Fred la llevó a su dormitorio. Una enorme cama de madera oscura presidía aquella masculina estancia en tonos azul marino y granate. La posó sobre la cama y se sentó en el borde, junto a ella, mirándola y sonriéndole con ternura. Hermione hizo ademán de empezar a desabrocharle la camisa, pero Fred le envolvió los dedos con sus manos y se los apartó.
— Te he dicho que te relajes y me dejes hacer a mí.
Se puso en pie y se desabrochó el botón superior y el siguiente. Se llevó las manos al cuello y se lo abrió ligeramente, dejando al descubierto las marcadas líneas de su clavícula. Continuó descendiendo, desabrochando otro botón y luego otro, avanzando con una lentitud dolorosa, abriéndose poco a poco la camisa para ir revelando sus abdominales uno a uno. Comenzó a balancear las caderas de lado a lado. Se desabrochó el cinturón estiró de la hebilla y lo arrojó a un lado.
— ¿Alguna vez un hombre te ha hecho un striptease, Hermione?
— Eeee…
Fred soltó una carcajada.
— Vaya, vaya, qué chica más traviesa...
— Bueno, en realidad no era para mí, era para la futura novia. Y estábamos en un club — explicó, pensando en lo distinto que era encontrarse en un entorno tan íntimo como el dormitorio de Fred.
— Bueno, cielo, pues éste es todo para ti — dijo, dejando caer sus pantalones y apartándolos de un puntapié. Se quitó los calcetines, y luego se dio la vuelta y se levantó la camisa para mostrarle el trasero, contoneandolo sin parar. Sus músculos, al tensarse y relajarse perfilaban el culo más duro y firme que Hermione había visto nunca.
Se moría de ganas de levantarse, colocarse tras él y cogerle las nalgas para sentir el movimiento de aquellos músculos duros contra sus palmas. Pero él le había dicho que permaneciera tumbada, y eso hacía. Fred se dio media vuelta de nuevo y se deslizó la camisa, descubriéndose primero un hombro y luego, el otro. Se la abrió por un lado, revelando su torso largo y esbelto. Hermione clavó la mirada en su pezón, deseando cubrirlo con sus labios. Fred se abrió el otro lado de la camisa y se la quitó por fin. Sosteniendo la manga derecha con una mano delante de él y la izquierda a su espalda, se pasó la camisa por entre las piernas y la hizo oscilar adelante y atrás, frotando la entrepierna con ella, excitándose, y sin dejar de balancear la pelvis.
Hermione estaba muy excitada. Quería tocarlo. O mejor aún, quería que él la tocara. Fred arrojó la camisa al suelo y ésta fue a caer sobre Sam, que había permanecido sentada en el suelo, observando a Fred. La gata lanzó un murmullo de queja y se fue con aire ofendido. Fred se acercó a la cama y se inclinó hacia delante para besar a Hermione. Esta sacó la lengua, deseando introducírsela en la boca. Fred le permitió catarlo, pero luego se apartó y se dio media vuelta. Se agachó para recoger su camisa, ofreciéndole un magnífico panorama de su duro trasero a sólo unos centímetros de distancia.
Hermione alargó el brazo y lo tocó. Tras permitirle que le diera un apretón, Fred dio un paso adelante, quedando fuera de su alcance, y luego volvió la vista atrás con una sonrisa endiablada. Se llevó las manos atrás y se bajó los calzoncillos por un lado, dejando a la vista una nalga para delicia de Hermione, y seguidamente la otra. Hermione se relamió. De repente, Fred se bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Se quedó agachado durante un par de segundos, mientras se los sacaba por los pies, cosa que permitió a Hermione atisbar su tenso y duro miembro. Luego se enderezó y se volvió lentamente, tapándose de tal modo que los calzoncillos impedían a Hermione divisar su verga. Se acercó a la cama.
— ¿Qué quieres que haga ahora, Hermione?
— Yo, eh...
Hermione posó fascinada la vista en su entrepierna. Fred levantó un tanto los calzoncillos, permitiéndole atisbar sus testículos, y luego volvió a taparse. La polla se asomó momentáneamente, pero él se apresuró a volverlo a ocultar.
— Quiero hacer el amor...
— Sí, eso ya lo sé, pero ¿qué quieres que haga yo ahora?
Fred ocultó la mano derecha tras los calzoncillos y Hermione vio cómo empezaba a mover la muñeca derecha arriba y abajo.
— Quiero verte...
— ¿Qué quieres ver, cielo? — preguntó él, apartando un tanto los calzoncillos y
dejando al descubierto sus peludos testículos. También su mano oculta quedó a la vista. Hermione vio cómo se la deslizaba por debajo de los testículos y los levantaba—. ¿Quieres ver esto?
Hermione asintió.
— ¿Y eso es todo? ¿Hay algo más que quieras ver?
— Quiero verte a ti entero... desnudo.
Fred se deslizó los dedos por los testículos, acariciándoselos.
— ¿Qué es exactamente lo que quieres ver? Cuéntame — la instó.
— Quiero ver... — susurró ella, lamiéndose los labios—...quiero verte ¿el pene?
Fred soltó una carcajada.
— Recuerdo que en su día utilizaste otra palabra para designarlo. Hermione se ruborizó y soltó una risita.
— La polla, quiero verte la polla.
Fred sonrió de oreja a oreja.
— Me encanta cuando dices guarradas.
Dejó caer los calzoncillos y Hermione contuvo el aliento. Fred tenía una polla larga y dura, con el glande morado por el deseo de penetrarla.
— Aquí la tienes, cariño. ¿Qué quieres que haga con ella ahora?
— Tráela aquí — dijo ella, con la voz ronca por la excitación.
Fred se sentó en la cama junto a ella y Hermione le acarició el abdomen, deleitándose en las duras ondulaciones de sus músculos. Deslizó sus dedos por el vello púbico de Fred y rodeó con ellos su miembro erecto. Recorrió con las yemas la corona alrededor de la polla.
Al instante, se inclinó hacia delante y lo lamió, luego se metió la punta de su pene en la boca. Describió alrededor de ella unos cuantos círculos con la lengua. Fred gimió.
— No, Hermione, para. — La detuvo, cogiéndola suavemente de los hombros y
apartándola.
Ella apartó la boca y lo miró. — ¿Qué pasa? — preguntó con una voz dubitativa, sintiendo de pronto que su confianza en ella misma se le caía a los pies. Clavó la mirada en sus manos, enlazadas en su regazo. Temía no ser capaz de complacerlo. Él le alzó la barbilla y la miró a los ojos.
— No pongas esa cara, cielo. Lo que me estabas haciendo era genial — le aseguró, y su pene se movió arriba y abajo en señal de confirmación—. Lo que ocurre es que quiero concentrarme en darte placer a ti.
— Pero tocarte me da placer. Fred sonrió.
— Me alegro — dijo, besándola con ternura—. Hagamos un trato. ¿Qué me dices si te dejo tocarme cuanto quieras, pero después de que me pidas que te haga algo? Hermione se emocionó. Fred quería que lo tocara y quería complacerla.
— De acuerdo. Me gustaría que me desnudaras.
Fred deslizó la mano por los botones de su blusa. — Sé más específica.
— Quiero... quiero que me quites la blusa.
Fred deslizó los dedos hasta el cuello. El roce de sus yemas en la piel, mientras le desabrochaba el primer botón, le hizo sentir un escalofrío. Fred descendió tocándole la piel hasta el segundo botón y lo desabotonó. Para cuando le liberó el último, el del vientre, a Hermione le ardía la piel. Fred le deslizó la blusa por los hombros y se la sacó por los brazos.
Hermione temblaba. Fred posó la mirada en sus pechos, que amenazaban con desbordar el sujetador de aros negro. Los contempló, pero no los tocó..., y ella deseaba que los tocara... desesperadamente. Se inclinó hacia delante y lo besó, acariciándole las sienes con las manos.
— ¿Qué quieres, Hermione? — susurró él, con una voz ronca y sensual que le hizo estremecerse.
— Quiero que me acaricies los pechos — murmuró ella, con la voz grave por la
excitación. Fred acarició con las yemas de sus dedos la carne blanca que sobresalía por encima del sujetador. Con la otra mano le cogió un pecho por debajo, envolviéndolo con su calidez. Hermione sintió la necesidad de desprenderse de la puntilla para notar las manos de Fred sobre su piel. Le acarició la oreja con la frente, luego sopló con suavidad y susurró:
— Quítame el sujetador.
El deslizó las manos hasta su espalda, le desabrochó el sujetador y se lo despegó lentamente del cuerpo.
— Hermione, tienes los pechos más bonitos del mundo — le dijo, acariciándoselos y deteniéndose a rozarle con las yemas de los dedos los pezones, que se endurecieron y agrandaron agradecidos.
Hermione quería más. — Quiero que... — gimió, lamiéndose los labios.
— ¿Qué? — la instó él.
— Quiero que me los beses. Fred le besó el pecho derecho por encima y luego dibujando círculos alrededor del pezón, succionando la areola con los labios antes de detenerse en el pezón y besarle la punta. Entonces se dedicó con igual esmero al otro pecho. Pero sólo se los besó. Hermione quería más. — Chúpamelos, métetelos en la boca.
Fred le lamió un pezón. Hermione gimió de placer. Luego Fred se metió aquel botoncito duro en la boca, sin dejar de juguetear con su lengua en ningún momento. Hermione contuvo el aliento. — Sí, así, me gusta.
El otro pezón recibió el mismo tratamiento. — Chúpamelos.
Fred la obedeció al momento, atrapando los pechos de Hermione en su boca caliente y húmeda. Hermione jadeaba de placer.— Oh, sí — murmuró casi sin aliento— . Me encanta.
Fred se fue de un pecho a otro, besándolos, lamiéndolos. De repente, Hermione pensó que aquel hombre (Fred, no George), un hombre al que apenas conocía, estaba sentado en la cama junto a ella, totalmente desnudo y chupándole los pechos. Y no acababa ahí la cosa. Lo hacía siguiendo sus órdenes. Fred la había puesto al mando de la situación, al tiempo que la había estimulado sexualmente, instándola a que expresara en voz alta lo que quería.
Aquello la excitaba tanto... Le dolían los pechos de placer... Lo quería dentro de ella.
— Fred, quítame los pantalones.
Fred le desabrochó el botón y le abrió la cremallera. Hermione arqueó las caderas hacia arriba para que pudiera quitarle los pantalones. Los arrojó a un lado y empezó a acariciarle las piernas en sentido ascendente, pero se detuvo a medio muslo.
— Tócame... — no se le ocurría ninguna palabra apropiada, de modo que le cogió la mano y se la llevó hasta la entrepierna, por encima de las bragas— . Tócame aquí. Quiero que me acaricies.
El ahuecó la mano sobre su vulva unos segundos, y luego recorrió con un dedo su raja, por encima de la seda de las bragas. La tela estaba empapada. Se inclinó hacia delante y la besó en la boca, mientras seguía moviendo los dedos arriba y abajo. Hermione le acarició el lóbulo con la boca.
— ¿Puedo chuparte, Hermione? — susurró él.
— Sí..., me encantaría.
Fred se agachó, lamiéndole todo el cuerpo en s descenso. Hermione notó su lengua sobre sus bragas. Las lamió a todo lo largo varias veces, luego se detuvo unos instantes en la parte delantera, dándole suaves lengüetazos en el clítoris. El tejido húmedo se adhirió al cuerpo de Hermione al agitar él su cálida lengua.
— Por favor, quítame las bragas.
Fred se las quitó de un rápido movimiento y entonces su lengua encontró la carne desnuda de Hermione, recreándose en aquel botóncito sensible. Hermione estuvo a punto de saltar por la excitación. Fred continuó lamiéndola y succionándola, separándole los labios para
llegar mejor a su clítoris.
— Oh, Fred. Ah, sí — gimoteó, al notar la primera oleada de placer que le recorría el cuerpo.
Fred se colocó las piernas de Hermione sobre los hombros, abriéndola más. Agitaba la lengua a una velocidad sorprendente y consiguió llevar a Hermione a un orgasmo intensísimo.
Hermione se aferró a su cabeza, apretándola contra sí. — Oh, Dios, Fred, sí, sí.
Fred continuó chupándola, lamiéndola y succionándola. Hermione sintió un
estremecimiento en todo el cuerpo. Una vez dejó de gemir, Fred dejó de lamerla, le sonrió y se puso junto a ella. — Sonaba como si te gustara.
Hermione sonrió de oreja a oreja. — Me ha gustado mucho.
Le rodeó con la mano la polla y empezó a sacudírsela ligeramente arriba y abajo, utilizando sólo las yemas de los dedos.
— ¿Te gusta?
— Sí.
Hermione lo tumbó en la cama y trepó sobre él.
— Vale, ahora me toca jugar a mí.
Le rodeó con las manos la verga, dura como una piedra, y la puso recta, en perpendicular al cuerpo. Se movía entre sus manos. Acarició con los labios la punta y golpeó suavemente con la lengua el diminuto agujerito central. Acarició el mástil con la yema de un solo dedo y luego empezó a hacer movimientos rotatorios alrededor de la punta. Fred tenía un pene magnífico, con la piel de un niño, una punta bulbosa en forma de champiñón y un asta larga, muy larga.
Hermione ansiaba chupárselo y apretarlo en su boca, pero le había gustado el jueguito iniciado por él. Fred le había dicho que dejara que fuera él quien hiciera todo el trabajo. Volvió a lamerlo, y luego lo soltó y se tumbó en la cama.
Fred la miró, con las cejas enarcadas. Hermione se encogió de hombros.
— Me has dicho que te dejara hacer a ti — le dijo, mirándole primero el pene y luego a la cara—. Vamos, ¿a qué esperas?
Fred sonrió y rodeó con su gran mano su miembro erecto. La punta, de color morado, sobresalía.
— ¿Te refieres a esto? — preguntó, deslizando su mano hacia su cuerpo y luego de nuevo en sentido contrario. Hermione asintió, mientras observaba atentamente cómo Fred se acariciaba pausada y delicadamente. Imaginaba notar su magnífico pene acariciándole las paredes vaginales mientras la penetraba. Le dolían los pezones de placer. Empezó a tocarse uno con un dedo. Fred se colocó de cara a ella, acelerando el ritmo de su mano, con los ojos vidriosos y la mirada fija en ella. Hermione le sonrió y empezó a acariciarse el otro pezón, tirando de ambos al mismo tiempo.
— Hermione, me vuelves loco.
Hermione se deslizó la mano hacia abajo, acariciándose el vientre de camino a su vulva. Notó el flujo resbaladizo.
— Ah, cielo, yo... — consiguió articular Fred, antes de eyacular y salpicarle el pecho de semen.
Hermione se quedó sin aliento. No dejaba de manar semen caliente a ráfagas. Fred soltó una carcajada y se apoyó sobre el codo.
— Me has puesto supercaliente — dijo, restregando un dedo sobre los pegotes de líquido blanco y deslizándolo luego hacia abajo—. Esto debería haber ido aquí — indicó, presionándole con un dedo la entrada de la vagina.
Hermione gimió al notar cómo Fred deslizaba su dedo en el interior de ella y empezaba a moverlo en círculos.
— Sí, es un buen sitio.
Fred empezó a acariciarle el clítoris. Al sentirse húmeda, Hermione pensó que había llegado el momento de hacer otra petición.
— Humm, necesito algo de ti, pero no estoy segura de si estás listo.
Clavó la mirada en su pene, se lamió los labios y abrió más las piernas. La polla
mustia de Fred pareció volver a la vida. Fred le sonrió pícaramente. — Cariño, si tú estás lista, yo estoy listo.
— Quiero que vengas aquí. Quiero que me lamas y me chupes los pechos hasta que los pezones se me pongan tan duros que no pueda soportarlo.
— Como mandes, Hermione. Se colocó sobre ella y le succionó un pecho con tanta fuerza que Hermione tuvo que ahogar un grito.
— El otro también — comentó ella con voz trémula. Fred sonrió y le lamió el otro pezón, succionándoselo lenta pero inmisericordemente. Al cabo de diez segundos, a Hermione parecía faltarle el aire. Fred le sonrió. Le centelleaban los ojos.
— ¿Y ahora qué?
Hermione sonrió. — Ahora quiero que me metas esa polla enorme hasta el fondo.
A Fred se le ensombreció la mirada por el deseo. Colocó la punta de su pene contra la húmeda entrada de la vagina de Hermione y se dejó caer lentamente.
— No, métemela con fuerza, y rápido.
— Hermione, me encanta que me digas estas cosas.
Fred la embistió con fuerza, abriéndole toda la vagina de una sola estocada. Hermione gimió con fuerza. El se retiró, acariciándole con el glande las paredes vaginales, y luego volvió a embestirla. Hermione le enroscó las piernas alrededor del cuerpo, enlazándolas por los tobillos y atrayéndolo aún más dentro de ella. Fred continuó penetrándola, mientras a Hermione se le aceleraba la respiración a medida que el placer aumentaba. Se sentía estremecer por dentro, presa de un torbellino de sensaciones indescriptibles.
— Hermione, córrete para mí. Déjame que te oiga gemir de placer.
—Ah, sí, me corro —gimió ella al llegar al orgasmo.
A Fred se le contrajo el cuerpo y Hermione sintió un calor líquido inundarla por dentro. Fred continuó embistiéndola. Hermione le cogió del pene, y Fred deslizó los dedos entre ambos y empezó a acariciarle el clítoris. Hermione volvió a llegar al clímax jadeando en su oído.
Fred continuó estimulándole el clítoris y penetrándola. Aquel orgasmo parecía no tener fin. Cuando por fin se desvaneció, Hermione abrazó a Fred con fuerza.
— Ha sido fabuloso — dijo acurrucándose contra su pecho, sintiéndose de repente muy cansada—. El mejor orgasmo que he tenido nunca — confesó, bostezando; le dio un beso en la base del cuello y, acariciándole el abdomen, añadió—: Me duermo. Buenas noches, George.
Fred se la quedó mirando mientras dormía, sintiendo un intenso dolor en el pecho. El sexo había sido fantástico. Su estratagema para ayudarla a tranquilizarse había funcionado a las mil maravillas. Hermione se había abierto y al final había disfrutado hablando explícitamente de sexo. Lo había llevado al borde del orgasmo varias veces y entonces había parado, hasta que al final él había estallado en un orgasmo increíble. Todo perfecto, salvo que se había olvidado de quién era. Lo había llamado George. Sintió un malestar en el estómago.
Ahora sabía cómo se había sentido su hermano, y no le gustaba lo más mínimo. De hecho, era un dolor casi insoportable.
Le acarició el cabello por detrás de las orejas. La quería tanto que le dolía todo el cuerpo. Hermione había accedido a pasar allí un mes con él para darse a sí misma la oportunidad de enamorarse del padre del niño que llevaba dentro, el hijo de Fred, pero ahora él se preguntaba si eso sería posible. ¿Pensaba Hermione que estaba haciendo el amor con su hermano?
A la mañana siguiente, Hermione se despertó en la cama de Fred, sola, disfrutando aún de la sensación de haber hecho el amor la noche anterior. Apartó las sábanas y comprobó si Fred estaba en la ducha del baño anexo a la habitación, pero lo único que encontró fue una toalla húmeda colgada de un toallero eléctrico. Cogió una toalla seca de los estantes que había junto al jacuzzi. Diez minutos después salió de la bañera goteando. Se secó el pelo con la toalla, se lo peinó y se enfundó en un mullido albornoz que encontró en un colgador que había junto a la ducha. Le quedaba ancho y las mangas largas, pero le bastó con remangárselo y atárselo con el cinturón.
Le encantaba oler el aroma de Fred, rodeada por la calidez aquella prenda. Al regresar a la habitación consultó la hora en despertador que había en la mesilla de noche. Era las ocho y cinco. Fred no salía para el trabajo hasta las ocho y cuarto. Quizá aún estuviera en la cocina, desayunando. Empezó a caminar por el pasillo, reprimiéndose para no echar a correr, con la esperanza de notar sus brazos rodeándola antes de que se marchara.
Sam estaba tumbada en la alfombra junto a la ventana del salón, echada sobre un rayo de sol. Hermione abrió la puerta de la cocina de un empujón y sonrió al ver a Fred sentado en un taburete junto a la encimera, sorbiendo su café y leyendo un informe. De repente, sintió un arrebato de timidez y nervios.
— Buenos días — lo saludó.
Fred levantó la mirada. — Hola. La tetera está llena de agua caliente, si quieres prepararte una infusión. No sabía a qué hora ibas a levantarte, así que no te la he hecho.
— Ah, está bien — replicó ella, sintiendo una punzada de inquietud. Fred no le había sonreído y se había dirigido a ella con tono educado pero distante.
¿Habría hecho algo malo? Se sentó en un taburete junto a él, convencida de que se estaba comportando como una paranoica, y apoyó su mano en el muslo de él, pues necesitaba tocarlo.
— ¿Has dormido bien? — le preguntó tanteando el terreno.
— Sí — contestó Fred secamente, sin apartar la vista de los papeles.
A Hermione se le encogió el corazón. La estaba rechazando y no tenía ni idea de por qué.—¿Fred?
— ¿Humm? — preguntó él, sin alzar la vista.
A Fred le habría gustado irse antes de que Hermione se levantara, pero ahora no podía marcharse sin más. No le apetecía hablar con ella en aquel momento.
Todavía estaba demasiado dolido. Aún podía oír su dulce voz pronunciando aquel buenas noches, George. Sintió un pálpito. Notar la mano de ella en su muslo era una tortura.
No tenía intención de tirarle nada en cara. Hermione no lo había hecho para herirlo. De hecho, estaba convencido de que ni siquiera se había dado cuenta de su error.
— Fred, ¿qué pasa?
Fred la miró. — Nada, nada — contestó, poniéndose en pie y apartándose de ella— . Tengo que irme a trabajar.
Notó la mirada de Hermione clavada en él mientras cogía su maletín y se dirigía a la puerta de la cocina. Algo lo forzó a devolverle la mirada antes de salir d casa. Hermione tenía los ojos llorosos. Maldita sea. Dejó el maletín en el suelo, se acercó a ella y la abrazó.
— Cariño, ¿qué ocurre?
— No..., no lo sé. Anoche... estábamos... — balbuceó Hermione entre sollozos, antes de romper a llorar moco tendido.
Fred no había querido disgustarla. De hecho, le hubiera gustado haberse ido antes de que ella percibiera que algo no iba bien. Sacó una servilleta de una caja que había en la encimera y se la tendió.
— Ten — le ofreció en tono cálido— . Suénate y respira hondo.
Hermione hizo lo que le indicó y volvió a intentar.— Anoche estábamos muy unidos y esta mañana… — volvió a romper en sollozos— ...esta mañana ni siquiera quieres estar cerca de mí — espetó, antes arrancar a llorar de
nuevo.
Fred la rodeó con los brazos y la estrechó, sintiéndose más que culpable.
— Lo siento, cielo. Estoy preocupado por algo — le explicó, besándola en la
coronilla— . No quería hacerte sentir mal.
Hermione se sorbió la nariz como única respuesta. Fred la cogió por la barbilla y le levantó la cara. Le rompía el corazón ver sus grandes ojos marrones llenos de lágrimas.
— Ya te lo he dicho, cariño. No pasa nada.
— ¿Estás seguro?
La besó en la punta de la nariz.— Segurísimo.
Hermione se enjugó las lágrimas.
— Lo siento, será cosa de las hormonas — comentó, subiéndose las solapas del
albornoz, con una leve y temblorosa sonrisa en los labios— . Si continúo comportándome de esta manera, te vas a cansar de mí.
A Fred se le hinchó el corazón al pensar que Hermione llevaba dentro un hijo suyo. La estrechó con fuerza.— Eso no pasará nunca, cielo. No hay nada en el mundo que puedas hacer para que deje de amarte.
Aunque ella no lo amara.
Hermione observó cómo Fred se alejaba en el coche. Se abrazó a sí misma, deleitándose en el placer de notar el albornoz de él cubriéndole el cuerpo y oler su fragancia. Sin embargo, seguía un poco confusa por la conversación que acababan de mantener. Fred le había dicho que la amaba. Abrió el frigorífico, sacó el zumo de naranja y se sirvió un vaso. De hecho, ahora que lo recordaba, ya se lo había dicho antes, la noche antes de la cena de ensayo de la boda, pero no había pensado más en ello porque creía que era George.
«Madre mía, Fred me ama.» ¿Cómo era posible? Si sólo hacía dos días que la conocía cuando se lo había dicho. ¿De verdad podía haberse enamorado de ella tan rápidamente? A George le había costado ocho meses pronunciar aquellas palabras.
Observó dos arrendajos azules sumergiéndose en la pila para pájaros que había
frente a la casa, arrojandose agua sobre el cuerpo, batiendo las alas y salpicándolo todo. Sabía que Fred la había llevado allí para convencerla de que se casara con él, pero pensaba que sólo era porque llevaba a su hijo en su seno.
Sin embargo, Fred acababa de decirle que la amaba. Todo era tan confuso. ¿Qué sabía ella del amor? ¿Qué sabían George y Fred del amor? George decía que la quería, pero, si era cierto, ¿por qué evitaba estar con ella?
Pasó el dedo por el vidrio de la ventana. Fred también afirmaba amarla y ella estaba empezando a enamorarse de él. Pero de repente, sin más, la apartaba de su lado. Le había dicho que estaba preocupada por algo, pero eso sonaba más propio de George que del Fred que ella creía conocer. Sam entró en la cocina y se quedó mirando a Hermione, que la cogió y la abrazó. Quizá sencillamente se había convencido de que la quería por el niño que llevaba en su interior y ahora empezaba a distanciarse también.
Tras compartir una cena tranquila esa noche, Fred la invitó a jugar con él a videojuegos en su «madriguera». Se había montado una estancia increíble, con dos ordenadores conectados en red, monitores de alta resolución y unidades CPU de última generación para probar los juegos. A Hermione le gustaban más los juegos de habilidades que los de rol, de modo que jugaron a un nuevo juego de golf on— line. Tras una partida de dieciocho hoyos, Hermione decidió dar por concluida la noche.
Habían pasado toda la víspera juntos, pero en mesas diferentes, sin que existiera prácticamente ninguna interacción real entre ellos. Hermione se metió en la cama sintiéndose sola. Había empezado a convencerse de que sentía algo auténtico por Fred, pero ahora creía que lo más probable es que viera en él lo que quería ver en George.
Amaba a George. Claro que tenían problemas que debían solventar, pero era su novio y nunca había dudado de los sentimientos de él hacia ella. Sólo cuando no estaban juntos... y lo cierto es que eso ocurría con bastante frecuencia. Si ahora estuviera allí... Aunque, pensándolo bien, no era él quien no estaba, era ella.
Echó un vistazo al teléfono plateado que había en la mesilla de noche. Quizá George no estuviera allí, pero esto no significaba que no pudiera hablar con él. Se sentó y ahuecó las dos almohadas, se las colocó detrás y se apoyó en ellas. Levantó el auricular y marcó el número de George. Echó un vistazo al despertador. Eran las once y media. Era un poco tarde (George probablemente se habría acostado una hora antes), pero esperaba no molestarlo.
Dejó sonar el teléfono tres veces, cuatro.
— ¿Diga?
Al oír la voz somnolienta de George todo el desasosiego de Hermione se evaporó.
— George. Soy...
— Hermione — remató él, con la voz más clara— . ¿Va todo bien?
— Sí, yo... — Hizo una pausa, sobrecogida por la emoción.
El tono de preocupación en su voz y la sensación de protección que George le transmitía la hicieron sentirse segura y amada. Era una sensación maravillosa, una sensación que ella sabía que nacía de una relación profunda, construida a lo largo del tiempo, una relación de confianza y respeto mutuos. Y de amor.
— ¿Hermione ? ¿Sigues ahí?
Hermione cayó en la cuenta de que se había perdido, vagando en sus pensamientos.— Sí... sólo quería oír voz — dijo, soltando una lagrimilla.
— Cariño, ¿va todo bien?
— Te echo de menos, eso es todo.
— Cielo, yo también te echo de menos. Sabes que puedes regresar cuando quieras. No tienes por qué quedarte...
— No — dijo ella sacudiendo la cabeza, intentando convencerse a sí misma, tanto como a George— . Prometí que le daría un mes a Fred.
— Pero si estás triste...
— No estoy triste... — lo interrumpió, sorbiéndose los mocos y traicionando sus palabras— . Son las hormonas. Fred se está portando de maravilla. Me ha hecho sentir como en casa. Es un encanto.
El silencio al otro lado del hilo la hizo arrepentirse de sus palabras. — Quiero decir que... — ni siquiera sabía lo que quería decir.
— Sí.
Podía imaginarse la tensión en el rostro de George y sus labios fruncidos. Debía de detestar la idea de que ella estuviera tan lejos, el no poder influir en su decisión. Seguro que se sentía impotente, y George era un hombre acostumbrado a ejercer el control sobre su entorno.
— Pero, George, te estoy llamando, a ti — lo reconfortó con una voz cálida— porque te echo de menos.
— Sí — contestó él, esta vez con un tono que sonaba a sonrisa.
Hermione recordó esa sonrisa con añoranza, recordó besar esos labios gruesos y sensuales, recordó sentirlos contra los suyos mientras la tenía en sus brazos. Sus hormonas volvieron a activarse.
— ¿Sabes qué? Estoy aquí sentada en la cama..., sola... — dijo, apagando la voz, a la espera de ver si él le recogía el guante.
— ¿Sí? ¿Y qué llevas puesto?
«Nada» Estuvo a punto de decirlo, pero le pareció un cliché demasiado manido. Se preguntó si a él le apetecería algo más picante.
— Llevo un sujetador que apenas me tapa nada y una falda por debajo del ombligo, como una bailarina del vientre.
— Hummm. Suena bien. Hermione sonrió.
— Los pechos me desbordan la tela aterciopelada del sostén. Tú eres un jeque acaudalado y me has requerido en tu alcazaba hoy.
— ¿Qué es eso? ¿El mercado de esclavas?
Hermione soltó una carcajada. Poner tanta atención en el detalle era un rasgo típico de George, pero le sorprendía que no lograra desprenderse de él ni manteniendo una conversación erótica por teléfono.
— Claro. Y ahora me has llevado a tu habitación.
— ¿Quieres decir a mi jaima?
Hermione tiró de las sábanas con rabia.
— George, ¿te apetece que entremos en detalles o mantenemos una conversación erótica?
— Vale. Estás en mi habitación. ¿Estás atada?
— Hum. Sí, tengo las manos atadas — contestó; guardó silencio un instante, pero, al ver que él no decía nada y esperaba a que ella continuara, tomó la iniciativa— : Estoy aquí de pie, aguardando a ver qué haces conmigo — espetó.
— Ahh. Te miro, te repaso de arriba abajo con la mirada, me detengo en tus hermosos pechos.
Estimulada por sus palabras a Hermione se le pusieron los pezones de punta. Se lo imaginaba contemplándola, deseándola. Deslizó una mano hacia uno de sus pechos. El deseo empezaba a apoderarse de ella.
— Me acerco a ti — continuó él.
— Yo retrocedo.
Podía notar la emoción de tener a un apuesto jeque, su George, aproximándose a ella, con sus ojos color negro carbón clavados en ella. Sintió una oleada de calor.
— Te atrapo entre mis brazos.
Hermione ahogó un grito al imaginarse la escena.
— Te beso larga y apasionadamente — siguió George.
— Hummm — murmuró ella al imaginar sus fuertes brazos rodeándola, obligándola a darle lo que quería darle, pero no podía, no como una eslava, no con la distancia física entre ellos.
— Te gusta, lo sé — susurró George.
Hermione se toqueteó ligeramente un pezón y luego el otro. Se endurecieron y se marcaron bajo el suave tejido de su camisón.
— Sí, pero no quiero que lo sepas, así que me resisto — respondió.
— Entonces te beso aún más apasionadamente y al final tú sucumbes y me devuelves el beso.
— Oh, sí — dio ella, deslizándose los dedos por los labios, sintiendo un cosquilleo al imaginar la boca de George sobre la suya. Lo deseaba. Ojalá estuviera allí en aquella habitación con ella. Le arrancaría la ropa y se abalanzaría sobre él. Quería verlo. Quería desnudarlo y tocarlo.
— Deslizo mi mano por tu duro y fuerte torso. Siento las ondulaciones de tus músculos bajo las yemas de mis dedos. Eres mi amo y quiero rechazarte, pero no puedo evitarlo: te deseo.
Hermione podía oír la respiración acelerada de George al otro lado del hilo telefónico.
— Continúo descendiendo por tu abdomen y finalmente deslizo mi mano dentro de tus pantalones y... — Hizo una pausa, imaginando sus dedos tocando su duro miembro y luego deslizándose sobre él— Ahhh.
— ¿Hermione?
— Es tan grande y está tan dura.
Al percibir el asombro en la voz de Hermione, George notó que su miembro erecto presionaba contra los pantalones. Empezó a masturbarse, deseando que fuera la dulce y delicada mano de Hermione y no la suya la que lo acariciara.
— La saco y la acaricio suavemente — continuó ella.
George se bajó la bragueta. Su miembro quedó liberado, duro como una piedra. No tardaría mucho en correrse.
— Eh, pensaba que estabas atada — la cortó, imaginándola con el ligerísimo atuendo que le había descrito, con los pechos sobresaliéndole por el escote, el torso desnudo hasta las caderas y las piernas asomándole entre la brillante tela de la falda.
— Ah, sí, pero ya no —contestó ella.
— Yo quiero que lo estés — respondió George con un gruñido ronco y sensual— Apartas la mano por que te das cuenta de que te estás dejando llevar por la pasión y te niegas a sucumbir. Yo te empujo sobre la cama y te ato, con los brazos y las piernas abiertos en cruz.
— Ah, sí. Esto... no, por favor, libérame.
Al oír sus palabras George sintió un anhelo irrefrenable.
— No, esclava. Eres mía y voy a demostrártelo.
Se la imaginó con las piernas abiertas, tumbada en la cama, mirándolo con los ojos llenos de pasión. Le demostraría que era suya en todos los sentidos. Se le hinchó el corazón al caer en la cuenta de que Hermione le estaba dando precisamente la oportunidad de hacerlo. Y eso significaba que aún tenía una oportunidad real.
— ¿Y ahora qué haces? — le preguntó.
— Te miro. Respiras entrecortadamente y yo observo cómo tus pechos suben y bajan.— Percibía su respiración acelerada— Has estado resistiéndote, de modo que la tela brillante de la falda se te ha echado hacia atrás. Tienes las piernas completamente al aire.
— ¿Y qué más tengo al descubierto? — preguntó ella con voz sensual.
— Al retorcerte para zafarte de mí, te he visto las bragas.
Hermione sintió que mojaba sus braguitas.
— ¿Sigues mirándome?
— No — le susurró él con voz cálida y suave al oído— . Ahora estoy sentado en la cama, a tu lado, botándome la pierna contra tu talle. Te acaricio la mejilla...
Hermione sintió un escalofrío al pensar en sus dulces caricias, que contrastaban con el personaje dominante que estaba interpretando. Por eso aquella esclava sabía que aquel jeque que la había comprado la amaba de verdad, aunque ella se negara a admitirlo. Por eso, en el fondo de su corazón, sabía que estaba a salvo con él.
— Desciendo por tu cuello..., luego continúo por tus pechos.
Hermione recorrió con sus propios dedos el camino que él describió. Se agarró el pecho derecho. — El sujetador se abre por delante — indicó.
— Efectivamente. Deslizo el dedo bajo el cierre. Lo aprieto.
— Aparto la vista.
— Oh, sí. Se te ha abierto el sujetador. Te veo los pechos desnudos. Tienes los pezones duros como botones.
— Sí — susurró ella, apartándose el camisón para juguetear con su dedo primero sobre un pezón y luego sobre el otro. Oleadas de placer la embriagaban.
— Los contemplo, embelesado por su belleza.
Hermione respiró hondo, inmensamente excitada por el tono maravillado de su voz y el recuerdo de cuanto le gustaba a George contemplar su cuerpo.
— Los acaricio, los cubro con mis manos. Son tan blandos y cálidos...
— Me encanta notar tus manos sobre mí.
Cómo le gustaría notarlas de verdad.
— Te lameteo el pezón izquierdo.
— Oh, sí — exclamó ella, humedeciéndose los dedos y deslizándoselos hasta el pezón izquierdo— . Me gusta mucho, pero intento que no lo notes.
— Pero yo sé que te gusta. Tienes la cara sonrojada. Y la respiración acelerada. Te lamo el otro pezón, lo atrapo con la boca y te lo chupo.
— Huummm — gimió Hermione, apretándose el pezón y deseando que estuviera realmente dentro de la cálida y húmeda boca de George.
— Lo noto muy duro.
— ¿Y es mi pezón lo único que está duro? ¿Tú la tienes dura? — preguntó Hermione.
— Sí, claro que la tengo dura. Me pongo en pie y dejo caer mis pantalones,
mostrándote lo que tanto ansias.
Hermione se lo imaginaba de pie frente a ella, con su larga y rígida verga moviéndose, dolorida por las ganas de penetrarla.
— Oh, es tan grande.
— Y es toda para ti. Pronto te voy a demostrar lo que se siente al tenerla dentro.
Hermione sintió que su vagina se contraía. Notó una punzada de placer. Se llevó la mano a las bragas, la deslizó dentro y se acarició el pubis húmedo.
— ¿Cuándo?
— Pronto, muy pronto.
— ¿Te la estás acariciando?
— Sí, la tengo cogida con los dedos y me la acaricio un par de veces para mostrártela.
Hermione imaginaba la mano de George masturbándose. De hecho, estaba segura de que era lo que estaba haciendo en aquel preciso instante, porque la deseaba; ese pensamiento la hizo excitarse aún más.
— Verte masturbarte me ha humedecido. Estoy tan mojada...
George gimió al imaginar a Hermione, no a una esclava en su cama, sino a la Hermione de verdad, tumbada en una cama y pensando en él, humedeciéndose ante sus palabras y las imágenes que él estaba evocando para ella. Siguió masturbándose. Estaba a punto de eyacular.
— Me muero de ganas de ver tu coño húmedo y te arranco la falda. Las bragas
también. Ahora estás tumbada en la cama, completamente desnuda.
— Oh, sí.
— Deslizo mis dedos entre tus piernas y jugueteo con ellos — continuó entre risas— .Sí, estás muy húmeda, lo noto.
— Oh.
— ¿Notas cómo te toco, Hermione? — murmuró.
Sí, lo notaba. Hermione podía notar su duro dedo deslizándose sobre su blanda y húmeda carne.
— Ahora te meto los dedos.
— Oh, sí — exclamó ella, cerrando los párpados mientras se metía los dedos.
— Te acaricio el clítoris con el pulgar.
Hermione se acarició el clítoris.
— ¿Lo notas, amor mío?
Hermione se retorció en la cama.
— Oh, sí— balbuceó.
Al oír sus palabras entrecortadas, George supo que sentía lo que él le estaba
describiendo. Sabía que Hermione se estaba metiendo los dedos y sólo de pensar en ello se sintió a punto de alcanzar el orgasmo. Tuvo que contenerse para llevarla al clímax también a ella.
— Ahora te acaricio el clítoris con la lengua.
— Ah, sí, noto tu lengua.
— Estás a punto de correrte.
No bromeaba. Hermione sintió una oleada de calor imaginar la lengua de George danzando sobre su clítoris. Se metió otros dos dedos más dentro, mientras que con el pulgar se acariciaba el clítoris, imaginando que era una lengua.
— ¿Qué pasa con tu polla? ¿Sigue estando dura?
— Dura y larga.
— Ohhh.
George se agarró la polla con fuerza y empezó a masturbarse más rápido.
— Ahora me pongo sobre ti.
— ¿Sí? — preguntó ella, gimoteando un monosílabo que reflejaba su urgencia.
— Busco con mi polla la entrada de tu vagina.
— Ahhh...
— ...y... ah, cariño, te penetro.
— Oh, sí, follame.
— Te embisto.
— Oh, Dios, me..., me... — Los jadeos de Hermione le acariciaron la oreja y George sintió que le faltaba el aire— ... me corro — acertó a decir Hermione, entre gemidos.
George se la sacudió un par de veces más y eyaculó, apretándose el pene, mientras que el cálido líquido le salpicaba el pecho. Los dulces gemidos de Hermione lo acompañaron durante su intenso orgasmo.
Hermione se arqueó y gimió mientras alcanzaba el climax, imaginando la cara de George deformada por el placer, mientras se corría dentro de ella. Lo oía respirar al otro extremo del hilo. Cada vez más lento. Ahogó sus gemidos en la almohada.
— Ahora te he soltado y te rodeo con mis brazos. Te abrazo con fuerza.
Hermione casi podía sentir la calidez de sus brazos alrededor de ella y su ancho y musculado pecho contra su mejilla.
— Huummm, yo me acurruco contra ti.
— ¿No te resistes?
— No. Soy tuya.
George colgó el teléfono. Quizá Hermione fuera suya... esa noche, pero Fred contaba con la ventaja de la proximidad. Normalmente, Hermione sentía un vivo interés por el sexo y ahora que estaba embarazada y tenía las hormonas revolucionadas..., con Fred en la misma casa..., ¿sucumbiría al deseo y se entregaría a él? ¿Lo habría hecho ya?
George se pasó la mano por el pelo y comprobó la hora en el despertador de la mesilla de noche. Eran las doce y cuarenta y ocho. Bostezó. Puso el despertador a las ocho para dormir una hora más. Había estado trabajando hasta muy tarde cada noche. Camino a casa compraba la cena en un restaurante y se desplomaba en la cama, en cuanto llegaba.
Necesitaba mantenerse ocupado, no por el bien de los negocios, sino para no enloquecer. Tenía que dejar de pensar en Hermione, en lo mucho que la echaba de menos, en el miedo a perderla.
Levantó el auricular de nuevo al darse cuenta de que esa noche no había
comprobado si tenía mensajes en el contestador. La señal intermitente del tono de llamada le confirmó que sí los tenía. Marcó el número del buzón de voz y luego introdujo su contraseña. Tenía dos mensajes. Pulsó la tecla para escucharlos.
— Hola, George, soy Verity. — La voz de su ayudante le recordó que tenía una
reunión a las diez de la mañana siguiente.
Borró el mensaje y esperó al siguiente.
— Hola, señor Weasley. Llamamos de la consulta del doctor Morgan.
Al oír aquella amable voz femenina, George se enderezó. Sintió un pinchazo en el estómago. Él y Hermione habían acudido al doctor Morgan para que le hiciera unas pruebas y asegurarse de que el embarazo iba bien. Hermione había autorizado a la consulta del médico a ponerse en contacto con George mientras que ella estaba fuera, por si surgía algún problema con sus análisis.
También había dado permiso al despacho para contactar con él
si necesitaban que se reincorporara.
— ¿Sería tan amable de llamar a nuestra consulta lo antes posible? El número es…
Un detalle para que no me olviden... Volveré pronto, no se preocupen. Solo dejen muchos reviews para animarme, los necesito.
Lo que no se puede decir de estos hermanos es que no son traviesos y juguetones y nuestra linda y hormonal Hermione no se queda atras... Ahora pregunto ¿Team George? o ¿Team Fred?
Besos
