suficiente para evitar que este recibiera daños severos, pero a nivel neuronal Doble D sintió las quemaduras.
Entre Rolf y Ed habían logrado neutralizar al enemigo. A pesar del inmenso poder que manejaba, no era ilimitado. Marie observaba fascinada; Eddy tenía razón al decir que no eran magos, no tenían el poder que sí tenía Doble D, pero eran igualmente mortales. Tenían la piel pintada de verde, eran grandes y robustos, incluso gordos, y se podría decir que soportaban bien la temperatura del verano como para poder ostentar esas enormes, pesadas y en especial oscuras túnicas, absorbiendo todo el calor del sol.
En un momento a Rolf se le acabó la munición, y cuando tuvo que recargar descubrió que ya no quedaba nada.
—Caballeros, fue un placer haberlos conocido —dijo Rolf.
Ed tomó a Rolf y tiró de él para huir del hombre. May se quedó quieta en ese lugar, congelada. Las piedras caían de sus manos. El invasor se elevó y fue directo hacia ella. May vio pasar su vida ante sus ojos.
—¡Muévete, tarada! —gritó Lee.
May no escuchó, o si lo hizo y no pudo moverse. El enemigo generó una bola blanca en el extremo de su manga. Cuando estaba a centímetros de atacarla, Ed la empujó, y el hombre verde y su ataque rozaron al muchacho.
El hombre continuó por inercia hasta el inicio del mar, donde se detuvo. Se dio la vuelta, enfurecido, y preparó un ataque del mismo tamaño. Parecía que quería hacerlo más grande y poderoso, pero algo se lo impedía.
Ed y May estaban en el suelo, esta última todavía sin reaccionar. Rolf corrió y se interpuso entre ellos y el enemigo.
—Rolf los ha traído aquí. Rolf es el responsable. Y ahora, Rolf dará su vida por ustedes. Gracias por todo, Ed-amigos.
El hombre verde arremetió con toda su furia contra el vendedor, pero a mitad de camino volvió a tierra y continuó a trote. El paso se hizo cada vez mas lento. Cuando estaba por llegar a ellos, se desplomó de rostro en el suelo. Ed, Rolf y las tres hermanas vieron algunas heridas de bala en su espalda, empapando la túnica. Por lo menos la sangre de ellos también era roja.
—Oye, no sé qué hiciste pero funcionó —le dijo Lee a Rolf.
—¿Sigue vivo? —preguntó Marie. May había caído en un ataque de pánico y Lee la sostenía con sus brazos.
—Madre santa... —exclamó Rolf. Le caían lágrimas del rostro al pensar que estuvo al borde de la muerte.
Kevin se acercó minuciosamente al cuerpo, escudriñándolo con curiosidad. Ed también se acercó. Lo inspeccionó unos segundos.
—¡Lo hemos derrotado! —anunció el muchacho, como si estuviera en un juego.
—Genial —opinó Lee—. Eso te costó toda la munición del arma y las piedras que le arrojó May.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo May. Había comenzado a temblar.
—Oh, emm... Sí. Niñas, Rolf opina que hay que sacarlas de aquí cuanto antes, junto con los demás.
—¡¿Qué?! Pero... ¿y Doble D? —preguntó Marie.
—No, hay que irnos —repitió May, tratando de calmarse. Lee tomó a sus hermanas del brazo.
—Disculpen un momento —dijo la mayor.
Se las llevó a unos metros lejos de ellos, exactamente en la roca que había sellado el amor de Marie y Doble D.
—Yo no pienso moverme de aquí sin saber de Doble D —sentenció Marie.
—Sí, sabía que dirías esa estupidez. Escucha Marie, toda la vida has sido la más fría y cautelosa de las tres —dijo Lee—. El mismo Eddy lo dijo, Doble D es mucho más poderoso que nosotros, él no corre peligro. Nosotras sí. Esos sujetos verdes nos trajeron aquí por un motivo que ya debes haber adivinado. Si se les ocurre tomarte de rehén, lograran tener dominado a Doble D, y ahí todos estaremos perdidos.
—Pero...
—Por favor, Marie... me quiero ir... —insistió May.
—¡Pues vete tú si quieres! —gritó Marie. Ed, Rolf y Kevin seguían inspeccionando el cadáver y tratando de decidir que hacer—. Lee, no puedo irme. Yo sé que es una decisión bastante...
—Estúpida.
—Sí, pero tengo miedo de que algo ocurra y no vea a Doble D nunca más. Son muchos hombres verdes.
—Pues si te quedas aquí será mucho peor para él. ¿Cuál es tu miedo? ¿Que Doble D decida no volver por ti? —preguntó Lee seriamente. Marie estaba muy angustiada y no respondió.
—Por favor, Marie. Ya no tenemos nada que hacer aquí... Nunca debimos haber venido... —murmuró May.
Ed y Rolf se acercaron a ellas.
—Muchachas, es hora de irnos.
—Supongo que sí —respondió Lee—. ¿No es así, Marie?
—Sí... —dijo ella.
La parada de autobuses estaba atestada de gente. Una vez que llegaron allí descubrieron el caos que habían ocasionado los invasores. Marie descubrió por que ellos querían que todos fueran allá. La carretera había sido cortada. Grandes escombros impedían el paso a lo largo de toda la calzada, extendiéndose unos metros más allá. Un autobús repleto de gente intentaba maniobrar por sobre las grandes rocas para poder atravesar la barricada. A este le seguían otra fila de vehículos más. Hubo mucha gente que no quiso esperar el próximo autobús y emprendió camino por su cuenta, atravesando los escombros a pie. Si los invasores querían, podrían venir y volar a todos en pedazos.
—¡Todos evacuen la zona con calma! ¡La brigada ya está viniendo para ocuparse de este intento de ataque terrorista! —dijo alguien que parecía estar a cargo de la multitud.
—¿Pero y los estruendos que se escuchan allá? —preguntó una señora.
—Puede que sean ellos probando sus bombas, o quizás las maquinas desplomándose —opino otra mujer.
Conforme se abrieron paso por la multitud, las tres hermanas escucharon todo tipo de teorías conspirativas. La de mayor tendencia trataba de que aquellos tipos de túnica no eran más que delincuentes juveniles probando extravagantes tipos de pirotecnia inusual y poderosa. Hubo quienes creyeron en el respetable joven mago, y sostuvieron la idea de un ataque terrorista. En todo caso, las agencias a cargo ya debían encontrarse camino hacia acá.
—Creo que todos están ocupados, tendrán que ir a pie —dijo Ed—. O no. Esperen, trataré de buscarles un autobús.
Ed se fue. Lee se giró a sus hermanas.
—Bueno chicas, estas fueron las vacaciones mas locas de nuestras vidas, más allá de todo lo demás. Miren la feria por última vez y despídanse.
—¿Qué? —espetó Marie—. ¿Ya nos vamos?
Lee le clavó la mirada.
—Voy a ahorrarme mi comentario sarcástico. Sí, nos vamos. No pienso quedarme a esperar a que esos hombres verdes nos alcancen y nos maten. Odio admitirlo, pero creo que los muchachos tenían razón. Hay que irnos.
May dejó de acariciar a Kevin y se puso de pie. El mono se fue corriendo hacia donde estaba Ed.
—Por favor, Marie...
—Por favor nada. Es que no puedo creerlo.
—Oye, sé realista. No hay manera de que puedas ver a Doble D por última vez —repuso Lee.
—Claro. Para ustedes es tan fácil, no tienen que dejar una parte de ustedes aquí.
—Ya hablamos sobre esto, Marie. Por favor, entiende. Quiero irme a casa —exigió May—. Todo fue un error, nunca debimos venir.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Marie.
—Todo lo que ocurrió desde que vinimos por primera vez fue tan raro, pero nunca dije nada porque no quería importunar tu momento con Doble D.
—Pero si tú también estabas de acuerdo en que regresáramos.
—Eso era antes de saber que eran perseguidos por esos asesinos —se defendió May—. Tú no tuviste que ver como uno de esos monstruos se acercaba a toda velocidad hacia ti dispuesto a matarte. Tú no corriste peligro de muerte porque siempre estuviste al lado de un mago que te protegía. Te olvidaste de que vivimos en un mundo real, de que somos mortales y de que también podemos morir. No sé de donde salieron esos monstruos, pero ya voy comprendiendo todo. Mamá... Mamá siempre dice que todo el mundo tiene muertos en el clóset.
—¿Qué cosas estás diciendo?
May tomó a Marie de los hombros.
—¡Ellos debieron haber hecho algo para buscar esos problemas, y seguramente esos invasores solo quieren saldar cuentas con ellos, Marie! ¡Ellos se lo buscaron!
Marie le propinó una bofetada.
Por un largo momento, ninguna de las tres supo que hacer. Lee se mantuvo callada, manteniendo distancia y sin intervenir. May se había llevado la mano al rostro, y sus ojos cristalizaron. Marie sintió un nudo en la garganta.
—Yo solo... quiero... quiero irme de aquí... —balbuceó May, antes de ponerse a sollozar.
—Suficiente, Marie. No volveré a repetírtelo. Hay que irnos —declaró Lee finalmente.
Se hizo el silencio una vez más. Marie se volteó hacia la feria, luego hacia ellas, decidida.
—Me voy con Doble D. Y no hay nada que puedan hacer para impedirlo.
Marie corrió sin mirar atrás, secándose las lágrimas e ignorando los gritos de Lee. Pensó que la perseguiría o iría con ella, pero no fue así. Lee solo la observó en silencio. May estaba llorando, había ocultado su rostro en sus manos.
«Claro. No es lo mismo para ella dejarlo todo atrás que para nosotras. Incluso sabiendo que no tiene forma de sobrevivir aquí —pensó Lee—. Marie no es tonta. Solo... está enamorada. Maldición, creo que eso es peor».
Solo se quedó ahí, sin saber si ir tras ella o esperar a que Doble D la trajera de vuelta. No pensó mucho. Ed la vio también y fue tras ella.
Nazz había llegado a la entrada. Se volteó un segundo y vio que Doble D había caído. Mientras se arrastraba, con las últimas fuerzas mantuvo encendido el campo de protección.
—Oh, Doble D...
El mago no estaba al borde de la muerte, pero de seguir recibiendo de lleno los ataques, pronto lo estaría. Sabía que tendría que quedarse a pelear, y el plan que había pensado implicaba volver a casa a curarse, pero ya no se sentía capaz siquiera de llegar hasta allá. Vio a Nazz detenerse y darse la vuelta.
—Vete.
Esperó a que entendiera el mensaje y se fuera. Desde que la vio apresada bajo los brazos de los Hombres Verdes supo que sería imposible salvarla sin sacrificarse. Lo habían lastimado tanto al punto de comenzar a escupir sangre por la boca.
Al ver que Nazz no se movía de ahí, volvió a insistir.
—Vete. Ya.
Es que ella no tenía otra opción; no podía hacer nada para ayudarlo. Doble D estaba comenzando a perder las esperanzas de sobrevivir de esto, pero si ella regresaba, ambos iban a morir. Morir no sonaba tan mal cuando se estaba en el umbral de aquella mejor vida. Por lo menos ahí el dolor terminaría. Por lo menos allí había gente esperando por él.
De pronto pensó en sus amigos. En sus compañeros de vida, Ed y Eddy. Y en su Marie... Había jugado con ella. La había tratado de conquistar desesperadamente sin pensar en lo que seguiría después, en el futuro de ambos, si es que les esperaba un futuro. No sabía ni siquiera si lo suyo podría perdurar mas allá de esta semana. ¿Cuál era el plan? ¿Terminar el domingo y seguir queriéndola a la distancia, pensándola por el resto de sus días mientras ella continuaba con su vida, conocía a mas personas, conocía al amor de su vida y formaría una familia con él? Era lo mejor para ella, pero Doble D no quería eso. Aquel niño interior que gritaba amor en el centro de su consciencia la quería para él. Deseaba tenerla en sus brazos el mayor tiempo posible, solo esperando que fuera el mismo tiempo quien se la arrebatara a la fuerza.
¿Cómo pudo olvidar a los Hombres Verdes? Los habían echado de varios lugares. Su llegada a Mondo A-Go Go no fue más que una parada temporal hasta que ellos regresaran de nuevo a buscarlo, y así todo se volvería a repetir. La historia era cíclica. Pero detrás de toda esta cadena circular de tragedias, ¿no tenia él también derecho a amar y ser amado? Era totalmente injusto. Batman usaba una mascara, no para proteger su identidad, sino para proteger a los que le importaban. Spiderman rechazó a la mujer que amaba para mantenerla a salvo de sus enemigos. ¿Es que acaso era esa la única salida? ¿Dejar ir a Marie?
—Adiós, Nazz. Cuida bien de Ed y de Eddy. Estarás bien con ellos. Manténganse juntos —murmuró él, sintiendo como sus fuerzas lo abandonaban. El robusto hombre líder se acercó a él, pero su sombre no volvió a engullirlo. El sol ya se había ocultado.
—Eddward Vincent. El último mago vivo del siglo XXI. La oferta terminó. Viviste una buena vida, pero esto se acabó.
Doble D cerró los ojos. Se preparó para ver de nuevo a Mamá. La había extrañado tanto.
—¡Oigan, tarados! ¡¿Me buscaban a mi también?!
Esa voz. Era Eddy. Doble D volvió a abrir los ojos. Nazz seguía en la entrada, pero ya no lo veía a él. Doble D se giró y vio como los hombres verdes también se habían volteado. Varios metros atrás estaba Eddy.
—¡Eddy! —exclamó Nazz.
—¿Cuál es el problema con mis amigos? —dijo este—. Oh, ¿para qué pregunto? Todos sabemos a que vinieron. Son tontos si creen que lograrán algo esta vez.
—¿Y este quién es? —preguntó uno de los hombres.
—¿No lo conocen? Es... Es... —murmuró otro.
—Eddy McGee, el mejor amigo de nuestra nueva víctima —dijo el líder.
Hasta ahora, Eddy solo había contado a siete de ellos. Los seis de aquí, y el séptimo que Rolf había matado en la playa. Sería lo ideal dejar que las fuerzas armadas del país —si es que estaban enterados del caso— vinieran y eliminaran a todos estos tipos, uno por uno.
Nazz corrió donde Doble D y lo ayudó a levantarse, llevando uno de sus brazos por detrás de su cuello.
—Lo siento, Doble D, sé que dijiste que me fuera.
—Ya no importa. Pero...
—Voy a ponerte a salvo mientras Eddy los distrae. Oh, Dios, tengo que darme prisa.
Caminaron hasta la entrada. Doble D se había recuperado un poco, lo suficiente para poder moverse, pero aún escupía sangre, lo que preocupó mucho a Nazz. Desde allí vieron como Eddy discutía algo con los cinco hombres.
—¿De qué estarán hablando? —preguntó Nazz.
—Quisiera saberlo yo también.
—Claro... —Ella mantuvo silencio un segundo y luego dijo—: Doble D... siento haber dudado de ti.
—No importa, Nazz, fui yo quien no debió asustarte. —Doble D tosió sangre—. Agradezco que me hayas ayudado con esto, pero ahora es en serio. Tienes que irte de aquí.
—Pero...
—Ed y Rolf te están esperando en la parada de buses junto con Marie y sus hermanas. Diles que yo estoy bien y que estoy ganando.
—¡Eres un mentiroso! —exclamó Marie.
Ninguno de los dos supo en que momento había llegado ella. Tampoco pensaron en lo extraño de la situación. Nazz aún lo sostenía del brazo, y ambos estaban muy juntos.
—Marie... No es lo que...
—Ya lo sé, tonto. Hay que sacarte de aquí.
—Negativo, chicas —dijo Doble D—. Por enésima vez, tienen que irse de aquí. Yo estaré bien, lo prometo.
—No es cierto, mientes —dijo alguien por atrás. Los tres se voltearon. Era Ed.
—¿Ed? Oh, diablos. ¿Por qué nadie me hace caso?
—Yo no soy tonto. Se que mis amigos están en problemas, y vine a ayudarlos —se defendió Ed. Se preparó para entrar a la feria.
—¡No, Ed! —gritaron Doble D y Nazz.
Ed se adentró. Cinco segundos después, regresó corriendo junto a Eddy. Ambos se arrojaron al costado para esquivar los chorros blancos.
—¿Están todos bien? —preguntó Eddy—. ¡Rápido, hay que irnos d...!
Pero rápidamente, el líder de la secta levitó hasta aparecer frente a ellos.
—Me cansaron, mocosos. Voy a acabar con ustedes.
El enemigo preparó un ataque mortal. Doble D también cargó una bola de energía interna en su mano, con las pocas fuerzas que tenía. Todos se pusieron detrás de él. Los otros hombres también venían hacia ellos. Doble D arrojó su ataque antes que el hombre. Ambos poderes colisionaron en un gran y prolongado destello.
—¡Separémonos! —gritó Eddy, sin poder ver nada.
Doble D sintió a alguien tomándolo nuevamente del brazo y llevándolo casi a rastras de nuevo hacia el sendero. Una vez que recuperaron la vista, vio de quien se trataba.
—Marie...
—¿Hay alguna forma de curarte?
El mago estuvo a punto de preguntar por los otros, pero decidió mejor ir al grano. Realmente necesitaba recuperarse el menor tiempo posible para poder mantener protegida a su novia, pero en especial para volver y terminar con esto de una vez.
—Hay que ir a casa. Allí tengo algo que servirá.
Ed volvió por el camino directo hacia la parada de autobuses, mientras Eddy y Nazz regresaban a la feria a escondidas. Los otros hombres restantes habían salido pensando que sus objetivos se habían dispersado por las afueras. Al menos ellos dos no lo hicieron.
—¿Qué hacemos ahora, Eddy? Doble D esta herido.
—No lo sé. Estoy improvisando. Doble D puede curarse en casa. Ahora espero que los otros se hayan ido de aquí.
—¿Y por qué volvimos a la feria?
—Yo volví a la feria, tú me seguiste —dijo Eddy. Se quedó un rato largo mirando a Nazz.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Debiste haber aceptado el collar de Doble D.
—Tal vez... No. Yo no era la correcta, y lo sabes.
—Lo sé... Bueno, creo que lo sé, y también creo saber por qué —dijo Eddy. Ella se volteó a verlo—. Nazz, voy a arrepentirme si no hago esto.
Eddy la tomó suavemente del rostro y la besó. Se quedaron así por un segundo, cuando ella lo apartó de él.
—Lo siento, nena, es que no me pude contener.
—Eddy... Yo... Sabes que te quiero, pero no de esa forma. Discúlpame —le dijo Nazz, visiblemente incómoda.
Eso fue demoledor para Eddy, pero de cualquier manera se lo esperaba. Al menos la había besado.
—Creo que ya lo sabía y solo lo hice para probarte al menos una vez en mi vida.
—Lo siento... —se disculpó Nazz. El pensaba que no había que disculparse por no sentir lo mismo.
—Olvídalo, no tienes por qué. Ya puedo morir feliz. Ahora salgamos de aquí —propuso él, ahora menos animado.
Ambos volvieron hacia la parada. Generalmente era Doble D quien usaba su intelecto, además de su magia, para salvar a todos en momentos como este. Pero ahora mismo el pobre no solo estaba malherido, sino también enamorado. Dependía ahora de Eddy encargarse de esto. Doble D podía recuperarse pero eso tomaría un poco de tiempo. Mientras tanto, alguien tendría que hacer el trabajo difícil.
Llegaron hasta mitad de camino cuando Eddy se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nazz.
—Algo me dice que Ed aún sigue por aquí. Creo que si sigues tú sola los hombres verdes no te verán. Yo iré a buscar al idiota.
—¿Qué?
—Ya me oíste. Rolf y Kevin están allí esperándote. No nos esperen, súbanse a un bus y lárguense. Nosotros tomaremos el bus que sigue.
Nazz corrió hacia él y lo abrazó. Eddy alcanzó a oír los sollozos.
—Gracias por todo, Eddy. Cuídate.
—Oye... —Eddy la apartó de él, soltando una risa—. No te despidas, linda. Ya nos reuniremos.
—Sí... —dijo ella—. Eso espero.
Nazz se marchó corriendo. Eddy se dio la vuelta y vio a lo lejos a dos de esos tipos, pero ninguno de ellos era el líder. Había llegado la hora de enfrentar su destino. Había llegado el momento de reencontrarse con ese hombre.
Doble D y Marie llegaron a la casa. Marie tuvo que ayudarlo a bajar por las escaleras. Al llegar abajo el mago casi se desplomó al piso. Volvió a toser sangre.
—¡Oh, no! ¿Estás bien? —preguntó Marie, tratando de no volver a llorar.
—Sí. Ya llegamos, Marie, ya estoy a salvo.
—¿Y ahora qué?
—Al baño. ¿Recuerdas un tercer grifo en la ducha? Pues ese es el fluido de curación que diseñé con la energía que lograba ahorrar.
—Doble D, tu ropa esta llena de sangre y quemaduras —señaló Marie.
—Oh... sí. ¿Podrías entrar a mi habitación a traerme más ropa mientras me baño?
Marie lo tomó lentamente del rostro y le dio un beso en la frente.
—Sabes que sí, mi vida —le dijo ella seriamente. Por un instante sintió un gran terror al pensar que podría perderlo.
—Gracias por todo, Marie...
Doble D se metió a la ducha mientras ella se adentró en su habitación y buscó ropa para él. Más allá de las camisas tenía bastantes playeras y pantalones cortos para días más calurosos. Marie tomó otro chaleco, camisa y pantalón idénticos al que llevaba, y se fue a la sala de estar. No todos los días uno podía vestir a su pareja, y hasta ahora se había visto muy guapo con eso. Era curioso; una de las primeras impresiones que le había dejado fue lo anticuada que le había parecido su ropa.
Sus hermanas estaban a salvo, por ahora. Doble D estaba recuperándose. Pero no podían relajarse ahora, esto estaba lejos de terminar. Por el momento, solo quedaba esperar.
